Andrea: la escort de la hipoteca VI – Lena, la frígida volcánica

Lena o la perversión de una esposa (continuación).- El dios Lota.

 

-Pasad, guapetonas. Primero las presentaciones: a mí ya me conocéis, soy Lotario, el sexólogo putero, pero me podéis llamar Lota; tú eres Andrea, uno de los puntales de la casa y a ti preciosa tengo la impresión de haberte conocido en otra vida y con otro nombre ¿Cuál es tu nuevo nombre de puta?

-Me llamo Lena y aún no lo soy, o sea, puta, pero lo quiero ser.

-Buena disposición, Lena, así me gusta. Y lo que se sigue se consigue. Y ¿qué tal? ¿te vas haciendo al ambiente? ¿no habrás follado todavía? Supongo.

-Poco a poco; es mucho cambio, pero va rápido. Y en cuanto a follar no creo que pudiera aún, ya conoces mi problema.

-Bueno, esta noche, casi entre sueños, Lena me ha echado los tejos y la he hecho caso. Ha sido bonito. – terció Andrea.

-Sí, muy bonito: he tenido el primer orgasmo de mi vida, muy suave, precioso ¿seré lesbiana, Lota?

-No creo. Me parece bien por vosotras, aunque hubiera preferido que a estas pruebas hubieras venido sin contactos sexuales recientes, pero se me olvidó advertíroslo; no lo creí probable. Bueno, no pasa nada y es bueno si lo has disfrutado.

Mirad, lo que pretendo determinar son las zonas del cuerpo de Lena más receptivas al estímulo sexual, es decir, sus zonas erógenas. Una vez conocido esto, será más fácil para sus amantes excitarla hasta quebrar la costra de frigidez histérica que hasta ahora la ha impedido evacuar el torrente de sensualidad que Lena mantiene en capas profundas, y que estimo no solo no es débil sino, por el contrario muy potente, aunque menos que la censura psíquica que cohibe su ejercicio sexual normal. A Lena hoy se la puede comparar con un volcán muy ardiente en su interior, pero con su cráter obturado por toneladas de lava endurecida –los antecedentes acumulados de sus vivencias familiares: familia patriarcal e intolerante, castradora del sexo, marido dominante, posesivo y poco perspicaz acerca de la naturaleza del mal de su esposa, entorno conservador de relaciones, etc.-, y, si no encontramos la manera de abrir grietas en esa costra que permitan evacuar sin demasiada violencia su fuego interior, puede sobrevenir un súbito estallido que la destruya: suicidio, locura, drogas y degradación de la peor, ante la que esta salida provisional o duradera de alta cortesanía sería “peccata  minuta”. O sea, que casi sin darse cuenta de ello, el marido puede haber acertado plenamente: mejor la voladura controlada de hacerla escort que la explosión incontrolada que la conduzca a un burdel mafioso de mala muerte o al manicomio.

Así que, majas, vamos a lo nuestro. Te desnudas del todo, Lena, y te tumbas en la camilla. Has de estar totalmente relajada, abandonada a las sensaciones que recibas y descuidada del tiempo; y cuando te indique te das vuelta  y te pones boca abajo. La técnica es muy suave; se llama baño de aliento: sentirás deslizarse mi aliento por todo tu cuerpo muy lentamente y de cuando en cuando un poco de acupuntura; no temas, ni la sentirás. Pero antes te tengo que someter a aislamiento sensorial casi completo: de la vista-y la vendó los ojos con un pañuelo negro y tupido-, y del oído –y la colocó sendos tapones.

Tú, Andrea, atenta a las reacciones de Lena. Se trata de detectar ciertos síntomas muy sutiles de excitación: erección de pezones –también de clítoris, pero no lo podemos ver, y tocarlo alteraría la exploración-; enrojecimiento de la piel o rubor sexual, sobre todo en pecho, cuello; jadeos, y en algún caso gemidos y ligeras convulsiones. Si lo notas me haces seña.

