84 EN MOSTRADOR

Tama era una de esas chicas que no se ven.

Que pasan por tu lado y si no estás decididamente interesado no ves ninguna cualidad notoria.

No es que no fuera apetecible, pero no lo notabas sin proponértelo.

Tenía de todo pero no se veía, era como un intangible.

O mejor dicho; era como el mueble que más usas y nunca te fijas en cómo y de qué está hecho.

Trabajaba con nosotros en una de aquellas oficinas donde la gente está más lista para la risa que para la obligación.

Fue en aquel corto período de buen humor que Buenos Aires tuvo cuando la Democracia cumplía su primer restaurado año en 1984. Me tocaba ser Jefe y “arengarlos” racionalmente para cumplir objetivos irracionales.

Obtener resultados donde antes solo surgían datos inconsistentes.

En una de esas arengas, mientras apoyaba mis manos sobre el mostrador de Atención al Público, Tama decidió extender todo su cuerpo, cruzarlo sobre ese mostrador y tomar una carpeta de algún estante en el otro lado.

Nadie lo notó. Ni le dio importancia.

Seguimos hablando del resultado esperado, del esfuerzo necesario, del reporte justo. Pero sus dos tetas se aplastaron cada una contra cada una de mis manos.

En ese momento tampoco yo noté nada,

Ni me pareció importante.

El contacto duró menos de un minuto y el tema del trabajo siguió mereciendo más atención.

En el transcurso del día creció en mi una sensación de incomodidad a la que no le encontraba explicación.

Supuse que era vergüenza ajena.

Estimaba que había malogrado una decisión propia de pasar desapercibida, así que la llamé a mi oficina para ofrecer disculpas. Entró, como siempre pidiendo permiso, casi sin desplazar el aire en el espacio que ocupara.

Nunca lo había notado y ese día descubrí que portaba un monumental culo que no cabría en un solo sueño.

Minifalda, piernas, medias negras y tacos, el conjunto era muy agradable y su andar no merecía haber sido ignorado tanto tiempo. Cerró la puerta y se acomodó en una silla del otro lado del escritorio.

El recuerdo de la dureza de sus tetas me estremeció, y sin querer me descubrí al palo, impedido de pararme para hablar, evitando que así se descubriera mi enorme excitación.

Empecé por decir boludeces.

No podía tocar el tema para el que la había llamado y no tenía realmente ningún otro en común. De a poco fui dejando correr mi anatomía sobre la silla y hasta quedar semiacostado cubierto hasta la cintura por la mesa.

Una erección dolorosa me manejaba la entrepierna.

“Tama, realmente quiero que sepas que estoy apenado.” – Pude por fin decir.

Aunque seguía pensando en su culo, sentía la obligación de disculparme.

“No entiendo Martín, no creo haber cometido ningún error, o alguna falta laboral.”

Yo había bajado el cierre del pantalón y mi mano acomodaba la pija para aliviar un poco de su tensión.

“No es nada de eso. Es por lo de hoy en el mostrador. No tuve la velocidad necesaria para retirar mis manos y apoyaste tus pechos en ellas. No quiero que te sientas mal, no guardo ninguna intención y creo que ninguno de los muchachos lo notó.” – Apenas podía evitar tocarme bajo la mesa mientras la miraba.

“Si es por eso no se preocupe, entiendo que no haya sido importante ni notorio para usted.”

El “para usted” me golpeó.

Si dijo “no para usted “, es que había un “sí para mí “.

Estaba masturbándome inconscientemente mientras hablábamos.

Subía y bajaba mi mano desarrollando en todo su esplendor el poder del mástil.

A veces chocaba contra la tabla de la mesa y tenía que volver a acomodarme para poder disfrutarlo, aunque el ruido fuera sospechoso.

Y una mano sola sobre el escritorio era bastante delatora.

“¿Quiere que haga algo, que lo ayude?.”

No puede estar hablándome de esto, pensé

“No, Tama. Quédate tranquila el trabajo está bien.”

“No estoy hablando de trabajo”. – Y me miró.

En menos tiempo que mi respuesta estaba arrodillada bajo el escritorio con la pija en la boca.

La persiana americana cerrada cumplía su objetivo y nadie podía ver que pasaba en mi oficina.

Acurrucada en el hueco bajo del escritorio Tama engull&iac

ute;a y saboreaba cada centímetro del palo con modales expertos e hirvientes.

Por mi parte estaba prendido de la gloria con alfileres.

Tenía el corazón a seis mil vueltas y el sentido común no dejaba de recordarme lo peligroso de la situación.

Si la puerta se abría terminaba pidiendo trabajo en un aserradero del Amazonas.

Seguía mamándomela.

