Una enigmática mujer

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Un sensual jadeo hizo que mi polla creciera y comencé a follarla como nunca mientras ella susurraba, gritaba, gemía. Sentir su cuerpo caliente chocando contra el mío era una delicia, sentir sus manos y observar su linda cara que expresaba puro placer. En apenas dos minutos me corrí dentro de aquella chica disfrutando de un polvo que nunca podré olvidar, ella tuvo un orgasmo a continuación.

 

La primera vez que la vi me quedé electrizado, completamente hipnotizado y absolutamente enamorado. Sí, sí, ya sé que esto puede parecer irreal, utópico o el sueño de un loco, pero fue así, la imagen de aquella mujer que guardo desde entonces en mi mente nunca la podré olvidar. Aquella tarde lluviosa en el mes de agosto, mi mujer (Carla) y yo llegamos a la recepción del hotel de Cancún donde teníamos reservada una suite para celebrar nuestros diez primeros años de casados. Recuerdo que estábamos charlando con el recepcionista sobre las actividades que había en el hotel: gimnasio, playa, piscina, pista de baile, restaurante y todo eso, cuando de repente apareció ante mis ojos una auténtica preciosidad de esas que te dejan planchado y anonadado.

Lo primero que sentí de ella fue su embriagador olor, sí, ese olor a un perfume suave pero que mezclado con su piel se convertía en un imán para mis instintos animales. La segunda cosa que sentí fue su voz, una dulce voz que tan sólo dijo: – Por favor, la 327. Aún recuerdo hasta el número. Nada más olerla y oírla mi siguiente percepción fue admirarla y ¡oh alegría para mis ojos!, ahí estaba ella, tan hermosa, tan bella, tan divina. Su larga cabellera negra, su lindo perfil, esos labios gruesos y que se adivinaban tan tiernos, una naricilla respingona, aquella blusa… ay, aquella blusa celeste, que resaltaba un poderoso y vigoroso pecho que desafiaba las leyes de la gravedad y qué decir de la hermosura (y esto es lo que más me atrajo de ella) de un culo con unos impresionantes muslos embutidos en unos vaqueros Levi’s 501 que acababan estrechándose por tus tobillos para terminar con unas sandalias de tacón fino.

Recuerdo cómo tuve una tremenda erección con tan sólo mirarla, es algo que sólo sucede con las mujeres increíblemente sexy como lo era ella, algo que a la mayoría de los hombres nos lleva a perder la cabeza. Yo en ese momento hubiera entregado mi alma al diablo por estrecharla entre mis brazos. La insinuante mirada que me dirigió y su resplandeciente y blanca sonrisa acabaron por hechizarme, tanto fue así que me quedé embobado mirando cómo desaparecía hasta que se cerraron las puertas del ascensor. Mi mujer, que no es tonta, se percató de mi descarada observación a aquella maravilla de mujer y no hizo falta que dijera nada, tan sólo un morrito y el ceño fruncidos.

Aquella imagen de ella no se me borraba de la cabeza. Intentaba recordarla en cada movimiento, en cada postura, en cada detalle de su anatomía. Hay muchos que piensan que eso es deseo sexual o simplemente el amor, yo no sé lo que es, tan sólo algo tan atrayente que es como una droga que tienes que tomar irremediablemente. No tuve que esperar mucho para volverla a ver. Fue en la cafetería del hotel, una vez que mi esposa y yo nos habíamos acomodado en la habitación, justo media hora después de su primera “aparición”. Recuerdo como sin haberla visto, mis ojos, mi subconsciente o mi instinto hicieron que volviera la cabeza hacia el final de la barra para descubrirla de nuevo. Su silueta de perfil sentada en un taburete la hacían escandalosamente deseada.

