Historias morbosas: El invitado I

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Hetero Infidelidad. Tan sólo llevaban tres años casados, pues Antonio se había pasado la mayor parte de su vida estudiando para conseguir una plaza de notaría. Por fin lo había conseguido

Eli y su marido Antonio, ambos de cuarenta años, vivían felizmente en un pequeño pueblo de la sierra. Tan sólo llevaban tres años casados, pues Antonio se había pasado la mayor parte de su vida estudiando para conseguir una plaza de notaría. Por fin lo había conseguido. Eli se había acostumbrado a la vida sedentaria del pueblo, aunque a veces la monotonía la desquiciaba y echaba de menos el bullicio de la gran ciudad. Por suerte, su hermana Laura, de veintidós años, y su novio Héctor, con el que tenía previsto casarse en breve, también residían en el pueblo y ambos trabajaban como administrativos en la notaría de Antonio.

Una mañana, Antonio recibió una llamada de su primo Iván, un chico de veintiocho años, una llamada inesperada que el joven notario nunca hubiese querido recibir. La vida cambiaría para el matrimonio a partir de entonces. Iván le contó que acababa de separarse de su mujer y le pidió permiso para alojarse unos días en su casa, hasta que encontrara un trabajo y un sitio para vivir. A Antonio no le quedó más remedio que aceptarle como invitado. Siempre se había llevado bien con su primo, demasiado bien, y le resultó embarazoso negarse, aunque la idea de alojar a su primo Iván en casa tampoco era de su agrado. Eli se enteró de la llegada del invitado durante una cena que celebraron un sábado en casa de su hermana.
– ¿Y cuándo viene?
– Mañana por la noche. Sólo se quedará unos días. Está de paso.
– ¿Y cómo es que se ha separado? – insistió Eli.
– Al parecer su mujer le pilló acostado con otra…
– ¡Qué cabrón de Iván! – sonrió Héctor, el cuñado de Antonio -. Me acuerdo de él. Salía en nuestra pandilla. Era un jodido salido, pero el tío tenía suerte con eso de que estaba bien dotado.
– ¿Cómo que estaba bien dotado? – preguntó Laura, su mujer.
– Tenía una porra impresionante, las más guarras iban detrás de él. No me extraña que le haya puesto los cuernos a su mujer y lo haya puesto de patitas en la calle. Siempre ha sido un golfo.
Todos rieron a carcajadas, menos Antonio, cuyo semblante de preocupación sólo mostró una débil sonrisa. Eli pensó en el comentario de su cuñado acerca del enorme pene de Iván. Su marido le confesó que no le agradaba la idea de acoger a su primo, la advirtió acerca de sus groserías y de sus pervertidas maneras.
– Es un caradura, cariño, se toma la confianza de una manera muy particular. Ni sé cómo he aceptado que se quede.
– Tampoco será para tanto.
– Sólo serán unos días.
El domingo por la noche un taxi dejó a Iván en la entrada de la vivienda donde residían Eli y Antonio. Ambos salieron a recibirle y Antonio se ocupó de las presentaciones. Venía cargado de equipaje. Ellos se dieron un fuerte abrazo, habían pasado diez años desde la última vez que se vieron. Inmediatamente, Iván se giró hacia la mujer de su primo y le estampó dos besos en cada mejilla permitiéndose el lujo de abrazarla.
– Joder, primo, no me habías dicho que tenías una mujer tan guapa.
– Gracias – contestó ella, mirando por curiosidad el bulto de su bragueta. Pero no percibió nada tan impresionante, al menos tras la tela de los vaqueros.
– ¿Vamos dentro? – sugirió Antonio.
Iván era un tipo de mediana estatura, bastante gordo, su impresionante barriga impresionaba para ser tan joven, de gruesas piernas y con la cabeza cuadrada. Tenía el cabello rapado, labios gruesos y una mirada profunda, nada que ver con la figura de Antonio, alto, de cuerpo atlético y con el cabello siempre engominado, la estampa del típico empollón de colegio. Por supuesto, las características de Iván era nada afines a los gustos de Eli. Ella era una mujer fina y hermosa. Alta, delgada, con una melena rubia por debajo de los hombros y ondulada en la base, ojos verdes, poseía un culito algo ancho,  pero carnoso, y destacaban sus enormes pechos, muy voluminosos, acampanados, muy redondeados en la base hasta el punto de que ambos senos se rozaban. Se conservaba muy bien a pesar de sus cuarenta años. Como es natural, Iván se fijó en sus pechos con cierto descaro. Esa noche iba con unos tejanos ajustados y una camiseta blanca igualmente ceñida que modelaba sus dotes femeninas. Tras acomodarse en una de las habitaciones de la planta de arriba, dispusieron cenarían en el patio. Hacía bastante calor y apetecía comer al aire libre.
– Voy por los platos – anunció Eli.
Ellos se habían abierto unas cervezas y se habían sentado a la mesa para recordar viejos tiempos. Cuando Eli accedió al pasillo que conducía a la cocina, oyó que el primo le susurraba a su marido. Se detuvo para tratar de captar sus palabras.
– Qué buena está la hija puta -. Antonio sólo sonrió ante el grosero comentario -. Qué callado te lo tenías. Tiene unas buenas tetas. Estarás harto…
– No seas cabrón, anda, bebe…
– No vas a dejar que me la folle…
– Para ya, anda, sigues igual que siempre…
– Comprenderás que esta noche me haga una paja pensando en tu mujer…

Eli, escandalizada, cerró los ojos y después se dirigió a la cocina. Se encontraba bastante nerviosa tras los asquerosos comentarios de Iván. Su marido debía de tener bastante confianza con él, porque le sobraban motivos para haberle echado de casa. Pensaba masturbarse a su costa y se lo había hecho saber a su marido como si tal cosa. Y su marido había reaccionado como un auténtico memo. La idea se asentó en su mente y durante la cena no se le borró de la cabeza. Le daba corte su presencia. Ellos no pararon de charlar. A veces le miraba fijamente y en su cabeza se formaban imágenes extrañas, como que la violaba, la observaba, se masturbaba y cosas así.