Y Lotario, con la boca a milímetros de la piel de Lena, inicia la exploración de un universo de sensualidad bañándolo con su ardiente aliento, como una tenue brisa del desierto: el bajo vientre-nada-, las caderas-nada-, ombligo-nada-, vientre medio-nada, cintura-nada, bajo torax-nada, costillas-nada, senos y pezones-sorprendentemente nada, alto torax-nada, cuello-nada, mandíbula inferior-nada, boca y labios-nada, pómulos-nada, ojos-desesperantemente nada, sienes y frente-nada, oreja izquierda-alerta, Lena se rebulle, su respiración se entrecorta; Andrea da la alarma y Lotario echa mano de sus finísimas agujas de acupuntura, busca los puntos adecuados, las aloja y empieza a manipular. Lena en respuesta se estremece, se agita, emite gorjeos, arrullos, zureos mientras sus pezones se erigen y toman volumen y la temperatura de la piel de cuello y pecho sube y el rubor se extiende. No hay duda, la oreja izquierda es una zona erógena de buena, incluso excelente respuesta; y también la derecha. La hacen darse la vuelta, y en el dorso encuentran dos zonas más, bastante sensibles, la nuca y la zona al final del espinazo, la rabadilla. Tres zonas de muy buena respuesta: orejas, nuca y rabadilla, amén del clítoris según indicios detectados por el sexólogo en la exploración previa, pero aún por comprobar. Lotario la hace ponerse de nuevo sobre su espalda y se dispone, sin mayor aviso a la paciente –o gozante- y siempre manteniéndola en su aislamiento sensorial, a comprobar su sospecha sobre la respuesta del clítoris; en vivo y a tope, con uno de esos cunnilingus de virtuoso donante de placer con los que, según fama, ha rendido la voluntad y la razón de muchas mujeres. Y la pobre Lena ignorando el diluvio de placer que se le viene encima.

-Andrea, lo que la voy a hacer ahora va a darle placer, pero tanto que se nos puede salir de madre, lo que, dado su cuadro histérico, puede dar lugar a una reacción impredecible y muy violenta. Sitúate a su cabecera y la acaricias, pero, si ves que se agita demasiado, te abrazas a ella e impides que se levante.

Lotario se puso entre las piernas de Lena, acarició muy suavemente su entrepierna al tiempo que con la suave presión la invitaba a abrirla aún más. Esto que, hecho por un patán sin conocimiento  de la sensualidad femenina, la hubiera inducido, por su histeria, a cerrarse como una ostra en su concha, ejecutado por un maestro como Lota logró fácilmente su propósito, y la entrepierna, como el espinazo de una gatita mimosa, fue cediendo a favor de la caricia y dejó abierta, bien a la vista y pletórica de jugos la gruta del placer de la hermosa. Lota acercó su boca y besó aquellos bajos, lúbricos labios, exteriores, interiores para después recorrerlos muy lentamente con su lengua. Lena, de sorpresa en sorpresa, y reducida tan solo a la sensación del tacto, recibió la húmeda visita como algo tan agradable y antes nunca sentido que se fue abriendo más y creció en ella el deseo de un contacto aún más íntimo, al tiempo que su agitación crecía y las primeras olas de placer la iban alcanzando. Pero era solo el principio: el dulce enemigo, como un diestro y sensual caracol, fue progresando en la exploración de la sensible gruta hasta venir a dar con el montecillo del placer; y en él y contra él se cebó, con dulzura y suavidad, pero sin misericordia. El cuerpo de Lena era ya el de una posesa al que Andrea tuvo que abrazarse con todas sus fuerzas para evitar que saltara de la camilla. Lota, cruel en su servicio, insistía e insistía con recorridos de su lengua reiterados pero no repetitivos; el clítoris de Lena era firmemente halagado por la lengua de su seductor, sin tregua alguna, desde todas las direcciones; Lena se arqueaba, gemía, aullaba, arañaba, forcejeaba hasta que al fin con un rugido agónico y un ronco estertor, envuelta en una oleada de placer inaguantable, perdió el sentido al tiempo que su vagina se inundaba de flujos, que Lotario sorbió en su integridad con lujuriosa avidez.

