Un extraño en la autopista

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Su verga entró con suavidad por el culo de Alberto, gracias a que se lo había mamado con tal ímpetu que todavía estaba húmedo. La cama comenzó a temblar violentamente al sentir el vaivén provocado por Javier que, con Alberto encima, ya bien enchufado por el culo, se agitaba de placer. Lo que más placer le provocaba a Javier, era tener entre sus manos la polla del muchacho.

Javier desvió un instante la mirada de la autopista para comprobar la hora: marcaba las once y media de una fría y desapacible noche de verano. Soplaba un viento fortísimo y el cielo negro de espanto no tardaría en iniciar su llanto. Por una vez – pensó -, el parte meteorológico de la televisión ha acertado de lleno. Lástima que no le hubiese cogido en casa; quizá no hubiese iniciado ese viaje que, más que un viaje, era una peregrinación. Ya era tarde para volver atrás, aunque hubiese sido lo mejor. Llevaba hora y media conduciendo, estaba fatigado. Pero lo que más le fatigaba era el hecho de que le quedaban muchas más horas de trayecto antes de llegar a su destino. Se entretenía del único modo que la conducción de un coche permite; es decir, escuchando la radio. En esos momentos la sensual voz de la presentadora se apagó y comenzó a sonar un tema de María Dolores Pradera. Sus labios, con fino hilo de voz, la acompañaron:

– Procuro olvidarte siguiendo la ruta de un pájaro herido; procuro alejarme de aquellos lugares donde nos quisimos; me enredo en amores, sin ganas ni fuerzas, por ver si te olvido; y llega la noche y de nuevo comprendo que te necesito…

Finalmente, la apagó. Esa canción le evocaba demasiados recuerdos y él, a toda costa, buscaba el olvido. No quería pensar, no quería sufrir. Instintivamente, su pie se clavó en el acelerador. El motor rugió y se deslizó con suavidad. Al tomar una curva, un pequeño punto en la distancia llamó su atención. Era alguien haciendo auto-stop. Su primera reacción fue seguir de largo, hacer como si allí no hubiese nadie; pero a medida que se aproximaba… Era un muchacho de unos veinte años. Llevaba una mochila azul colgada al hombro. Su aspecto era, pese a cierto aire descuidado, agradable.

Debe estar helado – se dijo Javier al comprobar, de reojo, que llevaba puestos unos pantalones cortos y una camisa azul igualmente estival. Ante la mirada expectante del muchacho, un Fiat Punto se detuvo unos metros más allá de donde él se encontraba. Javier miraba, impaciente, hacia atrás. Sin perder tiempo, el muchacho aferró bien la mochila y se encaminó hacia el vehículo en marcha.

– Hola – dijo, abriendo la puerta. Su voz era varonil, igual que su aspecto. – Sube – le instó Javier, sonriendo. Ciertamente, el muchacho estaba helado. Tenía el rostro pálido como el mármol. – Uf, creí que jamás pararía nadie – cerró la puerta -. Bueno, gracias, me llamo Alberto. – Yo, Javier. Encantado.

Y tras estrecharse las manos, reanudaron el camino.

– ¿A dónde vas? preguntó Javier. No sé. Eso no importa. Como diría no sé quien: iré a cualquier parte, siempre y cuando sea hacia adelante.- Ya, comprendo. Así que estás viviendo un verano aventurero.- Sí, voy donde me lleva el viento – admitió Alberto, frotándose con ímpetu las manos. – Yo siempre quise hacerlo; sin embargo nunca me atreví. Supongo que hay que tener huevos para dejarlo todo y abrazar la aventura. – Sí, en ocasiones el miedo es un gran freno; yo nunca dejo que el miedo influya en mis decisiones. Vivir con miedo es como vivir a medias.

Javier lo miró de reojo. Sentía curiosidad. Nunca antes había visto tanta madurez en alguien tan joven; a pesar de que él sólo tenía treinta y dos, se sentía espantosamente viejo.

– Tienes razón – hizo una pausa, después, con esa solemnidad que nace cuando habla el corazón, dijo – Yo vivo a medias.- Sólo tú puedes cambiar tu vida – sentenció Alberto.- Bueno, dejémoslo así.  -¿No tienes frío?- Ahora menos. – ¿Por qué no te abrigas? Como sigas así por ahí, tu aventura terminará en un hospital con pulmonía.

Alberto echó una ojeada a su mochila, después dijo: – Pues la verdad, no tengo nada que abrigue mucho más. No entraba en mis planes este tiempo. Javier le indicó una maleta rojo que estaba tras su asiento. – Coge unos pantalones y un suéter. Más o menos tenemos la misma talla.

