Una fiesta inolvidable

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Rita Vuelve a ser poseída por varios Hombres en una sola Noche

Hola a Todos . Le quiero contar la ultima historia que me ocurrió a mi y a mi esposa Rita Estábamos contentos de asistir a un fiesta de un amigo y por eso, Supongo que era normal que mi mujer quisiera lucirse un poco aquella noche. No en vano a sus 33 años recién cumplidos tenia una figura increíble y, debido a nuestros horarios de trabajo, hacia ya algún tiempo que no salíamos juntos a divertirnos.

Por eso no me extrañó que para la fiesta que organizó nuestro amigo en su casa se pusiera aquel vestido tan sensual. Este era negro, y de una sola pieza. La parte superior es tan ajustada que más semeja una segunda piel escamosa, marcando su plana cinturita de avispa y realzando sus senos , ya que al dejarle casi toda la espalda al aire nadie puede dudar acerca de la autenticidad de lo que presume por delante. La parte inferior, sin embargo, es una especie de minifalda que le cubre hasta la mitad de los muslos más o menos, No entiendo mucho de moda, pero es muy bonito.

Ella, que sabe lo mucho que me excito al verla con esa ropa, , cuando, ya en el coche, se acomodó la falda al sentarse y me mostró, picarona, que esa velada llevaba puestas sus braguitas de cordón más finas, aquellas que apenas si le tapan nada por delante, y absolutamente nada por detrás.

El hecho era que yo iba feliz , de verla tan sexy y ella ya estaba más que animada cuando llegamos y nos metimos entre docenas de desconocidos saludando aquí y allá a nuestras viejas amistades. Después de un par de horas, y cansado ya de bailar, permití que mi incansable esposa siguiera sola en la pista de baile, junto con algunas amigas, mientras yo charlaba con cuanto amigo viera por ahí.

Yo veía por ahí a Rita que andaba con algunas amigas o algún tipo o alguna pareja. Casi siempre la veía con una copa de licor en la mano, pero como sé lo poco que soporta el alcohol, supuse que la copa era siempre la misma… hasta que en una de las ocasiones en que se paró a hablar conmigo me di cuenta de lo mareada que estaba ya. Le pregunté que cuántas copas llevaba, y no supo decírmelo, lo único que dijo era que era un ponche, y que por eso lo usaba para calmar la sed del baile.

Así que para aclarar las dudas fui hacia la barra y le pregunté al camarero acerca de la composición del famoso ponche. No me extrañó lo más mínimo que me dijera que este mejunje llevaba al menos cuatro tipos diferentes de bebidas alcohólicas rebujadas con leche y zumos de frutas, explicándose así que mi mujer estuviera ya tan borracha. Decidí llevarla para casa de inmediato, pero cuando la fui a recoger me di cuenta de que su estado era mucho peor de lo que parecía, pues apenas si se tenia en pie. Como no podía yo solo con ella le pedí ayuda a Mi amigo Nuestro amigo, , me aconsejó que la acostáramos un rato y que, cuando se recuperara lo suficiente, nos marcháramos. Como lo vi muy lógico me apresuré a hacerle caso y, con su ayuda, logramos subirla arriba, a uno de los dormitorios vacíos.

Después de asegurarme por enésima vez de que se encontraba bien volví a acomodarle la minifalda, que al acostarla se le había subido demasiado arriba, mostrándome otra vez su tanguita negro, y la dejé descansar, dormida en su sueño etílico, mientras bajaba a reunirme de nuevo con nuestros amigos, tras cerrar la puerta de la habitación.

Como de costumbre los cuatro más íntimos pasamos al estudio , donde se libró una de nuestras consabidas batallas por los deportes, ante las miradas de otros amigos y de alguna que otra esposa, pues la puerta abierta daba al salón donde seguían bailando.

Al rato escuché como uno de sus amigos bromeaba con mi amigo acerca del desaprensivo que había obstruido el aseo, y como le aconsejaba que usara el de la planta alta, como estaban haciendo el resto de los invitados. En ese momento no le di ninguna importancia al comentario, y la charla por los temas deportivos estaba tan interesante ,pasaron las horas volando. Lo único que recuerdo haber pensado es que esperaba que ese continuo ajetreo de subir y bajar personas no despertase a mi esposa.

La fiesta estaba ya llegando a su fin cuando, me fui hasta la barra a pedirme una ultima copa antes de despertar a mi mujer. Mientras me la servia charlé las típicas banalidades con el camarero de antes, acerca de lo divertida que había estado la fiesta y todo e

so. Fue entonces cuando me comentó, en plan confidencial en voz baja, que ya estaba degenerando, pues había oído a varios tipos comentar entre sí la juerga que se habían corrido con una señora en los dormitorios.

