ROSA I

Hacía poco más de cuatro meses que Laura yo nos casamos. Nuestras relaciones sexuales han funcionado bastante bien ya que desde que comencé a trabajar como profesor de matemáticas en un pueblo cercano a Salamanca, ella se vino a vivir conmigo, de esto hace ya cinco años en los que, pobre de mí, creí conocerlo todo sobre las mujeres.

Los padres de Laura, Martín y Ana, tenían un restaurante en una zona de la Sierra de Cazorla, en un principio bastante deshabitada y que con el paso del tiempo se fue poblando de chalet que se diseminaban por una ladera hasta llegar al río. Cuando el padre de Laura se jubiló, cerró el negocio de restauración pero dejó intactas las instalaciones, "por si nos interesa alquilarlo" decía. Vivían en la parte de arriba del edificio, aunque toda su vida la hacían en lo que fue el restaurante.

El chalet que hay más próximo, al otro lado de la carretera, siempre había estado cerrado, decía mi suegro que era de una familia de Madrid, que los padres estaban ya mayores y a los hijos no les gustaba la sierra. Este año sin embargo, me sorprendió verlo abierto, con los toldos nuevos y macetas en las ventanas. Enseguida me enteré que lo había comprado un matrimonio de Alicante. Rosa, la nueva inquilina, y su marido habían vuelto de Alemania después de haber estado trabajando 20 años en una ciudad cercana a Munich. Con los ahorros, decía ella, habían cumplido el sueño de su vida: vivir en el campo.

Mi afición a la fotografía me llevaba todas las tardes a dar largos paseos por la sierra, estaba deseando llegar para "perderme" con la cámara. A la vuelta de mi primer paseo encontré a Laura con sus padres sentados a una mesa grande que había en el comedor del restaurante, justo delate del televisor. Ana se levantó.

– Mira Diego, estos son Rosa y Ángel, los nuevos vecinos. Ambos deberían rondar los cuarenta y algo de años, Ángel era un tipo normal, más bien bajito y algo escaso de pelo, Rosa guardaba la esencia de haber sido una joven atractiva, sus ojos no eran grandes, pero esta carencia la suplía con un brillo pícaro en la mirada y una boca sensual. Su estatura era normal y estaba perfectamente proporcionada. Decir que es una joven en plena maduración, creo que la define perfectamente.

Estuvimos hablando un rato de mi afición a la fotografía, de las reformas que estaban haciendo en su nuevo chalet, de mi trabajo… Ellos volvieron a sentarse de nuevo a la mesa y yo fui al piso de arriba para dejar la cámara, ducharme y cambiarme de ropa.

Cuando volví seguían con su tertulia Ángel y mi Martín jugaban a las cartas y mi suegra deleitaba con relatos de la sierra, de cuando ella era una niña. Uno de los juegos que hacían entonces para pasar las veladas, consistía en hacer llegar un mensaje de una persona a otra sin que el que se quedaba lo interceptara, guiñar un ojo, tocar el pie debajo de la mesa, dar un golpe con la rodilla, eran algunas formas de transmitirlo. Era divertido ver la cara que hay que poner para despistar. Rosa estaba sentada a mi lado, por lo que normalmente, los mensajes debían pasar de ella a mí o viceversa. Recuerdo que llevaba puesto un vestido abotonado hasta abajo por la parte de adelante que, al estar sentada, se le había subido un poco dejando ver un trozo de su muslo, terso y morenito, entre dos botones,

Aprovechado el mantel que había en la mesa, metí las manos debajo y el siguiente mensaje que envié a Rosa fue una palmadita en la parte interior de su muslo. Pareció no inmutarse, pero enseguida me devolvió la señal girándose un poco hacia donde yo estaba, poniendo la punta de sus dedos en mi sexo y presionando un poco. La erección fue casi instantánea. Ahora tenía más fácil el acceso a su entrepierna. Pasé las yemas de mis dedos rozando la parte interna de sus piernas hasta casi llegar a sus braguitas. Ella abrió las piernas y apoyando la espalda en la silla se deslizó hacia delante. Esta mujer me estaba poniendo a hervir.

– Alguien tiene un mensaje retenido desde hace un rato, reclamó mi suegra. La advertencia sonó en mi cabeza como una campana. Esta

ba tan atrapado entre las piernas de esa mujer que olvidé por completo que estaba jugando.

Terminamos de jugar y seguimos hablando.

– Me tienes que enseñar tu casa, le dije a Rosa, debe de estar quedando preciosa.

