Fantasias que cumplen (XIII: Moldeando a Alberto)

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Yolanda y sus amigas acaban de llegar a la playa y se disponen a emputecer a Alberto

Me recogí la piernas desnudas con la mano izquierda dejando caer el peso de mi espalda sobre el cojín morado del sofá de casa de Teresa. Alberto, aquel chico tan femenino de veintitrés años que Teresa me había hablado en el viaje de ida a la playa me miraba nervioso y por momentos de reojo, creyendo que yo no me daría cuenta. El sol rojizo iluminaba parte del salón de la casa permitiendo distinguir en esa penumbra las motas de polvo que flotaban a contraluz. El sonido del mar rompiendo contra el puerto llegaba mezclado con gritos de niños, coches pasando por la calle y gaviotas extasiadas de comer el pescado que los barcos pequeños descargaban.

Cogí el paquete de tabaco de la mesa del centro y le ofrecí un cigarro a Alberto, que me dijo que no con el dedo. Yo me encendí uno y respiré hondo peinando hacia atrás mi pelo largo tan rizado y rubio con la otra mano. Me quité una mota de polvo de mi camiseta y me rasqué la rodilla derecha de mis piernas desnudas. Dejé el mechero encima del paquete de tabaco en la mesa.

– Entonces no te aburres aquí en la playa…

El torció su cabeza mirándome con una sonrisa forzada.

– No… que va…

El calentador de gas de la ducha emitió una chispa al encender mi hermana y Teresa el agua caliente. Las dos se estaban preparando para nuestra primera noche en la playa, y Sonia estaba cambiándose en nuestro cuarto. Nos teníamos que poner como nunca de guapas para disfrutar de los últimos días del verano.

– ¿Vendrán tus colegas esta noche con nosotras?

Pregunté tras soltar el humo. Se notaba que Alberto estaba tenso, y en más de una ocasión había intentado cambiar de opinión sobre lo de salir aquella noche con nosotras.

– Ehhh… no… no pueden….

– Bueno, vamos a estar aquí por lo menos 3 días más…

El me miró incómodo. Sabía por lo que me había dicho Teresa que Alberto no tenía amigos y que era un chico bastante solitario. Pero lo más importante, Teresa y su novio Paco sospechaban que cuando se quedaba a solas se ponía ropa de chica. Estaba excitadísima de verme en el otro lado, intentando que aquel chico se decidiera a hacer lo que el cuerpo le pedía, convertirse en una mujer como mi hermana me había convertido a mi. Di otra calada larga al cigarro mirándome orgullosa mis uñas negras cada vez más largas pensando como conseguiría que aquel chico se convirtiera en toda una mujer.

– Teresa me dijo que te vas a la capital a estudiar en cuanto acabe el verano ¿verdad?

El asintió varias veces.

La conversación no llegaba a ningún lado útil, así que al final me levanté apoyando mis manos en sus piernas. El se quedo unos segundos mirando mis dedos y después volvió a la televisión. Sonreí contoneando mi culo en un acto reflejo hasta nuestro cuarto. La verdad es que ya se me había olvidado andar como un tío, por la falta de costumbre, y ya colocaba mi cuerpo como una auténtica mujer sin tener que pensarlo. “Quizás demasiado, tía, que pareces una puta de cuidado”, me decía mi hermana siempre. Al entrar en el cuarto Sonia estaba ya cambiada, maquillándose delante de un espejo que llevaba incrustado por dentro su maleta roja. Se había puesto una falda blanca muy entallada por encima de las rodillas y abierta por un lado. Era muy parecida a una verde que tenia yo, pero un poco mas estrecha y con un dibujo rojo tatuado en uno de los lados. Una camisa roja también muy apretada de manga corta, sus botas marrones de tacón cuadrado y los pendientes de aro grandes y plateados completaban su cuerpo estilizado. Su pelo se dividía en dos coletas largas y rubias a cada lado de la cara. Estaba alucinante. Me acerqué a ella y le toqué la espalda mientras se pintaba de rojo los labios.

– ¿Como va?

Me dijo sin abrir casi la boca poniéndose el pintalabios.

– Bien… es súper tímido, tía… pero yo creo que esta noche estará con nosotras saltando en la pista como una mas…

Sonia se partió de risa.

