Vacaciones en Ibiza

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Cogí mi polla y con el glande acaricié los labios de su coño, suavemente, mojándolo bien con sus flujos, que ya salían abundantes. Con su mirada me decía que la metiera, pero también me decía que lo hiciera con cuidado, primero metí la punta, y ella abrió la boca, pero sin exhalar ningún quejido. Poco a poco fui entrando en ella, y aunque en algún momento se estremecía, no emitió ningún quejido y mi polla entró entera en su interior.

Bueno, no sé muy bien cómo empezar. Supongo que empezaré de la misma manera en que lo hacen todos los relatos, es decir, describiéndome. Me llamo José, soy bastante normal, no me considero especialmente atractivo. No soy ni muy alto ni muy bajo (1.70), no estoy gordo (70 kilos), mi piel es tirando un poco a morena (me pongo moreno con el sol en seguida), cabello moreno, ojos marrón y mi cuerpo es proporcionado. Ahora mismo tengo 31 años, pero lo que voy a contar me sucedió cuando tenía 23. No soy muy diferente ahora de cómo era entonces, apenas he cambiado, y aquello fue lo más increíble que me ha ocurrido en toda mi vida.

Como digo, aquello ocurrió hace ya algunos años, un verano bastante caluroso en el que me había quedado más tirado que una zapatilla vieja. Había estado saliendo con Olga hasta hacía dos meses, pero lo habíamos dejado. Cuando estábamos entre que lo dejábamos y no lo dejábamos mis amigos se montaron sus vacaciones, con lo cual me quedé fuera de los planes (bastante preocupación tenía yo con lo de mi novia). Total, que se me echó el verano encima y me quedé solo y sin planes de nada.

Era una época en que yo había acabado la carrera y, aunque yo había trabajado un par de mesecillos todos los veranos, ese verano decidí tomarme un respiro hasta que llegara el invierno, y entonces, empezaría a “buscarme la vida”. Cuando mis padres me vieron tan mustio en mi primer verano post-carrera me propusieron irme a casa del tío Juan. El tío Juan es el hermano de mi padre, vive en Ibiza, en una casa de campo, en la costa norte de la isla, alejada del mundanal ruido (aunque la verdad, al ser las distancias tan cortas allí, cualquier lugar de la isla está a media hora de coche). En principio no me sedujo demasiado la idea de pasar las vacaciones en casa de un familiar al que hacía dos años que no veía, pero en vista de que la alternativa era quedarme en casa, me decidí, llamamos al tío Juan, que en seguida estuvo de acuerdo (es muy enrollado), y al día siguiente, me dispuse a sacar billetes para irme allí. En principio me iba para todo el mes de julio, pero tampoco estaba muy seguro, así que dejé el billete de vuelta abierto.

Al cabo de cuatro días, ya estaba yo metido en un avión camino de Ibiza. Durante el vuelo comí algo, pronto llegamos al aeropuerto y, cuando entré en la terminal para recoger el equipaje, aún no era consciente de lo que me esperaba en los próximos días. Por mi cabeza pasaban imágenes de playa, relax y tranquilidad. Y… sí, de eso iba a haber, pero no sería lo único, ni mucho menos.

En la puerta de “llegadas” me estaba esperando mi tío, todo sonriente y agitando el brazo, como si yo fuera cegato. Me estrechó la mano y, tras intercambiar unas bromas sobre mi aspecto de zombi (piel blanca, no tocada por el sol, ojeras…), entramos en su coche y nos dirigimos a su casa. Tras media hora de trayecto en coche, me deleité con la visión de una bonita casa de dos pisos, con un precioso porche que daba a una piscina, con unos setos que la guardaban de la vista de curiosos y una vista preciosa de la costa agreste del norte de Ibiza.

En la casa no había nadie, y el tío Juan me dijo en seguida que mi tía (su esposa), y mis dos primas habían ido de compras, para llenar la nevera, y que estarían al llegar. Me enseñó mi habitación, en el segundo piso, y me puse a deshacer el equipaje y a meter cosas en el armario que habían vaciado para mí. Al cabo de poco rato, oí ruidos en el piso de abajo, en seguida bajé las escaleras y vi delante de mí una visión que siempre mantendré en mi retina. Mis primas se llaman María y Ana, la última vez que las vi, eran unas niñas, y así las recordaba. Lo que tenía delante de mí eran dos auténticas mujeres. María había terminado de desarrollar lo que yo recordaba que aún tenía a medias, era una chica preciosa, con una dulce expresión en sus ojos, preciosos labios carnosos, cabello largo y oscuro y unos grandes ojos marrones, no tenía mucho pecho, pero tenía unas preciosas piernas, aunque era unos centímetros más baja que yo, y un culito que quitaba el aliento.

