UNA HISTORIA COMO OTRA CUALQUIERA (II) MI TÍA BALMA.

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Bueno querida princesa, ocurrió cuando yo tenía 17 años, (justo al siguiente de mi tarde con Laurita). Vaya año para mi, ¡como ya comprobarás! Mi madre tenia la sana costumbre de pasar la semana de fiestas en el pueblo natal, y con ella toda la familia. Es algo sagrado para ella. Nos reunimos todos y se aprovecha para ver al personal y no perder el contacto. Yo tenia allí una pandillita de nativos y veraneantes y lo pasaba relativamente bien. Cuando llegamos un jueves, un sinfín de amigos, conocidos y otros se acercaron por la casa para saludar y cotillear. Una de las que primero se dejó caer fue Balma, mi tía Balma como yo la llamaba. Yo la adoraba. Es alta, grande, siempre en su punto… para mí la más guapa de todas las mujeres. Era dos años más joven que mi madre y su mejor amiga desde la infancia. Hacia años que yo no la veía por el pueblo. Nada mas aparecer por el patio y verme a mí, me dio uno de esos besos de que te hable, besos de falso amigo/amiga, esos que se dan en la mejilla pero tan esquinados que llegan a rozar furtivamente los labios. Cuando note la humedad de su saliva en la comisura de mi boca me quede un poco parada sin saber porque. Mi madre ni se entero, claro. Balma estaba restaurando su casa. Después me enteré que acababa de separarse de su marido y venia para airearse y dar un vistazo a las obras. Mi madre la invitó inmediatamente a quedarse unos días más. Las fiestas no empezaban hasta el lunes. Mi madre no solo le hacia un favor a su amiga, también se lo hacia a sí misma, porque de esa forma se quedaba a mi cuidado, ya que marchaba de viaje con mi padre hasta el martes, y el resto de mi familia no tenias previsto aparecer hasta el lunes. Quedaba otra hermana mía que estaba con su marido en la casa de sus padres en el mismo pueblo. Aunque dormía fuera, siempre venia a desayunar a casa y no la abandonaba hasta después de cenar, en la calle, como se hace todavía hoy. Esta claro que mi madre no se fiaba demasiado de mí. Tenia motivos, la verdad. Así que el viernes a media mañana nos quedamos solas Balma, mi hermana Trini y yo. Esa misma noche no salí, y me quede a cenar en la mesa comunitaria callejera frente a nuestro portal. La gente se fue a casa tardísimo, pero nos quedamos de charrera un rato mas Balma y yo acariciadas por el frescor de noche. Hablamos de muchas cosas… estudios, familia, amores,… cuando fuimos a dormir, yo entre la primera en el baño, el único de la casona. Yo siempre que podía dormía desnuda, como hago ahora, pero por obligación usaba un pijamita corto. Balma (en adelante, también mi tía Balma) y yo éramos las únicas que no teníamos adjudicada habitación, así que nos tocaba el desván, que sirve de paso a la terraza trasera y no tiene intimidad. Dentro hacia un calor espantoso. Me acosté y apague la luz. Paso un buen rato hasta llego mi tía. No encendió la luz pero vi que, al contrario de la noche anterior en que todavía estaban mis padres en casa, iba totalmente desnuda. Se veía claramente por el reflejo del alumbrado de la calle. Se sentó larga en la cama. Te prometo que no me moví un milímetro y que ella ni me miro, pero me dijo como si supiera que estaba despierta:

– ¿Te importa que fume?

Le conteste que no. Mientras fumaba me decía:

– “hace calor; estas sudando, verdad?… yo también”.

No se porque me puse la mano sobre el pantaloncito apretándome el coñito, bueno, si lo sé… nunca antes había estado durmiendo junto a una mujer mayor desnuda a mi lado aunque fuera cama contra cama, y me venían a la memoria “ciertas” fantasías. Me estaba poniendo muy caliente, pero ella ni me miraba. Cuando termino el cigarro me dijo:

– ¿Te estas tocando, verdad?

Yo me quede helada, -¿Cómo lo sabes?- Pregunte.

– Por el olor. ??? – No lo sabia -, le dije.

– Hay muchas cosas que no sabes.

Después hubo una pausa, un silencio pesado, caliente, opresivo, lascivo… que Balma por fin rompió:

– ¿Inés, has estado alguna vez con una mujer?

– No, nunca -, le conteste.

Se giro y se sentó en la cama frente a mí.

– Siéntate, me ordenó. Estábamos sentadas una frente a la otra.

