Su primera vez

¡Comparte!

Ella volvió a botar como una loca en mi sexo mientras me pedía que le lamiese los pezones, lo hice, mi lengua inexperta empezó a juguetear con sus pezones mientras ella apretaba mi cabeza contra su pecho. Luisa dio un grito y meneó la cabeza de un lado a otro mientras me anunciaba entre jadeos que se estaba corriendo.

¡Hola! Os quiero contar mi primera vez. Por razones obvias, los nombres de las personas (incluido el mío) y de los lugares, están falseados, ante todo, hay que salvaguardar a la mujer que me desvirgó, pues es una mujer casada, y no es cuestión de que ahora, casi 15 años después de haberse acostado conmigo, se entere su marido.

Era una tarde de finales de julio, hacía un calor de mil demonios y yo fui a buscar a mi amigo Carlos, para salir con las motos por la montaña. Mi amigo y su familia vivían a las afueras del pueblo, en una especie de urbanización todavía a medio construir, y aun vivían pocas familias. Cuando llegué no vi la moto de Carlos en la entrada, pero como tenían garaje y me había comentado que quería ojearle no se que del motor pensé que estaba dentro. Me bajé de la moto y entré en el patio interior de la casa, llegué hasta la puerta y llamé. Me abrió Luisa, su madre, una mujer de cuarenta y pico (45, 46) de estatura media, piel morena, tostada por el sol, cabello largo, de color cobrizo, ojos negros como el carbón y labios carnosos. Vestía un tejano ajustado y una camisa de color salmón, semitransparente, que dejaba entrever sus pezones, grandes y de punta. Sus pechos no eran muy grandes, pero se mantenían firmes y su trasero, pequeño y respingón.

– ¡Hola Javier!- me dijo nada más abrir la puerta.- Hola Luisa, ¿está Carlos? habíamos quedado para irnos con las motos. – ¿No te ha llamado?- me dijo ella extrañada – se ha tenido que ir con su padre al apartamento de la playa, van a pintarlo este fin de semana, me explicó ante mi cara de estupor. – No, no me ha llamado, ni me dijo nada ayer, ¡ya le vale!- respondí yo con cara de fastidio, – Bueno, pues entonces me voy, ¿que se le va a hacer? – Espera Javier- me dijo ella cuando estaba a punto de irme. -¿Si? dígame- me quedé extrañado de que me hiciese esperar.

-Necesito que me eches una mano, ¿tienes algo que hacer? – Pues no, usted dirá a que puedo ayudarla. – ¿Quieres ganarte mil pelillas? – ¡Por supuesto! ¿Que tengo que hacer? – Nada del otro mundo, me respondió sonriente, mientras me hacía pasar al salón, tengo que bajar unos muebles viejos y yo sola no puedo, necesito un hombretón fuerte como tú.

Me hizo sentarme en el sofá y me preguntó si quería un café, al responder yo afirmativamente se fue hacia la cocina, contoneando su trasero al alejarse. No pude ni quise quitar mis ojos de aquel trasero, que se alejaba de mi lenta e insinuantemente, la verdad, es que me había masturbado cientos de veces pensando en Luisa, pero a mis 18 años seguía virgen.

Volvió a los pocos minutos con una bandejita y dos vasos de café en ella, al agacharse para dejarla en la mesita que había frente al sofá, me dejó entrever sus pechos, al ir sin sujetador, pude admirar aquellos pechos, pequeños pero muy sugerentes, e inmediatamente, noté como mi sexo se ponía duro en mi tejano. Ella se debió dar cuenta, pues me dedicó una sonrisa, así como estaba, frente a mí, pero no hizo nada para ocultarlos.

Nos tomamos el café y charlamos un poco mientras lo hacíamos, nada interesante, me preguntó cómo era que no tenía novia, un chico como yo, alto y guapo. Me azoré y respondí con evasivas, ella sonreía, al ver que me ponía en un compromiso con sus preguntas. Después del café, me dijo que la acompañase para enseñarme los muebles que quería quitar de allí, se puso delante de mí y fue subiendo las escaleras, meneando su trasero ante mis ojos. Yo me estaba poniendo cada vez más caliente, ante la visión de aquel trasero, insinuante moverse delante de mí, mi miembro estaba completamente duro y yo empecé a imaginar lo que haría con semejante hembra entre mis brazos, sin saber lo que ocurriría un par de horas después. Llegamos y me mostró un par de armarios desmontados, con sus maderas tiradas en el suelo, me agaché y cogí una, la verdad es que pesaba lo suyo, era buena madera.

