TRISTE DESPEDIDA

Hola amigos y amigas de lecturas eróticas, este relato es la triste despedida que tuve con Walfren, sabiendo que por motivos de traslado de su trabajo, no nos volveríamos a ver, un capitulo me qué dejó marcada para toda la vida.

Ya muchos de ustedes se enteraron de cómo me inicié por mis dos relatos anteriores con el hombre que me hizo sentir mujer y algunas historias que pasaron entre él y yo.

Con él viví momentos inolvidables, haciéndome sentir el ser humano que hubiera querido haber nacido. Me subió al cielo y me bajÓ tantas veces quiso, que yo quería ser suya para siempre y hasta pensamos en la posibilidad del cambio de sexo y de casarnos. Creo que hicimos todas las posiciones del kamasutra y del mundo entero, después de perder esa entupida pero ingenua pena que a todas nos embarga al principio.

Con él hice cosas que nunca en la vida creí poder realizar. Me vestí y me desvestí para él como quería sin pudor alguno, hasta llegué a disfrazarme de enfermera, colegiala, secretaría, hasta de niña y claro entre otras, de su puta favorita. Como me encantaba recibirlo recién bañada, cambiada, perfumada y lista para atenderlo en todas sus fantasías, que por supuesto también eran las mías, obvio.

Con los años por que fueron como 10 que estuvimos juntos, para bien las cosas cambiaron entre nosotros.

Terminamos el bachillerato, empezamos la universidad y también a trabajar. Eso nos dio la forma de mejorar nuestra estabilidad económica y más a él, de sacar un apartamento, apartamento del cual, yo tenía llaves.

Yo sabía que entre semana era imposible vernos, pero los fines de semana desde los sábados por la tarde cuando él llegaba de su trabajo, el mundo cambiaba para mí. Yo inventaba algo en mi casa, que me iba de camping, o la finca de un amigo o algo por el estilo y me iba para el apartamento de Walfren, me cambiaba, arreglaba el apartamento, le cocinaba y lo esperaba con todo listo para ser su novia, señora y amante.

Como cualquier pareja que viven las cosas con intensidad, así fuimos nosotros, aunque nunca intentamos salir a la calle, ya que casi todo el mundo en mi pueblo se conoce y nunca quisimos dar de hablar.

No todo el tiempo que estuve en su casa hacíamos el amor. Pero podía vestirme para él, atenderlo y vivir como cualquier mujer, con todo el apoyo y la libertad del mundo. Incluso pasé una vez hasta ocho días viviendo como mujer en su casa para una época de semana santa. Me levantaba como mujer y me acostaba como mujer y como su mujer, esa vez fue nuestra luna de miel sin salir de su hogar. Fueron muchos los regalos que nos hicimos, perfumes, accesorios, ropa interior, vestidos, zapatos, en fin, hasta un consolador un poquito exagerado, diría yo (25 cms) que recibí de Walfren y el cual utilizamos muchas veces.

Era divino, sobre todo cuando me regalaba ropa interior, en una ocasión me regaló unos bodys de encaje con ligueros y agujero por detrás de color negro y blanco(le gustaba verme en esos tonos mientras nos hacíamos el amor) con un ramo de rosas rojas y como por aquél entonces yo ya tenía el cabello un poco largo, me escribió en la tarjeta del ramo, "Mi amor, por favor hazte dos colitas en tu cabeza, que quiero cojerme de ellas, mientras me lo mamas esta noche en el sillón" "Vistete con el body negro y los tacones negros que te regalé la semana pasada, que vamos de estreno esta noche".

– ¿Estreno?, ahora con que me va a salir este loco, me pregunté.

Un sillón muy cómodo y amplio que había comprado, sobre todo para hacer pereza y para amarnos. Justamente según me dijo que lo había adquirido, para querernos bien rico, poderme coger mejor, ver los partidos de fútbol y descansar, sin estar encerrados en la habitación, y la verdad tenía razón. Ese sillón era espectacular y esa misma noche lo estrenamos, y vaya que estrenada. También recuerdo que el consolador que me regaló, venía acompañado de una caja de chocolates suizos y una tarjeta que todavía l

a guardo y que dice, "Esto es para demostrarte lo profundo que te amo, con toda mi dulzura, W.", no les parece tierno….!Divíno!(aunque el consolador por su tamaño y grosor no lo era, a veces era desgarrador)

Días antes de nuestro último encuentro, me llamó a mi casa a darme la nueva noticia de su trabajo. El traslado era para él un premio por su labor y profesionalismo (y vaya que trabajaba muy bien el condenado, sobre todo en mi tierno culito), eso le representaba mejores ingresos y la posibilidad de seguir ascendiendo en la compañía en la que estaba.

Como no, me puse feliz por él. Pero también entré en un silencio profundo, a lo cual se dio cuenta y me preguntó que por que tanto silencio repentino. Yo le respondí que si se iba, lo nuestro se acabaría, a lo cual, él también entró en un silencio pegajoso y al rato de transcurrir ese vacio interminable por el teléfono, me respondió que tal vez si, que era lo más probable.

Yo quería morirme, pero no quise demostrárselo por teléfono. Me dijo que en el apartamento charlaríamos sobre esto y haber que iba a pasar con nosotros, yo dije que bien y colgué. No lo pude evitar, corrí hasta mi habitación y sin poderme contener estallé en llanto. No hice sino llorar todo el día recuerdo, hasta mi mamá se dio cuenta que algo raro me pasaba, por que ese día no quise comer nada de nada. Mi mamá me preguntaba que había pasado y lo único que atiné a decirle sin poder evitar el llanto mientras hablaba, es que me había dado cuenta qué una niña que me gustaba, estaba saliendo con un amigo y que eso me dolía, que se me estaba partiendo el alma.

¡Mentira!, no se si mi mamá se comió el cuento, pero fue muy tierna y comprensiva conmigo al dolor que yo sentía y que se me veía, por que eso si, el alma si se me estaba desgarrando. El mundo que había construido estaba a punto de acabarse y el hombre que me enseño a ser y sentirme mujer, partiría de mi vida de pronto, para jamás volverlo a ver. Lloré y lloré, me quedaba dormida…me despertaba y empezaba a llorar nuevamente, tapándome la boca con una sabana para que no pudieran escuchar mis lamentos destrozados. Creo que estaba enamorada de todo lo que había hecho en todo este tiempo y lógicamente, de él.