Su hermana no le iba a la zaga, Ana era otro bombón, también morena, pero con el pelo más corto, a la altura de los hombros, unos ojos igual de marrones y abiertos que los de su hermana y una preciosa sonrisa, y además, algo que la diferenciaba de su hermana mayor: tenía unas tetas de escándalo, grandes, redondas y muy turgentes, que se movían arriba y abajo al andar, y que eran muy evidentes bajo su camiseta ajustada. En cuanto me vieron, dejaron las bolsas en el suelo y corrieron a darme la bienvenida. La primera fue María, que se abrazó a mí y me dio dos besos, la segunda fue Ana, que hizo lo mismo, aunque se apretó mucho más que su hermana, y sus tetas presionaron mi pecho, haciendo que la temperatura de todo mi cuerpo subiera dos grados de repente, especialmente en cierto lugar de mi entrepierna que apenas sentía desde que rompí con mi novia, dos meses atrás.

-¿Y yo qué?- dijo una voz detrás de mis primas.

Las dos miraron hacia atrás. La voz era de su madre, mi tía (no carnal), Raquel, que estaba aún con las bolsas de la compra, mirándome sonriente. Estaba igual que yo la recordaba, radiante y sonriente. Para los casi 40 años que tenía estaba muy buena. Se conservaba delgada, no fumaba ni bebía, tenía una bonita piel, una bonita sonrisa, un cabello rubio muy bien cuidado, que le caía ondulado hasta los hombros, y era todo curvas, tanto en las caderas como en los pechos. Ahora entendía de dónde había sacado Ana los suyos. Me dio también dos besos. Resultó que Ana también había heredado de su madre la costumbre de apretar sus tetas contra mi pecho cuando me besaba.

Después de intercambiar saludos, recuerdos de casa y todas esas cosas, volví a mi habitación para terminar de deshacer mi equipaje. Estaba entre encantado, embobado, excitado y, sobre todo, confundido. Que no recordara tener esas sensaciones en presencia de mis primas era normal, la última vez que las vi eran casi unas niñas. Pero lo de su madre era distinto, nunca la había visto de la manera en que la había visto hacía apenas unos minutos. Yo mismo me recriminé esos pensamientos, ¡qué joder, si son de la familia!, ni siquiera se me debería pasar por la cabeza.

En esas cavilaciones estaba yo cuando mis primas entraron en tropel en mi habitación. Por lo visto, en aquella casa había la costumbre de no llamar a las puertas. En seguida me dijeron que me pusiera el bañador y que bajara a la piscina con ellas. Les dije que sí, ¿cómo negarles nada? Tan pronto como hubieron salido de la habitación, saqué el bañador y me quité la ropa. Cuando estaba con una pierna levantada, metiéndola por una de las perneras del bañador…

-¡Ah! y no te olvides de la crema so….-Ana había vuelto a entrar en mi habitación (sin llamar, por supuesto), y me había pillado con el culo al aire, bonita forma de empezar las vacaciones.-…lar… ¡Ups! perdona José, ya me voy…-Dijo, entre enrojecida y, por qué no decirlo, un poco divertida. La oí correteando escaleras abajo cuchicheando con su hermana. Unas risas siguieron al cuchicheo, yo era el motivo, en fin…  Cuando llegué a la piscina, ellas ya estaban en el agua chapoteando. -¡Venga primo, quítate la camiseta y ven al agua con nosotras!- gritó María. -Síiiii- coreó su hermana inmediatamente después.

No las quise hacer esperar, me quité la camiseta y me lancé al agua.

