De nuevo a las andadas

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El esfínter presionaba el nacimiento de mi verga y me ayudaba a mantener la erección. Le di tiempo  de adaptación y comencé a bombear despacio; le pedí que tratara de moverse, lo hizo entre quejidos. La ayudé con mis dedos en su clítoris; el placer que sentía ella en su concha la hizo moverse como si la estuvieran cogiendo por allí; y la verga en ese culo de antología estaba a sus anchas.

Mientras cursaba mi carrera fui muchas veces ayudante de cátedra, histología, fisiología, semiología, clínica médica, ginecología y otras materias que me interesaban. A poco de graduarme, mientras hacía mi residencia en ginecología en el Hospital de Clínicas de la Universidad Nacional de Buenos Aires, me designaron monitor de mi promoción. Luego fui adjunto de la cátedra de Ginecología en Buenos Aires.
Actualmente soy profesor titular de Ginecología en la Universidad Nacional de Cuyo.

Todos estos cargos o son ad honorem, o tienen remuneraciones muy bajas; lo que evidencia que me apasiona la docencia. Y esa pasión docente se traslada a todos los órdenes en mi vida. Así es que hoy sigo enseñando, tanto en la facultad como en privado. En la facultad enseño los temas de mi especialidad; en mi vida privada también, pero con otros fines. Son innumerables las mujeres que aprendieron a coger bien bajo mi dirección. Y más aún las que aprendieron a mamar muy bien una verga. He desvirgado varias conchas y más culos.

Claro que todo eso lo he enseñado con el único interés de que las mujeres que cogen conmigo lo hagan a mi entero gusto. No es que sea más experto que nadie, pero me he topado con muchas mujeres que ignoraban asuntos elementales. Por ejemplo Marta, mi pareja más o menos estable, a pesar de haber estado casada por años, mamaba muy mal y era virgen del culo. Su hijita Marilú era virgen e inexperta en todo. Muchas de las amigas de Marilú (Lu) estaban en las mismas o parecidas situaciones. La hermana de Marta era una mal cogida.

Hoy todas ellas y algunas más que no menciono para no fatigar al lector son expertas cogedoras y mamadoras. Si quieren más detalles pueden leer mis relatos anteriores en esta web. Pero mi intención no es jactarme de mis cualidades docentes, sino contarles algo que me sucedió hace poco.

Sigo alternando mi vida entre Mendoza y Buenos Aires, aunque estoy más tiempo en Mendoza por cuestiones laborales. A Buenos Aires voy casi siempre por asuntos personales, generalmente estoy en la casa de Marta porque esa situación me deja libre la mayor parte de los días hábiles. Y sin moverme de allí tengo a Lu, a Estela, la novia de Carlitos el hijo de Marta; a las otras hijas de Marta que vienen cuando saben que el terreno está despejado; a pocas cuadras vive Lucrecia, la hermana de Marta. El caso en cuestión es que hace unos días estaba en la cama con Lu, a la siesta, y me descerrajó un pedido.

-Tengo una prima que no has conocido, es hija de una hermana de mi padre, tiene veinte años y es virgen. No es fea, tampoco es muy linda; ha tenido solamente dos novios y no se ha animado a hacerlo con ninguno, es muy tímida. Le he contado como vos me desvirgaste y lo mucho que me hacés gozar cada vez que cogemos, en fin le he contado todo lo que hacemos. También los favores que les hiciste a mis amigas Sammy, Marina y Cris. La cuestión es que ahora Ethel, mi prima, quiere conocerte para saber si se decide a que la hagas mujer de una buena vez. Me dijo que quiere hacerlo sola, sin mi presencia. Sergio, te pido ese favor, complaceme.

Comprenderán que no podía negarme a ese pedido aún sin saber como era la tal Ethel, pero sé que ninguna mujer a los veinte años carece totalmente de atractivos para un hombre mayor como yo. De modo que arreglamos para que la conociera al día siguiente. Siempre previsor, aunque ignoraba como se desarrollarían las cosas, hablé con mi amigo y colega que me presta el departamento en estos casos, y del que tenía una llave. A las dos de la tarde nos encontramos con Ethel en un bar cercano al departamento, Lu me la presentó y se fue.

