Tarjetas Black 1

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Su esposa estaba a cuatro patas sobre el colchón. Ella misma tomó con decisión su pene erecto y lo guió hacia su agujerito como si fuera posible la precisión con ese tosco instrumento. Después, su marido tomó la iniciativa y comenzó a empujar entre sus nalgas. Fede suponía que le costaría lograrlo, el culito virgen de su mujer no se lo iba a poner fácil. Pero aquella noche ella había consentido dejarle acceder por fin a aquella fortaleza inexpugnable. Su mujer iba al gimnasio tres días por semana y mantenía de esa forma su cuerpo ágil y sus curvas firmes.

 

aYeimy lo sentía rígido y punzante horadando ese pequeño hundimiento natural en el surco que dividía su culo. Decidida, la abnegada esposa se quedó completamente inmóvil para que su marido inaugurara su inmaculado orificio trasero. Aquella rara molestia pronto fue a más, resignada contuvo la respiración cerró los ojos y frunció el ceño en un gesto de desagrado, determinada a relajar aquel conducto de salida, hasta entonces. Sin embargo, su determinación duró poco. Cuando Yeimy sintió que su esfínter cedía, que se la estaba metiendo, justo en ese preciso momento la joven esposa no pudo aguantar los nervios y cediendo ella antes de que su ano lo hiciera.

 

― ¡Ay! ¡Para, para, para! ― aulló.  La pobre se retiró tumbándose boca arriba con cara de enojo. Realmente ese que decía quererla la iba a herir, el muy animal pretendía abrirle el culo, ¡como si fuese de goma!

 

― ¿Qué sucede?― preguntó Fede.

 

― Nada, es que no me gusta hacerlo así, ya te lo he dicho mil veces.―explicó Yeimy.

 

― Te la meteré despacio y verás como en cuanto te relajes será igual que por delante, por favor nena.

 

― Que no quiero hacerlo y punto. Se acabó, mañana tengo que levantarme temprano, tengo que hacer el puñetero informe de fin de mes. ― respondió la delgada y menuda colombiana abrazando la almohada ocultando con pudor sus grandes senos. ― Además, esta cama hace demasiado ruido, ¡¿Cómo se te ocurre comprar un canapé de segunda mano?!

 

― Y si jugamos a los médicos como me dijiste ―sugirió desesperado Federico― que tú venías a consulta pero en lugar de tu doctora habitual te encontrabas con un médico suplente y muy, muy atractivo, ¿te acuerdas? Entonces le explicabas que tu marido nunca había sido capaz de metértela por detrás y claro tú quieres saber si todo está normal por ahí…

 

― ¡Qué no!, no digas chorradas, ¡Hasta mañana!, ¡Buenas noches!

 

Yeimy tomó las sábanas con cierto desdén, se volteó y tapó dando la espalda a su marido disponiéndose a dormir, dejándole a él y a la mujer de su fantasía con todas las ganas del mundo.

 

A la mañana siguiente como todos los lunes Yeimy usaría falda para ir a su trabajo, pues siendo una esposa joven y hermosa le gustaba sentirse admirada. Fede no se oponía pues la consideraba recatada y lo demasiado formal y seria como para coqueterías con sus compañeros.

 

Después de ducharse empezaron a vestirse para ir cada uno a su trabajo, claro que el espectáculo que Yeimy ofrecía a los ojos de su esposo hacía que este se tomara todo el tiempo del mundo para observarla.

 

El cabello de Yeimy era negro, ondulado y largo, y al quitarse la toalla de la cabeza éste caía sensualmente sobre su desnuda espalda color canela. Esa mañana, Yeimy se colocó un tanguita de color negro y aquella fina tira de tela se perdía entre las brillantes y duras nalgas de la joven esposa, revelando un generoso y redondo trasero. Para acompañar, Yeimy usó un sostén deportivo de los que se cruzan en la espalda que sin duda magnificaban sus de por sí hermosas tetas. Sus pechos estaban coronados por dos rosados pezones como cerezas sobre dos bolas de delicioso helado. A continuación, la bella esposa sacó cajón central dos pendientes de aro que se colocó en cada oreja. Aquellos aretes la hacían lucir juvenil y traviesa. Maquilló su rostro, delineó sensualmente sus ojos y pintó sus carnosos labios con un morado suave.

