Aquelarre

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Aquelarre: Junta o reunión nocturna de brujos y brujas con la supuesta intervención del demonio ordinariamente en figura de macho cabrío, para la práctica de las artes de esta superstición.

Estos son los siete pecados capitales: Soberbia, avaricia, gula, pereza, ira, envidia y lujuria.

Me llamo Elma. Y mi único afán en este mundo es conseguir el poder absoluto. No tengo escrúpulos. Soy fría, calculadora, mentirosa y asesina… y esta es mi historia.

Año del Señor de 1849.

Llegué a Mándstralar cerca de las nueve. Anochecía. El cochero paró junto a la enorme cancela de entrada y bajó. Abrió de para en par y retornó al incómodo asiento del carruaje. Aún desde la entrada nos esperaban un par de millas hasta la casa. Hasta Mándstralar.

Si todo había salido según lo ordenado, todo estaría dispuesto a mi llegada. Repasé mentalmente todo lo que había que hacer y todo lo que ya debería estar hecho.

A lo lejos, se vislumbraba la figura de la casa. Una gigantesca mansión victoriana. En la fachada frontal, innumerables ventanas adornaban el exterior, todas ellas cruzadas por tiras de madera blanca y bordeadas en oro. Las de los dos primeros pisos eran sensiblemente más altas y estrechas que las del tercer piso y las buhardillas, que diminutas, apenas si hacían sombra a sus majestuosas compañeras de abajo.

Todo el frontal estaba adornado con columnas de mármol blanco y puro que se empotraban en el ladrillo, de un color naranja oscuro.

La casa estaba rodeada por un espeso y frondoso bosque, y le daba un aspecto quizá, más tétrico del que ya tuviera.

Durante generaciones el terreno había pertenecido a mi familia. Pero fue mi abuela, Sántrir, la que ordenó la construcción de Mándstralar. Todo en ella estaba dispuesto para el ritual. Para la ceremonia.

Al parar el coche, el servicio acudió a recibirme. Tres mayordomos y la doncella llevaron el equipaje a mis aposentos.

– Todo está según lo dispuesto, señora.

– Bien, -respondí – que lleven todo a mis habitaciones. ¿Han llegado ya los invitados?

– Sí señora – indicó la doncella – Las señoritas Adriana y Gemma ya están en la casa. Tal y como usted ordenó, ellas en el ala Oeste. Los caballeros en el ala Este.

Mientras la doncella me hablaba no se atrevía a mirarme a los ojos. Siempre había sospechado que maté a su marido. Pero nunca tuvo pruebas. Si las hubiera obtenido, ahora ella también estaría muerta. Bien por ella.

Abrieron las puertas de la casa. Un intenso aire cálido me llegó a la cara. Podría haberme resultado agradable, pero me daba repelús. Estaba nerviosa por la ceremonia que tendría lugar esa misma noche.

El hall de entrada daba paso a tres puertas. Siempre tres. La de la izquierda, la del ala Oeste. El lado femenino. La izquierda, en representación de la negación de Jesucristo, que está sentado a la derecha del Padre. La de la derecha, el lado masculino. Trece jóvenes aposentados en trece habitaciones distintas. Ninguno de ellos sabía por qué estaba allí. Ninguno de ellos sabía de la existencia de los otros doce. El centro. El Norte. La sala ceremonial. Ya iría después.

Tomé la puerta izquierda para que me llevaran a la habitación. Durante la cena ya tendría oportunidad de hablar con las otras dos sacerdotisas.

Para la ceremonia era preciso haber cometido seis de los siete pecados capitales. El restante, la lujuria, se reservaba para el acontecimiento.

La cena fue distendida. No muy copiosa, pues a sabiendas de lo que más tarde ocurriría, no convenía comer mucho. Allí pude ver a mis dos compañeras. Y sí, compañeras, que no amigas.

Adriana, la belleza pelirroja. Cabellos largos y ondulados, atados graciosamente en una cola de caballo. Alta, nórdica, de figura ancha pero estilizada. Ojos verdes, llenos de furia y odio. Selecta y rigurosa. Cruel.

Gemma. Morena de pelo rizado, sujeto sólo por dos horquillas. De estatura mediana, y pecho prominente. Una auténtica zorrita, como ella misma decía. Ojos azul intenso. Inteligente y despiadada. Sin un ápice de humanidad.

