Te dije que esto no terminaba aquí III

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Ángeles sintió que se desgarraba con un dolor placentero. Sintió como sus carnes se abrían al empuje de ese tronco duro y caliente y deseó recibir más.  Y lo pidió con un susurro de voz. Ya el dolor se transformó en placer y mientras seguía implorando “no me lo rompas” se movía y lo bombeaba le seguía pidiendo más aun después de sentir los huevos de Salvador contra sus nalgas.

Lo que contamos aquí ocurrió realmente a principios del otoño. Entre mayo y junio enviamos los dos primeros relatos que se publicaron en Infidelidad. Esta tercera parte sale con un retraso involuntario, pero prometemos que la cuarta y última será para dentro de pocos días.
Durante el resto de la semana solo compartieron alguna charla telefónica. Los compromisos profesionales en sus respectivos congresos no dejaron tiempo para más. Pero ambos sabían que el viernes sería su día.

Temprano en la mañana Ángeles terminó de armar dos bolsos. Uno con la ropa que no usaría hasta su regreso y el más pequeño con todo lo que necesitaría para las más de 24 horas que pasaría junto a Salvador, incluyendo un juguete que había comprado con la intención de sorprenderlo.  Mientras lo guardaba aún envuelto, sonreía para sus adentros solo pensando en la cara que él pondría al verlo.

Desayunó, cerró la cuenta y salió del hotel.

El pasó a buscarla en su auto, cargaron los bolsos y al llegar al edificio de Salvador, discretamente subieron desde la cochera al departamento solo con el pequeño bolso de mano.

Las miradas en el ascensor ya anticipaban los deseos contenidos. Pero había tiempo así que se sentaron en el living a contarse como les había ido en sus actividades y charlaron un buen rato como amigos que eran. Ella sirvió el café y otra vez con un cuidadoso descuido mostró sus piernas sus muslos y hasta dejó ver el puño de encaje de sus medias oscuras y el breve tríangulo negro de la breve tanga sexi que usaba.

La charla, era inevitable en ellos acostumbrados a excitarse aun sin verse por Internet, derivó en temas calientes. Recordaron con placer episodios virtuales y luego los del encuentro real de hacia un año. ¿Qué te gustó más de aquello? se preguntaron y los dos coincidieron que todo y que solo deseaban hacer lo que en el momento se les antojara, cumplir una de las tantas fantasías, la que más le gustara en ese momento. Ángeles dijo: se me antoja primero desnudarme para vos y hacerme una paja sin que vos me toques. Eso si deberás mostrarme algo para calentarme más.

El puso música suave,  se sentó plácidamente en un sillón y se dispuso a observarla, solamente mirar, sin tocarla, soportando las enormes ganas de hacerlo. Ese fue el acuerdo. Ángeles comenzó a bailar, a balancearse dando vueltas, mostrándose vestida y de a poco fue subiendo su falda, y dándose vuelta mostraba la cola, que sabía que le enloquece…

Se la quitó suavemente y la tiró en sus rodillas…  se quedó solo con su  tanga negra, breve, muy sexi que dejó  para último momento,  continuó con la blusa, y así en ropa interior, se acercó a Salvador, mientras le mostraba sus  tetas que salían del corpiño, se las ofrecía, las tocaba por él, las masajeaba. En ese momento las sacó por arriba del corpiño, y ayudándose con las manos las llevó a la boca, lamió su pezón endurecido, lo mordió, lo chupó mientras con la mano libre masajeaba la otra, así pasó un rato alternando una teta y otra…

Después se quitó el corpiño y quedaron libres para él… sentía que Salvador moría por manosearlas, chuparlas, y ella se desesperaba porque lo hiciera, pero debía cumplir con su parte, ¡quería pajearse, pajearse sola!

