Asuntos Económicos I

Dominación, Hetero, Chantaje. A veces los asuntos económicos pueden destrozar un matrimonio y perder todo por lo que has luchado, y eso es lo que le pasó a Dani.

Estaba completamente arruinado después de haber vivido con un nivel de vida muy por encima de sus posibilidades. Sus excesos y su mala cabeza le pasaban factura. Se había dedicado a la construcción, había montado una empresa y había progresado en un corto espacio de tiempo, pero una profunda crisis en el sector y sus malas gestiones al frente de la compañía le hicieron caer en picado. Tenía cuarenta y cinco años, estaba casado con Julia y tenían una hija de diecinueve años llamada Irene.

Iban a desahuciarles en menos de una semana por una orden judicial. Ya le habían embargado el coche y las cuentas bancarias. Varios bancos le habían denunciado por impago de préstamos. Numerosos acreedores no dejaban de acosarle, incluso llegaban a proferir amenazas. Ni siquiera iba a poder pagar la matrícula de la universidad para que su hija siguiera con la carrera de Psicología. No tenían nada y debían mucho dinero. Después de una vida ostentosa, se encontraban a las puertas de la miseria. Su hija se pasaba todo el día llorando, sumida en una profunda depresión. Se avergonzaba de salir a la calle. Había sido una niña mimada y pija que lo había perdido todo de buenas a primeras. En el barrio sólo se hablaban de sus problemas económicos. Salía con un chico de buena familia y era la única persona a la que le había contado la verdad, pero poco podía hacer el chico por ayudar a la familia de su novia. Julia también estaba muy preocupada por la deprimente situación económica. Acostumbrada a una vida de pija, gastando dinero a diestro y siniestro, y de pronto iba a verse en la calle sin nada. Sus amigas le daban de lado. El cerco se estrechaba sobre ellos.

Sólo se les ocurrió una solución, aunque ni a Julia ni a Dani les agradaba la idea, pero sólo Enrique podía ayudarles a solventar la mala racha que atravesaban. Enrique era cuñado de Julia, estuvo casado con su hermana Marta, aunque luego se divorciaron y su hermana rehizo su vida con otro hombre. Tenía cincuenta y cinco años, diez más que Julia y Dani, vivía sólo en una mansión a las afueras de la ciudad y era una persona rica e influyente, considerado uno de los mejores abogados del país. A veces aparecía en los distintos medios de comunicación. Era un tipo carismático, de carácter fuerte, y bastante mujeriego, por eso Marta terminó dejándole. En más de una ocasión le pilló poniéndole los cuernos o yéndose de putas. Ciertamente, Julia y Dani nunca se habían llevado muy bien con él, le consideraban un fantasma y un baboso, sin embargo en aquellos momentos tan amargos debían tragarse el orgullo y suplicarle ayuda, se trataba de la única persona que conocían con capacidad económica suficiente como para remediar sus problemas. Fue Dani quien tomó la iniciativa y un miércoles por la mañana, a dos días del desahucio, se presentó en casa de su cuñado. Le atendió con el fuerte despotismo que le caracterizaba, con los mismos aires endiosados, era un hombre soberbio y arrogante que imponía bastante respeto, pero prometió ayudarles, aunque a cambio le haría firmar unos pagarés por si la cosa se torcía.
– Podéis quedaos en mi casa hasta que las cosas funcionen mejor y podamos arreglar lo de la casa, ¿de acuerdo? -. Dani, abochornado, asintió -. No voy a permitir que os dejen en la calle. Yo me haré cargo de los atrasos de los bancos y de la matrícula de la niña. Y dile a los buitres que te acosan que hablen conmigo, conseguiré que aplacen la deuda hasta que tengas algo de pasta. ¿Entendido? -. Volvió a asentir. Vio que su cuñado sacaba de la cartera trescientos euros -. Toma este dinero, invita a comer a tu mujer, coño, y no te preocupes.

– No sé cómo pagártelo, Enrique.

– Ya me lo pagarás, coño – le dijo dándole unas palmaditas en la cara.

Quedaban bajo sus alas desde ese momento. Aunque la ayuda de su cuñado iba a resultarle bastante cara.