Ya sé como lloran las mujeres por un hombre, por que eso era yo. Una mujer impotente y desconsolada llorando su duelo anticipado en vida y resignada por la pérdida de su macho y esto, estaba a punto de pasar. No deseaba nada, y lo poco que deseaba, no lo quería. Ese día marcó definitivamente mi vida.

No vale la pena expresar más todo el dolor sufrido en aquel instante. Solo aquellas personas que como yo hayan vivido un duelo como este, sabrán de lo que les hablo. Parece que nunca se fuera a acabar y lo peor, no sabe una como arrancárselo del cuerpo; por que hasta la piel duele, parece mentiras.

Al día siguiente volvió y me llamó a casa. Yo no estuve en casi todo el día, debido a unas clases en la U y la señora empleada de la casa me dijo…

– "Un señor ha llamado todo el día como 100 veces…tan raro ese señor, y se ve que se sentía muy urgido de hablar con un usted, es sobre una razón de una niña de su salón o algo así, no sé. En esto vuelve y marca, espere y verá y no siga sufriendo niño, que otra señorita habrá". ¡Ah, la inocencia!

Santa razón tenía doña Stella. No tenía yo 5 minutos de haber llegado cuando el teléfono repicaba otra vez, yo sabía que era él. Y si, lo era; afanado me preguntó que como estaba, que si estaba bien, a lo que rápidamente y un poco seca pero nerviosa le dije que si. Me dijo también que no se podía demorar mucho, ya que estuvo tratándose de comunicar conmigo todo el día y estaba a punto de entrar en una reunión. Que no había hecho otra cosa que pensarme, que no sabe que hacer, que fuera por la noche a la cueva(así le llamaba al apartamento) que necesitaba hablar conmigo urgente, ya que él viajaba en dos días para el exterior, su traslado era urgente.

Llegué a las 6 de la tarde de aquel viernes, todo estaba hecho un desastre. Cajas, por allí, otras por allá, muchas cosas ya guardadas y empacadas, otras regadas por el piso, hasta me di cuenta que había bebido estos días por las botellas en la basura, en fin, pobre hombre; deb

ía estar hecho un manojo de nervios con todo esto, ya que su traslado era inevitable y contra el tiempo y yo debía ser el verdadero problema para él.

Me dirigí a nuestra alcoba para ver como estaba y su cuarto estaba también como el resto del apartamento a lo que me dispuse a arreglarlo un poco, por lo menos más orden a lo tirado en el piso.

Abrí su armario y todavía parte de su ropa y su olor estaba allí, y en el otro espacio toda la mía, tal cual como la dejé la última vez. A propósito, que iba a ser con ella? Esa pregunta no me la había hecho, lo cierto es que tenía como bastantica y tenía que empacarla.

Empecé a empacar todo mi ajuar, lean esto por favor, aunque muchos no me creerán…7 vestidos, 10 faldas, 12 blusas y otro igual en camisetas, 8 pantalones, 5 conjuntos, 7 pares de zapatos, 3 pares de sandalias, un par de tenis colegial, un par de zapatos negros de colegio, un par de suecos y un par de botas altas en charol vino tinto, 8 conjuntos de ropa interior, 12 hilos dentales, 13 tangas sueltas de varios estilos y colores, 8 brassieres sueltos de varios estilos y colores, 6 cacheteros, 9 shorts, 3 sudaderas, 7 ligueros con doble par de medias del mismo color, 3 pares de medias blancas colegiales, 12 pantymedias, 6 bodys, 7 babydolls, 3 levantadoras, 3 corsés, 5 enaguas o fondos, perfumes, cosméticos, cremas, un juego de accesorios, colas, ganchos hebillas, aretes, anillos. ¡Ah!, una peluca rubia y un súper consolador con dos tarros de lubricante y eso que nunca compré vestidos de baño , ¡señor dios mío bendito, de donde todo esto, no creí que tuviera tantas cosas. Desde que conocí el guardarropas de doña clara, la esposa del dueño de la casa que Walfren pintó alguna vez, quedé obsesionada por la cantidad y la calidad de prendas que tenía y con los años y en la cueva, pude tener algo parecido; bueno a menor escala claro, pero todas de buena calidad.

Empacaba todo meticulosamente, para tratar de hacer el menos bulto posible y así fue como saque tres cajas de un tamaño medio considerable y cuando creí acabar de haberlo empacado todo, me encuentro con una caja regalo en el piso de mi closet.

La destapo y Oh sorpresa! Saco un vestido de seda de encajes negros transparentes con una abertura en la parte derecha de la falda, vestido que me llegaba a la mitad de mis piernas. Un conjunto de ropa interior muy delicado por sus bordados del mismo color, el panty del conjunto, era un cachetero transparente con terminales bordados que hacían que mi cintura se viera estilizada y unos ligueros con corsé de ataque, que hacía resaltar más mi figura. Las medias también negras, eran de malla muy fina con una vena por detrás y las zapatillas negras de charol con doble correa en el tobillo. Con el vestido venían un par de candongas negras, un labial negro y una cinta con una rosa del mismo color, la cual puse después alrededor de mi cuello.

El negro es el color que más le gusta; Tanto para él vestirse y como quería que me vistiera para él, de paso, viviríamos nuestro luto.

Una nota venía con el ajuar completo que decía, "Nené, quiero que te vistas para mi, hoy más que nunca. W" Ni corta ni perezosa me bañe de nuevo y me vestí por última ocasión para él; Sabía que esta vez, sería la última que volveríamos a amarnos.

Y así fue, quedé como dice una amiga mía"De muerte lenta". Me maquillé de acuerdo a la ocasión con sombras grises y negras y unas líneas finas de dorado sobre mis parpados, no quería verme tan muerta. Perfumé mi depilado cuerpo en pequeñas dosis, sobre todo en mi trasero. Mi cabello largo y suelto hasta más debajo de los hombros, y como mi nombre, LUCÍA espectacular, nunca me había visto y sentido así de linda.

Salí de nuestra habitación hasta hoy a fumarme un cigarrillo mientras ansiosa esperaba a que llegara. Todos los rincones de ese apartamento me traían recuerdos bellos y muchos de pasión descontrolada.

Yo sabía por que el sillón no había sido empacado como casi todo lo demás, me senté en el y mientras el tiempo pasaba, me fumaba un cigarrillo con una lágrima compañera, acariciando con mis dedos ese sillón que tantas veces fue testigo de mi insuperable dicha y pasión desenfrenada.