-Que tienes que tomar el sol, que tienes el culito muy blancoooo…- Me soltó Ana, en un volumen más moderado, por si la oía alguno de sus padres. Ambas estallaron en carcajadas, a mí me subieron los colores y me sentí algo ridículo. En seguida se me echaron encima e intentaron sumergirme. Eran dos fierecillas muy nerviosas, se encaramaban en mí, me empujaban y, desde el primer momento, empecé a notar el contacto de su piel, de las manos y de los pechos de ambas, frotándose con mi piel a través de su bikini. Ellas hacían como si fuera lo más normal del mundo, estaban jugando con su primito, pero la normalidad desapareció de repente y empezaron a aflorar sus intenciones en cuanto María, de sopetón, echó mano a mi paquete. Aunque me encontraba en plena operación de echar un trago del agua de la piscina, noté que no era un contacto casual, a juzgar por el apretón de su mano en mi polla. Aún así, la chica sabía disimular muy bien, y continuó con el juego como si nada. Aquello prometía… Y las vacaciones no habían hecho más que empezar.

Las horas siguientes transcurrieron sin sobresaltos. Pasamos un buen rato más en la piscina, mis primas y yo nos pusimos al día, la verdad es que había un buen rollo tremendo. Después de cenar, mientras mis tíos tomaban una copa al fresco, en la terraza, mis primas y yo vimos una peli, tras lo cual, todos a la cama. En el segundo piso, mi habitación era la última a la derecha, para llegar antes tenía que pasar por delante de la puerta de la habitación de Ana, luego por la de María y finalmente, ya estaba en mi “dormidera”. Al fondo a la izquierda estaba la habitación de mis tíos.

Cuando ya llevaba dos horas en la cama me desperté hambriento. La cena había sido buena, pero la comida del avión no, por lo que mi déficit alimenticio ese día era considerable, así que salí sigilosamente de la habitación, en pantalones cortos y sin nada más, y me dirigí a la cocina. Cuando llegué, vi luz y en seguida me di cuenta que la luz provenía de la nevera, abierta. No sabía si estaba medio dormido, pero ante la puerta tuve una visión que me dejó de piedra. María estaba allí, vestida únicamente con unas braguitas de algodón blanco, minúsculas, y una camisetita que seguramente usaba sólo para dormir, pequeña para ella, aunque no pegada al cuerpo, y desgastada por el tiempo. Sus pequeños pechos se dibujaban, y se transparentaban con la luz de la nevera, que pasaba a través de la tela desgastada de la prenda que los cubría, su cabellera morena le caía por la espalda. Era una visión celestial. Se dio la vuelta.

-Hola José- sonrió- ¿tú también tienes hambre?- dijo, bajando la voz- Ven, hemos traído unos yogures que están para chuparse los dedos.

Me vi tentado de decirle lo que verdaderamente estaba como para chuparse los dedos, pero me contuve y me puse a su lado. Elegimos nuestro ágape nocturno y nos sentamos a la mesa de la cocina, uno frente al otro. Empezamos a hablar de cosas triviales, hasta que ella dijo.

-Me alegra que hayas venido José- Me miró con aquellos ojazos y creo que hasta un ciego se habría dado cuenta de la cara de bobo que estaba poniendo en aquel momento. Ella sonrió y dijo: -Han sido dos años sin verte, y te echaba de menos. Creo que lo vamos a pasar muy bien. -Claro que sí- dije, al tiempo que sonreía y recuperaba un poco la compostura. No estaba preparado para una conversación seria a esas horas.- Eso te lo aseguro. -¿Por cuánto tiempo te quedarás?- preguntó.

-No lo sé seguro aún, quizás un mes, si no es mucho abusar de la hospitalidad de tu padre – dije, al tiempo que me levantaba para coger otro yogur. -Espero que me dé tiempo…- murmuró María. -… ¿Cómo dices?, pregunté, a pesar de que había oído perfectamente lo que había dicho. -…er… nada, nada, que espero que lo pasemos bien- respondió ligeramente sonrojada.- bueno, qué, ¿nos vamos a dormir?

Dicho esto, los dos subimos por la escalera y, cuando llegamos ante su puerta, me cogió de las dos manos y me abrazó con fuerza y, con sus labios cerca de mi oído, me dio las buenas noches y me dio un dulce beso en la mejilla. Dicho esto, abrió la puerta de su habitación, entró, me dio una última mirada a los ojos y cerró la puerta. A esas alturas el sudor ya corría por mi frente y, cuando me acosté, me costó horrores dormir. Mi prima, María, había lanzado una ofensiva para seducirme, estaba más claro que el agua. Por una parte se me hacía la boca agua, y por otra, seguía con mis estúpidos remordimientos. Decidí no pensar en ello, ya sabría qué hacer en cuanto sucediera algo.