– Tengo unas ganas de marcha que te cagas… así que date prisa…

Busqué el cenicero por la habitación y apagu&eacute

; el cigarro. Sonia se levantó y me cogió fuerte de la cintura. Nos besamos de forma larga y pausada, sintiendo nuestras lenguas cruzarse en el camino. Me tocó el culo y me introdujo su mano por dentro de mi braguita. Me llevó su dedo hasta el culo y allí comenzó a tocarme el agujero que yo ya tenía bastante dilatado del uso continuo. Cerré los ojos acariciando mi pelo rubio y rizado con la otra mano. Sonia era como un sueño para mi, aparte de ser mi amiga, confidente, además sabía como ponerme caliente con solo mirarme. Ella sacó el dedo de entre mis nalgas, se lo mojó de saliva y rápidamente me lo volvió a meter por detrás. Yo gemí levemente al notar su uña dentro de mi culo. Su imagen de antes con el consolador agarrado al arnés de su cintura me puso súper caliente. Me bajé las braguitas hipnotizado de nuevo por sentirme su mujer y le mostré todo mi culo apoyando mis manos en la cama. La excitación de Sonia mezclada a la idea de que iba a pervertir a Alberto hasta el punto de convertirla en una putita me hizo temblar de gusto. Sonia con la otra mano comenzó a hacerme una paja rápida, pero la dije que parara. Aunque quería que ella se volviera a poner aquel cinturón con la polla de plástico y que me hiciera sentir mujer de nuevo, no podía hacerlo hasta que Alberto sufriera el cambio.

– Tía… ahora no… esta… esta noche…

me costaba decir que no, pero no quería que Alberto nos escuchara antes de tiempo. Sonia me miró limpiándose el dedo con un rollo de papel higiénico que estaba en medio de la mesa, junto a su maleta.

– Joder… bueno, como quieras…

La di un beso intentando que el hinchazón de mi polla bajara lo suficiente para que volviera a caber entre mis muslos y que Alberto no lo supiera hasta cuando lo tenía planeado.

– Vale, pues vete al salón… y dile a Alberto que quiero enseñarle una cosa aquí… ¿vale?.

Dije cogiendo la falda verde. Sonia subió sus cejas y asintió encendiendo un cigarrillo. Si conseguíamos que Alberto entrara en nuestra habitación saldría de allí hecha una mujercita seguro.

– Eres una puta, tía…

Me dijo Sonia con la mano en el pomo para salir.

– No… la putita esta noche será ese chico, ya verás…la mas puta de toda la disco…

Sonia abrió la puerta riéndose por lo bajo. Antes de cerrar me miró de arriba a abajo sonriendo.

– ¿Sabes que tu hermana me dijo eso mismo de ti cuando te pillamos en el baño, tía?… y acertó…

Cerró la puerta despacio. Estaba excitadísimo al pensar que podría humillar a ese chico como mi hermana me hizo a mi. En cuanto ella cerró la puerta busqué el otro par de botas que mi hermana nunca se ponía, unas negras con mucha plataforma, un top blanco pequeño y un sujetador de los míos rellenos. Lo dejé todo encima de la cama para que fuera lo primero que viera Alberto al entrar. Llamaron a la puerta.

– ¿Si?

Pregunte como si no supiera quien era.

– ¡Soy… Alberto… que tu amiga me ha dicho que…!

su voz aguda atravesó la puerta.

– ¡Entra!

Me senté en la cama intentando disimular buscando algo en mi maletín de maquillaje.

El chico entró mirando hacía abajo al ver tanta ropa de chica tirada por la cama. Estaba muy nervioso.

– Cierra la puerta, tía…

El me miró asustado cuando oyó lo de tía, pero cerró la puerta. Su paquete se había hecho más grande.

– ¿Cómo has dicho?

me preguntó.

– Que cerraras la puerta…

El juntó las manos nervioso y después se tocó el pelo. Busqué algo ficticio en la maleta.

– Te quería enseñar unas fotos…

Me levanté y busqué por otra maleta. El miraba todo lo que sacaba de allí y el tono de su cara iba subiendo.