– Levántate. La obedecí.

Ella se inclinó hacia mí, levantando un poco

el top dejando mi barriguita al aire… y empezó a besarme el ombligo… lo hacia como si lo estuviera haciendo con mi boca… metiendo ligera y dulcemente su lengua, arrastrando sus húmedos labios por alrededor…

Querida Alexia… tu no has visto todavía mi ombliguito. Es amplio y podíamos llamar “carnoso”, en una, entonces, poco prominente barriguita, pero que ya prometía su actual redondez… sigo…

Nunca antes ningún tío me había besado de esa forma. Después descubriría que ningún tío me había besado… de otras muchas. Yo estaba paralizada mientras la cabeza de mi tía embutida en mi vientre iba y venia al compás de mi respiración jadeante…

Sus manos bajaron mi calzón que cayo a mis pies. Tomaron mis glúteos y los separaron… su dedo medio jugueteó con mi esfínter, hasta introducirse en él… uffff.

Así estuvo un buen rato hasta que, harta de vientre se separo como una fiera, con la boca entreabierta y babeando. Ella también jadeaba de deseo.

– levanta los brazos.

Se levanto y me quito la camiseta del pijama por encima de mi cabeza.

– no bajes los brazos. Mantenlos arriba, bien estirados.

Acerco su cara a una de mis axilas, un poco pobladas del incipiente vello de la pubertad, y la acaricio con su mejilla, para después olerla…

– me gusta tu olor, Inés… y busco mi pecho, aprisionando mi pezón con sus labios…

Bueno, voy a parar, pues si sigo voy a tener que meterme en el aseo a masturbarme, cosa que siempre hago al evocar esa, mi primera – y verdadera – iniciación al sexo. Tan solo te diré que mi tía me hizo descubrir mi propio cuerpo. Me dio mas placer en esa noche que en mis múltiples –y poco afortunados- encuentros anteriores con estúpidos muchachitos… y no tan muchachitos, pero igualmente negados. Desde entonces me hice el firme propósito de ser otra persona. Me propuse dejar de acostarme con todo bicho viviente, y así terminar mi fama de chica fácil. No lo conseguí. Eso es mas difícil de lo que parece.

Pero… volvamos a la historia:

Ese fin de semana pasaron otras cosas con mi tía Balma, tan excitantes… o más quizás, que la que te he contado.

La noche siguiente volví a casa relativamente temprano, sobre las nueve, después de una excursión con bicis hasta el pueblo vecino. Me duche y bajé al patio, es decir, el portal de casa. Balma, mi tía Trini, y dos señoras mas estaban de palique. Cogí una silla y me senté a leer. No había visto a mi tía en todo el día, ya que, aunque salí temprano ella ya no estaba.

– ¿No sales esta noche Inés?- preguntó mi tía Trini.

– No tía. Estoy muy cansada y no tengo ganas, dije levantando apenas la cabeza del libro que estaba leyendo. Mire de reojo a Balma. Me estaba observando, casi me desnuda con la mirada, o, al menos, eso sentí. Me alegre por dentro. Contaba los minutos para que se hiciera la hora de acostarse. Al fin llego tras una exasperante e interminable sobremesa. Subimos las escaleras y repetimos la secuencia de la noche anterior, solo que esta vez salí desnuda del aseo.

– Ponte algo inmediatamente, me espetó duramente al cruzarse conmigo.

– Pero… protesté débilmente.

– No hay pero que valga. Ponte lo que quieras pero no quiero encontrarte así en la cama.

Confundida y ¿porqué ni decirlo?, un poco decepcionada, entré en el desván y busque mi pijamita, perdido en el fragor de la batalla. No lo encontré y me puse bragas y sujetador, apagué la luz y me tumbe en la cama humillada.

Tardo en venir, bastante mas que la noche anterior. Yo estaba realmente cansada de la excursión. Además habíamos tenido un incidente desagradable, conmigo de protagonista. Nos habíamos bañado en el río desnudos, chicos y chicas, después de comer, en un rincón apartado. Uno de los nativos se encapricho de mí, e intento que nos fuéramos tras unos árboles solos. Varias parejas ya se habían perdido así que el mozalbete creía tener derecho a hacerlo. Por supuesto me negué. El tío empezó a insultarme. Verlo vocear con su polla medioerguida… tan patético… No pude evitarlo, me dio la risa. Me quería matar. Tuve que salir corriendo, porque estaba también borracho. Tuvieron que sujetarlo. Yo quería volver al pueblo sola, pero me convencieron de que me quedara. El resto de la tarde fue muy tenso, y solo me relajé en la ducha. Ya estaba medio dormida cua

ndo entro Balma en el desván. Estaba desnuda como la noche anterior y llevaba una bolsa.