No pasó mucho tiempo para que Walfren llegara. Mi corazón se quería salir del pecho al escuchar como las llaves, h

abrían esa puerta.

Entró y me vio sentada en el sillón con el maquillaje corrido por las lágrimas. Me paré hacía él tan pronto cerró la puerta y lo abrasé de tal forma, que quería fundirlo contra mi. No quería separarme de él y Walfren me abrazaba más fuerte que yo. Mientras lloraba desconsoladamente aferrada a su cuerpo, él acariciaba mi espalda y me decía tranquila, tranquila, no sufras más, ya miraremos que hacer.

– ¿Quieres que salga del closet? Le dije yo. ¿Quieres que mi familia y todos sepan de nuestro amor…quieres que me haga la operación y me convierta de verdad en una mujer, en tu mujer?, dime Cielo…! es que no te quiero perder…te amo, mi amor, te amo!!! Recuerdo Que le decía

Me separó de su hombro, me miró y me dio un beso como antes nunca lo había sentido. Sus manos se trenzaron en mi cabello, haciendo presión en mi cabeza contra sus labios, sus labios besaban los míos como queriéndolos marcar por siempre o no querer olvidar su sabor y textura. De igual forma los míos hacían lo mismo, mientras me sujetaba fuertemente de su cintura.

Así como inició este apasionadísimo beso, también poco a poco llegó a su fin, nos miramos, me dijo algo gracioso a lo cual, solté la risa con mis lágrimas encharcando mis ojos. Estaba hecha un desastre. La pestañina corrida, la base marcada, el labial un poco corrido y despelucada, lo dicho estaba hecha un desastre. Sacó un pañuelo, me secó las lágrimas y me dio un pico en mis salados y amargos labios.

– ¿Quieres un trago? Me dijo, a lo cual le dije con una sonrisa que lo necesitaba.

Me regaló un whisky puro, el cual alivió por un momento esa amargura que llevaba por dentro. Me sirvió otro y nos sentamos en el sillón a recordarlo casi todo, desde aquella primera vez en el cuarto de ropas de su casa. Todos los sustos que vivimos en su casa y con el tiempo en la mía. Me contó también el susto que pasó al comprarme mi primer regalo de ropa interior, o la vez que me mandé a hacer los uniformes de enfermera y los de colegiala, tanto el de diario, como el de educación física del colegio donde él estudió.

Ese cuentico de que era para una obra de teatro del colegio masculino de los Alpes, no creo que se lo haya comido del todo tampoco la modista. Le fascinaba ver las adolescentes de su colegio con esos uniformes. O la vez que su hermano menor casi nos pilla en su cuarto, una de las tantas veces que me hacia arrodillar para que se lo mamara mientras él estaba sentado sobre su cama y que rápidamente disimulamos, haciéndole creer a su hermanito que le estaba sobando el tobillo, por que segundos antes había pisado mal y el tobillo se le había doblado…nos reímos tanto que poco a poco el tiempo transcurría sin que nos diéramos cuenta; definitivamente "recordar es vivir".

De pronto el silencio invadió la sala. Nos miramos, nos dimos un beso y nuevamente quedamos mirándonos con incertidumbre. Me preguntó que si quería otro trago y le dije que si pero con hielo, mientras él iba a la cocina yo me paré y fui al baño a darle el último retoque a mi maquillaje y a arreglarme un poco el cabello. Me peiné y apliqué un poco de laca, de modo que se moviera como mis senos cuando yo caminara.

Regresé a la sala y él estaba poniendo música en la radio del Minicompacto, me dio la copa mirándome mientras caminaba hacía él.

– No te he dicho que estas hermosísima, hoy más que nunca? – No Cielo, no me lo habías dicho.

– Pués déjame decírtelo nena, te ves como los bombones…estas para chuparte Bebé.

Le contesté una sonrisa. Tomé el borde de la falda con mi mano y con una leve inclinación o venía de mis piernas, le dije gracias y brinde con él. Esperó a que me tomara un trago, tomó la copa y la puso sobre la mesa, para volverme a dar un beso que lo sentí de aquí a la china.

Sus manos se fueron directo a mis nalgas vestidas letalmente de encajes negros y listas para devorar sin piedad lo que pronto estaría por entrar.

Parecía una viuda negra y me sentía una viuda negra, letales arañas que terminan por comerse a su macho, mientras se dejan seducir, quería volver a comerme ese macho ansiosamente y más, por última vez.

Mientras sus manos jugueteaban y estrujaban mis duros y erectos cachetes anales, una de mis manos se a

garraba fuerte a su espalda mientras la otra, sobaba sobre el pantalón la erecta llave que abrió muchas veces mis piernas, llave que me dio la felicidad por tantos años.

Estaba desesperada por devorármelo. Me desprendí de ese súper beso que te hace flotar en el espacio, que te hace sentir que el suelo no existe. Me senté en el sillón con él de pie frente a mí y mientras lo miraba fijamente a los ojos, iba abriendo su correa, el botón de su pantalón y sin bajar el cierre todavía, lo sobaba para sentir en mi mano el tamaño de aquel ser que me hizo enloquecer tantas noches y tantos días. Por que el sexo no solo se hace por las noches, también por las mañanas y cuando el día está muriendo, se vuelve formidable.

Le agarraba y le soltaba la verga sin dejar de mirarlo, cualquier sensación que tuviera me daba cuenta por los ojos y expresión que me daba; y eso me excitaba, sabía que le gustaba.

Una de sus manos se apoderó de la parte trasera de mi cabeza, mientras la otra acariciaba mis mejillas. Sus manos eran suaves como el viento que acaricia una flor sin deshojarla, se detuvo en mi barbilla y me dijo con mucha ternura – Mi amor…Mámamelo como nunca!, a lo que sonriente, obediente y orgullosa obedecí.

Sin dejar de mirarlo bajé el cierre de su pantalón, me encantaba sentirlo erecto en mi mano debajo de sus bóxer ajustados de algodón. Por un momento quité mis ojos de los de él para mirar una de mis tantas fantasías. Me gustaba ver como ese precioso miembro se marcaba en la tela cuando estaba erecto. Era como otro ser sin dominio y vida propia, era como aquel hombre increíble que se transforma de un ser diminuto y quiere generar problemas y lógicamente, ganarlos.