Aquellos ceñidos vaqueros envolvían con un arte sublime unas fantásticas piernas que ella cruzaba y descruzaba sabiéndose observada por todos. Su pecho parecía querer reventar aquella blusa y salirse juguetón. Sus labios bordeaban una pajita dentro de una copa gigante donde degustaba una bebida exótica de un color fucsia. Sin duda que ella se sintió vigilada por mí y de reojo y manteniendo esa mirada penetrante, con unos ojos divinos, me dedicó una segunda sonrisa, algo que hizo que una nueva erección delatase la excitación que me invadía. Yo trataba de disimular una y otra vez, pero no quería perderme ningún detalle, quería guardar su imagen en mi memoria para siempre y puedo jurar que lo consiguió.

No he visto jamás unos ojos tan expresivos como los suyos ni unos labios tan adorables… Dicen que la cara es el espejo del alma, pues ella debe de tener un alma divina. Después de acabar su bebida, firmó la nota del barman con el número de su habitación, que yo no olvidé (la 327) y levantándose con gran sensualidad del taburete, se dirigió hacia mí. Notaba como el corazón quería salirse de mi pecho, estaba a punto de reventar al igual que mi aprisionada polla bajo el pantalón que pedía ser liberada cuanto antes. La imagen de sus muslos avanzando y chocando entre sí cada vez más cerca, me hacían enloquecer. El movimiento acompasado de sus caderas era toda una danza erótica para mí. Su cara, su preciosa cara, cada vez más cerca de mi se veía brillante, resplandeciente… Lo triste llegó cuando pasó de largo y sólo quedó en mí, su olor y una imborrable imagen de aquel monumento andante…

Esa misma noche, en el pub del hotel apareció de nuevo ante mis ojos. Recuerdo como yo estaba en la barra del bar cuando apareció en lo alto de la escalera con un vestido blanco largo hasta los pies y muy ceñido a su cuerpo, tanto, que sus curvas se veían aún más vertiginosas, todo ello acompañado de un más que apreciable escote que destacaba en aquel vestido de tirantes y su pelo moreno ondulado que caía sobre sus hombros desnudos. Estaba ahí de pie frente a todos, como desafiante, mostrando su belleza y conocedora de la admiración que por ella sentían todos… yo el primero. Se sentó en la barra dejando una raja en su vestido donde asomaba uno de sus morenos muslos. Ella debía saber en qué medida me encontraba yo enganchado de su belleza y cuanto la adoraba, pues las mujeres cuando están requetebuenas, lo saben y sienten esa atracción que por ellas sentimos todos.

Ella era mi diosa particular y nada ni nadie importaban a mí alrededor. Otra vez su deslumbrante sonrisa y su linda mirada se dirigieron a un pobre pecador como yo… me estaba martirizando… Pidió una bebida y mientras esperaba, sus pies acompasaban el ritmo de la música mientras miraba distraída hacia la pista de baile. Cuánto me hubiera gustado bailar con ella aquel ritmo lento y sensual que sonaba como música celestial… estrechar su cintura, sentir las formas de su endiablado cuerpo… notar cómo su pecho se pegaba al mío y cómo su respiración susurraría en mis oídos. Estando en ese ensimismamiento, la voz de Carla, mi esposa, me preguntó:

– Te gusta… ¿no?

Mi reacción fue más que de evidencia y casi no supe que responder…

-¿Cómo? ¿Eh?… yo… esto… no, no…- Ja, ja, ja, ¿cómo que no?, pero si te la estás comiendo con la mirada… – me respondió.- ¿Yo?, bueno, no sé…, no me había dado cuenta… – – Vamos tonto, si se te nota tanto que no lo puedes evitar, tú y casi ninguno de los que están por aquí admirándola. – ¿Tú crees? – Claro… pero, si es lógico, es una chica preciosa y además muy sexy…

Era cierto, la palabra mejor para definir aquella maravilla del universo era decir “una chica sexy”.

– ¿En serio? ¿Crees que es sexy? – Mucho, es muy guapa y tiene un tipo de miedo, eso salta a la vista…

Carla, mi mujer, trabaja desde hace tiempo en una boutique y conoce bien a las mujeres, por lo que el hecho de que viniera de ella que aquella chica era especialmente sexy era todo una crítica profesional muy bien considerada.

