Me follé al mejor amigo de mi novio

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Al principio de salir con mi novio Luis empecé a oírle hablar de su amigo Nacho. En los primeros meses de relación no le di mucha importancia y me imaginé que el respeto y admiración con el que le trataba debía ser por un lado al aprecio que le tenía, y por otro a la añoranza de estar ahora más conmigo que con él.

 

Casualidades de la vida, no le conocí en persona hasta pasado un tiempo, en el cumpleaños de otro amigo de mi novio. Nos dimos dos besos, y me dijo que ya tenía ganas de conocerme tras todo lo que le había contado Luis de mí. “¿Qué te ha contado?”, le dije enarcando una ceja, a lo que respondió con bromas.

Me calló bien al instante. Su novia, una rubia pechugona bastante maquillada no se apartaba de él y hablaba más bien poco.

Según transcurría la velada, empecé a calar a Nacho. Seguía cayéndome bien, aunque detecté un cierto aire de prepotencia que me irritaba en pequeñas dosis: la forma de mirar a la gente cuando le hablaba abriendo los ojos lentamente como si tuviera que escuchar un ruego, la forma lenta de expresarse como si fuera el único con tiempo para hablar, sus gestos faciales, innecesarios, etc… No le dije nada a mi novio para evitar una disputa, visto lo que admiraba a aquel chico.

 

Después de aquella fiesta, las cosas empezaron a cambiar entre Luis y yo. Él empezó a pasar más tiempo con Nacho, y no nos veíamos tanto tiempo como antes. Las pequeñas punzadas que me transmitió su amigo con su carácter altivo sumadas a las historias que me estaba montando en mi cabeza se tradujeron en que le cogiera manía. La manía, tras unas cuantas discusiones con Luis se transformó en envidia al ver que no podía hacer nada para que las cosas fueran como antes entre nosotros.

Desconozco si a ella le debió de pasar lo mismo que a mí, pero la novia de Nacho, aquella rubia exuberante, cortó con él. Le pregunté los motivos a mi novio y él me dijo un simple: “ya sabes cómo es Nacho”. “No, no lo sé”, le dije. “Bueno…, pues un poco golfo con las mujeres. En otros tiempos le llamábamos Dinio”.

 

El saber que Nacho estaba ahora soltero me provocó una doble sensación. Por una parte me dio miedo la influencia que esto pudiera causar en Luis. Por otra parte, el saber que aquel a quien en otra época llamaban “Dinio” estuviera acechando a otras chicas, despertó en mí algo extraño. No supe qué era hasta que nos encontramos una noche por casualidad.

Yo iba con mis amigas de marcha, y le vi en la barra hablando con una chica. Al principio no parecían más que amigos, pero el lenguaje corporal de él indicaba otra cosa. Le hablaba acercándose cada vez más a ella, y siempre que podía aprovechaba para rozarla o ponerle una mano encima. Aquel chico era todo un seductor. En un momento dado, la chica se fue al baño. Nacho estaba solo, y me acerqué a saludarle.

Se sorprendió al verme, y a mí me sorprendió su descaro de nada más darme el verso, mirarme de arriba abajo sonriente. ¿Lo haría por su instinto de cazador, o realmente le había llamado la atención? Noté que la cara se me calentaba. Debía estar poniéndome roja. Aquella noche iba vestida con un sencillo vestidito de tirantes blancos. Si bien era escotado, mi poco pecho no resaltaba grandes montañas, aunque la prenda me quedaba como un guante debido a mi delgadez.

Hablamos de tonterías hasta que su “amiga” volvió. Me presentó como la novia de su mejor amigo. Aproveché la mínima oportunidad para irme y dejarles solos.

 

Aquella noche no pude quitarme de la cabeza a Nacho. ¿Habría aplicado sus dotes de ligón conmigo? ¿Tendría tanta cara dura para hacerlo aunque fuera la novia de su amigo?

No sé si fue por el alcohol, o quizás por algo más, pero cuando llegué de madrugada a casa, me desnudé y tras meterme en la cama empecé a besar y meter a mano a Luis. Confundido, no dejó pasar la oportunidad e hicimos el amor rápido pero con pasión.