Al cabo de un rato, Iván subió a ducharse y Antonio se dirigió al despacho para terminar de redactar unas cartas. Eli anduvo fregando los platos y después se dirigió hacia las escaleras. Quería evitar cruzarse con él. Vio luz encendida en el lavadero y se acercó con sigilo. Oculta tras una planta, observó cómo Iván rebuscaba en el cesto de la ropa sucia y extraía unas de sus bragas, unas de color negro que había llevado puestas el día anterior. Las olió con los ojos cerrados y después se pellizcó la zona de la bragueta. Posteriormente, se las guardó en el bolsillo y se dirigió hacia el cuarto de baño. Entonces Eli salió de su escondite y miró hacia la puerta. Tras ella Iván se estaría masturbando con sus bragas. Nerviosa, se encerró en su habitación. Pasó varias horas sin pegar ojo, pensando en el primo y en sus perversiones. Su marido dormía plácidamente a su lado como si tal cosa y ella había decidido no contarle nada de lo que había visto y oído. ¿Por qué? Lamentó lo que le estaba sucediendo. Notó que la sangre le hervía con aquellos pensamientos, que aquel cabrón la había puesto cachonda con sus impúdicas maneras. Jamás había sufrido una sensación como la que le acobardaba. Sintió ganas de masturbarse, algo que no hacía desde que era una adolescente, pero se resistió. Por un lado el remordimiento de conciencia le abrasaba las entrañas. Su vida con Antonio era feliz. Sus relaciones sexuales entraban dentro de la normalidad, aunque afectadas por la típica rutina matrimonial. Quizás por esa razón la actitud lasciva de Iván le estaba perturbando la mente. Llevaba horas envuelta en fantasías.
Alrededor de las seis de la mañana oyó cómo su marido se levantaba. Ella procuró pasar desapercibida y mantuvo los ojos cerrados, como si estuviera dormida. Sabía que a las ocho en punto Antonio debía asistir a una reunión muy importante con unos constructores. Iba a quedarse a solas con el primo de su marido y en el fondo la idea le apasionó, tal vez por el morbo, pero deseaba quedarse a solas con él. Había comenzado a obsesionarse con la idea de que ella, a sus cuarenta años, se había convertido en el deseo sexual de aquel joven. Una hora más tarde crujió la puerta de la habitación de Iván. Muy despacio, bajó de la cama y entreabrió la puerta cuando Iván se dirigía hacia la escalera. La imagen la extasió. Iba casi desnudo de no ser por el slip negro ceñido al cuerpo. Se fijó en su barriga, pronunciada y dura, en sus piernas, gruesas y peludas, y en su culo respingón. En el momento en que se disponía a bajar, Antonio salió del cuarto de baño ya trajeado y repeinado como de costumbre. El pasmo se adueñó de su semblante al verle medio desnudo deambulando por la casa. Iván se volvió hacia él y entonces Eli pudo fijarse en las dimensiones de su paquete, en el relieve de un pene colosal y en el abombamiento de sus testículos. Su cuñado Héctor llevaba razón.
– Buenos días, Antonio, ¿hay café?
– ¿Qué haces así? – se mosqueó su marido.
– ¿Qué pasa?
– Coño, Iván, un poco de respeto, por Eli.
Iván alzó la voz, como si tuviera el mando de la situación.
– Ahora me vienes con ésas, me cago en la hostia puta. ¿Qué hay de malo? Hace calor, cojones…
Antonio dio la sensación de acongojarse.
– Ya, hombre, pero…
– Que no pasa nada, hostias…
Ambos bajaron las escaleras, con Iván en cabeza y Antonio tras él con el rabo bajo las piernas, abrumado por la severa reprimenda de su primo. Eli trató de analizar la actitud de su marido, comportándose como un pelele de tres al cuarto. No comprendió su estúpida postura, cómo es que se sometía, en su propia casa y después de hacerle el favor de alojarle, a la desconsideración de su primo. Lo que Eli no sabía es que cuando Antonio estudiaba para las oposiciones de notaría, su primo Iván descubrió unas revistas gays oculta en unos cajones del armario. Por aquellos tiempos de adolescencia, a Antonio le afectaron ciertas tendencias homosexuales, tendencias que con el tiempo desaparecieron. Y las sació gracias a Iván, a quien le hizo multitud de pajas y mamadas, hasta le aportó fotos de su propia madre desnuda para satisfacerle, fotos que Iván nunca le devolvió. Su primo comenzó a salir con una chica y las relaciones homosexuales ya no volvieron a consumarse. El secreto se mantenía, pero a pesar del tiempo transcurrido, Iván aún tenía la sartén por el mango. Antonio se arrepentía de lo que pasó y ahora la presencia de su primo le devolvía a la cruda realidad.
Eli caminó de puntillas por el pasillo y se asomó a la planta de abajo. Les vio en la cocina, Antonio sirviendo el café y a Iván sentado a la mesa, aún en slip, aunque se había puesto por encima una camisa desabrochada. Hablaban en voz baja y le resultó imposible oír lo que decían. Después consultó la hora. Aún eran menos cuarto. Se dirigió al lavadero, abrió el cesto de la ropa sucia y allí vio sus bragas, junto a un slip negro que pertenecía a Iván. Los cogió y los abrió. Vio semen reseco por todos lados, como si se hubiera limpiado con ellos. Cerró los ojos y se plantó el slip en la cara para olerlos profundamente. Estaba dominada por el deseo, actuaba como una vulgar ninfómana. Soltó el slip y volvió a asomarse. Su marido estaba recogiendo las llaves y el maletín y su primo permanecía aún en la cocina. Decidió jugar, decidió incitarle a pesar del riesgo que suponía, pero el placer la estaba desbordando. Aquel cerdo asqueroso la había endemoniado. Regresó a la habitación, se despojó del pijama y se vistió con un picardías muy atrevido, un camisón blanco de tirantes muy corto, con volante en la base, de muselina, por lo que se transparentaba con nitidez una braguita muy pequeña de encaje por delante y de finas tiras a los lados. De la misma manera, la tela, tan fina y ligera, revelaba la forma y volumen de sus dos enormes pechos. Abandonó la habitación y se asomó antes de bajar. Allí se encontraba, aún en la misma posición. Tragó saliva, avergonzada de sí misma. No sabía cómo podría reaccionar si bajaba. Tampoco pretendía armar un escándalo en aquel pequeño pueblo. Sólo quería satisfacerle sin llegar a ofrecerse directamente. Pasados unos minutos, Iván se encendió un cigarrillo y salió al frescor del patio. Entonces Eli aprovechó la ocasión y bajó a toda prisa, para que cuando él la descubriera pensara que ella no sabía que él se encontraba en el patio. Así daría la sensación de que la había pillado infraganti, que no se había vestido así para complacerle. Tuvo suerte y llegó antes de que él regresara. Se colocó junto al lavaplatos, de espaldas a la puerta del patio. Abrió el grifo y simuló que fregaba la loza de la cena. Unos segundos más tarde, Iván, al oír ruido, asomó la cabeza desde el patio y la vio de espaldas. Sus ojos se abrieron como platos al comprobar las transparencias del camisón, con sus pequeñas braguitas sólo tapando parte de las nalgas, las fabulosas curvas de su culo y con media espalda al descubierto. Notó que el pene se le hinchaba. Estaba muy sexy, tuvo que rascarse y colocarse el pene de lado para que no se saliera por arriba.
– Buenos días, Eli…
Eli se giró hacia él y arqueó las cejas al verle. Procuró sonreír como una ingenua. Iván observó como las dos tetazas bailaban tras la gasa y se fijó en la parte delantera de las bragas. Al mismo tiempo, Eli reparó en el abultamiento del slip, donde se definía los contornos de la gigantesca polla, recostada hacia un lado.
– ¡Ah! ¿Estás ahí? – Se acercó a él, como si no le importara que la hubiese descubierto en paños menores. Sus tetas botaban en cada paso -. ¿Cómo te has levantado tan temprano? -. Eli cometió el atrevimiento de darle dos besos en las mejillas. Percibió su olor masculino -. ¿Has desayunado?
– No.
– Siéntate, te haré unas tostadas.
Él no podía dar crédito al comportamiento de la esposa de su primo. Tomó asiento y no perdió detalle mientras ella preparaba el desayuno y hablaba de su vida en el pueblo y de recuerdos de la ciudad. Actuaba como una ingenua. La verga se le había endurecido y casi no le cabía en el slip. Eli ya se había fijado, aunque sólo de pasada. Temía que la pillara. Cuando se inclinaba para coger algún utensilio, el camisón se le subía y le dejaba medio culo al aire. Iván tenía entonces que sujetarse la polla al ver sus nalgas y sus bragas al natural. Cuando le sirvió las tostadas, Eli se atrevió a darle unas palmaditas en la barriga, una barriga dura y salpicada de vello.
– Tienes que ponerte a plan.
– Sí, llevas razón.