– ¿Duermes? Pregunto sabiendo que la estaba esperando.

– No, repuse.

– Perdona por la bronca, pero nunca te desnudes sin que yo te lo pida.

Se acerco y me beso en la boca. Se tendió en su cama con la espalda apoyada en el cabezal dejándome sitio, dando unos golpecitos en el ladito libre:

– Ven aquí conmigo.

Hizo que me tendiera de lado, con mi cabeza apoyada sobre su vientre. Pase un brazo por detrás de su cintura y el otro descansaba sobre su muslo. Ella me acariciaba el cabello y la espalda con ternura. Yo estaba en la gloria. A pesar del calor espantoso y de la alta temperatura corporal de mi tía, el sentir su piel en mi mejilla, el oler su cuerpo, acariciar su piel… hubiera querido permanecer así toda mi vida. Mi tía tomó mi muñeca y deposito mi mano en su regazo. Acariciar su pubis remolineando mis dedos en la espesura de su vello me produjo una descarga de flujo que no paso desapercibida a mi amada tía.

– No tengas prisa Inés, no tengas prisa.

– Sabes tía, ayer te mentí. Si que he estado con una chica.

Y le conté mi episodio con Laurita, en este mismo lugar. Pero le oculte mis fantasías con mis hermanas. No fui capaz.

– Inés, hacer el amor no siempre es tierno y delicado. A veces es violento, humillante, incluso doloroso. Aunque no lo creas lo que le pasó a tu amiga es bastante normal. El placer se obtiene de muchas formas, como podrás comprobar.

– Nunca antes había disfrutado tanto como anoche, nunca. Y creo que nunca lo haré -, dije con convicción, olvidándome de todas mis elucubraciones sadomasoquistas.

Balma se sonrió, y jugueteando con mi pelo y acariciando con ternura mi nuca me dijo:

– ya me di cuenta anoche de que no eras totalmente virgen… y por lo visto tampoco has debido pasártelo demasiado bien.

Yo me quede un poco sorprendida por la frase: “totalmente virgen”.

– esta noche quiero quitarle a los chicos el privilegio de tu verdadera virginidad. Venga, levántate… que te noto bastante a punto.

Tenia razón mi tía, estaba muy a punto… mi vagina no había dejado de manar desde el momento que la abrace, desde el momento que sentí su cuerpo de mujer a mi lado… que diferente con los sórdidos y poco satisfactorios momentos compartidos con mis anteriores amantes… Como la noche anterior obedecí sin chistar. Me deje llevar hacia lo desconocido de aquella frase enigmática, intuyendo que algo nuevo iba a descubrir.

– arrodíllate Inés… así… de través. Ponte tiesa. Te voy a vendar los ojos.

Eso todavía aumento si cabe mi morbo por lo que iba a descubrir. Mi tía paso un pañuelo de seda por mi cabeza e hizo un nudo fuerte. Yo no veía nada absolutamente.

– Ahora inclínate… apoya tus brazos en la cama… abre bien los muslos… bien abiertos… así, muy bien. ¿Estás cómoda así?

Moví mi cabeza afirmativamente. Si, estaba cómoda… y otras cosas: caliente, intrigada, empapada en sudor…

Oí claramente a mis espaldas a Balma manipulando en el bolso… sacando algo… un tarro abriéndose… pasos acercándose… una caricia en mis nalgas… en mis ingles… en mi sexo… unas manos rodeando mi cintura y tirándome hacia atrás… algo duro rozando mi muslo… un dedo untado de algo viscoso e introduciéndose en mi ano… lubricándolo… mi respiración honda y profunda… jadeante… gimiente… al saber por fin lo que iba a pasar…

– Ay… Me duele… me duele mucho.

– Espera Balma, espera… no te impacientes.

Era demasiado grande… e inanimado, frío, duro… pero sobretodo grande. Me dolía muchísimo. No lo iba a soportar.

– Tía, por favor, me haces mucho daño – supliqué.

Aflojó el movimiento… sin dejar de moverse… acariciando mis cabellos, mi cuello, mi espalda.

– tranquila cielo, tranquila. Espera un poco… un poco mas… espera… ya veras.