Y yo, Elma. Rubia de pelo infinito y figura de locura. La magia y los baños de sangre surgen su efecto después de todo. Ojos marrones. Suave y delicada. Mortal.

Una vez terminada la cena, el servicio retiró la mesa y hablamos sobre lo que vendría a continuación.

Cuando terminamos, nos retiramos para finalizar los preparativos. Cada una subió a su cuarto y se preparó. El atuendo era una fina toga de seda negra con raja en cada pierna hasta la altura de las caderas. Nada más. La toga disponía de una capucha negra, que tendría su uso en el momento adecuado.

Las doce en el reloj. Hora de empezar. Bajamos al vestíbulo y nos dispusimos a entrar en la sala del altar. Abrí las puertas y ante nosotras encontramos una gigantesca nave, rodeada de cortinas negras. En el centro, solitario, un pentagrama dibujado con la sangre de un becerro sacrificado veintiocho días antes. Los tres cuencos ceremoniales y las dagas de Astaroth, Baphomet y Hécate. El silencio era absoluto. Velas por doquier alumbraban de un modo intermitente la sala. Lentamente, cada una se puso delante de su cuenco y su daga. Elma: daga de Astaroth.

Adriana: daga de Baphomet.

Gemma: daga de Hécate.

Las puertas se cerraron y las tres nos arrodillamos. Nos pusimos la capuchas y comenzamos el ritual. Una especie de nerviosismo me recorría entera. Era la primera vez que lo realizaba y no sabía como podía terminar aquello.

Así, de rodillas, cada una invocó a su Guardián. Encendimos el aceite de los cuencos y con la daga quemamos un mechón de nuestro cabello. En susurros cogió cada una su puñal, y blandiéndolo en alto, con la cabeza baja, lo clavamos violentamente en el suelo.

Truenos en la espesura del bosque. Pasos tras las cortinas. Susurros en la noche. Y viento. Una ráfaga de viento apagó las velas, y sólo la luz tenue de los cuencos ceremoniales alumbraban la gigantesca estancia. Las tres como tres sombras nos incorporamos.

– ¡Invocamos a los guardianes de la sombra, a aquellos que por el poder de Satanás están obligados a protegernos! – Gritamos las tres al unísono.

Y los pasos se convirtieron en estampida. Y los truenos en rayos. Y el bosque de alrededor, en una pesadilla. Del fondo inerte de la sala aparecieron los tres a los que habíamos invocado. Como halos de luz roja, como espadas en llama. Figuras que una vez estuvieron vivas y murieron. Despertados de su sueño, blandiendo las sagradas espadas que un día poseyeron. Vistiendo las armaduras que un día les protegieron. Se acercaron y se arrodillaron sujetándose en los mandobles. Y ahí se quedaron. Mirando al suelo. Tenebrosa luz roja que no quema.

La excitación se había apoderado de mi. Lo notaba. Una suave calentura me recorría cada vez que esto ocurría. Mis pezones erguidos así lo hacían ver, e igual en mis compañeras. Nos quitamos las capuchas y mandamos llamar a los sujetos.

Entraron los tres individuos. Eran sin duda la prueba de la perfección. Sin embargo, eso sólo es así por expreso deseo de Adriana.

Comenzaba así el pecado de la lujuria.

Uno para cada una. Dos elixires requeríamos para el ritual. Y ambos los obtendríamos. Desnudos y con una cinta en los ojos que les impedía ver, los tomamos de la mano y los llevamos cerca del pentagrama. Los tumbamos. Estaban temblando, no sabían qué pasaba ni a qué se enfrentaban.

– Tranquilo – le dije al mío. No te va a pasar nada – mentí. Relájate y disfruta.

Y eso hizo, se relajó al escuchar mi suave voz y se destensaron sus músculos. Con las uñas comencé a rascar suavemente su pecho, deteniéndome en las tetillas, sólo para darle unos pellizquitos suaves. Nuevamente se volvió a poner tenso, y más todavía cuando poco a poco iba bajando a su entrepierna… sólo para dar un rodeo a su sexo y arañar un poco sus muslos. Arrodillada como estaba, caía de sobra a la altura de su mano, he hizo un intento de levantarla hacía mi sexo.

– Te he dicho que te relajes y disfrutes. Eso lo dejaremos para otra ocasión…

Dejó sus intentos, y mientras me entretenía arañándole un poco más miré a las demás. Eran un poco más directas que yo, Adriana estaba masturbando gloriosamente a su chico, que tenía la cabeza ladeada y se mordía los labios. En cuanto a Gemma… Gemma estaba besando los huevos del suyo, pero con todo su pene introducido en la boca.

No miento si digo que ver a mis compañeras en semejante posición, me excitó más todavía, y me hizo pensar en extraer uno de los ingredientes en ese momento.

Subiendo la mano por su pierna, la dirigí directamente a su pene. No hacía falta nada para que se pusiera erecto. Ya lo estaba. Agarré su mástil y empecé a hacerle una paja a mi muchacho. Sin prisa, haciendo que mi mano recorriera todo el palo. Haciéndole sentir mi aliento cerca del glande. Haciendo que sintiera lo que venía a continuación. Le di un pequeño lametón en la punta. Lo sintió, se estremeció. Abrí la boca y comencé a introducírmela. Conforme entraba, le iba haciendo cosquillas en el frenillo. Se puso como loco… Mientras se la mamaba, subí dos dedos hasta su boca y se los introduje. Lamió y lamió. Y los ensalivó. Cuando estuvieron bien ensalivados, los bajé hasta mi boca, y los lamí junto al pene, que daba muestras de querer expulsar el codiciado líquido. Reduje la marcha un poco. Con la otra mano cogí la daga de Astaroth, y sin parar de chupar y regodearme en el sexo que tenía dentro, acaricié su cuerpo con la daga. Se tensó al sentir la punta del puñal por su garganta y pecho, mientras continuaba su periplo hacia el corazón, fuente del segundo ingrediente.

Sus testículos se tensaron, y los dos dedos ensalivados irrumpieron directamente en su ano. Hizo un movimiento de cadera que empujó su pene hacia mi garganta haciéndome tener una arcada. Continuó empujando más violentamente, pero nada me movió de mi posición mientras empujaba los dedos más adentro, hacia sus entrañas y colocaba el puñal en posición vertical justo encima de su corazón.

Y entonces, la explosión violenta. La erupción tan deseada. El líquido espeso y caliente en mi boca. No se debe desperdiciar nada. Haciendo esfuerzos por no tragar, blandí la daga en el aire y la bajé violentamente. Directa al órgano impulsor del rojo líquido, mientras él continuaba bombeando el otro, blanco y sedoso, de sabor peculiar. Dejó de correrse… y de vivir. Un pequeño orgasmo me hizo caso levitar. La sensación vital de la muerte siempre me provocaba esa quemazón en mi entrepierna. Un líquido semitransparente me recorría los muslos. Me delataba la respiración entrecortada.

Tomé mi cuenco y deposité allí, en el fuego, su semen y su sangre. Sangre de un cuerpo ya muerto. Semen vivo todavía.

Cuando levanté la cabeza vi que Adriana y Gemma hacia rato que habían terminado.

El primer sacrificio ya estaba completado. Pero para llevar a cabo por completo el pecado de la lujuria todavía faltaba mucho. Quedaban diez muchachos.

Hicimos llamar a los siguientes tres. Habían pasado unos veinte minutos desde la consecución del ritual de los líquidos. Y ya estábamos preparadas para la siguiente sesión. Para tal, fui a por los instrumentos necesarios a mi alcoba.

Llegaron los tres del mismo modo que lo hicieran los otros. Vendados y desnudos. Estos estaban, tal vez, algo más nerviosos. La muerte se olía en el ambiente. La tormenta en el exterior hacía la noche más tenebrosa si cabe en Mándstralar.

El olor a sangre y sexo inundaba la estancia, que gracias a la oscuridad parecía reducida a unos cincuenta metros cuadrados escasos. Las cortinas negras ondeaban al viento, y acechaban en la penumbra.

Guiamos a nuestros efebos calmándoles con dulces palabras mientras el fuego ardía en nuestro interior. Lo que acontecería en esta parte del ritual me excitaba y asustaba al mismo tiempo, ya que durante algunos instantes estaría a merced del hombre.