Al día siguiente, todo se desarrolló de la forma más normal. Mis primas tenían clases particulares (los estudios no terminaban de arrancar del todo…), y mi tío me dejó uno de sus coches, con el que me fui a la playa, donde pasé una mañana de lo más relajante. Al volver, me duché, comimos y me fui a mi habitación a sestear un rato. Por la noche no había dormido mucho, así que no me costó entrar en ese estado de semi-letargo que suele ser la siesta.

Medio ensoñado, mis ojos cerrados vieron a mi prima, María, acariciando mi pecho, bajo las sábanas, acercando sus labios a mi mejilla, y pegándolos a los míos en un profundo y largo beso, mientras su mano recorría mi pecho y mi vientre, y se metía bajo mis pantalones cortos… entonces abrí los ojos y me di cuenta de que no estaba medio ensoñado, sino totalmente despierto… pero resultó que no era María la que estaba en la cama conmigo, sino Ana. Debería haber reparado en ello mucho antes de abrir los ojos, porque notaba sus pechos grandes y suaves acariciando mi piel. Debo decir que, aunque casi me muero del susto al principio, no hice absolutamente nada por cortar con aquella situación. La mano de Ana había llegado al punto crítico y en aquel momento estaba agarrando mi polla, ya dura, y la estaba moviendo despacito y con ritmo lento.

Abrí la boca para decir que aquello era una locura, pero ella puso un dedo en mis labios…

-Sssshhh… Todos duermen. Tranquilo, tenemos un rato por delante primito…

Volvió a besarme, con su lengua penetrando sin ningún recato buscando la mía mientras su mano continuaba haciendo diabluras dentro de mi pantalón corto. Entonces se apartó y con un tirón, me lo quitó, yo levanté el culo y me lo sacó por los pies. En ese momento pude verla por completo, estaba desnuda por completo, y qué pedazo de tetas tenía. Redondas, grandes y con unos pezones redondos y grandes, que ahora veía erectos, apuntándome como pistolas. Una suave mata de vello se dibujaba en su pubis en forma de triángulo, tenía unas curvas que quitaban el hipo.
Sin darme tiempo a hacer ni decir nada, se montó encima de mí, a horcajadas, y empezó a restregarse por todo mi cuerpo, aquello me estaba poniendo malísimo, y ello se reflejaba en mi polla, que ya había adoptado un tamaño majestuoso y una dureza que ya casi había olvidado. Ella puso la mano entre nuestros cuerpos, la agarró y se la puso entre los labios de su pubis, pero sin metérsela. Miré su cara, tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos y su rostro reflejaba placer. En esa postura, empezó a mover las caderas, se estaba masturbando con mi polla y yo notaba el calor de su coño… y la humedad, ¡qué narices humedad!, ¡si estaba chorreando!, ya me había mojado la polla y los testículos, y continuaba moviéndose. Se enderezó un poco y me ofreció sus dos preciosos melocotones. Sin pensármelo dos veces, me metí en la boca uno de sus pezones y empecé a succionarlo con fuerza.

Estaba recuperando un poco el control de mí mismo, ya estaba despierto y, para mi sorpresa, en lugar de reaccionar echando a mi prima de la cama, me encontraba cooperando gustosamente con lo que ella me estaba haciendo. Sus movimientos se hicieron cada vez más rápidos encima de mí, ese masaje en mi polla que estaba haciendo con sus labios vaginales me estaba volviendo loco, pero a ella la tenía al borde del orgasmo. De entre sus labios empezaban a surgir suaves gemidos y jadeos, que se hicieron más continuados en cuanto ella llegó al orgasmo. Se corrió largamente encima de mí, y mis manos en su culito notaban cómo le temblaban las cachas con los espasmos de su orgasmo. Quedó tendida encima de mí, y yo me encontré abrazando su cuerpo jadeante. Empezó a darme besos en el cuello, en silencio…

