TRIO APASIONADO

trio apasionado

Mi dedo pulsó el timbre del videoportero.

– Pasa, Rafa

Alguien me nombró y accedí al portal. El ascensor me esperaba. Segundo D. Llamé. Apareciste radiante con tu vestido de terciopelo verde ceñido y tu sonrisa nerviosa. Me diste dos besos.

– Pasa

Pasé, esperé a que cerraras y me condujiste al salón, donde Jorge estaba sentado. Se levantó del sofá y nos saludamos.

– ¿Qué quieres tomar? – ¿Tenéis cerveza sin alcohol? – ¿No prefieres whisky? – Soy abstemio, gracias

Os servisteis un par de whisky, a mí una coca-cola. Brindamos.

– Mejoras al natural – Gracias, Jorge. Y vosotros – ¿Qué te parece Ana? – Es preciosa. Tienes una mujer divina. Nunca te lo quieres creer. Eres tan modesta… Jorge me invitó

– ¿No te apetece besarla?

Recuerdo tu mirada de deseo. Lo hice. Te besé el cuello primero, acariciándote la nuca. Buscabas mis labios, que entrelazamos. Mordisqueé tu labio y te comí entera la boca, rebuscando con mi lengua su interior. Jorge puso música lenta, nos levantamos y bailamos. Al poco, tu marido nos pidió sitio y se unió a la música por tu espalda. Te desabrochó el terciopelo y lo bajó por los hombros, apareciendo tu piel radiante, tus pechos libres preparados para ser acariciados, besados. Mientras mi mano izquierda rodeaba tu cintura, mi derecha se colocó suavemente sobre tu pecho izquierdo, tomándolo, mirándote a los ojos, besándote el cuello.

Jorge también te besaba con labios fugaces la nuca, la espalda, dibujando con las manos tu silueta. Bajé mi cabeza y encontré tu pezón derecho, que al paso de mis labios se irguió, endureciéndose mientras lo sorbía. El vestido estaba en el suelo, a tus pies tu tanga y tus medias negras coronadas por los zapatos de tacón de aguja eran la única prenda que habitaba en ti. Jorge se agachó y te besó el culito, acariciándote los muslos. Mi boca se abrió entera para acoger todo tu pecho, sorbiéndolo por completo, dejando que mi lengua dibujara círculos alrededor de tu pezón mientras mi otra mano acariciaba con el pulgar y el índice el otro pezoncillo, como si le estuviera dando cuerda dulcemente.

Comenzaste a gemir. Tu marido tenía ya la cara entre tus piernas, mi mano quería bajar hasta tu sexo, pero exigiste tu derecho. Querías vernos desnudos, querías comernos como nosotros lo hacíamos contigo. Nos desnudamos Jorge y yo. Tú te quitaste el tanga. Te tumbaste boca arriba sobre la cama.

– Venid

Fuimos. Comenzamos a besar tu cuerpo entregado, comenzando por los pechos, cada uno con uno; mientras, tÚ te abalanzaste con tus manos sobre nuestras pollitas, que comenzaste a acariciar, descapullando y encapullándolos. Jorge bajó hasta tus caderas, que se abrieron a su paso, comenzando a comerte el chochito bajo tu afeitado pubis. Sentí cómo tu mano apretaba mi polla, que ya habías endurecido, tu boca se abría y empezabas a jadear. Tu marido te comía el clítoris y yo decidí meter mi lengua en tu boca, morderte los labios, comértela entera, sintiendo cómo me masturbabas con mayor fuerza y entusiasmo. A veces tu boca se separaba de la mía para respirar más profundamente. No aguantaste más.

– Quiero comértela

La metí en tu boca. Me la chupaste con frenesí. Me la cogías con la mano y te la escondías entre tus labios. Yo intentaba empujar. Estaba tan duro, tan excitado, que necesitaba metértela entera. Jorge te seguía comiendo. Entonces me arrodillé sobre ti, puse mis rodillas a ambos lados de tu cara, te agarré de las muñecas, sujetándolas con fuerza, apunté sobre tu boca, tus ojos estaban muy abiertos, y te la metí dentro. La metía y la sacaba de tu boca. Me cabía casi entera. Escuchaba tus jadeos ahogados. De repente, abriste aún más los ojos, tus manos se estremecieron y tus caderas comenzaron a golpear el aire, abriste aún más la boca y chillaste.

