El mejor negocio de mi vida

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Ambas sintieron que mi orgasmo era inminente, de modo que Mónica se retiró unos centímetros, tomó mi pene entre sus dos manos y el primero de cuatro o cinco potentes chorros de semen voló hasta caer en las piernas de ambas. Sentía mis ojos salir de sus órbitas. El placer era indescriptible. Un largo gemido salió de mis pulmones como punto final a tanto placer.

En mi último viaje de trabajo cerré un buen negocio con grandes ganancias para la compañía para la cual trabajo. Las utilidades para mi cliente también fueron enormes de modo que mi comisión por la venta era bastante buena. Con esta operación podría retirarme, si lo quisiera, por lo menos un año sin trabajar (cosa que no haría, por supuesto).

Mi cliente, Esteban, dueño de la compañía me invitó unos tragos y me comentó que en agradecimiento me enviaría un regalo sorpresa.

– ¿En qué hotel te hospedas?

La pregunta me llenó de curiosidad, pues no me imaginaba que era lo que podía enviarme. Obviamente no me enviaría dinero, pues estaría fuera de las políticas.

Esa noche, ya en el hotel, me metí al jacuzzi, me puse una toalla pequeña en los ojos y me recosté durante una hora. Luego me di una ducha tibia y me preparé para dormir, pues mi vuelo de regreso salía a la una de la tarde, dándome tiempo a hacer algunos pendientes por la mañana antes de volver.

Me acosté y tendría unos quince o veinte minutos dormido cuando tocaron a la puerta. Me levanté y abrí la puerta asomando sólo la cabeza, pues vestía solamente un bóxers. Vi a un par de chicas hermosísimas que vestían un traje sastre pantalón. Lo primero que pensé es que eran ejecutivas del hotel, pero no supe que decir.

– Nos manda Esteban. Somos tu regalo. Abrieron la puerta y entraron como si nada. – Mi nombre es Bárbara y ella es Mónica.

Bárbara, pelo rubio (seguramente pintado), medía un metro 75cms aproximadamente, piel blanca, senos medianos y perfectos, cintura breve y unas nalgas de calendario. Mónica por su parte, no menos perfecta que su compañera, medía unos cinco o siete centímetros menos. Largo pelo negro y medidas perfectas.

Me llevaron hasta la cama, me sentaron en la orilla y comenzaron a desnudarse lentamente. Me encontraba como hipnotizado. Una a una, las prendas de ambas fueron a cayeron despacio, sin prisa. Una fuerte erección luchaba por salir de mi bóxers. Casi me corrí cuando comenzaron a quitarse su ropa interior. Lencería de marca que realzaba sus formas hasta la perfección.

Bárbara se acercó a mí, me tomó de las manos e hizo que me pusiera de pie. Mónica se acostó en la cama con la cabeza hacia afuera y comenzó a estirarse como una gata en celo. Pasaba sus manos por todo su cuerpo, dándose placer ella misma y a mis ojos. Bárbara se acercó a ella y comenzaron a besarse de una forma que me hizo dudar que esto no fuera un sueño.

A continuación, lentamente Bárbara se puso sobre ella, poniendo sus piernas alrededor de la cara de Mónica, se inclinó hasta que su cara se perdió entre las piernas de su compañera. ¡Un 69 perfecto! En esa postura, las caderas de Bárbara se abrieron ante mí en un espectáculo digno de fotografía. No podía ni parpadear. Me quité el bóxers rápidamente y me acerqué a las nalgas de Bárbara. Las estrujé entre mis manos y suavemente acerqué mi pene, que para entonces, pedía entrar en la vagina expuesta de Bárbara.

Esto era un sueño. Me encontraba de pie al lado de la cama. Mónica acostada sobre su espalda en la cama, con su cabeza entre mis piernas. Bárbara a “cuatro patas”, sobre Mónica. La cara de Bárbara hundida entre las piernas de Mónica. Los gemidos de ambas que hacían que no existiera otro sonido en el mundo. La punta de mi pene acariciaba la línea de las nalgas de Bárbara lentamente. Arriba y abajo, una y otra vez. Era como fuego para mí.

Sin poder contenerme, toqué con la punta sus labios y la comencé a penetrar lentamente iniciando un movimiento lento. De repente, la lengua de Mónica comenzó a jugar con mis testículos. ¡Ahora si me encontraba en el cielo! Estuvimos así unos dos o tres minutos. Me movía lentamente para no venirme y alargar el momento hasta la eternidad.

Me salí de Bárbara, hice que se pusiera de pie y le pedí a Mónica que se diera la vuelta totalmente. Ahora hacia abajo y con la cabeza hacia la parte delantera de la cama. Tenía a Mónica boca abajo, sus piernas afuera de la cama y su sexo listo para ser invadido por mi pene, sediento de más sexo. Hice que Bárbara se acostara arriba de Mónica, en la misma posición. Tenía los dos mejores culos del mundo uno arriba del otro. El sexo de una a unos centímetros del sexo de la otra.

Penetré de nuevo a Bárbara y me mantuve dentro de ella unos 30 ó 40 segundos, con el mismo ritmo anterior. Lento, muy lento. No quería que terminara nunca. Me salí de Bárbara y entré en Mónica. De nuevo 30 ó 40 segundos en un movimiento de ida y vuelta que me daba el mayor placer jamás experimentado. De Mónica a Bárbara. De Bárbara a Mónica. ¡Mis huevos iban a estallar de placer! Bárbara, con una voz como ronroneando me ordenó:

– No te vayas a venir. ¡Espera!

Bárbara, haciéndome hacia atrás, se puso de pie, puso sus manos sobre mis hombros y me sentó en la orilla de la cama. Se sentaron en el suelo las dos. Sus manos en mis rodillas. Bárbara acercó su boca hasta mi pene y su lengua comenzó a dar vueltas alrededor de mi glande. ¡Mi corazón aceleró su ritmo al doble! Mi pene entró totalmente en su boca. Arriba y abajo, lentamente. Su lengua pasaba por mi pene como si fuera un cono de helado.

Me estaba volviendo loco. Cerré mis ojos y apreté mis dientes tratando de detener el orgasmo que sentía venir, cuando de repente detuvo su movimiento y dos segundos después una boca nueva se hizo cargo de mi miembro.

Mientras Mónica comenzaba su labor, Bárbara pasaba su lengua por la parte interna de mis piernas. Eso fue demasiado. Ambas sintieron que mi orgasmo era inminente, de modo que Mónica se retiró unos centímetros, tomó mi pene entre sus dos manos y el primero de cuatro o cinco potentes chorros de semen voló hasta caer en las piernas de ambas. Sentía mis ojos salir de sus órbitas. El placer era indescriptible. Un largo gemido salió de mis pulmones como punto final a tanto placer.

Me dejé caer sobre mi espalda y me subí hasta la parte alta de la cama. Mónica me tapó con las mantas y me dio un largo beso. Se vistieron lentamente y salieron de la habitación sin hacer ruido. Dormí hasta las 11:00 de la mañana, dos horas antes de mi vuelo de regreso. Llegué a tiempo al aeropuerto a pesar del apuro. Durante el vuelo me dormí de nuevo, con una sonrisa de satisfacción por un buen negocio y un buen final.

Autor: Víctor

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Escrito por Marqueze

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