 

― ¿Es qué ”esta noche toca”? ― Preguntó Fede con asombro

 

― ¿Quién sabe? si te portas bien… ― respondió Yeimy parpadeando coquetamente.

 

― Eso espero, ya sabes que el sábado me voy para Cartagena y no regreso hasta el lunes. Te lo dije el otro día.

 

― Es verdad.., ¡Jo! Lo que pasa es que hoy quería estrenar el vestido que me regalaste y como me queda justito si uso unas bragas “mata―pasiones” quedará fatal.

 

― ¡Por Dios! ¡No!― respondió Fede exagerando.

 

― Anda, vete a desayunar que tenemos que irnos.

 

Fede hizo caso omiso de la petición de Yeimy que más bien sonó como una orden pues ahora venía la mejor parte. Yeimy tomó de uno de los cajones del aparador un par medias de liga color negro y se dispuso a ponérselas sabiendo que su marido la observaba y eso la hacía sentir súper sexy. Con ambas manos recorrió lentamente pierna por pierna desde el tobillo hasta donde el muslo pierde su nombre para estirar correctamente el ancho elástico de aquellas sensuales medias. Fede estaba sonriendo como un idiota y solo salió de su trance cuando Yeimy le dijo dulcemente:

 

― ¡Ey! ¿Me ayudas?― mostrando a Fede las sandalias cerradas color negro  que sostenía delicadamente con sus cuidadas y suaves manos.

 

― ¡Claro!

 

Entonces Fede se arrodilló tomó el tobillo de Yeimy y colocó aquel delicado pie sobre su rodilla aprovechando para acariciarle la pierna desde la pantorrilla hasta el tobillo con el pretexto de calzarle las sandalias. Finalmente Yeimy se puso aquel vestido negro de manga larga y escote redondo que le llegaba hasta medio muslo delatando dos esculturales, largas y hermosas piernas.

 

El día transcurrió como de costumbre en la oficina, es decir, con problemas como todos los lunes.

 

― ¿Has visto que monumento? ― pregunto Eva a Yeimy refiriéndose al Delegado español que se encontraba sacando copias de unos documentos a la vista de ambas casadas.

 

― Sí, como no ―respondió Yeimy con resignación― Lleva toda la mañana fastidiándome

 

― Sabes que las chismosas dicen que es gay.

 

― Tal vez, demasiado guapo para ser verdad aunque si me lo pidiese, con gusto me prestaría para guiarlo “por el buen camino” ―respondió Yeimy con malicia y ambas mujeres rieron con el comentario.

 

Aquel Auditor tenía pinta de guardaespaldas más que de contable. Todas las chicas de la oficina volvían la cabeza al verlo pasar, aunque ninguna sabía descifrar el modo de congraciarse con tan serio galán. Nunca faltaba alguna ofrecida que quisiera mostrarle la ciudad… su apartamento y todo lo demás. Roberto era un excelente profesional y terriblemente apuesto, alto, atlético, de cabello corto, labios irresistibles y para rematar ojos color verde esmeralda.

 

Roberto visitaba cada trimestre las instalaciones de la filial con el fin de auditarla para la prestigiosa multinacional farmacéutica, por lo que su relación con Yeimy era constante vía email y no muy llevadera cada vez que aparecía. Siempre se la pasaban discutiendo por este o aquel informe, hasta tal punto era escrupuloso.  Por eso, a todas en la oficina les habría encantado estar  cerca de él excepto a Yeimy, aún cuando fuera para discutir.

 

Eran como las siete de la tarde y nadie quedaba en el edificio. Yeimy estaba fastidiada con su escritorio  lleno de papeles y para colmo Roberto requería a Yeimy un registro de las tarjetas de crédito que directivos y consejeros usaban para dietas y gastos de representación, registro que según Yeimy no existía.

 

Roberto iba y venía del pequeño despacho de Yeimy a las dependencias de subdirección en busca de respuestas y lo único que encontraba eran desconcertadas secretarias de tetas operadas y una contable tan escrupulosa como malhumorada.

 

― ¿Encontró lo que le pedí?― Preguntó Roberto con firmeza.