Era un gigante atrapado por aquella suave tela de algodón, aprisionado siempre del lado izquierdo, con su gran cuerpo de tótem y un tocado redondo que lo hacia ver imponente y devorable. Pero en esa fantasía no solo estaba el tocarlo y mirarlo atrapado debajo de esa tela aprisionante, también me gustaba besarlo, rozar mis labios por todo su contorno, mordisquear su glande y solo cuando veía que una pequeña mancha de humedad aparecía sobre esta encoñadora tela genital, accedía a levantar la punta de su interior para ver como asomaba poco a poco su cabezote y ver como su miel transparente, se estiraba de su piel cuando empezaba este colosito a moverse. Con el tiempo me di cuenta que esa partecita me encantaba y me sobre excitaba.

Y justamente estaba así esa noche, una gran mancha resaltaba sobre sus bóxer negros, lo sentía mas duro que nunca y sin esperar más tiempo empecé a besar desnudamente aquel gigante guerrero.

Mis labios besaban tiernamente aquel glande puntero y amigo de tantos momentos morbosos. Se verga era mi mejor labial, incluso muchos de sus insuperables orgasmos los tuvo cuando lo cogía como labial al tratar de gastarlo en mis labios. Mi suave cavidad bucal se abría ahora para penetrarme suavemente. Mi saliva se mezclaba con su néctar, que por cierto esa noche parecía más dulce que nunca. Entonces mientras chupaba sin parar pero muy delicadamente volví a mirarlo. Sus ojos estaban cerrados y una expresión de satisfacción total, embargaban a mi hombre, haciendo que me tragara casi hasta el fondo en enviones seguidos, su musculosa herramienta.

No lo quería soltar. Mí exagerada saliva y su abundante lubricación, me hacía entrar una acalorada sensación que se apoderó por completo de mí, haciendo que tragara, chupara y mamara sin parar mi preciado tolete y todo esto sin dejarlo de mirar fijamente a sus ojos.

No se si eran los whiskys, o el momento en especial que vivía esa noche. Lo cierto es que yo no paraba de mamar. Su lubricación y mi saliva se enredaron desde el principio, haciendo de mis labios y mi cara una gran y lubricada vagina bucal.

De solo recordarlo se me eriza la piel y la boca se me hace agua. Lo masturbé como jamás creí haberlo masturbado, sus ojos se entre abrían encontrándose con los míos y mientras me miraba, se mordía el labio inferior con sus dientes. Su mano aceleraba considerablemente el jalón de mi cabeza contra su ingle y mi mano solo lo soltaba para meterlo todo, sin soportes ni ayudas y en repetidas veces, hasta más allá el fondo de mi garganta.

– "me voy a correr…me voy a correr Móni…me vengo…me vengo nené"…empezó a balbucear, mientras sus manos estaban incrustadas en mi cabeza siguiendo ahora el comp

ás de mi gran mamada.

Una ráfaga de liquido caliente inundó mi garganta, Walfren tiró de mis cabellos hacía atrás con fuerza sacando abruptamente su miembro de mi desencajada boca, el resto de su semen lo recibí todo en la cara. Tres chorros gruesos se incrustaron en mi rostro haciendo cerrar mis ojos en el acto mientras lo masturbaba. Sin darle tregua al tiempo cogí de nuevo su regurgitada herramienta con mi mano, no quería que nada se desperdiciara y menos sin poder mirar; a sí que seguí mamando ese tolete a ciegas hasta exprimirle la última gota. Después lo pasaba como espátula por toda mi cara recogiendo todo lo que me había regalado, como en otras ocasiones. Ese hombre apenas se podía sostener en pié después de semejante descarga sus manos en mi cabeza, eran su único sostén (papito tan rico). Que pecadito verlo tambaleándose, pero estaba así, por que yo lo puse así (¿tan orgullosa, no?).

Me paré como rayo veloz de media noche, para darle la mano y ayudarlo a recostar en el sillón, no quería que se enfermara y menos esta noche. Sentía que su corazón se le quería salir de su pecho; respiraba y respiraba sin control, sin duda creo que en todo este tiempo, ésa había sido la mejor mamada que le había dado a mi hombre, aunque en otras oportunidades lo había visto parecido, esta… había sido diferente.

Me dirigí a lo que quedaba del bar y le serví otro trago de whisky, por supuesto que me serví el mío, lo necesitaba y urgente. A pesar de la tristeza, en ese momento me sentía espectacular, victoriosa, orgullosa en la condición en que lo había dejado y como estaba acostumbrada, él pidiendo receso. Me sentía la dueña de la faena, salida en hombros de la plaza mayor. El sabor de su semen lo tenía impregnado en mi garganta, mi rostro lo sentía templado al haberse secado el semen en ella; y su olor se convertía en el mejor y dulce perfume que siempre preferí.

Mientras estaba en el otrora bar, me miraba en el espejo, haber en que condiciones había quedado después de esta lucha buco genital, no sin antes fijarme en las gotas de semen que habían caído sobre mi vestido. Mis dedos recogían ante el reflejo, todas esas gotitas y las llevaba a mi boca cual miel regada de un panal. Me dirigí nuevamente a ese dichoso sillón con las copas en la mano, Walfren ya se veía mejor, un poco acalorado pero se veía mejor.

– ¡Guau, Mónica…que mamada, bebé…estuviste sensacional, mi amor! – ¡Gracias Cielo, es lo que tú mereces, eso y muchas cosas más!, le dije entregándole la copa.

– Sabes, hoy quiero que hagamos juntos una cosa…sé que a veces eres muy conservadora, me dice…pero quiero que hoy hagamos algo juntos.

Yo la verdad quedé un poco inquieta, ante su propuesta. ¿Que será lo que quiere?, ¿será que me va a pedir que esté con otro hombre y con él, formando un trío, o con otra mujer y la tiene esperando afuera? ¿o que salgamos así a la calle y nos vayamos a parrandear a una disco a celebrar la despedida?¿o que nos fotografiáramos?, en ese tiempo no estaban en el mercado las cámaras compactas y si las hubiera, no me imagino las producciones que hubiéramos hecho. No sé, todo lo habíamos intentado, entonces que me iba a pedir?

– Dime que quieres, Mi Cielo (siempre le dije así, solo lo llamaba por el nombre completo cuando estaba enojada con él, como todas!).

– Un amigo mío en la oficina hace ya un tiempo atrás (me dice él) me comentó que en varias ocasiones por recomendaciones de otro amigo de él, había fumado marihuana con su novia antes de hacer el amor, y me dijo… !!!Qué eso era la verraquera!!! …y yo quiero intentarlo contigo, ¿Qué me dices, si?