– ¿Por qué no te animas y le invitas a bailar? – me preguntó. – Pero Carla… ¿cómo me pides eso? – ¿Acaso no lo deseas? – Esto… sí, claro, pero me parece feo hacerlo así, delante de ti…  – No seas tonto hombre, sácala a bailar… me divertiré viéndote…

En el transcurso de esta pequeña diversidad de opiniones, alguien se me adelantó y la sacó a bailar, algo que terminó con toda posibilidad… Sonrió y aceptó a la invitación que le hizo aquel joven. Me dedicó una última sonrisa y se perdió en la pista de baile… No me atreví a comentar nada más sobre el tema con mi mujer sobre aquella chica durante toda la noche.

A la mañana siguiente y siguiendo las instrucciones de uno de los recepcionistas del hotel, acudimos a una pequeña playa apartada, completamente solitaria, donde mi mujer podría hacer topless sin que nadie la molestase y al mismo tiempo me sirviera a mí para olvidarme de la obsesión que me martirizaba sobre aquella chica, aunque eso era harto difícil, no había otra cosa que rondase mi cabeza que ella, ella y ella, más aún cuando mi mujer había sido la mayor instigadora no sólo a no olvidarla sino a perseguirla durante la noche anterior e intentar sacarla a bailar, algo que no pudo ser.

No me lo podía creer, justo cuando llegamos a la playa y nos quedamos tomando el sol, apareció ella con una bolsa en el brazo, un pareo de flores y un top de tirantes. Para colmo se acercó hasta donde estábamos nosotros y nos saludó con su simpática sonrisa y agitando su mano cariñosamente como si nos conociera de toda la vida. Extendió su toalla, sacó un libro de su bolsa, se desprendió del pareo y apareció su fantástico y alucinante culo tapado con un mini tanga rosa increíble. Al agacharse me mostró a tan solo un par de metros de mí, unos muslos perfectamente torneados, morenos y esbeltos y como aquella diminuta braguita se introducía dentro de su redondo trasero.

Mi erección fue una vez más, incontrolable. A continuación se despojó del top de tirantes y se quedó en topless con sus dos hermosas tetas al aire. Yo creía morirme, no me lo podía creer. Con lo grande que es el mundo y sobre todo aquella zona, pero parecía que me estaba persiguiendo ella a mí en vez de al revés… La miré, me miró, la sonreí, me sonrió… cuando me quise dar cuenta y volví la mirada hacia donde estaba mi mujer, entendí que se había dado cuenta de todo. Yo no sabía dónde meterme, aquella situación era muy comprometida y estaba totalmente azorado. Fue Carla la que me tranquilizó:

– Tranquilo hombre, que no me mosqueo, tienes buen gusto… la chica es preciosa…

A mí me temblaba todo el cuerpo, no podía evitar la erección bajo mi bañador ni disimular lo apurado que estaba ante la situación. Volvió a preguntarme:

– ¿Qué pasa cariño? ¿Estás incómodo? – Desde luego que se había dado cuenta y yo ya no lo podía disimular más… – Sí, lo siento… – No, no lo sientas, es algo natural y no se puede luchar ante eso…

Sus palabras no dejaban de confundirme y no estaba muy seguro de por qué me decía todo aquello, estaba desorientado… Ella continuó…

– Dime, ¿no te gustaría hacer el amor con ella? – ¡Pero Carla! – contesté con cierto enfado, aunque en el fondo era eso lo que más deseaba… – Vamos, no me engañas… tus ojos te delatan y es lógico, la chica es una monada…

Yo creía estar viviendo un sueño o quizás una pesadilla, no me creía que todo aquello estuviera sucediendo realmente.

