Textos clandestinos

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El día a día de la universidad es aburrido como pocos para S. Más allá de lo que aprende, de la carrera propiamente dicha, no le pasa nunca nada que haga que los días se distingan unos de otros. Todos los días los mismos chicos que se creen guapitos que compiten para llamar su atención, todos de la misma forma, todos haciendo las mismas cosas. Está aburrida de que siempre le digan lo guapa que es, lo bien que le sienta lo que se ha puesto, lo buena que está y lo bien que huele. Ella ya lo sabe, joder, para eso usa perfume.

 

A S no le sobra tiempo libre en la Universidad de Diplomatura en Medicina (DM). Es una chica muy solicitada, más de lo que le gustaría, y tiene una buena corte de pretendientes que la cortejan. Es normal. Es un verdadero bombón. Un cañón. Y encima jodidamente lista, quizá por eso se aburre tanto entre tanta cabeza corta. Necesita que le estimulen, y busca actividades, grupos, talleres, para refrescar un poco el aire en el que se mueve. Es como estudiar en una tienda de robots de protocolo. No hay nadie que despierte su interés, o mejor dicho, no lo había.

 

Hay un tío. Bueno, un chaval. Tiene buena pinta aunque no quiere destacar, simplemente pasa por ahí. Pero cuando pasa, cuando saluda, cuando se le ocurre algo que decirle a S consigue hacer que sus mofletes se contraigan con una pequeña sonrisa. Imperceptible en la cara pero totalmente visible en su interior. Coinciden poco, pero él siempre tiene un comentario inteligente y, sobre todo, original, que hace que S siga teniendo esperanza en el género masculino. Sin embargo él no parece estar interesado en ella. Simplemente él es así. Le llamaremos W.

 

Un buen día, en el taller de actividades literarias surge un pequeño escándalo. Se están encontrando panfletos y octavillas con cuentos escritos de una forma, ¿cómo diría?, muy sensual. Son cuentos muy tiernos, sin tapujos pero sin ordinariez, excitantes, y firmados con un pseudónimo. Unos pocos han encontrado esos folletos en la biblioteca, otro encontró uno en las fotocopiadoras, a otros se los han pasado, pero nunca nadie sabe quién los escribe ni de dónde vienen. A S le gustaría poderles echar un vistazo. Ella tiene una gran habilidad con el uso de la lengua y las palabras y una expresión innata en el terreno sexual, y le interesa la posibilidad de leerlo. Cualquier cosa que despierte su curiosidad despierta también su apetito, y ambas cosas están comenzando a abrir los ojos. Habla con la gente, investiga, y por fin encuentra uno de los cuentos, abandonado en una silla en la cafetería. Parece reciente por el buen estado de las fotocopias, y la forma de comenzar la narración es tan especial que siente cómo se dilatan sus pupilas en dos frases. Será mejor que lo lea en otro lugar más íntimo. Un rincón apartado en el parque al sol será el idóneo.

 

Por lo visto es la segunda parte de un relato anterior. Cuenta el punto de vista de una mujer joven respecto a cómo otro chico mayor acepta ayudarle a perder su virginidad. Es largo y quizá un poco aburrido, pero las escenas descritas son muy calientes y la narración muy honesta. S siente todo su cuerpo respondiendo a la lectura. Le gusta cómo inicia la historia poniéndola en situación, pero también le gusta cómo describe punto por punto todo lo que pasa. El calentón de S durante su lectura es bastante grande, pero no es lugar para liberar sus caricias, y no es un cuento que te lleve a un punto sin retorno. Es excitante, pero no definitivo. Vuelve a clase con el buen rollo de sentir el cuerpo despierto y la sensación de haber encontrado algo sobre lo que vale la pena averiguar más.

 

Al día siguiente llega a la DM deseando investigar quién ha escrito eso. Vuelve a buscar en los sitios en los que se han encontrado por si hubiese un nuevo relato, pero no encuentra nada. Casualmente se ha cruzado con W varias veces en la ruta que ha seguido, y claramente él se ha sentido incómodo y ha intentado disimular cuando la ha visto. Quizá esté buscando lo mismo que ella. No puede dejar que se le adelante, o en todo caso, le pedirá que lo compartan. Así que se dirige a él:

 

–       ¿Buscas algo en particular? – Le parpadea como si quisiera abanicarle con sus pestañas. Usa su mejor sonrisa y arquea la espalda para que él sea consciente de lo bonito que es su escote.