El jueves por la tarde se presentó la familia al completo en la mansión de Enrique, incluido Carlos, el joven novio de Irene, que les ayudaba con los equipajes. Enrique les recibió cordialmente a pesar de la mala sintonía que siempre había existido. Se fascinó del aspecto físico de las dos mujeres que iban a vivir bajo su techo. Su cuñada Julia siempre había sido muy hermosa y a pesar de sus cuarenta y cinco años se conservaba espléndidamente. Alta, morena con el pelo largo, de melena bastante ondulada y ojos verdes oscuros. Impresionaban sus tetas gigantescas, con forma de pera, muy abiertas y abombadas en la base, y un culo ancho y redondeado. También se embelesó con su sobrina Irene, a la que hacía bastante tiempo que no veía. Había crecido. Igual de alta que su madre, delgada, con media melena rubia, ojos negros y piel bronceada, con unas tetitas del tamaño de una mano y un culo más estrecho y plano, aunque delicioso, casi perfecto, parecía una modelo recién salida de una revista. No le extrañó que saliera con aquel novio tan atractivo de cuerpo atlético. Ambas iban con ropa informal y no se inmutó al examinarlas con descaro, incluso se permitió el lujo de piropearlas en presencia de los dos memos. Enrique siempre había tenido cierta obsesión por su cuñada Julia. Hubiese pagado cualquier precio por acostarse con ella. Verla en bikini le ponía las carnes de gallina. Ellas también se fijaron en él. Los mismos aires de grandeza. Era más bien bajo, cabeza cuadrada y pelo canoso, tenía una panza abultada y dura y unas piernas robustas. Les mostró las habitaciones que ocuparían. En la planta segunda estarían Enrique en su dormitorio e Irene en otro más pequeño, mientras que Dani y Julia ocuparían el único cuarto que había en la planta baja. Les ofreció un almuerzo en la terraza y se mostró bastante simpático, sobre todo con las dos mujeres. A Irene le pareció un tipo gracioso y a pesar de su aspecto también seductor, además con su tío Enrique podría mantener su ritmo de vida, hasta la convidó con cien euros. Se ocupó de agradar a su cuñada, hasta el mismo Dani llegó a sentirse desplazado. Para él seguía siendo un baboso. Observaba cómo la miraba, cómo le pasaba el brazo por la cintura en plan broma. Y su mujer no se percataba. Esa misma tarde les reunió en su despacho para que firmaran los pagarés, serían una garantía para Enrique, para que en un futuro sus cuñados le devolviesen el dinero.

– Pero no quiero que os preocupéis, no hay prisas. Yo guardaré estos pagarés hasta que podáis devolverme el dinero.
– No sé cómo agradecértelo, Enrique – le dijo su cuñada.
– Dani, vamos tú y yo a celebrar que los problemas se han solucionado. ¿Te importa, cuñada, que vayamos a tomar una copa? – Le dio unas palmadas en el hombro -. El muchacho se lo merece, está agobiado.
– Vale, vale, yo desocuparé las maletas.

Enrique se llevó a Dani de putas con un grupo de amigos. Fueron a un club de carretera a las afueras de la ciudad. Bebieron bastante alcohol durante horas y se divirtieron bromeando con las chicas que merodeaban por el local. Se tiraron fotos con los móviles. Casi todos los del grupo estaban solteros o separados. Dani se encontraba incómodo en aquel lugar, jamás había visitado un puticlub y jamás había engañado a su esposa. Pero se vio obligado a participar en aquella juerga para complacer a su cuñado. Cuando apuraba una de las copas, Enrique se le acercó.

– ¿Te diviertes, muchacho?
– Sí, joder, hacía tiempo que no salía.

Enrique sacó doscientos euros de la cartera y los dejó junto a la copa de Dani. Había dos chicas brasileñas detrás de él.

– Anda, súbete a esas dos y echa unos buenos polvos, que falta te hacen.
– Nervioso, Dani miró a las chicas y ellas le guiñaron un ojo.
– Déjalo, Enrique, yo…
– Venga, coño, no pasa nada por divertirse un rato. El sexo es para eso, ¿o no te lo pasas bien follando con tu mujer?
– Dani se sonrojó y exhibió una sonrisa estúpida.
– Sí, ya, pero yo nunca…
– Tu mujer está como un puto tren, te lo tienes que pasar en grande. Un día de estos me la tienes que dejar que le dé un tiento -. Le dio una palmada en la mejilla -. Venga, coño, folla con esas dos, desahógate un rato. ¡Chsss! Chicas, venid -.

Las dos prostitutas se acercaron -. Ese dinero es vuestro. Quiero un completo para este hombre, ¿entendido?
Ambas chicas abrazaron a Dani y se lo llevaron a la zona de las habitaciones. Le echó un polvo a cada una, aunque cuando abandonó el cuarto el remordimiento le acosó monstruosamente. Él amaba con delirio a su esposa y su cuñado Enrique le había empujado a engañarla vilmente con dos prostitutas. Llegó a la barra cabizbajo, con la mirada iluminada por el arrepentimiento. Enrique se acercó en cuanto le vio.

