Te extraño

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Ana se fue deslizando hasta llegar a mi polla, que estaba todavía húmeda, la recorrió varias veces con la punta de la lengua hasta que la metió en la boca hasta donde pudo. Daba vueltas con los labios alrededor de mi capullo y mientras me hacía una paja, me lamía los huevos. Exploté en una eyaculación increíble. Ana se quedó mirándome, en sus labios había restos de mi orgasmo.

Aquella tarde tenía un plan perfectamente ideado. Llamaría a su casa con el pretexto de dejarle unos juegos de ordenador a su hija. La semana pasada se los había prometido, pero mi timidez no me había dejado dar el paso que esta tarde estaba dispuesto a dar. Marqué su número de teléfono y tras unos segundos que me parecieron eternos, su voz, ajena a lo que se cocía en mis entrañas, contestó.

-Dígame. -Soy Diego, esta tarde paso por tu casa para instalar los juegos a tu hija. -No tenías que molestarte. -No te preocupes no me molesta, todo lo contrario. ¿A las cinco te viene bien? -Si, voy a estar toda la tarde en casa. Las cinco no llegaban nunca. Me había puesto un pantalón vaquero ajustado, una camiseta verde, de las que parecen muy usadas, y el perfume en el que confío, fresco pero que deja ambiente. Esta tarde era la mía.

Llegué a su puerta y toqué el timbre. Tras una breve espera, apareció… su marido. Un perfecto idiota con pantalón corto y camisa de básquet con el 01 a la espalda. Todo se desplomó a mí alrededor. Pensé en irme, en decirle que me había equivocado de puerta, que lo sentía mucho… En ese pensamiento estaba cuando la voz de Ana salió del interior de la casa invitándome a pasar. Llevaba una camiseta por encima de la rodilla que dejaba adivinar unas braguitas que hacían su culo más tentador si cabe.

Aquí está el cuarto de mi hija, dijo mientras abría una puerta. Conecta tú mismo el ordenador y si te hace falta algo nos avisas. Me senté en una pequeña silla y comencé a instalar los juegos. Veía mi cara reflejada en la pantalla y me decía: -Macho, te has lucido.

Al momento entró su marido en la habitación y se sentó a mi lado haciendo comentarios sobre el tiempo que pierden los críos con el ordenador, que no estudian, y que él no tenía ni la menor idea de lo que estaba haciendo. Yo lo miraba y asentía con la cabeza importándome un comino lo que opinara. Mi mente estaba en otro lado. Me encontraba en el escenario que tantas veces había imaginado para estar a solas con Ana. Tan cerca estaba de mi sueño que me parecía casi vivirlo, sólo me lo impedía el tipo que estaba a mi lado y que había dejado de hablar para tocarse los dedos de los pies mientras se quitaba y ponía unas chanclas de plástico.

Ya estaba a punto de terminar la instalación cuando la voz de Ana apareció de nuevo. Me giré para mirarla. Ahora llevaba una camisa desabotonada que dejaba ver sus abultados senos realzados por un sujetador de encaje. El pantalón de color oscuro modelaba perfectamente sus caderas y sus muslos.

– ¿Os queda mucho? Clavé mi mirada en sus ojos y creo que moví imperceptiblemente la cabeza mientras mi mente le enviaba toda una declaración de lo que pensaba de ella. Al instante bajó la mirada y dijo que salía a casa de sus padres. Terminada la instalación, su marido insistió en que tomásemos una cerveza, la rechacé diciendo que no eran horas y que tenía prisa.

Me fui más perdido por esa mujer que lo estaba cuando vine hace apenas una hora, pensaba mientas volvía a casa. Casi la fundes con la mirada, me decía, eso sí lo habrá notado. Tal vez piense que soy un vicioso cazador y que me porto así con más mujeres. La cabeza me daba vueltas, pero sentía algo agradable en mi interior tal vez el hecho de imaginar que ella podía estar pensando en mí aunque solo fuera como en un verde sin reparos. Tuve el teléfono varias veces en mi mano con su número seleccionado para llamarla, pero otra vez mi timidez me hizo colgar y volver a ese espacio oscuro entre el fracaso y la incertidumbre.

Llegaron las fiestas del pueblo y organizaron una exposición de fotos antiguas y algunas contemporáneas entre las que si incluían un par que yo había hecho hace unos años. Entré en la sala y allí estaba ella, de espaldas, con el pelo rubio recogido a un lado, una falda estrecha y una camisa negra. Estaba preciosa. Me acerqué por detrás. -Este es el antiguo mercado de abastos. -¿Lo recuerdas? , contestó sin volverse, -me encantan las fotos antiguas, comentó mientras giró la cabeza derramando sobre su hombro la mirada azul más hermosa que jamás había visto. – ¿Cómo sabías que era yo? – Llevo ese olor clavado en mis sentidos desde la otra tarde… No puedo quitarte de mi cabeza, esa mirada profunda que llega donde tú quieres llegar, esas manos ágiles y morenas, tu voz… -Pero no puede ser, volvió a mirar al frente, no puede ser, estoy casada y mi marido me quiere.