-Ha sido una pasada primito… además de un culo precioso tienes una polla enorme- lo dijo divertida, como si nada, yo flipaba con mi prima- … pero falta algo…

Antes de que yo pudiera pensar qué era lo que faltaba, ella ya se había incorporado, había agarrado mi polla y había empezado a sacudirla rítmicamente y cada vez con más fuerza. Aquello era difícil de aguantar y cuando noté que me venía, arqueé la espalda y me corrí. Cuando corté con mi novia hacía ya un mes que no manteníamos relaciones sexuales, así que os podéis hacer una idea del tiempo que llevaba sin correrme. Vi la cara de sorpresa que puso mi prima cuando vio los seis o siete largos chorros de semen que salieron de mi polla, que le salpicaron los pechos y le dejaron toda la mano y mi regazo mojados con mi leche.

-Joder José, vaya corrida- dijo entre risas.- ¿Cuánto tiempo hacía que no te corrías? -Desde que lo dejé con mi novia. Respondí. -¿Lo habéis dejado?-Sí, hace dos meses.-Jo, mi hermana estará contenta- Sonrió.-¿Qué? -¿Es que estás ciego o qué? Le gustas. Joder, parece que la que tiene 23 años aquí soy yo. -¿y tú…? -¿Yo? ohh, no te preocupes. Estás muy bueno, y por eso he venido a verte, pero si tú te lo montas con mi hermana, no me importará, ya comprobarás que entre ella y yo hay un rollo muy especial. De hecho, le contaré que he estado aquí, tampoco le importará.- me guiñó un ojo.

Aquello estaba empezando a superarme, decididamente era así. Ana me dio un beso, me susurró al oído que lo pasaríamos muy bien esas vacaciones, se fue a la ducha y yo me quedé allí, cubierto con mi leche, con los ojos abiertos y flipado por lo que acababa de ocurrirme.

Al fin reaccioné y, mientras me limpiaba, pensé en lo que había ocurrido. Joder, acababa de llegar y resultaba que mi prima se había corrido encima de mí, tras lo cual me había hecho la mejor paja que me habían hecho en mi vida (la hostia, mi ex a su lado, una principiante), además, por lo ocurrido anoche y lo que me había dicho Ana, María iba por mí, y aún me quedaba por descubrir qué era eso del “rollo muy especial” que había entre ellas dos, aunque ya mi mente calenturienta (recuperada tras dos meses de “travesía por el desierto”), había empezado a imaginar lo que significaría eso. Y eran mis primas. Joder José, ¿qué coño estás haciendo? me pregunté. Desde luego, si mi tío se enteraba, me echaba a patadas de su casa, y luego estaba el dilema moral, aunque eso empezaba a dejar de ser un problema. Entonces pensé que mi sentido de la moralidad y de la responsabilidad me había privado muchas veces de placeres que, en el fondo, deseaba, así que llegué a la conclusión que detrás de esa falsa moralidad se escondía la hipocresía y el miedo al “qué dirán”. La determinación que tomé fue responder a los deseos de mi cuerpo, aunque con sigilo: no quería ningún conflicto familiar.

Tras la siesta, fui a ducharme y bajé a la piscina. Ahí estaba Ana, que me saludó con un “buenas tardes, primo” cargado de segundas intenciones y María, que aunque no me dijo nada, con su sonrisa delataba que sabía todo lo que había ocurrido hacía tan sólo un ratito en mi habitación. Yo no daba crédito, hablamos, bromeamos, nos reímos… como si nada hubiera pasado. Por mí, bien estaba, porque si el ambiente se hubiera enrarecido a causa del encuentro sexual, mis tíos lo habrían notado, sin duda.

Después de cenar, decidí irme a dar un “garbeo” nocturno por la isla. Nada serio, cogí el coche de mi tío, que ya había puesto a mi disposición y me fui a tomarme unos copazos por ahí. En Ibiza lo que priva son las macro discotecas, pero nunca han sido lo mío, así que me limité a visitar el puerto de Ibiza y sus bares, con todo el ambiente y el encanto de aquella zona. Me conformé con eso y me volví a casa. Otra media hora en coche. Era lo malo, la casa estaba algo apartada, pero el lugar era una pasada. Llegué a las 3 de la madrugada y, sin hacer ruido, metí la llave en la cerradura y abrí. No se oía nada, todo el mundo dormía. Después de beberme dos vasos de agua, fui arriba, me di una ducha y me fui a mi habitación. La luz estaba apagada, pero por la ventana entraba una preciosa luz de luna, que daba a la habitación un aspecto magnífico.

