VIAJE A RONDA

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Durante los largos años que había vivido, en muchas ocasiones había viajado a la provincia de Málaga, pero nunca había visitado Ronda. Desde hacía algún tiempo tenía ganas de ir a pasar algún tiempo al lugar, y conocer el lugar, sus costumbres, y sobre todo sus paisajes, aunque no sería lo único que conocería.

Como siempre que viajaba lo hacía solo, normalmente para superar alguna mala racha, pero viajar era el único método de olvidar los problemas que me rodeaban, y que me agobiaban sobremanera. Cogí el tren en Granada, con destino a esta localidad malagueña. Ya en la estación de Granada pude ver que el tiempo me acompañaría, y durante los 3 días que pensaba pasar allí, me permitiría pasarlo bien. Cuando entré en la estación de trenes, pude ver una pareja de lo que aparentaba ser una pareja de recién casados, ya que el barón aparentaba ser un chico de unos 30 años, de un pelo oscuro, y ojos azules profundos. Igualmente tenía un mentón fuerte y perfilado.

En cuanto a su cuerpo era increíble, pues mostraba unos pectorales bien formados y un trasero perfectamente perfilado. De sus brazos se desprendía una leve capa de vello, casi castaño, y muy sensual desde mi punto de vista. Ese regalo del cielo, al menos mediría 1,90 y su peso seguramente oscilaba entre los 90 y los 100 kg. Se notaba que solía hacer ejercicio. Aparentemente su mujer era también bastante guapa, ya que noté como acaparaba la atención de más de un pasajero en la estación. Por mi parte que contaros, solamente soy un chico normal y corriente, de complexión normal. Mis ojos son azules claros, y tengo pelo rubio. Mido 1,85 m. y peso unos 95 kg. Soy administrativo, aunque solamente trabajo eventualmente.

Compré mi billete, y tomé el regional que me llevaría hasta mi destino. Ya en el tren, y para mi alegría, constaté que el matrimonio viajaba en el mismo vagón que yo, por lo que pude recrearme bastante durante el viaje con la visión de mi delirante desconocido. Durante el trayecto, y para mi incomodidad no tuve más remedio que dirigirme al baño del tren, el cual, obviamente esta en condiciones lamentables. Entré a descargar la vejiga y ahí llegó el primer encuentro. Cuando salía del baño el joven pretendía entrar con aparente urgencia.

-Disculpe – dijo apresuradamente.

Se pasó entre el marco de la puerta, y mí cuerpo, rozándonos de frente. Noté todo su cuerpo contra el mío, era un cuerpo como aparentaba, robusto y firme, al igual que su paquete, que se presentaba muy prometedor. Pero lo más erótico de todo fue esa mirada que clavó en mis ojos, una mirada profunda, que aunque duró unos segundos, me dejó marcado para siempre. Era como una invitación, como un saludo de alguien que se conoce de vista desde hace tiempo. Fue algo desconcertante. Durante el viaje noté como él me miraba de vez en cuando.

Era algo que me ponía súper caliente, pero que no dejaba de ser una cosa normal, total, si yo también lo miraba continuamente, ¿Qué esperaba? Quizás una mala mirada, quizás alguna muestra de desprecio, pero nada de eso. El viaje continuó con normalidad, por mi parte concienciado de que aquella relación no podría tener lugar, simplemente opté por no mirarlo más, y 10 minutos antes de mi llegada a Ronda, me salí con mi mochila hacia el pasillo. Inmediatamente que el tren paró me bajé y me fui del lugar, intentando olvidar aquellos ojos, que tan profundamente me habían calado. Sin pensarlo me dirigí hacia mi hotel, un poco resignado, porque no decirlo.

Cuando me hube ubicado en mi habitación, un poco cansado por el viaje, pensé en salir y dar una vuelta, pero no tuve muchas ganas, y simplemente me tumbé en mi cama, a pensar un poco. En esos momentos volvieron los recuerdos de chico del tren, y no pude evitar calentarme nuevamente. Ese era el momento de hacerme una monumental paja, que se la iba a brindar a este chico, que no había maneras de sacarme de la cabeza. Finalmente quedé profundamente dormido. Al día siguiente, por la mañana me levanté y me fui a desayunar

, durante ese día, ya simplemente me dediqué a lo que era habitual, visitar los lugares de interés, como el palacio Mondragón, la plaza de toros tan famosa, y como no, el puente nuevo “el tajo”, con esa vista tan espectacular. Pero me sentía un poco solo.