 

Unas semanas después volví a coincidir con Nacho. Esta vez fue en una cena con mi novio y más amigos. A sabiendas de que él iba a estar allí, me vestí con una minifalda negra y un top ajustado. Esta vez me puse un sujetador push-up con relleno para marcar un buen canalillo. Mi novio intentó meterme varias veces mano antes de ir a la cena y le frené diciéndole que si se portaba bien, al volver habría premio.

La cena transcurrió sin percances, aunque me di cuenta como Nacho me dedicaba miradas furtivas más de una vez. Cuando hablábamos directamente, aprovechaba estar sentado frente a mí, un sitio a la derecha, para mirarme descaradamente el escote y sonreírme.

En un momento dado en el que Luis se fue al baño, me quedé absorta en mis pensamientos, rotos por la voz de Nacho.

–          No me quitas ojo de encima, ¿eh? – Salí de mi aturdimiento y le miré con rabia.

–          ¡Ya te gustaría!

Él se rio, y tras mirarme el escote, sacó morritos mirándome con cara de niño bueno.

“¡Engreído!”, pensé.

 

Aquella noche, al llegar a casa, cumplí con mi promesa. Mi novio estaba muy cachondo y tenía muchas ganas de hacerlo. No habían pasado ni diez minutos desde que cerramos la puerta y yo ya me encontraba con las piernas abiertas y con Luis sobre mí. No me había dado tiempo más que a quitarme el tanga y que él se pusiera un condón. Mi novio estaba empujando sobre mí apoyando todo el peso de su cuerpo. Yo miraba el techo gimiendo mientras que mi chico se entregaba a su pasión. Estaba disfrutando, pero no pude evitar pensar en Nacho. La imagen de su rostro sonriente con autosuficiencia y bien afeitado vino a mi mente. Inconscientemente apreté las nalgas de Luis con mis talones. Notaba el sexo de Luis hundiéndose profundamente mientras me imaginaba a Nacho en aquella situación. Mis gemidos aumentaron de ritmo, y aquello debió de ser demasiado para mi novio, que terminó corriéndose.

Se dejó caer hacia un lado, y yo, aún con las piernas abiertas, me masturbé con una mano hasta alcanzar el orgasmo.

 

 

Durante toda la semana siguiente no pude dejar de pensar en lo que había ocurrido, y cómo pensar en Nacho me había excitado especialmente. ¿Cómo era posible? Aquel chico me daba rabia y me estaba apartando de mi novio pero sin embargo… Me estaba atrayendo cada vez más. Era una ironía.

 

 

El viernes de aquella semana me lo pedí libre en el trabajo para hacer una serie de papeleos que me llevarían toda la mañana. Mientras hacía la comida, me llamó Luis. Hablamos sobre  qué nos había ido el día hasta que me avisó sobre algo que había decidido unilateralmente.

–          Esta mañana he hablado con Nacho y le he contado sobre el problema que tenemos con el termo del agua.

–          ¿Qué te ha dicho? ¿Habrá que cambiarlo por uno nuevo?

–          Quizás no. Me ha dicho que pueden ser muchas cosas, desde la pila, hasta que la ducha tenga una obstrucción de cal.

–          Ufff, menos mal.

–          Me ha dicho que esta tarde se pasará por casa para echarle un vistazo. ¿Te parece bien?

–          ¿A qué hora?

–          No me ha especificado. Pero bueno, es igual, no me esperéis. Que lo mire, que nos podemos ahorrar una pasta.

–          Vale, le esperaré. Si llega antes que tú, te avisaré.

Nos despedimos, e inmediatamente un nerviosismo me punzó el estómago como si me hubiera quedado sin aire. ¿Por qué me comportaba como una adolescente? Sólo se trataba del amigo de mi novio que venía a mirar el termo.

Me duché y comí, apenas debido a los nervios.

Eran las 15:15 y estaba limpiando los cacharros cuando el sonido del interfono me sobresaltó y me hizo tirar un tenedor al suelo del susto. Pregunté quién era, pero se ve que la puerta debía de estar abierta, porque oí como se cerraba sin que nadie respondiera.

De prisa, me sequé las manos, y me quité el delantal de cocina justo cuando el timbre de la entrada repicaba en un chirrido prolongado.