– Joder… menuda mierda… creo que las tengo en la otra maleta, no te muevas ¿vale?… son cinco minutos…

Salí de la habitación y di varios pasos en el mismo sitio cambiando la intensidad para hacerle creer que me había ido al fondo del pasillo. Cruzando los dedos para que aquel chico hiciera algo que yo en su lugar habría hecho ya, me agaché y miré por el ojo de la cerradura. Mi cara puso una amplia sonrisa. Como me imaginaba, en cuanto habí

a salido de la habitación Alberto estaba tocando mi ropa, en especial la falda y las botas. Sin hacer mucho ruido me fui hasta el pasillo y grité:

– Ahora mismo voy… tengo que bajar al coche a buscarlas… ¡Alberto, tardo diez minutos como mucho, no tengo llaves de abajo así que ábreme cuando llame! ¡Teresa y Belén se ha ido…! ¡Te dejo solo en casa!

Abrí la puerta de la calle y la cerré, obviamente sin salir. Levanté a Sonia que estaba apurando el cigarro en el Salón poniendo a alguien un mensaje en el móvil y la lleve corriendo a la terraza. Mi hermana y Teresa salieron del baño con una toalla tapándose las tetas y muy maquilladas. Me miraron extrañadas desde el fondo del pasillo, y yo me puse el dedo índice en la mitad de la boca para que no dijeran nada. Señale nuestro cuarto y guiñe un ojo a Teresa, que se agachó para mirar por la cerradura. Salieron las dos corriendo y entraron en el baño de nuevo haciéndome gestos de que Alberto iba a salir.

– Sonia… shhhh….

La dije en la terraza.

Alberto había sacado la cabeza al pasillo.

– ¿Hay alguien?

Ninguna contestamos.

El volvió a meter la cabeza en el cuarto y cerro la puerta. Teresa y mi hermana salieron tapándose la boca de la risa de puntillas con las toallas agarradas a la altura de los pechos. Teresa se agachó hasta la cerradura. En cuanto su ojo se acercó al agujero me hizo un gesto violento con la mano para que fuera corriendo a su lado. Me acerqué también de puntillas y Teresa se retiró para que mirara. Alberto estaba cogiendo nuestra ropa. Un ruido en la terraza hizo que él tirara la falda verde al suelo nervioso mirando hacía la puerta. Nos quedamos muy quietas mirando también al fondo del pasillo, por donde Sonia apareció juntando sus manos en señal de pedir perdón con el movil en la mano.

– Gilipollas.

La deletreé vocalizando sin emitir ningún ruido.

Ella subió y bajó los hombros desapareciendo. Por mucho que estuviera colado por Sonia a veces era tan niñata que daban ganas de partirla la cara para que espabilara. Volví a mirar por el agujero de la cerradura. Alberto había recogido la falda y estaba buscando algo con la mirada. Cogió el top blanco y lo miró por detrás, como buscando la talla. De repente me sentí un poco cabrona por lo que estábamos haciendo, pero por otro lado era súper excitante. Era como si yo fuera mi hermana y Alberto yo misma en casa de nuestros padres… Mi hermana se me acercó al oído leyéndome la mente y me susurró muy suave:

– Esto me suena de algo ¿verdad, tía?…

Yo la di un codazo no muy fuerte para que no se descubriera todo el maravilloso pastel que estábamos viviendo. Me sentía realmente una hija de puta… pero me estaba divirtiendo como nunca.

Sonreí cuando Alberto descubrió mi sujetador con relleno, y aún más cuando se lo puso encima de la camiseta roja que llevaba. Se miró varias veces en el espejo de Sonia hasta que por fin se decidió a quitarse la camiseta. Su abdomen no tenía un maldito pelo, y además no parecía habérselos depilados… iba a ser una chica guapísima, me dije. Recordé como me sentía yo al hacer aquello con la ropa de mi hermana y casi me corro de gusto. Era la excitación de saber que en cualquier momento te podían pillar… y aún así lo hacía con mi polla tiesa. Mi hermana me dio un golpe en la cabeza para que dejara de moverme. Entendía tan bien a aquel chico que tuve ganas de entrar ya y decirle que no había nada malo en lo que estaba haciendo y que viviera la vida como le diera la gana. Pero por culpa de mi hermana, que además de convertirme en mujer, me había convertido en una zorra creída, y en ese momento estaba disfrutando como una loca de hacerle aquella putada al chico.

