Seducido y controlado por mi sobrina

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Hola, soy Erikca, y estaré contando relatos por aquí. A veces míos, pero a veces de otros. En esta ocasión les contaré el relato de Jorge y su sensual sobrina Diana:

Quisiera escribir que soy un hombre maduro, casado, normal, pero desde hace un tiempo para acá, esto no es así, y todo ha sido culpa de la llegada a casa de mi sobrina Diana.

Primero, debo relatar cómo empezó todo esto. Soy un hombre de 43 años, casado desde hace 15 con mi esposa Sofía, cuatro años menor que yo, y juntos tenemos un niño de ocho años. En cuanto a mí, desde hace cosa de año y medio me ha llegado mi segundo aire. Puedo ejercitarme mejor de lo que lo hacía hace unos cinco o seis años, tengo más energía y en general estoy sintiéndome muy bien. Soy de tez morena clara, ojos cafés, cabello negro y mido 1.86 metros.

Mi relación con mi esposa es buena. Ella tiene muchas virtudes, pero nuestra vida sexual es otra cosa. No es que no tengamos sexo de forma seguida, pero ella no es muy fogosa. Hacemos pocas posiciones, variamos poco, no le gusta que yo le haga cunnilingus y las felaciones son más bien normales, ni hablar de sexo anal. Aun así, llevamos muy buena relación y aunque he tenido repetidas oportunidades -y deseos en muchas ocasiones- de tener alguna aventura, había podido resistirme y en nuestro matrimonio, jamás la había engañado.

Un buen día, Sofía me dijo que necesitaba hablar conmigo. Me dijo que su sobrina necesitaba venir a vivir a la ciudad para estudiar la Universidad. Su sobrina Diana es hija de su hermano Tomás, un sujeto bastante detestable. Vulgar, ruidoso y que aprovecha cualquier mínima oportunidad para engañar a su esposa, quien dicho sea de paso, no es para nada fea. Tomás viaja seguido desde el poblado donde viven hacia nuestra ciudad ya que es repartidor de cerveza, pero no pocas veces me entero que también tiene varias mujeres por aquí. Jamás se lo he comentado a mi esposa, porque finalmente no le veo el caso de meterla en los problemas de él.

Mi primera reacción fue entonces negarme a que Diana viniera a vivir con nosotros, pero no encontré un buen pretexto, además la chica no tenía la culpa, así que terminé aceptándolo. No había razón para negarme, somos dueños de una franquicia de comida rápida y nos va bien económicamente.

Un mes después arribó Diana con sus padres, Tomás y Mónica. Tenía cerca de seis años sin ver a Diana. Llegó vestida muy normal, con jeans y blusa algo amplios, cómodos para viajar las dos horas y media de camino desde su poblado hasta la ciudad. De rostro la vi bastante bonita, típica jovencita de 18 años, en la flor de la vida, pero inicialmente nada más llamó mi atención. Ella es de tez blanca, con cabello castaño claro largo, ojos miel, de estatura algo superior a los 1.60 metros.

Los tres comieron con nosotros, pero Tomás salió para encargarse de “unos asuntos”.

-De seguro va con alguna zorra que tiene por aquí -dijo Mónica. Sofía se sorprendió un poco, pero yo no dije nada, pues me imaginé que era cierto. Diana nada más esbozó una sonrisita y negó un poco con la cabeza.

Unas dos horas después, Tomás regresó, bastante fresco por cierto y fue la hora de irse para él y Mónica. Ambos se despidieron de Diana y Sofía fue a ayudarla a instalarse completamente un cuarto de huéspedes que tenemos.

Toda iba de lo más normal. Diana había hecho poco ruido, apenas si notamos que estaba por ahí; sin embargo, por la noche fue el inicio de todo. Fui a lavarme los dientes y la vi, era Diana. De espaldas, con un boxer femenino pegado, a la mitad de sus nalgas, contorneando un bello trasero de muy buen tamaño. De inmediato me exité. Disimulé mi erección apretando mi pene con el elástico de mis shorts para dormir y saludé a Diana. Ella se volteó y me dejó ver sus pechos. Cubiertos por una blusa rosa de tirantes. Erguidos, de tamaño importante, redondos, con esa belleza que sólo la bendita juventud puede dar. No pude evitar verlos por un momento.

Tras retirarme a mi habitación, estaba caliente. No podía quitarme de la mente ese cuerpo que la holgada ropa de la tarde me había impedido admirar. Estaba tan exitado, que le pedí a mi esposa sexo; pero ella se negó, pues no quería que Diana, en su primera noche en nuestra casa, terminara escuchándonos. Así, demoré bastante en dormirme ante semejante erección.

Al siguiente día la vi ya cambiada. Unos jeans a la cadera y un top negro. Abrazó a Sofía como saludo de buenos días y luego hizo lo mismo conmigo. Pude sentir sus pechos y me empalmé un poco otra vez.