 

― Ya le dije que ese documento no existe ―respondió Yeimy con tono cansado― Podría enumerar a la mayoría de quienes las usan pero no a todos, ni por supuesto los números de esas tarjetas. Yo no sé de dónde salen. Mejor pregunte a sus jefes en la Central.

 

La bella mujer comparaba varios documentos sentada en su silla giratoria. Apoyada con el codo sobre el escritorio se atusaba repetidamente un mechón de cabello delatando una mezcla de enfado y aburrimiento, mientras tanto, Yeimy jugueteaba con su sandalia balanceándola sin percatarse que la falda  se había subido considerablemente revelando unos muslos bien contorneados.

 

Róber recorrió con su mirada toda aquella belleza, desde los dedos de los pies subiendo lujuriosamente por la rodilla hacia el muslo, pudiendo distinguir el borde más oscuro de la goma de las medias de la contable. Yeimy se dio cuenta del espectáculo que ofrecían sus piernas e inmediatamente miró a Róber de forma acusadora, a la vez que con sus manos acomodaba su vestido tratando de ocultar lo inocultable. Fue ese el instante en el que Róber se fijó en el anillo de Yeimy. Estaba casada.

 

Los minutos siguientes se tornaron bastante tensos pues entre reproches y evasivas la discusión se tornó un tanto airada. Cuando Yeimy se levantó de su silla Róber hizo lo mismo y ambos comenzaron a atacarse frente a frente haciéndose duras críticas profesionales aunque realmente todo aquello era un duelo, un duelo entre la autoridad de un Delegado y la reputación de una contable. Pronto la situación llegó a un punto demasiado violento y de pronto…Yeimy se quedó muda de asombro cuando Róber dio un paso al frente lanzándole una mirada asesina. Róber acababa de invadir su espacio personal y Yeimy se quedó muda.

 

― ¿Qué haces? ― Dijo al fin la mujer tratando de empujar a Róber con sus manos

 

― Roberto dejó de mirarla con ira y sonrió, inclinándose para susurrarle algo al oído―  Conseguir que te calmes, y llámame Róber, por favor.

 

Ambos permanecieron a la espera en silencio mientras se miraban a los ojos estudiándose el uno al otro, hasta que Roberto se dejó llevar tomando lo que deseaba sin pedir permiso. Lo que podría conseguir bien merecía arriesgarse a recibir una bofetada. La besó con pasión mordiéndole el labio inferior. Yeimy se encontraba en una encrucijada. Por un lado, estaba muy enfadada con el Delegado pero por otro lado se sentía fuertemente atraída por aquel hombre implacable. Con aquel beso la había desarmado y aun así intentó soltarse si bien más por orgullo que otra cosa. Róber había notado en su mirada un atisbo de duda y ella lo sabía.

Róber por el contrario, tomó a la joven esposa con más fuerza y la besó de nuevo. Esta vez Yeimy no se opuso si no que enfebrecida devoró los labios de aquel bastardo con un ardor compartido. La lengua de Róber hizo una incursión furtiva el interior de la boca de Yeimy. La empujaba contra la pared. Sus fuertes manos levantaban aquel corto vestido rosa acariciando con suavidad sus esculturales piernas. El tacto de las medias de liga sobre la carne de aquella mujer acabó de nublar la razón del hombre.

 

Yeimy había ya sucumbido a los encantos de aquel monumento de piel morena. Róber la tomó del culo y la hizo sentarse sobre el escritorio junto a la pared mientras la seguía besando apasionadamente. El se quitó su chaqueta y cuando empezó a deshacerse de la corbata ambos oyeron un ruido en el pasillo. ¡Maldita sea, qué mala suerte! pensaron ambos al tiempo mirándose con vergüenza. A Eva se le habían olvidado algo y había regresado. Al entrar, Eva los miró negando con la cabeza.

 

― ¡Qué muchachos tan trabajadores!

 

Eva no se percató de lo que estaba sucediendo pues cada uno se encontraba en su sitio. Eva sabía que aquellos dos acabarían discutiendo, porque ambos eran de esas personas que creen que todo lo hacen bien, que siempre creen tener la razón, así que tomó sus papeles y se despidió con un gesto de desaprobación:

 

― Adiós… y no peleen… dejen eso para mañana, ¡que ya es tarde!