– Cuando queráis nos hacéis una visita, dijo mirando a Laura haciéndola, de esta forma, partícipe de la invitación.

Aquella noche me hice una paja descomunal a la salud de mi vecina. A la mañana siguiente me levanté más tarde de lo que acostumbro, serían las diez de la mañana. Estaba preparando el desayuno cuando mi suegra entró en lo que antes había sido el bar y me dijo que había estado Rosa preguntando por mí y que cuando tuviera un momento libre me llegara por su casa para ayudarle con algo de una antena. Terminé rápido el desayuno y me fui en busca de Rosa.

En la casa parecía no haber nadie, grité su nombre un par de veces hasta que por fin, su voz contestó desde un jardín que hay detrás de la casa. – Tienes una casa grande y muy alegre, nunca he estado aquí, la recuerdo siempre cerrada, le comenté mientras me aproximaba a ella. Se inclinó para coger una maceta del suelo presentándome un culo increíblemente bonito, redondo y duro, en el que se dibujaban las líneas de unas braguitas pequeñas.

– ¿Te ayudo? – Si, por favor, se incorporó y puso su cara casi pegada a la mía, apaga esta fiebre que tengo desde anoche.

Me cogió del cuello y metió su lengua en mi boca y la movió con desesperación, como si el mundo se estuviera acabando.

– Tu marido nos puede ver.

– Ha ido al pueblo y no volverá hasta mediodía. Hasta entonces quiero estar disfrutando de ti como una loca. Vamos dentro.

Entramos en la casa y cuando se volvió para correr el pestillo de la puerta, pegué mi polla contra aquel maravilloso culo mientras con las manos le masajeaba las tetas y le daba pellizcos en los pezones. Ella se pegaba más contra mí y movía las caderas para explorar la enorme polla que me estaba poniendo. Después, se volvió y acercó de nuevo su cara a la mía.

– Todo esto es tuyo, dijo comprobando con la mano a través del pantalón que las medidas que había tomado con su trasero eran ciertas.

-Si quieres, te lo dejo un rato para que juegues.

– Veo que te gustan los juegos…, decía mientras me quitaba los pantalones sin dejar de darme un intenso masaje, jugamos a que soy una ternerita hambrienta y que necesita mamar su ración de leche, pasó la lengua por mi cuello, o, a que soy muy mala y me vas a dar en el culito con este garrote tan grande o, tal vez, te guste jugar a que soy una niña buena a la que vas a destrozar el coñito. Tú decides.

Se quitó el vestido quedando sólo con las braguitas y volvió a cogerme la polla.

– ¡Qué grande es! Yo no daba crédito a lo que estaba ocurriendo, me había quedado mudo.

– Bueno, si no tienes ganas de jugar, seguiré con mis plantas. Se giró para abrir de nuevo la puerta. La abracé por detrás y metí mi mano entre sus bragas, mi dedo índice enseguida se acomodó en su raja. – Estas mojada. Quieres que juguemos a que soy un pobre perdido en el desierto y sólo tengo esto para beber, saqué mi mano y chupé los dedos ya impregnados con su olor, pasé mi verga entre sus piernas hasta que pude cogerme el capullo por el otro lado para presionarlo contra su clítoris, quieres que te dé un paseito en mi caballo, con el otro brazo la levantaba el suelo. Ella se movía como si realmente estuviera clavada.

– No me hagas esto, apartó la mano que la masturbaba de aquella manera, fóllame, se apoyó en la puerta abrió las piernas y levantó un poco el culo. – Clávame de verdad. Me puse tras de ella, la metí de un solo golpe y comencé a bombear, Rosa seguía el ritmo moviendo las caderas y jadeando cada vez que entraba y salía de ella.

– Me voy a correr, quiero sentir como inundas mi coño, vente con migo, vente conmigooooooooo. Nos corrimos a la vez en un orgasmo interminable, mis piernas flojeaban, apenas me podía mantener de pie. La saqué despacio, mi semen goteaba por las piernas de Rosa. Se incorporó, nos miramos un momento y nos fundimos en un abrazo largo y callado.

– ¿Siempre eres así con las mujeres?.

– No, tú me has puesto como nadie lo había hecho.

– Ven, me acercó a una pila con agua y me lavó, después de secarme, bes&oacute

; mi polla y la pasó por su cara.

– Cuídala, tiene que seguir dándonos buenos ratos. Tenemos todas las vacaciones por delante.

