Yaz, buen culo, cuñada de mi jefe

Después de mi divorcio, por motivos de trabajo, me trasladé al norte del país, a Monterrey, Nuevo León. Ahí mi patrón abriría oficinas y yo como encargado.
Yaz cursaba en su segundo matrimonio, su esposo también divorciado previamente y, con cuatro adolescentes por mantener (dos cada uno) el trabajar ambos era obligatorio; él, saliendo seguido por su labor, a veces por varios días y ella dando clases en la universidad o asesorías particulares en casa.
Tan entrados ambos en el trabajo que su matrimonio entraba en dificultades, casi no se veían, hababan poco y, del sexo, ni hablar, cero contacto.
Una mañana, esperando en la oficina, la ví entrar, preguntó por el patrón, respondiendo que no estaba. Hizo un gesto de angustia, diciendo que tenía un problema y, sabedor que al jefe le gustaba que atendiésemos bien al cliente, me ofrecí a ayudar después de haberme presentado.

Al escuchar que en su casa había habido un corto circuito, le aclaré que no era el ramo de la empresa, por ello no podría ayudarla. Entonces se presentó como Yaz, cuñada del jefe, tomé el teléfono, le expliqué al patrón que no había pendientes, le comenté la situación de su cuñada y me ofrecí a solucionarla.
Habiendo aceptado el jefe, subimos al auto de la empresa, donde siempre hay herramientas suficientes. Por atender otras cosas antes de salir no la había visto bien pero, al bajar del auto, para entrar a su casa… que mujer tan bien formada, 1.67 de estatura, ojos negros, de mirada profunda, labios carnosos, unas tetas tamaño 100, la cintura breve que daba pauta a un par de nalgas duras, hermosas y éstas, a su vez, a unas piernas formidables. Ella me sorprendió mirándola y solo pudo sonrojarse.

Resolver el corto fue fácil, en diez minutos estaba listo, me disponía a salir pero me preguntó que si podría acercarla a un bar, para una cita con sus amigas, que solo se arreglaría, claro que esperé. En menos de media hora salía de su habitación enfundada en una polo, botones abiertos que dejaban presumir un buen escote, unos leggins blancos que permitían ver unos pantys corte francés, resaltando sus piernas y sus nalgas así también unos tenis que usaba con tines blancos y vivos en color durazno.

Durante el camino fui discreto, la miré sólo un par de veces y a los ojos, sin embargo mi mente iba en ideas de lo que me encantaría hacer con su cuerpo, sexo nada más por el placer del sexo.

Al llegar al bar, se bajó despidiéndose con un beso en la mejilla, que fue correspondido. Me quedé observándo su caminar, ese vaivén de su culo, pensando en la rico que sería meterme en él y disfrutar largamente hasta correrme, antes de entrar a la puerta del bar, se encontró con otra dama, que resultó ser una exnovia mía con quien el sexo fue delicioso desde la primera vez y, también desde la primera vez, incluía la penetración anal. Si nombre: Camila.

Pasó una semana y Yaz volvió a la oficina, arguyendo que estaba cerca y pensó en pedirme el favor de colocar unas lámparas fuera de su casa, de esas que se activan al oscurecer, sutilmente hizo notar que no le había yo llamado, a lo que comenté que no tenía su número y, además, no pretendía generarle problemas en su matrimonio… “mi matrimonio no tiene problemas, no los tendría sí me llamarás, porque mi matrimonio sólo existe en el papel, en la realidad sólo somos dos adultos que se preocupan por los hijos y tenemos presente que lo demás ya no existe…”. En ese momento escribió su número en un papel y salió de la oficina dejándolo sobre el escritorio. De inmediato lo recogí, marqué y colgué desde mi celular y lo guardé bajo el nombre de Camila, de ésta manera mi patrón no podría saber de quién era en caso de llegar a verlo.
Dejé pasar un par de días y me hice presente en su casa, sin previo aviso, abrió la puerta, al verla en un short ajustado y playera sudada que permitía ver sus senos tuve una erección , me saludó de beso y me permitió pasar. Al pasar rocé sus nalgas, ella emitió un gemido suave y ahí supe que la tenía lista. Dejé la herramienta en el piso la coloqué de espaldas a mí, la sujeté suave pero firme, la atraje con mis brazos y recorrí lentamente su cuello con mis besos. Ella soltó la firmeza de su cuerpo y se fue amoldando al mío, sus nalgas empujaban hacia mí mientras mis manos se metían bajo su playera, aflojé el sostén-que se abría al frente- y tomé ambos pezones entre mis dedos, no estaban totalmente duros pero pronto lo estarían. Caminamos a la sala, las cortinas no dejaban que nos vieran desde afuera, mis besos seguían entre su cuello y sus oídos, la giré hacia mí y empecé besando sus ojos, bajé a sus labios, seguí a sus senos y me apoderé de sus pezones. Por su parte, ella acariciaba mi espalda, acariciaba mis nalgas y, poco a poco, acarició mi bulto. Esa fue la señal para empezar a dejar la sutileza y entrar de lleno a procurarle placer.

