UN TORNADO DE VERANO

Esta dando un aventón a un pastor religioso. Un tornado nos obligó a refugiarnos en un galpón de un pueblo pequeño. Allí conocí a Leandro y sus amigos en una reunión de iniciación. Es bueno descubrir el afecto y la satisfacción aunque duela un poco y tenga sus reservas. Pero aquí va el relato de unos días de campo. El verano trae lluvias y vientos fuertes. Fue en un tornado que viajando por los campos busqué refugio en unos galpones de una compañía acopiadora que está en un pueblo pequeño.

Yo soy Manuel y viajaba, en ese momento, con el pastor de una iglesia reformada que había hecho dedo en un cruce de caminos rurales. Discutíamos sobre el tabú judío por comer carne de cerdo y él me hablaba de algunas tribus que no comen carne de venado o los hindúes que no comen carne vacuna.

De golpe el camino se cruzó con fuertes vientos y nubes bajas. Opté por refugiarme en el galpón que estaba abierto y aparentemente, abandonado. Había fardos de pasto para el ganado entra una de las paredes. Bajamos de la camioneta buscando un lugar seguro y nos metimos en una de esas fosas que se usan para arreglar camiones y máquinas agrícolas. Fue tan sorpresivo que encontramos casi desnudos a 3 muchachos que estaban acostados sobre su propia ropa. No tuvimos tiempo de reaccionar porque para sorpresa de todos…el techo de chapa del galpón comenzó a crujir y en menos de lo que pensamos volaba en pedazos como si las chapas fueran hojas de papel frente al ventilador.

El tornado, como comenzó, terminó. Salí a buscar ayuda a unas casas cercanas, mientras el pastor reconvenía a los jóvenes que por lo menos se estaban pajeando cuando llegamos. La camioneta estaba intacta. La gente que encontré estaba tratando de salvarse cada uno como podía, pero a medida que nos reuníamos en la calle la situación se iba aclarando. El pastor buscó su Biblia y consideró que en ese pueblo se tenía que quedar porque era una señal.

Yo moví un poco la camioneta, pero no era conveniente seguir porque algunos árboles, chapas, alambres y escombros estaban tirados por todos lados. Decidí quedarme y comer algo ya que era el mediodía, mientras el cielo se limpiaba. El almacén de ramos generales tenía parrilla y para mi suerte, el cocinero que estaba encendiendo el fuego era uno de los jóvenes que encontramos escondidos en el galpón. El se llama Leandro (18) y sus dos amigos Tomás (19) y Alejandro (19 o un poco más).

-¿Se queda a comer? -me preguntó Leandro, mientras miraba si había alguien que nos viera o pudiera escucharnos.

-Sí. Si se puede…-respondí -soy Manuel y extendí la mano, mientras le decía en voz baja, no te preocupes por lo que vi antes, ya que como asado y algo de ensalada, y me voy. O, si te espero para que después que termines de trabajar, damos una vuelta y conversamos.

-Bien. -mientras asentía y, decía en voz baja, espéreme después en la plaza..

Entró alguien para ver qué había de comer. Leandro recobró la voz y me dijo: le traigo un vino frío y pan ya que la carne y los chorizos se están haciendo. La conversación fue normal entre dos personas que recién se conocen, pero las miradas intencionadas eran fuertes.

-Sí. Y un poco de fiambre con pan para picar, si hay -dije siguiendo el juego.

La gente entraba en el almacén y bar, hablando del desastre del tornado y la lluvia.. De paso pedían tragos, justificando su nerviosismo. En el grupo no estaban ni Tomás, ni Alejandro, pero sí los peones, los borrachitos conocidos y otros que se agregaban. Yo fui a ver si la camioneta tenía algún daño, pero lo único ajeno eran unos folletos y revistas que el pastor se olvidó en el asiento trasero.

-La camioneta está bien -le dije a Leandro para iniciar una conversación tranquila que todos pudieran escuchar, mientras él atendía la parrilla.

-Menos mal -así después de comer puede seguir viaje ¿A qué se dedica usted o anda con el cura o pastor? -dijo Leandro.

-Soy Manuel y hago encuestas rurales para los préstamos a los inundados. No ando con pastor, a quien solo lo acercaba. –dije. Casualmente, se olvidó unos folle

tos en la camioneta.