Me mordía los labios del suplicio. Cada movimiento de mi tía significaba una punzada dolorosa, una grieta que me martirizaba, que me abría, que me rompía, hasta que… las torturas parecieron menos intensas… menos traumáticas… Empecé por dejar de sufrir, de sentir, de rechazar. Poco a poco el placer se abrió camino. Mi mano buscó mi vulva a riesgo de perder el equilibrio. Balma, que no perdía detalle me sujetó con mas fuerza de mi cintura mientras su pene ortopéd

ico se movía ahora suave y rítmicamente. Los ayes dieron paso al silencio… al ronroneo, a los suaves gemidos, a la respiración jadeante, al grito ahogado. El otro era arnés duro, frío, insensible, artificial se había convertido en muelle, cálido, tierno, como un apéndice que era prolongación de las dulces carnes de mi tía. Empecé a temblar, a reír, a mover mis caderas, mis nalgas, buscando no solo el roce, sino acompasarme a ese vals desconocido para mí. Ni las fuertes manos de Balma asidas a mis ancas pudieron impedir que mi cuerpo se proyectara hacia delante cayendo de bruces, a las primeras pulsiones del orgasmo, convulso, profundo, indefinido, abandonando al asta agresora y a su sabia instructora.

Desperté temprano, muy temprano. Me dolía el culo. Mucho. Mi tía ya no estaba y me extraño. Me la encontré en el baño. Estaba ya vestida, acicalándose los ojos.

– ¿Dónde vas tan pronto? Todavía no son las 8.

– Me duele mucho el culito tía. No sé si podré hacer caquitas otra vez.

Balma me miro, y estallo de la risa. Cuando por fin ceso de reír me abrazó. – Por supuesto que podrás, que te crees… – No terminó la frase. Volvió a carcajearse a mi costa. Yo estaba un poco picada. Jolín, es que me dolía mucho.

– Venga, ya vale de decir tonterías; vístete y vamos a tomar un té antes de que venga Trini.

Me duche y vestí en un santiamén. Baje a la cocina. Balma había preparado ya la infusión.

– ¿Te vas?, pregunté al verla mas arreglada de lo normal.

– Sí. Me voy a Barcelona. Tengo una cita con el arquitecto y cosas que hacer. Volveré lo antes posible pero seguramente tarde.

– ¿Puedo acompañarte?

– No. No puedes.

Viendo mi cara de decepción, tomo mi mano. – Ya lo sé Inés, será nuestra ultima noche. Además se lo prometí a tu madre. Volveré, pero no me esperes despierta -.

– ¿Me llamarás cuando llegues aunque este dormida?

– Lo haré; descuida que lo haré.

Pasé el resto del día nerviosa. Era nuestra ultima noche, y esperaba con impaciencia lo que tuviera que ocurrir. Además no sabia por donde iban a ir los tiros. ¿Seria la Balma cariñosa y dulce de la primera noche? ¿o la mas dura e implacable de la segunda? Salí con mi panda por la mañana y tarde a la piscina. Por fin vino la hora de la cena, de la tertulia, de irse a la cama. Balma no aparecía.

– Me voy a dar una vuelta tía.

– No tardes Inés. ¿Llevas llaves, no? Balma llegara tarde.

– Voy un momento al bar a ver si todavía esta la gente. Si, llevo llaves.

Aquellos días, todo lo que no fueran las noches con mi tía me parecía un muermo. Tardé todo lo que pude en volver a casa. Tenia la esperanza de encontrarla. No estaba. Me acosté.

No quise apagar la luz. Quería estar despierta cuando llegara… si llegaba. No; llegaría; seguro. Un ruido… la puerta del patio. Aquí estaba por fin. Pasaron unos minutos interminables. La puerta del patio otra vez; cerrándose. Mi tía Trini que se habría dejado algo. Jolín, que mal. Otra vez. Ahora sí… alguien sube la escalera… mi tía. Pasos… cogí rápidamente la novela de la mesilla.

– Hola, soy yo. ¿Todavía despierta?

– Sí tía. No podía dormir.

Dejo en su cama su bolsa de viaje. – Ahora vuelvo. Voy al baño.

Inmediatamente empecé a notar la excitación, la ansiedad, el deseo, la opresión en mi pecho. Mi vagina se encharco literalmente. La espera se me hizo eterna.