Retiré su blusa y corpiño, ella mi playera, zafé el botón de su short y lo deslicé, con su ropa íntima, al suelo, ella lo botó al retirarlo con los piés y procedió a quitarme el pantalón y zapatos.
Ya ambos nos metíamos mano por donde se pudiera, los besos llevaban mordidas suaves y no tanto, la puse sobre la bracera la dejé caer de espalda al asiento, subí sus piernas a mis hombros y, con algo de rudeza, la pensaré de una.
Duramente arremetía dentro de su vagina, ella apretaba sus talones contra mis nalgas procurando más fuerza en cada empuje, el calor de la ciudad y la fiebre de sexo tenían sudorosas las pieles, el olor a sexo llenaba el ambiente, llevábamos unos quince minutos cuando, sin esperarlo, sentí que me mojaba, bajé la vista a su sexo y pude notar otro chorro, y un tercero y… Ella me pedía, no, me exigía seguir más tiempo pero, la abstinencia de seis semanas y lo rico que se movía a mi encuentro, me llenó de placer y no pude evitar eyacular dentro de ella.
Nos quedamos quietos unos instantes, hasta que me dijo “ahora subamos a mi habitación, porque ahí estaremos más cómodos “.
Dejando la ropa tirada me tomó de la mano y fuimos a su habitación, me abrazó tiernamente y me dijo “necesito sentirme mujer, mi marido no me atiende”, callé sus labios con un beso, la tomé por la cintura y, con una mano, tomé su cabello y lo jalé hacia abajo, esto la tomó por sorpresa, sin decir más morí su cuello, solté el cabello y le di un azote en la nalga, su ternura despertó un afán de fuerza, de cogerla duramente, de saciar nuestros cuerpos.
Me acosté en la cama, mi pene apuntando al techo y le dije “Mami, vas a montarme como si te fuera la vida en ello, quiero que saques la puta que llevas dentro, haz de cogerme hasta que te corras”, “sí, papi” respondió y se subió en mí al tiempo que, con su mano, guiaba mi instrumento a su interior.
La faena duró unos 20 minutos, se corrió de una manera deliciosa, un orgasmo múltiple que baño mi cuerpo y la ropa de cama; cansada por el esfuerzo, se acomodó en la cama, la deslicé a la orilla, le indiqué que flexionara las piernas, separándolas, metí mi cabeza entre ellas y comencé a darle una buena mamada, succionando sus labios, mordiendo suavemente su clítoris y yendo hasta el ano, una y otra vez, metí dos dedos buscando el punto g, metí otros dos dedos en su ano de una vez, la profanaba repetidamente, si clítoris atrapado entre mis labios, los líquidos de su vagina escurrían hacia abajo lubricando los otros dedos, sus piernas se tensaron y otro explosivo orgasmo como, bañándome la cara, yo seguí un par de minutos y lentamente me detuve, su cuerpo volvió a relajarse, y me acosté a su lado, besos y caricias llenaban el silencio, hasta que de sus labios salió “Nunca había metido nada por atrás, ha sido delicioso, me llevaste a la luna”.

En ese momento yo seguía duro, la coloqué en cuatro, la penetré por su concha empapada y reiniciamos. Yo empujaba a fondo, procuraba llenarla bien para satisfacerla y, con eso, que accediera a tener más sesiones de sexo conmigo.

Le acariciaba la espalda, le apretaba las tetas, le daba una o dos nalgadas de vez en vez. El sudor se incrementaba, los jadeos aumentaban también, de pronto arqueó la espalda, su vagina me apretaba y se corrió expulsando chorros. Disminuí el ritmo, más no paré del todo.

Seguía entrando suave desde atrás de ella, giró para verme saliendo mi pene de su interior al tiempo que me decía “cariño, creo que me estoy enamorando de tu verga papi”, ¿quieres más? pregunté, “sí mi amor, quiero que me dejes llena, plena”.

La volví a acomodar de perrito, ells separaba sus nalgas con las manos, le besaba la espalda y, tomando mi pene con la mano, fui recorriendo la cabeza por el surco, al sentir menos resistencia sabía que estaba la entrada, empujé suave, mi cabeza entró con un poco de dificultad, ella solo atinó a decir “suave cariño, sé gentil por favor”.

Al volver a empujar noté que me costaba trabajo entrar, bajé la mirada y sí, ahí estaba yo, mi pene entraba dificultosamente por su ano, le pedí que se masturbase el clítoris, su mano desapareció entre sus piernas. Dejó de estar tensa y se fue relajando, esto hizo que las embestidas fueran más fáciles, nos volvimos más violentos, ella reculaba al ritmo que yo empujaba, su mano seguía enfrascada con su sexo, a veces sentía en mi verga cuando metía sus dedos por la vagina, duramos unos 15 minutos en esto hasta que estallé dentro, le llené el culo de mi leche por tanto placer que sentía, no pude más y caí sobre de ella aplastándola con mi peso, en ese momento pude sentir como los espamos vaginales y rectales eran fuertes, simultáneos, expimiéndome la leche, se vino largamente, depués comentó que había sido su primer orgasmo anal

Pasados unos minutos, ya acostados juntos, platicamos de la experiencia, “es la primera vez que le soy infiel a mi marido”, confesó, “también es la primera vez de mi  culo.

Con la plática me enteré que Camila era prima de mi patrón, que en el bar Camila le dijo que yo me parecía a un exnovio con quien había vivido las mayores exoeriencias sxuales de la vida, hasta hoy, así que Yaz tubo la idea de comprobarlo y, bueno, estabamos por dormir para que, al despertar, pudieramos constatarlo una vez más esa tarde.

Por tres años lo constatamos dos o tres veces a la semana por tres años. La próxima vez les diré de mi venganzacon Camila pero, como decía la abuela “eso, es otra historia”.

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