– ¿Ves porque necesito a alguien que me ayude?- me dijo cuando me levanté, tras dejar la madera en el suelo de nuevo.- Si, pesa lo suyo, ¿y cómo es que Carlos y Emilio no lo hacen? – ¡Ay hijo!, ellos siempre están ocupados, nunca tienen tiempo para estas cosas, ya sabes, en casa del herrero… – Si, si, en mi casa me pasa lo mismo, dije yo con una sonrisa.

– Bueno, vamos a ponernos manos a la obra, que tendrás cosas que hacer. – Deje, deje, yo me encargo de hacerlo solo, usted déjeme a mí y si tiene cosas que hacer, hágalas.- ¿En serio? me dijo ella, con una expresión de alivio en su rostro, la verdad es que no tengo nada que hacer, pero si te va mejor hacerlo solo, me dijo ella, como esperando que la liberase de la pesada tarea que teníamos frente a nosotros – Por supuesto que lo hago solo, le dije yo caballerosamente. – Pues entonces…si lo haces solo, ¡me voy a tomar el sol! me anunció divertida. – Vaya, vaya, yo bajaré los muebles al garaje, luego, cuando termine, le aviso.

Ella me dejó solo y desapareció, yo me quedé un momento mirando a los maderos y me dediqué a amontonarlos. Después me puse a la brega.

La verdad es que los maderos pesaban como si fuera plomo y no tardé en ponerme a sudar abundantemente mientras subía y bajaba por las escaleras, trajinando maderas. Cuando solo me quedaba un viaje, miré por la ventana hacia el patio trasero donde Luisa estaba tumbada al sol, tostándose como los lagartos, me quedé boquiabierto. Ella estaba completamente inmóvil con las piernas entreabiertas y los ojos cerrados, mientras el sol calentaba su piel, me maravillé al ver sus pechos, morenos y tiesos, apuntar hacia las nubes, desafiantes, volví a tener una erección de caballo y solté un bufido, me agaché y cogí todas las maderas de un viaje, llevándomelas al garaje. Cuando salí de el me la encontré de frente, llevaba una bata corta, que dejaba todas sus piernas a la vista, atada a la cintura, con la pechera abierta, enseñando los pechos casi por completo, era una imagen muy sugestiva y erótica.

– Huy Javi, ¡cómo estás de sudado!- exclamó, has hecho un buen trabajo, me dijo felicitándome. -Gracias- dije yo resoplando, sin poder apartar la vista de aquellos senos que me estaban volviendo loco de deseo. Ella se dio cuenta y me sonrió, se apartó el pelo de la cara y “descuidadamente” dejó caer su mano por la solapa de la bata abriéndola un poco más para que pudiese admirar mejor la vista.

– Anda, date una ducha, ¡que hueles a rayos!- me dijo soltando una carcajada.- Si, la verdad, es que la necesito, dije yo riéndome también. Me acompañó al baño, diciéndome que no pasara el pestillo, que me traería una toalla. Le hice caso, no sin cierto azoramiento, ella se dio cuenta, se rió y me soltó: – Eh, tranquilo, que no vas a ser el primer hombre que vea desnudo, después de todo, somos adultos, ¿no?- me miraba de manera divertida, anda, métete en la ducha, que voy a por la toalla, se dio la vuelta y se marchó meneando el trasero.

Me desvestí, me metí en la bañera, una bañera amplia y larga que me permitía estar completamente estirado, abrí los grifos y los gradué, dejando que el agua refrescase mi cuerpo, cerré los ojos y me dediqué a enjabonarme, al pasar la esponja por mi sexo este reaccionó poniéndose en erección, no oí como se abría la puerta, ni la vi entrar, por que el baño estaba completamente invadido por el vapor.
Abrí los ojos cuando la noté entrar en la bañera, su sexo, se mostraba ante mí, la mata de vello púbico, oscura y bien recortada estaba a escasos centímetros de mi nariz, me sobresalté y me puse colorado como un tomate, ella me miró y se sonrió, sabiéndose la dueña de la situación, se fue arrodillando lentamente, dejándome admirar su cuerpo, puso sus rodillas a ambos lados de mis piernas y posó sus manos en mis hombros, acercando su torso al mío.

Su respiración estaba acelerada y la mía no digamos, noté su sexo caliente encima del mío. Su boca empezó a besarme mientras yo temblaba de excitación y nervios, dejó caer su cintura y su sexo atrapó el mío, engulléndolo lentamente, soltó un gemido y sus labios taparon los míos, su lengua entró en mi boca tomando posesión de esta y sus manos empezaron a recorrer mi pecho mientras ella se movía lentamente arriba y abajo de mi sexo, clavó sus uñas en mi pecho y soltó un gemido, antes de moverse rápidamente encima de mí, yo empecé a jadear ruidosamente cuando su boca liberó la mía.