Andrea, a pesar de toda su experiencia, estaba estupefacta. Todo se había cumplido como había predicho el sexólogo, pero, aún así, el espectáculo del placer descomunal inducido en una desdichada mujer que gozaba por primera vez después de tantos años de espera infructuosa, y de esta manera tan fuera de lo común, era todo un drama que la llevó a contemplar a Lotario como iluminado por un aura sobrenatural, como a un taumaturgo del sexo.

Finalmente, Lena volvió en sí, se quitó venda y tapones, se volvió hacia Lotario, y su semblante era para preocupar: tenía dilatadas sus pupilas, la cara desencajada y los ojos rojos. Con voz ronca dijo:

-¿Qué has hecho conmigo, Lotario?¿Qué va a ser de mí? ¿Te das cuenta de que con esto me conviertes en tu esclava? Que esta mujer, pobre de mí, que nunca había conocido el placer, va a vivir a partir de ahora en el pavor de no volver a encontrar otro semejante a este que ahora me has dado, y que, una vez experimentado, me va ser imposible seguir viviendo si no lo vuelvo a disfrutar de ti y a tu lado.

-Cálmate, Lena. Es muy agradable para mi lo que dices, pero date cuenta que es desmesurado. Es la lógica reacción que ya había previsto de tu cuadro clínico, recuerda, frigidez volcánica. Ahora hemos abierto una pequeña brecha para que se evacue la lava acumulada y tu sensualidad se ha desbordado. Has conocido por fin el placer sexual después de tanta represión, y has disfrutado plenamente y en proporción a tu fuerte sensualidad, a tu carácter fogoso tantos años reprimido. Y ahora todo esto lo proyectas sobre mi y me das más mérito que el que tengo. Bueno, aprovechémoslo para nuestro propósito de convertirte en una buena escort. ¿Deseas el placer que pueda darte y dices que eres mi esclava y que te ordene tareas? Muy bien, durante estos quince días o un mes, estas son mis órdenes: 1) Para obtener un servicio mío vas a tener que traerme justificado, y Andrea será mi notario, que has dado al menos tres servicios a clientes o monitores de prácticas o a personal del centro, o en su lugar que has hecho strip tease o práctica porno o ejercicios del curso; 2) Has de convertirte en una sinvergüenza real, descocada, provocativa y seductora; no ha de quedar en ti ni rastro de tu recato burgués; 3) Deberás seguir los cursos que empiezan mañana, con puntualidad, aplicación y con deseo de conocer toda las técnicas al dedillo en la teoría y en la práctica; 4) Habrás de ejercer de puta vocacional, puta mía en prácticas, con alegría y lujuria; habrás de ser cachonda y coqueta, y el placer del cliente será para ti siempre lo primero, mejor dicho, lo primero no, lo primero será cobrar tu precio al cliente, del que reservarás la mitad para mí-a la casa no hay que darle nada porque ya se lo cobra a tu marido-. Yo te lo iré guardando y si al final sigues queriendo ser una de mis putas-mi esclava, que dices tú- y te admiten mis otras putas, bueno mi otra puta, que ahora solo chuleo a una, pues me lo quedo a beneficio de la sociedad común, y si no, te lo devuelvo. ¿Te queda todo claro? Mira que si te parece duro y no quieres no pasa nada: quedaríamos tan amigos y con el bello recuerdo de este orgasmo que tanto te ha impactado

-¿Todo claro? Soy tuya, Lota, palabra de la puta que seré para ti. Tú mandas y yo obedezco. Cumpliré todas tus órdenes hasta en su menor detalle, y si no que me caiga muerta. Me has dado un nuevo decálogo, y para mí es palabra de mi único Dios, que eres tú.

