Eduardo 02 Se acerca un poco

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Gay. Poco a poco nos acercamos más

La vuelta es peor que la ida para mí, llego exhausto a casa,  tiro mi cuerpo en una silla de la cocina y él tan fresco.

-Me voy a cambiar de ropa, que me tengo que marchar.

Va quitándose la ropa camino de la habitación donde ha dejado la que traía.

-Espera, ¿no quieres darte una ducha?

Se vuelve sonriente, su mirada resplandece.

-¿Puedo?,  ¿me dejarías darme una ducha?  –  cada vez me asombra más este niño, se toma lo de la ducha como si fuera un regalo maravilloso.

-Pues claro que puedes tomar una ducha, en realidad las que quieras, hay tres cuartos de baño en esta casa y solo se utilizan dos.

-No te quiero molestar, lo haré en el que uses tú, para no manchar. Va a ser una ducha rápida, no tengo tiempo para más.

-Mi cuarto de baño está en la habitación donde nos hemos cambiado de ropa, puedes ir, yo voy a ver si recobro la respiración.

El chaval se marcha hacia el baño, se me hace difícil imaginar en la situación en que pueda estar viviendo para ver, el hecho de tomar una ducha, como algo prodigioso o mágico.

Me acerco hasta la habitación, la puerta del baño está abierta, como si no le importara, para nada, el que yo pudiera verle desnudo.  Llego al baño, hay bastante vapor, se nota que le gusta el agua muy caliente, me siento en el inodoro e intento ver a través de la mampara. La zona de baño es un plato de ducha muy grande con mamparas de cristal, pero no logro ver nada, los cristales están cubiertos de vaho. Él debe haber notado mi presencia.

-¿Puedes dejarme una toalla, por favor?

Voy a buscarla al armario, en el baño se encuentran solamente las que yo utilizo. Cuando Mauricio se queda a dormir, le entrego siempre una nueva y diferente a las que estén en el baño, como una forma de hacerle ver que allí está de huésped y que se debe marchar.

Descorre la mampara practicable y se muestra en todo su esplendor, con las prietas carnes de sus tiernos años. Tiene un cuerpo muy bien formado, proporcionado todo él, muy delgado, casi esquelético y su verga puede ser de campeonato cuando se ponga en acción, larga y cubierta toda ella de pellejo.

No se le nota vergüenza en absoluto, o no da muestras de ella, coge la toalla que le tiendo con la mayor naturalidad y se la pasa suavemente por el cuerpo.

Le estoy mirando y pienso que igual  puede sentirse molesto y que además yo también tengo que ducharme. Entro en el plato, abro el grifo a tope y por poco me escaldo. Bajo la temperatura antes de quedar como un pollo preparado para desplumar y suelto una interjección.

-¿Te sucede algo Alberto?   –  pregunta con preocupación en su voz.

-No, no, el agua que está hirviendo y por poco me cuezo.

-Perdona no me acordé de bajar la temperatura, es que me gusta tanto el agua caliente y…          –  se calla y deja sin terminar la frase.

Cuando finalizo mi ducha y salgo del plato, Eduardo está en medio del cuarto de baño ya vestido, y en una mano lleva una bolsa con la ropa de deporte que compramos.

-Quería preguntarte dónde puedo dejar la ropa de deporte, para el próximo día, si  es que va a haber próximo día, claro.

-Por descontado, mañana mismo volveremos a correr, tengo que llegar a ganarte y correr más y mejor que tú, para dejarte en vergüenza.

Se ríe sonoramente, me gusta su risa, son pocas las veces que se ríe así, de esta manera, en realidad es la primera vez que la oigo y me encanta lo cantarina que suena.

-Que bien que quieras volver a correr mañana pero, ¿dónde dejo la ropa?, por una simple carrera no creo que haya que lavarla, mañana la puedo usar de nuevo.

-La ropa es tuya puedes llevártela, y hacer con ella lo que quieras.