– ¿Marihuana? Le contesté extrañada.

– Si mi amor.

– Hay yo no se Cielo, yo nunca he probado de eso y que tal que me ponga mal, ah? Que vas hacer conmigo, llevarme así para un centro hospitalario y explicarle a la gente que estábamos en un baile de disfraces, sobre todo yo? – Ahhh…bebé di que si…¿si? -¿Y que tal que te pongas súper full, o sea lo contrario, me replica él insistivamente.

– Bueno, yo no sé, si me pasa algo es culpa tuya. Tu sabes que entre los dos no hay tapujos y que nos hemos emborrachado haciendo mil disparates juntos, pero nunca habíamos probado de esto, ya sabes…si me pasa algo es culpa tuya.

– Tranquila, me dijo. El amigo

de la oficina me dijo que si la cosa se ponía un poco maluca, te diera un poco de leche tibia con un poquito de azúcar. Que eso bajaba el efecto y que por el contrario te ponía a dormir; cosa fatal para mi esta noche, por que yo te quiero bien despiertita y coleando.

– Culeando, querrás decir, Cielo Mío, culeando…!vamos dilo! – Huy si mámi…!culeando…así te quiero esta última noche mi amor, culeando, culiando, pichando, no sé…pero te quiero bien puta esta noche!

– Bueno, dale pués, le dije.

Prendió con un encendedor una cosa que parecía un cigarrillo. "Pero esta se las va a dar de ingenua", dirán muchos. Por aquel entonces la marihuana no era tan común como lo es hoy en día, por lo tanto no todo el mundo tenía un contacto cercana con ella, como si lo tienen ahora nuestros jóvenes.

Le pegó dos aspiradas y me lo pasó a mí. Yo con cierto miedo hice que fumaba. Él, como no es bobo, se dio cuenta que yo no había fumado y me "obligó" a hacerlo de verdad. Aspiré suavemente el humo de ese porro y se lo pasé, a lo cual no me lo recibió y me dijo que me fumara otro más.

Volví a aspirar el humo de aquel baretíco, como lo llaman los jóvenes hoy en día, pero este "Plón" me entró como en reversa, haciéndome toser por un rato. Le pasé el porro nuevamente y Walfren volvió a darle otras pipiaditas, me lo pasó de nuevo y volví a aspirar y lógicamente, volvía toser.

– Hay no; eso me hace toser le dije, – mejor fúmatelo tu solo, yo te acompaño con el trago mejor.

En vez de fumárselo entero, lo apagó y volvimos a tomarnos otro trago.

Pasaron unos minutos y algo me dijo que no entendí y me hizo una mueca muy graciosa, a lo cual yo solté una tremenda carcajada. Yo no sé de que me reía, pero me reía… y me reía, como boba escurrida. Y él de verme reír, también se reía y se reía…!ay señor! nos estábamos riendo a carcajadas y no sabíamos por qué…. Paceríamos dos idiotas, riéndonos de nada. Sentí que ya no había tristezas de por medio y que no debía seguir sufriendo, pero una cosa es la razón y otra el corazón. De todas formas me sentí tan relajada que estaba sonando una canción de George Michael, llamada fastlove que no la olvidaré jamás. Tiene un ritmo súper contagioso y súper rico para bailar.

Mis piernas se movían solas al compás del son. Era formidable, sentía mi cuerpo vibrar con la música. El compás del tema me invitaba a moverme de una forma excitante, caliente y muy sensual. Todo en mi se movía. Mi cabello, mis senos, mi cola y ni hablar del vestido que me hacía lucir espectacular con esa abertura sobre mi piel, dejando ver toda la sensualidad de mi piernas cuando acurrucándome, me acercaba al piso y la totalidad de las enmalladas y sensuales medias atrapadas los las tiras de mí liguero.

De pronto me quedé mirándolo fijamente a los ojos con cara de perversión. Un deseo incontrolable de bailarle me invitaba, me invadía. Mis manos recorrían suavemente y daban pequeños apretones al contorno de mi cuerpo, haciendo que se me viera mis pantys y parte de mi cintura cubierta por aquél fino manto negro. Me le acercaba, y movía mi cintura cadenciosa frente a él, sintiendo sus manos sobre mi delicado vestido al mover mi cola rítmicamente sobre ellas.

Me retiré un poco y empecé a bajar el cierre de mi espalda suavemente mientras una de mis manos se acomodaba entre mis piernas y sobre el vestido, cogiendo mi pene y lo apretaba fuertemente. Solo fue encoger los hombros para que la fina seda resbalara sobre mis hombros y cayera encima de mi brassier. Otro leve movimiento y el vestido rodó por el piso suavemente, mientras quedaba en ropa interior. Me volteaba dándole la espalda y mientras abría mis piernas en una "A" perfecta sobre mis tacones, doblaba mi espalda en ángulo recto hacía abajo, levantando mis caderas al cielo y señalando con mis dedos el camino a la gloría sobre mi ardiente trasero, mientras continuaba con mi rico y cadencioso ritmo.

Definitivamente tenía los efectos de la María Juana en mi cabeza y en mi cuerpo, ¿la verdad?…Me sentía bien chévere……!!!uuuuuuuuuuuuuhuu!!! Mi pene doblado hacía atrás se quería partir de lo erecto que estaba, me sentía súper exci

tadísima, estaba empapada. Mis pantys eran un charco imposible de secar. No lo podía ocultar. Así que mirando de frente a mí padrón con estos ojos de diabla depravada que tenía y sin dejar de danzar, metí la mano en mis transparentes calzoncitos inundados, lo desdoblé de esta tortura en la que estaba sometido y lo acomodé en todo el centro de mi ingle apuntando hacía arriba.

Walfren ya se estaba masturbando, esa era otra de las cosas que me encantaba ver, como se masturbaba para mí y ver como brotaba por ese diminuto rotito su semen a ráfagas….!Hummmm!.

Se le notaba la cara de felicidad, por el espectáculo que le ofrecía. Con una seña de su dedo, me indicó que me quitara el cachetero. Me acerqué a él y con otra seña de mi mano le indiqué que me los quitara él. Me voltee sin dejar de bailar (no podía parar de bailar), haciéndole un poco más dificultoso su acción pero excitante para mí el que me bajara los pantys. Muchas veces me penetró con ellos puestos, pero el que me los quitara era para mí un ritual, siempre me excitó.

