SOY GAY, GRACIAS A MIS NOVIAS

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Las mujeres eran mi perdición hasta que por una gran tormenta conozco a Leandro, Alejandro y Tomás. La falta de chicas cogibles en un pueblo pequeño lleva al ingenio para darse el gusto a las relaciones homosexuales gratificantes. Hay distintas formas de cruzar el río: unos lo hacen de un salto, otros por el puente y otros, caminando por las piedras que lo cruzan. Aquí está la historia.

Soy gay gracias a mi novia, lo que no es poco. Ella tenía más que buenas razones, algo así, como grandes razones para no dejar que la penetrara por la colita. La cabeza de mi pija es un hongo gigante y tibio que cuando se empecina quiere entrar por cuevitas oscuras y difíciles, como el culo de una chica o de un chico. No es que sea bisexual, ya que me gustan los agujeros estrechos de los varones sobre todo si son bien machitos. Eso tampoco dice que comencé al revés, o sea, que en vez de buscar a quien coger, me dejé coger por Sandro cuando trabajaba como encuestador en Rosario.

Soy Manuel (35) y estoy varado en un pueblo debido a una gran tormenta de verano, con lluvia y viento que arreció hace unas horas. Aquí no hay hotel, por lo que me harán un lugar en la pieza de Leandro (18) con quien fui al balneario después de almorzar un asado. Tampoco fuimos a bañarnos, porque entre otras cosas, el arroyo venía turbulento y sucio por el tornado de esa mañana. Esa noche después de cenar fuimos a dar una vuelta y encontramos a Alejandro y a Tomás. El pastor se había instalado en la casa de Alejandro con alegría de la familia por la bendición. Alejandro estaba enojado y como alma que se la lleva el diablo. Tomás no hablaba, pero siempre estaba con las orejas atentas a todo lo que se comentaba como si todo fueran genitales y tuvieran magia que no conocía. Alejandro, como nieto de un político, pidió permiso para dormir en lo de Leandro para dejarle el dormitorio al pastor…y prestarle las revistas porno de chicas a Tomás. Todo santo y bueno, dentro de la aventura de estar juntos explorando los secretos del sexo gay por la insatisfacción que nos daban los tabúes de nuestras novias.

Todos comimos en el almacén de los padres de Leandro que estaban felices por los clientes que llegaban al negocio, a la parrilla de Leandro y a la conversación con el que vino de la capital que era yo. Alejandro limpió el dormitorio de Leandro y con la ayuda de la madre de Leandro hicieron dos camas sencillas y una en medio, sobre el piso. Cuando vi el lugar arreglado me sonreí porque parecía, salvando las distancias, la suite nupcial de un matrimonio de tres: Leandro, Alejandro y yo.

Teníamos hasta la radio de Alejandro quien dijo que el pastor no la necesitaba porque oraba, mientras nosotros escuchábamos la final de tenis; aunque lo cierto, es que amortiguaría los gemidos y ruidos de cambiar de posición cuando Alejandro clavaba a Leandro y yo, en la oscuridad, le metía sin compasión la pija cabezona en el agujerito de Ale. Al dolor lacerante se le sumaba la clandestinidad de las cogidas sobre el piso para que las camas no rechinen. El único que sabía qué estábamos haciendo era el perro manto negro de Leandro que arañaba la puerta ya que estaba afuera y sin duda olía las cogidas y escuchaba las flagelaciones para prolongar el goce. Había emociones disociadas que a la mañana nos tenían muy cansados y fatigados. Alejandro y Leandro no podrían quejarse del tornado que les había traído experiencias para tener el agujero abierto a tres veces lo habitual y la pija lista para un nuevo meter. Yo fui activo con los dos y realmente me agradaron más los sentimientos apasionados de Alejandro que hacía tiempo no era partido con pleno deseo.

