Belle de Jour a mi gusto 21. En Ibiza, el psiquiatra y otras andanzas

 

Lujuria

 

¿Cómo llamar a tal ardor pecado?

¿Cómo tildar de torpe a esta dulzura?

Sólo la hipocresía dice impura

de la fruta que busca de tapado.

 

Es el deseo, suave o desbocado,

el talismán que alumbra la locura

de unión total con otra criatura:

es comunión, es gloria y es sagrado.

 

Quien nada da de sí, quien no se entrega,

quien compra el sexo como mercancía

el más preciado don convierte en heces.

 

Mas no quien pone todo en la refriega

y abnegado de sí todo lo fía

en Afrodita y en Amor por jueces.

 

 

Pero Severine no se conformó con esta prueba. Había venido a Ibiza para reflexionar seriamente sobre su futuro antes de tomar una determinación sin vuelta atrás. Si la religión había dado un resultado tan decepcionante, aunque se hubiera divertido un poco con el pobre cura, quedaba la ciencia, la medicina. Como no quería acudir a ciegas a cualquier psiquiatra pidió información al consulado francés en la ciudad, donde le recomendaron un par de ellos, y en particular el Dr. K. que trataba a algunos miembros de la colonia francesa en Ibiza, por lo que dominaba bien el idioma, imprescindible en el tratamiento, y Severine concertó consulta para la semana siguiente. Iba a ser una consulta de un tipo muy diferente a la planteada en Paris al psicólogo monsieur P (léanse los capítulos 5 y 6 de esta serie). En aquel caso se trataba de combatir la inhibición sexual ante los hombres que arrastraba Severine, como consecuencia de oscuros sucesos de su infancia, y el psicólogo lo consiguió; ahora Belle, ya personalidad dominante, quería una opinión profesional sobre su consideración de la prostitución de lujo y la práctica del erotismo fuerte – pornografía, exhibicionismo, burlesque, aparición en portadas de revistas de desnudo o sexo explícito – como forma de realización sexual, frente a otras posibles alternativas.

 

El Dr. K. tras de tomar unos datos y garantizarle, a requerimiento expreso de Severine, la total confidencialidad de cuanto allí se tratara, cosa, según le manifestó el médico, incluída en la deontología de su profesión, y en la de cualquier relación médico-paciente, la dejó explayarse en su relato sin apenas interrumpirla. Severine hizo un relato semejante al que había hecho al confesor aunque algo más frío. Puso especial énfasis en resaltar que la personalidad golfa, libertina o  de adicción a la prostitución iba cobrando vigor hasta el punto de imponerse a la personalidad de burguesa acomodada como queriendo sustituir o eliminar definitivamente a ésta, y presentándole como de naturaleza su adicción a los hombres, creando para ella un verosímil síndrome de abstinencia. Finalmente le resumió que esperaba de la consulta que la orientara acerca de la mejor elección de entre las tres únicas opciones que veía posibles: a) Tratar de volver a la situación anterior a su prostitución; b) Seguir en ella como hasta ahora, manteniendo el engaño de su doble vida; c) Aceptar como definitiva y única su personalidad de mujer entregada voluntariamente al cultivo del placer propio y ajeno, bajo pago o no, sin ocultarla ni negarla (salir del armario).

 

El psiquiatra le preguntó por la existencia de alguna experiencia traumática en relación con la práctica del sexo durante su niñez o su pubertad, y si sabía de algo del mismo tipo en lo relativo a su marido. Severine se vió obligada a revelar un oscuro periodo de su pasado en que hubo de padecer abusos de un familiar mucho mayor que ella, en cuanto a su marido no conocía nada semejante, pero sí que la relación de sus padres estuvo atormentada por unos requerimientos de lubricidad, en términos dominantes, del marido que sobrepasaban con mucho los límites que una educación muy severa habían fijado en ella, pero que, por su carácter débil, accedió a veces a superar, con mucha angustia, lo que le ocasionó por fin un fuerte trauma que la hizo enfermar, y al cabo forzó la separación del matrimonio. Y Pierre, el mayor de los hijos, lo vivió tan de cerca – por las confesiones de su madre- que dejó huella en él.

 

-Eso explicaría –aclaró el psiquiatra- la tendencia tan acusada, que usted me ha confesado, a la pasividad o la subordinación en el trato sexual. Usted aguardaba, de manera implantada, que la iniciativa partiera de manera preferente de su partenaire dominante, en su papel de corruptor, limitándose usted a soportarle o seguirle la corriente,  ya que la reconocida autoridad del otro por una parte la subyugaba y por otra la fascinaba y secretamente, incluso contra su voluntad, le terminaba resultando sexualmente recompensante.

-Es cierto. Y eso se trasladó al tono convulso de mis primeras experiencias de prostituta, en que el horror por la degradación se pasaba con una voz fuerte o una bofetada – la “mano dura” que según Anaïs a mí me gustaba -; pero lo cierto es que con la práctica del oficio ese carácter sin desaparecer del todo se ha ido atenuando al ir progresando en descaro y en impudor, de manera que en estos momentos puedo superar sin problema la falta de iniciativa de algún cliente e incitarle o seducirle activamente. He madurado mucho. No todo va a ser malo en ser puta. Ya ve la tranquilidad con que digo algo tan indecente de mí misma.

-Y en cuanto a su marido, es claro que el recuerdo de su madre “mancillada” le impide una relación sexual abierta y franca en el “santo” matrimonio –esos coitos clandestinos, a oscuras, como si quisieran ser negados – que a usted tanto le frustraron y que en buena parte facilitaron su decisión final. Sensualidad que sin embargo recuperaba en el trato fuera del matrimonio. Para mí es una fuente fabulosa de información el relato que usted me ha hecho de su experiencia de prostitución con su propio marido como cliente. Hay material para toda una tesis sobre la que le prometo reflexionar detenidamente.

 

El médico, tras de tomar muchas notas y meditar en silencio largo rato, la dijo:

 

-Me trae usted un caso muy poco frecuente, pero no desconocido. Lo llamamos síndrome Belle de Jour, por la novela del mismo nombre de Joseph Kessel, llevada al cine más tarde por el español Luis Buñuel.

-Es curioso, mi “nombre de guerra” es precisamente Belle de Jour, a sugerencia de la gerente de la casa de placer en que “trabajo”.

-Pues sin duda ella conocía la novela cuando se lo sugirió. Pero no importa, el caso es que en puridad en mi opinión no se trata de ninguna patología; entiendo que usted no está realmente enferma. Hay sí una cierta desviación morbosa hacia la humillación masoquista característica del síndrome, que la lleva a preferir en la relación amorosa la compra antes que la rendición ante la seducción. Tampoco en mi opinión se trata estrictamente de un caso de prostitución: la prostituta habitual se mueve a impulsos de esquemas muy concretos, necesidad de dinero o, mucho más frecuentemente, bajo algún tipo de coacción. Tanto en un caso como en otro la prostituta soporta mejor o peor su “trabajo”, pero dista mucho de disfrutar con él, y en la mayor parte de los casos lo aborrece y muy generalmente se avergüenza de él; en cualquier caso su móvil no es generalmente la satisfacción de hacer de puta, el hacer de puta no es un fin sino un medio. Un medio de sacar dinero para vivir ella y las personas que dependan de ella, o para eludir la amenaza de maltrato a ella o a alguien querido por parte del malhechor que la explota. Pero para usted hacer de puta es el fin en sí mismo. Podría decirse entonces que su caso es el de la puta pura, la puta perfecta, pero por mi parte opino que esto no es cierto, que en realidad USTED NO ES UNA PUTA.

Me explicaré mejor. Mi opinión es que usted acude a un burdel para escenificar su fantasía sexual dominante que es, ni más ni menos, que hacer de puta, es decir, transgredir radicalmente su rol de clase, su altanería, su orgullo, su “superioridad” al venderse sumisamente a cualquier cliente, al mejor postor, de la misma manera que el profesor masoquista de su relato acude para ser humillado como lacayo servil y bajo por una puta disfrazada de señora. Desde este punto de vista usted en su burdel no es una prostituta sino una cliente más del establecimiento; y hasta pagaría por ello, de hecho paga con ese 50% por servicio que deja usted a la madame. Espero que esto no la desanime.

¿Es esto malo, bueno o lo peor? No le puedo decir: esas son categorías morales, siempre relativas y siempre dependientes de unos arbitrarios criterios, muy cuestionables y en todo caso dependientes de la sociedad concreta que los emite. Sociedades ha habido en que la prostitución, especialmente la alta prostitución, estuvo muy prestigiada y era practicada con fines benéficos a beneficio de algún templo por matronas de la élite de su tiempo, y en los tiempos actuales, de una manera u otra, ha sido practicada por estrellas del celuloide o el espectáculo muy famosas y reconocidas sin que esto las afectase demasiado.

Entonces pasemos a su triple alternativa. Dejando de lado consideraciones “morales”, muy dependientes de la extracción altoburguesa en que ha sido formada, las tres son aceptables siempre que usted se encuentre bien en ellas. Yo descartaría la segunda, es decir, la actual, la de la doble vida, principalmente porque es de naturaleza inestable, y tarde o temprano habrá o habría de desembocar en la tercera. Quedan entonces solo dos alternativas viables: a) Retornar a la vida de matrimonio; c) Salir del armario definitivamente y vivir una vida “sexualmente liberada” en la que distinguiría tres posibles variantes: c1) Practicar el llamado “amor libre” con amantes más o menos variados, más o menos duraderos, con o sin promiscuidad; c2) Prostitución voluntaria bien en régimen de burdel o como prostituta autónoma o en cooperativas de “trabajadoras del sexo”; c3) Coexistencia bien articulada de ambos regímenes.

Todas tiene alicientes e inconvenientes. La opción a) la dejaría a salvo de la “vergüenza pública”, con excepción de alguna enojosa indiscreción de su pasado de prostituta; los problemas de pareja podrían ser tratados por un psicólogo, con o sin revelación de su común secreto. Los inconvenientes han de derivarse de su actual adicción al sexo cómodamente vendido; sin duda se presentarían serios problemas de “síndrome de abstinencia” y no es descartable que usted y su marido cayeran cada uno esporádicamente en escarceos de infidelidad más o menos severos; quizá por ello sería conveniente algún tipo de lo que llamaría “pacto mútuo de tolerancia” con la pareja estable que reconstituya –su marido u otra nueva relación- ante las excepciones previsibles. Esta opción le permitiría además la búsqueda del amor pleno que hasta ahora no ha encontrado o lo ha encontrado de manera incompleta y por tanto insatisfactoria, y que sin embargo para muchas personas afortunadas si existe de manera permanente, o temporal, pero suficientemente compensadora.

La opción c) es más complicada para la búsqueda de ese amor, pero no lo excluye: ha habido y hay mujeres liberadas e incluso cortesanas enamoradas que son capaces de hacer compatible un amor más o menos estable, pero no menos intenso, con la práctica del sexo variado y libre con otras parejas diferentes de la que es objeto de su pasión. No es tan solo el caso de las prostitutas colgaditas de su chulo- no es preciso que haya siempre explotación- puede ser el caso de un marido consentidor o de una pareja realmente liberal que admitan la búsqueda independiente del sexo, retribuido o no, manteniendo la lealtad y el amor al margen. De todos modos hay que reconocer que la tradicional equiparación de amor con posesión exclusiva y excluyente dificulta esta “liberación” extraordinariamente: los celos, la consideración, tanto por el hombre como por la mujer, de cualquier relación más o menos ocasional de su pareja como una ofensa vital y una traición ha sido un pesado lastre para la práctica del “amor libre”. El amor libre, pues, es difícil, pero no imposible, ni siquiera incompatible con un amor leal aunque no excluyente. En cuanto a la elección entre las variantes c1) c2) y c3) ha de depender de sus apetitos y sus preferencias. Por lo que me cuenta, hoy sus apetencias la han conducido a la opción c2; ya le he dicho que es una opción complicada, pero no enfermiza. No obstante le dejo como problema a resolver la determinación de si es tan importante, incluso determinante para usted esa evaluación del deseo mediante el precio, esa humillación de ser comprada y el sometimiento sumiso a los caprichos de un cliente. Practique la opción c1) por un tiempo y compare con la que viene practicando hasta ahora. ¿Qué le parece?

-Pues verá usted. Siguiendo su terminología, la opción a) me resultaría ya muy cuesta arriba. La principal razón es que yo no tomé mi extraña decisión en un momento de enajenación ni tan solo por el deleite morboso de “hacer de puta” aunque fuera -que es posible, como usted dice- por realizarlo como fantasía erótica. Lo cierto es que mi matrimonio no estaba funcionando bien debido a los antecedentes psicológicos de ambos que ya hemos comentado: mi marido me había colocado en un pedestal ideal de respetabilidad tal que se hacía imposible mantener entre ambos una relación sexual normal, sólo era capaz de realizar el acto a oscuras, sin preparación ni aviso, de manera casi clandestina; no se atrevía a contemplarme como objeto de deseo, de ver en mí la parte carnal, susceptible de apetitos. A él le parecía que eso era animalizarme, degradarme. Y por mi parte lo que estaba deseando era precisamente eso: que me poseyera inducido por el deseo, que me viera como una mujer de carne y hueso, y apetitos; que me faltara al respeto, que me tratara como a una bestezuela lujuriosa, que buscara en mí su placer con egoísmo de macho. No se enteraba de nada. Y tuve que insinuárselo,  más aún, tuve que pedírselo y casi exigírselo so pena de cesar nuestro trato carnal clandestino. Y llegué hasta dormir en dormitorio separado. Pero no hubo forma.

Entonces noté que él estaba resolviendo el problema sexual en prostíbulos, y me dije: ¡con que sí! Pues yo también. No fue la única causa de mi decisión, pero sí que influyó en ella.

Y un día me lo encuentro de cliente en mi burdel. No me conoció: yo siempre he “actuado” muy maquillada y con pelucas – a veces hasta he usado un antifaz, y por otra parte, como ya he dicho, él apenas conocía, como no fuera al tacto, mi cuerpo desnudo. Y otro día me solicitó un servicio y –lógicamente – tuve que consentir. Y funcionó maravillosamente bien: él ante una puta desconocida actuaba sin inhibiciones, con autoridad y con iniciativa, pero, hay que decirlo a su favor, con cierta cortesía no exenta de lo que casi se podría llamar ternura; por mi parte yo tenía todo lo que quería: tenía a mi marido por fin que me trataba como lo que en ese momento era, como Belle de Jour, una hermosa prostituta, bastante cara, y me trataba con deferencia pero con mando, ¡con mando de macho en celo! ¡Ah, qué maravilla! Como puta me enamoraba de él, de mi marido, como no conseguía hacerlo como esposa en nuestro domicilio, por un ratito, claro: el tiempo de un servicio. Pero él se fue aficionando a Belle de Jour, se hizo cliente asíduo y yo creo que se fue “encoñando” conmigo – disculpe el término. He tenido y tengo otros clientes encoñados, tengo ya una clientela muy estable, pero claro ¿qué quiere usted? El caso de mi esposo era diferente. Un día me propuso sacarme del burdel y hacerme su amante, cosa que rechacé tajantemente, pero la proposición me resultó dulce y amarga a un tiempo: me estaba poniendo los cuernos ¡¡¡conmigo misma!!! Pero mi experiencia del burdel me había vacunado contra celos y otras muestras de la pasión posesiva: por ejemplo, nunca me causó recelo alguno que me alternara con otras compañeras, incluso a veces le induje yo mismo a ello o le propuse hacer un trío sin mayor problema, y lo hicimos. Y mis compañeras sabían que era mi marido, que él no lo sabía y que a mí ya no me importaba; y ese morbo a ellas les ponía mucho y se insinuaban con él cuanto podían para beneficiárselo ante mis narices ¡juegos de burdel! Si él hubiera sabido en ese momento que la puta juguetona era su propia esposa ¡dios! le hubiera dado algo. Pero yo estaba encantada y me sentía más encariñada con él que nunca, pero siempre como puta, como Belle de Jour. Claro que esta relación le estaba costando un pastón a nuestro patrimonio familiar porque de lo que él pagaba al burdel yo tan solo recuperaba la mitad, pero luego estaba lo que yo sacaba del resto de clientes, y todo ello lo gestionaba yo aparte, en mi caja B. Finalmente él sabiendo mi viaje a Ibiza –como esposa- me propuso hacer el amor en el domicilio conyugal, cosa que acepté –como puta- haciendo juegos malabares para fingir la marcha, que retrasé, y pasar con él un fin de semana en casa. Estuvo al punto de irse todo al garete porque me tomé confianzas con prendas de la esposa, lo que disparó el mecanismo de adoración respetuosa y le hizo enfrentarse a mí con insultos y casi con agresiones. Le hice ver su contradicción – él me había invitado – y todo volvió a su cauce. Como ve, todo muy histérico y difícil.

Por todo ello, la opción a) recuperar el amor clandestino de mi marido, sin clarificación, sin sinceridad, con el encoñamiento con su deseada Belle de Jour, mi entrañable rival, aunque desapareciera, ni me parece posible ni, lo que es peor, lo deseo. Por otra parte me he acostumbrado al sexo diario variado y fácil y me resulta difícil vivir sin él; tengo ya cierta adicción. Una semana de forzada castidad en Ibiza y, se lo aseguro, perdone la franqueza, estoy que no vivo y hasta sueño por las noches. Por otra parte tengo en Paris un amante, un partenaire sexual, al que no amo pero con el que tengo una relación de franca camaradería … No, no, a estas alturas ni creo que haya marcha atrás ni me apetece.

En cuanto a la opción b) tiene usted razón y ya la descartaba también; por eso estoy en Ibiza, y esa es la razón de mi consulta y mi reflexión. Quedan por tanto las opciones c). Puedo probar la de amantes variados y ocasionales sin más contraprestación que el placer mutuo, la c1) y contraponerla a la c2) de prostitución. En principio es más trabajosa: hay que buscar, hay que seducir o dejarse seducir, frecuentar barras de bar y hoteles de citas, ver si el tipo está o no motivado. En un burdel es todo tan fácil: hay un ambiente cómplice, el cliente viene a lo suyo, te ofreces o te elige, pero la lujuria ya la trae puesta, solo tienes que apretar el disparador  y ves subir la excitación a nada que lo incites … y ¡¡¡te paga!!! y ¡¡¡casi nunca te niegas!!! Si te sientes bastante golfa andas semidesnuda por el salón, usas lenguaje procaz y gestos obscenos y los tíos se ponen como motos … ¿Qué quiere usted? Le he terminado tomando el gusto a todo eso. Quizá sea una obsesión, pero me siento muy puta … y me gusta.

-Si le gustara de verdad, de verdad no habría más que hablar. Pero por si acaso pruebe alternativas y reflexione a fondo. Después vuelva y sacamos conclusiones.

 

EL FILÓSOFO

 

[CONTINUARÁ]

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