– ¿Qué? Estaban buenas, ¿eh? -. Asintió intentando sonreír -. ¿No ves? Por divertirse un rato no pasa nada.
– Si se entera Julia me manda a la mierda…
– Que no, coño, relájate, si ellas también nos ponen los cuernos  y ni nos enteramos.

Regresaron a casa bien entrada la madrugada. Dani irrumpió en su habitación y se desnudó sin encender la luz. Su mujer dormía. La observó unos segundos. Lamentó haberla engañado. El remordimiento le corroía las entrañas. Abatido, se echó a su lado y la abrazó fuerte.
Enrique subió a la segunda planta dando tumbos. Iba bastante borracho. Irene ya estaba acostada y medio adormilada cuando oyó los porrazos. Sin encender la luz, bajó de la cama y abrió un poco la puerta. Vio que su tío entraba en el cuarto de baño y dejaba la puerta abierta. Continuó espiándole. Se tambaleaba por la borrachera. Se quitó la camisa a tirones. Pudo ver su ancha espalda de piel blanca y salpicada de vello. Vio que se desabrochaba el cinturón y se los quitaba. Y enseguida se bajó el slip y se quedó completamente desnudo. Irene contempló el culo de su tío, un culo grande de nalgas corpulentas cubiertas por un vello denso y una raja profunda y oscura. Al inclinarse para quitarse los calcetines, distinguió sus huevos balanceándose levemente entre las dos piernas, unos huevos grandes y peludos. Irene tragó saliva ante la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Le vio de perfil cuando intentaba alcanzar un batín. Poseía un pene inmenso, considerablemente grueso y largo, con un glande voluminoso. Le colgaba flácido hacia abajo en medio de un vello denso que le llegaba hasta el ombligo. Era el doble de grande que el de Carlos. Se puso el batín, un batín rojo de seda muy corto, unos cuantos centímetros por encima de las rodillas. Y se giró para abandonar el cuarto de baño. Entonces le vio de frente, con el batín desabrochado. Al caminar, la enorme polla se balanceaba hacia los lados y los huevos botaban al son de las zancadas. Temerosa por ser descubierta, cerró la puerta despacio y regresó a la cama. No pudo dormir. La imagen de su tío desnudo la mantuvo despierta toda la noche. Nada que ver con el cuerpo musculoso y depilado de su novio, pero aquel pene, aquel cuerpo velludo y grasiento, aquel cuerpo maduro y varonil le provocó cierta confusión. Nunca lo había hecho, pero se masturbó para sofocar el ardor de su vagina.

A las ocho de la mañana, Irene oyó ruido en la habitación de su tío. Bajó de la cama y abrió un poco la puerta. Vio luz encendida en la habitación. Aguardó casi un cuarto de hora hasta que le vio salir. Apareció con el batín corto de seda, aunque lo llevaba abrochado y sólo se notaba el relieve del slip. Vio parte de su pecho peludo y la parte alta de la abultada barriga, así como sus robustas piernas. Le espió hasta que le vio bajar por las escaleras.
En la cocina, Julia preparaba el café y Dani aguardaba sentado a la mesa. Cuando apareció Enrique ataviado con el batín, ambos se cortaron. En cada zancada el batín tendía a abrirse y se apreciaba el color negro del slip. Julia se sonrojó al verle de aquella manera, con sus robustas piernas a la vista y parte de sus pectorales.

– Buenos días, Enrique.

Enrique fue directo hacia ella. Vestía un pijama de raso color celeste, compuesto de pantalón suelto y camisa. Descaradamente, le dio una palmadita en la nalga ante la descompuesta mirada de Dani, que observaba desde la mesa como un pasmarote.

– Buenas días, cuñada -. Ella se volvió y ambos se besaron en las mejillas. Vio que sus enormes tetas se movían tras la tela, aunque llevaba la camisa  bien abrochada -. Qué guapísima estás.
– Gra… Gracias… – respondió cruzando una mirada con su marido -. Siéntate, te preparo un café.

Su cuñado obedeció y tomó asiento junto a Dani. Volvió a darle una palmada en la mejilla.

– ¡Qué bien te lo pasaste ayer, cabrón!

Dani tragó saliva, temeroso de que con la excusa de que el sexo era pura diversión, le contara a Julia la juerga con las prostitutas. Sólo pudo sonreír como un pasmarote.

– Os corristeis una buena juerga, ¿no? – preguntó ella sirviéndole el café.
– No lo pasamos mal. Hoy si quieres salimos tú y yo, cuñada.