–       Ehm, no… sólo iba a dejar esto en su lugar…

 

Dicho esto, saca unas hojas grapadas de su carpeta y las deposita detrás de una silla en el pasillo. Y se va. S se queda totalmente perpleja y se lanza tras la silla a ver qué ha dejado. W ya no está en el pasillo cuando ella reconoce el tipo de papel, de letra, y sobre todo, de escritura, en un relato de varias páginas que comienza a leer sin poder parar, y que devora sin importarle la gente que pasa por ese pasillo, mientras ella se escurre, se retuerce, se menea inquieta en esa silla. Y las cosas que va leyendo, sobre castigos y venganzas, sobre infidelidades consentidas, y sobre todo, sobre las cosas que un tipo afortunado está haciendo a una mujer sexy e inteligente como ella, provocan una desazón en su cuerpo que necesita liberar. Pero antes necesita aclarar algunas cosas.

 

Se va en busca de W. Puede que sea una casualidad, que W hubiera leído ese texto y lo estuviera dejando en su lugar, pero las hojas están demasiado cuidadas, y nadie dejaría un documento así después de haberlo leído. W está en una sala de estudio, con varias mesas y poca gente, en un pasillo apartado en una sección poco transitada, y S se sienta a su lado.

 

–       Sé quién eres.

–       Claro, soy W. Y tú S.

–       No, digo, que sé que tú escribes esto.

–       Me sobreestimas

–       ¿Es una historia real?

–       ¿Lo parece?

–       Sí, está muy bien escrito.

–       Gracias.

–       Así que sí, ¿no? Eres tú.

–       No se lo digas a nadie.

–       Lo he leído, y me ha puesto muchísimo.

–       Me alegro. Lo escribí con todos mis sentidos. En cada palabra que has leído estaba yo agazapado intentando excitarte. Misión cumplida.

–       Muy cumplida.

–       La chica del relato lleva unos shorts, como los tuyos. ¿Has sentido que eras tú la protagonista? En mi cabeza lo eras.

–       ¿De verdad? – No esperaba una revelación tan directa pero no le disgusta en absoluto.

–       Eres hipnótica, consigues sin pretenderlo que todos te tengamos en la cabeza.

–       Pues ahora me tienes totalmente atrapada. Que lo sepas.

–       Tendré que usar eso con responsabilidad, o se me irá la mano y te provocaré demasiado. ¿O no será demasiado?

–       No voy a ser yo la que te ponga límites.

–       Si dices eso tendré que hacer que mis palabras se deslicen por tu piel, y sabes que puedo hacerlo.

–       Mi respiración acelerada y mis bragas húmedas dicen que no pares.

–       De tus bragas húmedas quisiera ocuparme yo ahora.

 

Y mirándole a los ojos, ella sentada en la silla del aula de estudio, separa sus piernas dejando una rodilla tras la silla de W y la otra bajo la mesa, abierta de par en par, desabrocha uno de los botones de sus shorts y acerca la silla hacia él. En la mesa hay varios montones de libros, y están bastante apartados del camino de los pocos alumnos que entran y salen, por lo que se sienten seguros, pero si les pillasen…

 

W levanta el índice y lo lleva a la boca de S. Ella deposita un beso en la yema del dedo y él lo desliza hacia abajo, por su barbilla, por su cuello, por su escote, entre sus dos pechos, por encima del top supersexy, sin llegar a tocar nada incendiario pero dejando claro su paso por allí. Llega a su estómago, encuentra el hueco de su ombligo, sigue más abajo, y al fin siente la suavidad de sus braguitas en el hueco dejado por el botón abierto de sus shorts. Recorre el borde superior, con la yema de su dedo, y ella desabrocha los otros botones de sus shorts. De un zarpazo, con un movimiento conjunto de caderas y manos, se los lleva a sus rodillas y enseguida están en el suelo. Ahora está en braguitas, en un aula de estudio donde pueden ser vistos, protegida por una mesa, en manos de un semidesconocido que manosea su cuerpo sin ningún pudor y con toda la parsimonia del mundo. Siente cómo la yema del dedo índice de W recorre la zona húmeda de sus braguitas, cómo se desliza por encima de sus pliegues, cómo los identifica uno por uno, y ella cada vez está más abierta, cada vez empuja más sus caderas, cada vez necesita más acción. W quiere ponerla cachonda, sí, quiere ponerla ansiosa, simplemente él es así. Pero ella empieza a estar en ese punto en que va a pedirle que le arranque las bragas de un estirón, y se lo dice, como puede, entre suspiros, controlando el volumen de sus quejidos para que nadie los descubra, y él, que ha llegado a colocar la yema de su dedo índice sobre el botoncito que buscaba, hace vibrar su dedo muy rápido, y ella tiene que taparse la boca para no gritar por la sorpresa y el placer.