” Nunca falta la chica que se divierta diferente” Le dejé riéndose de mi comentario mientras subía las escaleras para ver si mi esposa se había recobrado lo suficiente de su estado como para llevarla a casa por su propio pie.

El vaso estuvo a punto de caerse de mis manos al ver que la única puerta de dormitorio entreabierta era aquella donde la habíamos dejado, y que de ahí salían unos sonidos que eran inconfundibles. Con las piernas temblorosas me acerqué hasta la puerta y vi lo que ya me temía… a un tipo de espaldas con los pantalones bajados penetrando ardorosamente a mi mujer.

Lo que me dejó quieto y helado no fue la violencia de sus empujones, sino el ver como mi esposa tenia enroscados sus talones tras las rodillas del tipo, . Y si me quedaba alguna duda acerca de los turbios deseos que albergaba sus continuos jadeos de placer me los quitaron de golpe. Tuve que presenciar como ese pene mas grueso que el mío, entraba totalmente en la vulvita de Rita y volvía y salia y como le abría las piernas en el aire ,para facilitar la penetración No reaccioné, me quedé allí quieto, parado como un maniquí, mientras el afortunado desconocido alcanzaba el ultimo orgasmo, eyaculando en su interior con unos golpes tan rudos y salvajes que arrancaron también un nuevo orgasmo a mi esposa, mientras se aferraba a sus pechos desnudos, estrujándoselos como si se los quisiera arrancar.

Luego el tipo se bajó de la cama, con toda parsimonia, abrochándose los pantalones con una sonrisa de oreja a oreja mientras pasaba a mi lado, guiñándome un ojo cómplice, en la creencia de que yo era el siguiente en disfrutar de mi esposa desmayada. Nada más marcharse cerré la puerta con pestillo, y tras dejar el vaso sobre una mesilla me acerqué hasta la cama, . Ni el completo desorden que reinaba en la cama, con las sabanas revueltas y sudadas. Ni el vestido de mi mujer, enroscado de cualquier forma en su cintura para dejar sus grandes pechos desnudos al alcance de cualquiera que los quisiera disfrutar. Ni la evidente ausencia de su tanguita, del cual no volví a saber jamás. Ni, sobre todo, el gran charco de semen que había entre sus piernas tan descaradamente separadas, el cual aún no había tenido tiempo de secarse por completo, pues continuaba manando semen por sus dos orificios mas sagrados.

Supongo que alguno de los invitados entraría despistado mientras buscaba el servicio, y al verla allí dormida, quizás con su tanguita negro a la vista si había movido las piernas en sueños, fue una tentación demasiado grande para el desaprensivo.

No creo que le costase demasiado esfuerzo bajarle los tirantes del vestidito para dejar a la vista sus magníficos pechos desnudos e indefensos, ni que el diminuto tanguita negro ofreciese demasiada resistencia si el tipo había decidido quitárselo o arrancárselo.

El resto era por demás evidente. Había tantísimas marcas y moratones en sus senos que tardaría unas semanas en volver a recuperar su aspecto habitual. Sobre todo sus gruesos pezones, tan enrojecidos y tiesos que posiblemente le dolerían durante varios días. De su boquita entreabierta salía un olor tan amargo como elocuente, y el no ver restos de semen solo podía significar que mi mujer se había tragado todo lo que habían tenido a bien derramarle dentro. Lo cual me daba muchísima rabia, pues a mi rara vez aceptaba mamármela, y cuando lo hacia jamás me dejaba eyacular en su interior.

Pero más rabia me daba ver con que facilidad permitía que le diera la vuelta en la cama, levantando su culito respingón al hacerlo como si diera por hecho que yo también iba a encularla como el resto de sus amantes. Dándome ganas de azotar sus pálidas nalgas, como debía de haber hecho ya mas de uno, en vista de la rojez que presentaba, pues a mí sólo me había permitido que la poseyera por tan estrecho orificio un par de veces, y siempre tras muchos ruegos y suplicas.

No podía denunciar a la policía lo sucedido, pues no sabía cuantos tipos la habían poseído. En vista de la aparente disposición de mi esposa desvanecida ¿Qué que hice? Pues lo único que podía hacer dadas las circunstancias, bajarme los pantalones, separarle un poco más las piernas… y divertirme

yo también.

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Autor: El león

Etec2001 ( arroba ) hotmail.com

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Escrito por Marqueze

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