Fui corriendo hasta la entrada y sin mirar por la mirilla abrí la puerta. Allí estaba Nacho, vestido con un mono y con una caja de herramientas en la mano. Me chocó verle vestido de esa guisa, ya que su siempre altiva fachada contrataba con aquel equipamiento de fontanero. Aunque bien visto, siempre se decía que los fontaneros eran pudientes económicamente.

–          ¿Te ha avisado Luis? ¿Puedo pasar? – me dijo con una ancha sonrisa blanca inmaculada.

–          Claro. Ven.

Mientras le guiaba hasta el termo me di cuenta de que a él también le debía de haber causado impresión. Siempre me había visto arreglada, pero en aquella ocasión, iba cómodamente vestida de andar por casa con una camiseta y un pantalón de chándal.

 

Nacho quitó la tapa del termo y tras hacer algunas comprobaciones, me dijo que aquí parecía estar todo bien y si podía ir a ver la ducha.

Le conduje hasta el cuarto de baño y pudo comprobar cómo el agua tardaba en salir caliente, y que más bien era tibia.

–          Ahora verás.

Desenroscó el cabezal de la ducha, y para mi sorpresa, estaba lleno de algo parecido a tierra. Tras limpiarlo bien, lo volvió a colocar y el agua, no sólo salió casi hirviendo de inmediato, sino que salía a bastante presión.

La ilusión me hizo gritar de alegría y darle un fugaz abrazo. Él se rio y me dijo que habíamos tenido suerte.

–          Qué guay. ¡Qué ganas de ducharme!

–          Si quieres me espero para asegurarme que no vuelve a fallar… – me dijo guiñándome un ojo.

–          ¡Qué listo! Je, je, je. Mejor lo haré luego… – le dije sonriéndole con coquetería.

–          Tú te lo pierdes – respondió con falsa indiferencia.

Aquel último comentario, en lugar de picarme, me hizo imaginarme la situación y me puso nerviosa. Como escapatoria a aquellos pensamientos invité a Nacho a tomarse una cerveza, que se la había ganado.

Me esperó en el comedor pacientemente hasta que le traje la cerveza.

–          ¿No tienes algo para picar? – me dijo descaradamente.

–          ¡Ja! ¡Vaya morro!

–          Yo lo digo para que no me siente mal la cerveza.

–          Bueno, si es eso, voy a mirar.

 

No sé qué me pasó por la mente en aquel momento, pero en lugar de ir a la cocina, me fui al dormitorio y me cambié de ropa. Al regresar al comedor, Nacho no se impresionó tanto como yo esperaba. Levantó una ceja, sonrió y me miró de arriba abajo.

 

Mi delgada figura cubría su desnudez sólo con un tanga blanco, un sujetador blanco de encaje que se dejaba entrever por un fino top, también blanco, de tirantes. Mi larga melena morena caía sobre uno de mis hombros mientras que miraba sonriente a Nacho apoyando la mano en una silla del comedor.

–          ¿No te has olvidado del aperitivo? – me dijo indiferente. Aquello me irritó.

Me acerqué a él y me di la vuelta para que pudiera ver mi culito redondo enclaustrado en un tanga. Noté su mirada clavada en mí. Me apoyé en la misma silla del comedor de antes dejando mi culo en pompa. Acaricié una de mis nalgas provocativa para voltear de nuevo y sentarme en la silla mirándole a los ojos. Mordí mis labios y pude ver cómo le tenía cautivado; con la boca abierta. ¿Dónde estaba su chulería ahora?

Me toqué los hombros con la punta de los pulgares para a continuación, ir bajando y sopesar mis pequeños y firmes pechos. Los junté, y sin mirarle, me bajé un tirante hasta dejar al descubierto un lado del sujetador. Bajé el otro tirante, y decidida me quité el top, quedándome en sujetador. Volví a arrejuntar mis pechos, y la prenda íntima se subió lo suficiente como para enseñar la parte inferior de mis pechitos. Saqué mis pequeños y rosados pezones y los apreté con la punta de los dedos. Si aquello no le hacía reaccionar, poco lo haría. Le sonreí, y le tiré el top a la cara. Lo cogió al vuelo y se rio. Siguiendo mi provocación, me senté de rodillas en la silla ofreciéndole una vista cercana de mi culo y tanga.

