Mi tanga favorito

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Paso mi lengua desde los testículos hasta su segunda cabeza hasta llegar otra vez a esos labios carnosos que tanto deseo, me rodea con sus brazos, ya no tiene puesto el jersey, mientras acaricio su pelo, dirijo su sexo hacia el mío, me agarra del culo, me apoya entre la puerta y la pared y yo, lentamente, paso a dejarme caer impregnando su vientre de toda la humedad que emana mi interior.

Hace algún tiempo que las cosas no van del todo bien, pero todavía queda algo de la pasión de entonces. No estoy segura de que nuestra historia vaya a alargarse más de, quien sabe, mañana, o quizá, dentro de 2 años, pero todavía tengo ganas de que me folle como antes.

José Luis tiene más o menos claro que hay alguien que me hace vibrar como él lo hacía en los viejos tiempos, pero sigue el famoso principio de, ojos que no ven…  Se acercaba el día de nuestro aniversario y quería sorprenderlo, para ello, tenía preparada una caja azul con un horroroso lazo rojo, que tenía intención de llenar con mi tanga favorito, el tanga con el que acababa de pasar la noche.

Preparé un buen desayuno tipo british breakfast, de esos que le levantan a una las ganas de volver a la prehistoria, quitarse todos los putos prejuicios sociales y comerse o mejor dicho, devorar, todo el plato con las manos. Me di un gran baño, tenía permiso para faltar al trabajo, el agua estaba caliente y aproveché la situación para poner música, juguetear con mi patito de goma y pensar en el buen momento que me esperaba unas horas después.

Con el pelo todavía mojado y tumbada en la cama, estiraba la pierna derecha lo más alto posible, haciendo fuerza para ver todos mis músculos rodeados de piel brillante y recientemente depilada, me gusté, para tener 28 años, conservaba unas espléndidas piernas de estudiante de secundaria. Mis pechos se mantenían duros, más grandes que hace años pero con el contorno bien dibujado y los pezones con esa aureola oscura, casi perfecta.

Escogí las medias que más le gustaban, esas con una tira a la altura del muslo que a veces dejo entrever a través de mi falda, ya sabes, cuando estamos rodeados de gente, pero nadie nos ve.

Salí de casa con mi chaqueta, la falda más eróticamente correcta que encontré y la cajita que portaba mi tanga destino a la tienda de entregas a domicilio, desde la que José Luis recibiría el pequeño detalle.

Siempre me ha excitado estar en la calle sin bragas, desde que lo probé por primera vez, es un vicio que día a día fomento más. Llegué a la cafetería desde donde esperaría su llamada, pedí el segundo café de la mañana y me puse a leer el periódico, no sin antes, fijarme un poco en la fauna que había allí. Dos viejos que hablaban de fútbol, dos camareros demasiado maduritos como para desear que me invitaran al café y un tipo de unos 30 que leía distraídamente el periódico, fumaba sin parar y bebía zumo de naranja despistadamente.

Hacía una hora que estaba allí, me había leído el periódico, tomado dos cafés y estaba por pedirme una cerveza con pincho de tortilla cuando veo que se levanta el chico de enfrente, el del periódico y los cigarrillos, pasa cerca de mí y se dirige parsimoniosamente hacia el cuarto de baño. No tiene mal culo, medirá 1.75, moreno, le hace falta un corte de pelo y en general, la ropa que lleva no le sienta nada mal, no es la hostia, pero tiene su cosa. Estaba yo pensando en estas cosas cuando suena el móvil, es José Luis, ha recibido mi regalo, tiene un subidón tremendo y dice que en media hora se planta en la cafetería, termina la conversación diciendo que en esos momentos, está oliendo la parte de mi cuerpo que más le gusta. Demasiado típico.

El chico vuelve del baño y mientras se acerca, se me queda mirando, no le aparto la mirada, dobla el pasillo para sentarse en la barra y medio sonriendo, o eso creo yo, continúa con su interminable periódico mientras enciende otro cigarrillo. Me gustan sus labios, son gruesos, carnosos y parece tan distraído, me apetece captar su atención, estoy cachonda, un pliegue de mi falda juguetea entre mis glúteos y me están entrando unas ganas tremendas de orinar.

Nada más levantarme, como quien mira despistado hacia ninguna parte, clava sus ojos en mí, iniciando el recorrido visual en mis muslos, parándose en mi cintura y acabando en mis ojos, su mirada es fija, sin alteraciones, me incomoda, no, no me incomoda, me pone nerviosa. Hoy estoy especialmente radiante, siempre coincide con días en los que no trabajo y se me nota en la cara, me miro al espejo y me gusto.

