LA CONSUEGRA DE MARTA.

consuegra marta

por Vanesa L.

En otro viaje, en tren por supuesto, coincidí con una mujer de unos cuarenta y tantos y tras el consabido número de kilómetros en silencio, las consabidas presentaciones y la consabida charla intrascendente llegó a las confidencias. Debo tener algo especial que provoca las confidencias de la gente. Puede ser mi cara bonachona, gris, una cara estudiada para que sea olvidada cuando deje de verme la persona que me mira o tal vez mis gestos tranquilos, mi voz suave y pausada, en fin, lo que quiera que sea provoca ese deseo de confesar los más íntimos pensamientos siempre pensando que no nos volveremos a ver y que es una buena ocasión para aligerar la conciencia.

En realidad, en casi todos mis viajes y son muchos, alguien me cuenta su historia más íntima. Muchos son dramas familiares, otros son historias lamentables pero unos pocos tienen algo gracioso o irónico, que en el fondo, aunque para los actores tiene una gran importancia la historia y con el tiempo, se convierten en anécdotas que al escribirlas me hacen pasar un rato agradable.

Se llamaba, digamos, Marta y estaba casada con Anselmo. Tenían un hijo y una hija estudiando fuera (precisamente volvía de ver a los chicos). La hija tenía un novio estudiando Derecho con tales cualidades que ya trabajaba por horas en uno de los mejores bufetes. El matrimonio estaba en casa solo pero como se querían mucho, la soledad era más llevadera. La cuestión económica la tenían bastante resuelta y aunque podían permitirse pocas cosas, les permitía tener a los hijos estudiando fuera.

El futuro brillante abogado, tenía una madre y un hermano dos años menor que también estudiaba fuera. La madre, Dora, vivía sola, su marido, un albañil reconvertido en promotor y constructor en sociedad con un hermano, era un hombre amable y trabajador. El matrimonio se quería y vivían felices hasta que un día un infarto dejó a Dora en la más absoluta soledad. Cierto que la soledad se mitigaba las vacaciones cuando sus hijos estaban con ella y que tenía el riñón bien cubierto, que se dice. Tenía también un trabajo en la empresa familiar, que funcionaba sin ganancias espectaculares pero con mucha seguridad y buen rendimiento o sea que vivía a lo grande.

Los consuegros se visitaban muy a menudo porque desde el principio del noviazgo tomaron amistad y cuando se quedó sola encontró en Marta, más que una amiga una hermana.

Una tarde estaban en casa de Marta, la conversación, bastante banal, decayó y se hizo un silencio que se fue alargando. Marta preguntó:

– ¿Te ocurre algo?

– ¿Qué más me puede ocurrir? Lo de siempre, echo de menos a Juan. Siempre pienso en él y cuando estoy sola más. Pero lo más terrible es cuando me acuesto, yo sola en aquella cama. Es terrible.

Entonces intervino Anselmo.

– ¿Y no has pensado en casarte? O al menos en conocer a algún hombre que te distraiga.

– De ninguna manera. Yo quiero a Juan y no me imagino con otro hombre, ni siquiera para salir como amigos.

– Entonces y perdona mi curiosidad, ¿cómo solucionas tus necesidades, digamos fisiológicas?

– ¡Anselmo! ¡Eres un bestia!

– No, no, déjale Marta, es una pregunta muy lógica y además de la confianza que tenemos ya hemos hablado de estos temas muchas veces.

– Pero era cuando estábamos los cuatro, ahora no parece muy correcto. ¡Hay, qué tertulias tan divertidas teníamos! Dora soltó un par de lágrimas y Anselmo no perdió el tiempo en devolver la pelota.

– ¡Ves! La has hecho llorar. ¿Quién es más bestia? Marta fue a contestar pero Dora se adelantó.

– ¡Basta! No vayáis a pelearos por una tontería semejante. Te contestaré con otra pregunta. Te quejas que Marta utiliza la cama para dormir y que estás como el del lobo, aúllas cuando te preguntan cuándo fue la última vez que lo hiciste. ¿Cómo lo solucionas tú?

– Pues me aguanto, procuro dormirme enseguida y si no, me levanto y miro el televisor, eso da mucho sueño.

– ¿Pero y cuando estás lo suficientemente desesperado?

– Ya te entiendo. Digamos que recurro a la tecnología manual y tú, a la tecnología digital. ¿No?

– ¡Desde luego no tienes remedio! ¡Pero que pedazo de animal eres!

¡Déjale, mujer! Tiene razón, me acuesto y pienso en Juan, en realidad todo el día pienso en Juan, por eso el trabajo, el gimnasio y todas las actividades. Tú dices que de donde saco fuerzas para la vida que llevo. Pues las saco para no pensar. Cada vez que pienso en él me pongo caliente y salvo que caiga en la cama y me duerma… bueno pues eso, tecnología digital.

– Pues con tu cuerpo no te faltarán hombres, porque vamos estás que quitas el hipo.

– ¡Otra vez diciendo burradas! ¡No hagas caso!

– O sea que mi cuerpo es una mierda. Muchas gracias.

Entonces fue Marta la que se quedó de piedra. Se puso a balbucear sin saber que decir. Dora se echó a reír.

– Vamos, no te lo tomes así. Te he entendido perfectamente. Pero Anselmo tiene algo de razón. Los hombres me miran con deseo, eso lo noto, pero yo sólo pienso en uno.

– Pero mujer, un desahogo de vez en cuando…

– ¿Y tú? También podrías tener un desahogo de vez en cuando.

– ¡Mujer! No es lo mismo, yo no estoy solo y aunque la cosa podía funcionar mejor tampoco es para tanto. Yo no podría hacerle eso a Marta.

La cosa quedó así. Pero unos diez días después Dora se presentó en casa de Marta algo cambiada.

– ¡Pero que guapa estás! ¿Qué te has hecho?

– No mucho. El peinado, el vestido y un cierto cambio de pensar.

– Siéntate y cuenta lo que te ha hecho cambiar.

– He meditado mucho sobre lo que hablamos aquel día y he asumido algunas cosas. Me ha costado pero ya no me siento mal por utilizar los dedos cuando me pongo a tono y también que puedo tener una aventura porque será sólo sexo, nada de sentimientos y así no traiciono a Juan.

– Eso es muy fuerte.

– Pero es real. En primer lugar voy a gustarme yo. Voy a vestir como me de la gana y ahora me apetece vestir provocativa. Me visto para él, a él le gustaría verme así, de modo que por qué no.

– Tampoco provocas mucho. Cierto que se te nota como más segura y en cierto modo como pidiendo guerra, pero hay que fijarse.

– ¡Ya salió el hombre! ¡Qué sabrás tú!

– Pues… No sabré mucho, pero de mujeres… Si no sé yo, no vas a saber tú.

– Bueno es que no voy a salir desnuda el primer día, esto lleva su tiempo.

– ¡Di que sí! Lo primero es gustarte que lo demás vendrá solo.

– El problema es que no encuentro un hombre adecuado. Hay muchos y estoy segura que no tendría dificultad, pero no voy a echarme en los brazos de uno que lo cuente por ahí. La única forma es un hombre casado, pero esto tiene el inconveniente que los hombres casados no están por la labor y los que lo están son de los que hablan. Así que estoy como al principio.

– En eso te doy la razón. A los hombres nos gusta más contarlo que hacerlo, si cabe. Y un hombre fiel no lo va a hacer. Pero tú ponte guapa y si no consigues un hombre, al menos te sientes bien.

La evolución siguió. Cuando cumplió cuarenta y cinco y como regalo de cumpleaños, se quitó grasa donde sobraba y se arregló el pecho, sin silicona, sólo levantar y dar forma, no una forma perfecta sino una forma natural. El resultado es que obtuvo un cuerpo magnífico que hacía las delicias de Juan y que mantenía con sus sesiones diarias de gimnasio.

Por la calle y en el trabajo vestía de forma discreta pero en las reuniones con los amigos usaba una ropa que volvía locos a los hombres. Las amigas al principio se extrañaron un poco pero como no daba pié a que sus maridos pensaran nada raro, acabaron por reconocer que con ese cuerpo hacía bien.

Cuando Marta y Anselmo la visitaban era cuando se ponía más provocativa, pero ellos lo tomaban como un juego que además servía para que estuviera de mejor humor y por tanto se alegraban que su amiga fuera más feliz. En cualquier caso, la ropa tampoco era para asustarse, en televisión se veía más. Marta se quejaba amablemente.

– ¡Si yo tuviera ese cuerpo…!

– Pero mujer, ¿de qué te quejas? Anselmo te quiere y le gustas así. Es cierto que no tienes un cuerpo de modelo, pero estás muy bien. Y tienes de todo abundante.

– Demasiado abundante.

– ¡Tonterías! A Anselmo le gustas así. ¿No es cierto?

– Por supuesto. Me gusta que haya donde coger y que no te claves los huesos. Además tiene de todo bien abundante.

– Estás rellenita. Lo que deberías hacer es endurecerte

un poco. Vente al gimnasio y verás el cambio. Además, se trata de actitud, tienes que ser más positiva y gustarte tú misma.

Lo cierto es que a Marta se le iban los ojos detrás de Dora y al pobre Anselmo también. Y como Marta seguía con sus ganas de dormir tuvo que recurrir con más frecuencia a los trabajos manuales. Lo cierto es que pasaba el tiempo y Dora no encontraba un hombre adecuado, pero su sexualidad iba a mayores. No tenía inconveniente de hablar de ello con sus consuegros ni reconocer que se estaba volviendo una experta en la tecnología digital a la que recurría hasta tres veces al día. Se machacaba en el gimnasio y era una asidua del salón de belleza. Había conseguido una elegancia erótica que traía locos a los hombres y cosa curiosa, las mujeres la admiraban.

Una de las más fervientes admiradoras era Marta. La acompañaba al gimnasio, le pedía consejos sobre como vestirse, peinarse, etc. Marta cambió, no mucho, pero cambió. Se sentía más feliz, deseaba estar con Dora, sentía algo especial cuando la tenía cerca. Pero Anselmo seguía con las manos.

Cierto día Dora le pidió a Anselmo que le arreglara alguna cosa en su casa. Cosa que ya había ocurrido otras veces, Marta tenía algo que hacer y fue solo. El arreglo estuvo en un momento y Dora le pidió que se sentara. Le enseñó alguna ropa.

– Ya sabes que no entiendo de esas cosas, seguro que te están divinas.

– Es que esta ropa es un tanto especial, es muy provocativa, ¿ves? ¿Qué te parece? Mientras le enseñaba las prendas.

– Ya te he dicho, ni idea. Para mí son trapos.

-¡Desde luego cómo sois los hombres! Está bien, te haré un pase de modelos y me das tu opinión, me interesa que sea la tuya y no la de Marta por tu boca. ¡Ah y no te prives si se te ocurre algo fuerte! De vez en cuando nos gusta a las mujeres oír algún disparate.

Se fue al dormitorio y apareció con un vestido ajustado con un escote de vértigo. Se dio unas vueltas y preguntó.

– ¿Qué tal?

– Pues que te voy a decir, fabuloso. Si quieres que te follen antes de dar dos pasos. Ahora que tengo una curiosidad ¿no se saldrán las tetas?

– Eso es lo que quería decir, no has dicho pechos, si hubiera estado Marta hubieras dicho alguna cursilada. Y respecto a tu pregunta, se supone que no, pero ¿quien sabe? Ahí está el morbo, los hombres estarán pendientes a ver si ocurre.

Lució unos cuantos vestidos más con comentarios parecidos y con la consecuencia que Anselmo tenía la lengua cada vez más suelta y estaba más nervioso. Cuando se iba a cambiarse observaba como se tocaba la entrepierna y se movía en el sillón como si no encontrara la postura adecuada. Desde la habitación le dijo:

– Ahora te voy a enseñar lo que me voy a poner en el gimnasio.

Salió con unos leotardos sobre los que había una braguita unida por una tira delante a un mini top que le tapaba lo justo, al darse la vuelta comprobó que era un tanga. En realidad no tenía mucha importancia pues se supone que su misión es sujetar los leotardos.

– Si vas con eso al gimnasio se te salen las tetas al primer movimiento.

– No creo, es como los otros vestidos, se trata del morbo. Mira como no pasa nada.

Hizo un movimiento como de gimnasia y si pasó. Se le salieron las dos. Rápidamente las guardó pero Anselmo estaba que no podía más.

– Creo que se hace un poco tarde, Marta me espera.

– Tonterías. Marta sabe que no te voy a dejar ir sin darte de comer y de beber de modo que no te espera. Sigue sentado que ya queda poco y luego te pondré la merienda. Tendré que solucionar lo del top. En realidad pensaba llevarlo sin leotardos. Ahora te lo enseño.

– ¡Si no hace falta! Me lo imagino.

– Nada de imaginación. Quiero tu opinión real.

Cuando salió Anselmo no sabía como ponerse, se rebulló inquieto. La parte de arriba ya había demostrado su ineficacia para el uso que se suponía y la parte de abajo, iba bien para contener unos leotardos, pero como tanga era un desastre. La tira delantera se metía en la raja y dejaba los labios fuera.

– ¿Qué te parece? ¿No es divino?

– Creo que abajo enseña un poco. Vamos que enseña todo el… pelo.

– ¡Qué cosas tienes! ¿Cómo va a enseñar el pelo si me depilo y tengo el pubis como el de un bebé? ¿Quieres verlo?

– ¡Nooo! ¡Me voy! Se levantó como un rayo,

pero ella fue más rápida y le agarró la mano tirando de él. Quedaron muy juntos. Le susurró:

– ¿Es que no te gusto?

– ¡Demasiado! ¡Perdóname, Marta! Y la besó con furia. Mientras las lenguas luchaban con desesperación sus manos tocaron y estrujaron. Sus dedos acariciaron mientras las manos de ella también acariciaban y comenzaban a desabrochar el pantalón. No pudo terminar, el orgasmo la sorprendió con una violencia extraordinaria. Cuando se repuso un poco se separaron.