Por la noche, cuando llegué al hotel, estaba tan cansado que cuando me tiré a la cama no podía ni tan siquiera concebir el sueño; las 00:30 de la madrugada debían marcar en mi reloj. Pensé durante unos segundos, y me lancé a la calle, a darme un paseo, no sabía donde ir, ni que hacer, pero me apetecía salir un rato. Comencé a pasear a lo largo de todo el balcón que comprendía entre el parador nacional, y pasado el parque que estaba junto a la misma plaza de toros; en ese transcurso me paré apoyándome en una de las barandillas del mencionado balcón. El aire me golpeaba en la cara, y me producía un cosquilleo muy agradable. Durante unos minutos permanecí en ese estado, hasta que la presencia de alguien me desconcentró. Cuando miré hacia mi lado quedé atónito, pues el chico del tren venía paseando, lentamente, en mi misma dirección. No pude evitar quedarme mirándole. Cuando pasó a mi lado me volvió a mirar, e intentó decir algo, pero calló y continuó su camino.

No había dado ni cinco pasos cuando se volvió y me miró. En ese momento interrumpió su marcha para hablar: -¿oye nosotros nos conocemos?-, preguntó finalmente.

-Pues, si… creo que nos conocimos en el tren desde Granada hasta aquí, respondí.

-Ahhh, ¡si!, ahora te recuerdo.

La conversación se hizo un poco extraña, porque no sabíamos como romper el hielo y se agudizó la vergüenza que a ambos se notaba que nos envolvía.

-¿Bueno, y que haces tú por aquí, vives aquí?, preguntó.

-¿Yo?, no… no… yo estoy aquí de turista-, contesté.

-Ahhh… perfecto. ¿y que te está pareciendo Ronda?-, volvió a preguntar.

-Pues me esta gustando bastante, ¿y a ti?-, pregunté ya con algo más de confianza.

-Pues a mi también me esta gustando mucho… y por cierto soy Miguel -, terminó diciendo mientras extendía su mano hacia mi.

-Pues encantado Miguel, yo soy David – dije mientras estrechaba su mano.

La mano de Miguel era cálida y fuerte. Era la mano de un hombre que realizaba algún tipo de ejercicio, pues era una mano ruda, y firme. Aquella situación me produjo un escalofrío por todo el cuerpo, un manantial de sensaciones recorrieron hasta el último rincón de mi cuerpo. Era como un orgasmo, pero como el de la primera vez que lo deseas con todas tus fuerzas.

En ese momento comenzamos a caminar, sin ningún rumbo en concreto, y dedicamos el tiempo a conocernos un poco. Sus palabras eran claras y concisas en lo que querían decir, y me tenía prendado de una manera extraña. No obstante, no podía dejar de mirar su paquete, firme y abultado, o sus labios perfectamente perfilados, y una barba de 2 días, de lo más sexy. Pero lo que me tenía más capturado eran sus ojos. Sin darme cuenta, ya cuando le contaba algo, inconscientemente le tocaba en el hombro, a modo de mantenerle atento en lo que decía, como siempre hacía con mis amigos. A lo largo del paseo, comencé a notar que había algo entre los dos, una complicidad, que me gustaba mucho.

Me daba tranquilidad y a la vez ganas de lanzarme a sus labios y besarlos con ternura o locura… que más da pues invitaban a ambas cosas. Cuando llegamos sobre una parte de aquellos increíbles acantilados, me apoyé de espaldas a la baranda de protección, y miré hacia el cielo, contemplando esa despejada noche de verano. Cuando bajé la cabeza, Miguel, estaba a una palma de mí, frente a frente. Mi primera reacción fue de sorpresa, pues no le esperaba allí, tan cerca de mi. Pero cuando acercó su cara a la mía, relajé mi cuerpo, lo dejé que se acercarse al suyo, y cerré mis ojos. Con mucha ternura note que su mano se apoyaba en la mía, al mismo tiempo que lo hacían sus labios.

En un principio pensé en que alguien nos pudiera estar mirando, pero luego pensé; ¡¿y que más da, aquí nos conoce alguien?!. Ese beso duró apenas 10 segundos, en los que mis labios fueron aprisionados por los suyos. Cuando abrí mis ojos, ya se había separado, y me miraba esperando una reacción. En ese momento no pude hacer nada. Miguel s

e desplazó un momento hacia el balcón, y me invitó con su mirada a acercarme. Justo en el momento que me acercaba a él, su mujer se acercó a donde estábamos nosotros.

-Miguel, es tarde, te vienes para el hotel ¿o qué?