Se produjo un incómodo silencio. Dani y ella volvieron a mirarse mientras el cuñado le daba un sorbo a la taza y se encendía un cigarrillo. Dani procuró resolver la embarazosa situación.

– Es que, es que mañana es el cumpleaños de Julia, y, bueno, esta noche nos gustaría cenar aquí, y…
– Bueno, pues cenamos aquí, no hay más que hablar.

Después de un rato, Dani y Julia se fueron a su cuarto. Discutieron acerca del comportamiento de Enrique, se tomaba excesivas confianzas, se estaba sobrepasando con creces, pero debían contenerse, si Enrique se enfurecía podía ponerles de patitas en la calle y presentar los pagarés en el banco, lo que supondría la ruina total. Era un hombre demasiado soberbio. Además, Dani temía que contara su encuentro con las prostitutas. Media hora más tarde, Dani y Julia salieron juntos para resolver unos papeleos de la empresa.
Enrique tomaba otro café y hojeaba el periódico cuando levantó la cabeza y vio venir a su sobrina Irene. Llevaba un pijama blanco de raso muy parecido al de su madre, aunque la camisa la llevaba algo más desabrochada y se le apreciaba la ranura de los pechos. A medida que se acercaba, comprobó que se adivinaba el color negro de las bragas por la sombra oscura tras la tela del pantalón, así cómo los pezones erguidos, señalados en la camisa. Ella le vio sentado con las piernas cruzadas y parte de los pectorales a la vista.

– Buenos días, tío Enrique.
– Buenos días, guapa.

Pudo verle las tetitas al inclinarse para el beso en la mejilla. Se apoyó en la mesa y las vio colgando hacia abajo por la abertura del escote, unas tetitas muy bien formadas, algo picudas, de largos pezones erguidos y del tamaño de la mano. Vio que actuaba con confianza y naturalidad, sin importarle que la devorara con la mirada. Al verla de espalda notó que llevaba un tanga por la flojedad del pantalón y el vaivén de las nalgas. Estaba para comérsela y parecía demasiado dócil. Se sentó a su lado para desayunar y charlaron durante un rato. Allí, junto a su tío, eróticamente sentado a su lado con el batín abierto y las piernas a la vista, notó la fuerza de la lujuria, pero sonó el móvil que llevaba en el bolsillo. Miró la pantalla y mentalmente lamentó que fuera Carlos, a pesar de que era consciente del riesgo que entrañaba el hecho de tontear con su tío Enrique.

– Es mi novio, perdona.

Se llevó el móvil a la oreja y envuelta en una conversación con Carlos, abandonó la cocina. Cuando regresó diez minutos más tarde, Enrique ya se había marchado. Se sentó en la cocina preocupada por lo que le estaba pasando. Coqueteando con su tío. Era un disparate. Debía quitárselo de la cabeza.

Por la noche, cuando Dani y Julia llegaron a casa, su cuñado les tenía una sorpresa. Les recibió con el batín de seda roja, abrochado, aunque con parte de su barriga y las piernas al descubierto. Había preparado la mesa del comedor para una cena con todo lujo de detalles en honor a Julia, que al día siguiente celebraba su cumpleaños. Sorprendidos, le agradecieron el gesto. Había de todo. Mariscos de toda clase, frituras de pescado, raciones de carne, postres, vino y champán. Ella, que vestía con unos tejanos y una camiseta ajustada, recibió dos besos en las mejillas y una nueva palmada en el culo en presencia de su marido, pero ninguno de los dos reaccionó ante el abuso de confianza.
Sentaos, tu cumpleaños se merece un manjar como este.

– No hacía falta, Enrique – le dijo ella -. Bastante haces ya por nosotros.
– Una cuñada tan guapa como tú se merece esto y más.

Dani, aturdido, presenciaba cómo su cuñado pretendía deslumbrar a su mujer, cómo se aprovechaba de la situación de superioridad. Durante la cena sólo conversaron entre ellos, la hizo reír, recordaron momentos del pasado,  incluso hablaron de Marta, la hermana de Julia. Dani asistía alelado, desplazado por el temperamento de su cuñado, que apenas le dejaba intervenir cuando trataba de participar en la charla. Bebieron bastante vino y brindaron varias veces con champán. Enrique no dejó de halagarla. Luego sirvió unos chupitos de hierba. Notó a su mujer algo ebria, no paraba de reír, se dejaba manosear por aquel cerdo y no dejaba de tragar los vasitos que le servía. Más tarde se presentó con unas copas de whisky y continuaron bebiendo un  rato más. Eran ya las doce cuando Enrique saltó con otra sorpresa.

– ¿No le regalas nada a tu mujer, Dani?
– No he podido…

Enrique se levantó y anduvo hacia el mueble. Abrió una de las portezuelas y sacó dos cajas envueltas con papel de regalo. Las colocó delante de Julia.

– Son para ti

Sorprendida, alternó la mirada entre su marido y su cuñado, algo mareada por los efectos del alcohol.

– ¿Para mí? Muchas gracias, pero…
– Te mereces todo por ser tan guapa -. Le pasó la palma bajo la barbilla ante la estúpida mirada de su marido -. Ábrelos.

La primera caja contenía unos zapatos de charol, color negro, de tacón aguja. Le encantaron, eran unos zapatos caros y elegantes, y enseguida se puso de pie para agradecérselo a su cuñado con otro par de besos en las mejillas. Volvió a sentarse para abrir el segundo paquete. Su marido aguardaba como un memo sentado en el sillón de enfrente y su cuñado observaba de pie junto a ella. El regalo dejó helado a Dani, su cara quedó demacrada. Al destapar la caja, sacó un tanga negro con la tira trasera muy fina, así como las laterales, y una delantera de muselina totalmente transparente. Ella, sonriente, desplegó la prenda para mirarla.

-¡Qué bonito!
– ¿Te gusta? Sigue, hay más. Sé que siempre te ha gustado la lencería y he pensado que te gustaría algo así…

Lo siguiente que extrajo fue un picardías color negro, de gasa muy fina, translúcido, con tirantes anudados al cuello, escote en forma de V, muy abierto, y con volantes en la base, muy cortito. Dani no se lo podía creer. El corazón le latía acelerado. Le estaba regalando lencería erótica, unas bragas y un picardía. Y su mujer, medio borracha, actuaba a modo de broma, sin percatarse de las intenciones de aquel cabrón. Lo tendió sobre la mesa para verlo.

– ¿Te gusta? – le preguntó Enrique.
– Sí, muy sexy, ¿no?
– ¿Por qué no te pruebas las tres cosas?

Ella se rió y Dani notó un sudor frío en las sienes, sin  embargo se mantuvo inmóvil como un necio.

– Me da vergüenza, Enrique – se disculpó mirando de reojo a su marido.
– Venga coño, que veamos lo guapa que estás -. Miró a Dani -. Que se lo pruebe, ¿no, Dani? ¿Eh? Venga, anímala, coño.
– ¿Qué? – Estaba ofuscado, notaba la circulación sanguínea a cien por hora.
– Pruébatelo – impuso más seriamente.

Julia se levantó con las prendas y los zapatos en las manos.

– Bueno, vale, ahora vuelvo.

Dani vio cómo su esposa se dirigía al cuarto de baño. Enrique se echó otro whisky y se acomodó en el sofá, reclinado, con el batín medio abierto, se apreciaba con claridad su slip blanco y gran parte de su enorme panza. Se encendió un cigarrillo. Dani tuvo que darle un buen trago a su copa para serenarse. Aquel hijo de puta se estaba aprovechando de su poder. Julia, en el cuarto de baño, no era muy consciente de lo que estaba sucediendo. Estaba muy borracha. La cabeza no paraba de darle vueltas y tuvo que vomitar y lavarse la cara antes de empezar a cambiarse. Ambos la vieron venir hacia el salón ataviada con el picardías. Caminaba sensualmente meneando las caderas gracias a los tacones. Llevaba los brazos en los costados y los ojos entrecerrados. Enrique se quedó boquiabierto. Se le transparentaba todo a través de la gasa. Era un picardías excesivamente corto, la base de volantes sólo quedaba un par de centímetros por debajo de las ingles, lo que permitía dejar sus muslos a la vista. Las enormes tetas, unas tetas blandas, se mecían en cada zancada tras los flojos tirantes anudados a su cuello, se diferenciaban los gruesos pezones y las manchas circulares, y parte de la masa esponjosa sobresalía por los lados. Igualmente se distinguía el ombligo y la mancha oscura de la vagina tras la delantera del tanga. Dani tuvo que cerrar los ojos para contener el pánico que recorría sus entrañas. Parecía una prostituta. Permitía que su mujer se exhibiese ante aquel cerdo y no hacía nada por impedirlo, y todo por miedo a represalias. Se detuvo en mitad del salón para ser observada.

– Date la vuelta – le ordenó su cuñado.

Acató la orden y exhibió su culito tras la gasa, con la tira del tanga en el fondo de la raja. Era un culo para romperlo a mordiscos, ancho y con nalgas carnosas y abombadas que vibraban al moverse.

– ¿Os gusta? – preguntó ella con la voz temblorosa, mirando a Enrique por encima del hombro.
– Me gustas – le soltó él -. Ven, siéntate a mi lado -. Caminó despacio y tomó asiento a pocos centímetros de él y frente a su marido, con las rodillas juntas y las manos en el regazo, como queriendo tapar su parte más íntima -. Estás demasiado guapa, cuñada – le dijo embelesado con sus tetas, sólo cubiertas por los tirantes en la parte central.
Dani asistía indignado al lamentable espectáculo, sin saber cómo enderezar aquella situación. Vio que su mujer se volvía ligeramente hacia su cuñado con una sonrisa en la boca.
– Me da vergüenza, Enrique, voy a vestirme.

Enrique se desnudó el cinturón y se abrió el batín exhibiendo el tremendo bulto del slip y su abombada barriga blanca y peluda. Pellizcó cariñosamente la barbilla de su cuñada.

– Me has puesto cachondo, cuñada.
– Anda, Enrique, no seas tonto – le dijo propinándole un manotazo para apartarle el brazo.

Le alisó el cabello suavemente con la mano derecha.

– ¿Por qué no me haces una paja? -. Ella emitió una carcajada y Dani irguió la cabeza, descompuesto de los nervios -. No te importa que tu mujer me haga una paja, ¿no, Dani? – Le preguntó sin apartar la vista de su mujer-. Vamos a divertirnos un rato, ¿verdad, cariño?
– Enrique, por favor – protestó tímidamente Dani -. No te pases, hombre.
– Ella también tiene derecho – susurró excitado mientras le alisaba el cabello. Dani notó un tono amenazante -. Vamos, guapa, hazme ese favor.
– Ella se puso seria y buscó los ojos de su marido.
– Enrique, esto no está bien…
– ¿No me puedes hacer un favor? – dijo elevando el tono de voz -. Me has puesto cachondo… Sólo quiero relajarme un poco. ¿Tanto te cuesta? Creo que lo merezco, ¿no? A tu marido no le importa.
– Sí, pero, Enrique…
– Mastúrbame – sentenció.

Julia desplegó una ridícula sonrisa. Vio que su marido, abatido, reclinaba la cabeza sobre las manos sin poder hacer nada. Vio que bebía nerviosamente tragándose todo el whisky. Debía entregarse por el bien de su familia. Suspiró y acercó las manos a aquel cuerpo seboso. Le tiró del slip y lo deslizó por las robustas piernas hacia la altura de las rodillas. Descubrió su polla erecta empinada hacia la barriga y sus huevos gordos, ásperos y peludos. Enrique le dio un sorbo a la copa observando la actuación de su cuñada. Tras bajarle el calzoncillo, se mantuvo erguida, con las manos en el aire, fija en sus genitales. Se percató de que Dani sudaba y les miraba fijamente con el horror dibujado en la mirada.

– Tócame los huevos – le ordenó.

Muy despacio, plantó la mano derecha sobre los huevos y empezó a sobárselos con extrema suavidad. Enrique jadeó al sentir la mano fría de su cuñada. Los sobaba hundiendo las yemas y apretujándolos con la palma, con aquellos dedos delicados de uñas pintadas de rojo. Dani presenciaba la escena desde el otro sillón, presenciaba cómo su mujer le manoseaba los huevos a otro hombre. Se miraban a los ojos, como si ella fuera la puta y él el cliente. No paraba de acariciarle el cabello y pellizcarle la barbilla. También condujo la izquierda hacia los testículos. Le magreaba los huevos con ambas manos, estrujándolos como si fueran una esponja. Él respiraba excitado y su marido acechaba aterrado, sin poder hacer nada por remediar aquel horror. Continuó sobándole con la izquierda y la derecha la deslizó despacio por el tronco de la verga. Llegó al glande y, a modo de caricia, volvió a bajar con los dedos hasta la base. No quería mirar a su marido y continuaba concentrada en la actuación de sus manos. Le agarró la polla con fuerza para sacudírsela con lentitud. Enrique rugió por la excitación y la mano derecha la deslizó por la espalda de su cuñada. Julia dejó la palma izquierda sobre el vello y aceleró la agitación del brazo para masturbarle más deprisa. Le meneaba la polla con soltura apretujándole el glande. Y Dani cómo espectador, viendo cómo los huevos se mecían con las sacudidas. Los pechos se columpiaban tras la gasa por el intrépido movimiento del brazo. El pezón de la teta derecha asomó por el lado del costado y quedó a la vista. Dani tuvo ganas de avisarla, veía cómo Enrique se fijaba babosamente.

– No dejes de tocarme los huevos – le susurró. Ella sujetó ahora la verga con la izquierda para poder sobarle los testículos con la derecha. De nuevo aligeró la vibración del brazo. De nuevo las tetas comenzaron a moverse. La derecha ya la tenía casi entera por fuera del tirante. A veces cruzaba una mirada con los patéticos ojos de su marido, pero volvía a concentrarse -. Lo haces muy bien, sigue así -. Miró a Dani. Le temblaba la barbilla, como si fuera a echarse a llorar. Condujo la mano desde la espalda de su cuñada hacia su nuca -. ¿Quieres participar, Dani?

Dani cabeceó mostrando su indignación.

– Sigue, cuñada, lo estás haciendo muy bien.

Enrique cabeceaba ante las veloces sacudidas que sufría su verga. La teta libre se meneaba como un flan. Su cuñada permanecía concentrada, masturbándole y sobándole los huevos con agilidad. Enrique ya respiraba jadeando, como si fuera a correrse. Ella le apretaba la polla al meneársela y le agarraba los huevos con fuerza. Dani tuvo que levantarse y abandonar el salón, dejó a su mujer a expensas de aquel cerdo. Los celos y la rabia le bombardeaban la mente. Ninguno de los dos le miró al salir, su esposa se afanaba en hacerlo bien. Desde fuera miró por encima del hombro. Enrique rugía. La polla comenzó a salpicar leche sobre la barriga y sobre el brazo de su mujer. Continuó meneándosela, aunque más despacio, escurriéndola, y retiró la mano derecha de los huevos. Dani entró en su dormitorio con las manos en la cabeza y los ojos inundados de lágrimas. Aquello era una pesadilla. Su mujer estaba siendo sometida y humillada. La angustia le provocó serios escalofríos en todo el cuerpo.
Cuando la respiración  de Enrique pareció más calmada, Julia le soltó la polla, aunque no se atrevió a moverse. Su cuñado se irguió volviéndose hacia ella y le alisó el cabello. Se fijó en la teta que estaba por fuera del tirante. Ella ni siquiera se había percatado.

– Estás caliente, ¿verdad? -. Julia sólo tragó saliva. Enrique la empujó con suavidad para que se reclinara sobre el sofá. Le separó las piernas y le deslizó la base del picardías hacia las ingles, dejando bien visible la delantera del tanga, la delantera de gasa transparente donde se apreciaba con claridad la zona velluda de la vagina -. Quiero masturbarte…
– Enrique…
– Chssss…

Le pasó el brazo derecho por los hombros para que apoyara la cabeza sobre él y la mano izquierda la plantó encima del tanga. Deslizó los dedos con suavidad por la gasa hacia la tira superior y muy lentamente fue metiendo la mano hasta que la palma abarcó todo el chocho. Ella volvió la cabeza hacia él al sentir la mano sobre su vagina y resopló. Notaba el aliento de su cuñado en la cara. Sus labios estaban a escasos centímetros. El muy hijo de puta había conseguido con sus formas ponerla muy cachonda. No podía evitarlo. Notó que le acariciaba con las yemas entre los labios vaginales arrastrando la yema del dedo corazón. Julia mantenía los ojos bien abiertos. Sintió que le agarraba el coño con parte del dedo corazón metido dentro. Comenzó a meneárselo en círculos, muy despacio, procurando profundizar con el dedo. Desde la habitación de enfrente, Dani se asomó y les vio en el sofá. Su mujer permanecía reclinada sobre el brazo de Enrique, con las piernas separadas y la teta derecha por fuera del tirante. Enrique, erguido, se había vuelto hacia ella y la estaba masturbando. Parte de la mano sobresalía por los laterales de las bragas. A través de la gasa vislumbraba el movimiento de los nudillos agitando el coño de su esposa. Ella miraba fijamente a su cuñado sin apenas parpadear. Poco a poco, Enrique avivó el meneo de la mano tensando las bragas y clavando más profundamente el dedo corazón. Oyó cómo su mujer respiraba por la boca a modo de jadeos y cómo fruncía el entrecejo con la boca abierta. Contempló cómo ella removía la cadera ante los bruscos movimientos de la mano en su coño. Vio cómo cerraba las piernas, como queriendo atrapar la mano que hurgaba dentro de su braga. Resollaba envuelta en una aureola de placer. Dani cerró la puerta y se sentó en el borde de la cama hostigado por los celos y sentimientos horribles.
En el salón, Julia volvió a separar las piernas sin parar de resoplar y menear la cadera. Enrique retiró el brazo de sus hombros y bajó la mano para echar a un lado la delantera de las bragas. Comenzó a follarla con el dedo con más severidad, asestándole fuertes punzadas que le produjeron algún gemido. Con la izquierda le sujetaba la delantera de las bragas. Sus tetas se movían como flanes ante las convulsiones de su cuerpo. Disponía de una visión total de aquel coño peludo.

