DESDE LA VENTANA

Aunque para mí sea una pena, esta historia pasó ya hace algunos años, diez para no mentir, pero en mi memoria la repito para no olvidarla…

Por aquel entonces yo solo contaba con 18 años. Siempre había sido bastante precoz para mi edad y mi cuerpo no correspondía con mi edad, pues ya media 1,70 y estaba totalmente desarrollada desde hacía mucho.

Todo comenzó cuando el que desde siempre había sido mi vecino empezó a despertar en mi algo que ya no era solo amistad. Su dormitorio y el mío daban al mismo patio de manzana y tan solo nos separaban escasos 5 metros; por lo que yo tenía total dominio de su cuarto desde mi escritorio. La verdad es que creo que hasta entonces no habíamos coincidido los dos en la ventana, pero a partir de ese despertar en mí, hacía lo posible por que él se fijara en mí.

El sería 4 años mayor que yo, el típico niño problemático que llaman los padres, el estudiar no era lo suyo y estaba en FP de mecánica, yo estaba todavía en el colegio y era lo que todos denominan una chica ejemplar (en materia de estudios, por supuesto).

Cada tarde era el mismo ritual, llegaba del cole, todavía con el uniforme me encerraba en mi cuarto a esperar que él notara que ya había llegado. Una vez que él abría las cortinas yo le seguía y hacía lo mismo con las mías. Sabiendo que me observaba comenzaba por jugar un poco en mi mesa leyendo algún libro o tan solo escribiendo parte de mis deberes, entre tanto me desabrochaba algún botón de la camisa y la falda subía por mi muslo poco a poco. El también intentaba llamar mi atención se quitaba la camiseta, abría la ventana y se ponía a tocar la guitarra eléctrica. Las miradas eran disimuladas, pero ambos sabíamos que estábamos exhibiéndonos el uno para el otro.

Cuando yo ya tenía mucho calor me quitaba la ropa, pero no delante de la ventana, me daba la vuelta y me quitaba la camisa, tras ello me escondía en la parte que a él le quedaba oculta de mi habitación allí me ponía una camiseta un poco larguita, pero sin nada más que mis braguitas, y volvía a mi escritorio. Allí trataba de calentarlo todo lo que podía y veía como al rato el comenzaba a dejar de tocar y se tumbaba en la cama y me daba la espalda, yo no sabía que estaba haciendo, pero su respiración y jadeos me lo explicaron todo.

Yo me iba a la ducha donde yo también descargaba mi tensión acumulada, pero como una principiante, aunque todo cambiaría gracias a él.

Los encuentros eran todas las tardes, hasta me esperaba en el rellano por las mañanas para bajar juntos en el ascensor, no me decía nada más que buenos días y sus ojos miraban fijamente el suelo. Cada vez me lo encontraba más y más, ya hasta pasaba por la parada de mi autobús escolar todas las tardes por casualidad perversa. Poco a poco comenzamos a ir juntos a casa y entablar más relación, pero solo eso, hablábamos como si los que se veían por la ventana fueran otros, era como dos tímidos que escondidos en sus cuartos dejaban entrever su deseo.

El empezó con una chica a la que llevaba a casa cuando su madre, divorciada, se marchaba de fin de semana. El, muy descarado me enseñaba lo que le hacía a su novia, los dos en la cama con las cortinas abiertas, los dos gimiendo y gritando de placer y yo allí en silencio mirando a través de mis cristales. Esto me llevó a un cambio de actitud con él. Quería ser yo a la que dedicara sus caricias y gemidos, y no a otra.

Mi ataque se volvió más duro, ahora era más maligna, cada día subía un poco más el tono de mis apariciones, con menos ropa, con más insinuaciones…

Fue entonces cuando en mi casa empezaron a llamar y colgar como un juego. Cuando lo cogían mis padres colgaban, pero cuando ellos no estaban el silencio se hacía tras de si, y solo oía una respiración entrecortada, de alguien que disfrutaba de placer. Pasaron unos días y las llamadas no cesaban aunque ahora el cálcul

o de que yo estuviera sola era perfecto, como no podía ser de otra manera mi vecino acabó delatándose y me llamaba con descaro desde un inalámbrico en la ventana, parecía como si quisiera hablar conmigo decirme lo que sentía, pero acababa colgando. Aquello me desesperaba y lo que hacía era castigarlo poniéndolo más caliente. Me ponía un mono de aeróbic y hacía ejercicios muy sensuales para que me viera, acaba con un mini y un sujetador deportivo que mucho más tarde me confesaría que le volvía loco.