– Carla, creo que te has vuelto loca… – le dije. – ¿Por qué? ¿Acaso no es verdad?, sé cuánto te apetece acariciarla, rozar su cuerpo desnudo y lamer toda su piel, sé que cuando hemos hecho el amor estos días tus pensamientos eran hacia ella, sé que la deseas profundamente y que eso te está volviendo loco… –

Hizo un silencio me observó durante unos segundos y después me lanzó una de sus comunicativas sonrisas, al tiempo que me decía:

– Me gustaría que hicieras el amor con ella…- Carla, no entiendo nada de todo esto, ¿me estas proponiendo que me acueste con otra mujer? o ¿se trata de una broma de mal gusto? – Para nada, cariño, lo que más deseo en este momento es que seas feliz y que disfrutes con esa linda chica.

Las palabras de mi mujer me desorientaban y no sabía muy bien de qué iba todo aquello, aunque suponía que iba en serio… Mientras tanto aquella preciosa chica se dirigía hacia el mar dispuesta a bañarse y yo no me perdí detalle de cómo esa especie de ángel se sumergía en las cálidas aguas de un mar cristalino. Después de nadar y jugar un rato en el agua, volvió a su toalla y se secó cuidadosamente toda la piel al tiempo que me miraba y me sonreía. Yo parecía estar atrapado en un juego maléfico entre las dos mujeres: una me torturaba con sus movimientos más que sensuales y la otra con sus intencionadas palabras.

Esa chica recogió sus cosas y con su cuerpo todavía húmedo se colocó un vestido corto que se abotonaba por delante y en cada botón parecía verla guiñarme un ojo o eso a mí me parecía. Después con esa habilidad innata de las mujeres se despojó de la braguita de su bikini por debajo del vestido sin dejar ver nada pero ofreciendo esa sensualidad que le deja a uno con la boca abierta sabiendo que bajo aquel vestido tan solo estaba su lindo cuerpo desnudo.

Después de ella nosotros recogimos nuestras cosas y nos dirigimos al comedor del hotel donde servían el almuerzo al aire libre. De nuevo esa mujer estaba allí como esperándonos, la continua visión de aquella chica se estaba convirtiendo en una persecución para mi cabecita y hacer que la deseara aún más por cada minuto que pasaba delante de mis ojos.  Sus morenas piernas cruzadas, su pelo mojado, sus ojos verdes y su deslumbrante sonrisa eran motivo más que suficiente para tenerme totalmente hechizado. Saber que no llevaba nada bajo el vestido hacían torturar aún más a mi cabeza.

Tras todos estos tortuosos avatares de encuentros ante mí deseada desconocida, preso de su hermosura, de sus insinuantes exhibiciones ante mí y sobre todo de su carga erótica, mi locura llegó al límite cuando aquella tarde tras el almuerzo y mientras mi mujer y yo nos encontrábamos en la habitación del hotel viendo la tele e intentando apaciguar el calor sofocante con el aire acondicionado de nuestra suite, llamaron a la puerta.

Fui a abrir y cuando al otro lado me encontré con ella, sí, sí… con ella, creí que iba a desmayarme. Su mano apoyada en el quicio de la puerta con ese descaro de niña traviesa, su otra mano apoyada en la cadera, sus piernas cruzadas a la altura de los tobillos y envuelta en aquel ceñido y corto vestido veraniego como única prenda y que remarcaba las curvas de un juvenil y ardoroso cuerpo terminaron por dejarme sin habla.

– Hola – fue su única palabra a la que yo no pude responder.

Mi mujer conocedora de toda la maniobra y a buen seguro que la creadora de todo el montaje, la invitó a pasar con toda la naturalidad del mundo. Se dieron dos besos como si fueran dos grandes amigas y a continuación la tomó de la mano para acompañarla hasta el borde de la cama donde la invitó a sentarse. Le ofreció una copa de champán que aceptó con su inconfundible y seductora sonrisa. Yo no podía creer que todo aquello estuviese sucediendo realmente y más a un cuando me ofrecieron una copa y estábamos los tres brindando, sin saber todavía muy bien por qué.

El siguiente paso de mi mujer fue el de poner música ambiental, bastante sugerente, al tiempo que me tomaba de una mano y se apretujaba contra mí, mientras colocaba mis manos sobre su cintura y me besaba en el cuello. Comenzamos a bailar delante de nuestra preciosa invitada que nos sonreía sentada sobre la cama. Los movimientos de mi esposa denotaban una tremenda excitación, algo que se había apoderado del ambiente.

