Toda una Dama

Por mi parte, jamás pensé que me detendría a contar algo “que me viene ocurriendo” con una mujer rubia y de ojos verdes, de 42 años, digamos 1,67m, 54 kg, muy mona ella. ¿Les gusta? ¡A mí me encanta! Yo tengo 31 años, pisciano, fogoso, 1,71m, 74 Kg, soñador, abogado recién recibido, cuerpo normal, de barba, adicto a jugar al futbol.

A ella la conocí por chat, yo “FacuLover”, ella “Sol”. Chateamos dos veces y ella me dio su fono. Se acaba ella de separar y tiene un hijo adolescente. Cuando nos vimos por vez primera nos citamos en un bar de Palermo. Debo dejar en claro que somos ambos tímidos, y como eso lo habíamos hablado ya, nos tuvimos paciencia. Las dos primeras citas no hubo besos, fue todo amistoso, cine, tragos sanos – té – y nada más. Pero en la tercera cita la llevé a una cervecería que los porteños deben conocer “El Bolsón”, en San Telmo.

La onda entre ella y yo no era de trampa, ni de sexo, no. La onda era romántica, la búsqueda de su otro yo, de mi amada inmortal, por eso creo todo resultó – y resulta – tan especial. Era viernes a la noche, estaba lleno. Y allí le propiné el primer beso, con consentimiento femenino. Sus labios finos no hacían sospechar que se trataba de una excelente besadora, me sorprendió gratamente. Nos dábamos besos por demás vigorosos, nos lamiamos las comisuras, los contornos de manera felina a la vista de todos los clientes de aquel bar, pero qué nos importaba entonces. Nos besamos descaradamente, pero nuestras manos fueron discretas y no tocaron zonas pudendas. Es que ella me parecía toda una dama y no quería yo parecer un libidinoso, quería ser un Romeo con todas las letras. Y creo que lo fui, al menos ella dijo eso más tarde. La cita siguiente en cambio fue de pasión, y fue al otro día.

Fue así que caminando con Sol por Avda. Santa Fe un domingo a las 4 de la madrugada, nos empezamos a calentar, mis manos llegaron a sus caderas y mi miembro empezó a despertarse. Así que le dije: “ahora que siento tu cola, tengo ganas de plantar bandera”. “Ahora no se puede, la naturaleza nos jugó una mala pasada”. Tenía el período ella. Me sentí un ser poco afortunado. Seguimos caminando y cada tanto la detenía para besarla con besos cada vez más largos, y luego bajaba hasta su cuello, o lamía el lóbulo de alguna de sus orejas. Volví a sugerir mi interés por juntar los cuerpos a la vez que lamentaba que ella estuviera con sus días, hasta que ella respondió: “bueno, podríamos de todas formas hacer algo”. Por mi interior mi mente decía “dale campeón… negro campeón del mundo”. Subimos a un taxi, al tachero le di la altura de un hotel por calle Paraguay y luego me dediqué a besar la boca de esa rubia mayor que yo y que me estaba moviendo el piso.

Le rozaba las piernas, apretaba sus manos fuertemente. De a poco esta bella mujer, algo reprimida por enseñanzas de la infancia, por moral auto impuesta, por el qué dirán o qué se yo, se iba soltando poco a poco y yo era el hombre más afortunado de estar con semejante hembrón. Ya en el hotel ella seguía tímida, la entrega evidentemente no sería tan fácil. Basta con decir que salió ella toda vestida del toilette, como entró.

Desde el vamos acordamos que no la penetraría pues a ella le parecía poco decoroso que lo hiciera estando con el período, opinión que no compartía, pero ni siquiera lo mencioné. A pesar de semejante condición que respeté a rajatabla creo que viví algo inexplicablemente hermoso. Sucede que esa mujer bella de 42 años parecía una mujer virgen. Todo lo hacía con tanto recato y dulzura que parecía no haber vivido el fuego en cuatro paredes ni en ningún edén. Su ropa interior era blanca, su colita era de una flaquita adolescente, delgadita, blanquita y sus pechitos eran normales, más bien chicos, pero con un agregado extra: sus pezones no eran comunes pues se veían siempre erguidos de forma natural, a lo que ella respondió que eso le trajo aparejado toda clase de groserías cuando hacía c

alor o se iba de vacaciones a la costa.

La abracé, la volqué encima mío, le lamí el cuello, sus orejas, desabroché su corpiño, realicé círculos en el perímetro que bordea sus pezones. Mi lengua rozaba esos pezones que eran como dados duros. No tiene panza ella, así que mi lengua bajaba fácilmente hasta el monte de venus naturalmente forestado, sin podar. Su vello púbico era rubio, hermoso matorral y entonces fui bajando para realizar una de mis especialidades: el cunnilingus. Me puse sobre ella, poniendo mi cara un poco más abajo de su sexo, lamiendo el lado interior de sus muslos, los que me parecían suaves como cola de bebé. Mi lengua me gusta usarla como un rodillo que sube y baja y alterna la mojadura con los besos que le pido a ella y que ella gustosamente me propina. Luego vuelvo a la entrepierna y lamo los laterales, los pliegues o surcos de la entrepierna, sin siquiera lamer su vello púbico. Eso la pone recontra loca. Le beso toda la zona, pero su vagina la paso por alto. Apenas sí le acaricio el pubis con mi mano. “¿Sol, por favor, te darías vuelta?”, a lo que ella obedece sin decir ni mu. Mi lengua comienza a “rodar” desde la nuca rubia hasta el nacimiento de la raja de su cola… y cómo se siente que se estremece mi compañera.