Pero todo parecía que se acababa cuando mis padres me dijeron que nos cambiábamos de casa. Yo me deprimí, todavía no había llegado a lo que me había propuesto con mi vecino y el cambio era inminente y a una zona muy lejana. Llegó el día en que me marché, pensé que nunca lo volvería a ver y aquello me dejaba una insatisfacción tremenda. Mis padres si que se habían empezado a dar cuenta de mis jueguecitos y como podréis imaginar no les hacía gracia nada en absoluto, así que el cambio para ellos era una salvación.

Pasarían un par de meses cuando mi madre me pidió que fuera a nuestra antigua casa a por unas cartas que nos guardaban los que nos compraron el piso. Yo como buena niña obedecí, que como pensé yo vaya oportunidad de ver a aquel maniquí que me había hecho soñar durante tantas noches…

Como si de una peli se tratara me encontré con él cerca de mi nueva casa, fue la cosa más extraña que nunca me había pasado; vino me dio dos besos como si de dos buenos amigos se tratasen, yo vi en su cara que algo le pasaba y me confesó que tras una bronca con su madre había decidido pasear para olvidar. Cuando le comenté lo que mi madre me había pedido el quiso acompañarme y así él iba a casa. Durante el camino me preguntó sobre mi vida y mi nueva vecindad, a lo que sin reparos le respondí que mucho más aburrida y sosa que la anterior; él me pasó su mano por la cintura desde aquel instante. Era el primer contacto que establecimos y yo sentí un escalofrío brutal, noté como mi cuerpo se despertaba y me pedía que no me separara de él. Su mano seguía en la cintura y me hacía círculos con los dedos en la cadera.

El paseo hasta su casa, mi antigua casa, pasó volando y fue casi de 1 hora. Una vez allí recogí las cartas y ya en el portal tocaba la despedida final, se me hacía un nudo en el estómago y él vi como cambiaba de gesto, también parecía sentir el momento. Al darle dos besos él movió la cabeza y cogió la mía entre sus manos y me empezó a besar como nadie lo había hecho jamás. Nuestras bocas se abalanzaban una sobre la otra, las lenguas no paraban de jugar y de enlazarse la una con la otra… era sencillamente el deseo que tanto habíamos estado reprimiendo. Suavemente me cogió de la mano y empezamos a subir por las escaleras del edificio, al haber ascensor pocos eran los que elegían la opción de las escaleras, lo que nos daba la intimidad que necesitábamos.

Una vez que nos sentamos en las escaleras, fuera de la vista de curiosos, él no paraba de mirarme, me contemplaba de manera fija, sus manos me acariciaban como si quisiera modelar mi cuerpo en arcilla. Estaba en un estado de excitación máximo y yo también, no dejaba de acariciarme y hasta que yo no comencé a recorrer su cuerpo esperó para subir el tono de las caricias.

Mis manos bajaban por su espalda hasta su culo y allí comencé por manosearlo como si fuera la masa de pan que necesita ser trabajada un largo rato, a él le volvía loco mis manos, y empezó a susurrarme como había deseado tenerme entre sus brazos y poder tocarme y besarme. Sus manos se metían bajo mi falda, y allí intentaban aquello que tanto había deseado hacer, tocarme y ver lo mojada que me tenía. Sus manos rozaban mis braguitas de manera ágil y a la vez fuertemente, me puso mi mano en su paquete, quería que comprobase como lo ponía, aquello parecía que iba a reventar, la tenía durísima y los botones estaban a estallar, tan solo con un roce empezaron a saltar y quedó allí su slip.

Yo estaba ante mi primera experiencia con un miembro masculino, tenía curiosidad y deseo; él se bajó el pantalón y me susurró que me guiaría; parecía saber mi falta de experiencia, sobr

e su calzoncillo comencé un masaje con el que se retorcía de los espasmos que le producía. En un veloz movimiento me arrebató mis braguitas blancas y con un guiño se las metió al bolsillo diciendo: “esto por todos los calentones que me has hecho pasar”.

Yo estaba totalmente entregada a él, me acariciaba de manera sensual, pero a la vez firme en cada movimiento, yo a cambio seguía sin parar de tocarle, mis manos se colaron dentro del slip lo que casi le produce un orgasmo era la culminación a todo lo que había estado fantaseando conmigo, y allí los dos sentados en unas escaleras donde cualquiera podía encontrarnos de esa manera. Creo que eso todavía nos excitaba más a los dos…

Nunca nada había entrado en mi nada y sus dedos parecían que iban a hacer que me volviera loca, mi cuerpo no me respondía solo estaba ante él, quería que no parase nunca, pero de repente paró en seco y se arregló, bajaba una persona por las escaleras, yo me quedé parada y muerta de miedo, y con ganas de acabar aquello. Mi frustración era evidente yo estaba casi enfadada, aquello se acabó sin más y yo no quería.

El me abrazó y besó y me dijo al oído, “tranquila esto es un punto y aparte otro día habrá más y mejor, te lo prometo…”

Autor: María

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Escrito por Marqueze

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