 

Yeimy estaba más asustada que excitada. Tomó su bolso y emprendió su huida del escenario del crimen.― Me voy ―dijo.

 

― Espera ― dijo Róber tomándola por la muñeca

 

― Suéltame. Haré como que no ha pasado nada. ― suplicó Yeimy.

 

― No, aún no ha pasado nada. Ven…― ordenó éste.

 

No esperó a que ella respondiera, literalmente llevó a la mujer por el edificio hasta el aparcamiento. Yeimy permaneció muda durante el camino, hasta que le abrió la puerta del coche esperando que ella subiese.

 

― Ya está bien, ¡suéltame!―  dijo Yeimy con voz firme.

 

Róber la soltó pero con las mismas le dijo ― Sube.

 

Durante unos segundos se miraron a los ojos sin pestañear. Para bien o para mal, ella debía tomar una decisión apremiante. Aquel hombre sabía lo que quería, y ella también lo sabía. Róber transmitía seguridad, osadía y eso sacaba de quicio a la joven mujer. Estaba muy nerviosa pero por alguna razón confiaba en él. Róber no le haría daño, estaba segura, ni la forzaría contra su voluntad. Aquel hombre tosco y salvaje era también un caballero… De forma mecánica Yeimy se subió al coche como si no tuviera otra opción.

 

― Llévame a casa― pidió Yeimy.

 

― Claro… después.

 

Una vez en marcha tomaron la avenida de España en dirección al centro de la ciudad. No tardaron en llegar a su hotel.

 

― ¡No voy a entrar ahí, déjame bajar o grito!

 

Róber detuvo en seco el vehículo, la hizo mirarle a los ojos y le dijo.

 

― Claro que gritarás, preciosa… ― y la volvió a besar igual que la había besado en la oficina.

 

Róber se adelantó para solicitar la llave de la habitación. Cuando el atento empleado preguntó si la señora deseaba algo Yeimy trató en vano de ocultar su rostro mirando la decoración de aquella deslumbrante recepción. Sin duda tanta luz sólo pretendía que las cámaras de seguridad grabasen con nitidez a cada huésped.

 

Mientras Yeimy se preguntaba qué le haría, en lugar de cogerla de la mano Róber la arrastró tras de sí hacia el ascensor sujeta por la muñeca. Todo era trepidante, urgente, torpe. Una vez en la habitación Róber la arrinconó contra la puerta y escuchó como echaba el cerrojo. En vez de sentirse encerrada, la joven esposa se sintió aliviada, nadie les sorprendería, todo quedaría en la intimidad, en secreto. Aquel lugar era tan sugerente y elegante como él, un cómplice circunstancial que Yeimy agradecía.

 

Había una alfombra color beige de pelo largo bastante afelpado, al fondo de la amplia habitación se encontraba una cama de estilo contemporáneo de gran tamaño. La casualidad quiso que la suite contase además con un enorme armario cuyas puertas eran espejos, justo como el que a ella le habría gustado poner en su habitación de matrimonio. Mientras Róber le comía el cuello con pasión distinguió un confortable sofá súper elegante de cuero marrón frente a una gran pantalla de televisión, también un pequeño tocador y una lámpara de pie orientada al techo. Al fondo, unos metros más allá se encontraba el baño a través de cuya puerta se distinguía en parte un jacuzzi con exterior de madera. No sabía de cuantas estrellas era aquel hotel pero sin duda ningún hombre la había llevado a un sitio así.

 

Comenzaron a acariciarse y besarse de forma desesperada. Róber ni siquiera perdió el tiempo en quitarle la ropa, se perdía lamiendo desde su hombro desnudo al lóbulo de su oreja, pasando de ahí a la barbilla, después a la boca. Yeimy se estaba volviendo loca… Las manos de aquel hombre se enredaban en su pelo, su magia la recorría todo el cuerpo, la piel, le amasaba los pechos alternando uno y otro, y pronto se presentó en su sexo por debajo de su falda.