Apareció por el umbral. No iba desnuda como las otras noches. Llevaba un jeribeque de finísima lencería negra: corsé, ligueros, bragas, medias, guantes, zapatos de tacón. Yo estaba alucinada. Sin mirarme se recogió su media melena con una goma. A pesar de ir pulcramente depilada la vista de sus axilas me turbo todavía más si cabe. No te lo había dicho hasta ahora. Balma pasaba de los cincuenta pero tenia la casta de las mujeres grandes y proporcionadas. La edad no había hecho estragos en ella. En algunos aspectos m0as bien al contrario, como su cara. Había adquirido serenidad y dulzura. Su cabello castaño no revelaba ninguna blancura. Tenia pechos pequeños, no demasiado aplanados por los años y el tute. Su vientre, algo fondón, seguía siendo mas que apetitoso. Quizás su punto débil eran sus nalgas, ya cla

ramente descolgadas, aunque sus muslos eran largos y apenas mostraban piel de naranja. Yo la había observado desnuda siempre a oscuras. Hay que decir que su vistosa indumentaria disimulaba de forma notable las pocas, pero inevitables señales de la edad.

Se puso a buscar dentro de su bolsa. Saco varias velas de gran tamaño que dispuso estratégicamente a la entrada del desván donde había una pared con una gran alacena, y mucho espacio delante. Yo la observaba inquieta. Encendió las velas y apago la luz. Quedamos en una semipenumbra inquietante. Mi cama quedaba más próxima a la entrada. Se sentó en ella.

– Ven Inés, ven aquí… a mi lado.

Estábamos juntas. Yo la mire con curiosidad. Su expresión era seria, pero desprendía seguridad.

– ¿Recuerdas anoche cuando te conté que había formas de amor que no necesariamente iban acompañadas de tiernas y suaves caricias? ¿lo recuerdas?

– Sí tía, lo recuerdo. Lo de anoche fue una de ellas, ¿no?

– no exactamente.

Balma me miro en silencio unos instantes antes de volver a hablarme – Inés, ¿sabes lo que es una sumisa?

Eso si que me sonaba a chino. -¿sumisa? ¿Quieres decir una chica obediente, no?. Pues no, no lo sé muy bien.

Balma me miraba con una mezcla de ternura y lascivia. Estaba claro que disfrutaba con su labor de iniciación.

– Una sumisa es una mujer que por propia voluntad y libremente pasa a ser propiedad de otra persona, a la que se somete, a la que se entrega de forma total y absoluta, obteniendo su propio placer a través de ese sometimiento, que implica también la humillación. La sumisa es menospreciada, insultada, vejada por aquella persona, hombre o mujer, a la que pertenece. Incluso del dolor físico provocado por un castigo de su amo o ama.

– Ya… ¿de verdad puede producir placer un castigo?

Balma repreguntó

– ¿has oído hablar de las relaciones sadomasoquistas?

Yo tenia una idea difusa del significado exacto de ese término, pero sabia a que tipo de relaciones se estaba refiriendo mi tía. En realidad yo era muy pánfila en todo lo relacionado con la educación sexual. Quedaba fuera del alcance de mis conversaciones con mi hermano. Por supuesto a años luz de las mantenidas con mi madre. Pero con solo nombrar Balma esa palabra mi mente voló… mis pulmones se hincharon… mi vientre se vacío, y mi vista se obnubiló.

– Sí. Mas o menos sí, lo sé. Mentí a medias.

– ¿Has conocido alguna relación de ese tipo? ¿alguna conversación explícita? ¿algo?

El recuerdo de Laurita vino a mi cabeza inmediatamente. ¿Era eso una relación sadomasoquista? No estaba muy segura, así que volví a mentir a medias:

– No. Desde luego que no. Afirme con una cierta rotundidad.

– Inés, la línea que separa el placer del dolor es muy muy fina. Tan tenue… tan difusa… a veces parece inexistente. Acabas no sabiendo dónde empieza uno y termina el otro. El dolor sabiamente administrado es una fuente mas de placer, y… ay, muchas, muchísimas veces el placer es el causante del sufrimiento humano.

Mientras Balma así me hablaba, con su característica dulzura y seducción, yo me fijaba en sus ojos. Tenían un brillo intenso como nunca había visto a nadie en mi vida. Era una gata en la penumbra. Estaba gozando… sin tocarme todavía ni un pelo, aunque era yo y solo yo quien se lo estaba proporcionando.

– Inés, quítate la camiseta.

Sin rechistar me la quite. Estaba solo con los amplios calzones del pijama. Balma se inclinó hacia mí. Puso su boca en mi pezón izquierdo aprisionándolo con sus dientes. Primero apenas rozándolo, con su lengua moviéndose acariciadora… Cada vez apretaba más… y más… mientras se me ponía hinchado y duro. Balma no dejaba de mover sus dientes de forma que mi supersensible apéndice girara sobre su eje, izquierda… derecha… La presión cada vez era mayor. Yo ya gemía. Balma seguía… seguía…

– Mmm…

Ya sentía mucho dolor pero no proteste. No quería que parara… era casi insoportable. Balma se me adelanto; fue ella quien decidió hacerlo.