– Muévete, puta – le susurró su cuñado.

Ella cabeceaba lujuriosamente en el respaldo del sofá procurando apagar sus gemidos. Enrique le atizaba con fuerza hundiendo el dedo hasta el fondo. De pronto ella se contrajo en un gemido final y se mantuvo inmóvil con los ojos cerrados, señal de que se había corrido. Cuando segundos más tarde abrió los ojos, dio un bufido y su cuñado retiró las manos de su vagina. La braga no llegó a taparle el coño entero y parte de él quedó a la vista. Julia procuraba recuperar el aliento cuando Enrique se levantó. Se colocó entre las piernas de ella, de pie, y vio cómo se bajaba el slip hasta quitárselo. Nervioso, comenzó a sacudirse la verga aceleradamente, desplazando su vista por todo el cuerpo de su cuñada, por su coñito a medio tapar, por su teta por fuera del tirante y por su mirada de placer. Ella sólo presenciaba la masturbación reclinada sobre el sofá. Tardó poco en rociarla de leche, una leche muy dispersa que le cayó por todos lados. Algunas gotitas cayeron sobre el vello del coño, otras sobre la delantera del picardías y algún pegote le manchó la teta que tenía por fuera. Tras exprimir el glande, derramando las últimas gotas sobre la rodilla de Julia, se soltó la verga y anduvo desnudo hacia la mesa para servirse otro cubata y encenderse un cigarrillo. Julia le observó unos segundos sin alterar su posición. Observó su culo gordo y su espalda robusta. Le dio unos sorbos y unas caladas y se acercó al sofá para echarse el batín por encima. No llegó a abrochárselo. La verga se le había ablandado y le colgaba hacia abajo.

– Ha estado bien, cuñada. Haces unas pajas de escándalo.

Julia se irguió tapándose el coño salpicado y ajustándose el tirante para cubrir la teta. Cogió una servilleta y se la pasó por el picardías para secarse el semen. Luego se levantó alisándose la base.

– Hasta mañana, Enrique.

La observó en silencio hasta que la vio entrar en el dormitorio. Julia encontró a su marido desfallecido en el borde de la cama, con claros rastros en las mejillas de haber estado llorando. Levantó la mirada al verla. Vio sus manchas en el camisón y la humedad del tanga. Ella, aún con síntomas de mareos, se sentó a su lado.

– Lo siento, Dani, he tenido que hacerlo -. Dani asintió, de nuevo con las lágrimas reluciendo en sus ojos -. Estamos en sus manos, puede arruinarnos la vida.
– Hijo de puta… Algún día lo va a pagar…
– Chsss, todo se arreglará, pero sabes que le necesitamos y tenemos que pensar en la niña. Mañana debe pagar la matrícula y sólo él puede dejarnos el dinero.  Ha sido horrible, Dani, para mí y para ti.
– Va a destrozar nuestras vidas… – lamentó.
– Es el precio que tendremos que pagar, Dani.

Dani se levantó y merodeó por el cuarto con las manos en la cabeza. Su mujer llevaba razón, a pesar del horror, sus vidas dependían de él y todo por asuntos económicos. Además, persistía la amenaza de que el muy cabrón contara su visita al puticlub y terminara de joder su matrimonio. Si Julia se enteraba, entonces sería su perdición.

– Encontraré trabajo y nos largaremos de este infierno, te juro que no lo permitiré.
– Voy a darme una ducha.

Dani, hundido, la observó vestida de puta hasta que se metió en el lavabo. Luego volvió a sentarse en la cama y reclinó la cabeza sobre las manos para soportar el dolor.

Final Parte I.

En la segunda parte, Enrique continuará acechando sexualmente a su cuñada ante los ojos de Dani. También la obsesión de Irene por su tío traerá graves consecuencias.

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Escrito por Marqueze

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2 Comentarios

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  1. Muy bueno, la verdad. Bien ejecutado y sin que se te haya ido la pinza por el calentón que debes haber tenido escribiéndolo, como cualquiera con un poco de sangre en las venas, jeje…

    Tengo mucho interés en seguir esta serie y espero que puedas trabajar en ella en un futuro. ¡Muchas gracias! :-)

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