La chica no era una belleza, pero tampoco era desagradable. Llenita sin ser gorda, alta como de 1,70, rostro simpático, pelo al hombro rubio, blanca de piel. Llevaba un vestido por debajo de la rodilla, lo que se veía de piernas era bueno, pantorrillas bien formadas. Imposible apreciar el busto y la grupa, ya que la ropa era más bien suelta y nada provocativa.Por cierto que era bien tímida, el gasto de la conversación lo estaba llevando yo. Hasta que la llevé al grano de la cuestión, se puso colorada como un tomate maduro, tartamudeaba y no atinaba con las palabras, pero asintió con la cabeza cuando la invité a irnos al departamento.

Sin hablar caminamos las dos cuadras, subimos en el ascensor y entramos. La decoración con pinturas eróticas le hizo volver el poco de rubor que había perdido en el trayecto. La invité a sentarse y serví dos whiskys bien cargados; le dije que se tranquilizara, que no dijera nada si es que no quería hablar. Que me dejara hacer en silencio, y que de allí no se iría virgen como entró.

Con manos temblorosas encendió un cigarrillo, y con la segunda bocanada que aspiró disminuyó el temblor que traía desde el bar. La dejé sola en el living para verificar que en el dormitorio todo estuviera en orden. La cama enorme estaba allí con sus sábanas impecables, y un aroma suave a lavanda se expandía por el ambiente. En el baño me desnudé y vestí una amplia bata que había dejado en el placard meses antes.

Volví a buscarla, y tomándola de la mano la conduje hasta la habitación; temblaba nuevamente. La abracé suavemente y rocé sus labios con los míos, no respondió al intento de beso. Viendo que también allí tendría que hacerme cargo de todo la alcé en brazos y la deposité en la cama vestida. Le quité los zapatos y subí mis manos por sus muslos, eran suaves, rotundos, firmes y muy cálidos. Me tendí a su lado para reconocer algo más de su cuerpo por sobre la ropa. Las tetas eran medianas y duras; el culo igualmente duro y amplio. Al fin no iba a ser desagradable mi tarea.

Con infinita paciencia inicié la fatigosa batalla contra botones, lazos y broches. Todos sabrán la dificultad que implica quitar un vestido entero sin la menor colaboración; debía menearme, sentarme, pararme; pero lo conseguí y quedó en bombachita y soutien. Debo reconocer que al menos había elegido una ropa interior sugerente en tonos pastel.

Sin dejar de acariciar esas formas tan apetecibles y suaves le desprendí el sujetador y se lo quité; sus pezones estaban erectos y duros como aceitunas verdes. Esta vez aceptó el beso y respondió con su lengua ávida. La apreté contra mí, y entreabriendo mi bata le hice sentir la dureza de mi verga parada contra el vientre. Me negué a su pedido de apagar la luz, me agrada ver con quién cojo, y que ella me vea a mí. Fui bajando su trusa hasta sacarla por los pies. Me gustó lo que vi, un culo muy bien formado, paradito y duro; la concha semi depilada y de labios mayores carnosos.

Hasta esa conchita bajé y abriéndole las piernas ubiqué mi cabeza entre ellas para darle una buena chupada de concha que la desinhibiera un tanto. Separé con mi lengua sus labios mayores y recorrí toda la caliente entrada. Di con el clítoris y lo lamí, chupé, rocé con una dedicación admirable; Ethel respondió a los estímulos y comenzó a gemir, ya no temblaba, más bien agitaba todo su cuerpo procurando estrechar el contacto con la lengua que la excitaba y a ratos la penetraba. La concha era una verdadera sopa de tantos jugos que segregaba. Su orgasmo fue movido y estridente.

