EL CURSO QUE CAMBIO MI VIDA

Lo que voy a contaros sucedió realmente en mi etapa de profesor, poco después de separarme. Un revulsivo de lo más eficaz que seguramente me cambió la vida.

Herido y atormentado por la separación que había truncado familia y expectativas, me volqué febrilmente en mi trabajo. En ese momento era profesor de informática en una conocida academia de mi ciudad y pasaba muchas horas preparando cursos y corrigiendo exámenes para no dejar que mi mente repitiera una y otra vez el momento en que mi mujer me dijo que me dejaba.

En aquellos días grises, empezó uno de los cursos subvencionados para mujeres desempleadas. La mayoría eran señoras casadas que no demostraban especiales habilidades con el ordenador, pero algunas eran chicas de unos veinticinco años que aprovechaban la gratuidad del curso para ponerse al día en nuevas tecnologías. Cuando entraron por primera vez en clase me percaté de que aquel era un curso especial. Había varias chicas realmente guapas, entre las cuales destacaba una que era el vivo retrato de esa actriz cuyo nombre no quiero recordar y que protagonizó con su pelo naranja, una película de ciencia ficción junto a Bruce Willis. Me atraía tanto que no tenía ojos para el resto. Cuando comprobé que además poseía dotes para los ordenadores y que, para más INRI, su simpatía era casi insultante, la consideré mentalmente como la estrella de la clase.

Estaba casada y por lo visto felizmente. Cuando atravesaba la puerta con modelitos que solo a alguien con su cuerpo podría lucir, prácticamente se me paraban las constantes vitales. Pelirroja, guapísima, con el justo punto de maquillaje, contoneándose sutilmente con la carpeta apretada al pecho, como una quinceañera en el instituto. Pero no vayáis a creer que tuve tanta suerte, porque no fue solamente ella la que detonó en mí la bomba que sin saberlo llevaba asida al cuerpo, sino un cúmulo de circunstancias. Los ordenadores estaban dispuestos uno al lado del otro, siguiendo la pared de toda el aula, por lo que muy a menudo pasaba por detrás de ellas, una por una, solventando las dudas y los problemas que tuvieran en cada momento. Recuerdo que cuando llegaba el turno de aquella chica, me dejaba invadir por su perfume, evitando envenenar mi nariz con el resto de fragancias de una clase llena de mujeres recién duchadas. Cuando se percataba de mi presencia solía volverse para regalarme una sonrisa y tenia que hacer un considerable esfuerzo para atenderla sin mirarla demasiado. Obvia decir que cuando ella me hablaba, el resto no existía para mí. En ese momento una de ellas hubiera podido caer muerta a mis pies y no me hubiera dado cuenta.

Un día, tras ponerles unos ejercicios prácticos, me senté en un ordenador cuya propietaria estaba ausente y me puse a dar una vuelta por Internet. En ese momento empezó a desencadenarse el lío. Una de las chicas del grupito que la pelirroja frecuentaba, una a quien no había mirado dos veces desde que empezó el curso, una a quien no hubiera prestado mayor atención jamás, me soltó un par de frases que en aquel momento no supe interpretar correctamente.

_ ¿Sabes?_ preguntó como si tuviéramos confianza _ Mi compañera _ dijo señalando la silla que yo ocupaba en ese momento _ Trabaja en un pub los viernes y los fines de semana.

Tuve que pensar un buen rato para recordar la cara de la chica a la que se refería y que aquel día se encontraba ausente. Recordé que era rubia y bastante bonita.

_ Hoy no ha venido porque está ayudando a preparar el fin de semana en el pub.

En ningún momento despegó la vista del ordenador. Hablaba como si la cosa no fuera con ella.

_ Podríamos ir a tomar algo allí… un día al salir de clase, ¿no?Mi mente se llenó de preguntas. Me pregunté porque me hablaba con tanta confianza si jamás había cruzado ni diez palabras con ella. Supuse que se refería a tomar algo con toda la clase en el pub donde trabajaba aquella alumna. Me pregunté incluso como iba a ingeniármelas para eludir la invitación.

El caso es que sin darme cuenta le contest&

eacute; que estaría bien salir a tomar algo. Pronto comprendí que aquello era algo parecido a una cita, aunque en ningún momento hubo acercamiento alguno por parte de ella a excepción de la extraña invitación. A riesgo de suscitar cierta antipatía por parte del lector diré que tuve que buscar el nombre de aquella chica en la lista de presencia de las alumnas porque no podía recordarlo. Se sentaba en el cuarto ordenador, justo al otro lado de la pelirroja, y se llamaba Marisol. Lo cierto es que en el transcurso de las clases de aquel viernes me fijé en ella. Morena y de piel bronceada, solía ponerse ropa que le resaltara los abundantes pechos. Por detrás, el conjunto mejoraba. Le gustaban los pantalones ceñidos y a menudo un tanto transparentes. Aquel día, su ropa interior negra era perceptible a través del prieto pantalón color crema. No comprendía como no había reparado en ella. En honor a la verdad, percibí que había ciertas diferencias entre el grupo de Marisol y el de la Pelirroja a la que en secreto y solo para mis adentros llamaba Milla.

Cada mañana, a eso de las diez y cuarto y tras un par de clases en las que el sueño era la característica principal, las alumnas acudían a un bar cercano para tomar un bocadillo o un café. Por primera vez en mis años de profesor me apunté a esas salidas y me sentaba con ellas. Curiosamente, Marisol y sus compañeras nunca estaban. Por lo visto iban a otro bar, así que yo era invitado a sentarme a la mesa de Milla a la que veía comerse un afortunado Donut con una gracia que a veces me llegaba a abultar el pantalón. Una mañana en la que estaba hasta arriba de exámenes para corregir, llegué al desayuno bastante tarde, así que decidí tomar un café en la barra y volver al trabajo lo antes posible. Ellas estaban sentadas en la mesa de siempre, riendo animadas, mirando en mi dirección. Para mi regocijo, Milla miró hacia la barra y me hizo un gesto. Pagué el café y me fui con él a la mesa en la que me habían hecho un hueco, justo junto a mi pelirroja. Su perfume, que yo tenía convenientemente almacenado en mi banco de memoria olfativa, me calmó los nervios. Aún hoy no comprendo como alguien tan tímido como yo tuvo la osadía de decir lo que dije.

_ ¡Qué bien huele! _ exclamé Estoy convencido que todas pensaron que me refería a los apetecibles bocadillos de embutido que llenaban la mesa.

_ Me refiero a… ¿tu perfume?No podía creer lo que había dicho. Era completamente imposible que esas palabras hubieran surgido de mi garganta y mucho menos que mi mente hubiera permitido articularlas.

Ese fue el momento exacto de la ruptura. En ese preciso instante mi vida cambió. Había dado un paso que jamás hubiera efectuado si no se hubieran producido toda una serie de circunstancias. En aquel instante, la persona que yo había sido durante toda mi vida quedó relegada a un segundo plano, dando paso a alguien muy distinto. Había dejado atrás la timidez y nadie se había reído. Mi ser interior había hablado y la reacción que provocó en todos fue el detonante del fin del apocado profesor de informática. Milla sonrió, dejó el Donut en su plato y me ofreció el cuello para que oliera su perfume.

Y eso hice. Me acerqué a su nuca y cerré los ojos para llenarme de aquella fragancia, como el mismísimo protagonista del best seller de Patrick Suskind. La reacción del resto de chicas fue sorprendente para mí. Todas pretendían que las oliera y empezaron a hablar de sus respectivos perfumes y aguas de colonia. Para ellas era absolutamente normal lo que estaba ocurriendo, pero para mi fue un descubrimiento épico. Sin darme cuenta me encontré en un grupo de mujeres, hablando de cosas de mujeres, oliendo sus cabellos, dejando que mi café se enfriara.

Allí me enteré de que Milla llevaba menos de seis meses de casada y de lo asquerosamente feliz que era. No pude evitar pensar en la reacción del marido si pudiera asistir a los desayunos de la clase. Las conversaciones acababan versando casi indefectiblemente sobre el sexo. Las más osadas contaban detalles de sus vidas conyugales, y me hacían partícipes de buenos y malos polvos, pero sin preguntarme mi opinión en ningún caso. De alguna forma, y como profesor, me había convertido en una especie de confidente en presencia del cual podían hablar conocedoras de estar protegidas por el secreto confesión. A veces incluso llegue

a aportar algún consejo que fue acogido con gran aceptación. En menos de una semana había aprendido más sobre las mujeres que en toda mi vida.

Una tarde, al entrar en la primera clase, Marisol encontró el momento preciso en el que nadie podía oírla para convocarme a nuestra cita.

_ A la salida nos vamos para allá, ¿eh?Asentí con la cabeza aunque la verdad era que ya no recordaba la dichosa salidita. En un descanso me llegué a casa con la moto para coger un segundo casco. Era evidente que ella contaba con mi medio de transporte. A la salida, mientras uno de mis compañeros activaba la alarma de la academia y se disponía a cerrar, Marisol me agarró el casco y se aseguró de que algunas de sus compañeras la vieran montar conmigo en la moto. Las cosas se sucedían rápidamente y no me era fácil comprender lo que estaba sucediendo. Recuerdo que no me gustó que Milla nos viera salir zumbando en dirección desconocida a través del tráfico, pasando a escasos centímetros de los automóviles detenidos. Milla sonreía, divertida, y Marisol se aferraba a mí con tanta fuerza que notaba sus pechos en la espalda y la presión de sus muslos en los míos.

Gritando a través del casco me indicó la dirección a tomar y pronto comprobé que estábamos saliendo de la ciudad en dirección a la vecina Terrassa. Allí me hizo penetrar en un intrincado follón de calles hasta que nos detuvimos en una zona de bares en la que jamás había estado pero que conocía por referencia de mis amigos más fiesteros. Marisol se apeó de la motocicleta con bastante gracia, se atusó el pelo y se recolocó la ropa. Cuando me dio la espalda mi mirada se posó en el tanga que pugnaba por salirse de sus pantalones. Supongo que soy uno de esos hombres a los que esa prenda les parece algo más que sexy. Y a Marisol le quedaba francamente bien. La alumna cuyo nombre tampoco recuerdo y que trabajaba en el pub nos invitó a un par de copas y en menos de media hora Marisol ya quería irse porque al día siguiente había que levantarse temprano para ir a clase. Yo no esperaba nada de aquella cita, así que me ofrecí a acompañarla a casa sin sentirme en absoluto defraudado. Era una alumna y ahora una amiga.

Me fue indicando hasta que llegamos frente a la puerta de su comunidad de vecinos. Se bajó de nuevo de la moto, se quitó el casco, y esperó a que yo me quitara el mío. Yo ni siquiera me había bajado de la moto y seguramente no lo hubiera hecho, pero ella se acercó a menos de un centímetro de mi cara y agarrándome por la nuca me besó en los labios con una mezcla de pasión y delicadeza que, para que decirlo de otra manera, me inflamó. Me sentía como si viviera la vida de otro. Estaba besando a una alumna y sin dejar de hacerlo me bajé de la moto para tomarla por la cintura. En pleno beso ella se separó y miró hacia arriba.

_ No quiero que mis vecinos nos vean _ dijo sin dejar de escrutar las ventanas.

_ Pero mañana te dejaré subir, ¿vale?Me besó de nuevo, esta vez con un beso sensiblemente más corto, pero en el que pude percibir su lengua acariciándome el interior de los labios muy sutilmente. Se despidió y entró en el portal. Desapareció en un instante y yo, que durante nueve años había llevado una vida muy distinta, subí a la motocicleta y aceleré como un loco en dirección a mi casa.

El cambio seguía produciéndose. Por primera vez en mi vida una mujer había tomado la iniciativa, por primera vez notaba que alguien se sentía atraída hacia mi persona. Por no mencionar la terrible erección que no redujo la presión hasta llegar a casa, casi quince minutos más tarde. Aquella noche me costó conciliar el sueño y cada vez que pensaba en lo sucedido el corazón empezaba a latir más rápido. Era excitante retomar después de tantos años aquel olvidado placer de los primeros días de una relación. Para acabar de sincerarme debo decir que la atracción hacia Marisol distaba mucho de tratarse de un enamoramiento tal y como yo entiendo esta palabra. Me atraía físicamente y no podía dejar de pensar en que de alguna forma me había prometido su cuerpo al día siguiente. Mil pensamientos cruzaron por mi cabeza, pero antes de quedarme dormido logré asegurarme con la mirada que tenía la ropa adecuada para la clase del día siguiente.

Aquel viernes Marisol no me llamó ni una sola vez durante la clase. Se limitó a mirarme y de vez en cuando a esbozar una sonrisita. Noté que hablaba con su compañera más allegada y era más que evidente que estaba al corriente de lo que había ocurrido la noche anterior ya que también me miraba y sonreía a su vez. Aquella noche de viernes, tras las clases, fue realmente espectacular y quedará grabada en mi mente como la batalla del Ebro se grabó en la mente de mi abuelo. Tras hacerme subir a su casa, pulcramente recogida y perfectamente limpia, me presentó a sus dos perros, uno medio cojo y el otro de una raza que no conseguí identificar. Dos minutos después, volvió a besarme. Esta vez el beso se convirtió en una explosión que desencadenó mi furia contenida. Agarré sus nalgas y la elevé del suelo para llevarla al sofá. Tomé la iniciativa y me concentré en el cuello en el cual no encontré el perfume de Milla, sino otro, seguramente más barato, sin tanta clase, pero que alimentaba la inminente deflagración como combustible.

En unos segundos nos quedamos en ropa interior, rozándonos y dejando que nuestras pieles se emborracharan. Ella gemía casi imperceptiblemente y apenas sin darme cuenta me hallé besando sus pechos aún tras el sujetador. Ella me detuvo y de un tirón me bajó mi única prenda. Una fracción de segundo más tarde engullía mi miembro con fruición, en una posición casi imposible para llegar a él. Me acariciaba los testículos mientras con la otra mano acompañaba los movimientos de su boca. La lengua que el día anterior me había acariciado los labios me hacía diabluras que me hicieron agradecer que estuviera en una postura cómoda porque de otro modo las piernas me hubieran fallado. Quise devolverle el favor, así que me moví hacia su vientre y aparté con cuidado el tanga rojo. Iba cuidadosamente depilada. Sabedora como era de lo que iba a pasar aquella noche, se había rasurado a conciencia dejando un delgado hilo de vello púbico, como indicando el camino.

De forma incomprensible, me detuvo de nuevo y me susurró al oído.

_ No… eso no…métemela.

Esas palabras aún me excitaron más. Y cuando acaté la orden y apoyé el miembro en el final de la línea de vello, fui literalmente engullido por aquel sexo, ávido de mi presencia, caliente como brasas, acogedor y húmedo. Gemía ligeramente a cada envite, pero cuando decidimos cambiar de postura y ella quedó sobre mí, empezó a soltar pequeños gritos cada vez más fuertes. La agarré por los hombros y la atraje aún más hacia mi cadera, haciendo presión para profundizar en la penetración. Con el ánimo de que alguien se ría diré que su frase en el momento antes de alcanzar el orgasmo era una exclamación de lo más extraña.

_ ¡Ay¡ Que malita me estoy poniendo Después dio unos grititos ahogados y se derrumbó sobre mí sin dejar de mover el cuerpo, aún con el profesor en su interior.

_ ¡Mójame! _ exclamó. Y en unos pocos segundos me descargué en su interior de una forma que solo puedo describir como brutal, tras meses de abstinencia. Lo que más me sorprendió es que Marisol volvió a tener un orgasmo con solo notar mi explosión dentro de ella. Se retorció y quedó rota encima de mí. Falto de práctica como estaba yo, jadeaba como los perros que nos miraban desde sus respectivas mantas en el suelo. Aquella era una situación algo extraña, pero me hizo sentirme vivo de nuevo.

Mi erección no llegó a desaparecer del todo. Ella, echada a mi lado en el estrecho sofá se percató de ello y tras una risita volvió a dedicarse a mí. No paró hasta que tuvo que apartarse para que una segunda andanada le llenara la cara y el pelo de mi adn. Aquella noche dormimos en el sofá, abrazados, ya que de otro modo yo hubiera terminado en el suelo, y al día siguiente tomamos café en la cocina entre miradas divertidas y bromas que consistían en caricias. Recuerdo que pensé que no había visto sus pechos sin el sujetador. Cierto que eran grandes, pero habían permanecido siempre detrás de aquella prenda que los comprimía. Los cambios en mí se sucedían rápidamente. Mi mente empezó a buscar una excusa para desaparecer. Sentía ganas de marcharme de allí y dormir en mi cama. Encontr

é la excusa perfecta recordando de repente que tenía que acudir a una comida familiar. Me marché con prisa y me despedí con un beso en los labios y un "hasta el lunes" que no dejaba lugar a dudas de cuando iba a ser la próxima cita. Supongo que ella quedó un tanto decepcionada ya que esperaba que pasara el fin de semana en su piso, pero yo deseaba poner tierra de por medio, respirar aire puro, sin ella.

Durante algo más de un mes follamos como locos casi todos los días. Había dado rienda suelta a mis fantasías y probé cosas que solo había visto en películas. No llegué a ser excesivamente desagradable, pero en una ocasión le pedí eyacular directamente en su cara y ella no se opuso, al contrario, una vez me hube corrido, ella empezó a moverse como una loca hasta que se relajó. De alguna forma, al verme disfrutar, ella tenía sus mayores orgasmos. Nunca conseguí hacerla correr con la lengua. Me dijo que no le gustaba y que se sentía mal con lo cual perdí una baza muy importante en mi técnica ya que siempre he creído que el sexo oral es fundamental.

La relación con Marisol fue para mí solo sexo a pesar de que ella pretendiera más, mucho más. Cuando empezó a acerarse a mí en clase, esperando arrumacos, a cocinar ricos platos cada noche, antes de dedicarnos al sexo, empecé a pensar en desaparecer de su vida. Deseaba que el curso terminara y poder decirle que no había nada entre nosotros, pero sus constantes te quiero me empezaron a preocupar. Marisol no quería preliminares. Solo quería que la penetrara y sentirme en su interior. Deseaba de modo febril que me descargara en ella para sentirse llena. Ese era su único objetivo.

_Mójame_ repetía siempre.

Una noche, después de una sesión de cine en la cual me sorprendió colocando su chaqueta para taparme mientras me masturbaba sin siquiera mirarme, y en la que no llegué al orgasmo de puro milagro, la llevé a la academia donde ella estudiaba y yo trabajaba. Tenía llaves y entramos cerrando detrás de nosotros.

En la oscuridad del aula en la que impartía clases a aquel curso, le hice sentarse sobre una mesa, junto a un ordenador, y la penetré directamente. Ella estaba húmeda y no fue en absoluto violento para su sexo. La hice levantarse de la silla y cambiamos de posición hasta que decidió acabar con una felación que terminó en un violento orgasmo por mi parte, curiosamente apoyado en la misma silla donde, por las mañanas, se sentaba mi pelirroja. Al día siguiente, cuando por casualidad me acerqué a Milla para responder una duda, me empalmé instantáneamente al pensar lo que la noche anterior había ocurrido en ese preciso lugar, en la misma silla en que ella reposaba sus nalgas.

La relación con Marisol terminó casi de forma caótica ya que no se resignó a comprender que no quería continuar con ella, pero siempre me ha quedado cierta reminiscencia al recordar a Milla, porque realmente yo hacía el amor con ella. Era ella la que se estremecía bajo mi peso, era la pelirroja la que se corría, apoyada contra la mesa de aquella aula.

Nunca he sido el mismo desde aquel curso, hace ya tres años, y desde entonces me han ocurrido cosas que creo son merecedoras de ser escritas teniendo en cuenta lo apocado de mi anterior actitud frente a la vida.

Autor: Aldeborn harrison_tgn (arroba) hotmail.com

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Escrito por Marqueze

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