Había soltado el cinturón y el pantalón estaba completamente abierto. La sangre se impuso sobre mi cerebro y mis manos fueron desesperadas a recorrer sus tetas.

Duras y carnosas resistían la exagerada presión que ahora les imponía y me devolvían gotas del excitante sudor nativo en el valle que las separa. Realmente su imagen besándose con mi pija era increíble y tanta calentura solamente podía terminar de una manera.

Mi leche brotó a borbotones inundándole la boca.

Se deslizó arrastrándose por la alfombra desde abajo del escritorio de nuevo hasta su silla. Acomodó la ropa y se cruzó de piernas.

“Realmente exquisito”. – Comentó.

Yo estaba dando vueltas mentales por el vecindario y no encontraba las palabras para seguir más tarde y más cómodos.

“¿Podemos seguir hablando de esto después de hora?”.

Insoportablemente pelotuda mi frase, (todavía siento esa sensación cada vez que recuerdo.)

Se paró y salió.

Veía ahora como brillaba y cuantas cosas se desteñían a su alrededor, pero nadie más lo notaba.

Para el resto seguía siendo el mueble más querido.

Yo apenas podía contar los minutos que faltaban hasta la salida y entonces volver a verla brillar.

Caminé en silencio hacia el ascensor esperando encontrar un indicio de alguien que hubiera notado el cambio. Sospechaba de cada saludo, de cada sonrisa. De cada mirada. Pero nada era distinto a lo habitual.

Tama caminaba saludando entre la gente y solamente yo parecía verla. Como siempre algunos respondían por cortesía y otros apenas inclinaban la cabeza a modo de saludo.

Muy pocos la miraban. Ninguno la notaba.

Tomamos el ascensor, repleto de salientes empleados, y ella quedó justo delante de mí.

Invisible para el resto, su mano derecha hacia atrás acariciaba mi miembro con un descaro plagado de morbo y sexualidad. Brillaba para mí.

Por la planta baja caminamos hacia el auto animadamente juntos.

Nuestro diálogo salió más fluido gracias a que, finalmente, mi cerebro empezaba a funcionar y a recordar quién era y qué tenía que hacer.

“No esperaba esto de vos, no te veía en ese rol”.

La miraba al decir esto y ella sonreía

“Si, la intangible Tama existe y le encanta chuparla”.

Brillaba en su respuesta, segura de sus habilidades.

Su lugar era un pequeño departamento perfectamente decorado, pulcramente dispuesto y límpidamente sencillo. La cama dominaba la habitación y era lo único que no estaba ordenado.

“No me gusta llegar y encontrar la cama tendida. Es como si no hubiera vida en la casa”.

Casi una frase mía, pero ella la soltó a modo de excusa.

Me dediqué a devolverle placer y la cargué hasta la cama. Anduve despacio, desvistiéndola.

Ora con las manos; ora con la boca.

Esperé cada uno de sus gemidos para trasladarme a otro sitio. Desandé una y otra vez el camino desde su cuello hasta la vagina.

Dejaba un rastro de saliva sobre el que, imitando a Pulgarcito, volvía sin perderme. Agregaba mis manos sólo cuando estaba seguro que el bastión tomado ya era mío.

Cada centímetro de piel transmitía un nuevo descubrimiento, un nuevo pliegue, una nueva distancia que cubrir.

Cuando mis dedos cayeron en la emboscada de su concha el alarido que gritó explicó que era el momento.

Mientras ella recuperaba la respiración me saqué toda la ropa y flexionándole las piernas me acomodé en su agujero más caliente. Inicié una penetración de pequeños embates a los que me respondía con suspiros ahogados en mi oído. Y mi nombre hecho sexo en la boca.

Cuando apenas pude empujar una parte en su interior una pared detuvo la penetración.

Me sorprendí pero no dudé; salí y volví a entrar con fuerza, rompiendo y adueñándome del hueco.

Tama insultaba y acariciaba.

Puteaba y agradecía. Lloraba y reía.

“¡Dame más! ¡Dame más! ¡Rómpeme toda pero hazme tuya! ¡Dame más!”

Estaba totalmente transport

ada y entregada a mí.

Noté que mi final se acercaba y la única neurona trabajando me indicó salir y ofrecerle la leche.

Arrodillada se metió la pija hasta casi la garganta y me bebió.

¡Que hermosas son las mujeres en esa posición y en ese acto!

Aquel día aprendí a mirar mejor.

“A brillar mi amor, vamos a brillar mi amor”, cantarían quince años después Los Redondos.

N del Autor: El texto alude al modo familiar de nombrar al grupo de Rock Argentino: “Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota”, “Los Redondos”

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Escrito por Marqueze

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