– ¿Vas entendiendo Inés?

– Me ha dolido mucho tía, mucho, de verdad- No mentía.

Por respuesta Balma introdujo su mano por el elástico del pijama buscando en mi sexo, hundiendo su dedo medio en mi interior, y me lo paso por los labios sonriendo:

– No lo dudo Inés, no lo dudo

Enrojecieron hasta las u

ñas de mis pies. Efectivamente yo estaba muy mojada. Y, desde luego no quería parar.

– Tía, ¿tú has conocido a alguna sumisa de verdad?

– Sí. A bastantes.

– Y… ¿alguna se te ha entregado?

– Mas de una- contestó Balma con una sonrisa picara.

– Tía…

– Dime querida.

– Yo quiero ser tu sumisa.

No era un acto premeditado pero sentía tal atracción por mi tía y por todo lo que la rodeaba que si me hubiera pedido que me tirara por la barandilla de la terraza lo hubiera hecho. Ante tan seria afirmación, Balma no pudo hacer otra cosa que quedarse en silencio observándome. Si se hubiera reído de mí, cosa que yo desde luego no esperaba, no sé que hubiera sucedido.

– Inés, ¿sabes? Para ser una sumisa hay que cumplir una serie de requisitos. No basta con ser mujer y desearlo mas o menos.

Como la miraba con cierta perplejidad continuó.

– Una sumisa tiene que ser libre e independiente, tanto en lo referente a su situación familiar como económica. Elegir ser sumisa implica a veces muchos sacrificios, difíciles de soportar cuando los lazos familiares y profesionales no son propicios.

Yo replique con vehemencia.

– Pero yo quiero ser tuya, quiero ser de tu propiedad, ir donde tú vayas, hacer todo lo que tu me pidas. Por favor tía.

– ¿Y que hacemos con tu madre Inés? Si no eres ni mayor de edad.

Era verdad. Estaba soñando con la luna. Pero… había algo que no comprendía. ¿Porqué me había hablado de todo eso para después rechazarme?

– Pues… déjame al menos ser tu sumisa por esta noche… anda… por favor…

Ella lo estaba esperando. Había tejido de forma sutil la red en que yo caería irremisiblemente. Sabes Alexia, yo por entonces no tenía ni pajolera de amas, sumisas y todo eso. Te lo repito: en realidad, aunque había follado mas de una vez, yo era una pipiola en materia de sexo. Mis padres todavía no me permitían ir al cine salvo a películas “apropiadas”. Tampoco podía leer novelas de índole supuestamente carnal. Fíjate que no me dejaron leer “Pantaleón y las visitadoras”. Puedes figurarte mi estado de ignorancia ante la situación en que me encontraba. Solo estaba segura de dos cosas: que estaba superexcitada, ebria de deseo, de un deseo tenebroso, oscuro, pecaminoso… fascinante. De lo otro que estaba segura es que quería entregarme a Balma… dándole todo lo que quisiera. ¿Hasta que punto? No lo sé. Ella decidiría por mí. Así entendía yo lo que era ser su sumisa.

– ¿Te gustaría de verdad ser mi sumisa por esta noche? Me dijo suavemente, acariciando mi mano.

– Sí. Claro que sí. Me gustaría, pero ¿cómo se es? – Lo dije con toda sinceridad. Una cosa es imaginarlo. Otra muy distinta hacerlo. Y más que hacerlo empezarlo.

– Tu no te preocupes. Déjame hacer. Y de momento… relájate. Ya llegara el momento de excitarse para disfrutar de verdad. Ahora quiero que te quites el pantalón del pijama y que te pongas un sujetador. Solo el sujetador. Venga…

Mientras hacia lo que me perdía, Balma me observaba. Yo me sentía tan atravesada por su mirada de deseo infinito, que casi me dolía.

– Así, así esta muy bien. Ahora Inés voy a atarte.

– ¿Atarme? ¿porqué?

– Porque eres mía y yo puedo hacer de ti lo que me plazca, ya lo sabes. Y tu no puedes ni quejarte ni protestar, ¿sabes cielo? Vamos allí, junto a la alacena. Lo haremos a la argolla de arriba.

