Te dije que esto no terminaba aquí II

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Se movieron tratando de alargar lo máximo el placer, dosificándolo en cuotas pequeñas, después llegaron las urgencias, la culminación estaba por llegar y aceleraron los movimientos, se dijeron cosas y mirándose a los ojos acabaron juntos, gritaron de placer. Ver los ojos, la mirada de su pareja en ese momento, era para ambos otro motivo que aumentaba el goce.

Cuando se despidieron la noche del domingo acordaron que se verían de nuevo en la tarde del miércoles. El lunes ambos estuvieron ocupados en sus respectivos congresos y ya casi a la noche Salvador la llamó para invitarla solo a cenar. Ángeles ya tenía compromiso con colegas amigos y no pudo aceptar. Volvieron a combinarse para el miércoles en la tarde.

El martes Ángeles se desocupó poco después de medio día y  tuvo excusas creíbles para rechazar un almuerzo con sus colegas, avisar que por la tarde estudiaría un tema que le interesaba y tomó un taxi. Sabía que Salvador estaría esa tarde trabajando en  el departamento. Le avisó por teléfono que iba y él solo le dijo: estaba por pedir comida así que yo   pido para los dos y  vos compra el vino.
¿Te gusta el Felipe Ruttini Cabernet? le dijo al llegar mostrándole la botella.

El la abrazó casi sin tiempo a cerrar la puerta. Todas las manos, todo el cuerpo de ambos, los labios, las bocas, la lenguas, se fundieron en una caricia que  los dejó calientes.  Pararon para almorzar. Salvador pensando en lo que les esperaba cambió la idea de una comida elaborada por sándwiches de pan negro y jamón crudo. Comieron y tomaron con moderación.

Ella enfrente, hundida en el sillón del living no cuidó en ningún momento lo que mostraba al cruzar y descruzar las piernas. Sentía su mirada casi lasciva y eso la  divertía y la calentaba. Ella preparó el café y para tomarlo se sacó la falda y se sentó en sus rodillas. Se dio cuenta de que él ya estaba a punto por el bulto que sintió y bromeó con eso.

Como sabía  a lo que iba, había seleccionado la  ropa interior desde la noche anterior y mientras lo hacía fantaseaba con lo que diría o sentiría él al verla. Salvador   es un hombre  conocedor y  exquisito en sus gustos, no podía defraudarlo… tenía que agradarle más que de costumbre y pensó que él la imaginaría con una breve tanga o una reducida biquini y quiso sorprenderlo cambiando de estilo.  Eligió cuidadosamente un conjunto de encaje natural que había comprado antes de viajar, (seguramente impulsada subconscientemente,  para esta ocasión)  el corpiño  bien escotado casi  dejaba las  tetas al descubierto, un culote  que en la parte de adelante forma una V, rebordeado de raso… Un portaligas también natural y medias color piel. Mientras comían, cuando cruzaba las piernas le hacia entrever que algo lindo había y le agradaba y divertía  imaginar que eso a él lo calentaba.

Después de terminar el café lo abrazó y lo besó. El recorrió hasta la garganta de ella con su lengua y fue correspondido. La acarició. Le desprendió despaciosamente los botones de su blusa y la sacó. Admiró, y se lo dijo, el corpiño sensual que llevaba, pero admiró aun más las tetas turgentes que se asomaban con desparpajo. Ella le sacó la camisa y desprendió su cinturón. Se pararon y ella lo desnudó. Bajó con sus dientes, jugando, el bóxer  celeste y olió y miró con gusto lo  que se  le ofrecía, parada, rígida,  con el glande brillante descubierto y las venas hinchadas.

El a su vez,  la desvistió amorosamente. Desprendió el corpiño no sin antes “morder” lo poco que quedaba oculto de aureolas y pezones a través de la tela. Luego tocó, acarició, sobó y besó las tetas ya liberadas y bajó el culote acariciándola, oliéndola, admirándola. Ella mientras tanto se había apoderado de la pija y la acariciaba suavemente. La  dejó “vestida” solo  con el portaligas y las medias. Tampoco le sacó las botas de taco alto. Entonces  se agachó, olió, miro y lamió solo un poco la concha ya rebosante de flujo con los labios hinchados y expectantes de deseo.

Así, abrazados, fueron al dormitorio. Mientras caminaban besándose y acariciándose ella le propuso sensualmente. Hagamos un 69. Yo abajo. Nunca lo hicimos y se que lo vamos a gozar. Salvador se sorprendió un poco ante la propuesta de Ángeles, pues el 69 con él arriba no lo habían hecho nunca, pero sonaba tentador. Ella en su más íntimo deseo quería sentirse aprisionada, apretada,  debajo de toda la hombría de Salvador. De esa manera aun abrazados se dejaron caer sobre la cama, y  se acomodó debajo de él en el mismo  instante.