La dejé recuperarse mientras enjuagaba mi boca con whisky, tampoco yo hablaba ahora. Me quité la bata por entero y le ofrecí a la vista mi poronga erecta. Llevé una de sus manos hacia allí y se la hice apretar, es decir al principio lo hice yo, luego ella se encargó de apretar mi verga y recorrerla entera.

Volví a besarla y acariciarle toda, le susurraba cosa ininteligibles para preparar el momento en que iba a penetrarla; aunque estaba bien lubricada naturalmente por la calentura que llevaba le unté generosamente la concha con gel y probé con un dedo, luego con dos y con tres. No iba a ser tan sencillo, su vagina era muy estrecha, pero tengo madera de héroe y no hay empresa que me desaliente. Ella tendida con las piernas abiertas y yo entre ellas verga en mano me dispuse a iniciar la clásica posición del misionero.

Apoyé mi glande en la entrada de su concha, me sostuve con un brazo mientras con la mano libre guiaba mi poronga hacia su glorioso destino. Empujé un tanto, con poco resultado por cierto, el canal era pequeño para la nave que quería cruzarlo; me dijo que le dolía un poco, pero que no parara. Volví a empujar y la punta de mi verga empezó a abrirse camino trabajosamente; la cabeza era más gruesa que el resto, de modo que por donde esta pasaba quedaba el camino expedito para el tronco. Ya no hacía falta guiarla con la mano que estaba dedicada al clítoris por entero para darle placer y ayudarla a relajarse.

Las paredes de la concha de Ethel se ceñían sobre mi poronga, apretaban deliciosamente; la verga iba sólo hacia adentro, ya había entrado poco más de la mitad. De un solo envión destrocé su virgo, dio un grito de dolor, y aproveché el momento para metérsela toda, y acostado prácticamente sobre ella continué hablando pavadas inconexas, le sobaba los pezones y el clítoris alternativamente mientras se iba acostumbrando a la carne extraña que tenía en su interior.

Y el trabajo dio resultado, Ethel se empezó a mover, primero lentamente, luego más rápido. Yo también empecé a mover mi verga dentro de su vagina con suaves vaivenes de mis caderas. Poco a poco fuimos tomando la cadencia de una buena cogida, eso es tan natural como estornudar, ella ya gemía y jadeaba, puse mis dos manos bajo su culo, esto además de regalarme el fantástico tacto de esas cachas redondas y duras me permitía subirla un tanto y hacerle entrar un poco más mi poronga en la concha.

Habló por fin, para decirme que no parara, que le encantaba como la estaba cogiendo, que la rompiera toda. Entre gemidos y jadeos convulsivos me pedía más, más verga. Le metí el dedo medio de mi mano derecha en el culo, entró con dificultad pero no me dijo nada.

Creo que de golpe tuvo mil orgasmos juntos. Aunque el dueño del departamento me había asegurado que no se escuchaba nada de afuera, temí que llegaran los bomberos por los gritos de Ethel. Me mordió el cuello hasta sacarme sangre, no lo pensé en el momento, pero me costó un esfuerzo de imaginación explicarle a Marta ese hematoma con dientes marcados.

Mi acabada fue de campeonato, volqué toda mi leche en esa concha recién estrenada, mis espasmos me ayudaban a penetrarla cada vez mejor; no recordaba muchas veces de haber eyaculado de esa manera; fue la apoteosis del polvo.

En el relax post coito me volvió la razón y le di a tomar una de las pastillas del día después, con agua, mientras yo bebía otro whisky.

Tardamos en reponernos, y me pidió seguir con la lección. Le enseñé a chupar una verga y se reveló como una discípula aventajada; no eyaculé en su boca porque me reservaba para la lección final. Nos dimos una hermosa ducha, juntos, la aproveché para acariciarla otra vez mientras la jabonaba. Mi poronga estaba nuevamente lista, parada, dura y caliente.

Preparé una enema de un litro y medio, agua tibia con sal, la tendí en el piso del baño y penetré su culo con la cánula del irrigador. Con toda el agua adentro la hice mover un poco para acentuar el resultado, y la dejé sola para que evacuara y se lavara el culo.

Volvimos a la cama, entre arrumacos, más propios de novios que de quienes estaban cumpliendo una misión, me confió que había gozado demasiado, que si hubiera sabido que coger era tan bueno lo hubiera hecho mucho antes.

Luego inicié la culminación de mi obra, en medio de besos y caricias que nos daban mucho placer a ambos tomé el tubo de gel y le unté los alrededores del ano, hice lo mismo con los dedos de mi mano derecha para empezar introduciendo el índice en su recto, entró sin demasiada dificultad, lo hice jugar un rato dentro del estrecho orificio, lo saqué y probé de volver a meterlo pero esta vez junto con el mayor, me costó bastante más, pero Ethel colaboraba ansiosa. Mientras tanto le hablaba con calma, pidiéndole que se relajara, que no temiera, que iba a ser muy delicado con su bello culito. Siempre dándole tiempo para que asimilara lo que le iba entrando logré tener ambos dedos en su culo y los moví en círculos; luego los fui abriendo para poder dilatar un poco más su anillo muscular.

Cuando consideré que su esfínter no dilataría más por esos medios la acomodé boca abajo, con una almohada bajo sus caderas y las piernas ligeramente separadas. La experiencia me había enseñado que esa era la forma menos traumática de desvirgar un culo; la posición boca arriba con las piernas tocando el pecho es más placentera pero tensa demasiado los músculos y hace más dolorosa la penetración anal. Le pedí que se separara las nalgas con sus manos, un anillito marrón claro, arrugado se ofreció a mi vista. Allí ubiqué la punta de mi estaca dura, la guié con mi mano y presioné con fuerza, al entrar mi glande dio un bramido desgarrador, era notorio que le dolía, no esperaba yo otra cosa.

Sé que no hay placer sin dolor, por eso seguí presionando a pesar de sus quejas. No hay mujer que goce la primera vez que la penetran por el orto, en las sucesivas es otro cantar. La abundancia de gel ayudaba un tanto y seguí introduciendo mi verga en ese preciado recto. Fue un trabajo lento, un centímetro y parar para dejar que el canal se vaya adaptando. Después de muchos “un centímetro” ya se la tenía toda adentro; se seguía quejando del dolor, le dije que aguantara, que era sólo la primera vez. Pero de verdad ese culo era tan estrecho como estrecha había sido su concha, aunque algo bastante más.

Me dolía la verga por lo apretada que se hallaba; los dos sentíamos una mezcla de dolor y placer; ella porque se sentía penetrada que era lo que quería; yo porque me estaba comiendo un culito precioso; esto hacía que el dolor de ambos fuera soportable. El esfínter que presionaba el nacimiento de mi verga me ayudaba a mantener la erección. Le di el tiempo suficiente de adaptación y comencé a bombear despacio; le pedí que tratara de moverse, lo hizo entre quejidos. La ayudé con mis dedos en su clítoris; el placer que sentía ella en su concha la hizo moverse como si la estuvieran cogiendo por allí; y la verga en ese culo de antología estaba a sus anchas.

Poco tiempo pude aguantar el torrente de leche que empujaba desde mis profundidades, me derramé entre los gritos desaforados de ambos; nunca supe si ella tuvo también un orgasmo, estaba yo demasiado atento a otras cosas.

En el relax subsiguiente me dijo que me agradecía lo que había hecho por ella, le retribuí su agradecimiento, para mí había sido una fuente de enorme placer.

Convinimos dejar pasar unos días y repetir la experiencia, Ethel quería aprender algo más y fijar los conocimientos de esta tarde.

Afortunadamente siempre tengo un buen stock de Viagra, pues esa noche Marta quiso que cumpliera con ella. Pero en los días de semana Marta se conforma con un solo polvo, aunque muy largo; y en mi estado, pese a que me costó un triunfo la erección, tardé bastante en acabar, lo suficiente para que Marta tuviera tres orgasmos.

Autor: Sergio

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Escrito por Marqueze

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