Deseo Satisfecho (2)

¡Comparte!

Gay. Él ejercía de macho y yo de puta barata.

Aunque parezca demasiado ocurrente esta continuación del relato anterior, lo cierto es que cuando Carlos – con el cual mantuve relaciones de amante durante un curso académico – me dejó por una rubia (pechugona) y me quedé como único ocupante de la sala matrimonial que había compartido con él en la casa de una señora divorciada, ésta me apremió a que buscara otro compañero con el que compartir dicha habitación. Con suerte encontré un joven, pero éste no estaba por la labor de compartir la cama matrimonial conmigo; no obstante, el sobrino de la ama de la casa, un Cabo 1º que ocupaba una de las otras dos habitaciones, que probablemente habría recelado o percibido mis devaneos sexuales con Carlos, se avino a ceder su habitación al recién llegado, y cohabitar conmigo en la misma habitación y en la misma cama; también en mí mismo culo como contaré en este nuevo relato.

La primera noche dormí solo puesto que el Cabo 1º tenía guardia. Se llamaba Íñigo, era mucho más mayor que yo, un hombre hecho y derecho Su porte era bastante normal, como de una altura media pero con un cuerpo – como pude ver y comprobar más tarde – muy bien cuidado: pectorales, bíceps y muslos muy ejercitados, desnudo aún resultaba mucho más atractivo e incitante por su porte autoritario de militar bragado.

Solo, esa primera noche en la habitación, me puse a hacer mis tareas pero mi imaginación, de vez en cuando, volaba con fantasías libidinosas con Íñigo que me parecían muy probables que se hicieran realidad. No porque sí – pensaba – se habría avenido, el tal Íñigo, a compartir la cama conmigo. Me dormí y desperté deseando que llegara una nueva noche y se cumplieran mis fantasías que, por cierto, no se cumplieron de inmediato pese a que, cuando nos encontramos por primera vez en la habitación, Íñigo me sorprendió besándome en la mejilla y con un saludo inaudito:
− Hola, Fanny – Miré alrededor por si había alguien más en la habitación – No te molestara que te llame así, ¿verdad?
No supe qué hacer ni qué contestarle, quedé turbado.
− No te sorprendas, nena. Ten en cuenta que la habitación que yo ocupaba es la contigua a la vuestra y que el cabezal de mi cama linda, pared mediante, con el vuestro y, aunque siempre erais muy discretos en vuestros devaneos sexuales, más de una vez pude oírte cuando tus susurros eran muy encelados: “Más, más, hasta el fondo”. “Qué bien follas, Carlos, qué gusto tan rico me das”. “Córrete ahí… mi culo es tuyo” Todo eso así y otras cosas parecidas entre jadeos de ambos, pero sin duda eras tú quien paraba el culo y te dejabas coger. La verdad que me divertía oírte. Que quede, pues, claro desde el principio: en la intimidad de esta habitación, para mi serás Fanny y con ese nombre quiero tratarte honradamente como la mujer que te gustaría ser. ¿Me has entendido bien, no? Buenas noches.

Quedé turbado y perplejo. Él se fue al baño, salió con un pijama caqui de pantalón corto y, sin decir nada más, se echó al lado de la cama que probablemente consideró que sería el suyo.
Yo, tras un momento turbado y pensativo por aquella situación inimaginable, cobré ánimos y agachado frente a él, echado en la cama, tuve el arrojo de hablarle también claro y, sin negarle nada de lo que pudiera saber y pensar de mí, le dije con mucha seriedad y cómo reproche:

−Esperaba otra cosa de ti, Íñigo, cuando te aviniste a compartir cama y habitación conmigo y, quien sabe si también, mi culo. No entiendo nada de esta situación, me has dejado confundido: tras haberme besado en la mejilla, saludarme como Fanny, dejarme enterado que sabes que me gusta que me traten como mujer, sin más ni más, te vas al baño y después te echas en la cama cuando en realidad cabía esperar algo más que el respeto que dices que vas a mantener honradamente conmigo. Me resulta, pues, kafkiano que te hayas avenido a querer compartir conmigo esta habitación.
No tardó en responderme:
−Mira, chica, aunque no te lo creas, lo hice por hacerte un favor porque me caes bien, no soy homófobo y ni me inquieta para nada esta situación. Ahora déjame estar y no me marees. Ya hablaremos cuando tenga ocasión.
Puse en duda sus razones y creía muy improbable que con ellas no encubriera sus deseos de probar a solazarse sexualmente conmigo. Lo cierto es que los primeros días apenas hablábamos puesto que él sólo acudía por la noche no sé por qué – no creo que estuviera todo el día en el cuartel –, entraba en el baño y ya salía dispuesto a acostarse puesto con aquel pijama caqui. Únicamente, al quinto o sexto día por la mañana, al despedirse y decirme que tenía guardia esa noche, me agregó:
−Por mi parte, si te quieres traer un amiguito, no me preocupa: puedes hacerlo tantas veces como quieras mientras no esté yo y tengas o no permiso de mi tía. Adiós.

Así estaba la cosa, pero no tuve en cuenta las facilidades que me daba para mis devaneos que bien lo hubiera podido aprovechara puesto que su tía, doña Pilar, apenas salía de la sala de estar, se acostaba temprano y al momento ya podían oírse algunos ronquidos. Si me hubiera dado tiempo para contestarle, le hubiera manifestado – por lo que hubiera de desprecio a satisfacerme él mismo compartiendo la misma cama y con mi culo dispuesto – que yo, para satisfacerme, me bastaba pensar en mi querido Carlos, al que echaba mucho de menos, y me pajeaba frente al espejo contorneándome y mostrándole mi culo como si él me estuviera viendo por webcam.

Bueno, a pesar de todo, aunque tardé bastante a empatizar con Íñigo, poco a poco, con el trato que le daba, fui moldeándole a mi gusto hasta tener la suficiente confianza para preguntarle dónde pasaba el día fuera del cuartel. No sé si me fue sincero:
−Tengo una amiga, soltera como yo y, por lo que puedas pensar de más, te digo que estoy muy bien servido.
−Ah, ya entiendo. ¿Te lo pasas bien, eh? ¿Te gusta mucho, no? – Y todavía con mayor atrevimiento agregué – Y te gusta más que yo, claro.

 

Quedó sorpresivamente concernido, al menos eso me pareció. No me contestó, se fue directamente al baño. Pero yo sé que por mi carácter y estoy convencido que también por mi feminidad latente – no por afeminamiento, ¡ojo! – resulto algo más que agradable tanto para mis amigas como para mis amigos, mujeres u hombres, aunque solo sea por complacencia por mi trato personal con todos y creo que también, ahora, para Íñigo, pese a su rudeza. Estaba seguro que ya lo tenía conquistado y yo necesitaba, cada vez más, desde que se fue Carlos, que alguien me cogiera y ese alguien bien podría ser Íñigo. Sin duda que mi pregunta y mi atrevimiento iba en ese sentido. Todo ello, como no esperaba menos, resultó favorable a mis deseos, aunque en principio no podía imaginarme cómo iba a echarse a mis brazos tal y como sucedió al día siguiente, al regresar de la facultad al anochecer: en la parte de la cama que habitualmente ocupaba yo, encontré un conjunto rojo de lencería femenina compuesto de un sujetador muy abierto con las copas muy separadas y abiertas para dejar parte de los senos y los pezones al descubierto; unas bragas de encaje con medias de rejilla y ligueros; además rímel, colorete y pintalabios. Me reí, “se ha olvidado de los zapatos” – me dije –“pareceré una princesa descalza”. Lo tomé como broma y de no serlo, no me gustó que quisiera que empezáramos así. Yo, para expresar mi feminidad no necesito de ropitas y menos usarlas como un fantoche: mi cerebro puede ser femenino, pero no mi cuerpo con el que me resulta muy difícil adoptar, por mucho que me esfuerce, formas y gestos femeniles. También no es menos cierto, aunque parezca contradictorio, que me resulta muy agradable y morboso cuando me imagino vestido como si fuera una puta.
Cuando yo creía que estaba solo, Íñigo salió del baño – pues parecía que fuera su hábitat natural – y me sorprendió probándome, frente al espejo, aquellas prendas.
− ¿Te gusta verte así, Fanny? Estás muy linda.
Mi primer impulso fue contestarle que yo no era maricón de “plumas”, que no las necesitaba para sentirme mujer… Opté por callarme. La verdad es que no me sentaban mal esas “plumas” y, además, me halagó que me dijera, aunque fuera un cumplido, que me encontraba linda.
Él ya estaba puesto con su pijama caqui. Se me acercó, me cogió de la cintura y empezó a arrullarme como nadie lo había hecho antes, ni siquiera Carlos. Ambos éramos de la misma altura, sentía el aliento de su boca en la mía, cada vez más cerca, hasta besarme los labios y dejarme hechizado rendido a sus deseaos. Sus labios eran carnosos, los besé, los lamí y mordisqueé, los sentí en el cuello, en las mejillas, en la frente, en los lóbulos de las orejas; sus manos acariciaban mi cuerpo, me apretujaba cogido de las nalgas hasta entroncar su paquete en mi entrepierna; sobaba mis senos, pellizcaba y lamia los pezones puestos al descubierto con aquel sujetador que los mostraba erectos con las areolas erizadas; me sentí rendido a su masculinidad sintiendo como su verga se paraba erecta y se apuntalaba en mi pubis… como nunca sentí el rechazo de mis genitales y desear que pudiera penetrarme en las fauces de un deseado coño hambriento,
Tirados en la cama, continuamos con lo mismo, pero yo, ya totalmente enardecido, me atreví a quitarle el pantalón caqui del pijama y él a quitarse la camisola. No había, pues, vuelta atrás, pero cuando intenté bajarme las bragas él me lo impidió, solo me permitió quitarme los ligueros y las medias que acabaron tirados en el suelo.
−Así mejor, nena, al menos con las bragas para que cubran y oculten tus genitales… Me desencantaría rozarme con tu polla en vivo o en reposo.
En principio, con esa salvedad, me dejó ejercer como mujer dispuesta a hacerle gozar a su gusto. Lo primero que hice, pues era lo que más ansiaba, fue cogerle la verga, sopesarla en mis manos y contemplarla hechizado por su envergadura: ¿23 x 15 o 18? ¡Yo que sé! Aquel pedazo de carne para mí era lo nunca visto, mi mano apenas podía coger todo el grosor, ni con mis dos manos cubrir toda su longitud que le sobrepasaba del ombligo y su capullo, como un fresón alado en su base como una seta, no podría caberme en la boca por mucho que pudiera estirar las comisuras de mis labios y menos tragar todo lo que pudiera eyacular por el corte de su meato urinario que parecía partirla en dos.
− ¿Te gusta, eh? ¿Te atreverás a pararme tu culo?
Empecé a masturbarle, a lamer el tronco y besar el glande con la punta puesta en mi boca deseando poderlo mamar i metérmelo hasta donde me pudiera llegar. De momento sólo lo besaba y lo lamía. Por sus gemidos sabía que les estaba desquiciando con agrado; me hacía parar cuando sentía que se venía y así, una y otra vez, hasta que, sin esperármelo, me la metió de golpe y con menos de media verga metida me llegó a la garganta corriéndose con fuertes espasmos y reiterados e intermitentes eyaculaciones de su leche de macho. Me ahogaba… y me corrí como nunca me había pasado con mi querido Carlos.
Cuando se recobró me pidió perdón:
−Vaya putada que te he hecho, perdona. No era esa mi intención. Joder, es que mamas como nunca lo había probado. Me resultó irresistible terminar así.
Le respondí aún entre mis convulsiones espasmódicas y la boca enlechada:
−Macho, deseo que no sea la última vez. ¡Joder, tío… qué caudal tienes!
A partir de ese día, ya se tomó todas las licencias fueran o no de mi gusto: con su verga en mi boca me presionaba la cabeza para que me llegara adentro al máximo; me llevaba a oler y lamerle los sobacos sudados, lamerle y mordisquearle los huevos, rastrear mi lengua y mis labios a besos por brazos y piernas hasta llegar a lamerle los pies y chuparle los dedos. Por supuesto que terminaba follándome ladeando las bragas – que llevaba siempre puestas por obligado cumplimiento – de las maneras más inverosímiles que se le antojaban.
La primera vez que quiso follarme me dio miedo a pesar de mis deseos de sentirme penetrado: aquella verga iba a romperme el culo y a partirme en dos. El me ayudó a aceptar lo para que no le temiera.
−Nena, precisamente no estás virgen. Tu ano bien que te lo habrá dejado abierto tu Carlos y quizás alguien más. Tranquila, seré cuidadoso. Así fue en principio: tras lubricar su verga y mi ano, consiguió meterme el capullo y después, con media verga ensartada, me estuvo dando un suave mete y saca, pero cuando le desquicié moviéndole mí colita y las contracciones de mis esfínteres anales, no tuvo reparos en ensartármela con fuertes y profundas estocadas hasta correrse en mi culo. La verdad es que me hizo mucho daño, aunque sin desgarrarme como me temía, pero también haciéndome sentir mucho e intenso placer.
No quiero ser más prolijo, lo que siguió en días sucesivos, ejerciendo él de macho y yo de puta barata, es fácil de imaginar. Solo añadiré que algunas veces me corría con su verga ensartada, incluso antes que se corriera él o coincidiendo con sus espasmos y, de no ser a así, como ocurría otras veces, me aprovechaba para terminar placenteramente, mientras él se iba al baño.

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

1 voto
Votaciones Votación negativa

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.