 

Y como él sabe, porque lo está tocando, lo mojada que está ella, de un movimiento rápido se arrodilla entre sus piernas y aparta a un lado sus bragas. Ella resopla al ver cómo W se está relamiendo, anticipando lo que va a ocurrir, y mete su puño en su boca para silenciarse en la medida que pueda. Y él da un gran lametón recorriendo todo su coño como si fuera un helado, un helado de jugo de coño, con la lengua plana, aplastando todos los pliegues. Luego da otro lametón, dejando hacer fuerza a la punta entre ellos, y tras varios lametones más ya es su lengua la que busca los lugares que supone que ella prefiere. Y cuando tiene la lengua empujando hacia arriba la caperuza de su clítoris ella susurra que no puede más, que tiene que correrse, y mantiene su lengua haciendo varios círculos sobre él, mientras las caderas de S saltan al ritmo de su placer, y en pocos instantes se queda relajada y derrumbada sobre la silla, con las piernas abiertas y su coño goteante a la vista.

 

–       Para, para, no puedo más…

–       Me paro.

–       Entre tu texto y esto que me has hecho…

–       Siento haberte dejado a medias con mi relato, tendré que escribir uno que sea tan bueno que puedas llegar al orgasmo mientras lo lees. Y lo escribiré para ti, cuenta con ello.

–       ¿Y tú qué tal?

–       Encantado de haberte servido y dispuesto a repetir cuando quieras. Pero ponte los shorts que vienen.

 

Mientras dice esto se oyen pasos en el aula acercándose al espacio tan íntimo en que ha pasado todo, y mientras S disimula como puede W inventa una exposición en voz muy alta sobre anatomía pulmonar y síndromes como el asma, causante de jadeos y falta de aire. Y así, cuando aparecen un par de estudiantes en su pasillo, parece que lo que hacen es estudiar, aunque ella sigue con los pantalones desabrochados y él tiene una erección descomunal.

 

Y cuando salen de ahí ambos están sorprendidos de lo bien que ha ido, de lo natural que ha sido compartir un momento así con el otro, y él se dirige rápidamente a su casa a hacer dos cosas: la otra es escribir el relato que le ha prometido a S.

 

A la mañana siguiente S aparece en la UDM con un vestido tan sexy o más que los shorts que llevaba ayer, con la secreta intención de facilitar el acceso de W a todo aquello que tuviera a bien desear, si se encuentra con él. Se siente húmeda cada vez que se imagina de nuevo una situación similar, con su mano grande y firme investigando bajo su vestido, y pasea por la universidad en busca de un nuevo relato con la seguridad de encontrarlo.

 

En la misma silla en la que encontró el último aparece un texto, con la misma letra, el mismo papel, y S lo dobla y lo guarda en su carpeta. Sabe que será un texto que no podrá leer en ningún otro lugar que no sea su propia casa, su propia habitación, y pasa el día con la prisa del que espera a su amante, con la certeza de que las horas le acercan al placer. Por fin, el día termina, coge el autobús controlando sus ganas de empezar a leer, llega a su casa, decide darse una ducha antes de leer, una ducha larga y caliente, pero sin caricias sexuales, y envuelta en su toalla grande se sienta en el sofá y coge el documento. Empieza así:

 

“” Ayer te prometí que escribiría un documento que consiguiera llevarte al orgasmo. No un simple relato erótico que te excite, sino una narración cuya lectura sea como echar un polvo con las palabras. Un polvo gratificante y lento. Espero que estés desnuda. No por evitarme desnudarte, me pasaría horas quitándote prendas una a una, dejando que tu piel entre en contacto de nuevo con el aire y descubriendo partes de tu cuerpo con la vista. Quiero que estés desnuda porque quiero que comiences la lectura de este documento totalmente entregada a lo que se te viene encima. O mejor dicho, dentro. Debo advertirte que yo lo escribo desnudo, con el portátil sobre mis rodillas y mi pene apoyado en él, de forma que tengo el glande al alcance de mis pulgares y lo acaricio a medida que te escribo. Pero de momento nos olvidaremos de mi cuerpo y pensaremos en el tuyo.

