Fantasias que se cumplen… (XIV: Irene descubre el placer)

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Yolanda disfruta de ver a Alberto convertida en toda una mujer

Subí un poco las persianas del cuarto de Teresa para poder ver como el sol rojizo se fundía con el mar, dejando la arena de la playa con un bronceado oscuro y el puerto lleno de barcos pequeños con los remos encima. Respiré el aire húmedo de la brisa caliente que llegaba al edificio y decidí que cuando me atreviera a salir de casa me iría a vivir a un sitio como aquel. Primero tenía que hablar con mis padres, contarles que Yolanda era y sería para siempre y que quisieran o no, su hijo era desde hacía mucho tiempo, su hija.

Sonia hablaba por el móvil a gritos en la terraza con su hermano, para decirles que estábamos bien y que en tres días regresaríamos. A mi lado, y delante de un espejo pequeño y redondo, Teresa se terminaba de retocar el maquillaje azul claro que hacía juego con las sandalias de tacón ancho que se había puesto. Yo, como siempre, rebuscaba desnudo por la ropa buscado las braguitas para salir por la noche. Eran las nueve y media pasadas, y Belén, mi hermana, estaba en el baño con Alberto desde hacía media hora. Pensé en Alberto y la cara de agobio cuando no hacía ni más de una hora que le habíamos pillado con mi falda verde y las bragas de Sonia puestas haciéndose una paja. Sonreí como una zorra. Me había divertido humillar a aquel pobre chico, y volví a darme cuenta de en lo que mi hermanita me había convertido: una pija gilipollas que solo piensa en divertirse. Sonreí de nuevo.

Toda la ropa que teníamos en las maletas estaba desperdigada por la habitación, como si hubiera pasado un torbellino desordenándolo todo, pero al fin encontré el top súper ajustado de poliéster estampado de leopardo. Lo compré antes de venir a petición de Sonia. "Cómprate eso, tía, que me pone mogollón… y así me lo dejas un día.". Yo ya casi no tenía iniciativa para nada, y aunque siempre había pensado que esos tops se los ponían las tías que querían ser putas, lo había comprado de inmediato. Desde ese momento pensaba en como me quedaría, porque lo de puta ya lo llevaba marcado en mi forma de ser, en mis labios y en mis andares. Disfrutaba cada momento al máximo, y todavía había momentos en los que no me creía que estuviera convirtiéndome en toda una mujer, tan pija y estúpida como mi hermana, pero muy mujer al fin y al cabo.

Me lo puse por encima de un sujetador con relleno que daban forma a unos pechos increíbles, muy juntos y apretados hacia arriba. Después, y bajo la atenta mirada de Teresa, me enfundé una falda negra corta, entalladísima y abierta por un lado hasta casi las bragas. Me puse las botas marrones oscuras hasta la rodilla subiendo la cremallera lateral y con ambas manos ahuequé mi pelo larguísimo rizado y teñido de rubio para darle volumen. Notaba el cosquilleo de las puntas mas oscuras contra mi espalda desnuda y eché los hombros hacia atrás para que los pechos fueran mas evidentes.

– Joder con Yolanda…

Dijo Teresa pasándome un cigarrillo ya encendido.

– Te queda de muerte, tía… en serio, no me acostumbro a verte así, ¿de verdad que antes eras ese chico tan tímido que conocí?…

Soltó una carcajada y se dio la vuelta llenando su bolso negro y pequeño de todo el maquillaje que necesitaría por la noche.

– ¿Y de verdad tu eras aquella estúpida hippy del insti?…

Le pregunté yo soltando el humo tirándola unas braguitas en señal de reproche. El pantalón negro y blanco que llevaba Teresa la moldeaba un culito de impresión, me dije.

Nos reímos las dos con una risa muy aguda y pija.

En ese momento mi hermana abrió la puerta y entró. Belén estaba estupenda, para variar, con su pantalón negro ajustado y un top elástico morado minúsculo. Jamás, y aunque lo intentaba cada día, lograría llegar a tener ese aspecto de bacaladera borde y autosuficiente que mi hermana desprendía y por lo que la había odiado durante tanto tiempo…. Nos guiñó un ojo y abrió más la puerta. Yo sonreí de oreja a oreja. Alberto, o quien fuera ahora, estaba en la puerta nervioso. Mi hermana había hecho con él lo

que hizo conmigo… enseñarnos la mujer que teníamos dentro. El cuerpo de Alberto estaba dentro de el cuerpo de una autentica mujer hipersensual. Mi falda verde cortita le marcaba las caderas y le apretaba el culo lo justo para hacerlo redondito. El top blanco cruzado se pegaba a su vientre plano que marcaba los abdominales como pequeños cuadraditos. Las botas blancas de mi hermana completaban la que sería nuestra nueva amiga esa noche. En conjunto estaba magnifico, o magnifica.

– La hostia, tía…

Dije nada mas verle.

Su cara estaba muy maquillada y sus labios de rojo quedaban carnosos. Un par de pendientes dorados y alargados caían de sus orejas y de su cuello colgaba un collar plateado también muy cerrado.

– Pasa, Irene, tía, no te cortes… que estamos entre chicas, ¿no?

Dijo mi hermana a Alberto. El nos miró muerto de la vergüenza, pero un paquetillo extraño comenzó a aflorar por entre sus piernas. Teresa se dio cuenta y soltó una carcajada señalándolo. Yo me reí también mientras me acercaba a Alberto, bueno, a Irene por esa noche.

– Estas preciosa… ¿no te lo dije?… ven… ven aquí…

Le cogí de las manos a las que mi hermana le había puesto un par de anillos grandes y le lleve hasta el espejo. Nos miramos las dos. Alberto parpadeó varias veces.

– Estas buenísima, tía… ya veras esta noche como lo vamos a pasar…

Mi hermana se puso a nuestro lado y nos miró de arriba a abajo.

– Irene está magnifica, pero tu, hermanita, tienes una pinta de puta que tira de espaldas…

Me dijo pasando su mano por mi culo. Yo la sonreí nerviosa, porque hasta que mi hermana no daba su visto bueno no podía estar segura de ser Yolanda. Le dí una calada al cigarro aspirando el humo rápidamente por la excitación. Alberto no sabía que hacer y solo pasaba sus manos por su propia figura.

– ¿Soñaste alguna vez con esto?

Le dije por lo bajo.

El asintió levemente y se volvió a mirar en el espejo.

– Mira, te tienes que acostumbrar a tirar los hombros un poco para atrás, ¿ves?, así, como lo hacemos nosotras… a ellas les sale porque son chicas, pero nosotras tenemos que fijarnos, porque si no parecemos marimachos… y mueve tu culito de un lado a otro, ¿vale?… pero no te agobies que tenemos toda la noche para que aprendas.

El asentía a todo lo que yo le iba diciendo. Era una pasada poder ser la moldeadora de una chica tan guapa como Irene. Le pasé mis uñas largas y negras por la cara sin desmaquillarla.

– ¿Sabes que es lo que hago yo antes de salir de marcha para que eso no me traicione?

Y le señale su paquete, que parecía que iba a estallar debajo de aquella falda tan apretada.

El negó con la cabeza y mi hermana soltó una carcajada.

– Mira.

Mi hermana sostenía el consolador de Sonia agarrado al arnés.

– Coño… este es nuevo… ¿es de…?

E hizo un gesto con la mirada hacia la puerta, refiriéndose a Sonia.

– Si… déjalo ahí, anda…

La conteste un poco roja de vergüenza.

– Joder con las niñas… anda que os lo pasáis mal…

Alberto, Irene, se quedo mirando aquello con los ojos como platos.

– ¿Sabes lo que es esto, no?

El asintió nervioso a la pregunta de mi hermana, que le había pasado el arnés a Teresa, y que en ese momento ella miraba riéndose.

– Pues entonces sabrás como se utiliza… normalmente van sin cinturón… a no ser que lo utilice una viciosa como Sonia, la chica esa tan inocente que está en el salón…

Irene no despegaba los ojos del consolador. Yo le pasé la mano por el culo y me acerqué a su oído.

– Ven conmigo.

Le cogí de la mano como si estuviera hipnotizado.

– Dame el otro, Belén… que Irene va a descubrir su coñito por primera vez.

Al oír eso Alberto me soltó la mano nervioso y nos miró sin saber que hacer.

– No… no te preocupes… ese es muy grande para ti todavía… venga, tía, dame el otro.

Mi hermana me dio otro consolador mas pequeño que estaba encima de mi ropa. Era el que ella me había regalado por primera vez y al que yo le debía el vicio de usar continuamente mi culito. Mi hermana me lo lanzó, pero cayó en las manos de Irene que lo casi lo tira al suelo. Lo toco por en

cima y me lo dio.

– Bien, vamos al baño, anda…

Justo antes de salir por la puerta mi hermana me llamó.

– ¿Donde vais?

– Pues al baño, joder… que quiero salir ya de aquí…

– De eso nada… la primera vez es delante de todas nosotras, como cuando tu lo hiciste…

Sonrió cerrando un poco los ojos. Antes de ser Yolanda me habría ido de la habitación llamándola de todo, pero en ese momento yo ya era igualita a ella, así que la idea me pareció cojonuda. Desvirgaríamos a Irene entre todas.

– Bueno… Irene, apóyate aquí… si, así, y saca un poco ese culo de golfa que se te ha puesto.

Alberto se apoyó en el armario enseñándonos su culo redondito y apretado bajo la falda. De espaldas era toda una mujercita, pensé con un ataque tímido de celos. Teresa se fue hasta la puerta, un poco escandalizada.

– Tere, ¿ves lo que te decía antes sobre lo viciosas en las que se convierten después de verse tan guapas?

Tere se rió un poco excitada por comentario de mi hermana. No era para menos, porque en el cuarto había cuatro mujeres en el amplio sentido de la palabra, dos de verdad, una, yo, completamente emputecida y un chico que iba a saber el placer de un buen rabo dentro de su culo. Belén me dio la crema antes de pedírsela y me unté un buen chorro en mis dedos. Le bajé la falda y las bragas hasta las rodillas, por encima de las botas que le hacían 10 centímetros más alto El tacto frío de la crema con las nalgas de Irene la hizo dar un pequeño salto, pero tras un momento yo frotaba todo el lubricante por su ojete.

– Aguanta la corrida, tía… cuanto más aguates mejor… y no intentes juntar los músculos, simplemente deja que tu cuerpo lo disfrute.

Al decir eso comencé a meterle mi dedo índice poco a poco por su agujero aún sin estrenar, con cuidado de no hacerle daño con mis uñas tan largas. Costaría un poco por la falta de costumbre, pero para mi sorpresa su culo se abrió como para meterle tres a la vez. Me quedé parada un segundo.

– ¿Que pasa?

preguntó Teresa desde atrás.

– Vaya, parece que Irene ha estado jugando con su culito mas de una vez… ¿no es verdad?

Por primera vez Irene abrió la boca.

– Si…

Estaba muy excitado, y su voz temblaba.

– Vaya, vaya con Irene… si era una mujercita antes de que lo supiéramos…

Dijo Teresa.

Me volví sorprendida. Teresa puso cara de mala y me quitó el consolador de la mano. Ya le había cogido vicio a eso de ir de mala por la vida.

– Pues vamos a ver si le cabe este pedazo de polla en su cochito, que lo está deseando…

Le fue metiendo poco a poco la cabeza del consolador mientras Alberto dejaba que Irene sacudiera su culo adelante y atrás. De un golpe le introdujo el resto, acompañado de un grito bajo de Irene. Mi hermana se acercó a nosotras y comenzó a hablarle al oído a Alberto.

– Eres una putita, Alberto… nos lo tenias escondido… te encanta que te metan cositas por detrás, ¿verdad?…

Irene jadeaba como un animal en celo, y mi hermana le metió un dedo en la boca…

– ¿Y se te da tan bien recibir como mamar?

Belén le pidió a Teresa que le diera el consolador y lo sacó de un golpe seco. Irene casi se cae al suelo dando un gritito agudo.

– Vamos a ver que tal lo hace esta zorrita…

Me bajó la falda y las bragas y después puso a Alberto de rodillas.

– Chúpasela como tu sabes, venga…

Alberto no dudo un segundo esa vez y se abalanzó sobre mi polla que daba gusto verle. Con esa falda, maquillada y sus pechos postizos debajo del top parecía que era una zorra auténtica. Noté sus labios en mi glande subir y baja deprisa, y su lengua jugar con mi prepucio. Yo estaba en la gloria, aunque necesitaba que mi chochito recibiera también. De nuevo para mi sorpresa, Teresa se estaba bajando los pantalones y se ponía el arnés de Sonia con el falo atado a sus caderas. Yo cerré los ojos y me dejé llevar, porque si ya era excitante que Alberto me estuviera comiendo la polla vestido de aquella guisa, que Teresa se uniera al juego era la hostia.

– ¿Pero que está pasando aquí?

Preguntó Sonia desde la puerta.

Mi hermana se rió con ganas.

– Nada… ya ves… ¿o es q

ue eres la única que puede jugar con nuestras dos muñequitas?

Sonia se me acercó sonriendo.

– Eres una zorra de cuidado, tía… pero esta noche eres mía, ¿vale?

Me dio un lametón en la cara.

– Bueno, me bajo a comprar tabaco, que como me quede aquí me voy a poner celosa.

Cogió su monedero y salió por la puerta. Teresa me estaba acariciando el culo con la crema, y mi hermana se había sentado en la cama a fumarse un cigarro viendo el espectáculo. Irene seguía mamando mi polla sin parar, aunque había bajado el ritmo, y mi culo ya notaba la presión que ejercía Teresa con el consolador atado a su cintura. Cerré los ojos. Era increíble, sentí como su cadera chocaba contra mi culo varias veces y el falo aquel se abría camino hasta mis entrañas. Miré el espejo y me vi rodeado por Irene y Teresa por detrás y entonces comencé a descargar mi semen en la garganta de Alberto, que paró para no ahogarse. Una cosa había sido practicar y otra bien distinta conocer el sabor real del semen por sus labios, yo lo sabía por experiencia.

Teresa paró y se sentó en la cama cogiendo un cigarrillo de mi hermana mientras se subía el pantalón.

– Espera, espera… queda Irene, ¿recuerdas?

Teresa sonrió sin encender el cigarro y yo me separe de Alberto. Estaba extasiada de placer, así que fui yo quien se fumó el cigarro cogida de la mano de mi hermana, sentadas las dos una al lado de la otra y cruzando nuestras botas de la misma manera.

Irene estaba de espaldas recibiendo lo que Teresa le estaba metiendo por su culo, gimiendo cada vez mas fuerte. Durante unos minutos Teresa siguió dándole hasta que Irene soltó un grito más alto y de su polla comenzó a salir el semen a borbotones. Se quedo sentada en el suelo con las manos en la cara y las piernas estiradas. Se veía magnifica con las botas blancas y mi faldita por las rodillas. Era su primera vez, y como todos los que lo habíamos pasado, seguro que no sería la última.

Mi hermana apagó el cigarro pasándome el cenicero y recogió a Irene del suelo.

– Ven, anda, que yo no se porque pierdo el tiempo maquillándote para que luego hagas estas cosas.

Se la llevo de la mano. Alberto llevaba la cara roja e hinchada de placer, y le costaba cerrar las piernas al andar. Sonreí a Teresa que se subía los pantalones y se arreglaba el pelo.

– Joder… como mola el cacharro ese…

Me dijo.

– es genial, tía…

– Pero ha sido muy raro darte por el culo, anda que no tienes vicio, tía… joder… si me llegan a decir en el instituto esto no lo habría creído… ¡¡he dado por culo al chico de la segunda fila!!…

Nos reímos las dos y salimos por la puerta a la vez que mi hermana e Irene lo hacían. Nos miramos las cuatro. Irene se separó de mi hermana y me dio la mano. Teresa y Belén cogieron las llaves del coche y salieron por la puerta.

– ¿Estas bien, cariño?

Irene me miró y asintió.

– Gra… gracias…

Me dijo. Yo la bese en la mejilla.

– Pues esta noche me invitas a una copa… y a ver a quien nos ligamos, ¿de acuerdo?. De momento lleva mi bolso, para que te vayas acostumbrando.

Alberto, Irene ya para siempre, asintió, y juntas salimos por la puerta de casa haciendo ruido con nuestros tacones.

Cuando bajamos Sonia estaba apoyada en el coche amarillo de Teresa fumando con sus coletas rubias a cada lado de sus hombros. Algunos chicos nos soltaban algunos silbidos y había mucha gente en la calle. Irene iba detrás mío avergonzada, pero eso ya cambiaria durante la noche. Mi primera salida, la que mi hermana me obligo a salir sola a comprar tabaco, fue mucho mas arriesgada, así que no tenía que preocuparse por nada. Por un momento envidié esa sensación de nervios y excitación de la primera salida como chica que estaba sintiendo Alberto en ese momento.

– Tranquila tía… que vas con nosotras… nadie se da cuenta, ¿no lo ves?

Ella miró nerviosa a todos lados. La verdad es que era complicado hacerlo por primera vez, pero después cogería confianza y sería algo normal.

– ¿Que tal arriba?

Preguntó Sonia tirando la colilla con chulería lejos juntando sus dedos y expulsando el humo hacía el cielo oscuro.

– Bien… Irene, esta es Sonia.

Sonia se acercó

y le dio dos besos en la mejilla tocándola los hombros.

– Estas muy guapa… ¿como dijiste… Irene?

– Mi hermana, se lo ha puesto ella…

– ¿Y a ti te gusta ese nombre?

Irene asintió.

– Puedes hablar, Irene, que no pasa nada.

Irene miró para ambos lados para asegurarse de que nadie le oiría y abrió la boca.

– Si… si me gusta…

Su voz sonaba todavía muy grave para ser chica, así que seguiríamos con el plan de hacerla pasar por mi prima la afónica que tan buen resultado nos había dado conmigo antes.

– Vaya… pues si que estas afónica… cuanto menos hables mejor, ¿de acuerdo?

Le dije sonriendo y guiñándole un ojo.

Mi hermana y Teresa volvieron de un bar.

– Bueno, ya estamos todas… hoy vamos a una macro discoteca que está a orillas de la playa… está a unos veinte kilómetros, así que apretaros todas en la parte de atrás… y cuidado con meteros mano, que ya empiezo a conoceros bien.

Dijo Teresa.

– Por cierto, tenemos que hacer bote, porque esto estaba un poco caro hoy.

Nos mostró un paquetito blanco que tenía dentro del bolso. Desde que salía con mi hermana siempre que salíamos comprábamos un poco de coca para aguantar hasta la madrugada, y con el tiempo me había acabado por enganchar a esa sensación de subidón que te daba.

– Vale… mañana por la mañana hacemos cuentas…

Nos metimos las tres, Sonia, yo e Irene detrás y mi hermana y Teresa delante. Encendió el radícasete que admitía Cd”s y puso uno de su novio, música muy rápida y con el bombo que parecía que se iba a salir de la bandeja de atrás donde habían colocados unos altavoces enormes.

Aparcamos en el parking de la disco, justo al lado de un coche amarillo y espectacular con alerones y pegatinas grandes. Salí del coche dando saltos al ritmo de la música que venia de la gran carpa al aire libre que había montada, donde muchísima gente bailaba.

– Bueno, vamos a la entrada.

Dijo Teresa mientras todas nosotras nos peinábamos y apretábamos nuestros pechos. Mire a Irene que estaba completamente quieta y le bajé la falda hasta las bragas para que fuera un poco mas putona, porque me había propuesto que Irene descubriera el placer de ser admirada desde el primer momento. La miré fijamente.

– ¿Estas bien?

Irene asintió rápidamente echando los hombros como yo la había dicho, hacía atrás para que su espalda se encorvara de forma sensual y sus pechos parecieran salir disparados. La notaba súper nerviosa, pero era normal. Saqué un cigarrillo y se lo encendí.

– Toma, anda, cálmate…

Ella dudo antes de cogerlo, pero le dio la primera calada tosiendo un poco. La cogí de la mano y seguimos a Teresa hasta la entrada del recinto, a orillas de la playa. Allí, un par de chicos altos y desarrollados nos miraron de arriba a abajo al decirles Teresa que éramos amigas. Sonreímos y note que uno de ellos me miraba las tetas descaradamente. Le sonreí pasándome la lengua un poco por los labios. Esa noche quería un poco de marcha, y si mi escote de leopardo me ayudaba, pues mejor. Entramos sin pagar al centro de la pista. La gente se apelotonaba en la barra para pedir una copa y varios grupos de personas estaban sentadas en una pequeña terraza a orillas del mar. Mi hermana me cogió del brazo y fuimos todas al baño.

Irene estaba muy callada dentro del baño, mirándolo todo como si fuera la primera vez que veía un baño de chicas por dentro.

– Si quieres mear, adelante, que la noche va a ser larga…

El asintió y por acto reflejo fue a salir del baño.

– ¿Donde vas, Irene?

El se paró y sonrió. Yo le abrí la puerta del lavabo.

– ¿Vas a mear como Irene o como Alberto?…

Sin cerrar la puerta Irene se sentó en la taza y comenzó a mear con su polla medio flácida todavía de la enculada de antes en casa de Teresa. Se levantó y me dio un beso en la mejilla. Yo la sonreí.

– ¿Ves que fácil?… ahora venga, ven aquí que empieza la juerga.

Por un momento volví a pensar en aquel tío de la entrada que me miraba y decidí que mi primer polvazo en la playa sería con él. Mi hermana y Teresa nos pasaron un espejito redondo c

on dos rayas de coca que me metí con muchas ganas. Después le toco a Irene meterselas y casi se cae para atrás de la impresión. Sonia se rascó la nariz, se encendió un cigarrillo y me beso profundamente. Si todos los besos son húmedos, los de Sonia cuando iba puesta eran como un océano de pasión. La agarré del culo y puse mi mano en su pecho, apretando fuerte.

– Ya están las dos viciosas de siempre…

Dijo mi hermana cogiendo de la mano a Irene, que nos miraba fijamente.

– Vamos tu y yo afuera que te vamos a presentar a una autentica polla para que juegues esta noche.

La música retumbaba fuerte en nuestros oídos, y Sonia me miraba mientras nos besábamos.

– Esta noche tiene que ser especial, ¿de acuerdo?

Me dijo ella.

– Si…

Contesté encendida de morbo.

– Pues ya veras lo que he pensado para todas…

Me dijo al soltarse de mi. Abrió la puerta del baño y antes de salir me guiño un ojo.

– Incluidas tu e Irene.

Cerró la puerta dejándome sola en el baño, con una erección de caballo, el top de leopardo apretando mis pechos y unas ganas de que me hicieran sentir mujer como nunca. Cogí aire, me retoqué el pelo para que los rizos tuvieran más volumen y abrí la puerta del baño. No lo sabía en ese momento, pero aquella noche iba a cambiar mi vida para siempre.

Bueno, y van 14 ya… espero que os siga gustando tanto o mas que el primero. Si no es así, o queréis comentarme algo, estoy en: esclavoparasiempre (arroba) hotmail.com Un saludo en especial para esa gente del messenger.

Autor: Ocaso

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Escrito por Marqueze

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