-Bueno, bueno. Aunque hasta mañana no empieza el curso, puedes ya iniciarte como puta. Vete a la barra del bar y empieza a insinuarte y a coquetear con los clientes. Sin pudor alguno. Andrea te dirigirá, Hazla caso y déjanos para que le imparta yo instrucciones.

-Sí, Lota. Y gracias, gracias desde mis entrañas, desde mi alma …

Ya a solas con Andrea, Lotario comentaba:

-¡Madre mía! Hay situaciones y mujeres que, aunque uno diagnostique bien y prevea con cierta probabilidad los resultados, te sorprenden siempre. Lena está terriblemente reprimida-ni un orgasmo en su vida- y cuando llega, la reacción es tan violenta, tan exagerada que da miedo. ¡Me ha pedido directamente y sin ambages ser puta para mí y que la chulee! Mira Andrea, soy proxeneta, en efecto, pero no un aprovechado: siempre he buscado lo mejor para las mujeres que han decidido libremente trabajar para mí, y para ellas; cuando han querido se han juntado conmigo y hemos vivido en común nuestros roles, con lealtad, con equidad, y cuando han querido marcharse se han marchado, sin reproches, sin mal rollo. Lo último que quisiera es aprovechar la ventaja que me da ser psicólogo o buen follador sobre una mujer tan desvalida como Lena.

-Eres buen tipo, Lota, ganas me dan de darme de alta en tu “rebaño”, pero ahora no puedo, que tengo gente que depende de mí. Pero vamos al grano, dame las instrucciones.

-Pues mira, lo primero que tuteles de cerca a Lena: reprimida o salida puede meterse en líos con los clientes; selecciónaselos facilitos, sobre todo ahora; criba a los que te parezcan conflictivos. Luego, en el curso vigila que por exceso de celo no intente hacer cosas para las que esté muy verde, y en las cosas más difíciles haz de profesora de apoyo. En el trato con clientes dales con cuidado instrucciones según lo que hemos visto hoy para “calentar” a Lena. No sé cuanto le durará el efecto de cada “calentón”; puede ser tan sólo para cada coito, cayendo después de nuevo en la frigidez según se vaya pasando la excitación, o puede durar para un periodo mayor . Eso es lo primero que debes comprobar. Si no, ya vimos: o excitación del clítoris, preferentemente con la lengua, cosa que la mayoría de clientes no querrá; o excitación de las orejas, aconsejo mordisquitos leves y repetidos, como los que dan los gatos a sus hembras; o la nuca, también aconsejo mordisquitos; o la rabadilla, y aquí serían mejor los lametones, húmedos e intensos. Con cualquiera de estas cosas creo que se pondrá a cien si ya no lo está, y entonces procura no estar lejos, por los posibles excesos de excitación de Lena que la harán muy vulnerable: ninfomanía e incluso furor uterino, y ya sabes que no hay cosa peor para una puta que perder las maneras y con ellas el respeto de los clientes. Y para acabar, decirte que yo creo que en poco tiempo ella ha de coger hábito y poco a poco la frigidez desaparecerá o se amortiguará, la ninfomanía pendular también, y funcionará normalmente según lo que en su fuero interno se entiende normal, que va a ser como algo fogosilla y salida, pero no ninfomaníaca. Y si tienes problemas de cualquier tipo me llamas. Anda ve pronto con ella no se nos meta en líos.

Andrea salió volada hacia el bar. Lena se estaba ligando a un tipo de la barra, un tipo bajito y relativamente tripudo con aspecto de administrativo o contable, Lena aparentaba estar pasándoselo bien, se reía y hacía mohines, mientras el fulano, sin recato alguno le pasaba el brazo por la cintura al tiempo que con la mano contraria jugueteaba con los colgantes de las pezoneras o la sobaba los pechos al aire. La bata de Lena, ahora tan inútil, iba ya por sus rodillas. Andrea se hizo la encontradiza y pidió permiso al fulano para un asunto urgente a comunicar a Lena.