 

Sigo imaginando en mis dedos el aroma de las caricias que te brindé ayer y en mi boca el sabor de las partes de tu cuerpo que pude lamer. No puedo quitármelo de la cabeza, y espero que tú lo sigas teniendo en tu recuerdo y en la punta de tus dedos, porque de momento ésas serán las únicas partes de tu cuerpo que vamos a utilizar. Ahora mismo quiero que mires las yemas de tus dedos y las observes, turgentes y suaves como pequeños glandes, y te lleves una a la boca. Elige tú el dedo, ya me dirás cuál has elegido. Bésalo como me hiciste ayer, besa y lame y muerde tu dedo, saboreándolo, y llénalo bien de saliva. Estás haciéndolo, ¿verdad? Tienes una cara de niña traviesa con el dedo en tu boca que me dan ganas de ponerte sobre mis rodillas y darte unos azotitos. Bien, lleva ese dedo mojado de saliva por tus labios, cúbretelos de una capa de saliva usando tu dedo. No pensabas que resultase tan sexy, ¿eh? Ahora baja por tu barbilla, y recorre tu cuello. Eso sí que te gusta. Lo sé.

 

Insiste en tu cuello, traza una línea de saliva desde tu oreja hasta el principio de tu clavícula. No hace falta que te diga las ganas que tengo de dejarte un mordisco ahí. Sólo siente esa caricia como si fuese mi lengua. Espero que vayas siguiendo los pasos que te doy y no te estés adelantando. Si lo haces no está mal, pero cuéntamelo. Ya te sabes de memoria tu cuello, y te gusta, pero te apetece ir más allá, así que vuelve a mojar tu dedo y esta vez baja por tu garganta hasta tu esternón, y sigue recto, pasando entre tus pechos. Recorre ese valle tres veces, ni una más ni una menos. Me encanta cómo huele esa parte de tu cuerpo cuando comienzas a excitarte.

 

Estás siendo muy buena, obedeciendo mis instrucciones. Mereces un premio. Coge cada uno de tus pechos con una mano, sopesándolos, y comprímelos suavemente, como si fuese una fruta madura. ¿Has sentido eso? Lo he sentido hasta yo. Ahora comprime más, como si quisieras estrujar la fruta. Ya basta. Ha estado mejor, ¿eh? Me encanta verte estrujarte y soltarte los pechos, me pone tan cachondo… Vuelve a hacerlo. Cuenta diez mississipis o diez segundos mientras lo haces y deja de hacerlo. (Ya sabes cómo va esto, un mississipi, dos mississipis…). ¿Ya respiras mal? Yo diría que sí. Pero aún será peor. O mejor.

 

Vuelve a cargar bien de saliva tu dedo, y llena también el de la otra mano. Tienes dos sitios donde quiero que dejes un buen charco de saliva, así que llévate toda la que puedas, haz varios viajes, gotea saliva sobre tu pecho si es necesario, que resulte tan gorrino que sea excitante ver la saliva goteando sobre ti. Y sobre todo, que tus dos pezones rezumen saliva de una forma lasciva, como si fuese una lengua lo que los acaricia. Al final de esta frase cierra los ojos e imagina dos lenguas, a la vez, en tus pezones, repartiéndote la saliva en círculos, durante diez segundos. Estoy seguro que has podido imaginar hasta las dos personas, hombres o mujeres, que te lamían los pezones. Ya me dirás quiénes eran ¿Te has imaginado dientes mordiéndotelos? ¿No? Pues hazlo ahora. Tienes unos dientes mordiéndote un pezón, pellízcatelo y tira de él durante tres segundos. Ahora tira con más fuerza, tres segundos más. Y ahora pellizca fuerte y tira de él, diez segundos. Noto cómo te agitas, creo que mi misión de ponerte cachonda va por buen camino.

 

Deja que lleve tu mano ahora un poco más abajo. Voy a llevar tu mano a tu coño, porque sé que lo necesitas, y porque yo lo deseo. Quiero que lo primero que hagas sea una pasada por encima, con la yema de tu dedo corazón, para comprobar si estás mojada. ¿Probarás su sabor?¿Me dirás a qué sabe? Espero que a estas alturas estés bien mojada, si no lo estás algo debo de estar haciendo mal. Vuelve a pasar igual, pero ahora con el dedo a lo largo entre los labios, separándolos. Se abren como los pétalos de una flor mojada de rocío. Desliza diez veces el dedo así, ni una más ni una menos. Y ahora, lleva la yema de tu dedo encima del bultito que recubre tu clítoris. Masajéalo haciendo círculos. Ya debe de estar mojado tu dedo, pero si lo necesitas mójalo de saliva, como si fuese mía. Diez círculos. Y para. Saborea tu dedo de nuevo. Vuelve a llevar tu dedo a tu clítoris. Esta vez no hagas círculos. Pasa de lado a lado diez veces. Y para. Me encanta la cara de ansiosa que pones cuando te ordeno que pares. Y me encanta que pares. Tienes tu coño abierto y mojado y estás sin tocarte esperando mis instrucciones. Eso me vuelve loco.