Salvador estaba caliente y por lo que intuía debajo de su pantalón claro y pulcro, se movía un bulto que el trataba de sostener con su mano, eso la puso a mil…

Siempre contoneándose al son de la música, buscó el  juguete y chupándolo se acercaba a Salvador, él no podía creer lo que veía, y su cara de calentura y placer le encantó…aun tenía la tanga puesta… se sentó en una silla que puso frente a él y comenzó a jugar con esa pija de silicona, la lamía, se la pasaba por las tetas, y comenzó a tocarse la concha metiendo la mano  debajo de la tanga, eso la calentaba más…estaba mojada,  deseaba meterse esa pija y cogerse… quitarse esta calentura…

Empezó a pasarla encima de la tanga, la hizo a un lado y sola fue a su concha ya mojada… palpitante…  Salvador le pidió que se quitara la tanga y lo hizo… estaba más libre, abrió las piernas levantándolas un poco y comenzó a  masajear el clítoris, mientras la  concha se abría más, esperando ser cogida…Le encantaba mostrarse así y que él la mirara. Así, ambos se calentaron aun más y ella se la metió suavemente, y con la otra mano se apretaba las tetas, la pija de siliconas entraba y salía al principio despacio y luego rápidamente, más, más, más, estaba fuera de sí, nunca había utilizado un juguete, y la excitaba y ¡le gustaba!

En medio de ese desenfreno, acabó dando alaridos   ahogados…. se  corrió pensando en el placer de Salvador… y en el placer que tendrían en unos minutos cuando lo hicieran  juntos…

Cuando se normalizó su pulso y la respiración se dio cuenta que Salvador estaba realmente muy excitado, que no aguantaba más.  Entonces le pidió que se desnudara y lo ayudó a hacerlo y así en el sillón sentada en su falda se ensartó en su pija y se cogieron. Ángeles al moverse subiendo y bajando sacudía sus tetas con un ritmo sensual. Salvador las tomó, las apretó, pellizcó los pezones duros como nunca y las mamó. La calentura hizo que él no durara demasiado. Pero no importó. Ella estaba tan caliente que acabó nuevamente y allí los gritos no fueron contenidos.

Después, holgazanearon un largo rato en la bañera y contenidos apenas sus deseos de seguir acariciándose, se vistieron y salieron a comer a un restaurante cercano. Al regreso ambos sabían que era el turno de la fantasía de Salvador.

Cuando él la abrazó por detrás, con una aparente brusquedad que no era natural en él,  Ángeles lo entendió y supo inmediatamente  que la fantasía de él  era que ella se negara y él siguiera lo mismo acosándola con sus caricias.

Entonces jugó a retirarse, a alejar su cuello, sus orejas su pelo y le dijo “no me toques, no me beses, no me abraces y ni se te ocurra pensar en culearme” pero mientras lo decía se apretaba y hundía su culo durito y caliente contra el bulto creciente de Salvador y lo movía sensualmente.

Él le apretaba mucho las tetas y trataba de que gire el mentón para besarla en la boca. Ella seguía el juego negándose, pero finalmente cedía.

El juego duró un buen tiempo y los dos se calentaron jugándolo. Cuando ya estaban los dos a punto él le levantó la falda, le bajó la tanga y parada la llevó contra una pared.

Ella se apoyó con las manos en la pared, acomodando el culito preparando la posición más cómoda para lo que vendría, pero siguió diciéndole: “No te atrevas a culearme, pero si lo vas a hacer usa crema y un condón lubricado”.

En esa posición la dilató al ponerle abundante crema y ya con la pija muy dura frotó el glande contra el ano. Siguió dilatándola con dos dedos y finalmente la penetró muy suavemente. Ángeles sintió que se desgarraba con un dolor placentero. Sintió como sus carnes se abrían al empuje de ese tronco duro y caliente y deseó recibir más.  Y lo pidió con un susurro de voz. Ya el dolor se transformó en placer y mientras seguía implorando “no me lo rompas” se movía y lo bombeaba le seguía pidiendo más aun después de sentir los huevos de Salvador contra sus nalgas. Puso todos sus músculos en juego y apretaba la pija contrayéndolos, la soltaba, la estrujaba. Llevó las manos de él desde las tetas a la concha y le dijo siguiendo con el juego que tanto los calentaba:  ni se te ocurra pajearme mientras me rompes el culo.

Esa fue su última aparente negativa. A partir de ese momento pidió más.  Se movió más, gozó con la culeada que le estaba haciendo Salvador y se estremeció con las paja que recibía en su concha. Cuando sintió el orgasmo próximo aceleró sus movimientos, jadeó y lo escuchó jadear, gritó y le pidió que acabaran juntos y se fueron ambos en una orgasmo interminable.

Les quedaban todavía el resto de la tarde y toda la noche antes de despedirse. Se ducharon y juntos, desnudos, abrazados durmieron una siesta reparadora. Lo que siguió después será motivo de otro relato con el que terminaremos la serie.

Autores: Ángeles y Salvador

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Escrito por Marqueze

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