Verano de sorpresas XVIII (Confesiones de Primavera V)

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–          ¡Qué pena! Nosotros hemos vivido ya unas cuantas y no me puedo quejar pero siempre me joderá no ser yo el protagonista de vuestras aventuras- el sábado siguiente tomábamos café con Jovi y le contamos el episodio con Nacho.

–          ¡Hombre, tu primera vez fue de película, no te quejarás!- Ana le dio un beso, cariñosa. Con Jovi tenemos una relación muy estrecha y íntima a todos los niveles, sin secretos ni tabúes. Sólo faltaba que su mujer entrara en nuestros juegos. Todos estábamos ansiosos por ver aquella experta mamona en acción. Pero Jovi no estaba seguro de conseguirlo.

–          Claro que no, fue muy especial, no lo olvidaré nunca. Y hablando del tema: ¿os parece que invite a Rocío a correr con nosotros? A ver si os va conociendo mejor y consigo el valor para invitarla a nuestros juegos…

–          Por nosotros, estupendo, por supuesto. Pero no te hagas ilusiones. No todas las semanas vamos a tener la suerte de la semana pasada, tío. Y con Carla por allí, las broncas serán más habituales que las pajas –nos hizo reír Ana.

–          Sí, seguro. Oye, deja que vea el vídeo otra vez- le dejé el móvil y vio de nuevo la paja de Ana a Nacho- ¡Ufff! ¡Cómo estarías de cachondo, Luis!

Ana me sonrió, cómplice, le fue a sacar la verga a Jovi, que ya mostraba un bulto considerable bajo el chándal y lo acarició con mucha calma. La verga de Jovi era más gorda que las nuestras y sus dedos no abarcaban todo el tronco. La cabeza, rosada y brillante, aparecía y desaparecía con el movimiento tranquilo de mi mujer. Sentada frente a Jovi, se dobló para besar delicadamente el glande de mi amigo y se mojaba los labios con el líquido preseminal que ya chapoteaba en el prepucio de Jovi. Cuando el video terminó, Ana lo montó a horcajadas, cabalgando sobre su verga. Jovi le abrió los cachetes y ayudo a que yo la penetrara por detrás. Los sándwiches eran nuestro plato preferido y lo disfrutamos hasta el final.

A la mañana siguiente fuimos, por fin, puntuales y salimos todos juntos a correr. Además de los de la semana anterior, vino Rocío por primera vez, así que el ritmo fue muy trotón, casi de paseo para nosotros. Al llegar a la cumbre de la otra vez volvimos a parar para reponer fuerzas.

–          Chicas, ¿me acompañáis a hacer pipí?- preguntó Rocío, empapada en sudor. Sus pezones se marcaban sobre el tejido técnico del suéter pistacho. Debía llevar una coraza en lugar de sostén para poder correr.

–          ¿Acompañarte? ¿Dónde? ¿No tienes sitio aquí? –la que habló fue Carla. Todos temimos que empezara otra vez con la discusión y ya pensábamos cómo intervenir para zanjarla cuando nos llevamos la sorpresa del siglo- Aquí no tenemos costumbre de escondernos, monina- se separó unos metros del camino y se bajó los pantalones y las bragas hasta las rodillas. Cogida al tronco de un pequeño árbol, sacó el culo hacia afuera para no mojarse los pies con el pipí.

Por primera vez, Ana se mostró sorprendida al verse adelantada por Carla. Era algo que nadie esperaba y no contábamos con ello en nuestros planes. Pero Ana se decidió y no la dejó sola; había que aprovechar aquel ramalazo de Carla y la imitó. Por fin, Rocío, más recatada, se sentó al revés, ocultando el culo. Ante su mirada, los tíos sólo mirábamos a hurtadillas mientras apurábamos los bidones de agua y intentábamos disimular nuestras erecciones: mientras a Rocío solamente pudimos adivinarle sus formas, a Ana y Carla les veíamos salir el chorrito de pipí y hasta supimos de la fuerza que hacían al mear por las contracciones de sus ojetes. Durante la semana siguiente las pajas que los cuatro nos hicimos recordando esos culazos fueron incontables.

Pero aquel día no pasó nada más. La carrera, esos sí, siguió mucho más alegre después de aquello: los chicos, cachondos y sintiéndose afortunados y las chicas reconciliadas y casi cómplices. Hasta Rocío se veía muy interesada en formar parte de la facción femenina y no se separó de ellas, charlando animadas mientras corrían. Poco sospechaban que Ana ya estaba planeando el domingo siguiente.

Cuando salimos, ya nos separamos en dos grupos: los chicos apretamos más y nos separamos, más tranquilos de saber que no iban solas y que al final llegarían también al mismo punto de reunión. Así fue: cuando nosotros casi acabamos de comer, llegaron ellas, jadeando, sudorosas bajo un sol que ya ardía en aquella época del año desde muy temprano. Y como ya era costumbre, antes de salir había que mear.

–          ¡Venga chicas- dijo Ana, pícara- vamos a enseñarles el culo a estos niñatos!- y como la vez anterior, Carla se sujetó al mismo árbol. Pero esta vez Ana se sacó una pernera por el pie, quedando más desnuda y sentada de cara a nosotros. Rocío, algo indecisa y aún un poco tímida, decidió sentarse de lado mirando a sus amigas, dejándonos ver sus nalgas de perfil, sólo entreviendo la raja del culo.

