Vacaciones en el Paraiso 1

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Anaís va de vacaciones con su esposo a un crucero de siete días por el Caribe. Allí conoce a Adrián, un marinero que la introduce en un mundo de pasión, placer y sensualidad como nunca lo había tenido en su vida.
La mujer, sorprendida y embelesada por este nuevo descubrimiento, no se priva de nada, y se anima a vivir los más candentes encuentros carnales, llenando así su viaje de emociones y delicia: son unas verdaderas vacaciones en el paraíso.
¿Qué sucederá cuando el esposo de Anaís se dé cuenta de lo que está haciendo su mujer en este viaje de formidable placer? ¿Qué pasará al final del viaje? ¿Logrará Anaís conservar este mundo de goce cuando las vacaciones hayan terminado?

Vacaciones en el Paraiso

1

—Diviértete mucho, Anaís —dijo la joven que la despedía en la bahía antes de subir al enorme y hermoso crucero.
—Claro que sí, Natalia, pienso tomarme estas vacaciones como una pausa relajante en mi agotadora vida. Creo que lo merezco —dijo Anaís sonriendo—. ¿Quieres que te traiga algo en especial?
—Claro que no, este merecido viaje lo debes hacer para relajarte, para disfrutar, no para traerme cosas. Sí que no te preocupes.
—¿Cómo no le voy a traer algo a mi hermana pequeña? Te traeré una sorpresa.
La muchacha más joven sonrió antes de darle un beso y un abrazo a su hermana mayor.
—Diviértete, te lo mereces.
—Gracias —contestó la mujer después del abrazo. Después miró hacia las personas que los rodeaban—. ¿Dónde se metió Fernando? No quiero que nos deje el barco.
—Ay, ya sabes cómo es el inútil de tu marido —la regañó Natalia, a quien nunca le había gustado su matrimonio con Fernando.
—No empieces, Nata —la regañó Anaís cariñosamente.
—Si no quieres que empiece, entonces que tu marido no me dé motivos. Ni modos, lo quieres. Nada que hacer. Y para responder a tu pregunta, allí viene —dijo señalando al hombre que se acercaba sonriendo.
—Querida, es hora de irnos. Ya hacen el último llamado. Adiós, Natalia.
—Adiós, Fernando. Por favor, cuida mucho a mi hermana… aunque podría más bien decir que ella será la que te cuidará a ti como siempre.
El hombre sonrió amargado mientras veía que su esposa y su molesta cuñada se daban un abrazo final.
—Si tienes oportunidad, ponle el cuerno —dijo Natalia al oído, sabiendo que Fernando no oiría pero que quedaría intrigado por el gesto—. Consíguete un hombre de verdad, uno que te haga temblar de placer, te dé muchos orgasmos y te empuje a dejar a este idiota.
La única respuesta que recibió de Anaís fue una mirada mitad escandalizada, mitad de reproche. No le gustaba que su hermana hablara así de su esposo.
Era verdad que no tenían la mejor vida sexual del mundo. Si al inicio de su relación no hubo juegos artificiales, mucho menos ahora que había pasado más de ocho años de matrimonio. El problema era que su hermana era una mujer muy sexual. Según lo que ella misma le contaba había tenido unos amantes estupendos, que la llenaban de pasión y aventura. Pero ella no era para eso. Anaís prefería una vida tranquila y suave. Su esposo estaba bien para ella.
—Tu hermana hace que desee matarla —dijo Fernando mientras subían a bordo, después de pasar por todos los controles del caso.
—No le hagas caso. Ya sabes cómo es ella.
—Lo que sé es que me odia. Nunca quiso que yo me casara contigo. Y hace hasta lo imposible para que nos separemos. Pero jamás le vamos a dar ese gusto, ¿verdad?
—Claro que no —dijo ella con sencillez mientras él le tomaba el rostro entre sus manos para darle un suave beso sobre los labios—. Y ya no pienses más en eso.
El hombre pareció tranquilizarse con la respuesta de su esposa. Fernando siempre había sido un poco inseguro con respecto a ella. No sólo su hermana, sino también algunas de sus amigas le habían dicho que no debía casarse con él, que ella era mucha mujer para un tipo tan simple y soso.
Pero a ella no le parecía que su marido fuera simple. Lo que pasaba era que mucha gente no apreciaba la sencillez. A ella no le importaba que fuera igual de alto a ella y que Anaís, para no verse más alta, nunca usara tacones. Tampoco le importaba que fuera delgado, nada atlético o poco romántico. Su cara no estaba mal, era de facciones finas de labios delgados y de mirada serena. Además era muy inteligente. Gracias a su talento tenía un muy buen empleo. A ella le gustaba ese hombre sencillo y pasivo.