Salí de casa de Rosa pensando que aquellas paredes guardaban un tesoro, que bien administrado, haría que estos días en la sierra fueran inolvidables. Laura me estaba esperando en casa ya preparada para el paseo que solíamos dar todos los días hasta una venta cercana. Allí tomábamos una cerveza y volvíamos a la hora de comer. Laura hablaba de sus padres, de lo solos que deben sentirse en invierno y que debíamos portarnos bien con los vecinos nuevos ya que eran los primeros que llegarían en caso de necesitar ayuda. – Me portaré lo mejor que pueda, comenté. Pensaba en Rosa a cada momento. Me gustaría que Laura fuera como ella, que me hiciera amarla con la misma pasión, que disfrutara de mí como lo había hecho ella.

Por la tarde cogí de nuevo mi cámara de fotos dispuesto para mi particular safari. Ángel estaba en la terraza de arriba de la casa sin camisa y en pantalón corto, supuse que tomando el sol.

– Buenas tardes Ángel, – Buenas, vecino, contestó. Enseguida apareció Rosa sujetando con las manos una camiseta para cubrirse los pechos.

– Quieres que te acompañemos. Me quedé pensando un momento, ¿dónde vamos con el capullo de tu marido? – Vale, os espero aquí. También pensé en la conversación con Laura, hay que llevarse bien con los vecinos, etc.

Rosa llevaba unos pantaloncitos que apenas tapaban su maravilloso culete y por delante marcaban un pubis que pacería de dulce. Ángel iba sin camisa y con pantalón de fútbol. Manejaba con torpeza una cámara de fotos. – Llevo con ella 20 años y no sé como funciona.

– Déjame, comprobé que efectivamente no tenía carrete, puse uno de los míos y se la devolví preparada.

– Ya sólo mirar por la ventanita y disparar. ¿No? – Efectivamente le respondí.

Comenzamos a caminar, quería impresionarlos por ser el primer día que me acompañaban, y puse rumbo a una gran cueva natural que albergaba en su interior una cascada de agua. El camino era estrecho y tortuoso, discurría casi todo por el margen del río. Ángel tomó el papel de intrépido aventurero y caminaba delante, detrás iba Rosa y por último yo. Rosa bromeaba moviendo el culo delante de mí, se detenía y hacía ademan de atarse la zapatilla, lo que yo aprovechaba para pegar mi crecido pene a su trasero – Disculpe señorita.

– Ha sido un placer caballero. También subía su pantalón todo lo que podía hasta convertirlo en una tanga mientras simulaba correr macha atlética. Me estaba poniendo como una moto, tenía ganas de tirarla al suelo o clavarla como esta mañana. Esta mujer me estaba sacando loco.

Tras una hora caminado, llegamos a la cueva que verdaderamente les impresionó.

– Haznos unas fotos para tener un recuerdo de este lugar, me pidió Rosa.

– Vale, si os ponéis encima de esa roca, sale la cascada detrás.

Yo pensé en la clásica foto de la pareja en este o aquel lugar, pero salía de mi asombro cuando ella se recostó de pié en la piedra, abrió las piernas y comenzó a darse masajes en los pechos, levantaba su camiseta para dejarlos al aire y tiraba de los pezones mientras sacaba la lengua. Yo estaba por decir adiós muy buenas y marcharme de allí, pero Rosa me miraba fijamente, pasaba la lengua por sus labios y movía las caderas -Acércate, desde aquí salen mejor las fotos. Ruborizado, sin saber que hacer, me acerqué. Su marido estaba de rodillas delante de ella, le había apartado el pantalón a un lado y pasaba la lengua por el coño.

– Deja la cámara ya haremos fotos en otro momento. Ven conmigo amorcito. Vaya, si parece que te gusta, dijo mientas ponía la mano sobre el bulto de mi pantalón. Eché su cabeza hacia atrás y di un profundo beso. Ella intentaba quitarme el pantalón pero en la posición que estaba no podía.

– Saca tu aparato que le voy a dar un regalito. ngel seguía excitándola con la boca como si fuera una máquina, parecía no oír ni ver lo que su esposa estaba haciendo conmigo. Bajé mis pantalones y mi miembro saltó como un resorte, lo apretó con la mano, una sonrisa lujuriosa se dibujó en su cara mientras apartaba a su marido.

– Mira que pedazo de polla me voy a comer, Ángel.