Casi sin darse cuenta Ángeles tenía lo que más deseaba de Salvador muy cercano a su rostro y a sus labios, a su boca, casi  no podía respirar, pero era tal la calentura que se olvidó de eso y comenzó a lamer, a  chupar, a succionar  ese pija   que se agrandaba cada vez más, Salvador  sentía que la boca de Ángeles la envolvía, que la lengua la rodeaba, las manos exprimían suavemente sus testículos, ella comenzó a jugar  con un dedo en la cola y eso lo  volvió loco.

Ángeles sentía que Salvador hundía la cara entre sus piernas, se  las abría suavemente para poder llegar al objeto de su deseo, Con los dedos  separaba los labios mayores para  lamerle la concha, penetrarla con la lengua, llegar a su clítoris. Los movimientos eran cadenciosos, sublimes, sentían que su momento estaba por llegar… las manos, las lenguas eran todo placer, ya no daban más, era necesario cogerse, ella quería sentirse penetrada por esa pija   que había chupado, lamido estrujado hasta  llegar a  desearla dentro suyo.

Ella estaba extasiada con ese juego de manos y lengua y cuando sintió el dedo de Salvador jugando primero y luego entrando  en la cola,  le gritó que no podía más, que quería que la cogiera. Pero era demasiado tarde para eso y lo entendió cuando sintió en su boca que la pija  que ella acariciaba con sus labios y su lengua comenzaba a latir y sintió esos mismos latidos, al mismo tiempo en su concha. La explosión fue conjunta, larga, gozosa, inolvidable. Cuando se calmaron él le pidió disculpas. Ella solo dijo, me gustó y te gustó demasiado y por eso no duramos,  pero la única manera de que te disculpe es que me cojas y te coja yo en un  en un ratito, después del café.

Tomaron el café y  se quedaron un largo rato tendidos en la cama, ella también desnuda ya sin el  sensual portaligas y sin medias, recostada contra él, su cabeza y sus pechos contra el pecho de él, las piernas apenas entrelazadas. Y charlaron como amigos que eran. La conversación viró sola a temas eróticos, se contaron esta vez frente a frente, la primera vez de cada uno;  hablaron de las más raras o más satisfactorias experiencias y eso les hizo subir nuevamente la temperatura. Los signos de eso eran más que evidentes en Salvador y entonces Ángeles lo besó en la boca, recorrió su pecho y a instancias de él decidió  cabalgarlo.

Para hacerlo se puso en cuclillas de frente a él, usó su mano para controlar y limitar de momento la penetración y   colocó el glande entre los labios mayores.  Se quedó un largo rato así, sin bajar,  sin permitirle entrar,  moviéndose de adelante para atrás y de atrás para adelante, rotando y diciéndole al mismo tiempo cuanto lo deseaba y como le gustaba ese juego en el que ella tenía el poder y no le permitía penetrarla.

Sentía en su  clítoris el roce del glande  y cada vez lo provocaba más con los sensuales movimientos de su cadera. Después, suspirando de placer bajó lentamente y sintió como sus carnes se abrían para envolver ese objeto del deseo. El gozó de cada juego, de cada roce y tuvo que tranquilizarse para no acabar con el inmenso placer que le provocó sentir   que al ser penetrada,  ella alcanzara su primer  orgasmo.

Se movieron, al principio, lentos y tranquilos, tratando de alargar lo máximo el placer, dosificándolo en cuotas pequeñas pero continuas. Después llegaron las urgencias. Al darse cuenta de que la culminación estaba por llegar aceleraron los movimientos, se dijeron cosas y finalmente, mirándose a los ojos acabaron juntos. Y gritaron de placer. Ver los ojos, la mirada de su pareja en ese momento, era para ambos otro motivo que aumentaba el goce.

Sabían que no había tiempo para más así que se bañaron separados para evitar nuevas tentaciones. Mientras ella se sacaba el cabello él se dio una ducha breve y hubo un abrazo final en el que las toallas cayeron y ambos sintieron el placer de la desnudez mutua.

Se vistieron y Ángeles repitió su frase, Te digo que esto no termina aquí. El la acompañó a tomar un taxi y combinaron cenar en el restaurante del hotel.

Fue una cena de amigos y cualquier persona que los viera no podría pensar en que eran más que amigos cercanos. Solo combinaron el próximo encuentro y se propusieron dejar el viernes libre sin otro compromiso que estar 24 horas juntos.  Lo acompañó hasta la cochera y allí se besaron ya no como amigos.

Cuando pidió sus llaves la recepcionista le preguntó  si la cena había sido buena, Ángeles contestó que si, pero que había  comido liviano porque el almuerzo había sido excelente y había comido mucho.. Le pareció que la recepcionista entendía el doble sentido. Y ambas se  rieron.

Ángeles y Salvador

salvÁ[email protected]

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Escrito por Marqueze

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