– Ven, pequeño.

Y se dirigió al dormitorio. En los escasos cinco metros que había quedó toda la ropa de Anselmo. Dora estaba boca arriba sobre la cama. Nadie sabe en realidad en qué consiste el salto del tigre, pero Anselmo lo hizo a la perfección. Al momento la llenó de leche, pero ella estaba tan caliente que tuvo su segundo orgasmo en cuanto sintió el líquido inundarla. Se quedó uno junto al otro.

– ¿Sabes que llevo varios días provocándote y ni caso? ¡Mira que me ha costado!

– ¿Por qué yo? ¡Me has hecho un desgraciado!

– ¡Muchas gracias! Por los gritos que dabas juraría que era lo contrario.

– No me malinterpretes, ha sido divino y bien que lo necesitaba. Es que tendré que vivir toda mi vida con ese remordimiento y sin poder contarlo a nadie.

– Tienes razón, pero… Míralo de este modo, es una obra de caridad y por otra parte como soy como una hermana para Marta, es como si lo hicieras con ella y con la ventaja que no le causas molestias.

– Visto así… Pero el remordimiento seguirá. Oye, no te dejaré… Ya sabes.

– Tranquilo, no sé si fue culpa del trauma o por la edad pero desde que murió Juan no he vuelto a tener la regla.

Siguieron dando vueltas a lo del remordimiento y al rato Anselmo hizo ademán de levantarse.

– Creo que debo vestirme.

– ¡De eso nada! Un poco más de remordimiento no te va a matar. Voy a hacer algo que he hecho raras veces y sé que os gusta a los hombres, pero como he optado por llevar una vida de puta voy a hacer todo lo que, en el fondo, siempre quise hacer y no me atreví.

Se incorporó y tomando el miembro de Anselmo se puso a lamerlo con mucha suavidad.

– Pierdes el tiempo, rara vez he conseguido echar el segundo y ahora a mi edad…

A su edad se le puso dura al poco rato. Dora siguió chupando y le puso la mano en su raja que él se apresuró a acariciar. Tuvo un bonito orgasmo. Luego se subió sobre él y lo cabalgó hasta tener otro. Pero ahí acabó la cosa, pues la cosa se aflojó.

– Ahora puedes vestirte. Pero antes debes darte una ducha, no vas a ir con ese olor ante Marta, entonces no tendrás remordimiento, tendrás un divorcio.

Se ducharon juntos y fuera debido al agua caliente o a las caricias que Dora le prodigó, la cosa se puso bien y dentro de la bañera la volvió a penetrar por detrás y ¡oh milagro! Después que ella tuviera otros tres el se volvió a correr.

– Volverás.

– Responderé con sinceridad: no.

– No te he preguntado. He hecho una afirmación. Cuando vengas lo haces después de comer, antes que me vaya al gimnasio.

– Te lo he dicho. No.

– Tómate tu tiempo. No es necesario que me llames. De cuatro a siete estaré aquí todos los días.

Anselmo pasó una semana infernal. Dora acompañaba a Marta al salir del gimnasio hasta su casa y la mayoría de las veces cenaba con ellos, hasta alguna noche se quedó a dormir. Como el tiempo estaba un poco fresco, llevaba alguna prenda cubriendo el vestido que naturalmente se quitaba en casa y se dedicaba a mostrarse con lo que Anselmo lo pasaba fatal, sobre todo porque Marta dormía y dormía.

La noche que se quedó fue una verdadera tortura.

– Dora, ponte un camisón mío.

– Gracias, querida, pero desde que me visto como una puta duermo desnuda.

Cuando se acostó y Marta no se apiadó de él, decidió que hecho un cesto hecho ciento y un par de días después se presentó en casa de Dora a la taurina hora de las cinco de la tarde. La corrida fue de dos orejas y rabo con salida a hombros, metafóricamente claro.

Anselmo iba a torear dos veces en semana, a veces tres y Dora al salir del gimnasio iba a su casa, quedándose a cenar casi siempre y a dormir bastantes veces. Los vestidos cada vez eran más reducidos hasta el punto que llevaba un vestido normal puesto y en la bolsa del gimnasio otro que se ponía al llegar a casa. La mayor&iacu

te;a de las veces los escotes no podían sujetar y se le salían guardándolas en seguida, eso sí, muy pudorosamente. A Marta aquello le hacía gracia y hasta le gustaba, quedándose muchas veces contemplando a su amiga. Y como Anselmo no daba muestras de calor por las raciones de vista, Marta estaba encantada.

En el pequeño cambio de Marta apareció vestir de forma provocativa. Para ella, que no podía quitarse el complejo de gorda, aunque no lo estaba, la provocación consistió en ir aumentando el escote cosa que ponía al pobre Anselmo a cien y como la mayoría de las veces se acostaba a dormir, el hombre no tenía más remedio que consolarse con Dora.

Una tarde cuando ya Dora había tenido su primer orgasmo, le dijo:

– La vas a meter por el otro sitio. ¿Lo has hecho alguna vez?

– Nunca, a Marta ni mencionarlo. No sé si seré capaz.

– Yo tampoco lo he hecho, pero una vez tuve que ir al proctólogo y me introdujo el rectoscopio que es más o menos como un pene y entró con mucha facilidad. Te untaré bien de crema y a ver que pasa.

Le untó generosamente de crema y se colocó en posición. Anselmo empujó y en un par de intentos la coló entera. Ella gimió suavemente. El comenzó a moverse y ella a gemir cada vez más fuerte.

– ¡Así! ¡Así! ¡Dame fuerte! ¡Que gusto! ¡Sigue Juan, amor mío! ¡Ah! ¡Sí, Juan, más fuerte! ¡Me corro! ¡Juan, que me corro! Con esa estimulación Anselmo le daba bien fuerte, cuando oyó mencionar a Juan no hizo mucho caso y siguió a lo suyo. Después que Dora se corriera un par de veces él se vino provocándole el tercero.

Ya vestidos le preguntó porqué le había llamado Juan.

– Comprenderás que yo, mentalmente me acuesto con mi Juan, ¡no voy a ponerle los cuernos! Espero que no te moleste.

– ¡No mujer, cómo me va a molestar! Yo sólo soy un instrumento para que calmes los nervios, no podría obtener placer de todo esto. Si obtuviera placer estaría engañando a Marta y tú sabes que para mí no hay otra.

– Ha estado bien, pero no me puedo mover. ¡Me has puesto el culo como un bebedero de patos! En fin me pasaré la tarde acostada.

– Si necesitas ayuda me quedo. No hay problema.

– ¡No seas tonto! Sólo tengo alguna dificultad para moverme. Con no ir al gimnasio vale.

Cuando le despidió volvió al salón y llamó a Marta.

– Oye cielo, he debido hacer algún movimiento raro y tengo molestias al andar así que tendrás que ir solita al gimnasio.

– ¿Pero que me dices? ¡Voy para allá a cuidarte!

– Pero si no es nada. ¡Ni se te ocurra venir! Hasta me vendrá bien una tarde en casa.

En este tono siguió la conversación y cuando colgó creía que la había convencido, por eso se llevó una sorpresa cuando al abrir la puerta la encontró frente a ella.

Marta pasó y le estampó un par de besos.

– ¡Cuéntame lo que te pasa! ¿Dónde te duele?

– ¡Eres imposible! ¡Mira que venir! Me duele en el culo ¿Estás contenta?

– ¡No te pongas así! Ya sabes que te quiero y que me preocupan tus cosas.

Dora la abrazó muy cariñosa.

– Y yo te lo agradezco y como yo también te quiero, no me gusta que hayas preocupado y hayas venido de tu casa para una tontería. Pero ya que estás aquí merendaremos juntas. Por cierto, ese vestido te sienta de maravilla. Tiene un toque de erotismo divino.

– ¿Te gusta? ¿Y tú que hacías?

– Pues la verdad es que estaba acostada en el sofá y he tenido que apagar el televisor del aburrimiento y estaba haciéndome unos deditos cuando has llegado.

– ¿Unos deditos?

– Si mujer, me estaba metiendo los dedos en la raja. Ya sabes que a falta de otra cosa… Si quieres lo hacemos entre las dos.

– Pe… Pero…

Marta se había puesto roja y no sabía que decir. Dora trató de arreglar la situación.

– ¡Tranquila! No te voy a obligar. Ni siquiera voy a continuar en tu presencia. Es que me ha salido así. Ya que estoy por experimentar todo lo relacionado con el sexo se me ha ocurrido ver que siente una mujer cuando lo hace con otra. Pero ha sido una tontería. ¡Perdona! Pero al verte ese vestido…

– Nada que perdonar. Hay confianza para eso. He reaccionado así porque nunca me lo había planteado y me ha pillado de sorpresa.

– ¿Nunca has tenido fantasías de hacerlo con otra mujer?

– Claro, pero son sólo

fantasías. Es la primera vez que hay una posibilidad real. Porque tú lo has dicho en serio ¿o no?

– Lo he dicho totalmente en serio. Es cierto que se me ha ocurrido en ese instante, pero era en serio. Lo contrario sería un golpe bajo. Si quisiera satisfacer mi morbo, te lo preguntaría directamente. Y te lo vuelvo a preguntar, totalmente en serio, ¿quieres que lo hagamos entre las dos? Mira, – y se levantó la falda- No sólo no llevo bragas, sino que aún está húmedo – se metió el dedo, sacándolo mojado- Mira, mira.

Cuando Marta vio como se metía el dedo, con un movimiento que le pareció muy sensual, se pasó la lengua por los labios y su pulso se aceleró, con voz no muy segura dijo:

– No sé, es todo tan repentino, lo planteas de una forma…

– Bien. Tómate tu tiempo. Cuando lleguemos al salón me contestas.

Y echó a andar por el pasillo. Marta contemplo el movimiento de las caderas, los muslos apenas tapados por la faldita que hacía un delicioso vaivén y cuando movió el pié ya había decidido que lo haría. Llevaba demasiado tiempo imaginando lo que ahora se le ofrecía como para desperdiciar la ocasión, que no se volvería a presentar. Ella quería salir de dudas, sus fantasías con Dora ¿correspondían a una realidad o era una alucinación producida por la actitud desenfadada de ella? Es decir, ¿cuando estuviera con Dora se cumplirían sus expectativas o se daría cuenta que su sexualidad no iba por ese camino? Cuando llegó al salón, quedó frente a la otra.

– De acuerdo. ¡Hagámoslo!

– Quiero que te quede muy claro que llegaremos donde tú quieras. En cualquier momento puedes decir basta y se acabó. Como tampoco sé hasta donde puedo llegar, me reservo el derecho a decir basta.

– De acuerdo. ¿Cómo se comienza?

– Así, por ejemplo.

Dora acercó su mano hasta el muslo de Marta y con mucha suavidad la fue subiendo hasta tocar las bragas, luego con un dedo las apartó introduciendo otro bastante profundo. Un leve gemido y la enorme humedad que encontró le hicieron sospechar que las cosas no eran como ella creía, que las fantasías lésbicas de su consuegra eran más que fantasías y que ella era una parte importante en el asunto. Cuando la mano de Marta acarició su sexo, llegó a la conclusión que definitivamente la otra llevaría la iniciativa.

En un intento por ser la guía, se apartó y apoyando las manos en los hombros de su amiga las deslizó arrastrando el vestido, que debido al inmenso escote, se fue bajando sin dificultad hasta colgar de la cintura. Un sujetador negro que casi dejaba libres los pezones, siguió el mismo camino. Entonces muy lentamente sus dedos rozaron la piel provocando que todos los vellos se erizaran, cuando llegaron a los pezones los encontraron extremadamente duros. Luego corrió la cremallera de la cintura y el vaporoso vestido, con un poco de ayuda, acabó en el suelo. Se apartó un poco para contemplar su obra. Ya la había visto desnuda, pero ahora era distinto. La cara, de facciones agradables, mostraba una expresión de éxtasis, con los ojos cerrados y la boca entreabierta emitiendo inaudibles gemidos, el cuello, el pecho, grande, bastante caído, pero fascinante con los pezones sobresaliendo, el vientre, las caderas, su pubis cubierto de peno largo y negro, sus poderosas caderas sobre sus no menos poderosos muslos…

Las manos de Marta la sacaron de su éxtasis contemplativo cuando repitieron lo que un momento antes había hecho. Las manos deslizaron sobre los hombros y el vestido, al ser de cintura amplia, cayó al suelo con suma facilidad. Entonces fue ella la que contempló, pero no mucho, su boca se abalanzó sobre un pecho con avidez, chupó, mordió… Mientras sus manos recorrían todo el cuerpo como reconociéndolo. Dora también le acarició el cuerpo mientras gemía por las sensaciones que estaba percibiendo. Luego la boca de Marta buscó la suya y sus lenguas iniciaron un feroz combate que las hizo apartarse jadeantes.

Marta empujó a Dora sobre el sofá y con su boca la recorrió entera, cuando su lengua se introdujo en su depilado sexo, explotó en el primero de los muchos orgasmos que tendría esa tarde. No recibió respiro, cuando estaba saliendo del trance, recibió un nuevo ataque con la lengua, esta vez sobre el clítoris con lo que volvió al éxtasis y una tercera vez cuando, mientras la lengua continuaba en el mismo lugar, los dedos en

traban y salían de su inundada vagina. Entonces Marta se desplomó sobre su pecho gimiendo. Esto le sirvió para intentar tomar la iniciativa, consiguió levantarse y arrastrarla hasta la cama, pero eso fue todo, otra vez volvió a peder la acción y tuvo que resignarse a ser un juguete en las manos y la boca de la otra. Después de mucho tiempo, Marta le ofreció su sexo para que lo chupara, pero ella fue incapaz de nada, entonces reposaron abrazadas hasta que el teléfono las despertó.