 

No le vi, pero le sentí. Nacho colocó sus manos sobre mi culo y besó la línea por encima del tanga. Agarró la prenda, y la fue bajando lentamente hasta llegar a mis rodillas. Maniobré con las piernas para que pudiera retirármelo. El chico siguió el procedimiento con mi sujetador. Era muy excitante sentir sus anchas manos sin verle. Me abrazó desde atrás y besó mi nuca como si fueran mis labios. Liberó por fin mi sujetador, y sus manos ascendieron desde mi cintura hasta la parte inferior de mis senos. Los juntó entre sus manos haciendo que mis pezones se filtraran entre sus dedos.

Me cogió de los hombros e hizo que me girara hacia él. Sus labios encontraron los míos rápidamente. Tenía la lengua cálida y sabor a cerveza. Nos pusimos de pies y seguimos morreándonos. Cualquier vecino podría vernos a plena luz del día y con las cortinas corridas. Le puse la mano sobre el pantalón y pronto encontré el enorme bulto de su paquete.

Riéndose se sentó en la silla, y no dispuesta a dejarle marchar, me encaramé sobre él.

Me lancé a sus labios y él me abrazó. Yo subía y bajaba restregándome contra su paquete mientras que sus manos acariciaban mi espalda hasta llegar a mis nalgas.

 

Le quité la parte de arriba del mono de fontanero dejando a la vista su pecho imberbe. Lo acaricié y noté su firmeza bajo las manos. Mis pezones rozaban contra su pecho y mis labios inferiores manchaban su pantalón allí donde me restregaba.

 

Tremendamente excitada, me levanté y me puse en cuclillas frente a Nacho. Jugueteé con su mono hasta que pude quitárselo. Tiré con tanta fuerza que le arranqué también los calzoncillos. Su pene erecto, al salir, de la presión casi me golpeó la cara.

Sonriéndole, le agarré el pene por la base, y me lo metí casi entero en la boca. Chupeteé su punta entre mis labios mientras él me acariciaba el pelo.

Seguí chupándosela y cada vez que alzaba un poco la vista podía ver cómo él cerraba los ojos y suspiraba de placer.

–          Ufff, Sara, qué bien la chupas – me dijo mordiéndose los labios.

–          ¿Sí? ¡Pues espera y verás!

Volví la vista a mi objetivo y aumenté el ritmo de la mamada. Mi cabeza subía y bajaba con velocidad ante los gemidos del chico. Paró mi cabeza un par de veces para evitar terminar´.

–          Me toca – me dijo levantándose de la silla.

Me ayudó a sentarme, me besó los labios y bajó hasta mis muslos. Sus labios llegaron a la zona en la que se juntaban mis piernas. Coloqué una pierna sobre su espalda, la cual estaba bañada por la luz directa de un rayo de sol. Su lengua encontró rápido mi clítoris y se jugó con él.

Su cabeza se movía en todas direcciones mientras me comía el coño como si fuera una sandía en pleno verano. Seguro que él también debía de estar disfrutando con mis pequeños labios inferiores, tan húmedos en aquellos momentos, y agradables al tacto al estar 100% depilados.

–          Mmmmmm, cómo me gusta Nacho, mmmm.

–          A ver si te gusta esto…

Me cogió en brazos y me llevó hasta el dormitorio principal. Tras depositarme delicadamente en la cama, apoyó la punta de su pene sobre mi sexo y lo restregó.

–          ¿Quieres que te folle?

–          Mmmm, sí, vamos, hazlo.

 

 

Me tumbé en la cama y me dejé hacer. Noté como algo gordo se abría paso en mi interior. Una vez mi cuerpo se acostumbró al falo, nacho empezó un lento  mete-saca. Levanté la cabeza para asomarme, y verle así me excitó tanto que no pude evitar acariciarme el clítoris.

El ritmo aumentaba y mis tetitas empezaban a oscilar con introducción. Parecía como si mis pezones trataran de hacer señales en algún tipo de lenguaje de signos.

Nacho me la metía cada vez más fuerte. Le miré a los ojos con los dientes apretados mientras que él me apretaba una teta.

Dejó caer casi todo el peso de su cuerpo sobre mí y me besó con pasión.

–          No sabes cuánto tiempo hace que deseo esto – me susurró al oído.

Volvió atrás y me agarró una pierna levantándola frente a su tronco.