Ya de vuelta del lavabo, antes de sentarme, giro la cabeza en su dirección, sigue sentado, pero parece que ha abandonado el interminable periódico y tranquilamente, apura el cigarro mientras ladea la cara en busca de mi culo. Cuando voy a hacer un gesto indicando mi cierta incomodidad, el muy cabrón, se pone otra vez a leer, me aburro, José Luis está tardando demasiado.

Llevo una caña, medio pincho y voy a por la segunda, de vez en cuando, cruzo miradas con mi vecino de enfrente, cada vez son más largas, me está gustando este tipo, tiene cara de malo.

Acabada la segunda caña, la atracción entre los dos es cada vez más evidente, cruzo las piernas, la tira de mis medias rozan la suave piel de mis muslos, la camisa entreabierta, sin enseñar nada, pero sugerente, él, cada vez más inquieto, ya no lee el periódico con tanto interés y se mueve encima del taburete algo más nervioso que antes. Definitivamente, José Luis esta tardando mucho, pero no me importaba, el juego de miradas, la sensación de disfrutar de lo desconocido aderezado con el alcohol de buena mañana, está haciendo que me apetezca ver esos ojos mirándome con impaciencia, deseosos de sexo.

Cruzo un poco más las piernas, hasta el punto de mostrarle la fantástica tira de mis medias, la raja de mi falda se abre por fin para él, en ese momento, cierra lentamente el periódico por la parte de noticias internacionales y pasa a mirar descaradamente, todo lo que yo quiero que vea.

Me sonríe, le sonrío y mientras lo hago, abro las piernas, lentamente, hasta ofrecerle el espectáculo de mi sexo solamente truncado, por la fina tela negra de mi falda. El mira, sin tapujos, intercambiando mis piernas con mi cara y yo, siento que aumenta por momentos el deseo de que deje de mirarme para pasar a tocarme, acariciarme, besarme, morderme.

Después de unos minutos siguiendo el ritual, se acerca a mi mesa, se sienta a mi lado, acaricia mi cara y comienza a besarme, acompañando cada beso, con un tierno mordisco en el labio inferior.

Estoy contrariada, asustada, con ganas de quitármelo de encima, pero a la vez, con ansias de sentirlo más cerca de mí. Acompaño sus besos, acompaño sus caricias y a partir de este momento, aquellos dos viejos que hablaban de fútbol, los dos camareros entrados en años, José Luis, la caja con mi tanga y todo aquello que no tenga que ver con las sensaciones que estoy viviendo en este momento, pasan a dejar de existir.

Mordisqueo su boca carnosa, como una perra en celo con ganas de morder todo lo que encuentra, clavo mis uñas en sus brazos, en su espalda, atrapo su lengua entre mis labios, mientras él, juguetea con todo lo que encuentra entre su boca y mi ser, me coge con fuerza y ternura del cuello, lo muerde, lo acaricia con la lengua, eriza todos los poros de mi piel, noto una corriente en la espalda, es como si fuera mi primera vez, huelo su cuello, una mezcla de colonia, tabaco y mi propia saliva. No puedo más, parezco una niña temblorosa, la situación me desconcierta y excita a la vez, no lo conozco de nada, no he oído su voz, pero siento su aliento y pruebo lentamente, el sabor de su piel.

Todo pasa muy rápido, me agarra de la mano con fuerza, abandono el bolso, el abrigo, solo me apetece seguirle, noto como mi cuerpo deja caer con suavidad un líquido que me recorre desde el sexo hasta el interior de los muslos, andamos de prisa… el pasillo hasta el cuarto de baño se hace eterno.

Cierra la puerta y me rodea con sus brazos, me besa en la boca como el sediento que no tiene agua, no puedo evitar bajar mi mano hasta su entrepierna, dura y salvaje, se aferra a mis uñas, aprieto su sexo como si fuera el único pilar que puede evitar la caída. Me arrastra hasta sentarme encima de la cisterna del baño, noto el frío de la porcelana en mi piel, abro las piernas apoyando mis pies en el quicio de la puerta para ver como me mira, notar su deseo, sentir su respiración entrecortada.

Sus besos recorren mi cuello, me arranca la camisa, acaricia mis pechos con su lengua, hace círculos con mis pezones, tengo frío y a la vez calor, toda la piel de gallina, las piernas en tensión y no puedo soportar el deseo de ser penetrada, con furia, salvajemente, sentir como golpea mi sexo al ritmo que yo marco.