– Pero…

– Ven… Me acaricio los cabellos con dulzura, mientras me decía:

– Me gusta que estés tensa y asustada. Forma parte del juego; como la forma en que voy vestida, como las velas. ¿No te da un poco de morbo verme así, la situación… el ambiente?

– Sí, mucho, la verdad, pero…

No insistí. Me deje llevar. Era cierto; la situación era muy morbosa, excitante… Mi tía pasó unos pañuelos por mis muñecas para que no me dolieran. Después por ellas paso un nudo corredizo con la cuerda que había sacado de la bolsa, para pasarla por la argolla y tirar… hasta que mis brazos quedaron bien alzados… casi hasta dolerme. Yo estaba sudando, por el calor y por la emoción. Una bofetada de mi propio olor corporal me vino a la cara al abrirse mis axilas.

– Estas perfecta Inés, perfecta.

No sabia a ciencia cierta lo que quería decirme, pero ahí no paro mi asombro por lo que estaba ocurriendo.

– Ahora voy a tapart

e los ojos con esta venda.

– ¿porqué? ¿Porqué quieres hacer eso? Yo quiero verlo todo.

– Es mejor así cielo. Veras, la gracia esta en sentirse atrapada, asustada, indefensa… El no ver lo que va a pasar contribuye a crear ese sentimiento de ansiedad, angustia,… morbo…, a merced de alguien que no eres tu. Estas ahora mismo atada, inmovilizada… dime, ¿qué es lo que sientes?

– No lo sé. De verdad, no lo sé. Tengo un poco de miedo porque no sé lo que quieres hacerme. Creo que vas a hacerme daño, ¿verdad?… Tía, hazme lo que quieras, pero por favor, no me tapes los ojos.

– Esta bien. De acuerdo. Solo una cosa. No tenses los músculos. Relájate, ¿vale?

Asentí con la cabeza. Estaba muerta de miedo. Balma fue hacia su bolso del que extrajo una especie de látigo grueso, como de goma. Parecía una porra larga. Me estremecí.

– No temas Inés, es grueso pero blando. No prescindirás del bikini muchos días.

En esos momentos ya era plenamente consciente de que las cosas no iban a ir precisamente como yo me imaginaba en mis fantasías, pero… Balma tenia razón. Estaba totalmente turbada, excitada, asfixiada por la pasión más oscura, como si yo fuera la protagonista activa –y no pasiva- de mis calenturas mentales. Me sentía tan indefensa, tan… poseída, tan convencida de que mi voluntad no contaba… bueno, eso no era enteramente verdad: quería con todas mis fuerzas estar así… con Balma decidiendo que hacer conmigo, que fuera mi dueña… la propietaria de mi cuerpo. Veía en sus ojos que lo que estaba ocurriendo le producía placer… y yo quería proporcionarle ese placer… ser su objeto de atención, sexual o de lo que fuera…

Se planto ante mí, alta, hermosa, firme y decidida, con la verga en su izquierda, su brazo bueno…

– Inés. Eres mía. Me perteneces. ¿Lo sabes verdad?

– Sí tía, soy tuya.

– lo eres porque quieres. Nadie te obliga. ¿No es cierto?

– Sí tía. Quiero ser tuya. Quiero serlo con todas mis fuerzas.

– Bien Inés. Entonces sabes que puedo hacer contigo lo que me plazca, cualquier cosa que se me ocurra. ¿Cierto?

– Cierto Balma. Solo quiero complacerte en todo. Cumplir tus caprichos.

– Incluso puedo ofenderte, humillarte, hacerte daño…

En estos momentos yo ya estaba vencida. Era una autómata sedienta de oscuros e indefinidos deseos.

– Hazme lo que quieras tía…

A partir de ese momento la situación tuvo un punto de inflexión. En un segundo Balma se trasformo:

– En adelante llámame Ama, y no me tutees ¿Esta claro?

Al ver ese cambio dude unos instantes, lo que me costó un vergazo en mis muslos de esa – otrora dulce – tía Balma.

– ¿Esta claro zorra? Repitió con fuerza.

– … Sí, sí Ama.

– Muy bien. Inés…

– (diligentemente) si, dime.

Un nuevo golpe con el grueso flagelo me hizo rectificar.

– Sí Ama…

– Eres una ramera. Lo sabes, ¿verdad? Una pequeña puta viciosa. Eso es lo que tú eres.

– Sí Ama, lo soy – De nada hubiera servido protestar, además de que oírle decir esas cosas aumento si cabe mi excitación.