Yo no aguanté más y me corrí en tu boca, eso te excitó aún m&aac

ute;s. Los dos gritábamos como si se nos fuera en ello la vida. Jorge se irguió y te la metió de un solo golpe mientras tu lengua saboreaba el semen que aún quedaba en mi glande y yo acariciaba tu cara y tus pechos admirando los golpes de cadera que Jorge mandaba sobre tu abdomen. Seguías jadeando y yo aún estaba duro. Me retiré y le susurré algo al oído a Jorge, que me sonrió y me respondió al oído mientras te follaba. Tú preguntabas qué tramábamos, tu marido te respondió follándote con más intensidad.

– Sí, cariño, sí, fóllame así, me vas a derretir. No sé qué tramáis, pero eso me excita más aún, me pone más cachonda. ¡Ay, que me corro otra vez! ¡Ay que otra vez me viene! ¡Otra vezzzzzzzz!

Te corriste de nuevo mientras yo estaba en el cuarto de baño. Me asomé a la puerta para ver el espectáculo de tu belleza gritando de placer. Busqué en el armario, donde Jorge me había dicho. Y lo encontré: vaselina. Me embadurné la polla aún rígida y la mano derecha. Cuando regresé a la habitación seguíais follando como locos, pero estabas encima de Jorge. divisé tu culo en pompa y la polla de tu marido entrando y saliendo de tu interior. Jorge me guiñó un ojo, tú te volviste hacia mí, te sonreí. Jorge dejó de mover sus caderas y yo metí un dedo en tu ano, que recibiste mordiendo tu labio inferior.

– Aprieta mi polla con tu coñito, cariño

Debiste hacerlo, a juzgar por el gesto que tu marido exhaló con los ojos entornados. Moví mi dedo y metí otro, que cabía, incomprensiblemente. Entonces le hice un gesto a Jorge, que te tomó de las muñecas. Me situé detrás de ti y apunté con mi glande. Resbalaba. Metí de nuevo un dedo, el segundo, y entraron. Apunté de nuevo y presioné.

– ¡Ah!

Gritaste, pero el glande entró poco a poco.

– Ah, ahhhhh. Despacio – Métetelo tú, cielo.

Y te lo metías. La polla de Jorge quería salirse, pero él la sujetaba. Te metías mi polla más y más profundamente.

– La tienes entera dentro, Ana

Comenzaste a moverte, lenta, pausada, pero firmemente.

– Me encanta, -respondiste. ¡Qué dura la tienes, Rafa! Empieza a moverte.

Comencé a moverme de manera muy lenta. La vaselina hacía su efecto y lo que parecía hostil se volvía más suave y hospitalario.

– Muévete de prisa, de prisa

Empecé a meterla y sacarla con más fuerza.

– Ahora tú, Jorge.

Ahora éramos los dos. Jorge también arreciaba, tomamos el ritmo alternativo. A ti aquello te encantaba.

– Así, así, qué bien lo hacéis, qué placer, qué placer. Que me viene, me viene, me viene, me vieneeeee.

Empujábamos como si fuéramos a partirte en dos, pero lejos de dolerte te corrías. Y entre espasmos se produjo el milagro. Nos corrimos los tres juntos, abriendo tus entrañas.

Fue el principio de una tarde-noche inolvidable que marcó nuestra relación. ¿Recuerdas? Ahora no puedo más, estoy tan excitado al recordarlo que el resto lo escribiré más tarde. Ahora voy a masturbarme, voy a correrme pensando en nuestro frenesí.

Autor: Paco Salvatierra

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

7 votos
Votaciones Votación negativa

Escrito por Marqueze

¿Te gustan nuestros relatos? No olvides compartir y seguir disfrutando :P

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *