IN SUBMISSION. SESSION III

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Todo empezó como un sueño o mejor dicho, como una pesadilla que con el paso del tiempo se ha convertido en una forma de vida paralela a la realidad y, en ocasiones, en la misma realidad por sí misma.

Recuerdo perfectamente lo que aconteció durante aquellas horas que surgieron de la casualidad. Tenía una reunión de trabajo tras el almuerzo; pero a última hora recibí una llamada cancelándola; así que decidí tomarme la tarde libre, al fin y al cabo era viernes, y volver a casa para sorprender a mi mujer y convencerla, es un decir, de salir a cenar por ahí e ir a ver algún espectáculo. Cuando abrí la puerta de nuestro piso me sorprendió que todo estuviera tan oscuro e inmediatamente pensé que habría salido de compras, por lo que haría tiempo dándome una ducha y reservando una mesa en nuestro restaurante favorito.

Me dirigía hacia nuestro dormitorio, mientras me aflojaba la corbata, cuando empecé a oír unos sonidos tras la puerta, a modo de voces apocadas, murmullos y quejidos. De repente, el corazón me dio un pálpito. Abrí la puerta muy lentamente, con el mayor sigilo del que era capaz, la mano me temblaba, y atisbé hacia el interior del cuarto. Lo que vi me dejó helado. Jamás lo habría imaginado, me resultaba del todo increíble, sin embargo, ahí estaba mi mujer, totalmente desnuda sobre nuestro lecho, con una especie de cinchas cruzándole las nalgas y la cintura, encima de alguien que no podía ver desde mi posición y realizando movimientos pélvicos como si la vida le fuera en ello. Unos muslos, evidentemente de mujer, la tenían presa por las caderas mientras unos brazos gráciles le acariciaban con premura la espalda. Los jadeos y resuellos eran continuos y, al parecer, la mujer que estaba debajo le susurraba en el oído lo que parecían palabras obscenas. Por un instante, estuve a punto de irrumpir gritando, estaba muy furioso, me sentía engañado, traicionado y decididamente confuso. Que me hiciera el salto ya era de por sí una sensación horrible; pero que lo perpetrara con una mujer era una vejación insufrible. No obstante, el movimiento de sus caderas resultaba hipnótico, jamás la había visto tan fogosa, tan ardiente, conmigo al menos. As&iacute de mi vida. Mi miembro se encabritaba con pulsaciones arrebatadoras y podía sentir perfectamente cómo el semen circulaba por su centro hasta acabar expelido a borbotones hacia el suelo. Mis jadeos debieron ser claramente audibles porque cuando abrí los ojos, después de unos instantes de aturdimiento, las dos me observaban desde la cama, con los cuerpos todavía entrelazados.

Yo me sentía ridículo, avergonzado, no consideraba que mi reacción ni mi excitación fueran adecuadas y ello me tenía muy desconcertado. Mi mujer se apoyó en sus brazos y con agilidad se salió de entre las piernas de su amante para acabar de pie, al lado del lecho, mostrando su cuerpo espigado y esbelto, altiva, con un arnés del que sobresalía un ariete francamente grotesco. Su rostro denotaba furia, una irritación cuyo sentido se me escapaba. Con unos cuantos pasos rápidos se acercó. Yo no podía dejar de mirar los pezones extremadamente erectos en el centro de sus pechos más bien escuetos. Cuando estuvo frente a mí, levanté la vista hacia sus ojos, es algo más alta que yo, y pude ver una luz de resolución brillando en ellos. La bofetada me cogió totalmente de improviso. Y me dejó aún más confuso; la segunda en la otra mejilla fue todavía más fuerte.

 ¡¿Qué haces aquí?! ¿No deberías estar trabajado? Su voz era pura cólera.

Yo& tenía una reunión& se canceló& balbuceé como pude, sin comprender cómo era yo el que estaba dando explicaciones en lugar de ella, y cómo ello empezaba a reanimar el picor en mi entrepierna.

 ¿Y eso? ¿Qué es eso? Dijo señalando mi esperma en el suelo. ¿Cómo te has atrevido a ensuciar así el suelo por el que camino?El tono de su voz denotaba ira y yo me había quedado si

n respuestas, sólo pensaba en cómo salir de ahí, sólo deseaba no haberme tomado la tarde libre, no haber visto nada.

 ¡Límpialo! ¡Rápido!Me quedé paralizado. ¡Pretendía que limpiara mi propio semen del suelo! ¿A qué esperas? Vamos. ¡¡Límpialo!!Muy lentamente dirigí mi mano al bolsillo de mi pantalón y saqué el pañuelo. El gesto me sirvió para notar que todavía estaba con la bragueta abierta y mi pene, recogido en sí mismo, sobresalía por ésta.

¡Así no, idiota! Me dijo con desprecio. Siempre he de estar diciéndote cómo hacer las cosas. De rodillas, vamos, de rodillas. A cuatro patas.

Sin explicarme las razones de mi comportamiento, del todo fascinado por la agresividad que estaba demostrando mi mujer, me puse de rodillas y apoyé las palmas de las manos en el suelo. Mientras me inclinaba pude ver como su amante se incorporaba cruzando las piernas y descansando los brazos en las rodillas, con la mirada embelesada por el espectáculo ofrecido. Decididamente era muy bella, exuberante y exótica, con unas facciones difíciles de atribuir a alguna raza en particular al igual que el color de su piel. Gateé hasta donde había saltado el esperma y con el pañuelo que aún llevaba en la mano me dispuse a limpiarlo cuando un pescozón en mi nuca me cogió de improviso.

 ¡Te he dicho que así no! Deja el pañuelo. Usa esa lengua de perro que tienes. ¡Con la lengua, vamos!No podía creer lo que oía, lo que pretendía que hiciera, era una vejación absoluta. Yo amaba a esa mujer y ella parecía detestarme. Me trataba de una forma abominable. Aún así el picor había vuelto, y con mayor intensidad. Incliné mi cabeza hasta prácticamente rozar el pavimento. A mi lado podía ver sus bonitos pies, con su arco perfecto y sus uñas manicuradas. quedando impolutas. Hasta que finalicé. No sabía qué me esperaba; aún así, sí sabía que fuera lo que fuera la parte más oculta de mí ser, quizás la más primitiva, lo deseaba, ya que en ese momento mi erección era más que patente. Vi como otros pies, no tan bonitos como los de mi mujer, ciertamente, se acercaban hasta nosotros.

 ¿Qué vas a hacer con él? Su voz era muy melodiosa, con un acento, diría que extranjero, que no pude localizar.

Ahora que lo sabe, habrá que domarlo. No voy a permitir que lo estropee todo. ¿Me has oído bien, animal? Pero, ¿vale la pena domarlo? Es un cerdo seboso, y mira esa cosita que tiene ahí. Mi clítoris es más gordo que eso.

En su voz había un tono de desprecio absoluto. Odiaba a esa mujer. Por bella que fuera, por voluptuoso que fuera su cuerpo, la odiaba.

Tranquila, para mí no es más que una bestia de carga, y como tal será tratado no podía creer que esa fuera la voz de mi mujer, la que decía esas palabras con tanta brutalidad, como si yo no fuera un ser consciente y racional. Si quieres puedes quedarte. Empezaré hoy mismo, para qué perder más tiempo.

Desde luego, me quedaré. Me encanta participar en la doma de un animal lo dijo divertida, como quien comenta el último chismorreo.

Yo estaba empezando a temblar por la tensión y el miedo que las palabras de ellas me producían. No podía creer que mi mujer pensara en mí como en una bestia. No entendía cómo había conseguido fingir durante todo el tiempo haciéndome sentir amado. Sabía que mi cuerpo no era precisamente perfecto, y que mis talentos de amante no debían de ser los más sofisticados; sin embargo, mi situación actual era un claro indicador de lo muy engañado que había estado. La presión de su pie desapareció  ¡Levántate! Quiero que te desnudez. Sin rastro de pereza ni de vergüenza, los animales no la tienen.

Me levanté con algo de dificultad debido al rato que llevaba de rodillas. Ya de pie me desprendí de la americana y comencé a desabrocharme la camisa con un dejo mecánico en mis gestos. Su amante me miraba directamente a los ojos, con la misma mirada opresiva que ella. Podía ver como su mano acariciaba el vientre y los rizos morenos del pubis de mi mujer, bordeados por las tiras de cuero del arnés, y ésta se dejaba hacer; su mano hacía un bello contraste contra la piel más nívea del abdomen. Ambas observaban mis avances con sumo interés. Mis zapatos cayeron con un sonido sordo y a continuación fueron los pantalones. Sólo q

uedaban los calzoncillos, cuyo elástico ya estaba por debajo del miembro que asomaba semi erecto, y los calcetines.

Cuando estuve desnudo del todo, comenzaron a circunvalarme. Caminaban cogidas de la mano. Dieron varias vueltas a mí alrededor y de tanto en tanto se daban un beso, o casi, jugueteando con sus lenguas, como si lidiaran una liza.

A partir de ahora me perteneces. Soy tu dueña. Tu Ama. ¿Entiendes? No dije nada. Me limité a humillar la cabeza y proteger mis partes con las manos.

Tu obediencia debe ser absoluta. No eres más que un animal al que por su bien hay que educar. ¡Y aparta las manos de tu cosita! Crúzalas tras la nuca. Rápido.

Con la mano cogió mi pene desprotegido, que se había reducido a su mínima expresión, y lo apretó con fuerza. Sentí dolor, aunque era soportable. Luego dirigió la mano a mis testículos, los envolvió con los dedos y los oprimió hasta que empecé a gimotear. Quería pedirle que parara, quería decirle que haría cualquier cosa si paraba; pero no podía art hay en el segundo cajón.

La otra mujer soltó mis pezones con una última presión que me hizo botar levemente y caminó hacia el tocador, ofreciéndome el espectáculo de sus preciosas nalgas, prietas y morenas, mientras caminaba. Luego pude atisbar brevemente su vulva cuando se inclinó para abrir el cajón y rebuscar en él.

 ¿Es preciosa, verdad? Mi mujer hablaba con arrobamiento, como quien comenta la degustación de un plato exquisito. La conocí, hace unos meses, en el solarium del gimnasio y, desde entonces, me pertenece acompañó estas palabras con un nuevo apretón a mi escroto, que me hizo gemir. ¿Qué creías, que estaba contigo por el placer que me dabas? Jamás he alcanzado el orgasmo con esa menudencia tuya. Así que bien pronto aprendí a buscar personas que pudieran satisfacerme; hombres de verdad con pollas de verdad, y auténticas hembras en celo que se desviven por darme un placer que tú ni imaginas.

A pesar del sufrimiento, tanto físico como psicológico, intenté articular algunas palabras, que salieron entrecortadas.

Entonces& ¿Por qué& ¿Por qué sigues& conmigo? Las lágrimas brotaban de mis ojos, enturbiando mi visión.

Porque tú eres mi bestia de carga particular. Trabajas como un auténtico mulo para satisfacer las necesidades de tu mujercita, que soy yo. Y eso es lo que continuarás haciendo, además de unas nuevas obligaciones que te impondré.

Su amante volvió junto a nosotros con lo que parecía un pequeño trasto de metacrilato.

Esto te ayudará a ser más obediente dijo, cogiéndolo con la mano que le quedaba libre; pero, antes de que te lo ponga, tienes que pedírmelo. Vamos, pídeme que te lo ponga.

Yo era incapaz de hacer tal cosa. Si lo hacía sería la humillación definitiva, lo sabía. Mientras, ella mantenía su presa sobre mí y jugueteaba distraída con el objeto.

 ¿A qué esperas? Pídemelo su voz sonaba plácida, tan relajada cómo si me pidiera que le pasara la sal. Sabes que tu destino natural es servirme, ¿no es cierto? Yo callé. ¿No& es& cierto? Repitió, taladrándome con cada palabra. ¡Contesta!Vacilé un instante, intentando repasar todo lo ocurrido. Intentando decidir cuál sería la salida lógica a esta situación tan irracional; sin embargo, al final, tuve que admitirlo, ya que mi deseo por ella y el amor que todavía le profesaba, a pesar de su total desdén por mí, eran muy superiores a mi voluntad.

Sí contesté escuetamente.

Sí, ¿qué? Sí, es cierto.

 ¿Y qué más me tienes que decir?Po& Ponm& Pónmelo.

Mi voz tartamudeaba de forma incontrolable. Ella debía percibir perfectamente la dificultad con que pronunciaba aquellas palabras. Sin embargo, ello no la detuvo a la hora de darme un guantazo brutal con el reverso de la mano que me hizo tambalearme.

Dirígete a mí como te corresponde, animal. Yo quedé desconcertado, y adolorido, hasta que recordé lo que me había dicho hacía unos instantes, así que con la mayor humildad, totalmente derrotado, volví a pedírselo.

Póngamelo,& por favor,& Ama.

Eso está mucho mejor.

Apartó su mano de mis genitales y trasteó un momento con el aparato. Por lo que pude ver, éste se componía de una argolla de unos cuatro centímetros de di&aa

cute;metro, quizás menos, que iba sujeta mediante unas presas a un cilindro hueco acabado en una punta roma. El conjunto se sellaba con un pequeño candado. Abrió el candado con una llavecita, que ya tenía puesta, desmontó la argolla del

Noté un pie sobre mí y vi como los de mi mujer se alejaban hacia el tocador. La oí claramente revolver y después volvió.

Pon los brazos tras la espalda.

Lo hice con premura. Sus manos juntaron mis muñecas y éstas fueron unidas con varias vueltas de lo que debía ser una cinta adhesiva bastante ancha. Ya está, ya puedes quitarle el pie. Ahora el tono de voz amable desapareció y fue reemplazado por uno imperativo sígueme.

Empezó a caminar por el cuarto y yo, de rodillas y con los brazos inmovilizados, hacía todo lo posible por seguir sus tobillos. Al cabo de muy poco estaba agotado y resoplaba por el esfuerzo por lo que me detuve.

Parece que tu animal es incapaz de cumplir una orden tan simple. Habrá que incentivarlo la otra mujer se alejó y en unos segundos estaba de vuelta a mi espalda.

Oí un zumbido y sentí un trallazo sobre mis nalgas. Grité y continué boqueando en tanto el dolor inicial se extinguía, quedando una sensación que quemazón. Un segundo azote revivió el eco del primero. Los siguientes se repartieron entre mis piernas y mi grupa por igual. Debieron de ser como una docena, aunque puede que fueran más.

 ¿Quieres recibir más? Si quieres puedo seguir toda la tarde.

Negué rápidamente con la cabeza.

Pues ya sabes qué hacer, debes seguir a tu Ama como el animalito fiel que eres. ¡Ah!, y ni se te ocurra levantar la cabeza, esa boca debe rozar el suelo que ella pisa. ¿Lo entiendes, verdad? ¿Hasta aquí llegas?Afirme con la cabeza de forma reiterada y posé mis labios en el suelo mientras intentaba mantener la vista fija en los pies de mi mujer. Mis cuartos traseros me dolían de forma insufrible y no deseaba darle a aquella hembra furiosa más razones para continuar su labor.

Mi Ama se puso a caminar y yo la seguí con todas mi voluntad. Mis rodillas se lastimaban con la fricción y mi espalda y mis muslos sufrían la tensión del esfuerzo. Aún así conseguí no despegarme de sus pasos ni cuando salió al pasillo y lo recorrió con presteza, llegó al final y dio la vuelta para volver a la habitación. Cuando se detuvo por fin yo estaba a un metro tras ella, bufando y resoplando. Sus pies se colocaron justo delante de mi rostro y noté como se acuclillaba y su mano acariciaba mi cabello húmedo por el sudor.

Muy bien, lo has hecho muy bien, así, así me gusta, que obedezcas continuaba acariciándome conforme hablaba. Muy bien, así, así,&En aquel instante me sentí dichoso de haberla satisfecho, agradecido de sus caricias y atenciones. Y, sin más, lo comprendí, comprendí que, sin saber la razón primigenia, con aquel simple ejercicio y aquel gesto me había doblegado, me había sometido a su voluntad; sin más, comprendí que le pertenecía, que debía pertenecerle, que necesitaba pertenecerle. Y, reconocido, acerqué mis labios a sus pies y besé reiteradamente los empeines y los deditos, sus dulces, suaves y perfectos deditos, mientras las lágrimas caían por mis mejillas de forma incontrolada.

Lo has hecho bastante bien; pero& mmm… he visto alguna reticencia a obedecer con rapidez, así que deberemos castigarte para que no se te olvide. Ven, sígueme.

Se enderezó y se dirigió hacia el costado más cercano de la cama. Yo fui tras ella ciegamente.

Apoya tu pecho en el colchón.

Me enderecé y me apoyé en el colchón, agradecido del leve descanso que éste me proporcionaba.

Más, un poco más su voz sonaba incluso amable, mientras me cogía de los cabellos de la nuca y tiraba de ellos para que me apoyara hasta la altura del ombligo.

Muy bien, as&iac clítoris que, ciertamente, destacaba como un pequeño pene erecto. Jamás había visto uno semejante, tan desarrollado, y la tentación de chuparlo fue superior a mí. Así que lo introduje en mi boca, apartando los dientes y lo sorbí con constancia, haciendo que mi lengua jugara con él.

Los temblores de aquel cuerpo al que estaba proporcionando semejante placer eran brutales. Podía escuchar cómo la mujer jadeaba, se lamentaba y gruñía, ofrecida del todo a mis caricias bucales, cuando un dolor profundo atravesó mi trasero. Mi Ama

me había azotado aprovechando mi concentración y el golpe había llegado de improviso. En un acto reflejo aparte aún más los dientes de mi presa, temiendo dañarla, y mi boca se abrió para dejar escapar un alarido lastimero.

Tú sigue con lo que hacías dijo mi Ama con autoridad; ya te dije que necesitabas un correctivo y lo vas a recibir.

Volví a cerrar la boca sobre aquel clítoris prodigioso y me esforcé en proporcionarle el máximo deleite, en tanto los azotes se repetían uno tras otro, desde distintos ángulos, convenientemente espaciados entre sí, para que el efecto del siguiente se solapara con el rumor del último. Lo cierto es que llegó un momento en que, de forma inconsciente, mis caderas se acompasaron con la flagelación, siguiendo su ritmo, su cadencia. El padecimiento insufrible se veía aliviado por mi afán constante en satisfacer a la amante de mi Ama, cuyas piernas habían pasado a descansar sobre mis hombros, al tiempo que presionaba todavía más su sexo contra mí, casi asfixiándome con el aroma terriblemente salvaje de su goce. Eran un conjunto de sensaciones feroces, esenciales, que se agolpaban en mi ser haciéndome desear que jamás finalizaran, que se repitieran en un ciclo continuo de paroxismo. Sin embargo, la excitación que había proporcionado a aquella hembra llegó a su cumbre y, al tiempo que sus muslos se cerraban sobre mi cabeza, apresándola en una tenaza férrea, comenzó a sufrir sacudidas vehementes, con una violencia incontenible, cuyos espasmos se transmitían a mi cuerpo del todo exasperado por obtener un placer semejante. Mi pene, preso en su encierro, se comprimía contra éste, imposibilitado de expandirse, lo que me hacía delirar de pura angustia y sufrimiento, al tiempo que los azotes no se detenían, sino que por el contrario, aumentaron su intensidad y fuerza, haciéndome sacudir las caderas, cautivo de un frenesí exasperante. Cuando las piernas me liberaron, el correctivo finalizó, y yo me derrumbé agotado sobre el colchón empapado de sudor y flujos vaginales, con la respiración entrecortada y una sensación de tormento concentrado en mi miembro contenido y en mi trasero inflamado y ardiente.

Los dedos de mi Ama palparon la piel de mis nalgas y su tibieza me proporcionó un alivio momentáneo, que pronto fue sustituido por el más profundo ramalazo de dolor cuando usó su uñas para raspar la superficie castigada. La sensación era pura agonía, y pronto comencé a gruñir y berrear como un animal sacrificado, sumido en un estertor sin límite.

Ahora dijo, sin detener la tortura debes demostrarme tu absoluto sometimiento. ¿Lo harás? Dime, ¿lo harás, por mí?Con tal que sus uñas se detuvieran haría lo que fuera, lo que ella quisiera, y así se lo hice saber, como pude.