-No, no es mía, lo será cuando la pague, dentro de dos meses, como hemos quedado.

-Pues si la vas a dejar aquí, mejor que las botas las dejes en la galería de la cocina, para que se aireen y la ropa en un cesto que hay también allí, al lado de la lavadora, para que mañana la chica lo lave.

Me estoy vistiendo cuando vuelve a aparecer.

-Ya está todo, como ha ordenado el capitán.  –  se cuadra como si fuera un soldado  y ambos soltamos la carcajada.

-Ahora me marcho, tengo mucho que estudiar y muy poco tiempo, o sea, que hasta mañana en el mismo lugar y a la misma hora.

-Espera, ahora finalizo de prepararme, te acompaño hasta tu casa, yo no tengo nada que hacer.

Se queda pensativo e indeciso.

-¿Sucede algo?  –  le pregunto intrigado.

-Es que no sé si te va a gustar donde vivo.  –  me mira un poco triste.

-¿No será la cueva de Alí Babá?    –  mi respuesta le hace sonreír.

-No…, no, que va a ser eso, pero seguro que no te va a gustar.  –  dirige una mirada alrededor de la habitación, como analizando el entorno.

Me dejo dirigir por él, pasamos el bazar donde trabaja, cruzamos el río, vamos metiéndonos entre calles alejándonos de su cauce cada vez más, llegamos a una zona donde las casas empiezan a tomar otro aspecto, más humildes, y a medida que vamos avanzando van empeorando hasta aparentar casas miserables, no sé cuándo vamos a llegar y de repente se detiene.

-Ya está, aquí vivo yo.  –  señala con su dedo una casa cuadrada, como a cincuenta metros de donde nos encontramos, la primera impresión que recibo es lamentable, en ese edificio, es probable, que no tengan ni agua corriente.

-¿No te da miedo venir hasta aquí? Esto es muy tétrico, puede pasarte cualquier cosa…      –  vuelve a soltar una carcajada. Vaya, me estoy haciendo bien el gracioso.

-Alberto, aquí me conoce todo el mundo, nadie va a hacerme daño alguno, corres tu más peligro que yo. Ahora vete que tampoco quiero yo que te pase algo. Hasta mañana.

-Sí, hasta mañana Eduardo.  –  marcha hacia su casa y de vez en cuando da un saltito, como si estuviera contento, algún tic que tiene. Yo me encamino hacia la mía pensando, pensando en todo lo que me ha sucedido esta tarde que casi cambia mi vida, por lo menos mi forma de pensar sobre ciertas cosas que, está empezando a hacerme ver el mundo y la vida de otra manera a como las veía antes  –

Luego está lo del chaval éste, resulta que no es lo que yo creía, que no quería un polvete con el tío chulo que le ha gustado y nada más. Lo único que quiere es amistad, quizá un poco de compañerismo y yo no puedo ser su compañero, nos separan distancias siderales. Me gusta el chaval, no en el sentido sexual como puede gustarme Mauricio y otros que hay o ha habido por ahí, no. Me gusta su compañía, lo que ha sucedido esta tarde. No ha habido el menor asomo de sexo, y no es porque el chaval no valga, que vale un montón. Busco un término para definirle y no lo encuentro, algo que pudiera resumir en una sola palabra o frase lo que es.

Veremos cómo se va dando todo, ahora que estoy cerca de casa me apetece tomar una cervecita, comer algo en la barra del bar que está debajo de casa y a dormir.

Estoy tomando mi cerveza y una hamburguesa, de las buenas, de las caseras, de las que Manu hace a base de bien y suena el teléfono.  Tengo las manos ocupadas y pringadas de toda la salsa de la comida, necesito dejar todo en el plato y limpiar mis manos, cuando acabo de limpiarme el teléfono deja de sonar. ¡Cago en la puta! Mauricio tenía que ser. Que se joda, ya volverá a llamar, si quiere.