Solo estaba en brassier, liguero y calzada, dancé uno cuantos pasos al frente mío y me voltee dejándolo ver el tamaño de mi erecto y lubricado pene; hacía rato no lo sentía así de duro. Bailaba, bailaba y bailaba sin parar, a esto le sumaba el masturbarme suavemente sin dejarlo de mirar con cara de gata. De un momento a otro, se paró del sillón y empezó a bailar conmigo. Ya estaba desnudo y su pene más grande que el mío se movía solo para los lados, ¿!no les parece Divino!? Nos abrazamos muy suavemente y mientras bailábamos, nos encendimos en otro apasionante beso. Su falo puyaba una y otra vez mi ingle, lo mismo hacía el mío en su piel.

Por momentos nuestros penes se enfrentaban como espadachines. Parecían cuernos de rinoceronte dando la última batalla, nuestros fluidos internos se mezclaban al estar externos y al separarlos, entre los dos se formaba un hilo viscoso que se estiraba a medida en que nuestros penes se distanciaban. Pero yo no quería sentir su nené contra el mío. Yo lo quería sentir pegado y dentro de mis caderas. Entonces me di vuelta bailando, quedando mi espalda pegada a su pecho. El pasó sus manos por mis hombros, acariciando de paso mis senos mientras una de mis manos mecánicamente ponían su órgano viril en su lugar; en el lugar que ocupó durante todos estos años, entre mis nalgas.

Cuando tengan la oportunidad de bailar desnudos con su pareja, no dejen de hacerlo. El sentir cuando rozaba o masturbaba su verga en mi cadera y entre mis nalgas antes de metérmelo, me daba una tranquilidad y una excitación al mismo tiempo indescriptible, inténtenlo con su pareja, verán lo mucho que les gustará y por supuesto a él o a ella, los pondrá al máximo, se los aseguro por mi experiencia propia.

Me sentía en la gloría. Su pene se masturbaba entre mis cachetes por la lubricación adquirida y de pasó, yo buscaba la forma que me penetrará mientras bailábamos. El tema de George Michael se acabó y seguidamente en la radio se escuchó una balada. Eso hizo que desaceleráramos nuestros pasos y que estos se volvieran más románticos.

Como pude empinándome un poquito logré poner la verga de Walfren bien entre mis piernas, pero debido a mi posición erguida no me entraba, así que me separé por un momento de su pecho, mis manos se apoyaron sobre sus piernas momentáneamente y echándome un poco hacía adelante logré puntearme y al echar mi cuerpo a su posición original acabó de entrar sin ocasionarme ningún resquemor, por el contrario, sentí morirme de la emoción y la dicha en la forma como me penetré.

Entró como pedro por su casa… de una, sin pedir permiso ni nada, bueno; al fin y al cabo esta verga conocía muy bien este culo, aunque a veces tal vez a la falta de lubricación me dolía cuando me penetraba la primera vez, después, todo era un paseo. Pero ese día como muchos otros a lo largo de estos casi diez años, se deslizó tan rico entre mi rosado anillo, lo sentía tan ajustado, tan preciso, tan divino, tan hermoso…que me sentía muy orgullosa de lo que era. Todo ese animal estaba adentro de mí mientras bailábamos, me sentía tan plena (inténtenlo, en serio). Así bailamos por un tiempo abrazándonos suavemente.

Sus manos se entrelazaban en mi estomago, mientras echaba para atrás mis brazos por encima de su cabeza y cada vez que podía, presionaba mi cola contra su bebé, moviéndonos de un lado para otro sintiéndonos uno solo y disfrutaba como me entraba y me salía tan deliciosamente al compás de la música. Ese momento como otros, deseaba que nunca acabaran, pero sabía que este era el último, algo me lo decía, así que lo disfrutaba con toda la maldad y la ternura posible.

En vista que mi deseo era que me amara hasta rabiar, me separé de él, sacando intempestivamente aquella verga de mi culo y dejando muy inconforme mi esfínter, lo cogí de aquel panezote súper lubricado, por que eso era lo que Walfren tenía un penezote divino (como mamá llevando al niño de la mano para adentro de la casa) y lo llevé hasta nuestro amado sillón.

Sin soltarlo me puse como perra en celo desesperada en tres patas sobre el mueble y ubicándolo con mi mano, en el portal de mis entrañas, lo metí de una hasta el fondo, ya sabía como estaba entrando, entonces quería que entrara así, de una…sin lastimarme. Él no se movía, era yo quien lo hacia. Mi cadera giraba en círculos repetidamente, mientras solita, sacaba y volvía a meter ese grandote empapado en mis carnes interiores.

Él solo me tenía agarrada de mis caderas, yo era quien hacía el trabajo sucio. Era yo la que con todas las ganas del mundo se penetraba con esa masa de carne endurecida una y otra vez (para quienes ya lo han hecho, sabrán de lo que les hablo. Esta sensación es incomparable ¿cierto?)

Su cuerpo empezó a moverse ahora; y cada vez más rápido…y más…y más, y lo mejor, era que yo quería más…más…y más…!!!Delicioso…deliciooso…!!!

– No pares bebé, no pares…le suplicaba yo, no dejes de metérmelo…no paares.

Y así fue, era penetrada una y otra vez sin control, sin piedad, sin parar, con todo el castigo que a un culo encoñado se le puede dar y que este quiere recibir. Quería que el mundo se detuviera en ese momento, quería poder tomar una foto y grabarla para siempre, por que muchas cosas se podrán olvidar; menos la primera vez y la última y yo quería grabar materialmente este recuerdo que llevaré toda la vida en mi mente, pero no pude.

Mi hombre a veces paraba de metérmelo y empezaba a juguetear con su verga en la entrada de mi ardiente culo. Cogía su miembro erecto con la mano y me empezaba a dar círculos con pequeñas metiditas en mi ano. Eso me enloquecía a tal punto que echaba para atrás mis calientes masas, buscando la forma de podérmela meter toda otra vez, y él de pura maldad, me lo retiraba dejándome con las ganas y viendo chisperos.

Así como empezaba a jugar con mi anillo anal, de un momento a otro soltaba su mano y metía su verga sin piedad, haciendo soltar en mí, quejidos imparables de dolor y de placer entremezclados.

Ese hombre parecía incansable y creo que fue por la bareta, como también la llaman aquí en Colombia. Lástima no haber probado antes este elixir vegetal, de seguro que la hubiéramos pasado así de rico, por que yo la estaba pasando de locura, "de muerte lenta".