Sí,& Ama& ¡Siiiiiiii! Por favor,& Ama& por favor&Bien, no esperaba otra cosa de ti; hasta ahora has sido un animalito muy obediente.

Amor, ve al cuarto de baño y tráeme un frasco de aceite corporal que hay en el armario y un pote de vaselina.

S podrás comprobar enseguida.

Luego desabrochó las correas del arnés y pude ver como se extraía del interior de su vagina el otro extremo del falo embebido en sus fluidos, lo volvió a introducir, dejando escapar un gemido, y reajustó las correas.

Bien, ya ha llegado el momento.

Volvió a colocarse detrás de mí y, al cabo de unos segundos, noté una leve presión en mi esfínter anal. Instintivamente lo apreté y, sin poder controlarlo, empecé a tiritar.

Vaya, está muy prieto, quien lo diría; creo que primero habrá que ablandarlo un poco. No queremos desgarrarte, ¿verdad? Su tono era de chanza. Tendrás que relajarte más si no quieres sufrir dijo, acariciando mis lomos. Cariño, puede que tengas que ayudarlo.

Ella se puso a un lado del lecho y unas manos separaron mis cachas; al poco una lengua empezó a lamer el esfínter. Era una sensación muy relajante, debo admitirlo, y. poco a poco, el músculo fue cediendo hasta que un dedo entró con algo de dificultad en mi recto e inició un vaivén continuo. Cerré los ojos, avergonzado del placer que esta nueva sensación me producía. Pasados unos minutos ya eran dos los dedos que entraban en mi interior. Yo emitía un leve ronroneo de deleite.

Ya está bien dijo mi Ama. Ya se ha relajado lo suficiente.

Abrí los ojos ante s

us palabras y vi como se colocaba otra vez tras de mí. De nuevo, algo se posó en la entrada de mi esfínter y unas manos se agarraron a mi cintura con fuerza. La presión fue aumentando y pronto mi orificio se dilató para dar cabida al lo que debía de ser la punta del falo. Ésta era mucho mayor en diámetro que los dos dedos que me habían introducido y, por tanto, el dolor que me causó fue brutal.

Empecé a aullar e intentar arrastrarme sobre el colchón hacia delante, pero las dos manos en mis caderas me sujetaban impidiéndomelo. Lentamente, como si la mera penetración le causara un profundo placer, aquella tranca entró en mi cuerpo infundiéndome una auténtica agonía. No se detuvo hasta que pude notar su pelvis contra mis nalgas, lo que significaba que estaba totalmente ensartado. Luego, apartó sus manos de mis caderas y percibí cómo se inclinaba sobre mí, posando su cuerpo sobre mi espalda, clavando en ésta sus increíblemente erectos pezones. Podía notar su vientre sobre mis manos ligadas y cómo sus manos acariciaban mis hombros y bajaban hasta mis tetillas, haciéndose con éstas y apretándolas entre sus dedos. Después de unos segundos, sus caderas empezaron a bombear. Primero de forma lenta, pausada, saliendo casi del todo para volver a entrar hasta el fondo. Acompañaba cada acometida con un fuerte pellizco en mis pezones. Para mí era totalmente insoportable; lloraba desconsolado mientras ella proseguía impulsada por su propio placer.

Vamos, esas caderas, quiero sentir como te mueves me dijo, sin que yo supiera en un inicio a qué se refería. Vamos, ¿a qué esperas?, empieza a moverte.

Obedecí. No me quedaban fuerzas para oponerme. Mis caderas iniciaron un movimiento leve, al tiempo que las suyas, seguramente excitada por mi docilidad, aumentaban el ritmo. Sus manos ya no apretaban mis tetillas, sino que se habían agarrado a toda la carne que podían retener, afianzándose así a mi cuerpo.

Mis lágrimas continuaron mojando las sábanas durante todo el tiempo, mientras ella seguía con la monta, entrando y saliendo a un ritmo rabioso, cada vez más y más rápido, cada vez más y más punzante, hasta que, finalmente, sus manos apretaron con una fuerza descomunal y sus caderas d todos. Gracias.

Autor: XEN x23820 ( arroba ) wanadoo.es

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Escrito por Marqueze

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