Quiere, Mauricio vuelve a llamar, justo cuando acabo el último bocado y con la boca llena le contesto.

-Dime, ¿qué coño quieres?, ¿no te has enterado de que hemos acabado?, ¿es que no entiendes las palabras?

-Alberto, tenemos que hablar, todo tiene una explicación y todo es legal, no tengo nada que ocultar, déjame que te cuente lo sucedido y verás que todo es producto de tu mente calenturienta.

-A ver, explícate, ¿qué es lo que tienes que decir en tu favor? Te escucho y va a ser la última vez, o sea, que busca bien las palabras.

-Es mejor que te lo diga mirándote a los ojos para que veas que no miento y notes mi sinceridad en la mirada.

-Déjate de gilipollas lindeces, ahora no va a ser como otras veces, que luego acabo perdonándote, aunque sepa que me estas mintiendo.  Si quieres hablar, habla ahora.

-Bueno, verás, estaba en el bar, debajo de mi casa.

-Se dé que bar se trata, ese detalle y otros los puedes pasar por alto.

-Llegó Marcos, ya sabes lo salido que es, se pidió una cerveza y se sentó en la mesa que yo ocupaba y te lo juro, te lo juro por lo más sagrado, solo fue una caricia que me hizo en la pierna, bueno en el muslo y le aparte la mano corriendo, faltaría más.

Me tenía tan cabreado, que echaba fuego por los ojos y por la boca, embustero de la mierda.

-Esa se la metes a tu madre guapo, no era Marcos el que te metía mano, eras tú el que le acariciaba, no la pierna, ni el muslo, el puto rabo, ¡cabrón!, vete a tomar por el culo y déjame en paz, ¿me oyes?, déjame.  – le corté la comunicación hecho una fiera, algunos parroquianos que me conocían, al oír la conversación que, no había sido en un tono, digamos íntimo, me miraban compadecidos.

Pagué mi cuenta y me marché para casa, cuando llegué me tumbé cuan largo era en el sofá y encendí la tele, daban una tontería y empecé a pasar los canales sin ton ni son.

Me enfurecí conmigo mismo, ¡Mauricio!, ¿y qué coño me importaba a mí el que anduviera con Marcos o con quien le diera la gana?, ¿qué pasa, me estaba enamorando de él a estas alturas? Yo no estaba enamorado de él en absoluto, de ese puto egoísta que solo va a lo suyo, le he pedido que me deje, que me permita, por lo menos una vez, llevar la voz cantante en nuestras relaciones y no hay manera. Quiero que me deje que sea yo el que le folle, una vez, ¡joder!, sólo una vez. Tiene que ser siempre él el que me monte y, no puedo negar lo evidente, lo hace increíble, jamás he tenido un hombre que me folle como él. Lo malo es, que miente compulsivamente, no me importa que me diga la verdad y que folle con quien quiera, ahora, eso sí, a partir de ahora, conmigo, con condón, lo de a pelo se acabó. Pero, ¿qué digo? Estoy dando por supuesto que le voy a perdonar y volver a estar otra vez debajo de él, o encima, pero siempre con su verga perforándome, no tengo remedio.

Insistió e insistió, y le hice sufrir como al marrano que era, y le perdoné, y volvió a mi cama, y volvió a follarme como siempre de bien pero, ahora con condón, ya no me fiaba, y volvió a engañarme, que no me importaba, a mentirme, que si me dolía un montón y…, ¿cómo no? Volví a tenerlo en mi cama de nuevo, para no variar.

¿Eduardo? Bien, muy bien. Al final de aquel primer mes de nuestro primer encuentro me entregó, puntualmente, la mitad del importe de la ropa de deporte y al mes siguiente la otra mitad, como todo un caballero, cumpliendo su palabra. Se cambió de trabajo, dejó el bazar y se puso a trabajar, medio turno nocturno, en la tienda de una gasolinera, de diez de la noche a dos de la madrugada.

Casi todos los días corríamos, o andábamos, o simplemente tomábamos un café. El día de su diecisiete cumpleaños me invitó a comer una hamburguesa, sabía que el dinero le era necesario pero no le quería desilusionar y humillar y acepté. Yo de regalo le llevé a una tienda en la que antes había hecho una entrega de dinero y  ese era el tope. Me hubiera gustado regalarle más cosas, en verdad el dinero no era problema para mí pero él, a pesar de su pobreza y humildad, tenía su orgullo. A veces le compraba algo, sin tener un motivo concreto, y luego, cuando podía, me devolvía el dinero, eso representaba una faena para él, yo le compraba cosas caras y luego le costaba devolverme el importe.

Continuaba guardando la ropa de deporte en mi casa en donde se cambiaba y duchaba, ahora lo hacía en el baño de otra habitación, podía practicar su gusto por cocerse vivo, hasta ponerse rojo como una langosta.

Algún sábado lo invitaba  a ir de excursión o a la playa. Se hacía violento porque siempre quería pagar la mitad. Una vez hasta se enfadó porque no le cobraba la parte que él creía debía pagar de la gasolina. Teníamos enfadillos de esos, sin importancia pero que me dolían hasta volver a verle sonreír. Cuando me marchaba de vacaciones quise dejarle una llave de la casa, y no la aceptó. Siempre le informaba de cuando me iba o volvía para encontrármelo en la puerta, esperando mi vuelta.

Cumplía veinte años, ese año ingresaba en la Universidad y yo, si las cosas iban bien, terminaba al año siguiente mis estudios. Le veía muy delgado, había cambiado en esos dos años un poco pero, lo de delgado, creo que iba a más. Me daba un poco de miedo y más ahora que tendría que esforzarse más en sus estudios. Esos dos años me habían servido para ver que era un chaval muy inteligente, sobre todo enormemente trabajador y responsable. Vi que los únicos vicios que se permitía eran los inevitables porque yo los provocaba, trabajaba como una mula y nunca se quejaba, no le oí quejarse nunca de nadie ni de nada.

Una vez, después de ducharse y cambiarse de ropa, se sentó en el sofá del salón mientras me esperaba, era normal que yo tardase más que él, me extrañó porque nunca se permitía esas confianzas, a pesar de decirle que podía utilizar cualquier pieza de la casa, siempre me esperaba en la cocina. Al no verle donde era habitual le busqué y le encontré sentado, donde he dicho, con los ojos cerrados.

-¿Qué te sucede?, ¿tienes sueño?, ¿no has dormido bien esta noche?

-He dormido bien, estaba soñando, cosas imposibles, ya se verá.

-¿No me puedes contar lo que soñabas?, ¿es un secreto?

-Sí, sí que puedo contártelo, pero es un sueño nada más; verás, soñaba que cuando finalice mis estudios, consiga trabajo y gane dinero, voy a comprarme una casa como la tuya, igual más pequeña pero así, bonita, donde se pueda vivir y poderte invitar algún día, como tú haces conmigo, y que tenga un baño con agua caliente.

Parecía un ángel soñando con Dios, que niño tan guapo era, continuaba con su carita de niño y eso que ya tenía barba, poca, pero alguna vez, en broma, le decía que se tenía que afeitar.

Pues en ése, su dieciocho cumpleaños, tomé una decisión, la pensé mucho, no sé si lo suficiente pero creía que era la mejor que podía adoptar, por el bien de Eduardo. Ese fin de semana había quedado con mamá en que iría a su casa a comer con ellos y, claro está, la alegró muchísimo, también le dije que además de comer tenía que hablar de un asunto muy serio con ellos, esperé al viernes para decírselo, no la quería tener intranquila muchos días, y así fue. Cuando llegué a su casa me recibió con cara de preocupación, tanto es así que, en lugar de acudir Josefina a abrir la puerta, fue ella y se me lanzó al cuello comiendo a su niño a besos.