Durante unos segundos este dudó, pero finalmente se despidió de mí con un saludo con su cabeza y se fue con ella. Yo quedé totalmente destrozado, por haber saboreado la gloria, y haberla perdido en unos segundos. Lleno de rabia y de impotencia, me fui hacia el hotel. Había perdido la oportunidad de mi vida, pues me había enamorado inconscientemente de Miguel, y no podía hacer nada por recuperarlo. Aunque lo hubiera encontrado, seguro que me hubiera pasado lo mismo que esa noche, y su mujer hubiera sido un obstáculo para nosotros. Ya en ese momento y sin poder remediarlo, dos lágrimas cayeron de mis ojos. Fue cuando tomé compostura, me puse firme, me sequé los ojos, y me prometí olvidarle. Así me fui a la cama y quedé dormido.

A la mañana siguiente, decidí ir a dar un paseo por los caminos que rodean Ronda, y me recomendaron ir hasta la iglesia o ermita de La virgen de la cabeza. Así pues, muy temprano por la mañana, con el atuendo típico para una excursión a pie, me coloqué unos pantalones cortos, y un polo, y junto con unas zapatillas de deporte, decidí iniciar mi excursión. En pleno camino, hacia el lugar se acercó un squad (moto de 4 ruedas), típico para hacer excursiones por el campo, algo así como el todoterreno de las motos (para el que no lo supiera). Cuando pasó a mi lado, se detuvo.

-¿Puedo llevarle a algún sitio?, preguntó el desconocido, mientras se quitaba las gafas de sol.

Miré a esa persona fijamente, y quedé paralizado al percatarme de que era Miguel, el que la conducía. Mis ojos brillaron de alegría, mi boca se resecó del nerviosismo, y mi cuerpo entero temblaba. Aquello era un milagro. La oportunidad se me volvía a presentar, y ahora no estaba dispuesto a dejarla pasar. En menos que canta un gallo, me subí a la moto, y pegué mi cuerpo al suyo, notando su dureza, su calidez, su sudor que transpiraba a través de su camiseta, y ese olor de hombre, que me hacía enloquecer.

Cuando me percaté que no había nadie en nuestra trayectoria, cogí con mis manos, y le abracé, pegando mi cara junto a su espalda. La mano de Miguel, cogió la mía, y la llevó hasta la parte baja de su camiseta, y mi mano subió por su pectoral, bajo su camiseta. Pude acariciar el fino vello que ya había observado con anterioridad, y que como pensaba era de lo más sexy. Poco a poco fui bajando mi mano hasta su paquete, para acariciarlo suavemente, provocándole una tremenda erección. Por mi parte en esos momentos estaba también totalmente empalmado, pues la situación así lo imperaba.

Miguel conducía sin rumbo, aunque a mi no me importaba hacia donde fuera, simplemente, estaba a su lado, bien agarrado, y con eso me bastaba. Cuando llevábamos unos kilómetros andados, llegamos a un lugar que le llamaban la cueva del gato, donde había una preciosa cascada, al igual que un pequeño lago, todo ello proveniente de un nacimiento de agua. Cuando nos bajamos, sin pensarlo, ambos nos tiramos al lago, con las bermudas que ambos llevábamos. Nadábamos, reíamos, y nos tirábamos agua. Miré a mí alrededor, y vi que no había nadie, así fue como tomé en ese caso la iniciativa, y me dirigí hacia Miguel. Una vez que estuve a su lado, le cogí por la cintura, y le pegué a mi cuerpo, besándole yo en esa ocasión.

Miguel respondió rápidamente devolviéndome el abrazo, y agarrándose a mi cintura con sus pies. Pero nuevamente fuimos interrumpidos por unos extraños, que se acercaban pasando por un puente de madera, que debo aclarar era de dudosa estabilidad. Esta vez dijo Miguel que sabía como no nos molestarían. Salió del lago, y me hizo un gesto para que le siguiera. Cogimos el squad, y me llevó hasta un lugar alejado de la gente, allí, en una zona con árboles, me cogió entre sus brazos y me dirigió hasta una zona llana, y con pocas piedras en el suelo. Cogió de su mochila una amplia toalla, y la tendió en el suelo. Instintivamente yo en esos momentos me tumbé sobre ella, y le extendí mis brazos a modo de invitación. Suavemente Miguel se echó sobre mí, dejando caer todo su peso, y colocando sus manos entr

e mi espalda y el suelo. Igualmente hice yo, rodeándole con las mías. Nos besamos nuevamente, y nuestras lenguas empezaron a encontrarse, y unirse, en el beso más erótico y caliente que yo había tenido hasta el momento.

