Regalo de navidad.

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Al comienzo me pareció bastante descabellada la idea, pero con el correr de los días iba tomando más y más fuerza, como una bola de nieve cuesta abajo o ese ímpetu que nos rodea cuando estamos a punto de terminar, orgasmando al limite de la resistencia física.

Éste transcurrir juntos ha sido tan grandioso y nuestros encuentros (aunque fugaces) son tan plenos y gratificantes, que invitan inmediatamente a continuar. Claro que hace algún tiempo que nada de nada, bien sea por causa del trabajo, las ocupaciones en general o la vigilancia constante de tu husband. En fin, pasará lo que tenga que pasar. Hemos acordado cumplir una fantasía, pensada hace cerca de seis meses: Hacerlo en el lugar más prohibido y custodiado: mi casa, mi cama, mi entorno. Y todo marcha a pedir de boca. Además, -como suele ocurrirme si deseo algo realmente-, las cosas estaban desencadenándose tan bien que no podía creerlo; era como si todo el universo se hubiese sincronizado para facilitar nuestro encuentro y despejar el lugar para nosotros. Solo resta que termines de vencer tus miedos. Por mi parte todo esta listo hasta ahora: Mi familia va a celebrar todo el 25 en casa de Peter, acompañados del Dr, que se ofreció como conductor elegido. Yo me disculpé, argumentando tener un almuerzo de negocios con el director del proyecto (la verdad es que si quiero almorzar bastante carne, pero solo de la tuya). Tu, has decidido a ultima hora irte al cine con tus amigas, desviando el camino para ver el “imperio de los sentidos” with me.

Muy bien, llegó el día y, contra todo pronóstico estoy esperándote en la casa (vacía), terminando algunos ejercicios masturbatorios, caliente y expectante. Previamente, en una llamada codificada, te he manifestado algunas preferencias sobre el vestuario que deberías portar: Tus tangas pequeñísimas, aquella camiseta tipo spandex color plateado (sin sostén) que realza aún más tus ya bonitos senos, las medias de liguero, esa falda color gris azulado, los zapatos con tacón alto y el abrigo azul en paño. Ah, y toda tu hambre atrasada.

Como los pacientes acabaron por salir a las 1100 AM, he confirmado nuestra cita para las 1200, así tendremos como mínimo tres horas para devorarnos como se debe. Mientras llegas, preparo unas bebidas con brandy, jugo de granadilla y gotas de limón, con la muy directa intención que te desinhibas completamente: me gusta ver cómo te pones cuando se suman tu cachondez y un poco de licor. Termino de cuadrarme la barba y te espero (impaciente), vestido con bóxer, pantalón de pijama, sandalias y camisa.

Estoy mirando mi herramienta en un espejo cuando suena el timbre: corro a la ventana y allí estás, deliciosamente vestida, como el mejor regalo de navidad que jamás he tenido. No lo creo todavía. Bajo en tres zancos la escalera, abro la puerta y te invito a seguir. Me parece sentir que tiemblas y mientras cierro las cortinas trato de tranquilizarte como siempre. Nos sentamos, tú en el sofá y yo en un sillón frente tuyo. Comenzamos a conversar sobre lo que esta sucediendo. Traigo las bebidas y te propongo que juguemos a provocarnos: como respuesta te arrodillas en el sofá de espaldas a mí, levantas tu falda y me enseñas ese enorme culo que tanto me gusta, solamente cubierto por la línea de tus tangas que, descaradamente, se cuela entre tus nalgas. Me controlo lo suficiente como para no embestirte, aferrando mi vaso y apurando su contenido. El espectáculo ante mis ojos es demasiado fuerte, pero estoy decidido a esperar: avanzo hacia ti, arreglo tu falda, te quito el abrigo y suavemente te siento en el sofá. Es mi turno: Bajo mis pantalones hasta la mitad de los muslos, liberando las bolas cargadas de semen y empiezo un suave meneo. El aparato responde maravillosamente y la cabeza se torna violácea y gigante. Miro tus ojos, ardientes de deseo y aumento el ritmo. No lo soportas y, separando piernas y tangas, inicias un feroz masaje en tu clítoris. Pareciera como si fueras a tener tu primer orgasmo y no puedo permitir que termines sola: me apresuro a socorrerte, arrodillado y separando aún más tus piernas, ataco directamente el centro de tu fresa (tu pepa) con mis labios. Te chupo, te muerdo, luego, separo los labios de tu ya encharcada papaya y hago una fuerte y rápida división de ellos con toda la extensión posible de mi lengua, saboreando tu crema. No reprimes un grito, lo cual indica que si te gustó; ahora, la punta de mi lengua se enrosca alrededor de tu pepa, tratando de incrementar el tamaño del ya tan inflamado pene enano: no lo soportas y, en medio de sacudidas y jadeos, convulsionas chorreando con las piernas abiertas sobre el sofá.

