Mi linda cuñada

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Era impresionante el trabajo de sus músculos vaginales, literalmente me estaba ordeñando, luego cuando su vulva se acostumbró al tamaño del invasor comencé el clásico mete y saca masculinos, mi barra presionaba con fuerza su clítoris, lo sacaba solo para volvérselo a meter, a esas alturas había ella tenido tantos orgasmos que los líquidos formaban un camino que le llegaban hasta su culito.

Desde que mi cuñada llegó a casa proveniente de su ciudad natal y debido a serios problemas económicos de mis suegros, mi vida cambió radicalmente. Ángela vino al mundo producto de un desliz de mi suegro con una muchacha del servicio doméstico, quien desapareció, una vez dio luz, dejándola en casa de mi suegro. Acogimos a mi cuñada en casa sin ningún problema dado que nuestra situación económica es boyante, tengo mi propia empresa, 50 años, mi vida definida, dos hijos independientes que viven fuera del país, mi esposa, 48 años, médica de una prestigiosa clínica privada. Mi vida sexual se restringe a una relación cada tres meses, si acaso, lo cual no me molesta porque mis tiempos de mustang ya pasaron.

Ángela, mi cuñada es una adolescente de 18 años recién cumplidos, de 1.55 metros de estatura, unos 51 kilos, cabello corto de color rojizo, ojos color miel y medidas 80-56-87 cm, según le escuché a la modista cuando le mandamos a hacer ropa a medida, muy hermosa y con un culo muy respingadito, bien formado y firme, y un detalle excitante: unos gruesos labios vaginales, más grueso de lo común, más gruesos de lo que lo podían tener las muchachitas de su edad. Más perturbador resultaban las mañanas de domingo, las cuales siempre paso en casa, y la veía levantarse en unas cortas pijamas de algodón, y los labios se marcaban completamente sobre la tela y algún pedacito de tela se introducía en su fenomenal rajita vaginal, dejando gruesos rebanadas de labios a cada lado de la línea de tela introducida en su rajita. Es una chica muy vivaz, alegre, extrovertida y juguetona. Entramos en confianza al poco tiempo, quise tratarla como mi hija, pero lo cierto es que su coñito me perturbaba, pero a los 50 años esas cosas se manejan muy bien. Viste muy sexy de jeans descaderados o talle bajísimo, la rajita le queda a pocos centímetros del talle del jeans, y con esos labios vaginales nunca pasa desapercibida y le llueven piropos y pretendientes. Por más que lo intenté ella se daba cuenta.

Yo, de joven, tuve suerte con las chicas, por eso no extraño nada de sexo a esta edad, la naturaleza me premió con buenas facciones y un buen miembro de 25 cm, grueso algo así como 5 cm, mi esposa nunca pudo meter a su boca no más que el glande y algún pedacito de todo lo que tengo.

El día que la desvirgué fue un día de junio, hacía algo frío y llovía abundantemente, estábamos en nuestra casa campestre, mi esposa estaba en un congreso de médicos: La casa tiene varias canaletas para recoger el agua del tejado y ella se estaba bañando debajo de una de ellas, tenía una tanga tan pequeña que gran parte de sus labios vaginales se veían a ambos lados del diminuto panty, por detrás desaparecía lo que pretendía ser un panty, pues una delgada franja de tela desaparecía entre sus firmes nalgas, y arriba sobre ellas, quedaba un pequeño triángulo de tela, con menos tela que una estampilla; sus pequeños senos se dibujaban a través de la suave camiseta de algodón que llevaba puesta y la cual llegaba hasta justo debajo de sus senos, los pezones erguidos, tal vez por el frío, ¿sería?

La verdad no tengo muchas erecciones desde hace buen rato, y las que tengo con mi esposa son más por costumbre que por libido o deseo. Un domingo en pantalones cortos, de lino, en casa para mi es la gloria, me encanta hacer el desayuno, y de un tiempo para acá me acompaña mi cuñada en una de esas sesiones y sin más me dio una nalgada diciendo “cuña tienes buenas nalgas)” y sonrió con una sonrisa de cristal, aquello me excitó mucho, y no fue el golpe en las nalgas, sino al pensar que mi cuñadita era una niña desinhibida, liberal, muy de este siglo, coqueta y algo calentadora, sobre todo si a esto le sumamos una licra descaderada, a través de la cual se le veían la inconfundible diminuta tanga, los enormes labios vaginales y arriba, un delgado y pequeño top. Mi erección fue tremenda, esta vez de deseo, de libido, de lujuria, me avergoncé por ello y en forma culpable cubrí mi erección como lo sabemos hacer nosotros, pero al tenerlo yo tan grande ella lo notó, no dijo mayor cosa, pero se sonrió y sus mejillas se encendieron tanto que el rojo de una manzana palidecería ante esta subida de colores; al tratar de tomar la salsa de vinagre, tenía que pasar por detrás de ella y entonces ella dijo:”cuidado me rayas con ese lápiz” y yo le dije porqué? Y me contestó “es que nadie lo ha rayado”, y me miró el miembro y dijo, proyectando hacia delante sus caderas, y colocando las manos sobre sus muslos y a lado y lado de su raja mientras se la miraba: “y ese lápiz es demasiado grande y grueso para esta pizarra” y se fue a la sala. Esa noche me masturbé.