Dirigí mis manos hasta su culo, y lo apreté con fuerza. Una de mis manos empezó a masajearle, produciéndole un notorio placer, ya que separó su boca de la mía, y empezó a jadear. Giré mi cuerpo para poder salir, pero consiguiendo dejarle boca abajo en la toalla. Una vez hecho esto me coloqué tras de él, y le bajé el pantalón, dejándole con el slip simplemente. A continuación, le propiné un pequeño mordisco en uno de sus glúteos, para pasar al otro, y repetir la operación en varias ocasiones. Sus manos se tornaron hacia su espalda, y agarraron mi cuello, para mantenerme en esa posición, es decir, mordisqueando su precioso trasero.

Dejé que pasaran unos minutos, para con mis mismos dientes, bajar su calzoncillo, hasta las rodillas, y finalmente bajarlo con mis manos. Ahora pues se presentaba indefenso ante mí, con su culo totalmente a mi disposición. Me volví a introducir en sus piernas, lamiendo y mordisqueando sus muslos, para poco a poco seguir subiendo hasta sus glúteos, a los cuales nuevamente volví a mordisquear y lamer. Miguel, ante tanto placer, no pudo hacer más que gritarme que siguiera, y extender sus piernas para dejarme hacer. A continuación, comencé a subir besando su cuerpo desde la cintura hasta el lóbulo de la oreja, pasando por sus amplias espaldas, y deteniéndome en su cuello, donde lamí y mordisqueé hasta llevarle a la locura. Una vez que hube llegado a su oreja, fue Miguel quien se levantó y me devolvió el favor, masajeándome la espalda, al mismo tiempo que lamía cada rincón de mi cuerpo, besándolo y mordisqueándolo. Cuando se introdujo en mis piernas, chupó mis huevos, produciéndome un placer indescriptible.

Lo siguiente, giró mi cuerpo, y me dejó tumbado bocarriba, dejando mi miembro libre. Se tumbó sobre mí y comenzó a chuparme los pechos, mientras me masturbaba con la una de sus manos, y masajeaba mis huevos con la otra. Me levanté y cuando estaba en pie, me introduje su polla en mi boca, sin pensarlo un segundo. Chupaba, lamía y masturbaba a la vez. Fue en dos ocasiones las que tuve que detenerme, para evitar que se corriese más pronto de lo debido. A continuación le pedí un 69, que aceptó sin pensarlo, pero que pidió fuera de otro modo al habitual. Así pues me cogió por los pies, elevándolos hasta sus hombros, para finalmente levantarse y dejarme colgando de él. Una vez estaba de pie, mi cabeza daba hacia el suelo, frente a su enorme polla, que seguro alcanzaba los 22 cm. en esos momentos.

Así mismo mi culo, totalmente al descubierto quedaba frente a su cara. Así, sin más esperas yo comencé a chuparle la polla, a la vez que él me propinaba el mejor beso negro de mi vida, todo ello, obviamente orientado a lubricarme para posteriormente embestirme, como lo haría. A los pocos minutos, su lengua fue sustituida por uno de sus dedos, el cual yo mismo había lubricado. Posteriormente, otro dedo se unió al primero, para dilatarme más aún. Una vez que estuve preparado, me tumbó sobre la toalla, bocabajo, listo para recibir semejante regalo. Extendí mis glúteos, con mis propias manos, e intenté relajarme lo máximo posible. Mientras tanto Miguel había cogido su mochila, de la cual había sacado un preservativo. Igualmente sacó un botecito, de lo que parecía vaselina, pero que no sabía ciertamente cual era su contenido. Se colocó su preservativo, y luego lo lubricó con esa crema, para posteriormente tumbarse sobre mí. Noté como su polla pasaba por mis glúteos, y se quedaba a la entrada de mi esfínter. Luego me besó y mordisqueo la nuca, para posteriormente pedirme permiso para comenzar a penetrarme.

Por mi parte cogí su mano, y la apreté con fuerza, para luego llevármela a mi boca. Noté como ese monumento me hacía suyo, entrando inicialmente su glande, de un grosor relativamente desmesurado. Al principio fue algo doloroso, pero una vez entró esa parte, el dolor dejó paso a un calor y un placer increíble. No obstante era extraño, pues hasta aquella ocasión nunca me habían penetrado, y la sensación fue muy buena, más bien, sublime. Not&eacute

; como poco a poco fue apoderándose de mi, hasta que su pelvis tocó mi trasero. Fue una sensación estupenda, saber que tenía ese tesoro totalmente para mí. Pasó unos segundos para iniciar sus embestidas, en un principio muy lentas, obviamente para que el lubricante hiciera su efecto, y más rápidas y salvajes en segundo lugar. Para evitar gritar de placer tuve que morderme los labios e introducirme algunos de sus dedos en mi boca. Su sudor corría por todo mi cuerpo, excitándome aún más, si cabía la posibilidad.