Alberto se había puesto el top sobre mi sujetador con relleno, y se tocaba los pechos como si fueran de verdad delante del espejo. La verdad es que le quedaban de puta madre… tenia que aprender a colocarlos de forma mas real, pero eso era solo cuestión de tiempo. Teresa me miró asintiendo y abriendo los ojos, en lo que entendí que entráramos ya, pero la dije que esperara. La deje mirar un poco hasta que ella se puso de pie moviendo la mano de arriba a abajo y tapándose la boca con la otra para no reírse. Alberto se estaba haciendo una paja con los ojos cerrados.

Para nuestr

a desgracia el teléfono de casa de Teresa comenzó a sonar. Teresa dio dos saltos por el pasillo pero Sonia lo había descolgado justo antes tirando del cable. Al mirar por el agujero de nuevo Alberto estaba parado mirando la puerta con las manos preparadas para quitarse mi ropa en un segundo y con su pene fuera del pantalón. Al ver que no pasaba nada volvió a contemplarse en el espejo. Tras varios segundos se quitó el pantalón vaquero mostrando unas finas piernas estilizadas, también sin pelos, lo que confirmaba el hecho de que siempre habría gente que realmente nacería en el sexo equivocado. Se puso unas braguitas negras y elásticas de Sonia y después metió su cadera en mi falda verde. Por último se puso las botas negras y de plataforma. Estaba guapísima, aunque le faltara el maquillaje, las formas de andar y colocar sus hombros para parecer una mujer de verdad. Volví a sonreír pensando la suerte que tenía de tenernos allí mirando como hacía eso. Embobada, seguí mirando como quien se mira en un espejo antiguo, cuando noté la mano de mi hermana que me apretaba el brazo.

– ¿Entramos o no?

Si entrábamos así a la vez le podríamos crear un trauma al chico, pensé en un alarde de inteligencia de los pocos que mi hermana me había dejado, porque ya me había acostumbrado a ser un chica pija y caprichosa que solo piensa en chicos, moda y cotilleos. Mi hermana y Teresa se metieron en el baño y Sonia se volvió a esconder en la terraza riéndose por lo bajo. Éramos unas zorras de cuidado, pero merecía la pena. Mientras Alberto se hacia una paja rápida, con una mano acariciando su culo en pompa debajo de la falda verde y la otra agarrada a su miembro duro, abrí la puerta muy deprisa.

Alberto se quedo completamente quieto como un conejo en medio de la carretera deslumbrado por un faro. No sabía que hacer. Comenzó a ponerse rojo de la vergüenza buscando algo con lo que taparse… como hice yo en su momento delante de mi hermana y Sonia.

– Ehh… esto… no… no es…

Yo le mostré la palma de mi mano para que se callara.

– Vaya, vaya…

Le dije cerrando la puerta con llave. El hizo ademán de salir por la puerta pero me interpuse en su camino. Se sentó con la mano en la cabeza.

– No… ehh…

No podía decir nada el pobre de los nervios. Yo sabía lo que era eso, y por un momento pensé en dejar que se fuera, pero justo en ese momento salió la Yolanda sádica que tenía dentro.

– Joder… No sabía que fueras una niña tan mona…

Le dije riendo. El me miró asustado y comenzó a quitarse las botas. Me acerqué y le cogí del hombro para que parara.

– No… ahora que estas tan guapa no te lo iras a quitar, ¿verdad?

Solté una carcajada. El me miró con los ojos llenos de lagrimas.

– Menuda sorpresa… ¿y Teresa sabe que en verdad eres una niña tan guapa?

Me imaginé que yo tuve aquella cara mezcla de espanto y excitación, porque su paquete había crecido una barbaridad, al igual que el mío al recordarlo, señal inequívoca de que aquella noche Alberto haría su primera salida como… habría que buscarle un nombre femenino… gracias a Dios que mi hermanita era cojonuda para aquellas cosas. Comencé a quitarme las bragas mientras Alberto me miraba embobado. Las dejé encima de las maletas marrones de mi hermana y poco a poco le fui enseñando mi entrepierna. El abrió mucho los ojos y después me miró.

– ¿Tu…?… ¿eres…?

Yo asentí.

– Si. Hace unos años me pasó algo parecido a ti…

sonreí recordándolo.