Entre frase y frase, Javier le había, digamos, tomado las medidas. Era alto y, por lo torneado y prieto de su cuerpo, se veía que practicaba natación a menudo. Probablemente, pensó, se habría pasado gran parte de lo que llevaba de verano en la playa.

– Aquí están – dijo, finalmente, volviendo a su asiento -. Gracias, tío. Con una falta de pudor envidiable, se quitó los pantalones cortos para colocarse los otros.- Estaban medio mojados – aclaró.

Javier se quedó desconcertado. Había visto, bajo unos calzoncillos húmedos, que Alberto tenía un buen nabo. Cuando se puso los otros, secretamente sintió verse privado de la visión de aquel maravilloso instrumento.

– Mucho mejor, comentó tras ponerse un suéter de punto blanco.- Seguro, dijo él con sarcasmo.- Oye, espero que no seas un psicópata porque me caes muy bien. Javier sonrió y puso una cara desencajada.

– Claro que no – miró hacia la parte de atrás y dijo -. ¿Verdad que no, mamá? Alberto estalló en carcajadas seguido por Javier. – Muy bueno, muy bueno, pero hay mucho loco por ahí fuera. Seguro que Norman, de psicosis, es un fiel reflejo de alguien. Un individuo débil, dominado por su madre, que termina con ella y, a la vez, obsesionado con su presencia.

– Bueno, bueno, que Hitckcock también hizo algo. Además, yo podría decir lo mismo de ti; haciendo auto-stop en la autopista a las tantas de la noche. Quién sabe, tal vez te has escapado de la cárcel, donde cumplías condena por unos terribles asesinatos en serie, ¿no?

Alberto hizo un ademán de manos y dijo:

– Sí. Supongo que cuando nos advierten que tengamos cuidados con los extraños, se les olvida mencionar que también nosotros somos extraños. Tendremos que confiar el uno en el otro; al menos de momento.- Sí, será lo mejor – comentó guiñándole un ojo.- ¿Quién es? – preguntó Alberto, señalando con el índice a una chica rubia, de ojos azules y cabello rojo que sonreía desde una foto situada coquetamente en el salpicadero.

Javier la contempló unos instantes. Juraría que en su rostro había una sombra negra y confusa.- Elena – comentó atropelladamente -, se llama Elena. Es mi novia… mi prometida. Alberto iba a decir algo, pero se detuvo y, tras un incómodo silencio, dijo algo totalmente distinto.

– ¿Por qué?- Disculpa – inquirió confuso. Alberto se tomó su tiempo. Guardó silencio mientras sacaba de la mochila un cigarro.- ¿Por qué te vas a casar con alguien a quien no amas?- Yo la amo.- La amas – repitió lacónicamente -. ¿Estás seguro de eso? Hace unos minutos no lo parecía.

La mirada tranquila de Javier se volvió inquieta. Se desplazaba de la carretera a Alberto. – ¡Qué demonios tratas de decir! – Sólo digo lo evidente: tú no estás seguro de tus sentimientos. Alberto clavó sus ojos en él y exhaló una intensa bocanada de humo.- No digas tonterías. Claro que lo estoy.

La mano grande y sonrosada de Alberto se deslizó hasta el muslo de Javier. A pesar del frío, pudo notar con claridad como se estremeció.

– Escucha – dijo -. ¿Acaso no estás aquí, conmigo, conduciendo desde hace horas porque huyes de ella, de tu destino? Lo que te pasa es que tienes miedo, miedo a equivocarte y levantarte una mañana y darte cuenta de que has errado tus pasos. Miedo a vivir con esa horrible sensación, miedo a levantarte una mañana y saberte desgraciado, y, lo que es peor, tener la certeza de que habrás hecho desgraciada a alguien que no tenía culpa. Además, no puedes…

Javier, con los ojos abiertos de par y en par y las pupilas contraídas, trató de decir algo, pero en ese mismo instante, la cálida mano de Alberto se volvió a deslizar. Ahora estaba a escasos centímetros de su polla.

– No puedes negar que te pongo cachondo y que desde que me viste en la carretera deseas follarme, llevarme a cualquier parte y hacer conmigo lo que tantas veces has llevado a cabo en tus sueños. ¿Me equivoco? – agregó en tono retador.

Javier quería decir que sí, que se equivocaba, pero no podía; no sin mentir. Era verdad y, precisamente eso le desconcertaba. Tenía la misma sensación que ha de tener quien ve, impotente, como alguien lee su diario y descubre sus más íntimos secretos. Sus labios se entreabrieron. Algo iba a decir pero se detuvo bruscamente al sentir como de nuevo la mano de Alberto, que había permanecido en aquella zona caliente, se desplazó aún más arriba, introduciéndose en los pantalones, sobando su sexo.