Pero él se sienta, mi coño queda a una altura más baja que su cara, mis piernas siguen apoyadas en alto, con los pies en el quicio de la puerta, levanta mi falda, estoy totalmente indefensa, agarra mis muslos, tira fuerte de mí, ya no noto la porcelana, estoy prácticamente sentada en sus hombros, apoya sus manos en mi culo sujetándome con fuerza, me lanza la última mirada, ya no veo su boca, solo la siento.

Noto como su lengua acaricia mi clítoris, mi flujo se entremezcla con su saliva, mis labios más íntimos se abrazan con los suyos, con ternura, con pasión, siento una calidez extrema en mi entrepierna, alternada con fuertes latigazos que parecen salir del fondo de mis entrañas, mis piernas tiemblan, mis manos se aferran con furia a su cabeza, no puedo más, me voy a correr.

En ese instante, aleja su boca de mi sexo, me mira, noto como los pulmones me van a estallar, mi pecho acelerado, los pezones duros, mi cuerpo de repente, se pone en tensión, él se levanta mientras yo, sentada otra vez en la cisterna de porcelana húmeda, tiro de su jersey para acercar sus labios a mi boca, los muerdo, los lamo, disfruto del sabor agridulce de mi propio sexo pegado en su piel.

Arranco los botones de su pantalón vaquero, parece que la polla le va a estallar, tampoco lleva ropa interior y eso me excita todavía más, beso su glande, lo mordisqueo con cuidado, bebo su líquido pre seminal, con mi mano izquierda, le cojo los huevos, se los arrancaría si pudiera, con la derecha, acompaño el movimiento de mi boca, noto la dureza de su erección, las venas regadas por la sangre que bombea su corazón acelerado, él gime entrecortadamente, mientras separa mi pelo para ver la imagen, no quiero que se corra, quiero que aguante.

Paso mi lengua desde los testículos hasta su segunda cabeza, lamo su ombligo, muerdo su pecho, su cuello, hasta llegar otra vez a esos labios carnosos que tanto deseo, me rodea fuertemente con sus brazos, ya no tiene puesto el jersey, mientras acaricio su pelo, dirijo su sexo hacia el mío, me agarra del culo, me levanta, me apoya entre la puerta y la pared y yo, lentamente, paso a dejarme caer impregnando su vientre de toda la humedad que emana mi interior. Entra suavemente, puedo notar como se abre paso dentro de mí, con cariño, con dulzura, rodeo su cuerpo con mis brazos, con mis piernas y lentamente, empiezo a subir y bajar ese músculo, que ahora, dentro de mi, nos convierte en un único ser que no entiende de espacio ni de tiempo.

Oigo su respiración, él oye la mía, la boca pegada al oído, el ritmo crece y los gemidos, se van haciendo cada vez más difíciles de ocultar, nuestros músculos se endurecen, y el vaivén de nuestros cuerpos, o debería decir, nuestro cuerpo, es cada vez más violento, más salvaje.

Gritamos casi a la vez, arrancándonos mechones de pelo, la calma se apodera de todo, nuestros cuerpos se relajan, solo siento las respiraciones entrecortadas, el sudor pegado a nuestros cuerpos, su semen correteando dentro de mí. Ninguno de los dos quiere romper este instante, pero poco a poco, sonidos de fuera que no pertenecen a nuestro mundo, empiezan a invadir el entorno. Paulatinamente, recupero la realidad de las cosas, una realidad que significa el fin de la magia, del placer, de la pasión.

No vestimos como autómatas recién levantados de un profundo sueño, salimos al salón de la cafetería, un camarero nos mira, sabe lo que ha pasado pero parece no importarle, pido la cuenta, el pide la suya, me deja salir primero de la cafetería y delante de la puerta, me besa con ternura al tiempo que me dice al oído:

– Eres maravillosa.

Fueron las primeras y últimas palabras que salieron de su boca, cada uno cogió una dirección distinta y a los pocos metros, me giré para verle marchar, ya no estaba allí, la multitud que abarrota el centro de la ciudad se lo tragó sin dejar ni rastro.

De regreso a casa, ya en el coche, recibo una llamada de José Luis contándome una historia sobre el por qué no había podido acudir a la cita, no me interesa, lo único que quiero en estos momentos es, recuperar mi tanga favorito.

Espero que hayas disfrutado leyéndolo.

Besos.

Autor: Jazzman

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Escrito por Marqueze

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