Ella se sentó a su lado y eligió una de las tostadas. Las tetas rozaban la superficie de la mesa e Iván ya las miraba desvergonzadamente. Sus pezones erguidos se apreciaban con excesiva claridad. A veces, con el mismo descaro, se inclinaba un poco hacia un lado para verla cruzada de piernas, con todos los muslos al descubierto. Igual era una guarra, pensó Iván, con ganas de echar un polvo, o igual es que era así de natural. Pero él no dejaba de ser un extraño y no le importaba deambular medio desnuda en su presencia. La muy puta le estaba dando alas para cometer una imprudencia, pensó. Unos minutos más tarde, Eli se levantó para quitar la mesa. Él se mantuvo sentado, observándola. Luego ella se volvió y se inclinó hacia la mesa para recoger las miajas. Por el escote, Iván contempló cómo los pechos colgaban hacia abajo y chocaban levemente el uno con el otro cada vez que movía el brazo por la mesa. Continuaba hablando cosas que para Iván le parecían tonterías. Él sólo prestaba atención a sus movimientos y a su delicioso cuerpo. Cuando limpió la mesa, volvió a sentarse. Él decidió probar su ingenuidad y se levantó apoyándose en las rodillas de ella, con las palmas abiertas, gozando por unos instantes del tacto de aquella piel tan suave. Eli ni se inmutó y se levantó tras él.
– ¿Tienes ropa sucia? ¿Quieres que la lave?
– Vamos a la habitación.
Se dirigieron hacia las escaleras. Eli marchaba delante y él se fijaba en cómo su culo se contoneaba. También al subir cada peldaño los pechos se balanceaban tras la gasa del camisón. Una vez en la habitación, Iván le entregó varias camisetas y algunos calzoncillos que ella recogió sin escrúpulos.
– Te haré la cama.
Se tiró algunos minutos haciéndole la cama, curvada ligeramente hacia delante para alisar las sábanas, con el camisón subido hacia la mitad de las nalgas, dejando sus braguitas blancas a la vista de Iván. Después se volvió hacia él.
– ¿Quieres que te planche? ¿Quieres algo más?
Él decidió aprovechar aquel exceso de confianza entre ambos y se acercó hasta ella. Le colocó la mano derecha abierta en la espalda, a la altura de la cintura, por encima del camisón, y le dió un besito en la mejilla.
– No, gracias, eres un encanto.
– Sólo quiero que estés bien.
Aún mantenía la mano plantada en la espalda, con parte de la teta izquierda rozando la curva de su barriga.
– No te preocupes, preciosa.
– ¿De verdad?
Ahora subió el brazo y la rodeó por el cuello. Después le pellizcó cariñosamente la barbilla con la otra mano.
– Eres un encanto – volvió a bajar la mano hasta la cintura -. Ahora voy a ducharme.
– Voy a la ciudad a comprar ropa para una boda que tenemos el fin de semana que viene, ¿quieres venir?
– Vale.
– Bueno, voy a cambiarme.
– De acuerdo.
Cuando Eli se giraba hacia la puerta, Iván le asestó un pequeño cachete en el culo, en el centro de la nalga izquierda, pero como si tal cosa, la esposa de su primo Antonio ni se volvió para reprimirle el gesto. Aquello avivó los perturbadores deseos de Iván. No se podía creer que fuera tan dócil. Había que aprovechar la situación y follársela a las primeras de cambio.
Un rato más tarde, ambos montaban en el vehículo de Eli, aunque Iván se puso al volante. Eli iba radiante, con un vestido estrecho de color verde chillón, con la espalda descubierta, escote a pico, tirantes anudados en la nuca y base con volantes, bastante suelto . Al sentarse, inmediatamente cruzó las piernas. Iván la miró de reojo al arrancar. Estaba igual de provocativa, igual de sexy, estaba para comérsela. Había que contenerse mucho para no sobrepasarse. A medio camino, él la miró y extendió el brazo derecho para achucharle las mejillas, como si fuera una niña buena.
– Estás muy guapa.
– Gracias.
– Mi primo ha tenido suerte con una mujer como tú. La verdad, estás muy buena.
– Me vas a sonrojar.
– Los hombres del pueblo deben de enloquecer cuando te vean pasar.
A Eli le azuzaron los nervios por tontear con el primo de su marido, pero en el fondo es lo que deseaba. El papel de ingenua iba sobre ruedas. Si no hubiese estado casada con Antonio, ella misma le hubiera suplicado una mamada, pero no quería escándalos, por su familia, por la de Antonio y por la que se armaría en un pueblo tan pequeño. Quedaría marcada para siempre. Estaba jugando con fuego. Pero la novedad morbosa y la masculinidad de Iván la volvían loca. Resultaba irremediable contener aquellos síntomas.
– Tampoco será para tanto.
– ¿Cuántos años tienes? ¿Cuarenta? -. Ella asintió -. Te conservas bien -. Iván le asestó una palmada en la rodilla y ella sólo sonrió-. Tienes un cuerpo precioso y una piel… -. Ahora le plantó la palma encima de la rodilla y la dejó allí mientras conducía con la izquierda -. ¿Cómo lo haces?
– A veces vengo al gimnasio, bueno, y las cremas antiarrugas  hacen milagros.
– ¿Te echas cremas en las piernas?
– Sí, claro.
Iván deslizó la mano en dirección a la cadera y arrastró la tela del vestido todo lo que pudo, casi hasta el final del muslo. Ella continuó sin protestar ni hizo ademán por taparse. Mantuvo la misma postura con las piernas cruzadas, sólo que con el vestido remangado cerca de la cintura. Eli comprendió que estaba comportándose como una zorra permitiéndole aquellos manoseos, pero estaba demasiado caliente como para evitarlo.
– ¿Qué te vas a comprar?
– Ropa interior, para la boda.
Iván volvió a retirar la mano.
– ¿Que usas bragas o tangas?
– Depende de la ropa que me ponga – contestó sonrojada.
– ¿Qué llevas con ese vestido?
Un momento crucial para ambos, para calibrar la confianza que surgía. Eli decidió arriesgarse. Se levantó un poco la falda.
– Unas normales.
Exhibió durante unos segundos la delantera de unas bragas marrones. A Iván sólo le dio tiempo de ver un pequeño triángulo de tela, luego dejó caer la falda.
– Te deben de quedar mejor los tangas. Tienes un culito precioso.
– Vaya, gracias.
Hasta que llegaron a la ciudad, le acarició las piernas un par de veces más como si fuera un gesto de confianza de lo más natural. En los tocamientos, logró arrastrarle el vestido hasta casi arrugarlo en la cintura, dejándola prácticamente casi en bragas encima del asiento, unas braguitas de un color marrón oscuro, según pudo apreciar Iván una de las veces que descruzó las piernas. Ella, dominada por la novedosa ninfomanía, se sometió a los abusos sin el más mínimo reparo, actitud que contribuía para que Iván fuese ganando más confianza. Para mantener su papel de chica buena, no paró de hablar de cosas insulsas que a Iván le importaban un comino. Ya en la ciudad tomaron café y pasearon por algunas avenidas. A veces, para cruzar la calle, él posaba su mano en la espalda de Eli o le acariciaba los hombros. Se estaban divirtiendo, la relación entre ambos cobraba confianza, demasiada confianza. Ya en una de las tiendas, Eli eligió algunas prendas y cuando se dirigía al probador llamó la atención de Iván.
– ¿Me vigilas las cortinas?
La acompañó hasta un pasillo de probadores y ella se adentró en el último. Corrió las cortinas mientras él aguardaba fuera. Un par de minutos más tarde, ella le llamó.
– A ver si te gusta. Asómate.
Atrevidamente, Iván irrumpió en el habitáculo. Se quedó alumbrado al verla en tacones, con unas medias negras de rejillas hasta media pierna, un shorty- tanga de tul donde se le apreciaba la mitad del culo y un sostén negro de encaje que sujetaba sus enormes pechos. La vio de espaldas, frente al espejo. Le pareció una de las muchas putas que se había tirado en los clubes de alterne, sólo que más bella que ninguna. Ella se giró hacia él. A través de las transparencias del shorty, se dejaba entrever la mancha oscura de su vagina. Enseguida se empalmó.
– ¿Qué te parece?
– Qué estás muy guapa. Joder, Antonio se va a volver loco cuando te vea. Hasta yo estoy volviéndome loco. Te echaría un polvo ahora mismo…
– Serás guarro – sonrió ella mirándose.
– ¿Echamos un polvo? – preguntó a modo de broma.
– Anda, sal de aquí…
Eli le asestó un  cariñoso manotazo y le empujó hasta sacarle del habitáculo. Tuvo que sentarse y respirar profundamente para serenar el placer que le corría por las venas. Aquel cerdo la ponía cachonda sólo con su actitud y sus gestos, y no quería cometer una locura, pero no lograba remediar aquella sensación tan ardiente. Comieron en un Burger y visitaron más tiendas. Los manoseos, las bromas y algún que otro cachete en el culo no cesaron. Regresaron a media tarde, cuando Antonio ya estaba en casa. Mientras ella se desvestía en la habitación de matrimonio para colocarse un pantalón ancho y elástico de estar por casa y una camiseta de tirantes, Antonio, atormentado por el carácter de su primo, le preguntó a su mujer.

– ¿Qué tal? ¿Qué ha pasado?
– ¿Qué ha pasado de qué? Ya me he comprado la ropa para la boda. Luego te la enseño.
– ¿Y mi primo?
– Muy bien, es muy simpático, me he reído tela con él… Le pedí que me acompañase. Estaba muy aburrido. Es muy atento.
A Antonio le abordó una sensación de rabia y celos. Conocía a su primo. Se estaba ganando la confianza de su mujer y no sabía cómo pararle los pies. Pero también conocía a Eli, y era una mujer seria y honesta que nunca accedería a la ordinariez de su primo. A medianoche, Eli se marchó a dormir y los dos primos se quedaron en el patio.
– Échame un cubalibre, anda – le ordenó Iván.
Obediente, Antonio se levantó, trajo un tarro con hielo, refresco y el whisky. Cuando le servía la copa, Iván se irguió hacia él y procuró hablar en voz baja.
– Qué buena está tu mujer.
Antonio sonrió como un imbécil.
– Cómo eres, Iván, no cambias.
– Me la tengo que follar como sea. No te importa, ¿no?
– Por favor, Iván – protestó serio -. ¿Sabes lo que me estás preguntando?
– Tú eres un maricón. A ti te da igual, ¿verdad? Tu mujer necesita que la follen como es debido.
Antonio empalideció, acobardado por la acusación de su primo.
– Ha pasado mucho tiempo, Iván, las cosas han cambiado, yo quiero a mi mujer.
– Eso son tonterías, tu eres un mariconazo, siempre lo has sido. Todavía me masturbo con las fotos que me diste de tu madre.
El recuerdo lo ahogó en la angustia. Su primo Iván, aún después de los años, continuaba siendo una amenaza. Si revelaba sus secretos ocultos, se convertiría en la vergüenza de todo el pueblo, de toda la familia, y su mujer lo abandonaría. Tenía que aguantarle, como quiera que fuese. No pegó ojo en toda la noche.
Cuando Eli se levantó a la mañana siguiente, su marido le dijo que trabajaría en casa, que apenas tenía trabajo en la oficina. Antonio temía dejar a su primo a solas con su mujer. Eli sufrió una severa decepción. El payaso de su marido estaría toda la mañana en casa y no podría estar a solas con Iván, disfrutar de la pasión dominante que ejercía sobre ella. Tuvo que vestirse decentemente para no llamar la atención de Antonio, aunque hubiese deseado ponerse sexy para Iván. Volvió a ponerse el pantalón largo, ancho y elástico de color gris y una blusa de aspecto arrugado, con el escote cuadrado, de florecillas estampadas. Apenas se cruzó con Iván. Sólo le vio una vez fumando en el patio, sin camisa, exhibiendo su esplendorosa barriga, y ataviado con unos pantalones elásticos de ciclista que resaltaba el bulto de su entrepierna. Tuvo suerte. Telefonearon a su marido desde la oficina. Ella se encontraba terminando de colocar los platos en la encimera cuando Antonio irrumpió para darle un beso.
– Tengo que ir a la oficina, cariño. Volveré lo antes posible, ¿vale?
Una vez oyó la puerta, pensó en cambiarse con ropa más sensual, pero daría el cante, además  corría el riesgo de que Antonio volviera de imprevisto. La Notaría sólo se encontraba a cinco minutos de su casa. Contaba con muy poco espacio para disfrutar de la compañía de Iván. El primo bajó diez minutos más tarde, desnudo de cintura para arriba y con el pantalón de ciclista. Se apoyó en la encimera, de espaldas, y cruzó los brazos mientras ella secaba los platos.
– ¿Qué haces?
– Terminando la loza.
– ¿Y Antonio?
– Ha tenido qué salir. ¿Qué tal?
– Bueno, bien.
– ¿Has sabido algo de tu mujer?
– No, y me importa una mierda.
– ¿Qué pasó?
– Me pilló en la cama con dos mujeres.
– ¿A la vez? -. Él asintió -. Qué bestia. Es que tú también tienes delito…
– Llevaba una vida sexual muy aburrida, y para mí el sexo es una diversión. La gente se escandaliza, y el sexo está para disfrutar, ¿o no?
– Sí, claro, es así.
– El sexo con amor o sin amor, todo es una jodida gilipollez. Hay que disfrutar del sexo, sea como sea. Si a uno le apetece echar un polvo, lo echa y no pasa nada. ¿No te parece?
– Llevas razón – contestó ella, consciente de la subida de tono que adquiría la conversación -. El matrimonio es muy monótono, es así. Estoy de acuerdo contigo.
– ¿Qué tal tú con Antonio? ¿Cómo te folla?
Eli miró hacia los platos, por un lado abochornada por la pregunta y con la vagina al rojo vivo por otro. Trató de no perder los nervios y mantener la naturalidad.
– Bien, bueno, Antonio es muy tradicional.
– ¿Y tú? – la avasalló.
– Bueno, no sé, normal…
– ¿Cada cuánto tiempo echáis un polvo?
– Poco…No sé… Depende, a veces pasa algo de tiempo… Está… Estresado.
– Ése es un maricón.
– No seas malo, anda – le dio un leve manotazo en el brazo.
– Siempre ha sido un maricón. Además, me acuerdo que la tenía muy pequeña. Le daba vergüenza enseñarla.
– Vaya, la típica conversación de los hombres, a ver quien la tiene más grande.
– La mía es más grande que la de ese maricón.
– Si, ya…
– ¿Quieres verla?
Eli se volvió hacia él muy decidida. Iván aún se mantenía apoyado de espaldas en la encimera. Eli se notó las bragas húmedas del flujo que brotaba de su vagina. Era una lástima que Antonio volviera a casa de un momento a otro, era una lástima que tuviera que cortar con aquella situación.
– Venga, superdotado, a ver…
Sin pensárselo dos veces, Iván se bajó la parte delantera del pantalón y la enorme polla se balanceó fláccida hacia los lados. Eli arqueó las cejas sorprendida. Era larga y muy gruesa, de piel blanquecina, con un glande rojizo, rodeada de un denso vello en la base. Se fijo en los huevos, gordos y peludos, de piel áspera. Qué polla tan sabrosa, pensó ya con las bragas mojadas. Qué ganas de chuparla.
– Joder, sí que estás dotado – bromeó sonriente y algo sonrojada.
– ¿Quieres tocarla? Tócala, sin problema… Hay confianza, ¿no?

Tímidamente, cogió la polla con las yemas de los dedos y la alzó hacia arriba. Después la bajó y la palpó despacio, gozando de aquella piel aún blanda.
– Ni en las películas había visto algo así.
– ¿Quieres hacerme una paja?
Eli retiró la mano y se volvió hacia el fregadero.

– Anda tápate, sinvergüenza, que cómo venga Antonio nos mata.
– No pasa nada, mujer, disfruta, nadie tiene por qué enterarse. Será un secreto entre tú y yo. Aprovecha la ocasión. Yo no voy a decir nada. Y te va a gustar.
– Guárdate eso, anda…  Que cómo venga Antonio.
Iván se guardó la polla bajo el pantalón.
– ¿Ese maricón? ¿No te gustaría probarla?
– No seas grosero, anda, vete sentando.
– ¿No le haces pajas a Antonio?
– A él esas cosas… Es muy tradicional.
– ¿Tú no te masturbas?
Ella sonrió ingenuamente.

– Anda, siéntate.

Iván le asestó un cachete en el culo y ella ni se inmutó, continuó secando la loza.

– Eres una calientapollas.

Eli le miró por encima de hombro. Le vio alejarse hacia las escaleras. Maldijo su mala suerte. Le había tocado la verga, pero la rabia por no consumar sus deseos la enrabietó. Encima, le dio la sensación de que Iván se había mosqueado. El mierda de su marido le había jorobado el plan. Golpeó la encimera con rabia y tuvo que sentarse para serenarse.
Antonio volvió antes de las dos. Almorzaron en el patio. A Iván le notó muy desanimado, decepcionado, ella le había cortado el rollo en un momento crucial después, tal como él había subrayado, de calentarle la polla. Quizás debería haberle masturbado. Para colmo, su marido pasaría toda la tarde en casa y su único deseo era quedarse a solas con Iván, darle gusto, complacerle. Después de la comida, Iván se tumbó en el sofá del salón a ver la televisión y Antonio se acostó a la siesta. Hacía un calor horrible. Ella trataba de idear un plan a la desesperada. Tuvo una ocurrencia. Cogió las llaves del coche de su marido y las escondió bajo el sillón para que cuando se despertara no las encontrara y así no le diese por ir a buscarla. También decidió que no se llevaría el móvil, simularía que por descuido se lo había dejado en casa, dentro del bolso, así tampoco intentaría localizarla. Estaba decidida a satisfacer a Iván al precio que fuese, a sabiendas de que arriesgaba mucho con ello. Quién iba a enterarse. Se arregló pensando en él con un vestido polo estrecho de color blanco, con canesú redondeado bajo el cuello y abotonado hasta la cintura. El vestido llevaba un cinturón y con la base bastante por encima de las rodillas. Se calzó con zapatos de tacón alto, se maquilló, se pintó los labios y se alisó el cabello. Antes de bajar se aseguró de que su marido aún dormía. Luego bajó. Iván se incorporó al verla. Él llevaba unos tejanos y una camiseta interior de tirantes.
– Qué guapa te has puesto, ¿dónde vas tan pronto?
– Voy a la casa que tenemos en el campo, a ver las plantas. Hace tiempo que no las riego.
– ¿Tenéis una casa en el campo?
– ¿Quieres verla? Es de madera, como una cabaña.
– Venga, te acompaño.
En el coche de Eli, Iván se montó al volante y ella al lado. Al sentarse, el vestido se encogió y la dejó con más de la mitad de las piernas al descubierto, lo que sedujo desde el primer momento al primo de su marido. A medio camino, le atizó una sonora palmada en la pierna.
– Te has puesto muy guapa para venir a regar.
– Bueno, lo primero que he cogido – contestó, temerosa de que Iván se hubiese percatado de sus artimañas.
A los quince minutos llegaron a la parcela, ubicada en un sitio recóndito poblado de viñas. Existía una pequeña cabaña de madera compuesta por un salón, un cuarto de baño y una sola habitación con dos camastros separados por una mesilla. También había una pequeña piscina con forma de riñón que a Iván le llamó la atención. Entraron en la casa. Hacía un calor espantoso. Eli le sirvió un refresco. Iván trató de exprimir la situación y caldeó aún más el ambiente.
– ¿No te apetece un chapuzón?
– Pero es que…
– Venga, Eli, anímate…
– No he traído bañador – se excusó un tanto nerviosa.
– Qué más da, Tenemos confianza, ¿no? En paños menores. Vamos. Está decidido.
Iván se despojó de la camiseta y se bajó los pantalones quedándose con un slip negro elástico donde se apreciaba la forma del pene, tumbado hacia un lado, así como el bulto de los testículos. Eli pensó en la ropa interior tan sensual que se había puesto, daría el cante, era demasiado llamativa, pero lo había hecho únicamente por él. Cuando se desabotonó el vestido y se lo quitó, Iván se quedó extasiado. Llevaba un minisujetador negro de satén anudado al cuello con diminutas blondas triangulares que sólo tapaban la zona de los pezones, permitiendo que los pechos sobresalieran por los lados, por debajo y por arriba. Después llevaba un tanga con una delantera triangular de satén muy estrecha, lo suficiente para ocultar la vagina, de hecho, algunos  pelos del vello vaginal sobresalían por los lados, y luego unas cintas por los costados unidas por unas anillas de adorno en la parte trasera de la cintura, de donde colgaba la fina tira que llevaba metida por la raja del culo. Al darse la vuelta para colgar el vestido, Iván comprobó que era como estar desnuda, la tira era tan fina que permanecía oculta en la raja. Ella era consciente de que prácticamente llevaba el culo al aire, de que estaba exhibiéndose ante aquel cerdo que la volvía loca.
– Vengas, vamos – dijo ella.
Las tetas le botaban en cada zancada al no tener la apropiada sujeción. Al pasar por su lado, le atizó una palmada en todo el culo. Sus nalgas vibraron. Ella le miró sonriente.
– ¡Auuu!
– Qué guapa está mi niña.
Ella marchaba delante en dirección a la piscina, permitiendo que él se deleitara con la manera de contonear el culo. Llegaron hasta el borde.
– El agua está muy sucia – dijo ella.
– Qué pena.
– ¿Vamos dentro? Aquí hace mucho calor – sugirió abochornada por la situación.
Regresaron a la cabaña. Iván no perdía detalle de cada movimiento. Él tomó asiento en un sillón.
– Sírveme una copa – le ordenó.
Obediente, Eli se dirigió hacia los armarios. Estaba preciosa, al llevar tacones, sus nalgas vibraban con las zancadas y las anillas en la cintura le daban un toque sensual muy poderoso. Mientras servía la copa y exponía sus encantos traseros, tuvo unos instantes para pensar en lo que estaba haciendo. Ella, la mujer del notario, se había convertido en una ninfómana que tonteaba con el primo de su marido, que para colmo era doce años menor que ella y además gordo y feo. Le sirvió la copa y se mantuvo de pie cerca de donde él se encontraba.
– ¿Jugamos a las cartas? – propuso Eli sacando una baraja y sentándose frente a él, con sus pechos balanceantes casi rozando la superficie de una mesa cuadrada de cristal -. ¿Sabes jugar al póker?
– ¿Y qué nos jugamos?
Eli reparó en su paquete al tener las piernas separadas. Estaba empalmado, el contorno del pene casi no cabía en el slip. Sudaba a borbotones, el sudor le chorreaba por la barriga y el rostro, y ella sintió que de su vagina brotaba algo de flujo.
– No sé.
– El que pierda tendrá que hacer lo que el otro diga, sin rechistar, sea lo que sea, como una especie de castigo ¿de acuerdo? – sugirió Iván.
– Te advierto que soy muy buena.
Iván estaba demasiado caliente y estaba dispuesto a arriesgarse. Era una jodida calientapollas con ganas de jugar y él estaba dispuesto a participar en el juego. Eli repartió las cartas. A ella le tocó un póker de ases, por lo tanto tenía la partida ganada, pero ella pretendía que él dominara la situación, que tomara la iniciativa, mantener su papel de esposa ingenua, así es que soltó tres ases y pidió tres cartas con la intención de perder. Y efectivamente, Iván ganó con un trío de reyes.
– Bueno, has ganado, ¿qué me vas a mandar?
Iván extendió las piernas y puso los pies encima de la mesa acristalada.
– Dame un masaje en los pies.
– Qué guarro, ¿no?
– Has perdido.
– Vale, vale, te enterarás…
Eli se levantó y rodeó la mesa, colocándose de perfil a Iván, y se inclinó ligeramente hacia la superficie. Iván se recreó con la silueta, con las tetas colgando como melones y con la curva de la nalga.  Le sujetó el pie izquierdo con sus manos delicadas y comenzó a masajearlo hundiendo las yemas en la planta y en el empeine.
– ¿Te gusta así?
– Lo haces bien.
Iván permanecía recostado en la tumbona, dando sorbos al cubalibre. Ella sujetó ahora el pie derecho para efectuarle el masaje. Se sentía acalorada por aquella dominación, con la vagina al rojo vivo, sin parar de echar flujos. Le miró para sonreírle y se fijó de pasada en que un trozo de glande sobresalía por la tira del slip, tenía la verga hinchada y palpitante y la barriga brillaba por los chorreones de sudor.
– Chúpame el dedo como si chuparas la colita de tu marido.
– Qué malo eres – se quejó con una estúpida sonrisa.
– ¿Se la chupas a tu marido?
– No, él, bueno, él esas cosas…
– El puto maricón. Vamos, chúpamelo.
– Vale, vale…
Tuvo que curvarse al máximo, con los pechos rozando el cristal. Sujetó el pie izquierdo con ambas manos y comenzó a chupar el dedo gordo como si fuera un diminuto pene, moviendo el tórax para arriba y para abajo, ensalivándolo muy despacio. Mientras tanto, Iván se encendió un cigarrillo, relajado, gozando de la visión de aquel cuerpo moviéndose al son de las chupadas.  Luego ella le agarró el pie derecho para chuparle el dedo gordo de la misma manera, mediante los mismos movimientos de tórax. Tras cerca de un minuto sin parar de chuparlo, levantó la cabeza hacia él.
– ¿Te gusta así?
Iván apuró el cubalibre.
– Es suficiente. Échame otra copa.
Volvió a desplazarse hasta el armario para que Iván se deleitara con su parte trasera. Regresó y le entregó el cubata. El ruido de los tacones resonaba en cada zancada. Ella sabía que no había retroceso, que le había caldeado demasiado, que el juego se adentraba en un terreno peligroso. Volvió a sentarse frente a él cuando retiraba los pies. Cogió las cartas y volvió a repartirlas.

– A ver si esta vez tengo más suerte. Pienso vengarme.
Le tocó un trío de caballos. Podía ganar, pedir dos cartas y probar a que le tocara un póker, pero qué le pediría si ganaba. Él debía llevar la voz cantante. Tiró un caballo y le entraron malas cartas, se quedó con una simple pareja. Iván volvió a ganar.
– Vaya, otra vez he perdido – lamentó.
Esta vez Iván se levantó con la copa en la mano, rodeó la mesa y se acercó hasta ella. Le colocó la palma de la mano bajo la barbilla.
– Ha sido una chica mala. Te mereces unos azotes… -. La obligó a levantarse tirándole de la barbilla con cierta rudeza. Eli sonrió como una tonta. – Ponte contra la mesa y no mires hacia atrás.
Eli obedeció y se apoyó en la superficie, ligeramente inclinada, de espaldas a él, con la vista clavada en la pared. Desconocía qué es lo que le deparaba. Iván le asestó una severa palmada en una nalga. Ella se quejó y encogió el culo dolorido. Le había dado tan fuerte que le había dejado marcada la señal de la mano. Inmediatamente le atizó con el dorso de la mano en la otra nalga y ella volvió a contraer el culo tras quejarse.
– ¡Ah, duele!
– Cállate…
– Vale, vale…
Eli cerró los ojos con el cuerpo envuelto en sudor. En su mente se mezclaban el dolor y el placer por aquella dominación. Iván se puso a atizarle palmadas en una sola nalga, con menos fuerza, pero más seguidas, y no paró hasta enrojecérsela. Por un momento recordó a su marido y a la gente que la conocía. Si la viera sometida voluntariamente a aquellas vejaciones. Sin previo aviso, Iván tiró bruscamente de la cinta lateral y le bajó el tanga hasta dejarlo enganchado hacia la  mitad de las piernas, cerca de las rodillas. Eli suspiró al verse con el culo al aire, con el culo empinado hacia el primo de su marido. Le sacudió un guantazo y después le pellizcó con todos los dedos de la mano una de las nalgas. Al arrugarle la piel, Iván dispuso de unos segundos para verle el agujerito del ano, tierno y rojizo en mitad de la rabadilla.
– Qué buenas estás, cabrona -. Le dio un sorbo al cubata y deambuló hasta detenerse frente al trasero -. Muévelo, vamos, muévelo para mí…