– No eres el único que siente eso – acercó el rostro y habló en tono confidencial -. Yo te entiendo, yo… te deseo.

Aprovechando un gran llano, se besaron. Sus bocas, hambrientas, se encontraron en la oscuridad y no se separaron hasta que sus lenguas, exhaustas, se quedaron secas, sin saliva.

– Fóllame – imploró Alberto, acariciando dulcemente la polla de Javier, completamente dura y húmeda.

Lentamente, sacó la mano y se la llevó a la boca. Comenzó a lamerla. Pasados unos minutos, encontraron lo que buscaban . Sobre un edificio mediano, blanco y bien cuidado, un letrero luminoso centelleante decía: ‘Motel anónimo’

– No se partieron la cabeza buscándole un nombre – comentó Javier mientras cerraba el coche.

Alberto, fuera, abrigándose del frío viento, se limitó a sonreír. Ambos se encaminaron a recepción, donde un hombre enjuto, con gafas y de aspecto descuidado, les recibió secamente:

– Diga – su voz era aguda.- Buenas noches, queríamos una habitación – solicitó Javier, amablemente.

La mirada incrédula del hombre se deslizó hasta Alberto y después de nuevo volvió a Javier. Estaba extrañado. – Una habitación doble, marchando – dijo con tono cantarín, echando un vistazo al libro de registros. Javier se apresuró en rectificar. – No, una individual.

Parecía no entenderlo, no obstante, no dijo más nada. Les dio el número doce y, tras el registro de rigor y demás, se fueron pasillo abajo hasta llegar a una pequeña habitación que, si bien no era lujosa, al menos estaba limpia. La cama estaba hecha, vestida con unas sábanas blancas y una almohada del mismo color.

Una vez a solas, Alberto se quitó la camisa y los pantalones. Casi magnéticamente, los ojos de Javier se encaminaron al mismo lugar que horas antes en el coche. Bajo los calzoncillos, una buena verga latía de ganas por jugar.

– Ven aquí, acaríciame – dijo Alberto. Javier se acercó tímidamente, ruborizándose al sentir el sexo de Alberto clavándose en su cintura. – Parece que te alegras de verme – bromeó Javier y sus manos se ciñeron al maravilloso culo de Alberto.

Era pequeño, duro y blanco; lo abrió con sus enormes manos. Tras una ligera pasada, Javier comprobó que no tenía vello, lo cual le puso a mil. Con más fuerzas, agarró las nalgas y lo asió en el aire hasta que sus piernas, fuertes y velludas abrazaron su cintura, mientras su boca, abierta, jadeante y jugosa, se prendía a la suya. De un golpe seco, los calzoncillos cedieron y Javier dejó a Alberto caer en la cama. Inmediatamente, comenzó a lamer su polla. Nunca antes lo había hecho, pero sabía hacerlo; era algo instintivo. Sus labios, increíblemente rojos, mamaban el nabo con suavidad. Sus manos, inquietas, mientras tanto, se deslizaban por todo el cuerpo del tembloroso muchacho que, con las piernas abiertas, pedía más.

– Cómeme el culo – pidió, dándose la vuelta.

Arqueó la cintura e inclinó el culo. Sin más, Javier se acercó y enterró su rostro en el trasero. Despedía un aroma capaz de volver loco a cualquiera. Sintió la necesitad imperante de comerlo, y siguió sus impulsos. Su lengua salió de su aposento y se entretuvo, insaciable, en rebañar aquel glorioso agujero que se abría más y más, dejando a cada lamida llegar más lejos a la pequeña exploradora.

– Méteme – dijo Alberto entre jadeos -… un dedo, por favor.

El dedo índice de Javier se extendió y, un tanto trémulo al comienzo, se perdió lentamente por el esfínter. Aquella imagen del muchacho gritando de placer mientras su dedo palpaba su culito y se adentraba en el, le excitó hasta tal punto que sentía que no aguantaba más; necesitaba metérsela, notar cómo se estremecía entre sus brazos mientras le penetraba.

– Tengo hambre; dame de comer – dijo Alberto, esforzándose por no gritar.

Javier se desnudó totalmente y se sentó en los pectorales de Alberto. Él, mecánicamente abrió la boca para que Javier se la llenase con su delicioso nabo. Así lo hizo. Primero dejó descansar la punta en la lengua, de modo que saborease el líquido preseminal que chorreaba del capullo; después, inclinándose hasta que sus huevos rozaban la barbilla y la nariz de Alberto hacía presión contra el vello púbico, se la metía y sacaba completamente. Estuvo así un largo rato, incapaz de privar a Alberto de su juguete. Chupaba con la mismas ganas que un recién nacido al aferrarse al seno materno. Alberto se secó la saliva, mezclada con el semen, que le quedaba en la comisura de los labios, mientras Javier se acomodaba en la cama.