Su verga arremetía una y otra vez en mi culo a rabiar…sin parar. ¡que delicia!, exclamaba yo una y otra vez. Así me gustaba que me cogiera, sin piedad. Como a todas mientras somos cogidas como perras, nos fascina ese clásico sonido tan particular, que se produce mientras nos penetran de esta forma. ¡Taz, Taz, Taz….! Es un sonido casi celestial. Sus caderas se estrellan con toda violencia sobre nuestro culo, haciendo de esa verga un pistón al rojo y a plena potencia de carga. Mi cuerpo se estremecía a cada galopada que me daba y sus manos se estrellaban una y otra vez en mis blancas nalgas, dejándome un ardor y unas ganas imparables, de que me siguiera culiando de esa manera.

Quería tragarme el sillón donde estaba encaramada, sobre todo cuando me tiraba del cabello me lo metía con plena violencia y me lo dejaba allí por segundos, sostenido y profundo, hasta el fondo de mi corazón.

No quería que parara. Cuando el lo hacía para tomar aire, era yo la que ponía una de mis manos en una de sus piernas y mientras me agarraba de ella, seguía con aquel imparable movimiento…como dicen en mi país, Estaba muy arrecha.

– Mi amor para…me tiemblan las piernas estoy que me siento, cambiemos…aquí es

tá la toalla para que la pongas.

Ya sabia lo que quería y ni corta ni perezosa me levante del mueble, puse la toalla en el asiento, Walfren se sentó en ella y encima de él ya estaba yo trepada para hacer mis posiciones favoritas en el sillón.

La toalla la utilizábamos para que al treparme encima de él, no fuera a dañar el paño con los tacones de mis zapatos. Me senté acurrucada sobre él dándole la espalda y mientras me apoyaba en los brazos del mueble, accionaba mis caderas hacia delante y hacía abajo.

En esta posición me entra de maravilla por lo que me canso poco al apoyarme en el mueble y no sobre él, además cuando me apoyaba en sus piernas, al rato terminaban doliéndoles.

Lo sacaba todo, lo metía todo…lo sacaba todo, lo metía todo… y como estaba tan mojada me atrevía a sacarlo completamente sintiendo mi esfínter abierto, sin cerrarse, y volvía a darme estocadas profundas sin detenerme.

Solo cerraba mis ojos para sentir, pulgada a pulgada aquel pedazo de hierro encarnado, cuando entraba en mi ya y muy dilatado medidor de su verga.

– Mi amor no me quiero venir todavía y estas a punto de lograrlo…¿Quieres un trago? Así, descanso un poquito de este manjar de culo que tienes…¿vale? – Bueno, pero tráete a Hércules… no me dejes así Cielo…mira que estoy más ardiente que un fogón.

– ¿Te traigo a Hércules?, me dijo… – Si, sí, tráetelo, pero no me dejes así…por fá.

– Sí…rico me dijo.

Esos momentos en que se paró del sillón se me hicieron interminables.

Me sentía como una locomotora caliente y empujando a todo vapor. Me quedé acostada sobre el mueble, con las piernas encogidas y lo más abiertas posibles, me pasaba los dedos por mi ano y podía tocarlo abierto, lubricadísimo y súper dilatado, mientras tanto me masturbaba suavemente, esperando que Walfren llegara con Hércules. Así le llamábamos a nuestro pequeño consolador de 25 cms y digo nuestro, por que aunque nunca lo penetré con él (con él utilizaba el topo, otro más pequeñito por que decía que este era muy grande y razón tenía), él si lo utilizaba conmigo, cada vez que hacíamos el amor y según el, no tenía derecho a decir nada.

Al fin. Llegó mi moreno claro con su trago y con mi Hércules. Me pasó mi trago y me puso una almohada en la cabeza para que pudiera ver mejor, todas las maldades que solía hacerme con Hércules.

Mientras tomaba un trago y seguía masturbándome, él, prendió esa gran verga llena de venas fosforescente de color rojo, solo apagábamos la luz para ver como gran esa barra de silicona brillaba en la oscuridad y se desaparecía casi por completo en mi desgarrado culo. La sensación no es la misma que cuando tu hombre te atraviesa. De todas formas la vibración de Hércules y los movimientos de su mano me estaban dando otra sensación sin dimensiones. Walfren echó bien el respaldar del mueble hacía atrás, acabándome de recostar del todo. Se pasó para la cabecera de la silla reclinada mientras seguía enloqueciéndome con Hércules y sus movimientos entrecortados con la mano.

Su verga quedó encima de mi boca otra vez, mientras hundía una y otra vez aquel preciado y coloso amigo con una mano, con la otra me masturbaba igual de suave, como lo estaba haciendo yo. Eso me dio libertada para agarrarme de su cintura mientras que la otra mano la tenía en su fierro masturbándolo suavemente con mi boca, de la misma forma como me lo estaba metiendo, de la misma se lo iba mamando.

Ese fue nuestro último sesenta y nueve juntos, lo recuerdo hoy tan claro como si fuera ayer.

Buscaba de nuevo el temple de aquel monstruo genital para darme la última estocada, la final. Para lograr esto empecé a mover rápidamente mi pequeño pene contra su boca, yo también estaba punto de venirme, pero pensaba en otras cosas para no hacerlo. El sintió mi cambio de ritmo, y empezó a penetrarme con fuerza, metiéndome a Hércules casi hasta la tapa, ¡que dolor tan hijuepta!.

El grito que lancé lo estimuló de tal forma, que puso esa verga como yo la quería, pero mi interior había quedado maltratado por esa estocada tan adentro; no soy tan profunda como otras. Ya tenía su verga como quería, así que lo cogí de esa cola y como pude lo pasé por encima mío, evitando que me v

olviera a lastimar con Hércules. El ya sabía lo que quería y él también sabía que estaba listo para mi última tanda de ensartadas descomunales.

Me cojió de mis abiertas caderas y me arrastró hacia el borde del sillón, me volvió a levantar, abrió bien mis nalgas, Me cogió de los tobillos y me tendió su bello ser en la entrada de mi profundo y cálido mundo interior. Entró como los dioses, suavecito. Claro después tener metido en mi culo como por diez minutos aquel gigante de látex fosforescente como no se iba a sentir pequeño. El de él, era más pequeño…pero era de verdad…y estaba como no se lo imaginan.