 

Yeimy estaba fuera de sí, las caricias y besos de Róber la tenían completamente ofuscada, le palpó el pene por encima del pantalón y tras examinar su tamaño lo comenzó a sobar mientas sus bocas batallaban sin tregua. Aunque Yeimy no era una mujer sumisa, no entendía por qué de repente era maravilloso sentirse dominada por ese hombre, arrastrada por esa desconocida ferocidad y rudeza. En ese momento tampoco importaba. Ella nunca pertenecería a aquel bastardo, en cambio, Yeimy lo deseaba y lo tenía.

 

Súbitamente, Róber tomó a Yeimy por el cabello con fuerza y la hizo arrodillar de inmediato frente a él. Su potente miembro se marcaba descaradamente a través de la fina tela del pantalón italiano. Ella se moría por comerle la polla y lo gritó con la mirada mientras él se bajaba la cremallera con calma y sonreía jactándose de tenerla esperando.

 

La había palpado y ahora ansiaba verla y gozarla, sin embargo cuando de un solo puñado Róber extrajo además los testículos Yeimy se sorprendió. Róber tenía los huevos en consonancia con su miembro y aun apretados a causa de la erección eran también de la XL. Así, al ver las pelotas de Róber colgar justo bajo su polla, Yeimy comprendió de repente que la utilidad de la hermosa estaca de Róber no era penetrar y follar mujeres casadas como ella, sino llenar de esperma cualquiera de sus orificios, o todos ellos.

 

― ¡Menudos huevos! ―pensó ― Ojalá me llene el coño o… la boca ―súbitamente, la joven esposa fantaseaba con que aquél buenorro la invitara a degustar su deliciosa leche de hombre. Se le hacía la boca agua.

 

― ¡Vamos!― dijo él con voz severa y tono mordaz― No serás de esas que no les gusta chupar…

 

Sin rechistar Yeimy dirigió su mirada a tan hermoso miembro, ¡Como se iba a divertir! Sin duda el Delegado le iba a dejar el coñito bien jodido. Lo tomo con delicadeza con su mano derecha y cerrando los ojos sintió aquel glande hinchado, púrpura, caliente por fin en su boca.

 

― ¡Así no, mujer! ¿Es que no te enseñó tu mamá que es de mala educación comer pollas con las manos?

La joven mujer soltó aquel grueso trozo de carne y comenzó a succionar ruidosamente como si estuviera saboreando un riquísimo helado. ―¡Slup! ¡Chups! ¡Slup! ¡Chups!  ―al principio, Róber la dejó lamer, besar, restregársela por la cara y que jugara a su antojo.

 

La colombiana se afanaba con auténtica voracidad y fervor― ¡Slup! ¡Chups! ¡Slup! ¡Chups! ―sorprendido por el afán con el que la contable le chupaba la polla, Róber se deleitaba por partida doble. Por un lado, físicamente por haber dado con una mujer con talento para la felación, y por otro lado,  mentalmente por haber conseguido despojar a aquella estirada y arrogante mujer de su máscara de pulcritud y seriedad y así mismo se lo hizo saber.

 

¡Slup! ¡Chups! ¡Slup! ¡Chups!

 

― Con tantas reticencias como tenía usted hace un rato, parece que le está gustando ―le reprochó a la colombiana― Las casadas sois las mejores, porque tenéis mucha más práctica…

 

La joven esposa no conseguía saciarse. Como los comentarios del Delegado sobre lo bien que la mamaba la ponían realmente cachonda fue aumentando la intensidad de sus cabeceos y succiones, comenzando a desear y buscar de forma consciente el orgasmo y la eyaculación del hombre.

 

― Te gusta ¿verdad? A todas os gusta chupar pollas ―aquel continuo ¡Slup! ¡Chups! fue la única respuesta de Yeimy― El problema para vosotras es encontrar hombres que os dejen disfrutar chupando sus pollas.

 

Por esa razón durante un buen rato Róber, con sus manos a la espalda, se limitó a mirar a la contable adelantando ligeramente su pelvis, ofreciéndole su miembro. Después de recrearse viendo a la colombiana disfrutar de su polla, Róber apoyó con delicadeza una mano sobre el cogote de la mujer y le marcó el ritmo lento y cadencioso con que él deseaba que chupara.

 

― Mastúrbate ―ordenó Róber secamente ―Quiero ver cómo te corres con mi polla en tu boca.

 

¡Slup! ¡Chups! ¡Slup! ¡Chups!

