SECRETA FANTASIA

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Hacía una noche preciosa y yo acababa de salir de trabajar. Aquel día me había quedado hasta bastante tarde porque tenía que acabar un proyecto que debía de haber estado para ayer. Me adentré en la boca del metro y recorrí las escaleras sin prisa, mirando hacia el suelo, absorta en mis pensamientos; fue cuando me fijé en los pies que iban delante de mí, también pausados, como disfrutando de aquel recorrido que de agradable no tenía mucho.

Fui subiendo la vista y descubrí unos gemelos masculinos tan torneados que me sorprendieron, después unos pantalones corsarios verde militar algo ajustados que dejaban ver unas nalgas preciosas: redondas y muy firmes. Me sorprendí a mi misma mirándolas sin poder apartar la vista.

Llegados a este punto, tengo que decir, que yo siempre había sido una chica reservada y muy digamos, mojigata, quizás simplemente por el hecho de que venia de una familia conservadora y tenia un novio bastante formal. Nuestros excesos sexuales no dejaban de ser cosas que para otros eran bastante normales. Por eso cuando me asaltaban deseos o pensamientos que yo consideraba no correspondían con lo que se esperaba de mí, los apartaba como si fueran la misma peste.

Pero aquella semana estaba bastante excitada, realmente ya llevaba un tiempo así. Quizás la monotonía había hecho que mi cuerpo y mi mente quisieran despertar de aquel largo letargo que yo les había impuesto. Mi verdadero yo estaba aflorando como nace una flor en la primavera. Y eso me asustaba pero a la vez, me hacia sentirme viva. En esta ocasión no pensaba frenarme…

Mi vista continuaba ascendiendo como si estuviera descubriendo un recóndito pero bello paraje. Aquel hombre, tenía unas espaldas que daban ganas de recorrer con la lengua y con la tibieza de mis rosados pezones, para acabar arañando como una gata en celo. Su pelo era largo, un poco rizado y del color del fuego.

Con cada paso que daba emanaba un aroma que me estaba poniendo realmente caliente, ya notaba la humedad en mis braguitas y no podía remediarlo, era como un ratoncillo de campo, atraído por el olor de un delicioso queso. Su aspecto me recordaba a un surfero que había conocido años atrás en California, en uno de esos viajes que yo hacia con mi novio.

Entonces, alguien le llamó y él apresuró el paso.

-Alberto, estoy aquí.

Era otro chico, más o menos de su misma edad, bueno no podría decirlo porque al hombre misterioso no podía verle la cara. Ambos entraron al vagón del metro. Yo me di más prisa y conseguí entrar justo antes de que se cerrasen las puertas. El vagón estaba atestado de gente y no conseguía ver por donde se habrían ido.

No sé por qué tenia la imperiosa necesidad de estar junto a aquel hombre y respirar su aroma… pero fue en vano, por más que miraba buscando solo conseguía que la gente me mirase de manera extraña; debía de estar haciéndome notar demasiado, así que subiendo por mi cuello. Me sobresalté cuando noté como alguien recorría mi espina dorsal con algo, que supuse eran unos dedos. Iba a girarme cuando me susurraron al oído, muy bajo,

-Tranquila, ya me has encontrado. No te des la vuelta. Disimula.

La verdad es que quería gritar pero me contuve porque mi excitación iba en aumento. Mi garganta estaba muy seca y notaba como la respiración se agolpaba aumentando mi pecho. Miré a todos lados y me di cuenta de que el vagón estaba prácticamente vacío.

Las hábiles manos que estaban haciendo que me recorrieran unos escalofríos de placer tremendos ahora mismo jugueteaban con mis nalgas, amasándolas como queriendo darles una forma que ya tenían. Me mordí el labio inferior, era algo que hacia siempre que estaba muy caliente y ahora mismo era como si fuera a estallarme el pecho.

Entonces noté algo más: era su verga, tremendamente dura. Se apretaba contra mis nalgas como queriendo conquistarlas. Las manos se adentraron bajo mi falda, pero con mucho disimulo, y noté como una mano me acariciaba. Ya no quedaba

nadie en aquel lugar excepto nosotros. Mi parada estaba cerca y de repente él dijo:

-Si te bajas te lo pierdes, tú eliges.

Y claro, aunque dudé por un momento, decidí quedarme.

Así que dejé pasar mi parada, aún a sabiendas de que hoy llegaría bastante tarde a casa; aquella ocasión bien lo merecía.

De todas formas, seguro que para mi regreso, él ya estaría durmiendo, no se preocuparía porque así se lo había dicho:

-Llegaré muy tarde, así que no me esperes levantado.