La suavidad del caballero, se volvió la acción del más fiero carnicero. Hundía su puñal de carne ahora con rabia y sevicia en mi súper abierto trasero. Mis senos rebotaban una y otra vez hacia arriba, Y yo me abría por completo las nalgas con mis manos para que me lo pudiera meter como quisiera y a la velocidad que quisiera. Era increíble ver las caras que ponen nuestros hombres cuando nos están amando.

Cuando se los estamos mamando ponen cara de terneros huérfanos y a medida que la fornicada va avanzando, van cambiando la expresión del rostro, hasta llegar a cara de malos asesinos cuando nos están penetrando a toda maquina, dan la impresión que quisieran matar esa concha profunda a punta de estocadas mortales, por que cada vez que nos lo meten pareciera que fuera la última.

No tardó en cambiar el rostro de nuevo, sabía que estaba a punto de venirse. Mis dedos se trenzaron en sus tetillas espichándolas lo más duro que pudiera, para hacer que se viviera más fuerte y así fue. Abriendo su boca y cerrando sus ojos se movía aceleradamente, apretó fuertemente mis tobillos y…"hay estaba corriéndose ese hombre a cantaros en el interior de su amado culo".

Estocada tras estocada hundía su verga en mí, sintiendo en mi interior la descarga caliente de su liquido, cada vez que me lo sacaba para volverme a penetrar mientras se venía por la presión y la abundancia que tenía de esperma, este semen que me había ganado por última vez, se derramaba a goterones en mi exterior de mi doblado trasero.

Soltó mis tobillos y se tiró encima de mí. Yo lo recibí como el último guerrero que queda en pié después de una sangrienta batalla. Lo abrasé con mis piernas y brazos, lo besaba en él rostro y lo abrazaba diciéndole al oído que hoy más que nunca, me había hecho la mujer más feliz del mundo.

Nos quedamos como diez minutos en el sillón acostados mientras tomábamos un poco de aire, parecía mentiras, pero ya eran las cinco de la mañana del sábado y yo quería que siguiera más.

Nos paramos y nos fuimos para la cama, yo fui y me bañe inmediatamente. Tenía que desmaquillarme, si no amanezco con parches en la cara y en la casa se hubieran dado cuenta que algo no estuvo bien en mi, la noche anterior.

Salí del baño y me volví a poner mi brassier. Me puse una camiseta de él y sin cucos me acosté a su lado.

– Mónica lucía, mi a amor…!levántate, nos cogió del día…bebé despierta! – ¿Qué horas son Cielo? – ¡Como las diez de la mañana, vamos arriba que no demora en llegar mi Mamá.

Me dolían las piernas, me dolía mi espalda, me dolía la boquita y por supuesto mi culo también me dolía, pero ese era mi mejor dolor.

Me bañe otra vez y reafirmando el quita maquillaje volvía darme otra mano, después terminé dándome un baño con él por última vez.

Mientras nos vestíamos y yo volvía a la normalidad, le dije de nuevo de mi propuesta y casi pliego de peticiones de la noche anterior. El me dijo que teníamos que esperar a que se acoplara en holanda, que iba a organizarse primero y que después veríamos, pero que de todas formas me estaría llamando que no se iba a olvidar de mí.

En ese instante sonó el timbre, su mamá había llegado para acabar de limpiar el apartamento.

Yo astuta y maliciosa abrí la puerta saludándola…

– Doña Dolí, casi nos encontramos en la puerta.

– Niño y tú que haces aquí y tan temprano.

– Pues ayudándole a su hijo a empacar este despelote doña dolí. Además vengo por unos libros, el j

uego de play y otras cosas que tenía por aquí, recuerde cuando uno se va, siempre deja herencias y vine por las que me dejo Walfren…! Así. Como si nada hubiera pasado nunca entre nosotros, más que una buena amistad de niños de barrio.

– Bueno doña dolí en que le ayudo…, le dije.

– No niño, en nada, en esto llega mi hermana y me ayuda, más bien saca las cajas para ir desocupando el apartamento y que a este muchacho no le coja la tarde para tener todo listo.

En la misma caja que me había regalado volvía a empacar segundos antes toda la ropa que usé en mi noche de despedida y lógico también, empaqué a Hércules. Walfren me ayudó a sacar las cajas de su casa a un taxi que aguardaba en la puerta. Allí nos dimos un abrazo de despedida de amiguitos ya que su mamá estaba con nosotros en la puerta…

– Te llamo tan pronto llegue para decirte como me fue, vale? – Si claro vácano, me cuenta como le fue en el viaje…

Nos dimos un fuerte abrazo de despedida y al oído me dijo…" te voy a extrañar" a lo cual le respondí… – Lo sé, tu más.

Me monté en el taxi sin mirar para atrás, una lágrima rodó por mi mejilla y haciendo gala de valentía, contuve el llanto en el carro.

Mi mamá hacía mercado todos los sábados por lo que llegué sin problemas a la casa y sin saber que iba hacer con toda esa ropa, por que en casa no podía guardar todo ese ajuar por mucho tiempo, donde mi familia se diera cuenta de eso, se me armaba la de San Quintín y la verdad, ya no quería enfrentar nada, no tenía ganas de nada.

Walfren me volvió a llamar en varias ocasiones pero no me daba esperanzas. Así que la última vez que me llamó, le dije que no lo volviera hacer más. Que era mejor que las cosas quedaran ahí, que hiciera su vida por allá con toda la libertad del mundo, que yo intentaría rehacer mi vida por aquí, y que si el destino nos tendría, más adelante nos encontraríamos de nuevo.

Un adiós y mucha suerte se escucho por última vez en nuestras voces. Al mes saqué todas las cajas y las monté en el carro que un amigo me prestó. Salí del pueblo y quemé las tres cajas en una gran fogata de medio día.

Mientras las cajas ardían recordaba lo que estaba quemando, fue la última vez que lloré por Walfren. Hasta el día de hoy no volví a saber nada de él. Solo guardé por mucho tiempo sin que me descubrieran en casa su último regalo y por supuesto que también a Hércules, inclusive todavía lo conservo como el único recuerdo de esa bellísima unión.

Con el tiempo tendría una relación con un primo, cosa que tampoco esperé jamás, pero esa será otra historia. Espero que les haya gustado tanto, como a mí en recordarlo aunque con un poco de nostalgia por los años pasados.

Autor: Mónica Lucía C

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

0 votos
Votaciones Votación negativa

Escrito por Marqueze

¿Te gustan nuestros relatos? No olvides compartir y seguir disfrutando :P

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *