Belle de jour a mi gusto 5. El psiquiatra: reconciliación con su cuerpo

La Belleza

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No es tan sólo el fragor de los sentidos,

proyección sublimada del Deseo,

arquetipo triunfal de cuanto veo

o concierto armonioso de sonidos.

No es trasunto de prados florecidos,

no es corza juvenal de gineceo,

no es ebúrneo perfil de camafeo

ni mármoles venéreos esculpidos.

Es evidencia sin razonamiento,

es convicción sin causa manifiesta,

es conversión y fe, dolor, locura,

es parto sensual, es sentimiento

por los ciegos ausentes de esta fiesta

de la hermana mayor de la Hermosura.

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3. Pasar de la mera aceptación pasiva de los deseos lúbricos del cliente, sin haberlos provocado a la utilización del propio cuerpo como reclamo mediante la coquetería y la seducción fue un lento proceso de reconversión interior, paralelo y simultáneo al de las acciones derivadas de los frentes 2 y 4. Aquí solo hablaremos del trabajo de eliminación de las barreras psicológicas que permitieron  pasar de la entrega pasiva a la provocación lasciva para finalmente atreverse a la oferta impúdica y obscena.

Severine expuso al psicólogo que le recomendaron su timidez y la  pasividad masoquista próxima a la frigidez que la impedía el juego sexual habitual de discreteo-coqueteo con el varón por el que la mujer se insinúa y se ofrece indirectamente al tiempo que lo encela; cómo necesitaba de cierto forzamiento, de cierto grado de “mano dura”, para aceptar el trato, que planteado en forma más cortés solía rechazar hoscamente; cómo todo esto hacía cualquier relación trabajosa y hasta cierto punto violenta, que poco a poco llevaba a que su pareja se desanimara y buscara alternativas – de hecho, había llegado a saber que su marido frecuentaba cada vez más las casas de prostitución- lo que ella veía que la iba a condenar progresivamente a la soledad y a la frustración. Que necesitaba urgentemente cambiar este cuadro, ser capaz de mirar a los ojos a los hombres sin verse abocada a bajar la vista, derrotada de antemano; en resumen, vencer la timidez de género, ganar cierta capacidad de descaro, y aprender, practicar y asumir como propio el arte del coqueteo.

El psicólogo, monsieur P, la sometió a una larga serie de preguntas relativas a su biografía, situación social, costumbres, y, mucho más minuciosamente, sobre sus pautas sexuales, relación con el sexo desde la infancia al matrimonio, hijos o ausencia de ellos, posibles escarceos al margen de su lealtad conyugal. A todo contestó Severine con sinceridad, salvo en lo relativo a su escabrosa decisión de entregarse a la prostitución, aunque elegante. Monsieur P, tras de un largo silencio en que releyó las notas que había ido tomando la dijo:

 

-Sin perjuicio de un informe más elaborado, que le remitiré en su momento, puedo adelantarle una primera impresión sobre su problema. Su caso no es único ni infrecuente; desdichadamente nuestra sociedad, y en especial sus clases medias, representan una mezcla de puritanismo sexual y de hipocresía a partes iguales que causa muchas víctimas inocentes. Por una parte la  misoginia imperante y por otra la defensa de los esquemas patriarcales destierran de las mujeres lo sexual a las cloacas de lo clandestino, salvo para fines de procreación y siempre dentro del santo matrimonio, y por otra organiza un mercado, no menos clandestino, de mujeres-pecado, esencialmente deshonradas e inmorales, pero que representan el desahogo sexual de los varones. Muchas mujeres, como puede ser su caso, no tienen la hipocresía suficiente para aceptar la doble moral, interiorizan sin duda alguna la misoginia imbuída en la propia familia o en la enseñanza y consideran por sistema lo sexual como algo sucio o pecaminoso; de esa forma cohíben en ellas la dimensión sexual pese a la tendencia de su naturaleza y de esta forma el conflicto psicológico está servido, con suerte quedará en mera frigidez, que el sistema patriarcal absorberá – siempre les quedarán las putas, que para eso están-, pero la víctima, la mujer, lo pagará con un cuadro psicótico más o menos grave.

Aunque debiera ser evidente, conviene recordar que todo ser vivo tiene entre sus funciones la sexual; sin ella no hay reproducción, y sin reproducción cualquier especie se extingue. Sin embargo, la naturaleza no ha dejado la opción de reproducirse o no al albur de una decisión voluntaria y razonada de los protagonistas sino como un mandato mucho más imperioso: una tendencia impresa en la biología de aquellos y todo un sistema muy sofisticado de premios –placeres-, apremios – deseos-, castigos –soledad, insatisfacción, etc- e incitaciones – belleza, lubricidad. Y llegamos a la mujer, el protagonista femenino a ser fecundado. La mujer es como la flor entomófila –pero no en el sentido del tópico- que ha de ser fecundada, pero encuentra que está fija, inmóvil y necesita de un vector –insecto, colibrí- que transporte hasta ella el polen de otra planta –fecundación cruzada-. Para ello la flor despliega una serie de señales –colores vivos, aromas – que atraigan al semoviente, y premios –néctares- que lo recompensen. De la misma manera la mujer-objeto sexual  natural- con solo existir ostenta reclamos –belleza, olores, sonidos- que actúan de manera no voluntaria para atraer a los antagonistas masculinos; sin necesidad de hacer nada especial la mujer es ya objeto sexual pasivo. Pero, además, la mujer, impelida por sus propios apetitos sexuales, sociales o culturales refuerza esos reclamos naturales mediante el vestido (o la falta de ello), los adornos –joyas, perfumes-, el tono de voz –meloso, acariciante, mimoso-, la mirada, los gestos de cara manos, cuerpo, las acciones –contoneos, roces o tocamientos-, e incluso la invitación insinuada o directa. Con todas estas señales o acciones la mujer pasa de ser mero objeto sexual a ser sujeto sexual activo. En todo caso la mujer ha de limitarse –por enérgica que sea su pasión- a ofrecerse al varón elegido o a un amplio abanico de pretendientes; el ejemplo de la flor es oportuno, lo femenino actúa siempre a la espera, nunca persigue a la presa, todo lo más caza con reclamo – y el reclamo puede ser muy fuerte, incluso determinante-, pero le sería imposible forzar la situación ya que el varón necesita actuar en erección, y esta no se consigue a la fuerza sino mediante seducción. En resumen, la mujer es objeto sexual pasivo de forma natural, y se comporta voluntariamente como sujeto sexual activo para seducir al varón de su elección. Todo esto es sabido, pero nos facilitará el estudio de su caso. Veamos.

 

El psiquiatra Msieur. P continuó:

 

-A mi entender, salvo mayor reflexión, usted apenas se acepta y trata de ignorarse incluso como objeto sexual pasivo y, con mayor excusa aún, de la posibilidad de actuar como sujeto sexual no quiere saber nada porque, aparentemente, le parece inaceptable, grosero, bajo. Usted llega al acto sexual como obligación, puesto que ha aceptado más o menos rutinariamente el matrimonio, pero para cualquier otro ejercicio – lo desee o no secretamente- necesitaría que la forzaran física o psicológicamente; es usted un ser enteramente pasivo en materia sexual, pero, como los instintos trabajan por su cuenta, ha de llevar su “procesión por dentro”. De no ser tratada, su situación habría de dar finalmente en alguna psicopatía mediana o grave- de la cual la frigidez es solo un síntoma menor- o a ser presa fácil de algún seductor que la “cure” a su manera o se aproveche de usted y de su necesidad inevitable de ejercer la sexualidad reprimida hasta ahora-; no sería el primer caso de mujer empujada a la prostitución – Severine dio un respingo- desde la represión por dar cauce a sus neuras – se ha estudiado el caso incluso, por lo morboso, de alguna monja. Tendremos ocasión, si usted me mantiene su confianza, de profundizar en su cuadro. De momento yo le propondría un tratamiento de choque de un par de meses, con revisiones al cabo de un tiempo para tratar de sacarla de su postración sexual. En principio el programa constaría de las siguientes fases:

 

1ª fase.- (2 semanas.) Reconciliación con su propio cuerpo como objeto sexual.

2ª fase.- (1 semana) Toma de conciencia del efecto de su cuerpo-aún pasivo-sobre los varones.