Su respiración no es la misma. Sigo lamiendo esa espalda delgada que me enloquece, haciendo trazos verticales de lengua desde sus hombros – qué piel tan suave tiene allí – hasta sus glúteos y viceversa. No me canso de hacer eso, parezco un felino lamiendo su líquido vital. Soy un adorador de la cola y Sol tiene un culo para un concurso, aunque ella dice que exagero. Se lo masajeo, se lo abro, me quedo jugando con su cola, le doy besos largos, algún chupón ruidoso, y me preparo a meter mi lengua en su ano, pasando previamente mi lengua por su cachete en la zona de la raja, que también está velludo. Debo reconocer que su “peinado natural” me calienta más así, parece sexo salvaje lo que se avecina. Hasta que mi lengua planta bandera en su ano y lo escarbo con mi lengua y le doy, le doy. Noto que empieza a sentir sumo placer ella y que mi lengua va teniendo lugar. Ayyy, cómo le comería el culo y se la metería, pero no, todavía no, prefiero que esto parezca sexo tántrico por ahora. Su culo bien lamido a lo largo de la noche fue bien visitado por mí.

“Ahora déjame a mí”, me dice. “Acostate, quiero darte unos mimos”. Se viene lo mejor, pienso. Ella se pone arriba de mí. Su temperatura supera a la mía ahora. Cierro los ojos, ella me besa la boca, besos largos, me besa las tetillas, el cuello, mordisquea mis tetillas, toca mis fuertes gambas y siente que mi pene le toca los pechos. Se sube a mi altura y me choca el pecho con sus tetas. Qué loco que me pone la rubia. Hasta que por fin toca mi sexo, más bien tangencialmente me realiza caricias y esa es la palabra exacta, pues nunca una mujer me acarició de manera tan suave el pene. Todo lo hace suave.

Se lo lleva por fin, después de tantas vueltas, a la boca, lo toma con tanta delicadeza que parece frágil, lo besa, lo roza con la lengua, con los labios, lo chupa de a sorbos tomando mi pene como si fuera un empuñadura… ¡ayyyy me mata de placer! “Cómelo…cómelo”, le digo. “me estás matando, Sol”. Mi pija estaba a mil. De a ratos volvía a mi pecho, a mi pija, y me volvía a besar la boca, propinándonos besos extra large, o XL, como digo yo.

“Ahora yo voy a moverme”, le digo, mientras la acomodo con dulzura para que se dé vuelta ella.

Me pongo en posición de lame conchas, poniéndola a ella boca arriba y colocando un almohadón debajo de su cola para que su vagina me quede cómodo a la lengua mía. Ella siente pudor, vergüenza por su sangrado natural, lo noto en su rostro, así que mi lamida por esta vez se limita al clítoris, mi capullo más querido. Mi lengua es un ventilador de películas de bares del far west, gira lentamente, como si lamiera dormido. “Cómo me calentás, seguí… seguí” me dice ella. Pero yo ya no respondo, hago la mía, me como ese clítoris como la vida me enseñó. Lo empiezo a erguir, le hago vientitos, por momentos se lo chupo impulsivamente, como si se lo quisiera poner de pie. Y vuelvo al roce lingüístico, suave, círculos, pero ahora más rápido. ¡Se pone tan cachonda Sol!

Luego pongo mi lengua ya no como pala de punta sino como pala ancha y apoyo desde el medio mi lengua-pala sobre su clítoris y hago presión sobre ese conejito, dando lambidas lentas

y fuertes, haciendo presión. ¡Y Sol empieza a hacer temblar sus piernas! Así paso decenas de minutos, quedo mojado de placer, de sus jugos y de transpiración, contento, feliz de mimar a mi amada.

Luego volvemos a los besos, los masajes en su espalda, sus glúteos, su cabecita rubia, su carita de ángel y más besos XL. Ella me masajea la espalda, el pene, me besa el pecho, el cuello…en fin…quedamos exhaustos.

Así pasamos nueve horas, durmiendo solo dos. El resto fue todo mimos, masajes, besos animales, caricias. Y créanme que sin darnos cuenta resultó que vivimos un sexo increíble, sin duda varias veces superior a lo que uno puede sentir con una penetración y una pronta acabada. Por suerte esa no fue la única noche, hubo más, pero en honor a Uds. y por sobre todo a ella y a mí, merece un relato aparte para ser contada la manera en que la penetré con toda la dulzura y la pasión que tiene un Romeo como el que suscribe. Esta mujer que me mueve el piso la conocí personalmente en julio de 2003, así que si andan por Palermo o por San Telmo y ven a una pareja que se besa con pasión y con nuestra descripción, somos nosotros, no lo duden.

Autor: FacuLover

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Escrito por Marqueze

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