– y ahora mírame… así vas estar tu a partir de esta noche…

El estaba ya completamente ido. Eran muchas sensaciones para solo dos minutos. Me miraba la polla embobado.

– Tócala si quieres… sigue funcionando… ¿y mis pechos?… mira…

Me quité el sujetador de relleno y la camisa se quedo plana, pese a los pequeños bultos que las hormonas me estaban creando.

– ¿Ves?… pero a que tu creías que era una mujer… ¿verdad?

– Si.. ehh… pero…

Seguía mirando mi pene y de vez en cuando miraba a la puerta.

– Vamos a hacer una cosa, y se que te mueres de ganas… Yo te regalo lo que llevas puesto si…

Miró para ambos lados. Su paquete estaba a punto de estallar.

– Si te vienes así vestidita esta noche con nosotras de marcha.

Una mancha comenzó a aparecerle en medio de las bragas de Sonia.

– ¿Que me dices?… ¿Una noche de juerga como una amiga nuestra mas?. Pero no ensucies las braguitas de Sonia, que se va enfadar…

Alberto se miró la entrepierna y se dio cuenta de que tenía la polla fuera. Yo me senté a su lado y le cogí el pene con mi mano.

– Nosotras te maquillamos, te cuidamos toda la noche y tu disfrutas de algo que se que quieres desde hace muchísimo, ¿vale?

Su cara era un poema. No sabía que hacer, si salir corriendo o meterse debajo de la cama.

– ¿Que problema ahí?

– No… no…

– Nadie te reconocerá… te lo digo por experiencia… serás mi prima… mi primita que no puede hablar porque está afónica…

– ¿Af..? ¿Afónica?

– Tienes que aprender a modular tu voz… si no queda muy raro…

El cuello de Alberto era alargado y su nuez, como la mía, era completamente invisible. Comencé a subir mi mano por su pene, tocándole la cara con la otra.

– Eres una chica guapísima… de verdad… tu déjame que te convierta en toda una mujer… ¿de acuerdo?

Alberto estaba teniendo un segundo orgasmo. Era el momento perfecto para reírnos un poco.

– ¡Teresa, ven un segundo!

Alberto miró hacía la puerta con gesto de pánico. Teresa entró con unos pantalones negros muy ajustados con unas rayas blancas, unas sandalias de mucho tacón y un top cruzado de una tela reluciente amarilla muy corto. Joder, pensé, yo quiero uno igual.

– Hola, Alberto…

Le dijo.

Alberto casi se desmaya. Comenzó a llorar como lloré yo delante de mi hermana. Teresa se fue hasta él y se arrodilló. Me miró y yo negué con la cabeza.

– Va a ser la mas guapa de la noche…

El me miró de reojo secándose las lágrimas. Vi a mi hermana que iba a entrar y la dije que no con la cabeza. Ella puso cara de disgusto, pero por primera vez en su vida me hizo caso. La cabeza de Sonia apareció por detrás de Belén sin parar de reír. Yo abrí mis ojos enfadada y ellas desaparecieron hacía el salón. Teresa le estaba tocando el pelo a Alberto para que se tranquilizara. La parte de mi que estaba disfrutando abrió la boca.

– Mira Alberto, si no te vienes con nosotras esta noche así vestidita se los diremos a todo el mundo.

Alberto puso cara de espanto.

– No… no la hagas caso… no se lo diremos a nadie.

Dijo Teresa sonriendo.

– Son las nueve. A las diez nos vamos todas, ¿de acuerdo?

Comencé a tocarle el paquete con mis uñas. Estaba muy duro. Me encantaba el papel de educadora… casi tanto como mi hermana había disfrutado conmigo. Alberto pasaba su vista de mi a Teresa y de nuevo a mí. Miró mi mano tocando su paquete. Yo apreté un poco y despacio lo introduje por dentro de las bragas. Teresa se levantó dando un paso atrás. No estaba acostumbrada a nuestro desparpajo sexual. La vi sonreír y se sentó encima del aparador de enfrente a la cama encendiéndose un cigarrillo. Alberto abrió la boca sudando.