Me coloc&oa

cute; en la misma posición que ella había estado, se inclinó y comenzó a chuparme el capullo como si estuviera comiendo un helado. Angel lamía su coño por detrás. Sujeté su cabeza y comencé a follarle la boca, tras bombearla unas cuantas veces, alzó la cabeza para respirar, – Déjame hacer a mí, no te imaginas lo que es temer un pollón de estos en la boca. Limpió con la mano la baba que goteaba por la barbilla y la restregó en sus tetas. Estuvo un rato pajeándome y lamiendo mi capullo.

– Dame tu leche, quiero que vea mi marido como me alimentas.

No podía aguantar más, cuando notó que me corría, se la metió hasta la garganta y exploté como nunca lo había hecho. Rosa devolvía bocanadas de semen que discurrían hasta empaparme los huevos y siguió mamando hasta que retiré su cabeza.

– ¿Te ha gustado? No tenía alientos para responder. Lentamente recobré la normalidad, mientras miraba a Ángel, que parecía no haber sido testigo de lo que acababa de ocurrir. Verlo tan ajeno, tan tranquilo, me hacía sentir culpable.

Tenéis que explicarme qué está pasando.

-¿Porqué tenía que pasar algo? Respondió Rosa. Esto no es normal. No me conoces de nada, te lías conmigo delante de tu marido, el parece no ver o no sentir nada, ¿y me dices que no pasa nada, que esto es normal? – Yo he disfrutado, tú también y a Ángel no le importa. No hay que darle más vueltas.

– Lo siento pero yo necesito saber algo más, no me siento bien, y no estoy dispuesto a prolongar esta situación.

– Está bien, te lo contaremos todo, pero no es el momento. Mañana si te parece bien quedamos y saldrás de cuantas dudas tengas.

Volvimos más bien tristes, sin decir palabra. Esa tarde mis suegros no recibieron la visita de los vecinos lo que achacaron a lo ocupados que estaban preparando su nueva casa. No volví a ver a Rosa hasta el día siguiente, por la tarde, cuando me disponía para mi paseo. Durante ese tiempo deseaba encontrarme con esa mujer. Pensaba que podría haberla herido de alguna forma, que lo que ella me había dado, no me lo había dado nunca nadie. De alguna forma necesitaba estar con ella. Aunque parezca mentira, me tenía enganchado, ansiaba abrazarla, protegerla.

Aquella tarde apareció con una camisa de cuadros y un pantalón vaquero, el pelo se lo había recogido en una coleta. Estaba para comérsela. Le pregunté por Ángel y me respondió que había preferido quedarse en casa. Íbamos caminando carretera abajo sin decir una sola palabra hasta que decidí romper el silencio. Bueno, creo que tienes algo que contarme.

– Lo primero que quiero decirte es que nada de lo que ha pasado en mi vida anterior, tiene que ver con lo que ahora siento contigo. Te cuento esto porque no quiero que te sientas mal, lo tuyo es diferente.

Cuando nos casamos, yo quería a Ángel más que a nada en el mundo. Estaba enamorada hasta la médula. Él trabajaba como relaciones públicas para una cadena de hoteles. Compramos una casa en Alicate, cerca del hotel donde trabajaba. Su sueldo no era muy alto, por lo que a finales de mes pasábamos apuros para pagar la hipoteca y seguir viviendo. Estuvo buscando otro trabajo en el que ganara más dinero y le ofertaron, dentro de la misma cadena, trabajar en Alemania, en la zona de Babiera. Yo le animé y al poco tiempo nos fuimos. La verdad es que económicamente mejoramos mucho, además de en sueldo más crecido, el hotel nos proporcionaba alojamiento y comida por lo que, sacando nuestros gastos, ahorrábamos prácticamente todo el sueldo. Siempre habíamos dicho que cuando pagáramos la casa de Alicante volveríamos. Pasaron unos años y no sólo pagamos la casa, sino que teníamos algo de dinero. Ángel no quería volver, decía que estaba a punto de ascender en su profesión y que el ascenso se lo respetarían cuando aquí en España. Pasaba el tiempo y el ascenso no llegaba.

Un día volvió del trabajo muy preocupado. Dijo que su jefe había interpretado mal un comentario suyo y que estaba muy indignado, que aquello había tenido repercusión con unos buenos clientes y que podría incluso perder su empleo. Intenté consolarlo, diciendo que nos volveríamos a España, que viviríamos en la costa y que seríamos felices. Él se empeñó en quedarse hasta que aquel problema

se solucionara, apelando a su orgullo profesional, etc.