A continuación, y sin sacarme su miembro de mi, colocó su mano en mi tórax, para realizar un giro de 90º y dejarme de lado, y así continuar su tarea. En esta ocasión, sus dedos acariciaban y pellizcaban mis pezones, y mis manos las dirigí hacia su trasero, para pellizcarlo, acariciarlo y masajearlo, y como no, para procurar que su movimiento de penetración no se detuviese. Me paré a reflexionar durante unos minutos y me sentí mejor que nunca antes me había sentido en mi vida, siendo desflorado por la persona de la cual yo me había enamorado. Cambiamos de posición, esta vez me tumbó boca arriba en la toalla, y colocó mis piernas sobre sus hombros, para echarse sobre mi pecho y clavarla sin piedad.

Al principio sentí dolor por la extensión de mis piernas, pero el placer que me estaba propinando su embestida lo valía todo. Fue cuando me dejé a la pasión, y olvidándome de todo empecé a gemir, y pedirle que me lo hiciera con más fuerza. Un poco extenuado, Miguel se tumbó en la toalla, y fui yo él que me senté sobre su enorme polla. Esa posición era también muy agradable, pero también muy extenuante. Fue en ese momento cuando me levanté para retirarle el preservativo, y intentarle hacer que se corriese, todo ello mediante una suculenta mamada.

Por mi parte, aún no había llegado al orgasmo, cuando Miguel me indicó que cogiese otro preservativo, y un poco de lubricante, que deseaba tenerme dentro de él. Sin pensármelo me lo coloqué y lubriqué su longitud, para posteriormente lubricarle su culo con mi lengua, y con el resto de la crema que aún quedaba en mis dedos, que introduje en su culito, y sin pensármelo ni un minuto más, me dispuse a penetrarle. El tacto de Miguel, era muy cálido, y su esfínter dilató rápidamente ante la presencia de mi polla, que seguramente en esos momentos también alcanzaría los 20 ó 21 cm. A diferencia de la polla de Miguel, la mía era aún más gruesa, y con más cuidado tuve que iniciar la penetración.

En un principio sentí que le produjo algún dolor, pero cuando mi polla estaba a mitad del camino, este empezó a relajarse. Así pues, con más tranquilidad terminé por conquistar esa cueva, calida y humedad que se presentaba de lo más prometedora. A cada embestida que le propinaba, un gemido de placer o dolor, no sabría muy bien, conseguía arrebatar de los labios de Miguel. Mientras le embestía, también le acariciaba y le mordisqueaba sus orejas, o le daba pequeños besos en sus resecos labios. Cuando llevaba unos minutos en esa posición, y por la excitación que estaba experimentando, no aguante más, y noté como mi polla explotaba como nunca antes lo había hecho, pero que afortunadamente fue recibida por el preservativo. A pesar de ello, Miguel, que nuevamente presentaba una erección, procedió a masturbarse, consiguiendo una nueva corrida. Extenuados los dos, nos quedamos tumbados el uno al lado del otro, abrazados y dejando nuestras mejillas unidas.

Bajé mi boca y le besé nuevamente. Le conté que me había enamorado de él desde que le vi en la estación de Granada, y que me sentía muy feliz aunque nunca le pudiera tener. Fue ahí para mi sorpresa cuando me contó que la persona con la que viajaba no era su mujer, sino su hermana, que él estaba separado desde hacía dos años, y que lo dejó porque se dio cuenta de que no quería a su mujer sexualmente hablando, pero que a pesar de todo seguían siendo amigos. Desde ese momento, nos fuimos a vivir juntos, y nos queremos mucho, hemos tenido otras experiencias, tan fenomenales como esa, y espero que siguan siendo así. Quiero dedicar este relato a una persona muy especial para mí, pues a pesar de que nos conocemos desde hace poco tiempo se ha portado como nadie conmigo, siendo mi confidente, dándome su confianza sin esp

erar nada a cambio, y ahora le quiero como un miembro más de mi familia. Es por eso que te lo dedico a ti Jesús M. G.

Autor: jp280278

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Escrito por Marqueze

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