3ª fase.- (1 semana) Puesta en marcha del sujeto sexual activo. Descaro y provocación.

4ª fase (3 semanas).- Entrenamiento y plenitud del sujeto sexual. Coqueteo, conquista y seducción.

 

Le detallo en principio la primera fase:

 

1ª fase.- Reconciliación con su propio cuerpo como objeto sexual.- Esta fase la desarrollará fundamentalmente en la intimidad, o sea, en su domicilio, cuando se encuentre a solas. Tiene como objeto demoler la aversión que tiene usted por sí misma, en especial por su cuerpo considerado como objeto sexual; tiene que mirarlo y admirarlo  sin  prejuicios como algo hermoso – especialmente el suyo, que ha tenido todas las bendiciones de la Naturaleza-, como algo hermoso y deseable, digno de ser mostrado, exhibido, amado y apetecido. Ha de  llegar a sentirse orgullosa de él: debe “enamorarse” de él como el mitológico Narciso se enamoró de la imagen que le devolvía el espejo de las aguas. Usted no necesita de las aguas porque tiene espejos en su casa: ante ellos debe mostrarse a sí misma desnuda, con ropa interior sexy o vestidos provocativos; si no la tiene cómprela o cómprelos, la propia compra puede formar parte del ejercicio. Exhíbase ante sí misma hasta que se guste de verdad, como nos gusta a todos. Luego, piropéese, acaríciese, abrácese, bésese, haláguese, siempre ante el espejo, como si fuera su propia amante; llegue si es preciso hasta la masturbación cuantas veces lo estime necesario, sin reparos ni vergüenza. Si encontrara alguien que pudiera fotografiarla, vendría muy bien un reportaje de esta fase en que hubiera desnudos o con lencería íntima variada y atrevida, siempre ante el espejo de manera que luego pudiera usted revisarla como prácticas de recuerdo. Y de momento nada más; cuando haya cumplido el programa al menos quince días aunque fueran salteados pida hora para que podamos revisarlo y ver  si  es posible pasar a la fase siguiente.

 

Severine se puso a ello con entusiasmo; el lunes mismo se fue de compras de lencería íntima y pelucas  y se gastó una pasta gansa: casi veinte polvos, unos seis días de costura en Anaïs. Pero tenía un problema: entre el burdel, el gimnasio y las sesiones de Narciso casi no le llegaba el tiempo; así que se le ocurrió fusionar las tareas: el exhibicionismo de su real cuerpo y la lencería lo podía hacer en su cuarto de la mancebía, ante los clientes. Y así lo hizo. Antes de cada polvete se ponía atuendo, peluca y hasta lentillas de colores distintos, y así se pavoneaba ante cada cliente delante del espejo y pidiéndole melosamente su opinión: -¿Te gusta mi cuerpo, cariñín? ¿No soy la tía más buena que hayas visto? Y a tu disposición. ¡Toca, toca!

A los clientes les gustaba el rollo y se deshacían en piropos, generalmente groseros, y la magreaban a placer. Algún basto desmadraba: -Tú para mí, puta, eres solo un coño ¡déjate de leches! Y Belle le reía la “gracia”. Después sacaba una cámara y les rogaba que la retratasen: -Es un reportaje para una terapia que llevo para que me guste ser puta. –Pero si tú eres ya un putón de campeonato, nena. ¿A dónde te quieren llevar? Avísame cuando te creas a punto- le dijo uno.

Con todo esto, al cabo de la quincena, Belle reunió un álbum como para venderlo a la prensa más subida de tono. No obstante, Severine completaba en casa el ejercicio exhibicionista de la casa de putas: caricias, sobeos, masturbaciones … Al cabo de la quincena el progreso era notable y estaba tan orgullosa de su tipo que se hubiera ofrecido gratis a cualquier local de strip-tease. Pero el tiempo no daba tanto de sí.

