El terrat de Barcelona

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Después de muchos años leyendo relatos de esta página he decidido escribir finalmente una historia real que ocurrió hace poco e intentar hacer que lo disfrutéis tanto como lo disfruté yo. Esta es la historia de cómo hice realidad una de las fantasías que tenía desde que vine a vivir a Barcelona. Empezaré describiéndome: Me llamo Luis, tengo 23 años, mido 1.91, soy moreno con el pelo corto y los ojos castaños. Pese a ser de complexión delgada la natación y el baloncesto hacen que me mantenga en forma, con una espalda ancha y los músculos sutilmente definidos. Las siestas al sol en la terraza también hacen que esté moreno casi todo el año.

Era una noche de primavera, un jueves. Después de un abril frío parecía que mayo daba un respiro y traía las primeras noches de calor en las que sobran las chaquetas. Salí a cenar con mi compañero de piso y su grupo de clase de la escuela de diseño, gente moderna. No tardamos en acabar en un local de diseño del Raval incrustado en un edificio muy antiguo, con una decoración tan minimalista como la comida que ahí servían. La cena transcurría muy aburrida y me preguntaba a mí mismo como aquellos que se hacen llamar a sí mismos creativos podían llegar a ser tan soporíferos y desaboridos. Entonces apareció ella por la puerta y la noche cambió de color al instante. Con gracia se presentó a todos los presentes disculpándose por ser la última. Al llegar a mí me dio dos besos y fue la primera vez que respiré aquel perfume.  –Soy Mónica.

Mónica era de estatura media, melena larga muy morena y ojos azabache. De su rostro destacaban sus labios carnosos y su tez especialmente morena. Tendría unos 25 años, pero el pircing en un lado de su nariz le daba un aspecto juvenil y juguetón muy morboso. Su cuerpo era un espectáculo. Delgadita pero curvilínea. Unas piernas tersas envueltas en pantalón marrón muy ajustado con pequeñas tachuelas plateadas con forma de pincho que se repartían caprichosamente por sus piernas y que por detrás le hacían un culito respingón que todos los presentes no pudimos resistirnos a admirarlo. Vestía una cazadora de cuero de la que se deshizo al sentar a cenar, mostrándome por primera vez unas tetas espectaculares cubiertas bajo una holgada camiseta de tirantes negra.

La fortuna quiso que se sentase a mi lado y nuestra cena transcurriese animadamente paralela a la del resto del grupo. Al terminar la cena  los creativos comenzaban a irse a sus casas. Animados por la charla Mónica y yo decidimos continuar la noche en un bar de copas cercano.  Una vez libres de compañías inoportunas nos sentamos en un sofá rojo al lado de unas cuantas cervezas y con la música suave, en consonancia con las luces. La conversación fue cogiendo cercanía y las manos y las piernas empezaban a encontrarse furtivamente.  Ya con varias cervezas en el cuerpo y algunas miradas profundas que gritaban “házmelo” nos fuimos a buscar otro sitio para tomar la siguiente. Me dijo que le apetecía fumar sheesha (una cachimba árabe) y le propuse subir a mi casa donde tengo una. Llegamos a mi casa del eixample barcelonés de techos altos y suelos embaldosados y mientras yo estaba preparando la sheesha ella se acercó por detrás y empezó a recorrer mi cuello con sus labios. Me volvió loco, me giré y nos comenzamos a besar apasionadamente. Nuestras manos buscaban lo que nuestras lenguas no alcanzaban al estar envueltas en un placentero intercambio de movimientos. Tumbándola sobre el sofá del salón y colocándome sobre ella le desabroché sus ajustados pantalones lo suficiente como para introducir mi mano entre sus piernas, haciendo a un lado sus braguitas negras de encaje y sintiendo toda su humedad entre mis dedos mientras mi boca seguía saboreando sus labios. Comencé a jugar con su clítoris y ella suavemente arqueaba su espalda y su cuello mientras lanzaba pequeños gemidos. Mi otra mano agarraba su precioso culo que tanto había admirado durante toda la noche. Me encanta su culo. Disfrutaba agarrándoselo por debajo del pantalón con la mano bien abierta y separando sus nalgas para acariciar la entrada de su ano haciendo círculos con mi dedo índice. Mis dos manos se movían a un ritmo frenético, una por delante y otra por detrás,  atenazando su sexo en un movimiento que le hacía morderse el labio mientras no paraba de gemir. Estuvimos así unos diez minutos y entonces paré. Fue difícil, con mi polla aprisionada en el pantalón y a punto de reventar, levantarme del sofá. Pero tenía una idea mejor. Mónica se arregló la ropa y mientras fui a coger la sheesha, dos sillas y salimos del piso, enfilando hacia arriba las escaleras del viejo edificio. Subimos hasta el séptimo piso en el que una puerta enorme de metal marrón se abrió dándonos paso a un pasillo alargado y completamente oscuro. Lo cruzamos hasta el final mientras nos besábamos apasionadamente apoyándonos contra las paredes y metiéndonos mano. Abrí la puerta al final del pasillo de la oscuridad y ahí estaba.

Salimos al terrat de la azotea del edificio y Barcelona se extendía implacable en todas las direcciones. Eran las 3 de la mañana. La Sagrada Familia y la torre Agbar se levantaban frente a nosotros, Monjuic y el mar se apreciaban a nuestra derecha y las nubes que cubrían todo el cielo dejaban entrever  el Tibidabo a nuestra izquierda. Las luces de la ciudad iluminaban las nubes creando el efecto de estar bajo una capa de luz amarilla anaranjada que cubría todo el cielo. Nos sentamos en las sillas pusimos la sheesha en la esquina más cercana al mar. Nos colocamos juntos y comenzamos a besarnos apasionadamente. Mientras le acariciaba el culo sobre sus pantalones con tachuelas mi otra mano exploraba su vientre. Subí la mano para deslizar mis dedos índice y corazón por la parte baja de su sujetador. No era fácil por lo apretado de las copas que necesitaba para sostener ese par de tetas y mis dedos solo podían acariciar ligeramente la base de los grandes y redondos pechos de Mónica. Jugué un poco y llegué a acariciar sus pezones que ya estaban muy duros. Estábamos ardiendo los dos. No tardé en levantarle la camiseta que llevaba bajo la cazadora de cuero para después bajarle el sujetador y liberar sus dos preciosas tetas, redondas y duras. Lancé mis labios a comerle las tetas, ayudado de mis manos que las apretaban una contra otra. Después de saborear cada rincón de sus pechos llegué a su pezón que metí en mi boca, succionándolo y dándole pequeños mordiscos. La puse de pie frente a mí y le baje sus pantalones junto con el tanga, dejando a la vista de Barcelona su preciosa figura esbelta con un pubis recortadito en forma de triángulo coronando su coño. El morbo de que cualquiera de los vecinos de los edificios cercanos que tenían vistas al terrat estuviese viéndonos  nos ponía muy calientes. Ella seguía de pie frente a mi apoyada en el alfeizar que daba a la calle, mostrándome sus tetas bajo la cazadora que tenía a medio quitar, su coño húmedo con el tanga por las rodillas y los pantalones en el suelo. Mis dedos se lanzaron a jugar con sus labios menores y resbalando en sus flujos acabaron apretando su clítoris haciendo movimientos circulares cada vez más rápidos. A Mónica le empezaban a temblar las piernas y los espasmos que acompañaban a sus gemidos casi le hacían perder el equilibrio. Iba a llamar la atención de los vecinos de abajo con sus gemidos, así que le tape la boca con mi mano. Al hacerlo Mónica empezó a chuparme los dedos de la mano lascivamente mientras yo, con mi otra mano, le metía dos dedos a un ritmo frenético  y con el dedo gordo presionaba su clítoris.

Después de muchos gemidos mirando al cielo la agarré para evitar que se balanceara hacia atrás. Ella me sentó en la silla y se puso de rodillas frente a mí. Desabrochó mi pantalón y liberó mi polla, que llevaba mucho tiempo palpitando a punto de explotar. La cogió entre sus manos y con suavidad empezó a mover arriba y abajo. Al poco acercó su boca hacia mí y empezó a darme una mamada de ensueño. Su lengua recorría todo mi glande y al contacto con el frenillo me hacía ver las estrellas que las nubes tapaban. Su boca subía y bajaba suavemente dándome un placer exquisito. Yo estaba ya sin camiseta recostado sobre la silla mirando al cielo y disfrutaba de la mamada increíble que Mónica me estaba dando. Estaba cerca de correrme mientras metía mi glande en su boca y me pajeaba con la mano al mismo tiempo. Entonces saqué un condón y me lo puse. Me levanté. Le hice levantarse y girar sobre sí misma, apoyando las manos sobre el alféizar del terrat quedo ella mirando a la ciudad y de espaldas a mí con las braguitas por los tobillos. Tenía ante mí su magnífico culito desnudo en todo su esplendor. Todo para mí.

Cogí mi polla y, por detrás, la puse a la entrada de su coñito. Ella se movía hacia mi cuerpo, quería que se la metiera. No esperé más y de una embestida se la clavé hasta el fondo. Fue maravilloso. Primero la embestía lentamente y conforme nos íbamos calentando subíamos el ritmo de nuestros movimientos. Yo estiré mis manos para agarrarle bien las tetas. Ella gemía hacia la calle. Estábamos muy calientes en esa posición. Me recosté sobre ella y le mordía el cuello, mis manos le pellizcaban los pezones, disfrutaba al máximo follándomela desde atrás con la ciudad como testigo. Cambiamos de posición y me senté en la silla.

Mónica se quitó toda la ropa que le quedaba menos la cazadora de cuero abierta, que ya ni siquiera le cubría las tetas. Me lanzó una mirada de vicio y se sentó a horcajadas sobre mí. En un movimiento ágil se dejó caer sobre mi rabo erecto y se lo metió hasta lo más profundo de sí. Empezó a cabalgarme moviendo su cuerpo de arriba abajo y su pelvis de atrás a delante. En sus ojos se veía la lujuria que la poseía y me puso más cachondo todavía tenerla así encima mío.  Mis manos le agarraban el culo con fuerza y separaban las nalgas para llegar a la entrada de su ano. Eso le gustaba porque subió el ritmo y los jadeos que ya no podían ser contenidos se convirtieron en gritos de placer al ritmo que nuestros cuerpos follaban.  Ya daban igual los vecinos. Solo nos importaba gozar al máximo. Oírla gimiendo tan apasionadamente me puso cachondísimo, la agarré de las nalgas con más fuerza todavía y moviéndola contra mí empecé metérsela hasta el fondo a un ritmo endiablado. Sudábamos y gemíamos, nos movíamos poseídos por la lujuria como un solo cuerpo sobre una silla a punto de romperse. Al poco noté como el coño de Mónica se empezaba a contraer y le recorrían el cuerpo descargas de placer. Todo su cuerpo se retorcía de placer y su coño chorreaba sin control. Mi polla no aguantó aquello y comencé a correrme con fuerza dentro de ella. Llegamos al éxtasis y nos fundimos en un orgasmo salvaje.

Sudando nos dejamos caer al suelo, ella sobre mí, bajo la atenta mirada de la ciudad de Barcelona.

 

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