Lo importante era que se llevaban bien. Ella lo quería mucho. Lo había conocido hacía más de diez años cuando trabajaron para la misma empresa. Poco a poco había sabido ganársela y por fin se habían casado. Anaís era consciente de que no eran el matrimonio perfecto, pero ninguna pareja lo era. Congeniaban en muchas cosas, tenían gustos similares, cuando podían salían a divertirse. ¿Qué importaba que su vida sexual no fuera tan explosiva y vivaz como la de su hermana? Eso no era lo más importante en una relación de pareja.
Además ella nunca había sido una mujer demasiado sexual. Había tenido tres novios antes de casarse con Fernando con todos ellos las relaciones habían sido más o menos iguales, hacer el amor de vez en cuando, sentir un poco de deseo y complacerlo en lo que quisieran. Igual que hacía ahora con su marido. Ella no era de las que se enloquecían cuando tenía sexo, o que realizara prácticas demasiado arriesgadas. Ella no era así.
Dejó de pensar en eso y se dedicó a decirse que pasaría una semana inolvidable en ese magnífico crucero por el Caribe. Había tenido vacaciones en su trabajo como abogada y su marido, que era contador, las había pedido. Así habían podido hacer este viaje de relajación después de tener que andar defendiendo causas a veces perdidas. Ya no quería pensar más en el trabajo.
Después de instalarse en su camarote, caminaron juntos para recorrer el barco que comenzó a zarpar. Era enorme, un crucero para mucha gente, en el cual ellos viajaban como dos pasajeros más. Un nombre muy adecuado para in lugar tan bonito, con tanto lujo y que estaba segura que le dejaría las mejores vacaciones de su vida.
Caminaron por el barco durante unos minutos, conociendo cada zona, cada sector. Le parecía espléndido.
De súbito llegaron a un lugar donde había botes, cajas, cuerdas y un montón de otros objetos que no atinaba a identificar.
—¿Qué hacen por aquí? —preguntó una voz tras de ellos. Se giraron y Anaís observó al hombre más atractivo que hubiera conocido en toda su vida.
—Estamos dando un recorrido —le respondió Fernando.
Ella no habría podido responder porque estaba embelesada mirando al hombre.
Era muy alto y musculoso. Tenía puesto únicamente un pantalón blanco que le ceñía no sólo los músculos sino también el paquete. Anaís jamás había visto con buenos ojos que un hombre se apretara la ropa a tal punto que sus genitales se le marcaran, pero a este hombre no lo criticaba, sólo podía admirarlo. Se notaba que estaba bastante bien dotado porque el pantalón dejaba retratar un poco la verga gruesa. Al verlo sintió que algo saltó dentro de su estómago. Nunca antes se había sentido así.
La sensación aumentó cuando observó el torso y los brazos musculosos y perfectos de ese hombre. Se notaba que no había ni un milímetro de grasa en él. Era simplemente músculo saludable y duro debajo de esa piel que ansió tocar. ¿Sería suave? No lo creía: los hombres no tenían piel suave.
El rostro también era una incitación al pecado. Estaba enmarcado por el cabello rubio y ligeramente largo, como el de un pirata. Su nariz recta y su mentón pronunciado, lo hacían ver como un hombre fuerte y poderoso, como alguien de poder o de autoridad, aunque su atuendo lo desmentía. La boca era muy bonita, con labios gruesos muy naturales que dejaban ver una naturaleza sensual. Los ojos eran grandes y de color azul, como el mar. La estaban observando a ella. La mirada del hombre se posó sobre los pechos de ella que se retrataban en su blusa de fino algodón. Tendría que haberse sentido ofendida, haberse molestado por la mirada descarada, pero muy a su pesar le había gustado. El aleteo de su vientre se intensificó y viajó hasta su concha haciendo que se produjera algo de jugo allí, como si se estuviera preparando para un encuentro sexual.
—Pues esta zona no es la mejor para eso. Aquí estamos exclusivamente los de la tripulación, los que trabajamos para que los turistas la pasen bien. Mi nombre es Adrián —contestó él respondiendo a lo que había dicho Fernando.
—Gracias —dijo Fernando—. No sabíamos, lo lamentamos. Ya mismo nos retiramos.
—No quise decir eso —dijo el hombre sonriendo—. Es sólo que no es un lugar divertido un entretenido. Supongo que usted y su novia tendrán mejores lugares donde pasar el tiempo.
La mirada que echó sobre Anaís fue bastante significativa para ella. Paseó esos ojos sobre ella como si la estuviera acariciando con la mirada. Ella sintió que el deseo se hacía más fuerte en ella. Sintió no sólo cómo el líquido cremoso salía de su panochita para mojar el tanga, sino también que sus pechos le pesaban más: se estaban muriendo por una caricia de esas manos que también percibió fuertes, y hasta un poco callosas.