En cualquier caso, su mirada iba teniendo otro brillo, incluso en su ambiente doméstico o de calle. La convicción de que no tenía nada que ocultar, nada de qué arrepentirse, nada por lo que ir pidiendo siempre disculpas se iba asentando en ella. Y el redescubrimiento del valor de su cuerpo como señuelo eficacísimo ante los hombres, que cada  día comprobaba con los clientes, que se ponían como motos solo con verla, ya estaba dejando de tener el tinte negativo que tanto la confundía y la incomodaba antes. Aún le  quedaba mucho para estar orgullosa de ello -aunque diera otra impresión ante los clientes, que necesitaban creerlo para excitarse, y ella lo fingiera- pero esta terapia de choque la estaba ayudando mucho: la verdad es que estaba muy buena, ella iba siendo consciente de ello, y su cotización ante los clientes estaba francamente al alza, con lo cual el dinerito no la faltaba, y pasados los primeros escrúpulos la verdad es que lo ganaba con facilidad y sin gran esfuerzo- y entre unas cosas y otras se lo volvía a gastar, a “reinvertir” .. y Anaïs estaba francamente satisfecha, y, ante la mayor demanda, se vio obligada a tomar un par de pupilas más … y era por Belle y su tirón: una mina la pija esta. Belle se dio cuenta y le pidió algún privilegio: cuarto fijo para ella, librar esporádicamente, previo aviso, claro  … y poco a poco Anaïs fue aceptándole el tuteo.

El caso es que al  final de la primera semana Severine empezaba, no ya a tolerar, sino a admirar a Belle; y al fin de la segunda las dos personalidades se habían acercado notablemente hasta el punto de que ambas, no solo Belle, estaban tan orgullosas de sus prendas sexuales que ardían en deseos de exhibirlas, manifestarlas en privado y en público, lo cual habría de facilitar extraordinariamente la realización de las fases siguientes.

 

Con los resultados de su reportaje lúdico-fotográfico Belle compuso un album al que para ella llamó:

 

Belle de Jour fotografiada por algunos clientes, instantes antes de prestarles sus servicios

 

Y al psiquiatra presentó como:

 

Severine Serizy

 

Reportaje fotográfico de la reconciliación con su propio cuerpo

 

 

-¡Asombroso! ¡Extraordinario! –exclamaba admirado Msieur. P- No podía esperarme un resultado tan excelente ¿Cómo se las ha arreglado para obtener  el … reportaje?

-Pues vera usted- y Severine se detuvo para improvisar una historia “confesable” – estaba muy decidida a seguir sus normas a rajatabla, pero no sabía como arreglar lo de las fotos; y entonces se me ocurrió pedir ayuda a unas amigas. Les expuse la terapia y para mi sorpresa quedaron tan interesadas que me propusieron hacerla entre todas; la verdad es que esta frigidez que me aqueja es muy común entre las de mi clase social, de manera que no se extrañe si las ve venir a consulta para continuarla con usted. El caso es que lo hicimos todo en común: juntas compramos la lencería que alternábamos entre todas, juntas nos piropeábamos ante el espejo, nos acariciábamos, nos besábamos, nos enamorábamos de nosotras mismas … y nos fotografiábamos las unas a las otras. Y tan en serio nos lo tomamos que me pienso que de allí salieron más de uno y más de dos escarceos o amoríos lésbicos. Yo espero que esto no haya perturbado el programa de su terapia.

-No, no, incluso es posible que lo haya reforzado: se trataba de arrancar el culto al cuerpo propio como objeto sexual y qué mejor espejo que el de la amistad de un ser tan próximo como el de una amiga. En cuanto a los amoríos lésbicos si son de durar durarán y no pasa nada negativo con ellos y si son pasajeros, constituirán un bonito recuerdo. Pero lo importante es saber si algo ha cambiado en usted ¿se acepta ya como objeto hermoso, potencialmente deseable? ¿se siente hermosa? ¿se siente como un bello objeto de atracción sexual más allá de la vanidad o la vergüenza? ¿se avergüenza usted de haberse avergonzado de estar tan buena?

-Sinceramente, creo que sí, doctor. Es más me miro tanto a los espejos que he instalado muchos más por casa, y no me importa que me lo noten. ¿Cómo he podido vivir tan ajena a esta realidad? Esto no puede ser malo: me lo ha dado mi naturaleza y forma parte de mi patrimonio, y gracias a usted y su terapia he aprendido a estar ufana de ello.

-Estupendo. Entonces podremos pasar a la segunda fase.

 

[CONTINUARÁ]

 

EL FILÓSOFO

 

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