 

Yeimy babeaba sin cesar. El chapoteo en su boca la delataba sin poder remediarlo de otra forma que no fuera tragando de vez en cuando parte de esa abundante saliva. La pequeña esposa gozaba metiendo y sacando aquel rabo gordo de su cálida boquita, expulsándolo a ratos para recobrar el aliento y admirarlo reluciente de su propia saliva. Comenzó a refregarse sobre las bragas. Eso animó a Róber que ahora empujaba de vez en cuando su cabeza con más fuerza llenándole completamente la boca, ahogándola por un instante, haciéndola sofocarse más y más.

 

¡Slup! ¡Chups! ¡Slup! ¡Chups!

 

Róber a fin de ayudarla a lograr el orgasmo había deslizado su mano libre dentro de su escote. Le sobaba alternativamente las tetas, pellizcándole con cuidado sus sensibles y duros pezoncitos. Yeimy con la falda completamente remangada se masturbaba con ahincó. Sus braguitas estaban completamente empapadas y su coñito empezó a salpicar el suelo de gotitas sin que ella se diera cuenta de ello. Hasta que por fin se corrió como sólo lo hacen las mujeres casadas cuando el amigo de su marido les folla el coñito, cuando el marido de una amiga les abre el culo, o claro está, cuando su jefe les llena la boca.

 

― ¡Mmm! ¡Mmm! ¡Mmm! ¡Mmmm! ―emitió nada más la joven esposa, mientras que el complacido Delegado español disfrutaba del espectáculo con su miembro en la boca de la contable colombiana.

 

― ¡Mmm! ¡Mmm! ¡Mmm! ―por primera vez en su vida Yeimy enlazaba un orgasmo con otro incapaz de dejar de masturbar su moreno coñito. Acababa de descubrir que era capaz de tener varios orgasmos seguidos ¡Era multiorgásmica!

 

― ¡Mmm! ¡Mmm! ¡Mmm! ― y encima cada orgasmo resultaba más intenso que el anterior.

 

El Delegado finalmente decidió que debía sosegar a la colombiana antes de que se desplomase de puro placer, y Róber conocía la mejor forma.

 

― Es tarde, debes tener hambre, ¿verdad preciosa? ―sin esperar la respuesta de la latina, la tomó por el cabello con ambas manos y comenzó penetrarla oralmente.

 

― ¡Agh! ¡Agh! ¡Agh! ― comenzó en seguida a quejarse la joven esposa. Ningún hombre había osado a ultrajarla utilizándola de aquella forma, no aguantaría mucho, pronto la haría vomitar. Róber se detuvo y al sacarla un grueso hilo de saliva quedó su apurada boca con el formidable rabo de aquel hombre. ― ¡Menudo rabo se le ha puesto! ―pensó la mujer al contemplarlo― ¿A qué espera para follarme? ―pero aquel vil hombre permanecía quieto, observándola.

 

― ¡Cuenta cuanto tardo el correrme! ― dijo al fin, volviéndole a introducir aquella banana ardiente en su boca tanto como pudo. ― ¡Vamos, empieza! ¡Uno! ― ordenó el español.

 

― ¡Unm!

 

―Eso es― aprobó Róber sacando ostensiblemente su sexo entre sus fruncidos labios emitiendo un sonoro ¡Slup! a causa de su propia salivación.

 

― ¡Dogh! ―trató de contar Yeimy cuando se la metió de nuevo.

 

¡Chups!

 

― ¡Tegh!

 

¡Slup!

 

― ¡Caghtr!

 

Cogiendo la mano derecha de la colombiana le hizo masajear sus testículos y también, que con la izquierda se volviese a hacer un dedito un su chochito. Yeimy procedió a realizar ambas tareas ayudando a que aquel cabrón se corriese en su boca. El Delegado estaba lanzando, y aceleró en post de su primer orgasmo.

 

¡Chups! ¡Slup!

 

Como a cualquier hombre, a Róber le hubiese gustado metérsela hasta las amígdalas y vaciarse en la garganta de la morena, pero no se dejó llevar por ese instinto masculino. Pero Róber quería dar placer a la mujer que le abría a boca para su verga. No, Róber la folló la boca dejándola disfrutar de su maravillosa polla, de forma que cuando en un par de ocasiones el Delegado dejo de follarla oralmente fue ella la que procedió de inmediato a mamar con fervor su potente biberón. Debía saciar ya la sed de aquella mujer, ella esperaba su esperma, pero ante todo debía tratarla bien.