-Anda que después que Lota te puso a cien vas como loca ¿sabes acaso qué hacer con el cliente aparte de follar, claro? Mira, le cobrarás 50 euros por adelantado, todos para ti por lo que ya sabemos, si luego le quieres dar a Lota lo que te dijo es asunto tuyo. Si te propone cosa distinta de lo que sepa dile que eres nueva, yo también se lo diré, y de momento mejor que solo aceptes la postura del misionero, ya sabes, tú debajo y él encima, entre tus piernas. En este bolsito que te doy y que siempre llevarás contigo van tres cosas: aceite lubricante, condones y este cuaderno para que anotes fecha y hora y tipo de servicio y tu pareja su firma y, si le parece, su puntuación, y en este bolsito, sujeto como todo a mi inspección, guardarás tus ganancias del día, que liquidarás conmigo por la noche. ¡Hala, estrénate, puta! De momento te he visto bien. Y ahora hablaré con tu cliente. ¡Caballero, por favor!

Lena volvió a la barra y el fulano acudió a la llamada de Andrea.

-Mire usted. La chica de la barra, Lena, es aspirante a escort, yo soy su tutora, y prácticamente se estrena hoy. Lo bueno es que puede usted estrenarla sin cargo adicional alguno, lo regular es que, aunque tiene muy buena disposición y muy buen físico, como habrá podido ver, aún está un poco verde, sabe pocas malicias y se aconseja de momento con ella solamente la postura del misionero, ya sabe. Otra cosa, a veces le puede dar un punto de vergüenza en la cama, y puede cerrarse. Si sucediera, usted no se preocupe, tiene dos o tres puntos erógenos decisivos: las orejas, la nuca o la rabadilla que la ponen enseguida a cien. Unos mordisquitos sin hacer daño, como los gatitos, en el lóbulo de cualquier oreja o en la nuca o un lametón en la rabadilla y en dos segundos la tiene hecha una leona. Lo malo es que si se pasa puede dar en ninfomanía durante horas, aunque quizá a usted esto no le parezca malo, jajaja. Puta a estrenar y con manual de instrucciones. Toda suya.

Todo esto, dicho por Andrea, con su picardía de veterana, excitó aún más al buen hombre, que volvió sobre Lena como un toro. Se la fue a llevar a un cuarto, pero Lena no sabía y llamó a Andrea, que los acompañó hasta la 237 en la planta segunda, y allí los dejó tras guiñar un ojo a Lena. Parecía segura y sin complejos: maravillas del Dr. Lota.

A los veinte minutos salió el cliente y parecía satisfecho. Andrea se apresuró a abordarle.

-Ha ido muy bien. La chavala es muy mona y se ha dejado follar con alegría-no me gustan a mí las putas tristes-.

-Y ¿necesitó usted … ya sabe … lo de las orejas?

-No, no, no hubiera sido necesario; de hecho ya la había penetrado, pero me dio la curiosidad y, entre bromas, me puse a darle los mordisquitos … ¡Qué barbaridad! Se convirtió en una perra en celo, con perdón; aulló, ladró, se me puso encima y en realidad fue ella la que me folló; me fui en un instante. Pero no se dio por enterada, me lavó en el bidet, me llevó otra vez a la cama, me la meneó hasta que se me puso tiesa, me puso otro condón, y otra vez se me puso encima y me folló ¡y con qué saña! Se reía a carcajada limpia. Está vez le duré algo más, pero al fin caí. Y allí me la he dejado pidiendo a gritos más hombres. ¡Qué caso! Y dices que se estrenaba hoy … pero si esta chavala se puede llevar por delante a un batallón de tíos; si le muerdes la oreja, claro, ¡cuidado con eso, es pura dinamita! Y no me ha cobrado más que un polvo; es justo, porque el segundo ha sido cosa suya, que a mí ya me había dejado grogui con el primero ¡vaya truco el de la orejita: una devoradora de hombres!

Andrea anotó en su libreta todos los datos y las expresiones del hombre, tan descriptivas, y se fue en busca de la loca ninfómana.