Me dispongo a sorber tus líquidos, saciando un poco mi sed. Me incorporo, satisfecho por mi labor e intentas agarrar mi estilete. Me visto, te levanto y te doy un enorme y prolongado beso que respondes jadeante y encendida. Buscas con afán mi trozo y lo agarras con vigor. Te separo suavemente y te invito que vayamos al cuarto. Aceptas y subes adelante, ofreciéndome una excelsa perspectiva de tu rico trasero. Entras primero y te sientas intencionadamente en la cama, mostrándome tu chorreante chochito. Me libero los pantalones y la camiseta y comienzo una ansiosa paja. Levanto tu falda, te ubico en el borde y vuelvo a comerte la concha: tomas mi nuca, me arañas, y mientras lamo tu pepa gritas como posesa. Me enloquece tu canción y te invito a tragarte mi espada: lo haces gustosa, hambrienta, glotona, lo chupas rápidamente, tragándotelo casi hasta los huevos. Súbitamente lo sacas y me miras extasiada, suplicándome que te lo meta, rozando cadenciosamente tus piernas, oprimiendo tu chocho tan necesitado de carne. Te pregunto si en verdad quieres ser mi esclava y chillas que sí, que es lo que más deseas en ese momento, que por favor te la clave hasta el fondo y termine dentro de ti, muy dentro de ti. Te acuesto pues, corro tus tangas, levanto tus piernas, me pongo en cuclillas frente a tu altar y pongo la cabeza de mi cohete en la entrada de tu caliente cueva. Tus labios están tan mojados y dilatados que basta un solo empujón para coronarte como mi mujer, mi reina sin solio.

Gimes, gritas, aúllas, te mueves enloquecida bajo mi peso e inicio un mete saca lentísimo, diciéndote en el oído lo mucho que me gusta que seas para mí. Digo que te amo y te pones a mil, retorciéndote con tanta fuerza que casi Te aferras a mí como si fuera el día del juicio y te sacudes en lo que es tu segundo orgasmo. Mientras jadeas, aprovecho para untar un poco de nuestros jugos en la entrada de tu agujero trasero: meto uno, dos dedos y creo escuchar una queja. Te pregunto si me pertenece tu culo y al no haber respuesta te volteo y comienzo un furioso tren, preguntándote en voz alta de quién es tu culo. Gimiendo de placer gritas: tuyo, tuyo! Entonces saco mi pito, enrojecido y gigante, te pongo en cuatro patas, lengüeteo tu ano y me dispongo a partirte en dos el culo. Me pides que vaya suave y cuando menos crees, mi glande se abre paso hacia tu recto. Sin hacer caso a tus protestas, te agarro por la cintura y comienzo a presionar. Luego de tres empujones más, instalo mi nabo en tus entrañas, confirmándotelo con el golpeteo de mis huevos sobre tu concha. Unos minutos después, comenzamos a movernos rítmica y ferozmente. Cesaron tus protestas y se convirtieron en sollozos placenteros, gemidos, suspiros y en alguna que otra palabra grosera y sucia; incluso comienzas a moverte más y más, provocándome un salvaje orgasmo que culmino acuclillándome y embistiendo con toda la fuerza que aún tengo tu culo, llenándolo de mi leche espesa y caliente. Aulló, gimoteo y gruño como nunca lo he hecho, alentado por tus movimientos y estertores, como si fueras a desmayar. Saco mi mástil y veo como escurre el semen por tus piernas. Como aún conservo un poco la erección, te penetro por delante y te beso apasionadamente, agradeciéndote que hayas sido mi regalo de navidad.

Descansamos un poco, uno encima de la otra y te invito a servirnos el otro almuerzo. Bajamos a la cocina y mientras alisto los platos, siento como me miras con cierta lujuria en los ojos…

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

Escrito por Marqueze

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