Belle de Jour a mi gusto 20. Poseída por el demonio de la lujuria

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Teología de la lujuria

Después del exorcismo ejecutado

-de latines salmodia lastimera

contra el lascivo cuerpo de la hetera,

de bendecidas aguas salpicado-

 

follar a Belle un cura en lo sagrado

más que blasfemia acto de culto era:

desdeñar tal beldad afrenta fuera

al dios que, curva a curva, la ha creado.

 

Dios que creó la flor, creó el aroma,

Dios nos creó el manjar y el apetito,

Dios creó a la mujer y a la lujuria.

 

Ora quien con deleite a flor se asoma,

quien degusta un manjar, por Dios bendito,

quien place con mujer, si no la injuria.

 

 

Lo siguiente fue verse en una playa de Ibiza, en soberbio top less, tostándose y exhibiendo sus tatuajes, especialmente la traviesa cola del dragón desbordando la braga del escueto biquini. Ibiza estaba ya de vuelta de muchas cosas, pero su espléndido semidesnudo, lucido con desvergüenza, sin asomo de inhibición, aún era un bello y lúbrico espectáculo, incluso allí.

 

Llevaba una semana de estricta castidad y estaba harta de tanta virtud: las noches se le hacían interminables y los días, inanes, estériles, vacíos. En su afán por recuperar la “normalidad” hasta había visitado iglesias, y esa había sido, por cierto, la experiencia más alucinante de su estancia en Ibiza, que por ello merece un relato minucioso.

En su inquietud y en su soledad pensó que necesitaba consejo y, es difícil saber por qué, le pareció que podría ser bueno el de un confesor. Severine, aunque católica, no era practicante, y mucho menos desde su arriesgada decisión de acudir a Anaïs Modes. Pero ahora en esta encrucijada de su doble vida en que la personalidad libertina pugnaba con hacerse dueña de ella por completo quiso darle una “chance” a la moralidad más conservadora que anidaba en su pasado.

Estuvo buscando una iglesia adecuada y encontró una parroquia poco céntrica y relativamente cercana a un “barrio prohibido”. Así, pensó, era más probable que algún cura pudiera ser más comprensivo con “su problema”. Vigiló un par de tardes el ambiente en la iglesia: parecía tranquilo, y había un cura de mediana edad que confesaba por las tardes hasta las ocho o más; la cola de confesión entre semana era reducida y alguna vez creyó ver entre las viejas penitentes otras más jóvenes a las que con su experiencia no dudó en calificar de ovejas descarriadas que venían a desahogar su conciencia desde algún burdel cercano.

Al segundo día el cura confesor ya se había fijado en ella y decidió abordarla.

-Te he visto por aquí dos días seguidos sin atreverte a acudir a mí. ¿Tienes algún problema, hija?

-Verá. Soy francesa y no soy muy practicante, pero quisiera tratar con usted largamente de un tema delicado y de gran importancia para mi vida. No sé si es pedirle demasiado …

-En absoluto, hija. Para eso estoy. Mira para poderlo tratar con tranquilidad vente mañana por la tarde a eso de las ocho, que ya habré acabado con el confesonario, y me buscas en la sacristía – aquella puerta del fondo- y podremos hablar tan extensamente como quieras.

-Gracias. Aquí estaré.

Severine estuvo algo preocupada aquella noche por el paso a dar al día siguiente. De hecho nunca había planteado su “problema” a alguien tan ajeno y quizá con prejuicios; de hecho hasta el momento sólo estaban al tanto de ello personas de su entorno de prostitución: Anaïs, sus compañeras, y su “protector” y amante, y otros menos allegados. De los demás se podía decir que sólo conocían una de las dos personalidades: la burguesa o la puta, pero carecían de las claves que pudieran relacionarlas. Sí, se había comprometido a dar un paso delicado; claro que estaba en el extranjero y para el cura era y seguiría siendo de identidad desconocida por mucho que entrara en el detalle de la información. En el fondo todo sería genérico.

A la hora acordada armada de valor Severine acudió a la cita. Llamó a la puerta de la sacristía y la abrió el cura, que la recibió con expectación y simpatía.

-Pasa, pasa, hija. He arreglado las cosas para que estemos solos – a esta hora tampoco suele venir nadie – pero, por si acaso, vamos a cerrar la puerta. – Y así lo hizo, con dos vueltas de llave.

-Bien, hija mía, veamos cual es tu problema y qué puedo hacer por ti. Te garantizo en todo caso que aunque esta no sea formalmente una confesión, para mí, a efectos de secreto, lo es. Así que no pases apuro por ello.

-Gracias, padre. Se lo agradezco de antemano de corazón, el tema para mí no es fácil de exponer …

Y Severine le fue exponiendo mediante un relato sobrio y conciso las decisiones y pasos de su vida desde el momento en que pisó Anaïs Modes sin entrar en ningún momento en detalles escabrosos. El semblante del cura iba adquiriendo más y más gravedad según avanzaba el relato, pero la dejó hablar apenas sin interrupciones hasta el final o lo que parecía serlo. Finalmente Severine le confesó que la personalidad prostituta iba ganando fuerza en su vida y parecía que finalmente la encaminaba a arrumbar definitivamente a la burguesa y quedarse con toda ella, como personalidad definitiva. Y le pidió consejo acerca de cómo lo veía él y acerca de qué es lo que podía hacer.

El cura meditó un largo rato y luego quiso saber acerca de detalles fundamentales.

-Fuerte es el tema que me planteas, mujer- a partir de ese momento y en lo sucesivo dejó de llamarla “hija”. – Vamos a ver, por lo que entiendo no te prostituyes por dinero ¿es así?

– Así es. Mi posición es acomodada, mi marido es un cirujano de prestigio en París, nos codeamos con la alta sociedad, vivimos en una vivienda de alto standing en un barrio residencial muy selecto, tenemos alguna servidumbre, etc.

– ¿Tampoco eres objeto de extorsión o chantaje? ¿No te amenazan con dañar a tu familia o marido?

– No , tampoco.

-¿Ni te ha subyugado algún mal hombre que tras seducirte te haya conducido a esto? ¿No te drogas?

-Pues no, nada de eso. Lo cierto es que lo hago voluntariamente. Y mi vida, por lo demás, es muy sana.

-Pues me rompes los esquemas; estoy acostumbrado a aconsejar a pobres mujeres de ese oficio-la parroquia queda cerca de un mal barrio-, pero ellas, en el mejor de los casos, lo hacen porque necesitan el dinero para su familia o por la droga, y otras muchas forzadas por las organizaciones mafiosas o algún chulo. Pero un caso como el que me expones nunca lo había conocido. Dime la verdad ¿qué te mueve a ello, qué motivos tienes, qué sacas de tu degradación?

-No es fácil explicarlo, pero he prometido decir la verdad y voy a hacerlo aunque salga mal en la foto. La verdad muy resumida es que me gusta, sí, me gusta, disfruto prostituyéndome. Pero no es el placer sexual directo, que no es lo principal en una prostituta. De cuando en cuando se consigue y entonces miel sobre hojuelas, pero no es lo que me motiva realmente. Lo que me motiva de verdad es la propia entrega servil y sumisa a un cliente, dejar aparcada mi arrogancia de burguesa y cumplir los bajos deseos de alguien que en el fondo me desprecia, y recibir un dinero por ello, más por redondear la humillación que por el dinero en sí. Y además me gusta excitar al cliente potencial con mi cuerpo y con mis artes de oficio; recibirlo frío y ponerlo a cien; ver como con mis habilidades de seducción se genera el deseo y se desata toda la lujuria contenida en el fondo de casi cualquier hombre y guardar el recuerdo de cada seducción como un trofeo. Y todo esto sin abrigar para el cliente ni el menor rescoldo de cariño; no más que una oficiosa cortesía. En la entrega a un amante hay un deseo de posesión y de contraprestación por transitoria que sea la relación; en la entrega a un cliente hay solo la satisfacción de un trabajo bien hecho. Como la Madelón digo: “qué voy a hacer yo con un hombre si necesito un batallón”…

En la mirada del cura la gravedad había subido hasta un punto tal que se advertía en sus ojos un brillo de determinación.

 

-En tu caso, mujer, veo mucha más hondura que el simple pecado. La pecadora que reconoce su pecado aunque vuelva a caer está en el camino de su redención. Este no es tu caso. En el fondo de tu conducta tú no ves pecado sino placer y hasta, valga la paradoja, realización y gloria. Te estás identificando progresivamente con tu pecado, que te conducirá a la perdición si no estás ya en ella. De hecho estoy convencido de que estás poseída, pero tengo instrumentos con la ayuda de Dios para intentar remediarlo. Aguárdame aquí.

-Pero ¿qué dice, hombre de Dios? ¡Poseida yo! ¡Posesa! Déjeme salir.

 

Pero el cura patentemente sobreexcitado ya no la oía. Salió y cerró la puerta con llave. Severine comenzaba a estar asustada. Sentía que se había transportado a un oscuro pasado medieval.

Volvió el presbítero con un hisopo plateado y un cubo ritual de agua, supuestamente bendita.

 

-Oiga, dejémoslo así. Yo no le he dicho nada ni he estado aquí. …

-Belcebú no se llevará tu alma inmortal estando yo aquí. ¡Muéstrate, mujer!

-Que me muestre ¿qué quiere decir?

-Desnuda tu cuerpo como cuando oficias tus artes infernales.

-Pero aquí ¡en la casa de Dios! …

-¡Ahora nombras a Dios y te preocupas por si le ofendes ¡Sabe, mujer, que el exorcismo es un acto de culto y, como tal, consagrado. ¡Desnúdate, te lo ordeno!

 

Y entonces Belle irrumpió pujante y se sobrepuso a la indecisión de Severine, y decidió seguirle la corriente al cura. Casos más extraños había vivido, y se sentía en pleno dominio de sus artes. ¡Posesa! Vale, posesa, diablesa y lujuriosa. A ver quien podía más.

Se empezó a desnudar mirándolo a los ojos; insinuante, perezosa, oferente, ronroneante. La verdad es que el ambiente de la sacristía imponía mucho, pero Belle ya se había metido en su papel.

 

-¿Qué pretendes, Dalila, Lilith, Jezabel? ¿Intentas seducirme? No soy uno de tus clientes; la virtud y la ayuda de Dios me permitirán resistir.

 

Belle quedó desnuda en el marco insólito de la sacristía. La cara del ya muy excitado sacerdote se desencajó al ver el dragón del pubis y la mariquita del seno.

-¡Oh, Jesús! ¡Los signos externos de la posesión diabólica: el dragón contra el que luchó San Jorge y el insecto en el seno, signo de podredumbre y descomposición, como en la manzana de Eva en el Paraíso! Vade retro, Satán.

-Pero qué grosero, curita. ¿acaso no me encuentras algo bueno?¿no te parezco hermosa? ¿Un bocadito de nata, un tocinillo de cielo? Ya sé que no soy buena, aunque no he hecho mal a nadie y sí mucho bien y placer, pero ¿acaso no estoy buena? Échame una miradita con algo de cariño, galán.

 

En estas el cura la veía ya en una alegoría de rosas impuras y zarzas retorcidas en amenaza aguda de retención indecente. Nimbaba a la hermosa pérfida una luz irreal, sucia y a su pesar alucinante como en las tentaciones de San Antonio, puestas al día por las nuevas tecnologías. El cura, para defenderse, arrancó apresuradamente el ritual del exorcismo:

 

Exorcizamus te, omnis immundus spiritus, omnis satanica potestas, omnis incursio infernalis adversarii, omnis legio, omnis congregatio et secta diabolica, in nomine et virtute Domini Nostri Jesu+ Christi, eradicare et effugare a Dei Ecclesia, ab animabus ad imaginem Dei conditis ac pretioso divini Agni sanguine redemptis + . Non ultra audeas, serpens callidissime, decipere humanum genus, Dei Ecclesiam persequi, ac Dei electos excutere et cribrare sicut triticum + .

 

Las zarzas se cerraban, la luz se pasaba toda al fondo y aparecían dos grandes alas ¿de águila?¿de cóndor?¿de buitre? Y el desnudo de Belle en claroscuro inquietante.

 

-Mira como me estás poniendo con tu agua bendita; has podido calentarla un poco, mon petite chou chou. Ven aquí con tu nena.

 

Belle se agachó sobre su bolso y sacó un condón; estaba segura de que terminaría poniéndoselo. E inició un lentísimo y ondulante acercamiento. El otro seguía con su hisopo y sus latines, pero cada vez más sofocado ¿Cuánto tiempo hacía que no veía una mujer desnuda? Y nunca tan provocativa e insinuante.

 

Imperat tibi Deus altissimus + , cui in magna tua superbia te similem haberi adhuc præsumis; qui omnes homines vult salvos fieri et ad agnitionem veritaris venire. Imperat tibi Deus Pater + ; imperat tibi Deus Filius + ; imperat tibi Deus Spiritus Sanctus + .

 

La imagen, para el presbítero, evolucionó de nuevo. ¡Allí aparecía a fin la Bestia! y hacía ademán de cubrirla con un rico manto púrpura, símbolo del Imperio del Pecado. Sus piernas se enfundaban ahora en dos radiantes medias de seda blanca ceñidas con ligas musleras doradas. La seducción seguía su curso, la voz de ella era apenas un arrullo.

 

-¿Te vas percatando, nene mío? ¿Te gusto más así? Pues verás cuando esté ya muy cerca y puedas acariciar estas tetas de diosa y meter tus dedos en la gruta del placer. ¡No te resistas!

-Vade retro,  mujer de Putifar. Mi castidad te vencerá.

 

Imperat tibi majestas Christi, æternum Dei Verbum, caro factum + , qui pro salute generis nostri tua invidia perditi, humiliavit semetipsum facfus hobediens usque ad mortem;

 

Satanás no se recataba ya en mostrarse con todos sus atributos llamas, tridente … y cuernos incipientes ya sobre la rubia melena de la hermosa.

 

-Ya te quemas, te cueces en el propio jugo de tu lujuria imparable, querido hipócrita. Suda, suda, pronto podrás vengarte de tu aborrecida castidad, culpable de tanto insomnio.

-No, no. Aléjate.

 

qui Ecclesiam suam ædificavit supra firmam petram, et portas inferi adversus eam nunquam esse prævalituras edixit, cum ea ipse permansurus omnibus diebus usque ad consummationem sæculi. Imperat tibi sacramentum Crucis + , omniumque christianæ fidei Mysteriorum virtus +. Imperat tibi excelsa Dei Genitrix Virgo Maria + , quæ superbissimum caput tuum a primo instanti immaculatæ suæ conceptionis in sua humilitate contrivit.

 

Al fin la veía en su ardiente naturaleza ígnea. Mujer de fuego, aborto del Averno, de cuernos retorcidos y alas de murciélago, pero ¡tan apetecible! Su aliento le quemaba los labios, sus pezones, ascuas de sangre herían su propio pecho, sus nalgas se levantaban arrogantes, y el pubis … Estaba perdido y lo sabía, pero aún acertó a decir:

 

Ergo, draco maledicte et omnis legio diabolica, adjuramus te per Deum + vivum, per Deum + verum, per Deum + sanctum, per Deum qui sic dilexit mundum, ut Filium suum unigenitum daret, ut omnes qui credit in eum non pereat, sed habeat vitam æternam: cessa decipere humanas creaturas, eisque æternæ perditionìs venenum propinare: desine Ecclesiæ nocere, et ejus libertati laqueos injicere. Vade, satana, inventor et magister omnis fallaciæ, hostis humanæ salutis.

 

Y sucumbió.

 

-Perezco, Dios mío, la tentación de esta mala mujer es demasiado fuerte para mí; es como la montaña imán que atraía a los barcos por su hierro y, despojándoles del magnético metal los desarmaba. ¡Aaagh, aaagh!

 

Belle rauda y previsora, tras de desabotonarle la bragueta y liberar el enardecido miembro, le calzó con habilidad el condón que llevaba preparado.

 

– Cariño, cariño, fóllame ya, aquí en tu sacristía. Fóllame.

 

Después, tras cuatro o cinco agónicas embestidas, el casto presbítero vilmente seducido descargó prematuramente su represión de meses o años con un gemido o rugido aterrador, especialmente por cuanto significaba de derrota.

Lo último que acertó a ver el sagrado gladiador fue la imagen triunfal de su enemiga, ya con todos su atributos de guerra y muerte  manifiestos.

Belle, temiendo lo peor, aprovechó la postración poscoito  del energúmeno para recoger sus prendas y bolso y, sin vestirse abrió la puerta, en el momento en que el cura, muy confundido y airado, se abalanzaba sobre ella con un crucifijo, dispuesto a resolver a cristazos lo que no había conseguido con latines. Pero Belle, más ágil, consiguió zafarse, salir y cerrar por fuera la sacristía con la llave. Y allí quedó entre conjuros el exorcista fallido. La última imagen que se le presentó de la endemoniada era ya la imagen misma de la muerte.

Severine se vistió a toda prisa tras de un confesonario y sin parar salió de la iglesia a la calle, paró un taxi y le dio la dirección del hotel, donde se aseó y vistió para la cena.

 

Aquella fue sin duda su aventura más gótica. Nunca volvió a ver al cura, y lo sintió por él, pobre hombre. Con sus prejuicios y supersticiones el episodio fue sin duda para él un verdadero trauma. Trauma que ella nunca pretendió y que vino rodado. ¡Mira que encerrarla como a endemoniada y pretender exorcizarla a trancas y barrancas! Se lo había ganado, y a ella le daba la verdadera medida de su capacidad de seducción. Fue una conquista realmente dura, pero mereció la pena. ¡Había superado como diablesa, incólume, su primer exorcismo! En la Edad Media sin duda la hubieran quemado; con menos razones quemaron a otras como posesas o brujas.

 

EL FILÓSOFO

 

[CONTINUARÁ]

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Un comentario

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  1. Es muy curioso. Las cuatro primeras valoraciones a esta entrega le otorgaron 10 puntos cada una, pero vino una quinta y solo le otorgó 1 punto, con lo cual la valoración media queda en 41/2=8,2 puntos. Obviamente, cada lector está en su derecho de dar el valor que quiera y el autor en la obligación de aceptar el resultado, y así lo hace. No obstante el contraste entre la última votación y las demás es tan fuerte que el autor queda sumido en la perplejidad ¿sería posible que el quinto votante diera algún indicio de su rechazo a este trabajo para que el autor pudiera corregir los posibles defectos y mejorar su trabajo? Si puede hacerlo, se lo agradecería. ¿Es quizá la atrevida irrupción en el ámbito del templo, la irreverencia? ¿Es el uso del latín litúrgico en un relato erótico?

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