Eli acató la orden y durante los siguientes segundos se dedicó a menearle el culo, en círculos, contrayéndolo y empinándolo. Los incesantes movimientos le permitieron a Iván distinguir parte de los labios vaginales y aquel ano tan delicado. Tres minutos después, Iván dio media vuelta y se dirigió hacia su asiento.
– Está bien.
Eli se incorporó y enseguida se subió el tanga para volverse hacia él. Le sonrió, como queriéndole dar a entender que no pasaba nada, que sólo se trataba de un juego. Aún mantenía la porra hinchada y parte del glande visible por encima de la tira superior.
– ¿Qué te ha parecido el castigo?
Eli se sentó y barajó las cartas. A pesar del dolor procedente de las nalgas, estaba muy cachonda, con el coño empapado de flujos vaginales. Aquel cerdo asqueroso sabía complacerla como nadie. Pensó en Antonio, estaría tratando a la desesperada de localizarla mientras ella meneaba el culo para satisfacer a Iván.
– Me ha dolido, ¿eh? Eres un bestia.
– ¿Continuamos?
– ¿Por qué no? Tendré que ganarte alguna vez.
Repartió las cartas y esta vez sólo le entró una pareja de reyes. Tiró los dos y se quedó con tres que no iban a servirle para nada. De nuevo, Iván venció con un full.
– Sácate las tetas – le ordenó antes de que ella siquiera lamentara la derrota.
– Te estás aprovechando…
– Sácate las putas tetas…
– Vale, perdona – se excusó tras la reprimenda.
Se apartó las blondas hacia un lado y exhibió sus dos enormes tetas de pezones gruesos y erguidos y manchas oscuras.
– Muévelas -. Eli meneó el tórax y los pechos se balancearon levemente chocando entre ellos -. No pares de moverlas.
Agitaba el cuerpo para que los pechos no pararan de moverse. Quería satisfacer las exigencias de quien se estaba convirtiendo en su amante, el hombre por el que nunca pensó que se entregaría tan profundamente. Tenía que hacerlo bien.
– ¿Así?
– Más deprisa.
Agitó más el tórax y las tetas se zarandearon más alocadas. Iván se rascó el bulto y dejó casi todo el glande por fuera de la tira. Eli reparó en el trozo de pene mientras le meneaba las tetas.  Iván se levantó con la copa y se encendió un cigarrillo. Le dio unas caladas y unos tragos sin dejar de observar cómo las movía.
– Tócatelas, vamos…
Eli se las acarició achuchándolas muy despacio con las palmas, subiéndoselas y aplastándolas con sensualidad.
– ¿Así te gusta?
– Chúpatelas.
Se subió las tetas hasta la boca y lamió los pezones de cada una durante al menos un minuto, después las soltó sin que él diera la orden y dejó de tocárselas, como aguardando una nueva imposición. Iván extendió el brazo y le agarró una por un pezón. La zarandeó suavemente y la soltó enseguida para darle una calada al cigarro. Ella aguardó mirándole, con las tetas al aire, ahora en reposo. Después aplastó el cigarrillo en el cenicero y le pellizcó en la barbilla. Posteriormente le soltó unas palmaditas en las mejillas. Ella apartaba la cabeza y entonces le atizaba con el dorso de la mano.
– Anda, échame una copa.
Eli volvió a forrarse los pechos con las blondas del sostén y se dirigió al armario, situación que aprovechó Iván para recrearse con su culo, aún enrojecido por los azotes. Aún deambulaba de pie alrededor de la mesa. Eli le entregó la copa y se sentó, mientras que él continuó de pie.
– ¿Otra partida? ¿Te atreves? – le preguntó Iván.
– Lo que tu quieras.
– ¿Estás bien?
Eli sonrió con un bufido.
– Estoy exhausta. Ha sido muy fuerte.
Le revolvió el cabello con la mano.
– Estás sudando.
– Hace calor – dijo ella.
– Bebe -. Iván le acercó el vaso a la boca para que le diera un trago, pero inclinó el vaso demasiado y algunas gotas de whisky se derramaron por la comisura de sus labios goteando en la carne de los pechos – ¿Te lo estás pasando bien?
– Sí…
No paraba de pasarle la mano por la cara, de pellizcarle las mejillas, de revolverle el cabello. Ella se mantenía inmóvil, erguida en la silla. Iván se inclinó y le estampó un beso en los labios que ella correspondió.
– Seguro que con ese maricón no te lo pasas tan bien.
– Si Antonio se entera a lo que hemos estado jugando…
– No tiene por qué enterarse. Ven, levántate.
Iván soltó el vaso cuando ella se levantó y la abrazó fuerte. Las tetas se aplastaron contra el pecho peludo y, dada la curvatura de la barriga, no llegó a notar su paquete. Sudaba a borbotones. Eli correspondió el abrazo acariciándole la espalda empapada en sudor, hasta las blondas del sostén se habían adherido a la piel al humedecerse. Él le estampaba besitos en el cuello, en las orejas, en los pelos y alguno en los labios. Allí, abrazada a aquel cerdo que también le manoseaba la espalda y la besuqueaba por todos lados, sufrió un débil destello de arrepentimiento que expresó tímidamente.
– Esto no está bien, ¿no?
– Olvídate de ese maricón -. Deslizó las manos hasta las nalgas y se las estrujó con fuerza sin parar de besarla -. Te lo pasas bien conmigo -. Manoseándole el culo, le separó las nalgas abriéndole la raja y dejando visible la fina tira del tanga -. Te has portado muy bien -. Le cerraba y abría el culo con rudos manoseos -. Estás tan buena, mira cómo me has puesto.
Iván le cogió la mano derecha y la condujo hasta el bulto del slip. Con la palma abierta, Eli notó la forma del pene y de los testículos. Iván la dejó con la delicada palma plantada en el paquete y volvió a manosearle las nalgas. Ella pasó suavemente la palma por el bulto, de arriba a abajo, suavemente, repetidas veces, percibiendo la enorme hinchazón de la verga.
– Me has puesto tan caliente – jadeó Iván cerrando los ojos.