Iba pocas veces a verles, una vez al mes y en las fiestas familiares. Al principio del desastre no iba nunca. Las imágenes acudieron a mi cerebro como fogonazos y con la velocidad del rayo. Me vi allí, detrás de la puerta de la biblioteca, arrodillado, delante de aquel hombre, amigo de papá de toda su vida. Metida mi cabeza en el regazo de sus piernas, mamándole su enorme verga, tragando y succionando como un loco poseído y, de repente, aquella majestuosa verga, rígida y tiesa, se esponja y se ablanda, sujeta mi cabeza para retirar mi boca de su polla y escucho el sonoro golpear de la puerta. Levanto mi vista para encontrarme con la lividez de su rostro.

-Tus padres, lo han visto todo.

Tardaron en volver las aguas a su cauce, les destrocé su vida y luego se fueron calmando las cosas, quizá fuera egoísta de mi parte, creía que así estábamos mejor todos, viviendo separados. Lo de mi condición lo habían asumido sin broncas ni aspavientos, preocupados, eso sí, porque lo de mi forma de vida no lo admitían.

Fuimos hasta el invernadero donde papá se entretiene y pasa mucho tiempo, además de plantas y flores tiene una mesa y sillones de hierro forjado, pintados en blanco. Me acerqué a darle un beso y noté la preocupación en su cara, mamá debía haberle contado que iba a hablarles de un asunto serio.

-A ver, ¿cuál es ese asunto tan serio que tienes que contarnos?

-No es tan urgente, es mejor que nos sentemos, para hablarlo entre los tres y me digáis vuestra opinión.

Pasamos a la casa y me detuve a saludar a Josefina. Mamá la encargó que pusiera algo en el salón y nos sentamos.

-A ver, ¿cómo empiezo a explicaros?

-Hay un chico, pequeño, tiene ahora 20 años recién cumplidos, le conozco desde hace dos años, no tiene nada que ver con lo que os podáis estar imaginando, no tengo nada con él, ni creo que lo tenga en el futuro.    – les relaté lo sucedido estos dos años, con los detalles que a mí me interesaba resaltar y sin mencionar otros.

-Va a comenzar la Universidad este año, veo muy mal y difícil que pueda estudiar en las circunstancias actuales de su casa y su trabajo, he pensado en brindarle mi ayuda, en lo que pueda, claro está.

Mis padres me escuchan atentamente, sin hablar. Papá tiene el ceño fruncido y me trasmite malas vibraciones, como que no le está gustando nada lo que explico.

-Quiero aclararos que esto que os cuento es, simplemente, para vuestro conocimiento, porque la casa es vuestra y también que estoy totalmente decidido a hacerlo, a no ser que, decidiérais impedírmelo, con lo que abandonaría vuestra casa.

Bien, pienso cederle una habitación y un baño, para su uso particular y, que haga el uso que deba, conjuntamente conmigo, del resto de la casa, también disponer de parte de vuestra asignación para su mantenimiento, todo esto hasta que finalice sus estudios y encuentre un trabajo que le permita vivir por su cuenta. Ahora espero vuestra opinión y, desearía con toda el alma, que aceptarais lo que os pido.

Se quedan callados, mamá se lleva un pañuelo a los ojos, papá sigue con su ceño fruncido presagiando la tormenta, y al fin estalla.

-Mira hijo, en principio me parece muy mal que intentes coaccionar a tus padres, pones como condición el que aceptemos lo que pides o que dejarás la casa, y consecuentemente tus estudios. Quiero que sepas, para tu conocimiento, que esa casa es tuya, está registrada a tu nombre, y no necesitas, para lo que pretendes hacer, pedirnos permiso alguno. Pues bien, ese chantaje, al que intentas someternos, me parece indecente e impropio de nuestro hijo y espero que reflexiones sobre lo que has dicho y vuelvas a recuperar la humildad que parece que te falta.

Ha hablado terriblemente serio y mirándome con reproche.

-Por otro lado, debo admitir que, la decisión que has tomado y vas a poner en práctica, me ha devuelto la confianza en ti y que me siento muy honrado de tenerte como hijo, puedes tener a ese muchacho en tu casa y, en lo que a nosotros compete que es, únicamente, la asignación que te pasamos, puedes seguir contando con ella y si precisas algo más no dudes en pedírnoslo.

Ahora, a comer, que veo a Josefina a través de los cristales de la puerta haciendo señas de que la mesa está dispuesta.

Papá se pone en pie y se encamina hacia el comedor, mamá me alcanza y se abraza a mi cintura colocando su cabeza en mi brazo. Durante la comida no se habla más del asunto. Papá comenta que el abuelo está muy mal y que se espera lo inevitable de un momento a otro, lo dice sin entonación, él es así, aunque  yo sé, tengo la plena certeza de que está sufriendo. Después le pide a Josefina que le lleve el café al invernadero, va a terminar de leer el periódico entre sus plantas y flores, rodeado y empapándose en su música.

Mamá me coge de la mano y me arrastra hasta su gabinete, me obliga a tomar asiento a su lado y me asaetea a preguntas.

-No mamá, él no sabe nada aún, primero quería que lo supiérais vosotros. Ahora se lo propondré a él y confío en que acepte. Sí, es guapo, muy guapo pero no hay nada entre nosotros. A pesar de la diferencia de edad somos amigos y nada más. Le traeré, cuando viva allí, le invitaré un día o puedes invitarlo tú, ve un día por casa, hace mucho tiempo que no vas.  –  Por las respuestas se pueden suponer las preguntas de una madre preocupada por su hijo  –

-Mamá, creo que papá tiene razón, no debí desconfiar de vosotros e intentaros chantajear, he hecho mal las cosas, espero no volver a cometer el mismo error otra vez.

Me despido de los dos, papá me da un abrazo muy fuerte, mamá me dice adiós permitiendo que una lágrima discurra por su rostro, pidiendo que le informe de cómo va todo, la integración de Eduardo en su nueva vida, si acepta lo que yo le propongo y ahora, queda otro problema que resolver: Mauricio. Le llamo para quedar con él, está ocupado, puedo oír voces de otro chico a su lado y supongo que estará con otro idiota como yo, en busca de un tío con un buen rabo. Quedo con él para vernos el domingo a la tarde y, por último, llamo a Eduardo, le pregunto si podemos vernos. A diferencia de Mauricio, me pregunta que a ver donde quiero que vaya, que iría ahora mismo.

Nos vemos en mi casa, sentados, él, en el sofá, donde soñaba con vivir en una casa como ésta; yo, en la butaca de al lado.

Le explico mi idea y al acabar le recalco:

-Ya sabes, una solución temporal hasta que finalices tus estudios y encuentres un trabajo que te permita vivir decentemente.   –  ¿para qué hablaremos?, a veces tanto. Esta frase me pasaría factura dentro de unos años.

El muchacho hace tremendos esfuerzos para tragarse las lágrimas y no llorar. No vierte una lágrima, sólo me mira y sus marrones ojos son un lago donde podrían navegar veleros de cuatro palos. Habla con terrible aplomo de hombre mayor.

-Yo…, por mí, estoy de acuerdo, debo hablarlo con mis padres y, lo que ellos digan se hará. Gracias Alberto, gracias, no sé cómo voy a pagarte esto, ahora no son las chucherías de otras veces que con un mes de trabajo o dos te podía pagar, ¡jolines!, esto es más serio.

-¿A ti te agrada?, ¿te parece bien la idea?, ¿te gustaría?

-No te voy a contestar ahora, me pondría a llorar y no quiero pagarte de esta forma tu bondad, ahora si no te importa quisiera marchar y hablarlo con mis padres, el lunes te daré mi respuesta.

-Oye, pero mañana vamos a correr, es domingo. A la tarde tengo un compromiso. A la mañana podemos correr un rato.  –  me mira con una sonrisa de oreja a oreja.

-Vale, de acuerdo, a las diez y media vengo a recogerte, ahora me voy y no me acompañes, no hace falta que vengas hoy.

Le acompaño a la puerta y allí le despido, cuando me da la espalda y noto como tiembla, entiendo el por qué no quiere que, en esta ocasión le acompañe, iba a ponerse a llorar y no deseaba que yo lo viera.

A la mañana está más tranquilo, cuando llega viene alegre y cantando, le oigo desde mi habitación, mientras me visto. Salgo al pasillo y ya está esperando, en la puerta de la cocina.

-Tendrás que elegir la habitación que más te guste, ésta va a ser dentro de poco tu casa.    – sonríe con alegría.

-Es igual, cualquiera, son todas preciosas, pero no vayas tan rápido. Mis padres no han dicho aún que sí y tú también tendrás que pedirle permiso a los tuyos.

-Por mis padres no te preocupes que ese permiso está concedido.

-Pues si tus padres lo entienden y están de acuerdo, va a ser decisivo para lo que decidan los míos, su mayor problema y preocupación es lo que puedan pensar tus padres; si me lo hubieras dicho ayer, quizá ahora, tendríamos ya la respuesta de los míos, pero no importa, luego se lo diré.

– Eduardo, y, si por casualidad, tus padres te dijeran que no, ¿tú qué harías?

-Si dijeran que no, entonces no vendría pero no tienen por qué darme una respuesta negativa, todo está bien, todo es correcto y ellos harían lo que fuera por mi y…, lo que deban.

Este chico cada día me sorprende más, es como si no fuera un ser humano, pero lo es, sufre, siente frío y hambre, todo igual que cualquier ser humano normal; la diferencia radica en su forma de ver las cosas, de enfocarlas, como si estuviera por encima de ellas y las controlara, y, si no puede controlarlas, las ignora.

A la tarde me encamino a la casa de Mauricio, me recibe en calzoncillos y no me importa, le abrazo nada más de abrirme la puerta, le chupo y muerdo los labios y busco ansioso su lengua con la mía, parece recién levantado de la cama y está calentito. Aplasto mi rostro en el vello de su pecho y comienzo a acariciarlo.

Mauricio no sale de su asombro, seguro que no esperaba ese comportamiento de mi parte. Sujeta mi cintura, me lleva hacía él y pienso que me va a romper la columna vertebral del abrazo que me da. De pie, en la entrada y sin cerrar aún la puerta de entrada, como de sus pezones como un poseso mientras mi mano derecha busca, entre la tela, el oscuro, poderoso y anhelado tesoro de mis sueños.  Lo sujeto con mi mano y de pensar que, dentro de unos momentos, ese garrote va a perforar mi culo me derrito todo de gusto.

No puedo aguantar más y lo arrastro a su habitación, tal como suponía acaba de levantarse y por la forma de la ropa adivino que otro ha ocupado mi puesto no hace mucho tiempo. No me importa ahora, yo he venido a por lo que he venido, primero a por mí ración de verga y la leche de un buen macho, y después lo otro.

Le tiro en la cama y me lanzo como un loco a comerle la boca, mi mano baja su calzoncillo, desesperado, no puedo con una sola mano, su verga se ha enredado en la cinturilla, la tiene dura como una barra de acero, me aparto un momento de su boca de fuego para, con las dos manos, bajarle el calzoncillo de una vez y dejarlo desnudo a mi vista. Está divino y dentro de poco diría que hasta exquisito, en dos segundos mi ropa esta tirada por el suelo y mamo de su verga como jamás he mamado, con ansia, con ganas de exprimirlo todo, se me hunden los mofletes de la fuerza que hago para extraer de él la vida. Abre sus piernas y aprovecho para hacerle de las mías, mojo mi mano en saliva y llego a su puerta trasera, no paro de mamarle su inmensa verga a la vez que, con mis dedos ensalivados, acaricio el fruncido de su ojal que, noto palpitar en la yema de mis dedos.

-¿Me vas a dejar que te folle yo?, por una vez en tu vida, ¿me lo vas a permitir?

Tenía metidos ya dos dedos en su culo, dando vueltas con ellos para irle abriendo más. Mi lengua pasaba de sus gordos huevazos, por todo el largo de su fuste, hasta acabar en la cabeza, aspirando allí con toda mi alma.

-Vale, vale, fóllame, pero ten cuidado que yo no tengo el culo como tú de distraído.

Pienso en lo cabrón que es, ¿distraído?, el culo distraído, sería con él, ¡hijo puta! Dejo mis pensamientos para que no entorpezcan mi placer. Busco con la mirada mi chaqueta, donde tengo los condones apropiados al tamaño de mi polla y la recojo raudo, antes de que se vuelva atrás y no me permita metérsela. Coloco sus piernas en mis hombros y tengo el espectáculo perfecto de su culo, palpitando de deseo. Mira el machote de los huevos, tan machito y deseando que le perfore una polla, pongo saliva en la entrada de su culo que introduzco con un dedo y embadurno de saliva el fuste de mi verga, la enfilo y, de una tirada, se la meto hasta los huevos.

-¡Ayyyy!, Bestia, cabrón, te dije que fueras despacio, que mi culo no es el tuyo.

-“Pues por eso he ido así de rápido, hijo de puta”.  –  pensé para mí  –  “Porque tu culo no es el mío, como haces tú, capullo de mierda”.

-No te preocupes Mauricito, enseguida te acostumbrarás.  –  entiende mi burla satírica.

-Verás hasta donde te la meto, sin miramientos, cuando te tenga en mis manos.   – replica amenazador.

Es igual, es hablar por hablar, no hace nada para que se la saque, está tan contento que no le cabe una paja por el culo, claro, si ya lo tiene ocupado. Pienso que ya se ha acostumbrado a mi polla, no es como la de él pero tampoco es que sea manca y empiezo a follármelo con ganas, las ganas que le tengo de meterle la polla hasta las amígdalas.

-¡Jooder, joder! Alberto, que bueno se siente, buff, buff…, se está de puta madre, como follas, yo creía que tú no sabías, ¡qué bueno!

-Cállate, borrego, que tú no sabes nada de nada, ¿o te crees que aquí el único que sabe follar eres tú? Pendón, cerdo de mierda, te voy a romper tu puto culo.

-Sí, sí, dime todas esas guarradas, cómo me gusta y me calienta, dime más cochinadas.

“Si supieras que no lo estoy haciendo para calentarte, sino porque lo siento de verdad”.

-¡Cerdo, cabrón que eres una puta barata, zorra de los arrabales, arrastrada!

-¡Ayyyyyy! Me voy a correr Alberto, me corro, eres el rey, ¡Diooooooooosssssss!

Se corre y se pone hecho un cerdo, con leche por todo el pecho, se la va limpiar su padre; bueno cuando acabe igual le echo una mano y le ayudo.

-Espera, prepárate, que ahora voy yo en serio.

Le meto largas estocadas golpeando fuerte su nalgas, uno, dos y tres cortos, y uno profundo allí va, me quedo clavado un momento con todo mi cuerpo en tensión y  exploto, creo que los trallazos, o no salen de la punta de mi verga o el condón está muy prieto, es igual, me vierto entero. Me quedo momentáneamente sin respiración, con la boca abierta, buscando aire, y caigo encima de Mauricio pataleando de gusto.

Mauricio me abraza, untando nuestros pechos con la leche que tiene escondida entre su vello, ya no hay quien recupere un gramo y mira que me gusta beber la leche de este tío.

Permanecemos un rato descansando.

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

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