– Vas a estar preciosa esta noche…

Susurré…

Tenía una cara preciosa, alargada y sus ojos negros eran una pasada de profundos… además, verle así vestido con mi ropa por primera vez también me calentaba mucho. Llevé mis labios hasta su paquete y le lamí el paquete mientras le miraba.

– Eres una chica, Alberto… siempre lo has sido… ¿quieres disfrutar como lo hace una mujer?…

El había entrecerrado los ojos, pero asintió. Estaba entrando en la espiral sin fin y en ese momento podríamos hacer con él lo que quisiésemos.

– Pero antes tienes que pasar la prueba…

Alberto me miró cruzando las cejas. Yo me abrí de patas enseñando toda mi polla, menos grande y fuerte que antes por las pastillas de hormonas pero todavía duro y alargado.

– Cómemela.

Alberto me miró, después miró a Teresa que se ría fumando el cigarro.

– Venga… como una buena puta… dale… Con esa faldita que llevas pareces una zorrita de cuidado… Sin miedo, tía…

Le empuje la cabeza hasta mi entrepierna. Era como un pelele, un trapo con el que jugar. Antes de llegar a mi polla el abrió

la boca.

– Bien… empieza… suave…

Mi pene se introdujo en su boca chocando con los dientes.

– Despacio… hazlo despacito…

Le empuje del brazo hasta que se puso arrodillado en el suelo delante de mi, con su cabeza entre mis piernas. Mi polla seguía en su boca, que comenzaba a coger ritmo.

– Así… bien… mas rápido…

Su cabeza cogió velocidad y me lamía como si lo hubiera estado haciendo toda su vida. Seguro que había practicado con zanahorias, me dije sonriendo para mi. Le cogí del pelo y le obligué a que se la metiera entera. El respondió de inmediato.

– Bien… puta… eres toda una puta… ¿te gusta chupar pollas, verdad?…

Teresa se reía a carcajadas, y mi hermana entró por la puerta.

– Toma ya… Joder con Albertito…

Descargué mi semen sin avisarle, y Alberto tuvo que parar para no ahogarse. Escupió varias veces sobre el suelo y después se quedó parado sin mirarnos. Mi hermana como siempre en esos casos fue la primera en hablar.

– Vamos a ver si yo me entero… ¿La zorra que esta en el suelo es Alberto?…

Le mostró la mano para que el la cogiera.

– Ven aquí, anda… que yo ya tengo experiencia en esto… te voy a dejar como deje a mi hermanito aquel día… a puntito para que luego te desvirguen ese culito que tienes.

El dudo unos instantes quitándose el resto de mi semen de los labios. Se levantó sin mirar a ninguna y le dio la mano a mi hermana. Los dos salieron por la puerta hacia el baño. De espaldas Alberto parecía casi una mujer… si tirara los hombros hacía atrás para dejar que sus pechos salieran y moviendo las caderas un poco mas estaría de muerte. Estaba excitada como nunca al ver un chico tan tímido a punto de convertirse en toda una mujer como yo.

– Alberto… Ponte muy guapa, ¿vale?

Le dijo Teresa antes de salir. El miró de reojo e intentó andar con los tacones sin chocarse contra el pico de la cama. Cerraron la puerta y Teresa se acercó a mí dándome un cigarrillo.

– Joder… Pobrecillo…

– Jajajaj… de probrecillo nada, tía, ya veras mañana el lío que va a tener cuando se despierte…

– ¿Lo tuyo fue así?

Yo comencé a buscar que me pondría para la noche. Estaba súper caliente y tenía unas ganas horribles de llevar de la mano a Alberto por ese nuevo mundo.

– Lo mío fue… especial. Confía en mi hermana, Tere.

Rebusqué por entre el montón de ropa que había tirada en medio de la cama algo realmente provocativo para ponerme bajo la atenta mirada de Teresa. Esa noche seriamos las cinco chicas mas salvajes de la disco, y Alberto disfrutaría por primera vez de ser una amiga mas del grupo.

Bueno, de nuevo otra parte mas de la vida de Yolanda a vuestra disposición. Gracias a todos aquellos que seguís la historia y me animáis a seguir con ella. Si queréis hacerme algún comentario sobre los relatos o lo que se os pase por la cabeza, ya sabéis donde estoy.

Autor: Ocaso

esclavoparasiempre ( arroba ) hotmail.com

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Escrito por Marqueze

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