VISION ENDIABLADA

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La verdad es que esa visión me hizo asomarme a un mundo que ni siquiera sabia que pudiera existir ya que para mí el matrimonio era la única forma natural y aceptada dentro del cual era posible encausar toda mi incipiente sexualidad. Me había casado virgen y vivía feliz y tranquila en plena armonía con mis principios. Tengo 28 años y mi marido 30.

Era un día como todos. Mi marido se había marchado a su trabajo y yo esperaba que mi hermano, que pasaba con nosotros una semana, también se marchara a los tramites encomendados por su empresa, para disponerme luego a comenzar las tareas rutinarias de ordenar la casa. Me encaminaba hacia el cuarto de baño cuando lo vi.

No sé que fue lo más impactante en ese momento. Si la figura del hombre desnudo, que era en realidad el único que había visto aparte de mi marido, o el hecho que ese hombre desnudo fuese mi hermano menor o quizás si reconocer que la prenda intima era indudablemente mía.

Estaba allí sin que se hubiese dado cuenta que yo lo observaba.

Su erección era descomunal, y al extremo de su miembro y sobre su reluciente cabeza, mi pequeña braga amarilla oscilaba como un erótico emblema subiendo y bajando al ritmo de las contracciones que él voluntariamente se ocasionaba moviendo su miembro de abajo hacia arriba.

No tuve tiempo de elaborar nada y seguí hasta el baño con una mezcla de inquietud y sorpresa que no me abandonaría con el paso de las horas.

Si bien al comienzo trate de decirme que lo que había observado era una simple casualidad en un hogar donde comparten tres personas, hube de admitir, a medida que pasaban las horas, que los tres elementos nombrados se hicieron cada vez más significativos hasta el limite de alterar completamente mi percepción intima.

Esa noche, el encuentro sexual con mi marido se transformó completamente. Se llena de imágenes nuevas y percibo mi cuerpo de una manera diferente. Me he llenado de latidos desconocidos, de fuertes contracciones involuntarias en mi sexo y de vacíos que aparecen y desaparecen ocasionándome placeres profundos que casi me dan temor.

Al día siguiente me he dado cuenta que mi conducta diaria se altera y mi mente se llena de pensamientos extrañamente promiscuos que en un comienzo rechazo, que luego termino por comprender y finalmente acepto casi con deleite. Tengo que ordenar el cuarto de mi hermano pero no me atrevo.

Lo que hasta antes de la visión era simplemente una tarea rutinaria de aseo, se ha llenado ahora de significado, como si en ese cuarto hubiese algo que no sé reconocer, pero que me ocasiona temor y al mismo tiempo un tremendo atractivo. Cuando entro por fin en el cuarto las piernas me tiemblan y me doy cuenta que lo único que deseo con ansiedad es encontrar mi prenda amarilla, esa que vi oscilando en el extremo de su miembro descomunal.

Voy revolviendo todo sin orden alguno y me desespero al ver que mi búsqueda resulta infructuosa. Estoy ahora con las manos mojadas, sudorosas y siento un dolor en el bajo vientre, hasta que por fin levanto casi con rabia la almohada y el color amarillo de mi braga desencadena en mi un latido casi orgásmico. Estoy desesperada, la tomo en mis manos, la acaricio, la doy vuelta, la beso, la huelo.

Tiene un olor extraño agradablemente agrio, es un olor que me recuerda algo pero no sé que es y al final caigo en cuenta que es olor a intimidad de hombre y pienso que quizás mi hermano ha usado mi prenda, la ha vestido. La idea me enloquece y ahora estoy latiendo entera y la parte interna de mis muslos se están rozando sin que pueda evitarlo, pero esa idea es remplazada luego por otra mucho más audaz y seductora y ya no soy dueña de mí.

Levanto mi falda inspecciono mi sexo mojado y latiendo con impudicia y casi en forma automática me saco mi braga blanca humedecida, la llevo a mis narices para comprobar que está impregnada de mis secreciones de hembra y de mi olor y la dejo bajo almohada de mi hermano como el más desvergonzado, impúdico y silencioso de los mensajes. Luego abandono el cuarto con las bragas amarillas en la mano y soportando un orgasmo que casi termina por abatirme.

Mi vida intima ha cambiado defin

itivamente. Esa noche hago el amor con mi marido como una desconocida, como una descarada, me abro para él como una cualquiera, quiero ser pecadora y deseo que mi marido me violente, me parta, quiero ser la mas puta de las putas. Lo monto, lo cabalgo hago esa noche cuanto he oído o leído y llego hasta el agotamiento con mi sexo adolorido y latiente sin haber logrado calmarlo.