Me acerqué y en lugar de cerrar las persianas para evitar que entrara la luz, me quedé allí embobado, mirando al jardín. Debí perder un poco el norte, porque de repente, noté unas manos en mi cintura y un suave y perfumado aroma de mujer. Di un pequeño respingo de sorpresa, caí de la parra y me di cuenta de que estaba casi desnudo, sólo llevaba unos calzoncillos tipo bóxer blancos y nada más, cuando noté un suave cuerpo femenino pegándose a mí por detrás. En seguida adiviné quién era, unos pechos pequeños, pero que, a juzgar por el roce que sentía en la espalda, con unos pezones bien erectos.

-Buenas noches José…- Era la voz de María.

Un escalofrío de sorpresa y deseo recorrió todo mi cuerpo. María lo notó en seguida, y muy lejos de apartarse, se apretó y se abrazó a mí, besándome en el cuello. Sus labios se pegaban a mi piel, succionaban, y seguidamente se trasladaban unos centímetros para volver a succionar otra vez. Era fantástico, un cosquilleo me recorría el cuerpo, y un olor a mujer fresco y delicioso se me metía por la nariz hasta el cerebro para acabar de vencer la poca resistencia al deseo que me quedaban. Eso empezó a tener un efecto en mi entrepierna directamente proporcional a lo que sentía en el resto de mi cuerpo, y una enorme erección se comenzaba a notar bajo mi bóxers. Para terminar de “arreglarlo”, María empezó a hacer dibujos con una de sus pequeñas manos sobre mi vientre, dirigiéndose imparable hacia abajo. Primero por encima de la tela del bóxers, empezó a manosearme el paquete suavemente, sin presionar, notando los contornos de mi polla, que ya no aguantaba dentro de los calzoncillos.

-Joder primo… cómo la tienes…- Me susurró al oído.

Debo decir que, aunque quedo bastante alejado de los parámetros de Rocco Siffredi, mi polla, con sus 16 cm., no está nada mal. Así que dejé que me la manoseara un poco más y me siguiera besando, y entonces me di la vuelta, para encontrarme con sus ojos mirándome fijamente, deseándome y alegrándose de ver en mis ojos el mismo deseo. Ella llevaba un camisón ancho, de algodón, muy delgado y con unos finos tirantes en los hombros. Sin poder aguantarlo más, me lancé hacia sus labios, le atrapé con los míos su labio inferior, lo besé, tiré ligeramente de él, para poner mis labios sobre los suyos. Ella puso sus brazos alrededor de mi cuello y se pegó mucho a mí, mis manos acariciaron su espalda, suave y calentita por el sol del día, con su larga melena morena haciendo cosquillas sobre el dorso de mis manos. Bajé por su espalda, por encima de su camisón, hasta su culito, pequeño, redondito, como un par de melocotones maduritos y apetitosos pegados el uno al otro. Dio un ligero gemido mientras seguía besándome, mientras su lengua buscaba la mía, acariciándola y no queriendo soltarla. Cuando se despegó de mis labios, siguió besando mi cuello, muy abrazada a mí.

-Oh José, no sabes cuánto te deseo. Desde que te vi por última vez he pensado en ti todos los días, me he masturbado imaginándote, y el otro día, cuando mi padre dijo que venías a pasar las vacaciones, me creí la mujer más dichosa sobre la faz de la tierra, y más aún ahora que Ana me ha dicho que lo has dejado con la tonta de tu ex…- Su voz era un susurro que me sorbía el cerebro, que aceleraba mi respiración y que hacía que la sangre afluyera a mi polla hasta dejarla entumecida.

-Oh María… no he estado nunca con una mujer tan sensual…- acerté a decir.-José… te voy a regalar mi virginidad.