– Eres tan asquerosamente puta que no mereces otra cosa que mi desprecio. No vales nada. Eres basura.

– Sí Ama.

– Y las puercas pervertidas como tu solo hay una forma de tratarlas. ¿Lo sabes?

No sabia que contestar, pero la verga dolía mucho y no quería repetir. Así que no quise mentir…

– Vd. es mi Ama y lo que yo pueda pensar no vale.

Se quedo pensando ante mi impecable respuesta. De verdad Alexia, ni yo misma se como pude contestar así…

– Sigue, por favor. Me tienes en ascuas… pero quiero que sepas que te comprendo perfectamente. Mucho más de lo que crees.

La respuesta de Alexia me extrañó un tanto pero continué:

Mi tía Balma continuo ensañándose conmigo, inmisericorde…

– Inés, de todas las putas esclavas que he conocido tú eres con mucho la mas pervertida, la mas puerca viciosa. Mírate tus muslos… chorreando por las babas de tu coño… cerda.

Era verdad. Notaba como la humedad caía por la cara interior de mis ancas.

– Puta Inés, voy a darte lo único que te mereces… voy a azotarte.

¿Era verdad lo que estaba oyendo? ¿O era solo un sueño? Mire a mi tía de arriba abajo. Si, entonces me di cuenta. Era una de mis repetidas fantasías: mujeres en ropa interior colgadas y apaleada

s. Yo era exactamente una de ellas. Claro… pero peor: insultada, humillada, despreciada… y yo, encima… feliz.

– Lo sé Inés…

Lo que siguió lo puedes imaginar: Balma descargó su extraño látigo sobre mi vientre. No sé cuantos fueron… diez, veinte… mi tripa parecía un tambor. Yo no quería cerrar los ojos pero después del quinto o sexto latigazo los cerré bastantes veces, cuando iba a recibir el siguiente golpe. Hacia fuerza con todos los músculos de mi cuerpo. Estaban tensos y duros como piedras. Balma me castigaba de forma implacable. Con su brazo zurdo me torturaba… mientras su mano derecha se escondía en su sexo, hurgando en sus pliegues…

– ¿estabas de frente a ella, no? Preguntó Alexia con los ojos abiertos como platos…

– Sí.

– ¿Te pego en el pecho?

– No. No lo hizo. Siempre de tetas para abajo… hasta el pubis

– Ya…

– No sé cuanto duró aquello. Mi tía se paro de repente y empezó a toser y a convulsionarse… y se dejo caer sobre la cama entre espasmos. Estuve unos minutos viendo como se corría… después se hizo la oscuridad para mí.

……

– Volví a ver a Balma al año siguiente. Se comportó conmigo como si nada hubiera pasado. Y desde luego habían pasado muchas cosas ese 1982, el año del cambio como se le llamó, cuando esos chicos con chaqueta de pana ganaron las elecciones ante el espanto de mis padres. Yo tampoco le hice a mi tía demasiado caso, la verdad. Después nos vimos con ocasión de la boda de mi ahijado, bastantes años después. Seguía conservándose estupendamente para su edad. Yo sabia que no termino su casa. La vendió antes de finalizar las obras y no apareció mas por el pueblo. Se fue a vivir con una mujer, en Barcelona. Mi madre estaba avergonzada. Ya le supo a azufre que se divorciara, así que puedes figurarte. El recuerdo más vivo que conservo de ella es su cuerpo desparramado sobre la cama, casi inmóvil, sacudida por espasmos cíclicos. Su cara de satisfacción que acompañaba cada temblor señalaba lo inacabable del orgasmo, que reverberaba, que parecía no tener fin, mientras yo pendía de mis muñecas, con mi cuerpo magullado y las articulaciones de mis extremidades doloridas. Así permanecí un buen rato, como una de mis fantasías de niña, colgada de un gancho jamonero, con mi mente extraviada en mil pensamientos, hasta que se recupero y me desató. Lo que paso después hasta que desperté no lo recuerdo. Las consecuencias sí. Tuve que hacer de tripas corazón bastantes días después. Y el dolor físico no fue lo peor… fue su ausencia, que desapareciera de mi vida. Nunca sabré si lo que hizo fue algo desinteresado y didáctico, o un acto tremendamente egoísta. No lo sé…

– Joder tía, que fuerte…

– Un poco. Bueno Alexia, ya está; esta es la historia que querías saber.

– Inés…

– dime princesa.

– Te mentí. Yo también he conocido algo parecido… solo parecido…

ines34 (arroba) ozu.es

Autor: ines

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Escrito por Marqueze

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