Sola, durante el día, puedo al fin pensar.

Admito que estoy poseída por una calentura diabólica y casi malsana, pero no me siento mal. Sé que estoy deseando con desesperación a mi hermano, pero no he dejado de desear a mi marido y lo amo como siempre. La señal que le he dado a mi hermano dejando mis bragas mojadas bajo su almohada es inadmisible, de modo que él sabe lo que me pasa que sin duda ha de ser el mismo deseo suyo. Pero aparte de eso estamos totalmente incomunicados pues ninguno de los dos tomará iniciativa alguna. Las palabras, pecado e incesto han de atormentarlo como a mí, pero yo debo admitir que al mismo tiempo esas palabras me hacen pensar en paraísos de placeres desconocidos e infernales.

Entro en su cuarto y voy directo a observar bajo su almohada Allí están mis bragas blancas, aún tibias, inundadas de su semen, impregnando mi rostro con su aroma arrebatador. Sin lugar a dudas se ha estado masturbando con ellas.

Yo no se como se originan estas situaciones, simplemente están pasando y yo estoy en medio de ellas.

Mi marido está radiante con mi comportamiento intimo con él, Volvió más temprano y me asedia sin pudor en cualquier rincón de la casa. Yo, con la calentura que la situación con mi hermano me ha generado, ando con el sexo mojado, los pechos duros, los pezones dilatados, las caderas casi me molestan y tengo que moverlas. Mi marido me acaricia el culo en cuanto tiene la oportunidad metiéndome su mano entre los muslos sin recato alguno. Simultáneamente yo siento la mirada de mi hermano clavada en mi trasero y solo de pensar en esa mirada mis nalgas parecen separarse y juntarse voluptuosamente y al sentir ese extraño latido, de pronto, se abalanza sobre mi mente como introducida por el diablo una escalofriante solución a mi disyuntiva.

Ahora me ha invadido la tranquilidad porque tengo diabólicamente claro lo que habría de hacer. No sabía en absoluto el resultado que tendrían mis descabelladas acciones pero no había confusión en mi mente.

Mi marido me lleva a la cama más temprano que de costumbre ya que nuestro comportamiento casi grosero nos tenía incendiados. No quisimos apagar las luces y él fue feliz destrozándome la ropa intima mientras se desnudaba mostrándome su miembro aterrador. Lo mamé entero durante largos minutos, le pedí que me penetrara como un toro, que me destruyera. En la intimidad de nuestro encuentro loco nos decíamos palabras soeces para estimularnos aun más, para darnos a entender el uno al otro que estábamos casi más allá de la realidad y que permitiríamos todo. Había dejado abierta la puerta de nuestro cuarto sabiendo que mi hermano estaría escuchando y hasta podría estar viéndonos.

Me había montado en mi marido mirándolo de frente, porque él quería morderme los pezones mientras me penetraba. Yo aumentaba el placer elevándome levemente y descendiendo para sentir mejor su miembro en mi fondo y fui inclinándome lentamente para que mi culo se viese entero caliente y electrizado y en el paroxismo del deleite me acerqué al oído de mi marido y le dije con voz caliente.

– Te gustaría que lo llamara?

Me quedé un momento inmóvil porque me había lanzado al abismo llevada por mi calentura suicida. Entonces él me dijo.

– Está detrás de ti amor.

Sin enderezarme moví ligeramente la cabeza vi a mi hermano ya subiendo a la cama. Era un hermoso monstruo de deseo. Sus ojos brillantes, sus piernas separadas y su verga erecta como un tronco. Dejé de mirar, porque la sensación de sentir la cabeza quemante de ese miembro tocando mis nalgas desencadenó un latido descomunal en mi culo que pareció dilatarse desmesuradamente. Ese conducto virgen aún, estaba latiendo, mojándose abundantemente y la penetración comenzó a llenar todas mis expectativas y a barrer con todos mis temores.

Y mis dos machos comenzaron a buscarme sin desesperación, con sabiduría y con ternura, cada uno por la ruta que yo, en mi locura, les había destinado. Sentía el roce que cada uno experimentaba a través de la fi

na pared que los separaba y desde la cual se me desencadenaban los orgasmos más perversamente placenteros que habría de experimentar, porque estaba sabiendo que la muerte por placer podría ser posible Era feliz sin ser infiel.

Lo que he vivido no es solamente una forma desmesurada de placer sexual, sino una forma de entender que nuestros cuerpos son capaces de comunicarse de una forma que nuestras mentes jamás podrían lograr.

Autor: Vinka

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Escrito por Marqueze

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