Los pusimos de espaldas a los cuencos ceremoniales y los dejamos de pie. A nuestro lado, los instrumentos para el final.

A partir de este punto el ritual continua para cada una por separado. Me arrodillé delante de mi sujeto y comencé a acariciarle las piernas. En breves instantes su cuerpo reaccionó cediéndome una de las más poderosas erecciones que haya visto. Mi propia calentura iba en aumento. Mis pezones volvían a estar erectos. Grandes y firmes. Le hice notar mi respiración cerca de su glande, rosado, casi púrpura, y con un extraño brillo que hacía que reluciera sobre el de sus compañeros. Su miembro, de no menos de dieciocho centímetros, se blandía firme frente a mi rostro. Noté la humedad entre mis muslos. El calor interior de la que sabe que pronto saciará su sed de placer.

Arrodillada como estaba me quité la túnica de seda negra haciendo que le rozara por todas pa

rtes. En un rápido movimiento me puse en cuclillas y comencé a acariciar su verga con mis pechos. Los pezones me iban a estallar, y en un arranque de furia empecé mi propia masturbación. Estaba hecha un mar de flujo. La lubricación era completa, y mis dedos salieron suaves y brillantes de su escondite. Subí el brazo y los pasé por delante de su nariz, haciéndole oler lo que pronto sería suyo. Inmediatamente reaccionó introduciéndose mis dedos en su boca. Saboreando lo que en breve cataría de su propia fuente. Bajé la mano y seguí dándome placer a mi misma. Acariciando los alrededores, vulva, labios mayores y menores. Rozando levemente el clítoris en un afán por prolongar ese momento. Rozando mis pechos con su pene erecto, que ansiaba atenciones por mi parte. Me levanté sin dejar de tocarme. Y durante todo el trayecto no me despegué de su cuerpo perfecto.

Pasé cara, lengua, labios, cuello, pecho, estómago y ombligo por su pene hasta llegar a su ansiado lugar de residencia. Yo ya no podía más, necesitaba sentir aquel inquilino dentro. Era una necesidad física. Y no lo hice esperar más. Tomé su verga con una mano y la dirigí hacia mi vagina dando un pequeño saltito. Quedó su pene erecto completamente horizontal, en un esfuerzo por entrar pero sin conseguirlo del todo. Aprisionando mi clítoris entre mi misma y su brillante glande. Cuanto más esfuerzo hacía el por entrar más me rozaba en la fuente de placer volviéndome loca.

Miré alrededor como una posesa para ver cómo iban mis dos compañeras. Lo cierto es que eran todo un espectáculo. Adriana estaba montada encima de su chico, pero no le cabalgaba. Sólo mantenía su capullo en la entrada de su vagina y le torturaba haciéndolo girar al compás de los movimientos de su cadera. Gemma, mucho más autosuficiente, proporcionaba placer al suyo masajeándole con sus enormes pechos mientras se introducía tres dedos de un modo salvaje. Y chapoteaba. Tenía los ojos cerrados y se mordía el labio inferior. Yo creo que se debía estar haciendo daño. Pero ya se sabe. Hay momentos en los que un poco de dolor significa mucho placer.

En cuanto a mi, estaba gozando, deleitándome en la presión en mi clítoris. Pero me faltaba algo.

– Aguanta fuerte muchacho. – Le dije.

Y aguantó la respiración mientras yo, de un salto me columpiaba en sus brazos, sosteniéndome en el aire, mientras subía y bajaba por la guía de su miembro, como si fuera un tranvía por sus raíles. Apoyé mi cabeza en su hombro, suspirando, gimiendo de placer, mientras mi cueva saboreaba cada centímetro de entrada y salida, cada roce. El chico tenía aguante, tanto en los brazos como en su verga y soportó muy bien la sesión de trote que le estaba dando. Pasé mi lengua por su oreja, dándole pequeños mordiscos que hacían que ladeara la cabeza. Respiré profundo en su oído y exhalé todo mi cálido aliento dentro de él. Suspiró y dejó reposar su barbilla en mi hombro mientras me devolvía de un modo casi brusco al suelo. Y eso me gustó. Mucho. Me tumbó en el suelo. En ese momento podría haber jurado que él veía, pero era imposible.