En ese momento su hija llegó corriendo para enseñarle un juguete que había comprado en la feria. -Saluda a Diego, le recriminó Ana, y dale las gracias por los juegos que te ha dejado. -No hace falta, contesté, cuando ella quiera le instalo otros. Poco después llegó el marido, recorría la sala despacio, con las manos en la espalda, haciendo que miraba las fotos, aunque en realidad pienso que estaba más pendiente de nosotros que de otra cosa. Poco a poco se aproximó, -¡Hombre el informático!, me dijo dándome un golpe en las espalda, -hoy no me dirás que no quieres tomar una cerveza. – Vale, como queráis.

Salimos de la exposición, fuera la calle hervía en fiesta, la gente apenas nos dejaba andar. No podía apartar los ojos de Ana y ella lo sabía. Aprovechando el gentío se acercó a mi oído.

-¡Vete! – No puedo. – Por favor hazlo por mí, vete.

Entré, levanté mi brazo para llamar la atención de su marido, que iba con la niña de la mano un poco más adelante, y cuando me miró hice la señal de mi cambio de rumbo, él se encogió de hombros.

Por un momento no supe donde ir, como tampoco sabía si lo que había ocurrido aquella noche era para alegrarse o para dar por perdida la batalla, cosa que por otro lado no podía hacer, esta mujer se había instalado en mi interior de una forma especial, no podía, ni quería, quitármela de la cabeza, su solo recuerdo me llenaba la vida, era estupendo. La deseaba con tantas ganas, que el resto del mundo no me importaba. Sólo ella.

Llegué a la verbena y me dirigí al sitio que normalmente ocupamos los amigos, pedí un ron con cola y a solas brindé por ella, el estribillo de una canción de Julio Iglesias que habla de brindis sonaba en mi interior más que toda la orquesta. Poco a poco fueron llegando los amigos, casi todos están emparejados menos Juajo, un solterón vocacional, y yo, con una estadística de desventuras amorosas de no ser cierta, provocaría risa. Todos notaron algo extraordinario en mí, aunque no soy una persona precisamente seria ni aburrida, esa noche estaba subido de vueltas. -¿Qué ha bebido este? – A mí me pones lo mismo.

Encarni me pidió bailar un pasodoble y luego otro, en una de las vueltas mi mirada quedó enganchada de una blusa negra. Allí estaba Ana, cruzada de brazos y pareciendo no mirar a ningún sitio. La noche siguió con la misma fuerza que había empezado creo que bailé como nunca, y lo estaba pasando como hacía tiempo que no recordaba. Roto de cansancio volví a la barra y me pedí otro ron. Apenas había dado el primer sorbo cuando noté vibrar el móvil en el bolsillo de mi pantalón, era Ana quien estaba llamándome.

– Diga. – Te estoy llamando desde los servicios, a las cuatro te espero en mi casa, estaremos solos.

Creo que se me paró el corazón. A las cuatro… ¿qué hora es? Miro el reloj, algo más de las tres, quedé un momento mudo. Solos, en su casa, a las cuatro… Decidí planteármelo con calma aunque no era fácil, el ritmo que llevaba la noche y mi excitación no entendían de calma, sólo faltaba una hora. Seguí un rato más con los amigos intentando relajarme y al rato me fui a casa “porque quería madrugar al día siguiente”. Efectivamente fui a casa pero para poner algo de música mientras me duchaba y me preparaba para la que sería seguramente la mejor noche que había pasado en mi vida.

Eran casi las cuatro cuando llegué a la calle donde vive Ana, no se veía nadie, al intentar llamar a la puerta vi que estaba abierta, la empujé y entré de puntillas. Ella me esperaba de pié en el salón con un dedo apuntando a sus labios para que no hiciera ruido. Me acerqué despacio, eché su pelo hacia atrás mientras le besaba el cuello y le susurraba:

– Eres un cielo, no sabes las veces que he esperado este momento. – Yo también te deseo más que a nada (contestaba).

Pero esto es muy difícil. Buscó mi boca con sus labios y la encontró tierna y mojada, con mi lengua dispuesta para hacerle gozar lo que nunca imaginó. Me mordía los labios y luego pasaba su lengua por ellos y sonreía, hasta que cogiéndome la cabeza para que no la apartara, metió su lengua en mi boca como y la movía como mariposa atrapada que jamás quisiera ser liberada. Yo apretaba sus caderas contra las mías y pasaba los brazos por su espalda. Notaba su pubis rozar con mi polla y la apretaba contra ella, entonces comenzó a dar pequeños movimientos circulares.

– ¡Como la tienes de dura! – Como tú la has puesto. – Que gorda es, quiero tenerla dentro. – Es tuya y puedes ponerla donde quieras. – La quiero en mi boca, quiero chupártela.