Aparte de las caricias por encima de la tela, Eli se atrevió con leves estrujamientos, hundiendo despacio las yemas en aquel volumen. Cuánto había deseado aquel momento. De la vagina le chorreaba un flujo espeso que le empapaba el tanga. Estaba ardiente como una perra en celo, aquel cochino cochambroso la había trastornado. Apenas lograba retener sus impulsos y metió la mano por dentro del slip para palpar el grosor y el tamaño de aquella polla endurecida. Ahora Iván la besaba en la boca a modo de mordiscos, con las lenguas por fuera, baboseándole los labios y la barbilla. Ella le estrujaba los huevos mientras la polla se balanceaba por fuera del slip. La mano izquierda la deslizaba por aquella espalda sudorosa y la fue bajando hasta meterla dentro del slip, donde le acarició aquel culo peludo. Ya no podía aguantar más, el coño le hervía y la emoción la electrizaba.
– ¿Quieres hacerme una paja? – le preguntó él.
– Lo que tú quieras.
Iván le levantó la barbilla.
– Házmela.
Sujetó la polla y comenzó a sacudirla con lentitud, muy suavemente. Él dejó de abrazarla para concentrarse. Ella pudo mirar cómo se la meneaba.
– ¿Te gusta así?
– Tócame los huevos.
Utilizó la mano izquierda para sobárselos al son de los golpes. Aceleró un poco la vibración del brazo, gozando del tacto blando de los huevos, con el coño empapado y la mente desbordada de un placer inaudito.
– ¿Te gusta?
– Vamos a la cama.
Caminaron hasta la habitación sin parar de sacudírsela. Enseguida Iván se expandió boca arriba en la cama con las piernas separadas y ella se arrodilló en medio, sentada sobre sus talones y curvada hacia él. Le bajó unos centímetros el slip y a la desesperada atrapó la verga meneándosela sin descanso. Con la izquierda le acariciaba los muslos de las piernas y la barriga, sin importarle el sudor que brillaba en aquella piel grasienta.
– Sácate las tetas y bájate las bragas.
Con suma obediencia, soltó la verga para ladearse las blondas del sostén y liberar sus dos tetazas. A continuación, se bajó el tanga sin llegar a quitárselo. Iván elevó la cabeza y vio su coñito con un vello perfectamente depilado. Sin pérdida de tiempo, agarró la polla para sacudirla algo más despacio. Con la izquierda continuaba acariciándole los muslos y el vientre.
– Tú dime cómo quieres que te la haga… – le dijo Eli sin parar.
– ¿Quieres chupármela?
– Lo que tú quieras.
– Venga, hazme una mamada.
Eli se curvó al máximo. Sus tetas reposaron contra las rodillas de Iván. Sujetando la verga por la base, se la empezó a mamar. Primeramente, durante unos minutos, movía la cabeza para entrársela y sacársela, deslizando la lengua desde la base hasta los límites del glande, pacientemente, muy despacio, saboreándola, probando la babilla que brotaba de la punta. Después empezó a sacudírsela a la vez que le lamía el glande con la lengua fuera, deslizando la punta en círculos o mordisqueándolo con los labios. Iván jadeaba rabiosamente. Durante unos instantes, pegó la verga al vientre y le chupó los huevos, a base de lengüetazos, ensalivándolos y hundiendo los labios en aquella piel peluda y áspera. Después volvió a mamársela. Qué polla tan grande, apenas le cabía en la boca, apenas podía rodearla con los dedos. En comparación con la cola de su marido, aquélla era embriagadora.
– Me voy a correr – anunció Iván.
Eli se irguió y buscó su mirada. Iván cabeceaba en la almohada muerto de placer. Ella se la sacudía velozmente acariciándole los muslos y la barriga. Algunas babas le colgaban de la comisura de los labios de mamar con tanta ansia.
– ¿Así?
– Sigue, sigue…Ahhhhh….Ahhhh….
Eli se meneó el coño con la mano izquierda. Quería correrse a la vez. Unos segundos más tarde, la polla escupió goterones de semen por todos lados, algunos por la barriga, otros se derramaron en la mano de Eli, también empaparon el vello, varios se deslizaron hacia los huevos y las piernas, incluso muchas gotitas salpicaron las sábanas y la pared. Era un semen muy líquido y blanquinoso.
– Joder, qué mamada – suspiró al tomar aire.
Eli cesó las sacudidas pero no la soltó ni dejó de acariciarle los muslos.
– ¿Te ha gustado?
– Lo haces mejor que una puta. Límpiame.
La verga, algo más fláccida, la depositó sobre el vientre. Después se levantó y con las bragas bajadas y las tetas balanceándose fue hasta su bolso y cogió un paquete de clínex. Regresó al cuarto y volvió a arrodillarse para limpiar los salpicones de leche y secarle la polla. Posteriormente, ella misma le subió el slip. Sentada entre sus piernas, se forró los pechos y se subió el tanga.
– Tendríamos que irnos, Iván. Antonio estará preocupado.
Un rato más tarde montaron en el coche para emprender el regreso a casa. Estaba oscureciendo. Iván conducía.
– No le digas nada a Antonio.
– Que no te preocupes, coño.
– No tenía que haber pasado – lamentó ella algo nerviosa sólo de pensar qué sentiría cuando mirase a su marido a la cara -. Nos hemos calentado con el juego, pero yo a Antonio lo quiero mucho. Yo a Antonio lo quiero mucho.
– Hemos pasado un buen rato, nos hemos divertido, además, sólo me has hecho una mamada – Eli cerró los ojos al recordarlo-. Tampoco pasa nada ¿no? Me cago en la hostia, todas las putas sois iguales – profirió enfurecido.
Eli trató de calmarlo palmeándole en la pierna.
– No te enfades, ya sé que no pasa nada…
Para no levantar sospechas, Eli regresó primero e Iván un rato más tarde. Antonio parecía desesperado cuando la vio entrar, con fantasmas en la cabeza que le atosigaban, pero al verla sola se tranquilizó.
– He ido a descambiar la camisa que compré el otro día y me olvidé el móvil – se excusó ella.
– ¿Y mi primo?
– Ni idea. Salí después que él. No sé dónde ha ido.
Eli no durmió aquella noche ahogada en un mar de placer y arrepentimiento, sensaciones que se mezclaron hasta quitarle el sueño. Había cometido un desliz demasiado grave, se había visto arrastrada por la lujuria dominante que Iván le proporcionaba. Se encontraba al borde de arruinar su felicidad. Debía tratar de rehacerse, debía volver a su vida normal.
CONTINUARÁ.

Autor: Joul Negro.

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Escrito por Marqueze

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