– Ven – dijo una vez preparado.

Se había recostado en la cama, con el torso inclinado y la polla bien erecta. Alberto la tomó por asiento y se recostó sobre él. Por un momento, Javier pensó que se lastimaría y soltó un fuerte gemido; sin embargo, su verga entró con suavidad por el culo de Alberto, gracias a que se lo había mamado con tal ímpetu que todavía estaba húmedo. La cama comenzó a temblar violentamente al sentir el vaivén provocado por Javier que, con Alberto encima, ya bien enchufado por el culo, se agitaba de placer. Lo que más placer le provocaba a Javier, después de aquel culo formidable que comenzaba a gotear, era tener entre sus manos la polla del muchacho. Estaba más gruesa y larga que antes, en parte porque no había dejado de pajearla ni un solo instante, y parte porque estaba a punto de correrse.

– Me corro – gritó Alberto y varios trallazos de leche caliente salieron despedidos hacia su estómago.

Su cuerpo de veinteañero se agitó de placer entre sus fornidos brazos y, jadeante, aceleró la penetración mientras con las diestra, la misma que había sobado la verga de Javier hasta el orgasmo, recogió hasta la última gota de semen.

– Traga – le dijo al oído, mientras impedía que su verga se saliese del culo chorreante que tenía encima y que tanto placer le proporcionaba.

Obedeció en el acto. Lo lamió todo, hasta que la última gota se depositó en su lengua. Después, lo agarró por el cuello y se besaron. La lengua de Alberto se convirtió en un dulce bebedero del que Javier se sació. Pudo observar, con gusto, que aún estaba caliente y que, contra lo que pensaba, no le desagradaba. Apenas hubo apurado los restos y se comía con fruición la lengua del muchacho, cuando sintió una grandiosa sensación embargándole todo su ser. Se corría. Trató de sacarla al notar que estaba a punto, pero Alberto se negó, así que, tras unas sacudidas, abrazando el sudoroso cuerpo de Alberto, se corrió.

– Ha sido genial – declaró Alberto, ante lo cual Javier se mostró enormemente de acuerdo.

Permanecieron así, quietos uno encima de otro, hasta que el semén que salía lentamente por el culo de Alberto se deslizaba por los muslos de Javier. Después cayeron en un plácido sueño.

A la mañana siguiente, la tormenta había desaparecido y, salvo el pavimento mojado, ninguna huella indicaba su paso por la gran urbe; ni tan si quiera una nube negra de verano en el horizonte. Javier se apartó de la ventana. Las cortinas, con un leve baile, volvieron a su sitio.

– Gracias – dijo mirando a Alberto; gracias por disipar mis dudas, gracias por recordarme lo que siempre supe, gracias por devolverme a la luz, muchacho. Ahora sé lo que quiero y, aunque mi cuerpo jamás había disfrutado tanto como contigo, no eres tu.

Hizo una pausa lo suficientemente larga como para sacar un par de billetes de su cartera y colocarlos en la nívea mesa de noche. Después, desde el umbral, murmuró:

– Dulces sueños, chaval. – Embargado por una extraña oleada de serenidad, cerró con delicadeza la puerta y abandonó el motel para proseguir ese viaje que, ahora sin duda, le conduciría hacia la iglesia. – Adiós

Nota del autor: El pasado siempre está presente. Cito esta frase, oída en algún sitio y repetida luego hasta la saciedad, a propósito de mi amigo Javier, quien se las aprendió de una forma cruel en un momento de su vida en el que había conseguido eso que todo ser humano ansía conseguir: la felicidad. Sí, en efecto, como muchos supondréis, pasados unos años volvieron a encontrarse. Pero Alberto ya no era ese veinteañero del que manaba una misteriosa seguridad, sino… Bueno, supongo que eso es otra historia y, como tal, ha de ser contada en otra ocasión.

A todos aquellos que, tras leer la historia, necesiten comentar conmigo algún aspecto del mismo, les insto a hacerlo: No os inhibáis, ni tengáis miedo porque, como dijo alguien muy sabio: vivir con miedo es como vivir a medias.

Autor: Alejandro

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Escrito por Marqueze

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2 Comentarios

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  1. soy nuevo en esto.. me gusto esta historia y quiero saber que paso con alberto. osea quiero saber la otra parte de la historia por favor gracia

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