– Bien, ahora con ella… – dijo mi mujer y tomando mi mano y la de aquella impresionante mujer nos unió para continuar con el baile pero esta vez junto a mi precioso y deseado bombón mexicano.

Cuando sentí su cuerpo caliente pegado al mío creí morirme y cuando sus blanditas tetas me oprimían el pecho, mi pene quería salirse del pantalón, algo que ella percibió y que no le disuadió de separarse de mí, sino todo lo contrario y cuando quise darme cuenta, nuestros cuerpos estaban fundidos bailando al son de una música melosa.

Yo estaba en el cielo, o en la gloria, pero no creía estar viviendo la realidad sino un sueño. Estaba en la habitación de un hotel en Cancún, con mi esposa y con una joven desconocida a la que tenía enredada entre mis brazos muy pegadita a mí y a la que furtivamente acariciaba sobre un ligero vestido, una hermosa mujer que me había vuelto loco desde el primer día y que ahora tenía completamente pegada a mí, una chica joven, de no más de veinticinco años con una hermosura salvaje y exótica y que la convertían en una especie de bomba sensual…

– Qué calor hace aquí… – alcanzó a decir mi mujer.

Sin apenas darme cuenta y cuando me giré para verla, me di cuenta que mi esposa estaba completamente desnuda. A continuación separó a aquella chica de mi cuerpo y se colocó frente a ella. Lentamente y como si de un rito se tratase fue despojando a aquella joven de su vestido, soltando los botones uno a uno. De pronto su única prenda cayó al suelo y quedó al igual que mi mujer, completamente desnuda de espaldas a mí. Ese ángel adorado estaba ahora frente a mí mostrando una linda piel desnuda, una espalda erguida, una hermosa y estrecha cintura y un vigoroso y espléndido trasero.

Mi mujer la hizo girar sobre sí misma para ofrecerme toda su desnudez , esta vez de frente a mis ojos. Su anatomía era perfecta, la belleza de su cara acompañaba a un precioso y armonioso cuerpo que ya había observado en la playa pero que ahora, desnudo, era aún más bonito. Unas tetas perfectas no muy grandes y ligeramente caídas, lo justo, una cintura estrecha, un vientre liso, unos preciosos muslos y un sexo precioso en un cuerpo alucinante. Las manos de mi mujer comenzaron a acariciar aquel cuerpo. Estaba pegada a la espalda de la chica y una mano acariciaba sus pechos por los costados mientras la otra jugueteaba con su ombligo.

– Desnúdate cariño – me ordenó.

Como un autómata me fui desnudando hasta despojarme de toda mi ropa y quedar despelotado igual que ellas. Mi erección era mayúscula, algo que hizo que esa mujer mirara mi polla con deseo mientras se mordía los labios. Carla me sonreía tras el perfecto cuerpo desnudo de aquella joven, mientras sus manos jugueteaban por toda la anatomía de la chica al tiempo que me preguntaba:

– Está buena… ¿no?

Yo apenas podía creerme nada y menos podía contestar, sólo me limité a sonreír a modo de aprobación a sus palabras y mi mujer continuaba con el juego…

– Mira qué labios… – me decía mientras le metía el dedo índice en la boca y la chica lo chupaba como si fuese un rico caramelo…después Carla bajó su mano dibujando su silueta por sus brazos, por su cintura, por sus tetas hasta rozar su sexo ligeramente con sus dedos. – Mi esposa, ordenando aquel maravilloso embrollo, me invitó a unir mi cuerpo al de ellas y así lo hice sin dudarlo.

Nuestros tres cuerpos chocaron y comenzaron a acariciarse por todos lados, notaba como mis manos buscaban ese nuevo y desconocido cuerpo y otras manos abarcaban el mío. No sabía muy bien si era mi mujer o la chica la que me tocaban pero en esos instantes sólo estaba recibiendo un placer tan intenso que me hacían perder la orientación de todo.