La situación se estaba poniendo muy interesante, casi no me creía que fuese yo la que en aquellos momentos intentaba acallar unos gemidos que me salían de muy adentro, experimentando unas sensaciones extrañas, un placer que me recorría de abajo hacia arriba, casi sin dejarme respirar, algo que hacía años no sucedía, si es que en el pasado hubo momentos semejantes al que estaba viviendo ahora con aquel desconocido que me tenía cautivada y poseída de tal manera que no podía negarme a nada.

Comenzó a acariciar mi clítoris por encima del tanga de encaje negro, mientras me lamía el cuello y me mordía suave pero impunemente los lóbulos de mis orejas. Yo intentaba mantener la calma pero me era imposible: mis manos desesperadas querían aferrar parte de aquel cuerpo que tanto deseo me estaba provocando. Las lancé hacia atrás y él me dijo con una voz sensual pero dominante: -Tranquila nena, tu turno llegará, ahora déjame hacer a mí.

Dicho esto oí como sonaba su cremallera bajándose y una mano caliente se deslizó dentro de mi tanga, masajeando mis genitales que ardían y cuya suave humedad invitaba a explorar aquella cavidad del placer que parecía inhóspita pero excitante.

Su otra mano se fue a acariciar mis pechos, primero con suavidad pero después se tornó en furia sexual, pellizcando mis pezones. Notaba un ardor que hacia que éstos se elevasen, pidiendo más a aquella cruel pero placentera mano. Uno de sus dedos se fue a mi boca y lo lamí con fruición. Me imaginaba que aquel dedo era su miembro, que ahora apuntaba a mis nalgas y me estaba haciendo enloquecer. Cuando consideró que aquel dedo estaba preparado para su misión lo llevó a la entrada de mi ano; primero suavemente y en círculos fue haciendo que se expandiera, después lo introdujo y comenzó a sacarme unos gemidos que ya no pude contener. Entonces me tomó por sorpresa, penetrándome con tal fuerza que tuve que respirar muy hondo.

Y seguía masajeando mi clítoris mientras me embestía, y comencé a hacerlo cada vez más deprisa y le decía:

-Sé que te vas a correr ahora mismo, vamos…

Cuando la intensidad fue más elevada y ya no aguantaba más, su caliente néctar recorrió mis entrañas y me sentí poderosa. Quise ver su cara, pero no me lo permitió: -Es mejor así. Prefiero ser el hombre misterioso sin rostro al que recordarás siempre.

Entonces besó mi cuello de una manera tan delicada y cariñosa que casi hace que me derrita y se fue en la parada, que justamente era la anterior a la mía. Ya habíamos dado una vuelta entera al trayecto. Durante el viaje, sorprendentemente, solo habían subido dos personas y supimos disimular gracias a la falda y a que no se nos veía bien ya que uno de los focos del fondo, que era donde estábamos, se había fundido, propiciando una atmósfera perfecta. Me acicalé como pude y me dispuse a bajar para ir a los aseos.

Después de una limpieza conveniente me miré en los espejos y me di cuenta de lo sonrojado de mis mejillas y de la cara de felicidad extrema que tenía. Creo que nunca antes me había visto así, estaba resplandeciente, como si fuera nueva. Para ser sincera, no me reconocía.

De camino a casa, respirando el aire de la noche, rememoré todas las escenas, más bien, sensaciones, que había tenido y unos escalofríos muy agradables me pusieron la carne de gallina.

Abrí la puerta con sumo cuidado; se oía la respiración de mi novio, que dormía tranquilo. Para no despertarle, no encendí las luces, palpando llegué a la cama. Él me había dejado el camisón de raso negro sobre las sábanas. Qué detalle, pensé. Sonreí.

Conseguí verlo porque mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y por la ventana

entraba un suave haz de luz proveniente de la luna, y como las sábanas eran blancas aquella prenda se destacaba sobremanera en aquel cómodo lecho. Era verano y como el calor apretaba, dormíamos solo con las sabanas, a veces incluso desnudos.

Estaba tan relajada que sin querer me dejé ir en brazos de Morfeo.

No sé cuanto tiempo habría pasado cuando un ligero ruido me espabiló un poco. Debe de ser una puerta de la casa contigua, pensé. Aun intentaba abrir los ojos cuando algo tapó mi boca. El terror se apoderó de mí; estaba adormilada y no sabía si aquello era realidad o parte de un sueño. Entonces reconocí la voz:

-No voy a hacerte daño, no grites.