-Fabuloso, fabuloso, nunca me había divertido tanto. El tío me mordió la oreja y ¡me entró un calor y un deseo de hombres…! Se lo pasó pipa el cabrón, pero llegué a darle miedo; creía que me lo iba a comer, y casi lo hago, con mi coño, claro, pero el tío se quedó en seguida exhausto, y me supo a poco. Y en todos los polvos me he corrido …

Oye, pero explícame esto de las orejitas, que el fulano parecía saber y yo ignoraba y que me produjo ese calentón. Aquí me he perdido algo que me parece que tu sabes.

-Pues verás, cariño, Lota te sometió a un baño de aliento para detectar tus zonas erógenas: esas partes de cada mujer que, debidamente estimuladas la excitan más o menos-a ti muchísimo-.y te encontró tres, a más del clítoris, que ya conocía de antemano; y fueron éstas, las orejas, la nuca y la rabadilla. Para las orejas y la nuca recomendó mordisquitos felinos-suaves pero agudos-, y para rabadilla y clítoris, lamidas. Cualquiera de ellas oportunamente ejecutadas te produce un subidón de la líbido que, conocida tu represión de tanto tiempo, te deja muy cerca de la ninfomanía o el furor uterino, y desde luego te hace abrir en oferta la vagina, supongo que el ano y la boca y te hace buscar macho con auténtica ansiedad: te convierte en una furiosa Mesalina.

-¡Madre mía! ¡Tantos años de frustración y sufrimiento habiendo tenido una solución tan sencilla al alcance de la mano, o sea de la boca, de mi pareja! ¡Habiendo tenido en mi propio cuerpo la llave del placer! ¡Qué desdicha! ¿Y los sexólogos que me vieron? ¡Qué inútiles! ¿Y mi propio marido? ¡Qué bruto e incompetente! Un solo mordisquito, una sola lamida lo hubieran solucionado todo. Y ha tenido que ser Lota. Es un genio, un mago, un taumaturgo milagroso.

¡Qué bárbaro! Mira, esta misma tarde, tras la comida voy a que me hagan un depilado integral, un maquillaje de base, que me aligeren las cejas y … que me tatúen un leopardo mordiéndome la nuca y sendas lenguas lamedoras de Warhol que señalen donde me tienen que lamer: en el pubis y en la rabadilla.

Y bueno pues ya está. Ahora solo me queda compensar tantos años de sequía. Lo malo es que aquí esto va a correr de boca en boca y me van a matar a mordisquitos y lamidas y a enviarme, si no lo estoy ya en él, al furor uterino.

Y hala, a por tíos. Pero ¡qué flojos son! Los tíos estos, digo. Voy a ver si me ligo alguno más que aún es pronto. Si ves alguno que no me convenga me lo quitas de encima.

Andrea la veía y no la reconocía. Solo de ayer a hoy y se encontraba con una moza lasciva, deslenguada, procaz, coqueta y en constante búsqueda de “tíos” a los que follar. En este momento daba la impresión de que actuaba más por una lujuria insaciable sobrevenida que por el recuerdo del fabuloso cunnilingus de Lota. O serían ambas cosas. Si seguía así habría que moderarla y templarla y dejarse de momento de mordisqueos de orejas.

No tardó ni diez minutos en salir con otro hacia la 237, y otros quince más para ver salir a su hombre feliz y derrotado. Lena quería más, pero Andrea la detuvo y se la llevó a comer.

A la tarde, tras de una breve siesta, fueron al depilado, al tatuaje, maquillaje, esculpido de uñas y demás, lo cual les llevó hasta la cena. Pero aquella noche se prometía larga para la neófita.