Conocíamos bastante bien a su jefe, un hombre con casi sesenta años, con buena presencia, alto y fuerte como un roble. Habíamos cenado algunas veces con él y coincidido en varios actos organizador en el hotel: jubilaciones de compañeros, aniversarios… Últimamente noté que no me quitaba el ojo de encima y se excedía en detalles y cortesías conmigo, pero no le di la mayor importancia, soy bastante abierta en el trato con las personas y no estoy de mal ver, así que son bastantes los hombres que me miran con descaro o incluso me insinúan alguna aventura.

Tal vez, me dijo un día Ángel, si organizamos un encuentro que parezca casual con mi jefe, entre los dos le podamos hacer ver que queremos que las cosas vuelvan a su cauce y marcharnos para España lo antes posible. Me pareció buena idea. Simulamos que era nuestro aniversario de boda para invitar a cenar en casa a unos amigos, entre los que se encontraría este señor.

El día señalado, Ángel había salido por la mañana de viaje a Friburgo, pero llegaría a la hora de la cena. Todo estaba preparado. Hasta conseguí unas botellas de vino de la Ribera del Duero y me puse un bonito traje de noche para realzar mis encantos. Llegaba la hora de la cena y Ángel no daba señales de vida, comencé a ponerme nerviosa. Sonó el timbre y aparecieron su jefe y otro señor que se encargaba de las finanzas del hotel, creo. Les hice pasar y les serví unas copas. – Enseguida viene Ángel. Poco después sonó el teléfono. Era mi marido. Estaba muy nervioso, dijo que había perdido el avión y que hasta el día siguiente no podría volver.

– Atiéndelos lo mejor que puedas, cariño, lo mejor que puedas, y colgó. Triste y sin saber muy bien qué pasaba volví al salón. Los dos hombres reían a carcajadas. Se sentaron cada uno a un extremo del sofá y me invitaron a sentarme entre ellos.

– No tienes que entrar en detalles, si no quieres. Rosa comenzó a sollozar. – No quieres saber la verdad, pues aquí la tienes.

Continuó con su relato.

Los dos estaban pasados de copas. El jefe de mi marido tomó la iniciativa. Tiró del amplio escote de mi vestido y se asomó – A ver que tenemos aquí… ¡Hombre dos pastelitos!, el de la derecha para mí y el otro te lo comes tú, dijo a su compañero. Me sentí en el más bajo y sucio arrabal del mundo. Estaba a punto de vomitar y la cabeza me daba vueltas. Ángel no podía hacerme esto.

Los dos hombres comenzaron a sobarme las tetas y a tocar mis piernas. Luego comentaron que harían un sorteo para ver quien me follaría primero. No podía aguantar esa situación. Puse mis manos en cada una de las erecciones y comencé a pajearlos por encima del pantalón.

– No hace falta, creo que voy a poder con los dos juntos.

– Vaya, Ángel no nos había dicho nada de esta habilidad de su mujercita.

– Ángel no me conoce todavía.

Desabroché el pantalón del jefe y dejé su polla al descubierto. Acerqué la boca y golpeé mis labios repetidamente con el miembro duro de aquel hombre. Mientras, mi otro acompañante se había desnudado de cintura para abajo y de pié, cogió mi mano y la llevó hasta los huevos dándose una friega con ella, cuando la soltó comencé a hacerle una paja. Sólo rozaba con la lengua el capullo de jefe, lo que, aparte de excitarle, le desesperaba. Se levantó del sofá y se desnudó por completo. Yo aproveché para quitarme también mi maravilloso vestido de fiesta y mi sujetador.

Ven aquí, zorra, y chúpamela como es debido.

– ¿No te gusta como lo hago? Dije mientras me ponía de rodillas, pues a tu polla parece que sí, pasé mi lengua a lo largo de su miembro para meterla después por completo en mi boca. Sujetó mi cabeza para que no pudiera sacarla.

– Así, Así, cómetela toda, fóllame con tu boca. Cuando conseguí desprender mi cara del vientre de aquel hombre me levanté y seguía pajeándolo. Miré a su compañero.

– ¿A ti no te gusta que te la chupen? – Me gusta que me la chupes tú, sabes mejor que nadie comerse un rabo. Toma este.

Me empleé a fondo con el segundo hombre. Tenía a los dos para explotar. Empujé al jefe hacia el sofá para que se sentara.