Ya no sabía que pensar… ¿Estaba en medio de un sueño muy real o estaba sucediendo que el hombre del metro estaba en medio de la oscuridad de mi habitación amordazándome con algo semejante a un pañuelo?¡Y mi novio no se había enterado! ¿Cómo era posible? Temí por él. A fin de cuentas, yo no sabía si me había puesto en peligro al tener sexo con un desconocido que podía ser cualquier maníaco, que el mundo estaba muy loco…

No sabía que hacer, una parte de mí quería confiar en él y por otro lado no quería que nada malo le sucediera a mi novio que yacía inmóvil a mi lado. Siempre a sido un cobarde, pensé. Vamos, como puedes acusarle de nada en estos momentos…

Mejor así, igual quiere algo que yo pueda darle y se irá, pero, ¿y si no se va? Me estaba volviendo loca. Entonces habló:

-¿Vas a portarte bien? ¿Estarás quieta y no intentarás nada violento conmigo?

Asentí con un movimiento de cabeza. Él quitó sus manos de mi boca, después de atarme el pañuelo. Parecía que no confiaba en mí. Entonces, aproveché para propinarle una patada dejándome unos minutos sola, pero volvieron en seguida. Me arrancaron el camisón cortándolo con una enorme navaja cuyo filo estaba helado y pude ver a la luz de la luna como brillaba. Había sido mi novio, aficionado a coleccionar este tipo de artículos el encargado de la peligrosa tarea. No obstante, casi ni me rozó, y el raso se cortó como si nada, dado lo afilada que tenía su preciada navaja. Reconocí el regalo hecho años atrás por mi misma.

Oí un tintineo y uno de los dos empezó a deslizar algo muy frío por mis pechos, recorriendo los pezones, después lamía el líquido que se desprendía. Eran cubitos de hielo que nunca nadie había usado conmigo de esa manera. El goce que estaba experimentando fue en aumento con otro sonido y posterior acción: el ruido de propulsión de un gas y algo muy liviano cayendo sobre mi estomago. Parecía espuma de afeitar, aunque salí de mi error cuando el otro hombre se comió aquello con muchas ansias, como si quisiera arrancar parte de mi abdomen succionando fuertemente con su boca y sus labios.

Cuando hubo acabado se fue hacia abajo y me quitó el tanga que me había puesto para repetir la operación esta vez echando la ¿nata, quizás? en mi clítoris. El orgasmo fue casi inmediato, pero como no podía respirar, me quitaron la mordaza para que diera rienda suelta a mis gemidos de gozo, cuando notaron que me calmaba algo, me lamieron la cara y me metieron el enorme miembro de uno de ellos en mi boca, mientras se meneaba y me decía, chúpalo bien, perra, me di cuenta de que aquel era mi novio, Luis.

Estaba actuando de una manera totalmente desconocida para mí, pero me gustaba su cambio de actitud, aunque aun no entendiese aquella extraña situación.

Entonces, Alberto, recordé su nombre del momento en que su amigo le había llamado, acabó de quitarse los bóxer que llevaba y entró dentro de mi vagina, que estaba tan húmeda como un río. Alternó las embestidas fuertes con las suaves y cada poco salía de mí para lamerme el clítoris y pasar su lengua por todos mis genitales, desde casi la entrada del ano hasta la zona del pubis. Y de nuevo me penetraba…

Estaba acostumbrándome a aquella situación cuando cambió de repente. Me desataron las piernas y los brazos a sabiendas de que ya estaba tranquila y me había dejado llevar por la escena que se estaba produciendo allí.

Luis se echó en la cama y me montó sobre él para que Alberto pudiese hacer lo propio con mi otra abertura. Aquello fue tremendo, estaba completamente llen

a de carne y gozando tanto que me corrí dos veces más.

-No paréis por favor, quiero que me folléis salvajemente, hacedme gritar…

Cuando ambos estaban a punto de alcanzar el orgasmo paré, desmonté de uno y me desprendí del otro. Les cogió por sorpresa…

-Poneros de rodillas, uno a cada lado de mi cuerpo. Vais a correros en mis pechos y después me masajeareis con vuestra leche, pero tenéis que echarme una mano.

Me metí el falo de Alberto en la boca mientras él lo movía como loco y a Luis le obligué a masturbarse mientras le metía un dedo muy húmedo en su ano. Hice lo mismo con Alberto, alternando mi boca entre los dos. Aquello fue lo máximo que pudieron soportar y en poco menos de un minuto ambos gritaban de placer y me echaban su leche empapándome por completo. Después, me hicieron un masaje tan placentero que casi me desmayé del gusto…

Solo recuerdo, que algo me despertó: era el sonido de la radio que usaba para volver al mundo real todas las mañanas. Oh… entonces todo ha sido un sueño, ¡qué lástima!Pero…

Autor: RedHotKitty

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Escrito por Marqueze

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