 

Ahora quiero que vayamos un poco más allá. Lleva tu dedo, el que prefieras, y deslízalo por tus labios menores. Baja por uno, sube por el otro, presionando un poquito. Llega hasta arriba, por encima de tu clítoris, baja por el otro lado, hasta la entrada de tu coño, pasa al otro lado, vuelve a subir. Presiona tu clítoris, baja de nuevo, llega hasta tu vagina, y quédate ahí. Empuja con tu dedo, un poquito. Quiero comprobar si podrías meter tu dedo. Y de paso si podría meterte mi polla ahora mismo. Supongo que sí, debe poder entrar, así que avanza, métetelo muy lentamente pero hasta el fondo. Y cuando esté del todo en el fondo, prueba una cosa. Haz un movimiento rápido con la mano como si se agitara, para que tu dedo vibre ahí dentro. Vuelve a probar, hasta que controles el movimiento. Hasta diez veces. Te hago contar para que mantengas tu cabeza alerta y no te dejes llevar, o te correrás antes que yo. Ahora saca tu dedo, del todo y vuélvelo a meter, del todo, muy despacito. Quiero que retengas la sensación de las paredes de tu vagina adaptándose a tu dedo, deslizándose, para que me las cuentes cuando quieras que sea mi polla quien las sienta. Hazlo diez veces, también. Ahora que está tu dedo dentro vuelve a vibrar, diez segundos. Y para. Saca tu dedo, seguro que rezumas jugo, comprueba el sabor de tu dedo y chupa también otro, porque te vas a meter dos. Lleva tu mano de nuevo a tu coño, coloca un dedo a cada parte de tus labios y haz unos alicates, presionándolos. Baja de esa forma hasta que la palma de tu mano esté presionando tu clítoris, y vuelve a subir. Vuelve a bajar así. Vuelve a subir. Vuelve a bajar y lleva tus dos dedos mojados a tu vagina. Mientras entras, asegúrate de seguir aplastando tu clítoris con la palma de tu mano, e intenta llegar lo más profundo que puedas. Ahora cuesta un poquito más, pero estoy seguro que podrás hacerlo bien. Sal y entra de esa forma diez veces, exactas. Rozando tu clítoris mientras lo haces. Sé que a estas alturas estoy siendo un cabrón. Lo que quiero es que acabes diciéndome cuánto.

 

Ahora estás parada, con tus dedos dentro. Encógelos dentro de ti, como si fuese un gancho. Hay un sitio ahí dentro, supongo que lo conoces bien, un poco más rugoso. Quiero que te lo rasques, como si te picara mucho. Sin soltar la presión sobre tu clítoris. Esta vez te voy a dejar que te lo rasques cuantas veces quieras, durante diez segundos. Y cuando lo hayas hecho, agita de nuevo tu mano, como antes, muy rápido, con los dedos encogidos, durante diez segundos.

 

Para. Estate quieta. ¿Por qué no te estás quieta? Vuelve a hacerlo. Rápido. Sigue. Sigue. Sigue. Para. Ahora viene el reto. Junta tres dedos, ponlos en la entrada de tu coño, y empuja. ¿Caben? Espero que sí, si no caben mi polla tampoco cabrá, no entra en cualquier sitio. Mételos como te gustaría que te metiese mi polla. Fuerte, rápido, hasta el fondo. Agita la mano con tu coño lleno de tus dedos. Hazla vibrar y vibra tú también, estremécete y no dejes que nada te detenga, ni siquiera yo, sigue agitando los dedos en tu coño, escuchándolo chapotear, hasta tu orgasmo, mientras yo agito mi polla dura y ansiosa, que llevaba un buen rato esperando a que tú te corrieras, para perlar mi abdomen y mi mano de mis jugos pegajosos y calientes que son tuyos, porque tú los has provocado.

 

Y cuando te hayas corrido, si quieres hacerlo, vuelve a probar el sabor de tus dedos, y cuéntame a qué saben. “”

 

S termina de leer el texto rendida sobre el sofá. Ha tenido una mano ocupada todo el rato por el papel y la otra por las instrucciones, y ha ido cayendo a posición horizontal, lo cual ha facilitado bastante las operaciones. Pasa un buen rato disfrutando de las últimas oleadas de placer, acariciándose para prolongar el disfrute, y cuando siente que ya no le tiemblan las piernas se asea un poco y enciende su portátil. Tiene un texto de respuesta que escribir, un texto que va a estar a la altura. Y lo sabe.

 

 

 

 

 

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