El miércoles de esa semana llegué a la hora usual, mi esposa salió a jugar bridge y yo al estudio a leer, para llegar debo pasar por su cuarto, que queda junto a él, y entonces escuché ruiditos, gorgoteos, como gemidos y suspiros muy quedos, como reprimidos para que no se escucharan. Se está masturbando pensé, un deseo sobrenatural de observarla me invadió, pero la puerta estaba cerrada, así que entré al estudio, me subí en la escalera que uso para alcanzar los libros y zafé la rejilla del ducto del aire acondicionado con mucho cuidado y sin ruido, ¡y allí estaba! Acostada boca arriba las piernas recogidas y los muslos abiertos, sus grandes labios brillantes por su humedad, su vulva depilada, los ojos cerrados y un dedo, el pulgar, sobre su clítoris, el cual movía en círculos cortos, ella gemía y volvía frotar su clítoris, su dedo medio se metía suavemente, sin violencia, entre los labios vaginales, pero sin penetrarse, tal vez cuidaba su virginidad, su himen, y luego hacía el recorrido inverso hacia arriba, abajo, arriba.

Su otra mano frotaba sus senos, uno a la vez, de la base al pezón, el cual era pellizcado, humedecido con saliva, y acariciado como cuando uno toma sal con la punta de los dedos, los pezones, tradicionalmente pequeños, como granos de maíz, estaban completamente, salvajemente erectos, tal vez del tamaño de la mitad de un filtro de cigarrillo, muy rojos, rojo intenso, las aureolas eran pequeñas y estaban completamente recogidas sobre sus pezones. Su excitación crecía, los líquidos eran abundantes, los movimientos de su mano en su raja se hicieron raudos, veloces, intensos, entonces abrió completamente las piernas y se introdujo como la mitad del dedo, se dio la vuelta y quedó boca abajo, se continuó masturbando, más rápido, más fuerte, sus caderas rotaban en círculos cerrados, gemía calladito, luego sólo sus caderas, sólo sus caderas se movían arriba, abajo, igual al movimiento clásico que hacemos los hombres al penetrar a una mujer, pero no había pene, sólo su dedo, sus gemidos pasaron a ser jadeos, los movimientos verticales eran más penetrantes…se vino. Se vino violentamente, tal vez duró un minuto viniéndose. El aire acondicionado me trajo su olor, el olor de una niña-mujer satisfecha. Tenía el miembro tan duro que me dolía…me volví a masturbar.

En el portal de la casa campestre yo la observaba mientras ella se bañaba, fumaba un cigarrillo y tomaba un café, ella jugaba con el chorro de agua, elevaba sus nalguitas, erguía su senos y entonces me vio y me llamó: -cuña, ven el agua está deliciosa, como hipnotizado sin voluntad y a sabiendas que el agua lluvia nunca me ha caído bien, fui hasta ella. -Pero que haces, cuña, debes quitarte la ropa, estás vestido, y se rió, -qué tonto soy pensé, estaba sin voluntad y ella me dijo -ven te ayudo, me quitó la camisa, zafó mi cinturón, bajó el cierre y soltó el botón, le dije -no tengo bañador, sólo unos bóxer, ella dijo -¿importa?, dije -no. Ella me miraba fijo hacia el miembro, expectante, como una caja de Pandora, trémula, sin saber o sabiendo qué iba a ver, era inevitable, yo lo tenía erecto, erecto como cuando tenía 15 y me masturbaba, erecto como cuando la vi masturbarse, cuando me bajó los pantalones, hasta las rodillas, mi miembro se dibujó sobre el bóxer, que parecía un paracaídas, latía y se movía, inquieto, con vida propia, ella lo miró fijamente, con deseo en su carita de ángel, sus mejillas muy rojas, como la vez que me lo detectó en la cocina. Me terminé de quitar el pantalón y ella con los labios entreabiertos, sin dejar de verlo, como sin dar crédito a lo que veía, dijo, Cuña, ¿qué es eso?, ¡que tremendo lápiz!, es enorme, lo que hizo luego casi me hace perder el sentido…

Extendió su mano hacia mi bóxer y comenzó a acariciarme el miembro por sobre el interior, lo frotaba y le daba suaves apretoncitos, lo recorría suavemente con su mano, desde la base hasta el glande, en un acto reflejo sus pezones salieron a flote por sobre el top, sin preguntarme, tomó con la mano derecha y bajó mi bóxer y con la izquierda sostuvo el miembro, que seguía latiendo de pasión, deseo, lujuria, de todo y por todo, su manita no pudo cerrarse en torno a mi pene, me comenzó a masturbar con su mano izquierda, mientras acercaba sus caderas, yo soy más alto, por lo que giró y subió al andén del pórtico, me continuaba masturbando, comenzó a jadear pero no decía nada, entonces su gran coño hizo contacto con mi miembro, me estremecí, comenzó a frotarlo sobre su vulva, de arriba, abajo -ummm, es enorme, cuña…, lo soltó pero recostó completamente sus caderas en mi y su raja sobre mi falo, y entonces empezó una danza excitante, sus caderas se movían en círculos pequeños, y luego adelante, atrás, sin despegar nunca su vulva de mi pene, sus manos estaban sobre mi cintura, las quitó y entonces se quitó el top, me tomó de la nuca con su mano derecha y con la izquierda se tomó el seno y me lo ofreció…

La ventaja de tener sexo a los 50 es la paciencia, el disfrute y el goce, solo tenemos un disparo y tratamos de sacar el mayor provecho, se lo chupé despacio, rodeándolo con la lengua, mordiéndolo, succionando como un bebé hambriento, mis manos fueron a su trasero, lo acaricie, lo apretaba, ella me quitó el pezón y me dio un beso espectacular, su lengua se movía dentro de mi boca como el cascabel de una serpiente, acariciaba sus caderas, y volvía sin prisa, a sus nalgas, a sus piernas, su caderas se aprisionaban más a mi, su vulva se pegaba más, más, mas…, se despegó de mi, se retiró unos centímetro y entonces me miró, miró mi miembro, y se arrodilló, me lo comenzó a chupar como un helado, no le cabía dentro de la boca, me masturbaba y chupaba mi glande, tomaba mis líquidos y los tragaba, solo me importaba ese disfrute, al final de cuentas estábamos solos.

Me colocó su mano en mi frente y me dijo “…por favor penétrame, hazme tuya, toma mi himen…”, ella abrió las piernas, posó ambos pies en el suelo, acostaba boca arriba, no quitaba los ojos de mi miembro, y dijo “pasará mucho tiempo antes que vuelva a ver un miembro como ese”, me incorporé y tomé mi pene de la base, apunté hacia su exuberante canal, y entonces me volvió a sorprender, me retiro mi mano y ella misma tomó el pene, se apoyó en el codo libre.

“Quiero ver cuando me penetres”, dijo, lo dirigió hacia su gruta de placer, abrió más las piernas, lo deslizó varias veces a lo largo de su vulva antes de ordenarme: “rómpeme”, al contrario de lo que yo pensaba que iba a tener problemas en penetrarla, es decir, que no le iba a entrar o doler demasiado, por el tamaño, fue lo contrario, se comenzó a deslizar, a entrar sin dificultad, el motivo: estaba bien lubricada, y bien dilatada…

Mi glande comenzó a desaparecer en esa bien formada vulva, que comenzó a devorarlo pedazo a pedazo, al poco rato sentí una leve obstrucción, “su himen”, pensé, continué mi conquista del trono virginal y….”zasss, la rompí”, ella gimió y apretó mi pene con sus músculos vaginales, como tratando de cobrar venganza por la invasión, me atrajo hacia ella y levantó las caderas del suelo, hacia mí…

“Métemelo todo cuña, todo, todo, todito, si por favor no dejes nada fuera, lo quiero todo, todo, dentro mi, bien dentro de mi”… y entonces se lo metí todo, había desvirgado a mi cuñada.

Durante Un tiempo no me moví, pero ella si movía en círculos sus caderas, las despegaba del suelo, giraba, y meneaba las caderas, suspiraba, gemía fuerte y gritaba “ahhhh, ahhhh, ooohh”

Era impresionante el trabajo de sus músculos vaginales, literalmente me estaba ordeñando, luego cuando su vulva se acostumbró al tamaño del invasor comencé el clásico mete y saca masculinos, mi barra presionaba con fuerza su clítoris, lo sacaba completamente solo para volvérselo a meter hasta la empuñadura, a esas alturas había ella tenido tantos orgasmos que los líquidos formaban un camino que le llegaban hasta su culito.

Estaba a punto de venirme, no habíamos tomado precauciones, así que lo mejor era el “coitus interruptus” en español eyacular afuera y así lo hice, le saqué mi pene y solo unos instantes después le estaba mojando su vientre, sus senos, sus muslos, y finalmente ella se incorporó y me lo terminó de sacar con su boca, me la chupó hasta que quedé completamente seco.

Qué cuñada.

Autor: colombia1000

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Escrito por Marqueze

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