–          ¿Es que vosotros no meáis nunca? ¡Venga esas pollas, fuera ya!- exigió Ana acompañada de las risas y los gritos de Carla y la risita tímida de Rocío. Rápidamente, tomé la iniciativa y Nacho y Jovi me siguieron al punto. Nos bajamos las mallas hasta las rodillas y nos cogimos las pollas morcillonas delante de ellas.

–          ¡Así son mis chicos, muy bien! –gritó Ana. Carla se levantó de sus cuclillas para doblarse por la mitad, apoyando los brazos en los muslos, porque quería vernos mejor, con lo que también nos ofrecía una mejor vista. Rocío, por su parte, roja como un tomate, decidió enseñarnos por fin el culo y se colocó como Carla. Tenía un culo bonito, pero pequeño. No tenía nada que ver con las nalgas potentes de las otras dos y en aquella posición los cachetes se estiraban del todo abriendo su ojete como una flor rosada. El resto de chicos se animó y todos sacudimos nuestras pollas frente a las tres chicas aunque todos habíamos meado antes de que vinieran.

Y así hubiera acabado todo, entre risas y cachondeo, si no hubiera sido por Ana. Como tenía previsto cuando se quitó el pantalón, apoyó las palmas de las manos en el suelo detrás suya, plantó bien los pies y se abrió totalmente de piernas con el culo a un palmo del suelo. Los tíos nos quedamos paralizados, aguantando la respiración: Ana nos miraba con un mohín perverso cuando empezó a mear con fuerza. Vimos como el chorrito describía un arco que llegó a un palmo de nuestros pies. En unos segundos todos estábamos empalmados y nos la meneábamos mirando a las tres chicas medio desnudas frente a nosotros. Las tres acabaron de mear y miraban a Ana acariciarse el coño y a los chicos pajeándose frente a ella. De repente, la sorpresa fue mayúscula: Rocío se levantó y, cuando todos esperábamos que se subiese los pantalones para irse, se arremangó lo suficiente para caminar y se acuclilló delante de mi para, de un solo movimiento, tragarse mi polla hasta los huevos.

Empezó una mamada espectacular y yo me dejé llevar. Una vez más, los tíos se quedaron paralizados por la sorpresa; en cambio, Carla y Ana estaban en plena competición y ninguna quería quedarse atrás. Rápidamente, tomaron la iniciativa y si Ana eligió a Nacho y Miguel, Carla se quedó con Juan y Jovi. Las chicas fueron tragándose las pollas alternativamente, pajeando al que quedaba libre. Al rato, fueron buscándose por otros caminos y acabaron follando los seis por todos lados: ahora un sándwich, ahora tres, ahora solos… Rocío, en cambio, se dedicó a mi por entero, así que fui el primero en correrme; estallé en su boca y se tragó toda mi corrida. Las descripciones de Jovi no exageraban lo más mínimo.

–          Gracias, Luis. Me ha gustado muchísimo- yo alucinaba con aquella bajita tetona. ¡Me daba las gracias a mi después de la mamada que me había regalado! Esa chica era un sueño. Me dio un largo beso y acaricié aquellas tetas enormes como despedida antes de que se fuera a por el siguiente. Se arrodilló frente a Nacho y se tragó la polla como antes había hecho conmigo. En dos segundos Nacho tenía los ojos en blanco: cogió la cabeza de Rocío a la altura de las orejas y le folló la boca hasta que se corrió entre gritos de placer.

Aún no tenía la segunda corrida en el estómago cuando la mujercita tímida de Jovi se tragó su tercera polla. Esta vez fue Juan, que no tardó mucho en correrse, aunque prefirió correrse en su pelo mientras ella le comía los huevos. Aún así, le dejó la polla limpia como una patena a chupetones, para cazar los restos de su tercera ración de semen. Mientras, Jovi y Miguel sodomizaban a Carla y Ana respectivamente y estas, viendo que se iban a quedar sin macho que llevarse a la boca, se sacaron las pollas del culo y se las llevaron a la boca hasta que se tragaron toda su corrida.

–          Chicas, hoy estáis empatadas del todo. ¡No sabría decir cual de las dos es más puta que la otra! –yo sabía que diciendo esto me aseguraba futuras aventuras con Carla, que tenía una fijación total en superar a Ana en lo que fuera. Y así lo confirmó ella en seguida.

–          ¡No se ha dicho aún la última palabra, cerdo!- todos nos reímos y fuimos a abrazarla y a hacerle bromas, todavía con las pollas goteando. El premio, de todas formas, se lo dimos por unanimidad a Rocío. Jovi estaba exultante:

–          Tío, qué raro es todo esto. Cinco tíos le dan a mi mujer el trofeo a la más puta y en lugar de liarme a trompazos estoy otra vez empalmado. ¿Te lo crees?

Y tanto que me lo creía. Yo me sentía igual de feliz con mi mujer, rodeada de hombres que la adoraban y acariciaban su hermoso cuerpo, y cómo ella conseguía encabritar sus miembros y hacerles gozar de todas las maneras posibles. Y cada vez había más hombres y más mujeres con los que disfrutar de la vida. A tope.

Otro día contaré cómo lo hicimos.

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