Glups… pensé. La verdad era que nunca había desvirgado a una chica. Pero lejos de acobardarme, decidí que, a pesar de los instintos animales que me estaban invadiendo, iba a ser muy cuidadoso, iba a intentar que a ella le doliera lo mínimo y le gustara lo máximo. Era mi prima, pero… ¡jooooder José, no fastidies! En aquel momento me di cuenta de que estaba empezando a verla como mucho más que mi prima, y no sólo como un objeto de deseo. María estaba empezando a gustarme mucho más de lo que en un principio habría podido imaginar… y lo bueno era que me gustaba la sensación…

Con mucho cariño, deslicé con la punta de los dedos uno de sus tirantes por el hombro, y uno de sus pechos asomó por encima de la ropa. Era, efectivamente, pequeño, pero era tierno, delicioso, y su pezón miraba hacia delante, con una aureola rosada e hinchada, y una punta grande y redonda. La besé en el cuello, con amor, la estreché entre mis brazos, ella suspiró. Le deslicé el otro tirante por el hombro y todo su camisón cayó al suelo a sus pies. Era una imagen para recordar durante toda mi vida. Guapísima, dulce, con la mirada llena de deseo, aunque también algo asustada. Sus pechos deseando ser acariciados, su vientre liso y entre las piernas, un triángulo de suave vello negro oscuro.

Ella alargó las manos, me manoseó el paquete, que había adquirido proporciones gigantescas, y luego se encaminó hacia el elástico del bóxer, tiró del hacia abajo y mi polla saltó afuera. Abrió los ojos de par en par, dejó caer el bóxer a mis pies y me cogió la polla con una mano. Se volvió a pegar a mí y me besó, al tiempo que empezaba a menearme mi pene muy despacio, como recreándose en la sensación de tenerlo entre las manos.

No se cansaba de besarme, y yo no me cansaba de sentir sus labios. La llevé hasta mi cama y, muy suavemente, la tendí en ella. Me miraba a los ojos, deseosa, la besé en los labios, en la barbilla, en el cuello, cerquita de las orejas, y empecé a bajar, con mi lengua, hasta llegar a sus pechos, y en ellos me entretuve, besándolos, sintiendo la suavidad y el calor de su piel, su olor y su sabor. Los acaricié con mis manos, y me llevé un pezón a la boca, quería degustarlos, quería chuparlos. Un estremecimiento la sacudió cuando notó el roce de mis labios que atrapaban su pezón, lo lamía con mi lengua y lo chupaba. Finalmente, succionándolo, tiré suavemente de él hasta que se escurrió entre mis labios. Jadeando estaba ya María cuando hice lo mismo con el otro pezón, pero con más fuerza empezó a jadear en cuanto notó mi lengua dirigiéndose directa hacia el ombligo, pasando de largo y encaminándose directamente hacia su triángulo de vello, que escondía debajo el preciado tesoro que María me iba a regalar.

Nada más llegar a su altura, noté el olor de su excitación. Separó las piernas, para dejarme espacio, y me acerqué a su entrepierna, dejando que notara el calor de mi aliento en su sexo. La besé en la cara interior del muslo, luego en el otro muslo. Ella deseaba ya sentir el contacto de mis labios y de mi lengua en su sexo, pero seguí besándola y lamiendo sus muslos, acercándome cada vez más al punto donde ella me quería. Por sorpresa, con un largo lametón, recorrí todo su sexo con la punta de mi lengua, lentamente, de abajo hacia arriba. Levanté un poco mis manos para que ella pudiera llegar a cogerlas, y lo hizo, como si necesitara agarrarse a ellas, como si fueran su tabla de salvación.

Entonces, una vez que le hube abierto los labios con mi lengua, empecé a lamerla allí, recorriéndolos de arriba abajo, metiendo la puntita entre ellos. Su olor me impregnaba la nariz, y su sabor bañaba mi lengua y mis labios. Estaba delicioso, y notaba cómo ella iba intensificando sus jadeos, notaba cómo me apretaba las manos entre las suyas, instintivamente, sin controlarse, sentía cómo su flujo empezaba a brotar cada vez con más abundancia, y aumenté la intensidad del contacto, hice que intervinieran mis labios, y los apliqué directamente sobre su clítoris, primero lamiéndolo, luego chupándolo, succionándolo, hasta que con ligeros gemidos:

-Ahora mi amor… ahora, quiero que lo hagas ahora…

En seguida entendí qué era lo que quería. Me incorporé rápidamente sobre ella, me miró a los ojos, entrecerrados, como soñolientos, deseosos… Cogí mi polla y con el glande acaricié los labios de su coño, suavemente, mojándolo bien con sus flujos, que ya salían abundantes. Con su mirada me decía que la metiera, pero también me decía que lo hiciera con cuidado, y así fue. Primero metí la punta, y ella abrió la boca, pero sin exhalar ningún quejido. Me incliné para besarla, y ella se abrazó a mi cuello, cerró los ojos y se tranquilizó. Poco a poco fui entrando en ella, y aunque en algún momento se estremecía, no emitió ningún quejido y mi polla entró entera en su interior. Me acomodé dentro de ella, dejando que mi pene se hiciera sitio y que ella se acostumbrara a la sensación. Cuando se vio penetrada y cuando ya hubo superado el primer dolor, ella se relajó, siguió abrazada a mí, daba la sensación de no querer soltarme nunca. Yo seguía besándola, degustando sus labios. Entonces empecé a moverme, con mucho cuidado al principio, yo estaba muy excitado, mi polla ya no podía crecer más, y ya notaba que su vagina se había dilatado lo suficiente como para dejar de sentir daño, además, estaba muy lubricada, y pronto empecé a moverme un poco más rápido.

Sus jadeos no tardaron en volver a aparecer, y poco a poco fui aumentando el ritmo. Estos se convirtieron en pequeños gemidos, tenía los ojos cerrados, pero en una de mis embestidas los abrió y me sonrió, radiante, espléndida, estaba disfrutando de lo lindo. Yo también, las sensaciones se estaban acumulando en todo mi cuerpo, y ya notaba el ligero cosquilleo que anuncia que el orgasmo, aunque aún no es inminente, ya está llamando a la puerta. Ella estaba mucho más avanzada, sus piernas se entrelazaron a mi cintura, y acompañaba mis movimientos con movimientos de su cintura, con eso me quería decir que acelerara, y lo hice.

Con el acelerón, lanzó un gemido más audible que los anteriores, y por un momento temí que la pudieran oír, aunque no estaba yo ya para esas delicadezas, y lejos de cesar en mi movimiento, lo aumenté más aún. María se vino en un orgasmo intensísimo, hasta el punto que pude ver claramente su vientre, vibrando por las contracciones de su orgasmo. Por un momento contuvo la respiración y luego exhaló un largo gemido, seguido de otros más cortos, emitidos al mismo ritmo de mis embestidas, que no cesaban, porque ahora mi orgasmo sí que era inminente.

-Córrete… córrete…- acertó a suspirar- Hazlo en mi vientre mi amor… quiero ver tu leche.

No se hable más, cuando ya vi que la cosa no podía durar más, saqué mi polla, y mi leche brotó en un reguero interminable que cubrió su vientre desde su ombligo hasta su pubis. Caí rendido a su lado, y ella en seguida se abrazó a mí, buscando mi protección. No me importaba que tuviera su vientre lleno de mi leche y que me estuviera pringando con ella, me daba absolutamente igual, la abracé con amor, apretándola contra mí.

-Oh, José, ha sido fantástico. Ni en mis mejores sueños lo había imaginado mejor- Me susurró, aún jadeante. La besé en la frente, y le acaricié los hombros y los brazos con el dorso de la mano. -Yo…-balbuceé. -Tranquilo, sé lo que hicisteis ayer mi hermana y tú- sonrió- no me importa. Descubrirás que entre mi hermana y yo hay una relación muy especial, y quiero que esa relación sea igual contigo, aunque para mí será mucho más especial.

Y ahí se quedó, a mi lado, acostada. No tardó en quedarse dormida, y a mí eso me resultó delicioso. Por un momento pensé que estaba soñando, y que al momento me despertaría en mi casa, en mi cama, aún cagándome en todo y lamentándome por la ruptura con mi novia. Pero pasó el rato y no me desperté, sino que seguí allí, con María a mi lado. Al cabo de un rato, ella se despertó, se levantó, se metió en el baño para ducharse y volvió a su habitación, había unas apariencias que había que mantener. Yo me quedé en mi cama, esperando a que terminara ella, y luego me duché yo. Iban a ser unas vacaciones muy largas.

Autor: Jizzmannp

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Escrito por Marqueze

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