– ¿Si? Está aquí, se empeño en venir a cuidarme cuando le dije que no iría al gimnasio porque tenía unas pequeñas molestias. Que viene a recogerte. Anselmo, dice que no te molestes que ya se va ella. … De acuerdo. Adiós. Que viene a recogerte y que os dé de cenar por la molestia.

– ¡Mierda! Como se huela algo me mata. Mientras me ducho arregla un poco el desorden y luego te duchas.

Cuando volvieron a su casa Marta, que se había quedado a medias, consoló a su marido y como este ya había hecho una faena la cosa duró y duró de forma que él no salía de su asombro por la forma de disfrutar de su mujer y ella alucinaba por lo que duraba aquello.

Así pasaban los días, cuando Anselmo no visitaba a Dora, esta venía a su casa aprovechando su paseo, paseo que si al principio hacía como obligación ahora lo hacía con verdadero gusto, pero esa noche él tenía que cumplir con Marta, lo que ocasionaba que las visitas a su consuegra fueran placenteras para ella, que quedaba bien servida por todos sus agujeros y frustrantes para él que no quedaba satisfecho. Esto provocó que las visitas de él se espaciaran más y como consecuencia las de la otra se hicieran más frecuentes, entrando en un círculo vicioso, pues cuanto menos iba él, mas venía ella y más tenía que cumplir por la noche con lo que menos ganas de ir.

Una tarde, en su deambular sin rumbo, se dio cuenta que se encontraba cerca de su casa mucho antes de tiempo, que era cuando ellas se habían ido al gimnasio, como iniciar otro circuito le resultó una idea tediosa decidió volver y participar en la conversación de las dos mujeres. Entró en la casa, como siempre, más o menos en silencio y al llegar al salón oyó unos gemidos que provenían del dormitorio, se acercó y encendió la luz. Unos segundos después Marta sacó la cara de entre las piernas de Dora y dijo aquello de "no es lo que tú piensas"

– ¿Y tú que coño crees que estoy pensando?

– Pues que soy una guarra por estar con una mujer, pero todo tiene su explicación…

– No es necesario que expliques. Debo reconocer que has acertado… En parte. Es cierto que pienso que eres una guarra, pero no por acostarte con Dora, que ahora que lo contemplo pienso que debía haberlo sospechado, es por otra cosa.

– ¿Entonces no te importa que sea lesbiana?

– De eso hablaremos luego, con tranquilidad, sin tensiones.

– ¿Entonces si no te importa que sea lesbiana, porqué me llamas guarra?

– Eres una guarra porque no te importa comerle el coño a Dora y en cambio te daba mucho asco chapármela, no ya que me corriera en tu boca, sólo chuparla. Pero me alegro que ya no te den asco esas cosas. Dora, ¿serías tan amable de desnudarme con mucho mimo? Y en un momento Dora, que ya tenía práctica, le dejó sin ropa de cintura para arriba, momento en le dio un beso largo, largo con frotamiento de pechos. Marta miraba con cierto mosqueo la facilidad con que su consuegra, por puta que dijera que era, le metía la lengua a su marido por mucho cariño y confianza que se tuvieran. Cuando se separaron, le bajó el resto de la ropa con igual rapidez y se inclinó para continuar con los besos sobre el objeto del deseo que mostraba casi todo su esplendor.

– No. Tú no. Eso corresponde a una buena esposa.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que me hagas una mamada en toda regla, hasta que me corra en tu boca y ni se te ocurra dejar escapar una gota; te lo tragas todo, pero todo, todo.

– Pero eso… no sé si podré.

– ¡Podrás! Por la cuenta que te tiene.

Y pudo, al principio un tanto torpe, pero con unos tironcitos del pelo todo fue sobre ruedas. Luego le ayudó Dora y entre lamida y lamida, se besaban.

– Dora, querida, esta primera, quiero que la haga ella sola, hay otras muchas cosas que puedes hacer mientras.

Entonces se puso a comerle el sexo a la mamadora. Anselmo estaba boca arriba con la espalda sobre el cabecero de la

cama y Marta entre sus piernas, entonces dora se puso debajo de ella como en un sesenta y nueve, solo que en lugar de su sexo fuera comido, lo frotaba sobre los testículos y la base del pene de Anselmo, y ella le hacía una mamada a Marta. Aquella situación duró bastante, pues Anselmo había cumplido la noche anterior pero como el que persevera lo consigue, Marta, después de incontables orgasmos producidos por la lengua voraz, se tragó una aceptable cantidad de leche. Pero quiso tomase una pequeña revancha. Sin terminar de tragar se acercó y le dio un beso bien largo a su marido.

– Realmente ahora comprendo lo que me he perdido estos años y a ti ¿te ha gustado? Anselmo aguantó el tipo y sin perder la sonrisa contestó:

– Delicioso. Como bien dices, lástima de tiempo perdido, pero reconoce que ha sido por tu culpa. Como no podemos recuperar lo perdido intentemos que no se vuelva a perder nada. Lámela hasta que quede totalmente limpia, no podemos perder nada, ¿verdad? Cuando estuvo bien limpia reposaron un rato. Luego todos fueron por turno al baño. Cuando volvió Anselmo dejó algo bajo la cama, Marta no le dio importancia. Al poco él dijo:

– Creo que va siendo hora de otra ronda.

– No creo que puedas, te corriste anoche y no sé como has podido ahora, otra vez me parece imposible.

– Hay que intentarlo, como has dicho antes no estamos en edad de perder el tiempo.

– Pero si eso está que ni se ve. ¿Cómo piensas enderezarla?

– Elemental, querida. Tu boca, que es maravillosa, se ocupará de tal cosa.

– No entiendo…

– ¡Joder! Pareces tonta. ¡Que te pongas a chupársela, coño! ¡Mira como lo hago yo y aprende! Se pusieron las dos. Al poco, Dora se las apañó para quedar en posición sesenta y nueve con lo que obtuvo un par de orgasmos magníficos, porque hubo mucho tiempo. Cuando Marta se percató del asunto la apartó y se puso ella. Cuando sus pechos frotaron sobre el vientre de Anselmo reaccionó y alcanzó el tamaño adecuado, afortunadamente para Marta la lengua de él había trabajado bien, demasiado bien pensaba, pues le había lamido bien su sexo e incluso el ano, cosa que no entendía pero le gustaba. Entonces se corrió abundante en la boca de él y otra sorpresa, en lugar de tragar, como le había dicho tantas veces cuando no le permitía meter la lengua allí, lo trasportaba hasta su ano y allí lo introducía, primero con la lengua y luego con un dedo.

De pronto él empujó y deshizo el montón de cuerpos. Tomó lo que había bajo la cama, que era un tarro de crema y se embadurnó generosamente. Ella gritó.

– ¡Eso no!

– ¡Eso si! Y la colocó en posición. Sin más miramientos la ensartó con fuerza. Gritó. Pero al poco se relajó y comenzó a disfrutar, sobre todo cuando Dora se colocó debajo y metió su legua hasta el fondo, ella correspondió metiéndole la suya. De esa forma alcanzaron otros dos momentos sublimes y no alcanzaron más porque el poder de Anselmo se terminó.

– Ahora estamos los tres en la gloria. La mayoría de las veces no vamos al gimnasio. ¿Para qué? Con tanto ejercicio he perdido bastantes kilos.

– Una curiosidad ¿Qué pensaba hacer si no colaborabas?

– ¿Ah, eso? Le pregunté después, cuando nos dimos todas las explicaciones y me enteré de lo que hacían a mis espaldas. Me dijo que pensaba irse a vivir con Dora. ¡El muy sinvergüenza! Ante mi risa continuó.

– El tío es el que mejor vive. Está como en dos lunas de miel. Lo cuidamos como el objeto precioso que es, le damos sus descansos, que aprovechamos nosotras, claro y funciona como un reloj.

– ¿Y vuestros hijos?

– Cuando vienen descansamos, que también nos hace falta. Y por ejemplo, ahora que he venido yo a verles, Anselmo se consuela con Dora. Y para el verano ya veremos.

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Tras la publicación de mi anterior relato he recibido muchos mensajes, hasta el punto de saturar la cuenta de correo. A todas y todos quiero darles las gracias. Me hizo mucha ilusión encontrar remitentes conocidos por haber disfrutado de sus relatos. Pero…

Para mí, la informática es algo misterioso, sólo sé hacer cuatro cosas rutinarias. Cuando intenté abrir los mensajes me encontré con esa página que sale cuando no se encuentra algo en la red. No voy a abrumar con mis infructuosos intentos, el resultado es todos los mensajes deben estar en algú

n inaccesible lugar del ciberespacio, porque la cuenta está vacía.

Si observé que todos eran de unos 130 K y muchos con títulos en inglés. Teniendo en cuenta que este relato tiene 10 páginas y ocupa unos 95 K no tengo ni idea qué se puede decir en 130 K.

Agradecería, mensajes breves de 2 o 3 K, que es lo que solía recibir y nunca tuve problemas, por otra parte, sería prácticamente imposible saturar la cuenta de correo. Los que consiga abrir prometo contestarlos. Y mientras os deseo un feliz y literario año.

Vanesa.

Autor: Vanesa

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Escrito por Marqueze

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