 

La forma en que aquel hombre abusaba de ella la hizo sentirse muy guarra. Mamaba con fuerza para hacer manar la leche de aquel tío. Era hora de acentuar los amplios vaivenes de su cabeza, o los obscenos sonidos al sorber aquel grueso caramelo.

 

¡Slup! ¡Chups! ¡Slup! ¡Chups!

 

Por eso, aunque Yeimy no tardo en volver a sentir fuegos artificiales chispear en su chochito la hábil esposa mantuvo su boca abierta para él.

 

― ¡Mmm! ¡Mmm! ¡Mmm!―

 

Róber ya no pudo resistir el desafío de los carnosos labios de la colombiana, ésta pronunció un delicado― ¡Ummm!―al notar con claridad una primera sacudida de la polla de Róber, pero… ― ¡Ummm!― fue con la segunda convulsión cuando súbitamente Yeimy sintió el primer chorro de cálido esperma chocar contra su paladar, y ― ¡Ummm!― con la tercera notó el espeso semen derramarse sobre su lengua, y ― ¡Ummm!― con el siguiente chorro la contable pudo percibir sus características y matices, la pringosa textura y agridulce sabor del esperma, del esperma de Róber. ― ¡Ummm! ¡Ummm! ¡Ummm! ¡Ummm!―los últimos tres o cuatro espasmos del hombre más arrollador con quien se había cruzado terminaron de llenarle la boca.

 

Por alguna extraña razón la mujer se sentía satisfecha de haber conseguido que Róber eyaculase de aquella forma tan exagerada. Aún así, Róber no la soltó hasta que él mismo hubo escurrido hasta la última gota de su polla. Finalmente, Yeimy cayó hacia atrás con sus labios apretados, la boca llena de esperma, totalmente extasiada. Le había vaciado los huevos a aquel macho imponente. Lo había hecho, y literalmente saboreaba su premio.

 

Unos instantes más tarde Róber sonriendo y aún en pie le ordenó ― Abre la boca― Ella, le devolvió una pícara sonrisa y le mostró encantada su boca ya vacía moviendo la lengua para dejar claro que lo había tragado todo.

 

El Delegado movió la cabeza en señal de aprobación. El aliento de la muchacha desprendía un evidente aroma a semen. Debía haberla premiado con una buena ración tras una semana o más sin eyacular.

 

― ¿Te ha gustado mi leche? ―preguntó Róber.

 

Ella asintió volviendo a mirarlo con malicia― ¡Ummm! Está rica tu lechita. Quiero más. ―dijo juguetona.

 

― ¡Joder Yeimy, que bien la chupas! Eres única, te esfuerzas y pones el alma como en todo lo que haces…. Tendrás tu ración trimestral, lo prometo.

 

Luego de acusadoras y excitantes miradas, Yeimy se levantó y tomó la resolución de irse.

 

― Oye, el sábado me vuelvo a España, así que iré el viernes a cenar a tu casa ¿OK? ―Aquellas palabras cayeron sobre la contable como un jarro de agua helada.

 

― ¿Cómo…? Ni se te ocurra ¡Nadie te ha invitado! ―replicó Yeimy furiosa poniéndose en pie.

 

― Ni yo he pedido a “nadie” que me invite ―se defendió Róber― Por cierto, ¿cómo se llama tu marido?

 

― ¡Eres un cerdo! ― dijo Yeimy airada mientras verificaba que no se hubiesen roto por las rodillas sus medias de liga.

 

― ¡Ja! ¡Ja! ¿Y tú qué eres?… Una mujer refinada… ¿no? Una refinada señora casada que me ha dejado secos los huevos… Vamos, no seas tonta, dime cómo se llama tu marido― repitió el Delegado con firmeza.

 

― Federico, se llama Federico, bueno… Fede― respondió la contable finalmente, respirando aliviada al ver que Róber volvía a meter su miembro dentro del pantalón.

 

― Gracias mujer, y vámonos, se hace tarde…

 

CONTINUARÁ

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