Con una precisión de cirujano y sin titubear, lanzó su mano a mi cuello. Apretó, primero suave, pero cada vez más fuerte mientras con su lengua recorría la larga distancia (o eso me pareció a mi) desde mi pecho hasta la cálida abertura de mi entrepierna. Húmeda y resbaladiza, se abrió en flor esperando su lengua y sus labios. Continuaba apretándome el cuello, dejándome casi sin respiración mientras con su lengua intentaba abrirse paso hacia mi interior. Y digo que no le fue nada complicado. Este era el momento en el que me tenía bajo su poder. Podría haberme matado, pero una vez más, la estupidez masculina volvió a surgir efecto antes las tentaciones de una mujer abierta de piernas.

Aprisionaba mi clítoris con sus labios estirando suavemente hacia fuera y dejándolo ir de nuevo. Con la otra mano acariciaba el interior, justo en la entrada, hacia arriba, en una zona rugosa, fuente de placer infinito. El orgasmo me vino casi al instante. En el mismo momento en el que en verdad me faltaba el aliento. Y entonces llovió en la cara de mi hombre. Un auténtico océano de flujo, entre viscoso y líquido que inundaba la boca de mi amante, corría

por mis muslos y manchaba el suelo entre mis propias convulsiones y mi asfixia. Es siempre en ese momento cuando hay que realizar el sacrificio. En mi estado de éxtasis asesina tomé el instrumento de la extirpación.

Dos guantes. Guantes para tres dedos, el índice, el corazón y el pulgar de ambas manos. Con los tres acabados en tres pequeños puñales corvados y de doble filo. Me incorporé como pude apartando su mano de mi cuello y me quedé mirándole de frente. Le pedí amablemente que me mirara. Lo hizo, aunque un poco a ciegas, guiándose por mi voz. Apunté con las dos manos directamente hacia aquello que iba a necesitar. Miré de reojo a mis compañeras y comprobé que las dos estaban también preparadas.

Al siguiente instante, dos trozos de tela negra seguían tapando los ojos. Pero ahora, fuera de sus cuencas. Miles de gritos y aullidos de dolor llenaban la estancia. Manos tapando lo que hora eran agujeros en un rostro. Borbotones de sangre. Rodillazos en el suelo que hacían temblar el suelo. Y entonces, cientos de movimientos de nuestras manos que cortaban todo lo que pillaran por el camino. Adelante, atrás. Era un juego bastante fácil. Las cuchillas entraban y salían de sus cuerpos con una facilidad pasmosa.

El mío fue el primero en morir. No era la intención del ritual ensañarse con esos pobres diablos. El siguiente fue el de Adriana. Y el último, cómo no, el de Gemma, que se estaba cebando en hacer morir al suyo del modo más lento y doloroso posible. Desgraciadamente para ella el dolor fue demasiado y el pobre alma murió relativamente pronto. He de decir, que aunque mi carácter no es tal, ver la saña con la que Gemma trataba a su pupilo me provocaba cierta extraña sensación de poder. Y de excitación.

Llegaba el momento del descanso. Estábamos llenas de sangre, desnudas y excitadas. Era necesario poco de relajación antes de los siguientes.

Siempre me ha gustado el sabor de la sangre, desde niña, en el primer momento en el que te chupas una herida hasta ese momento, en el que de un suave golpe de lengua, limpias las nalgas a tu compañera de oficio. Nos miramos las tres con una sonrisa en la boca. Gemma parecía una auténtica vampiresa, con la boca llena de sangre de su chico. Y Adriana y yo con las manos y parte del cuerpo rojos como las rosas.

Nos juntamos las tres, y como si hubiéramos estado en trance comenzamos a besarnos. Suave y delicado al principio, saboreando el placer de la vida ajena arrancada hacía unos minutos. Salvaje y brutal en los siguientes instantes. Excitadas por lo que habíamos hecho. Excitadas por el olor a muerte del ambiente. Excitadas por las manchas en el suelo, mezcla de sangre y flujo propio.

Nuestras manos recorrían ávidamente nuestros cuerpos al son de cierta suerte de música inaudible. Acompañadas únicamente de nuestros guardianes, la oscuridad, el averno y la tormenta que se desarrollaba fuera, en el bosque. Pezones pellizcados al son del aullido del lobo, clítoris lamidos mientras un rayo descargaba sobre un árbol toda su furia. Sangre siendo bebida por el canal de los pechos de alguna mientras fuera, en la naturaleza, continuaba el espectáculo de horror y destrucción que ocurre todos los días y a todas horas.