Me daba un masaje por encima del pantalón mientras le desabotonaba la camisa y dejaba a la vista el sujetador de encaje negro del que rebosaban sus preciosos pechos, duros y redondos.

– Vamos a la cama.

Me cogió de la mano y me llevó a su dormitorio, se quitó la camisa y dejó caer la falda al suelo.

– Eres mi diosa, mi cielo, le decía mientras le picoteaba a besos todo el cuello hasta llegar a sus pechos. Mi lengua dibujaba la línea del sujetador mientras lo desabrochaba para dejar libres dos pezones de caramelo.

– Túmbate mi vida, quiero llevarte donde nunca has estado. -Tienes mucha ropa para ir a ese lugar, murmuró mientras buscaba con las manos la hebilla del cinturón.

Consiguió desabotonar el pantalón y metió la mano hasta cogerme la polla.

– Es muy grande, me harás daño. – Verás como te gusta.

Se tumbó en la cama y comencé a dar pequeños bocados en los pechos, con la lengua jugaba con sus pezones, los apretaba entre los labios y los chupaba. Mis manos recorrían sus muslos y sus caderas, cuando llegaban a la altura de su sexo, dibujaba con un dedo su coño arriba y abajo, y presionaba el clítoris.

Mi boca fue ganando terreno hasta esa zona mordiendo y chupando cada centímetro de su cuerpo, cuando llegué al ombligo, hice círculos con la punta de la lengua y aproveché para quitarle las braguitas húmedas. Ana, con lo ojos cerrados, arqueaba la espalda queriendo hacer más corto el camino de mi boca hacia su coño. Cuando llegué a esa altura, besé despacio sus labios, los separé con la lengua y me fui lamiendo su ingle hasta la pierna. Ana gemía, abrió sus ojos y levantó las caderas ofreciéndome la fruta que más había deseado en mi vida.

Incliné mi cuerpo y me acomodé para el banquete. Pasaba mi lengua de abajo arriba y pellizcaba el clítoris con los labios. Sus flujos eran abundantes y no dejaba que se escaparan. Metí mi lengua en su interior y la movía, quería hacerla explotar. Ana cogió mi cabeza y la puso sobre su vientre.

– Quiero correrme contigo dentro. Quiero sentir ese trozo tuyo en mis entrañas.

De rodillas, puse mi polla sobre ella, y empujaba para que mis huevos rozaran su clítoris. La cogió y la frotaba en su vientre para después comenzar a pajearme. El movimiento de su mano hacía que el roce con su clítoris aumentara. Elevaba sus caderas de placer hasta que cayó sobre la cama.

– No puedo más, fóllame mi vida.

Coloqué mi capullo en la entrada y empujé un poco, estaba tan lubricada que no me costó entrar hasta la mitad.

– ¿La quieres toda?. – Sí, toda para mí, métemela toda.

Dio un breve quejido y se mordió un brazo.

– Dame fuerte, rómpeme.

Sus pechos se movían en un vaivén cada vez más frenético hasta que los sujetó pellizcándose los pezones y lanzando un quejido de placer interminable. Puso su mano en mi pecho para que parara y estuvo un momento con los ojos cerrados y quieta.

-Sácala despacio que ahora me duele, dijo con los ojos entornados sobre unas leves ojeras que le aparecieron.

Así lo hice, y me tumbé junto a ella.

– Verte disfrutar como lo has hecho, ha sido el mejor regalo que un hombre puede tener, le dije mientras le cogía la mano. – Mi regalo eres tú, y el tuyo todavía no ha llegado, me dijo, no sin cierta picardía.

Se incorporó y poniendo una rodilla a cada lado de mi cuerpo, comenzó a darme mordiscos en los pezones.

– Tú también tienes cosas para chupar.

Se fue deslizando hasta llegar a mi polla, que estaba todavía húmeda, la recorrió varias veces con la punta de la lengua hasta que la metió en la boca hasta donde pudo. Daba vueltas con los labios alrededor de mi capullo y mientras me hacía una paja, me lamía los huevos.

– Este es mi sabor, ahora quiero que me llenes del tuyo. -Creo que no puedo aguantar. Dije entrecortado. – ¿Donde quieres correrte? – Donde tú quieras. – Dame tu leche aquí, volvió a meterse la polla en la boca hasta la garganta. – Toma mi leche.

Exploté en una eyaculación increíble. Ana seguía chupando con más ganas, mi esperma rebosaba por la comisura de sus labios. Abrió la boca y descargó sobre mi vientre. Se quedó mirándome, en sus labios había restos de mi orgasmo.

– ¿Quieres conocer tu sabor? Se acercó y me besó de una forma apasionada. – ¡Me has vuelto loca!

Me gustaría recibir comentarios.

Autor: Diego

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Escrito por Marqueze

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