-Está en la casa de Alejandro justo aquí a la vuelta -comentó Leandro. El pueblo no es grande y recién me llamó Alejandro por el celular porque lo está volviendo loco con hacerlo de la iglesia.

-Sí. Los curas, los pastores, los rabinos…son bravos cuando sienten que hablan con Dios o algo así. Yo no me meto.

Leandro puso en mi plato un pedacito de carne asada que sabía muy bien. Cuando me senté vi que debajo del delantal de cocinero tenía la verga parada haciendo carpita con el pantalón.

-¿No hay chorizos? -pregunté con doble intención.

-Hay -respondió Leandro clavándome los ojos. La faltan un poco -mientras se acomodaba la entrepierna.

Habíamos hecho contacto y bien, por lo que después de comer, lo esperé del otro lado de la plaza donde yo intentaba dormir una siestita. Lo vi pasar por la calle principal hacia la salida del pueblo y cuando se alejó lo suficiente, arranque la camioneta y lo alcancé fuera de la vista de la poca gente que daba vueltas.

-La tenés dura -dije, mientras se le tocaba el pene sobre la ropa.

-Sí. Se la estaba por dar a Tomás cuando ustedes nos sorprendieron en el galpón. Estaba iniciando a Tomás de la misma forma que hace dos años me cogió Alejandro. Le cuento esto porque veo que tiene estilo y le gusta. No somos gays porque el pueblo es chico y se dan cuenta enseguida. Solamente, de vez en cuando nos damos una cogida. Por otro lado, Tomás siempre quiere salir con nosotros y nos pidió que lo dejáramos participar de la relación. Tanto Alejandro como yo no podíamos dejar de iniciarlo, aunque los tres somos hombrecitos -dijo Leandro -¿A dónde vamos? -pregunté, aunque íbamos hacia el campo.

-Vamos al arroyo que está a unos kilómetros de aquí así nos podemos bañar -dijo Leandro mientras liberaba su pene semi erecta soltándose el cinturón y la bragueta. El calor del fuego y las ganas hacen que la leche quiera saltarme.

Estacioné en la ruta de tierra y se la mamé sin darle tiempo. Olía a macho enloquecido por coger. Cuando terminó, continuamos el camino. Él me besaba mientras me metía mano. El semen era fuerte en consistencia y en gusto, parecía un yogurt de los buenos, pero sin azúcar.

-¿Cómo te inició Alejandro? -para hablar de algo mientras viajábamos hacia el arroyo.

-En un verano me invitó a pescar y fuimos solos al lago. Yo me daba cuenta que había algo más porque siempre se agarraba el paquete cuando me veía y, a mi, no me pasaba nada. Después de un rato que pescábamos en un brazo del río que desembocaba en el lago cerca de la usina atómica, dijo que tenía ganas de mear. Sacó un pedazo de pene que no pude menos que mirarlo.

-Viste que grande -me dijo Alejandro – mientras me la acercaba para que la tocara. Yo tenía un palito que ya se paraba, pero no era ni la sombra de lo de Alejandro.

-Es grande, se te puso muy grande -dije.

-Es porque tengo un buen desarrollo y me salta la leche cuando me masturbo – me dijo; y me preguntó si yo me pajeaba.

-No. No sé -dije, ¿cómo se hace? -Así -comenzó diciendo mientras, miró hacia el sendero y vio que entraban otros chicos en bicicleta.

Te enseño otro día cuando estemos solos -dijo Alejandro, guardando su pene rápidamente para que no vieran. El fin de semana siguiente sus padres fueron a Córdoba y me llamó para que fuera a su casa. Me enseñó a pajearme y a mamarla. Dos o tres semanas después me cogía haciéndome sentir los dolores del primerizo y el gusto de quien, de vez en cuando, quiere coger y ser sometido por otro machito. Es para ser mejor amante con las chicas -me dijo Ale, quien tiene un físico grande como otras cosas que disfruté.

Llegamos, aquí está el arroyo. Bajamos de la camioneta debajo de aquellos árboles porque hacía mucho calor y humedad. Entramos en el bosque que me señaló Leandro. El pantalón me quedaba ajustado. Los dos estábamos al palo.

(Lo que sigue lo contaré en otra nota o si alguien me pide algún aspecto en particular)

Autor: PATRICIO ALONSO patricioalonso2003 (arroba) yahoo.com.ar

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Escrito por Marqueze

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