– ¿Sólo te gusta follar por la b

oca?, o quieres abrirme el coñito con este pedazo de carne. Me senté sobre él, dándole la espalda. Me puse la polla en la puerta de mi abertura y poco a poco me fui dejando caer hasta que la noté toda dentro. Subí y bajé varias veces para lubricarme.

– Acércate, dije al compañero, quiero mamártela como nadie te la ha hecho antes. Acompasé mi ritmo para dar placer a los dos hombres a la vez.

– El primero que se corra tiene premio, quiero vuestra leche.

-Toma la mía zorra. Gritó con voz entrecortada el jefe mientras arqueaba la espalda. Noté su chorro cálido inundar mi vagina. Me separé despacio de él.

– Ahora me tienes toda para ti solo.

– No aguanto maaaaas.

Un caño de semen se estrelló en mi pecho mientas masajeaba los huevos. Restregué el liquido pastoso por mis senos mientas miraba como el miembro que tenía ante mis ojos perdía su dureza.

– Quiero mi premio, he sido el primero. Reclamó el jefe. Me puse de rodillas entre sus piernas y limpié su polla con la lengua y la boca hasta que no quedó rastro de la tremenda corrida que había disfrutado. – Bueno, ¿creo que lo habéis pasado bien?, los dos hombres asintieron con la cabeza, sin fuerzas para articular palabra. Al rato, comenzaron a vestirse despacio, mientras fui al aseo. Nos despedimos en la puerta.

– Si queréis algo de mí, les dije cuando se marchaban, no os molestéis en venir a casa, me puedo pasar por la oficina o por donde me digáis. Cerré la puerta y lloré sin consuelo.

Al día siguiente llegó Ángel. No se atrevía a mirarme a la cara. Yo, muy fría, hablaba como si no hubiera ocurrido nada. Así estuvimos un rato hasta que se desmoronó en sollozos.

– Lo siento, cariño, no tengo perdón, se que no tengo perdón, pero no me dejes, por lo que más quieras, no te vayas de mi lado.

– No te preocupes, me vas a tener siempre cerca, le contesté con ironía. Me miró fijamente y secó sus lágrimas.

– El mes que viene, volvemos a España.

-Ahora soy yo quien no quiere irse, repliqué.

A partir de ese momento comencé a tirarme a cuantos empleados del hotel se pusieran por delante: cocineros, conserjes, botones, camareros. A todos. Alquilé una habitación y la voz no tardó en correrse entre los empleados que acudían allí en busca de mis favores. Cuando me cruzaba con el jefe de mi marido o con su amiguete, les decía – Qué, echamos otro polvete o quieres una mamada como la del otro día. Quería que ese par de tipos no se relamieran creyendo haber probado algo exclusivo. Quería que supieran que cualquiera podía disfrutar de mi cuerpo, que lo que aquella noche ocurrió estaba al alcance de todos sus empleados.

Cuando creí que había cumplido mi objetivo, Dije a Ángel que nos veníamos a España. Él Pensó que con nuestro regreso su calvario terminaría y que todo seguiría como tantas veces lo habíamos soñado. Nada más lejos de la realidad, vendimos la casa de Alicate, tras su "merecido ascenso", Ángel no volvió a trabajar en el hotel y nos hemos alejado de la costa cuanto hemos podido.

Vimos una promoción en un folleto turístico de esta sierra, vinimos de visita, nos gustó y aquí nos hemos instalado. Ya lo sabes todo. Pero nunca pienses mal de mí. Con mi cuerpo no he sacado dinero ni placer. Lo he usado para salir de una situación frente a los jefes de mi marido. No discuto que la solución que adopté podría haber sido otra mejor, pero la realidad es esta, y no me arrepiento de nada de lo que he hecho.

– Podría reprocharte que me has utilizado en tu particular venganza, pero no lo haré, le dije mientras ponía mi brazo en su hombro.

– Te equivocas ya te he dicho que con nadie antes he sentido tanto placer. Desde aquel día no me había sentido una mujer hasta que me tocaste la pierna por debajo de la mesa. Tú me excitas, quiero hacerme inolvidable para ti. Lo que siento por ti, no sé si es amor, pero si no lo es, debe faltarle muy poco.

Estaba a punto de levantar el castigo a Ángel cuando apareciste, creo que puede aguantar otra temporada y así no nos molestará.

Me gustaría tener comentarios de este relato.

Continuará…

Autor: Diego tevuelvolocaya (arroba) hotmail.com

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Escrito por Marqueze

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