Sus abdominales golpeaban contra mi pierna mientras me la metía sin piedad.

–          ¡Qué buena estás! Mmmm. A ver, ¡enséñame ese culito!

Tras retirarse, me di la vuelta poniéndome a cuatro patas con el culo mirando hacia él. Arqueé la espalda poniéndolo en pompa mientras notaba sus manos sobre mis nalgas.

Nacho no tardó mucho en metérmela y una vez lo hizo comenzó a propinar fuertes golpes de cadera. Notaba su polla entrar y salir como un torpedo. Yo gemía sin parar, y él gruñía como un oso. Me costaba mantenerme a cuatro patas y con los brazos apoyados debido a la fuerza de sus embestidas.

 

Se acercó a mí y me besó el cuello mientras me sobaba las tetas. Siguió follándome a lo perrito mientras me agarraba por los hombros. Sus embestidas creaban ondas en mi culito y me hacían gemir cada vez más fuerte.

–          Creo que me toca a mí. Para un momento.

Intrigado, le indiqué que se tumbara y escalé sobre su cuerpo. Parecía una muñequita subida a caballito en aquel chico musculoso.

Con una mano le agarré el pene, y hábilmente lo coloqué sobre mi vagina. Me incliné un par de veces hacia atrás para colocarme polla y cuando me sentí a gusto empecé a cabalgarle.

Movía mi culo arriba y abajo como si fuera una brasileña. Me coloqué con las piernas abiertas como si hiciera sentadillas, y empecé a saltar como una amazona. Él me miraba con los ojos entrecerrados y yo me masturbaba el clítoris mientras me follaba al mejor amigo de mi novio.

Aceleré  y me corrí sobre su polla. Estaba tan cachonda que seguí cabalgándole a aquel ritmo. Tras hacerme parar un par de veces para no correrse, decidí cambiar de postura y le cabalgué de espaldas. Él me tocaba el culo y las tetitas mientras yo seguía follándomelo como una mujer desesperada.

–          ¡Para, para! O me correré dentro de ti… – Me amenazó.

Me detuve y me bajé de mi montura. Me lancé a chuparle la polla, y él me colocó para que mi coñito descansara sobre su cara. Me estaba costando concentrarme en la mamada por el placer que él me provocaba en el coño.

Se la chupaba tan profundamente como podía con la ayuda de mi mano. Él me agarraba las nalgas y apretaba hacia abajo para llegar mejor.

El placer que sentía entre mis piernas era tan grande, que no tardé en correrme entre los labios de Nacho. Con la respiración entre cortada, seguí chupándole la polla casi casi en trance.

La notaba vibrar y endurecerse de pura excitación. Sabía que el final estaba cerca, pero eso no me iba a detener. Sentí como algo agitaba el falo, y lo saqué de mi boca para apoyarlo sobre mi lengua mientras lo meneaba con la mano. Un estallido espeso rezumó y rebotó de mi lengua hacia fuera de mi cara. Nacho gemía como un oso mientras más chorros de semen me empapaban la cara. Seguí chupándosela saboreando su leche hasta que me dio unos toquecitos en el culo para que parara.

–          Creo que iré a probar la ducha, a ver qué tal funciona ahora.

Me encerré en el baño y me relajé y deleité con la ahora cálida agua.

 

Salí cubierta tan solo con el albornoz, y oí voces en el comedor.

Al llegar allí, me encontré a Nacho, vestido,  y a mi novio Luis riendo y tomándose una cerveza.

–          ¿Ya va bien la ducha? – me preguntó mi novio sonriendo.

–          ¡Sí, sí! Es una pasada. Nacho está hecho un crack – le dije como si no pasara nada.  Nacho me dedicó ese rictus de prepotencia que tanto me irritaba, aunque en ese momento más que molestarme, me puso nerviosa por lo que acabábamos de hacer.

 

Nacho no tardó en irse. Mientras me arreglaba el pelo en el baño me percaté, a través del espejo, que Luis estaba en el dormitorio. Le vi agacharse y recoger algo del suelo. Cambié de posición para ver mejor, y pude apreciar lo que tenía entre las manos. Mi novio estaba observando de cerca el tanga que me había puesto para seducir a su mejor amigo, el cual no había recogido del suelo…

[CONTINUARÁ…]

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Escrito por jovenes_alegres

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