UN DIA DE PERROS

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Aquel era un día de perros, como suele decirse. Llovía a cántaros y a mi no me gustan los días lluviosos. Para cuando por fin alcancé la boca de metro yo ya estaba hecho una piltrafa, empapado hasta los huesos y con el traje de chaqueta para el arrastre.

Bajé por el laberinto de pasillos y escaleras hasta el andén sacudiendo el paraguas, aburrido de ver las escenas de siempre, los transeúntes de siempre. Sentí que mi vida era un asco. Monotonía pura. Pensé en lo bien que me sentarían unas vacaciones… y unas vacaciones de esas vacaciones, en alguna playa desierta del Caribe y rodeado de preciosidades caribeñas…

Entonces divisé por entre la multitud a Alicia, una de mis compañeras de trabajo. Estaba esperando donde siempre, muy cerca de los raíles. Estaba preciosa, he de reconocer que es una de las mujeres más fascinantes que he conocido nunca. Demasiado perfeccionista, eso si, a veces me saca de quicio en el trabajo, pero bueno, nadie es perfecto.

Traté de acercarme a ella, pero la espesa multitud me lo impidió. Así que tuve que esperar a que llegara el metro y colarme en su mismo vagón para tratar de llegar hasta ella.

“Alicia, ¡hola!… Vaya, veo que no trajiste paraguas”.

“Hola, Pedro… pues no, ya ves, ¡estoy empapada! Me imaginé que no llovería demasiado, pero… ”

Al oírle decir la palabra “empapada” me pregunté de qué color sería su ropa interior. Me pregunté si realmente llevaría o no. De pronto una sacudida de la máquina al arrancar hizo que nos desestabilizáramos. Tuvimos que acomodarnos de nuevo, de tal suerte que Alicia y yo quedamos cara a cara y tan juntos que su pecho estaba totalmente pegado al mío. Al ser más baja que yo sentí su respiración en mi cuello.

Sus labios estaban tan a pocos centímetros de los míos que solo tendría que haberme agachado un poco para besarla. ¡¡Cómo deseé en aquellos momentos que no llevara bragas…!! Hacía muchísimo tiempo que no me excitaba en medio de una multitud, pero es que no era para menos! Aquella mujer me volvía loco… llevaba una camisa blanca que, al estar mojada por la lluvia, se le adhería totalmente a la piel, marcándole el sujetador y los endurecidos pezones, que yo notaba a través de mi camisa (la chaqueta del traje la llevaba abierta).

Por momentos la iba notando más pegada a mí. Entonces miré por encima de su cabeza, vi a un hombre mayor, de unos sesenta y tantos años y comprendí por qué Alicia se pegaba tanto a mí: venía huyendo, apartándose de aquel hombre. Seguramente le estará restregando la bragueta por el culo. Noté cómo ella, apresada entre el viejo y yo, comenzaba a respirar más rápido… y con ello, yo notaba sus pechos bombeando contra mí. Eso me puso a cien.

Decidí esperar a la siguiente sacudida del metro (una parada), que no tardó en llegar. Entró más gente, pero yo me afiancé en mis posiciones y parece que el viejo tuvo la misma idea. Seguimos igual, pero, si cabe, más pegados aún. Fue entonces cuando sentí la mano de Alicia sobre mi mano, la que estaba apoyada en el mango del paraguas. Me miró con ojos lascivos y sonrió. Bajó la vista, mirándome fijamente a los labios, con los suyos entrecerrados, como en éxtasis.

Algo estaba pasando… y lo jodido es que yo no era el causante. Volví a mirar al anciano. Estaba mirando hacia el lado contrario a nosotros, pero tenía la mandíbula tensa y el gesto concentrado. La respiración de Alicia se comenzó a acelerar y se sujetó a mi cintura, quizás sintiendo que se iba a caer. Al apoyarse totalmente en mí, pude ver que su minifalda estaba levantada por detrás, enrollada en la cintura, y cómo la mano el viejo desaparecía entre sus nalgas.

¡¡ Alicia estaba confundiendo la mano del viejo con la mía!! ¡Por eso se pegaba tanto a mí!! Me quedé desconcertado, sin saber qué hacer. Desde luego no estaba dispuesto a que aquel anciano se quedara con los honores, así que traté de pensar rápido en algo, antes de que llegáramos

a nuestra parada. Decidí pasarle la mano por debajo de la falda y meterle dos dedos de golpe en su sexo. Antes acaricié brevemente su clítoris, para que se hiciera a la idea… me sobresalté cuando pegó un respingo y dejó escapar un leve gemido. En el mete- saca de mis dedos noté la otra mano del hombre. Pareció una sensación mutua, porque él también me miró interrogante por encima de la cabeza de mi compañera, pero yo me hice el desentendido.

Entonces otra brusca sacudida y el metro paró. Nuestra parada. Mucha gente salió, dándole tiempo a Alicia, durante el barullo, a componerse. Tenía la cara descompuesta, estaba seguro que había alcanzado el orgasmo. Yo saqué despacio mis dedos de su sexo y me los llevé a la nariz. Ella vio mi gesto, y su risa me regaló los oídos. Yo también sonreí.

“Eres un viciosillo, ¿lo sabias?…”

É così… Qué le voy a hacer. Cuando bajamos del vagón yo miré hacia atrás y vi un charco justo donde había estado Alicia. Sus jugos…el agua escurrida de mi paraguas… ¿quién sabe?…

Autor: Aliena del Valle

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Escrito por Marqueze

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