– Oooohhhhhhh, ohhhhhhh… estoy… ¡estoy a punto! decía Luisa, ¡me voy a correr!

Yo también estaba a punto de correrme y así se lo anuncié, entre jadeos, ella dejó de moverse rápidamente, arqueando su espalda, yo aproveché para coger sus pechos con mis manos. Ella agradeció este gesto y volvió a botar como una loca en mi sexo mientras me pedía que le lamiese los pezones, lo hice, mi lengua, inexperta, empezó a juguetear con sus pezones mientras ella apretaba mi cabeza contra su pecho. Luisa dio un grito y meneó la cabeza de un lado a otro mientras me anunciaba entre jadeos que se estaba corriendo, se paró en seco, con mi sexo dentro de ella y me miró directamente a los ojos, desafiante.

– Quiero tu leche- me dijo -y la quiero ahora- Se descabalgó y agarró mi sexo con su mano derecha, me indicó que me levantase y ella se quedó de rodillas ante mí, empezó a meneármela, mientras se lamía los labios. Yo estaba cada vez más caliente, y secretamente quería que se la metiese en la boca, me apoyé en la pared y cerré los ojos, esperando. Ella me leyó el pensamiento y se llevó mi sexo a la boca, empezando a mamarlo como una posesa, mientras sus manos estrujaban mis huevos, que estaban llenos de semen, esperando para descargar.

Pasó sus manos por detrás y me agarró de los glúteos empujando hacia delante para que mi sexo entrara en su garganta hasta el fondo. Yo no podía aguantar más y así se lo dije.

– Me voy a correr, por favor, ¡para ya!- Ella se sacó mi sexo de la boca un momento y me dijo: – Quiero que te corras en mi boca, quiero comerme tu leche- acto seguido, volvió a metérsela en la boca y, presionando con sus labios empezó a moverse adelante y atrás.

Me corrí entre grandes alaridos, llenándole la boca de semen, ella tragó todo lo que pudo, y lamió el que se quedó en sus labios, luego se levantó y me miró a los ojos:

– ¿Te ha gustado? era tu primera vez ¿verdad? – Si- le respondí, desviando mis ojos de su mirada, me sentía avergonzado y confuso. Ella se sonrió y me besó en la frente, tranquilizándome.- No pasa nada, siento haberte ” violado”, pero necesitaba sexo desde hace muchos días, y como Emilio no me tocaba, pues he tenido que hacerlo, no te enfades.

– ¿Enfadarme? ¡Todo lo contrario! ¡Ha sido genial!- Me alegro de que haya gustado, después de todo, soy una vieja y…- ¿Vieja? ¡Anda ya Luisa!, ¡si tú supieras la de veces que me he pajeado a tu salud, deseando este momento! – ¿Si?- dijo ella riendo -¡Vaya, no sabía yo…

– Si, y además, me pongo cachondo cada vez que vengo a tu casa, para que lo sepas…y si alguna vez necesitas volverte a desfogar, que sepas que yo estoy dispuesto a hacérmelo contigo cada vez que quieras…

Nada más decir esto, me puse nuevamente colorado, y pensé: ¿Pero que coño dices tío?

-¿Ah sí? Mmmmm, es bueno saberlo, Emilio no me da tanta caña como necesito, y eso de tener un jovencito en la cama de vez en cuando…es muy, ¡muy interesante! – ¿Lo dices en serio? pregunté yo incrédulo.- ¡Por supuesto!, además, tienes muchas “posibilidades” -¿Posibilidades? ¿Que quieres decir con eso? – Bueno, eres joven, virgen, y muy potente, otro, probablemente se hubiese corrido apenas me hubiese penetrado, es lo normal- me comentó ella, con aire de experta. – ¿En serio? – Si, te lo digo por experiencia- me dijo ella, acariciando mi pecho y pegándose nuevamente a mí.

Me besó delicadamente en los labios y me indicó que saliéramos del baño, se estaba haciendo tarde, pronto volverían los escasos vecinos que poblaban la urbanización y tenía que marcharme antes. Me vestí a toda prisa y después de volver a besarla en los labios me marché, no sin antes escuchar de sus labios, que al día siguiente volviese, que tenía otros “trabajos” para mi, y que sería recompensado por mi esfuerzo. Me fui hacia la gasolinera para poner combustible a la moto y al ir a pagar, en vez de las 500 pelas que yo llevaba, me encontré un billete de 10.000 en el pantalón.

Autor: Lone Rider

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

Escrito por Marqueze

¿Te gustan nuestros relatos? No olvides compartir y seguir disfrutando :P

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.