La mañana siguiente fue fresca y seguí viaje con la promesa de regresar, alguna vez, con algunos “chiches”. Me despedí de los muchachos y de la gente del lugar. Dos meses después Alejandro se había ido a trabajar a Rosario, con un buen sueldo que le permitió alquilar un departamento donde lo visitaban Leandro y Tomás. Rosario es una gran ciudad del litoral argentino y cada uno estaba más libre de elegir lo que deseara en amores y sexo. Lo cierto es que todos teníamos el gustito a

una buena penetración anal, con lo que, para una gira nos encontramos en el departamento de Alejandro y entre todos iniciamos a Tomás que tenía un físico campesino de chico de 20 años. Conseguí un vibrador, un consolador, un collar de bolas y, sobre todo, un plug anal con pera para inflarlo después de introducirlo…

Tomás quería que todos se lo hiciéramos para sellar no solo su primera experiencia, sino el silencio por si teníamos novia o nos casábamos. Después del enema para limpiar los intestinos, entre todos y con buen lubricante le calzamos el plug anal sencillo dilatándole el esfínter externo de su agujero y acostumbrando a sus nervios terminales a este tránsito. No era sencillo porque, si bien todos estábamos ansiosos, yo le contaba al oído de Tomás lo que haríamos despacito. Primero lo lubricamos con una crema a base de agua para que el plug se deslizara. Después, que debía aflojar sus músculos para que no doliera, mientas Leandro le abría las nalgas dejando al descubierto una florcita rosada totalmente expuesta a la punta más fina del plug que Alejandro empujaba lentamente, haciéndolo girar para un lado y para otro.

-¿Duele? -le susurré en la oreja de Tomás que estaba desnudo y boca abajo.

-No. Siento que me abro fácil de afuera y que todavía no entra del todo. No es como cuando lo intenté solo en el baño de mi casa con un pedazo de palo de escoba que me lastimó.

-Cuando quieras dejamos y no hay problema -le dije, pero movió negativamente la cabeza.

Leandro comenzó a besar la cola y los testículos de Tomás, mientras Alejandro ya disfrutaba cómo se iba abriendo. El plug de goma tenía atada una cinta roja en la traba para sacarla más fácilmente cuando le entrara. Conté algunos chistes y todos nos reímos hasta que Tomás avisó que iba a largar la leche en la boca de Leandro. En ese momento, el plug entró en su parte más gruesa quedando aprisionado como un tapón en el ano de nuestro amigo. Hubo molestia, pero Tomás se vistió y todos salimos a tomar unas copas mientras él se iba acostumbrando a caminar y sentarse con delicadeza.

Durante la cena, Tomás dijo que sentía amor por Leandro ya que siempre lo había calentado. Prácticamente Leandro correspondía a ese afecto más allá de lo que fuera sexual. Por jugar, aunque había mucho de serio, festejamos la boda. La comida y los tragos fueron buenos por lo que volvimos al departamento, contentos y rápido. “La novia”, Tomás, entró en brazos de Leandro y una vez que nos desnudamos en una luz tenue, le sacamos el plug; Facilitamos a que Leandro metiera los 23×4 cm en el agujerito virgen de Tomás, quien jadeaba y gemía como una perra en celo. El vibrador se los coloqué a Alejandro y a Leandro antes de que de madrugada “hiciéramos el trencito” donde la locomotora fue Tomás, el primer vagón enganchado Leandro, el segundo Alejandro, y yo totalmente abrochado dentro del recto del último.

Antes de separarnos, nos duchamos y limpiamos los chiches. También junté los profilácticos que habíamos usado en una caja vacía de bombones…Era una muestra de cómo machitos sanos y jóvenes se pueden divertir con seguridad cuando sus noviecitas deciden que sus culitos son sagrados. El regalo de bodas, en la cajita, fueron 15 condones usados y, una liga blanca en la pierna de “la novia”.

-¿Duele Tomás, tu agujero? -pregunté mientras los acercaba a su pueblo, el del tornado.

-Un poco -pero estoy bien, incluso para que vayamos al balneario del arroyo como luna de miel. La propuesta era buena y Leandro estaba dispuesto a compartir.

(Lo que sigue lo contaré si alguien me pide algún detalle)

Autor: PATRICIO ALONSO patricioalonso2003 (arroba) yahoo.com.ar

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Escrito por Marqueze

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