– Arrodíllate. – ordenó Carla a la chica. – Ésta obedeciendo se agachó frente a mí quedándose de rodillas y mirándome a los ojos fijamente. Carla no tuvo que decirle nada más. La hermosa desconocida me agarró dulcemente la polla, con delicadeza y comenzó a masajearme al tiempo que con la otra mano rozaba mis huevos.

Sacó su lengua y jugueteó con ella sobre mi glande proporcionándome un gusto tremendo y poco a poco se fue metiendo todo mi miembro en su boca y saboreándolo lentamente comenzó a mamarme como nunca lo había hecho nadie. Apretaba sus labios contra mi verga y sus ojos se iluminaban observándome.

Mi esposa se sentó en la cama y se limitó a observar la operación, parecía estar disfrutando con el show y aprovechaba para rozar con sus dedos su mojado chochito. Mientras tanto la impresionante mujer que me tenía loco, ahora estaba volviéndome aún más loco cuando su boca estaba literalmente comiéndose mi polla. Justo cuando estaba a punto de correrme, esa mujer se incorporó de pie y comenzó a besarme y pegando su cuerpo al mío sus manos no dejaron de acariciarme, sobarme y pellizcarme por todo el cuerpo, sus uñas rozaban mi espalda con un deseo que me dejaba atontado.

Se tumbó en la cama, abrió sus piernas y sus brazos y ofreciendo un espectacular cuerpo desnudo me invitó a tumbarme sobre ella, todo esto sin decir palabra, una mirada y una sonrisa eran su único lenguaje y el mío también, pues tan sólo me limité a obedecer.

Miré a mi esposa que estaba masturbándose sobre la cama fogosamente mientras nosotros nos colocábamos junto a ella. La chica tomó mi miembro con su mano y lo fue colocando hacia su deseada cuevita y como un adolescente me metí dentro de ella como si la vida se me fuera en el intento.

Un sensual jadeo pronunciado por ese bombón, hizo que mi polla creciera dentro de ella y comencé a follarla como nunca mientras ella susurraba, gritaba, gemía. Sentir su cuerpo caliente chocando contra el mío era una delicia, sentir sus manos acariciando mi espalda y observando su linda cara que expresaba puro placer. En apenas dos minutos me corrí dentro de aquella chica disfrutando de un polvo que nunca podré olvidar, ella tuvo un orgasmo a continuación ya que ahora volví a oír su voz cuando me gritaba:

– Sí, sí, sí, sí… qué bien… – Sin separarme de ella noté que mi mujer estaba tras de mí besando mis muslos, luego mis huevos y finalmente sacando su lengua me chupaba por todo el culo, algo que hizo que tuviera otra erección casi inmediata. Continué follando durante toda la tarde a aquella chica y mientras ella descansaba mi mujer ocupaba su lugar… Fue increíble hasta que mi cuerpo dolorido y mi polla exhausta dejaron de funcionar. Los tres nos quedamos dormidos, desnudos y abrazados, sudorosos, agradecidos, victoriosos…

A la mañana siguiente aquella impresionante mujer me despertó con un beso en los labios, estaba vestida y tan solo se despidió de mí con un guiño…

– Espera… por favor… no te vayas, no se tu nombre… – le rogué. – Poniendo su mano en mi boca me hizo callar, giró ligeramente mi cuerpo, hasta quedar mi culo frente a su cara, sacó un bolígrafo escribió algo en mis posaderas y desapareció.

Salí desnudo hasta la puerta de la habitación, pero ella se había esfumado como el humo…. Corrí hasta el baño y girando sobre mí mismo me miré en el espejo para intentar leer lo que ella me había escrito, tan sólo pude leer su dirección de correo electrónico: Ese es el único dato que conservo de ella, pero desde entonces no me he atrevido a escribirle.

Todavía hoy recuerdo su olor, su inconfundible olor… y su cuerpo… que cada vez que le veo en mi mente siento como una descarga por todo mi cuerpo…

Autor:Tartufo

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Escrito por Marqueze

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