Las palabras del hombre dejaban ver claramente a lo que se refería. Fernando no lo notó o quizás fingió no notarlo porque no se molestó.
—De todas maneras, no queremos interferir.
—Siempre es bueno tener visitas agradables. Disfruten su estadía —dijo Adrián mientras se alejaba de ellos no sin antes lanzarle una mirada al cuerpo de Anaís que acrecentó las sensaciones de su cuerpo fogoso.
—Que hombre tan amable, ¿no crees? —preguntó Fernando mientras ella trataba de aquietar las ganas que ahogaban su cuerpo. Regañó secretamente a sus pechos y a su chochito por sentirse de esa manera.
Nunca antes había sentido deseo por un hombre con sólo verlo. Ni por Fernando ni por ninguno de sus anteriores novios. Así que se inquietó un poco. Esa reacción no era propia de ella, no era normal. Ella no era una mujer de naturaleza sensual ni de andar buscando el placer por sí mismo o fijarse en lo físico y mucho menos sentirse atraída hacia un hombre con sólo verlo. No, así no era ella. ¿Entonces por qué esa extraña reacción?
—Sí, así es —dijo respondiendo a su marido. Pero más que amable, había sido atrevido con ella.
La forma en cómo la había mirado le dejó ver que le había parecido atractiva. Y de hecho lo era; siempre había llamado la atención de los hombres a donde fuera.
Era alta, el cabello rizado y castaño caía hasta la mitad de su espalda. Se veía abundante y sus rizos no eran rebeldes ni desaliñados, sino que le conferían un aspecto exótico. Su cuerpo era muy bonito. Los pechos eran abundantes porque la naturaleza así lo había decidido. La cintura era estrecha, mientras que las nalgas y los muslos eran llenitos y curvilíneos, pues Anaís se preocupaba por cuidar su cuerpo.
En parte era por eso que su hermana y algunas amigas decían que era mucha mujer para Fernando.
Pero eso no importaba. Era su esposa. Así que no tenía caso pensar en eso por más atractivo que fuera ese marinero. Y mucho menos cuando se había atrevido a mirarla de esa manera tan descarada.
Al recordar esa mirada, Anaís volvió a sentir que su cuerpo se preparaba para coger. ¿Qué le pasaba? Quizás era que hacía mucho que su marido no le hacía el amor. Sí, tenía que ser eso. Su esposo no era de muy fuertes impulsos sexuales, y ella se lo había agradecido porque ella tampoco lo era.
Caminó con su marido de regreso al camarote. Se vistieron para la cena y fueron al magnífico restaurante a disfrutar de la primera noche en el barco.
Había música, baile y hasta un espectáculo, pero Anaís no los observaba, no les ponía atención. Su mente estaba recordando a ese hombre que la había impactado como nunca antes lo había hecho ninguno.
Ella no tenía la culpa. Era demasiado atractivo. De seguro que cualquier mujer se habría sentido igual. Lo mejor era dejar de pensar en él porque a ese paso se le iba a inundar la conchita nuevamente.
Trató de pensar en otra cosa y volvió al camarote con su marido para dormir. Se dijo que si hacía el amor, iba a dejar de pensar en ese hombre, en Adrián, en alguien en quien no debía pensar.
Se puso una de sus mejores pijamas. Era de blonda, en color negro. La había llevado porque era la más ligera que tenía para contrarrestar el calor, pero ahora se dijo que podría servirle para seducir a su marido. Necesitaba su verga llenándola de inmediato.
Anaís se acercó a su esposo después de que este se puso su pijama y lo besó en la boca. La respuesta de él fue pasiva y poco animada. Entonces ella echó los brazos al cuello y pegó su cuerpo contra el de él para iniciarlo a la pasión.
—Espérame, Anaís —dijo Fernando soltándose del abrazo de su mujer—. ¿Qué haces?
Él la miró como si ella hubiera cometido un terrible delito. La muchacha casi nunca tomaba la iniciativa en cuanto al sexo, de hecho ya no recordaba cuál fue la última vez en que la idea de hacer el amor surgió de ella. Así que se sintió muy mal con las palabras de su esposo.
—Yo… pensé que… era buena idea… estamos aquí… es nuestra primera noche de vacaciones…
—Claro que no es buena idea. Yo estoy muy cansado —dijo él antes de acercarse a ella y tomarla de las manos—. Comprende, querida que el trabajo últimamente ha estado muy pesado y mi intención con este viaje es relajarme, descansar, pasar un tiempo contigo en unas vacaciones inolvidables… no necesitamos eso, por lo menos no por ahora.
Anaís se sintió mal. Como una pecadora. La culpa era de ese hombre Adrián que había incitado a su cuerpo a sentir lo que no debía. Ella había querido calmar su ansia con su marido, pero él no lo permitía y quizás tenía razón. Así asintió y bajó el rostro.