Bajó al bar de punta en blanco, con toda su ropa de señorita, su pelo natural castaño oscuro y maquillaje de cara discreto -¡máscaras fuera!-, y pidió que dispusieran focos para strip y la anunciaran como Camila, burguesita recién casada cuyo marido pretendía hacerla puta y chulearla en este establecimiento-es decir, casi la verdad-. Y después, muy lenta y voluptuosa, pasó de su traje sastre a unas enaguas, de las enaguas,

a bragas y sostén de honesta casada, de bragas y sostén a tanga y pezoneras de puta corrida, entonces se encasquetó una peluca de rubia platino, para, finalmente alzar con orgullo su nombre de guerra en un cartel: LENA. Llovieron aplausos y colgaron propinas de su tanga por docenas y, luego, tras de recoger sus ropitas y llevarlas a la taquilla, bajó, ya en pura puta, “ingenua” y coqueta, con solo tanga, pezoneras –sus tetitas turgentes y firmes la permitían prescindir de sostén o bustier- y altos tacones, a alternar con los clientes –numerosos ya a esa hora- y sentarse directamente en las rodillas de los más “motivados”, que pronto sucumbían a su fresco encanto. Hasta cuatro consiguió llevarse Lena al catre aquella noche y, como dos al menos habían oído ya del truco de las orejas, hasta seis aullidos de leona herida sonaron en la noche del burdel. Pronto todos supieron de Lena, de su coquetería, de su encanto, de su fuego, de sus secretos y de sus aullidos.

Aquella noche las dos amigas durmieron tranquilas – la leona había quedado rendida-. Y a la mañana siguiente:

-Aquí estoy, Lota. He cumplido todas tus órdenes: he sido coqueta, provocativa, descocada, sinvergüenza, cachonda, puta. He hecho un strip tease que me ha valido muchas propinas. Me he ligado a seis tíos que me han echado ocho polvos, como queda anotado en mi libreta y te confirmará Andrea. Y aquí tienes todo el dinero recaudado para que te quedes con lo que quieras y me dejes lo que gustes. He iniciado el curso de escort con aplicación, he tomado notas y me he ofrecido como voluntaria para todos los ejercicios. Y todo lo he hecho con alegría, buen humor y con placer –ocho orgasmos-; y vuelvo a ti para que me des el placer tuyo, como me prometiste.

-Buena chica, Lena. Pero con ocho orgasmos por delante ¿para qué quieres el placer que yo te pueda dar?

-Por favor, Lota, no blasfemes contra ti mismo, tú eres divino, el placer que tú das procede de los cielos, los de los miserables mortales no pasan de ser simples cosquillas. Anda, cumple tu promesa, penétrame sin condón, poséeme, préñame, elévame a la alta condición de madre de un hijo tuyo.

-Eso va a ser difícil, pequeña, porque hace años que me hice la vasectomía. Pero te agradezco la intención y, como has sido una buena putita, trataré de darte gusto, ni divino ni sobrenatural, simplemente el que puede dar un buen follador y un servidor de las mujeres. Pasa a la rebotica, desnúdate del todo y te tiendes en la cama, que ahora voy.

El polvo fue muy preparado, lento, moroso, pendiente de las reacciones de Lena, en busca de los micro-puntos placenteros y del ritmo natural de la hermosa; un polvo digno del maestro que Lota era. Y el efecto fue el que se podía esperar de esta ninfómana histérica: agitación, convulsiones, gemidos, aullidos, alaridos y un brusco y dulcísimo desmayo. Lota la dejó descansando y volvió a sus tareas. Y así seguirían muchos en días sucesivos. Lena cumplía “religiosamente” las órdenes de Lota, que éste trató de reorientar hacia un mayor sosiego de la pasión de Lena: procuró ésta ser la alumna aventajada, la puta perfecta, cada día añadía las nuevas técnicas aprendidas a su repertorio: felaciones, cubanas, sexo anal y las mil y una contorsiones del Kamasutra, y ser, además, la suma sacerdotisa de su particular latría del divino Lota. Y Lota no sabía qué hacer para apearla de esta halagadora manía. Y Andrea casi no tenía nada que hacer, como no fuera servir de confidente y hasta de amante ocasional de su compañera.

Y así se llegó al final de la quincena.

[CONTINUARÁ]

EL FILÓSOFO

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