Estábamos convertidas en un amasijo de carne superpuesta en un lecho de rojo líquido, cada vez más oscuro. Jugábamos con los guantes en nuestros propios cuerpos. Intentando saborear la excitación del momento de antes de la muerte.

Con la desaparición de los guantes, ahora nuestras manos estaban libres para buscar refugio en cualquier sitio que nos diera placer. Tal vez nadie sepa mejor que Adriana el poder lubricante de la sangre, que cayendo en chorro por entre sus nalgas le permitía introducir rápidamente dos dedos en su ano mientras Gemma la besaba en la boca, llena de sangre también, y yo, debajo de Adriana lamía su cueva recogiendo con mi boca los restos de la masturbación trasera de mi compañera. Yo tocaba salvajemente mi vagina y clítoris a la espera de un nuevo orgasmo. Pero Gemma dejó de besar a Adriana, y deslizándose como una gata se escurrió entre nuestros dos cuerpos y se dispuso en posición de sesenta y nueve conmigo, dejando mi boca a la altura exacta de su entrada. Lamí con avidez, sabiendo que no era aquello lo que Gemma esperaba. Ahora los restos que escurrían desde Adriana iban a parar a la espalda de Gemma, que se arqueó dejando que el líquido llegara hasta su v

agina. Esa lubricación extra me permitió empezar lo que a ella le volvía loca. Lentamente metí tres dedos en su interior, girándolos, haciendo hueco para uno más. Se retorcía de placer, abandonando por algunos instantes su labor de darme placer a mi. Pero no me importaba. Introduje el cuarto dedo, y pude notar como ella misma ejercía presión en mi mano para sentirlos más pegados a sus paredes. Así los mantuve unos instantes antes de proceder, ya sin cuidado alguno a introducir el pulgar junto con sus compañeros, en un viaje salvaje hacia el interior de su cuerpo. Un viaje sin retorno en el cuál todo era posible.

Se volvió como loca al sentir todo aquello moviéndose en su interior.

– Puta sea la Virgen, Elma… ¿Cuántos van? – Acertó a preguntar entre jadeo y jadeo.

– Va todo Gemma, como a ti te gusta. Los cinco. – Respondí poniendo voz de ramera.

– Más. Dadme más. Tengo más sitios que llenar. ¡Lo necesito! – Suplicó.

Adriana, escuchándolo, y dada su privilegiada situación y afición al sexo anal, escupió sobre el ano de Gemma. Ella ya sabía que en esos instantes, una caricia no se nota, así que introdujo primero un dedo en el ano de Gemma.

Gemma se retorció mientras yo notaba por la pared de la vagina el dedo de Adriana entrando despacio. Lentamente se le unió un segundo dedo y comenzó a girarlos en el interior de Gemma mientras ella misma continuaba con su propia masturbación.

– ¡Más! – Gritó Gemma en pleno delirio.

Y así, Adriana introdujo un tercer dedo en el ano de Gemma, que jadeaba incombustiblemente mientras yo movía violentamente mi mano entera en su interior.

Notaba los dedos de Adriana en el interior de su ano. Sincronizamos nuestros movimientos hasta que en un momento… en un brevísimo instante de tiempo en el que mi mano y los dedos de Adriana coincidieron en el interior de Gemma todo se paró. No hubo jadeos, ni rumores. Sólo silencio. Un silencio interminablemente corto. La calma antes de la tempestad.

Y Gemma estalló en el más fabuloso orgasmo que he visto. Gritó como quien muere. Su flujo salía a presión por entre sus paredes y mi mano. Su ano se contraía y dilataba al son de las convulsiones de su vagina, que ya no daba más de sí. La fina membrana que separaba su recto y su vagina parecía a punto de rasgarse mientras que lo único que acertábamos a hacer Adriana y yo era estar quietas, viviendo nuestro propio orgasmo en silencio.

Y así nos derrumbamos. Extasiadas y agotadas por la sesión que debería haber sido de descanso.

(Continuará, por falta de inspiración!)

Autor: Edd

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Escrito por Marqueze

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