—No te pongas, así, querida —dijo él acariciándole una mejilla—. Duérmete creo que nos hace falta dormir para descansar y desde mañana tener unas vacaciones de lujo.
Ella sonrió triste y asintió.
Después de eso, ella y su marido se acostaron. No habían pasado más de quince minutos cuando ella escuchó los suaves ronquidos de su esposo, muy característicos y comunes en él cuando estaba cansado.
No lo culpaba del rechazo que ella había recibido. Fernando no era un hombre pasional y además estaba cansado, ella era una desconsiderada porque no comprendía.
Sin embargo, su cuerpo le ardía.
Cerró los ojos y trató de dormirse, pero era en vano. De nuevo recordaba al hombre, su apariencia y su voz. Era como si volviera a pasar los ojos por esas piernas enfundadas en ese pantalón ceñido, en ese falo que se notaba grande debajo de la fina tela. En su imaginación ella avanzó hacia él y puso la mano sobre ese gran paquete para sentirlo. Otra vez sus pecho se llenaron y su conchita despertó recordando el hambre que la aquejaba.
Se acomodó en la cama boca arriba. Trató de borrar aquellas imágenes y aquellas fantasías absurdas, pero eran más fuertes que ella. Se veía tocando ahora el pecho masculino y fornido. El hombre sonreía ante su caricia y la miraba desnudándola con los ojos. Le gustaba mucho esa fantasía y ya no quiso detenerla.
El hombre imaginario pasó su mano sobre sus pechos, los sopesó un poco antes de comenzar a acariciar un pezón son sus dedos. Se le pusieron muy duritos, muy excitados. Después la mano de él bajó hasta una de sus nalgas para acariciarlas levemente antes de introducirse por debajo de la falta corta y por debajo del tanga para encontrar la cuevita de su feminidad.
Allí, los dedos inexistentes acariciaron un poco el botoncito haciéndola sentir placer y ansiedad, y provocando que su chochito se abriera anhelante a los dedos que avanzaron para introducirse. Primero un dedo, entraba y salía resbalando por la crema caliente que de allí manaba. Luego otro dedo se unió y su placer fue mayor. Anaís no pudo evitar mover sus caderas de manera sensual y cadenciosa contra esos dedos que la atormentaban deliciosamente.
El clítoris recibió igual tratamiento. Mientras los dedos se introducían en su conchita para volver a salir y repetir el movimiento, el dedo pulgar acarició en círculo el pequeño botoncito que anhelaba el toque. El mecer de las caderas de la mujer era cada vez mayor. Quería que esos dedos enloquecedores le dieran todo el placer que tenía para ellos. Se movía entonces más rápido y más rápido. Su respiración se hizo más pesada, más cargada, el placer comenzó a invadir sus piernas que no la sostenían, pero no importaba porque esas manos no sólo la acariciaban si no que también eran su soporte. El placer entonces tomó su vientre y le llenó la panochita con un placentero orgasmo largo que resonó en las profundidades de su interior, y que después se extendió hasta sus pechos y el resto de su cuerpo. Los jadeos descontrolados salieron por sus labios señalando cuanto lo había gozado.
Pero era todo una fantasía. Los dedos que se metieron en su concha y que masajearon en clítoris eran los suyos propios, que ahora estaban mojados por los jugos de este lugar.
Miró su marido. No se había despertado, ni siquiera se había movido. Se preguntó qué clase de hombre era aquel que rechaza a su mujer y deja que se masturbe sola en la cama mientras él duerme a su lado. Por primera vez en ocho años, cuestionó su matrimonio.
No. Sacó ese pensamiento de su mente. Su relación con Fernando no era sólo sexo, nada de eso. Ellos basaban su vida en cosas más importantes. Era raro que siempre se dijera que había cosas más trascendentales, pero ahora que acababa de darse un orgasmo a ella misma no podía pensar en nada más.
Se reprendió por pensar en tonterías. Lo que debía hacer era dormirse. Tenía el cuerpo satisfecho así que no tendría problemas para dormirse.
Se puso de costado, de espalda a su esposo y cerró los ojos concentrándose para dormir. Sin embargo, entre sueños, se dijo que su satisfacción sexual era parcial, y por entre sus pestañas se coló la imagen de un hombre alto, fuerte, con un gran paquete con el que había fantaseado mientras a su lado dormía su esposo.

(Continuará…)

Lorna Durantti

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Escrito por Lorna Durantti

Soy Lorna Durantti. Me encanta el placer: verlo, saborearlo, sentirlo, olerlo, verlo y sobre todo, escribirlo. Quiero compartir el placer que escribo y que leo.

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