Y así continuó. Con su ropa sexy, sus poses sensuales y sus miradas de debora-hombres. Yo trataba de mantener mi compostura, pero incluso en las pocas ocasiones en que tuve sexo con Sofía, en mi mente tenía el cuerpo, las curvas de Diana. Me masturbaba frecuentemente, casi como un chico adolescente lo hace cada noche pensando en la chica más guapa de la clase, así lo hacía yo, pensando en ella.

Tres meses después de que Diana empezara a vivir con nosotros, tuve por la madrugada la urgencia de algo de agua. Era una noche calurosa, sobre todo para la época del año y fui a la cocina. Terminé de tomar mi vaso cuando la vi entrar, quedé boquiabierto. Diana llevaba su blusa de dormir, pero solamente una tanga, y vaya tanga. Un hilo dental que cubría lo más indispensable adelante.

-Vengo a tomar agua, ¿tú también tío? -me dijo con una sonrisa tenue. Entonces abrió la nevera para sacar la jarra de agua fría, y si pensé que con la tanga ya había visto esas nalgas en todo su esplendor, me había equivocado. Ahí estaba ella, inclinada, agachada, empinada, como le quieran decir. Su culo era perfecto, adecuado para su cuerpo, firme, excitante. Sacó el agua, la sirvio con gracia y volvió a poner la jarra en la nevera, inclinándose de nuevo y mostrándome ese hermoso trasero. Luego sonrió seductoramente y se marchó.

No pude evitarlo, con mi esposa dormida en la cama, me masturbé lo más sutilmente que pude para no despertarla. Durante todo ese tiempo lo estaba negando, pero ya no podía. La deseaba, quería tomarla y follarla salvajemente. Me sentía culpable, pero no podía yo hacer nada para aliviar esa excitación.

A partir de entonces, no dejaba de pensar en ella, en ese trasero, en ese cuerpo, en esa sensualidad. Me estaba obsesionando, y yo trataba de apartarla de mi mente, sobre todo por ser mi sobrina política, pero simplemente mi deseo era demasiado.

Y uno de esos días, mi esposa salió con sus amigas para cenar. Yo tuve unos asuntos que resolver en uno de los tres restaurantes de la franquicia y regresé a la casa cerca de las 9 y media de la noche. Mi hijo ya estaba dormido y al voltear a la habitación de Diana, parecía que ella también. Era extraño, pero no le tomé importancia.

Me dirigí hacia mi habitación y vi que la luz estaba encendida. Entré y ahí estaba ella. Sentada en la cama, sin nada encima aparentemente. Sólamente unos zapatos rojos y unas medias a la mitad del muslo, no pude ver si llevaba tanga o no, ya que tenía sus piernas juntas. Me exite al instante inevitablemente. Me vio y me sonrió, luego alzó su mano y me llamó con su dedo. Como hipnotizado me acerque, pero pude tener algo de cordura para preguntarle.

-¿Qué haces aquí, Diana?

Ella no me respondió, y luego abrió las piernas. Efectivamente no llevaba nada. Sólo algo de vello en su sexo.

-Sé que lo quieres, ¿por qué no lo pruebas? -me dijo.

No pude más. Me hinqué, acerque mi rostro y mi lengua comenzó a lamer esos labios vaginales, ese clítoris. Estaba en el cielo, no había probado una vagina en casi 20 años, y ésta me estaba sabiendo a gloria. Ella, con sus manos, tomó mi cabeza y la apretó más contra su entrepierna. Mi lengua se adentró en su hueco. Con una de sus manos dirigió una de las mías hacia su ano, donde empecé a acariciarla y a introducir un poco un dedo.

-No te detengas, lo haces muy bien. Sé que querías a esta hembra, ¿verdad? -me decía entre gemidos. Yo de cuando en cuando trataba de mirar su rostro para observar su expresión, pero ella no me dejaba. En cuanto trataba de alzar la cara, me detenía con sus manos, me hundía más en su sexo; pero ello me exitaba y trataba de darle cada vez más placer.

Sus gemidos se hicieron más constantes y escandalosos, hasta que sentí un vaivén en sus caderas y luego sus jugos inundaron mi rostro. Casi había olvidado esa sensación, aunque, a decir verdad, tal vez nunca había tenido a una mujer tan sensual en mi rostro. Luego, sucedió algo que nunca me había pasado. La excitación que me causó su orgasmo sobre mi rostro fue tal, que yo también me vine.

-Vaya que te ha gustado -me dijo sonriendo- no te culpo, porque has disfrutado mucho dándome placer, ¿verdad?

Luego se levantó y se dirigió a la puerta de la habitación, contonéandose sensualmente con sus tacones y su cuerpo desnudo. Luego me vlteó a ver y se tomó su trasero con sus manos.

-Esto tal vez sea tuyo… tal vez. Pero eso lo decidiré yo -me dijo a la vez que pasaba su lengua por su labio superior. Salió y se dirigió a su habitación.

Y ahí quedé yo. Hincado, con mi rostro y el cuello de la camisa empapado de jugo vaginal. Al mismo tiempo, mi ropa interior manchada de semen. Desconcertado, pero me di cuenta de que había cruzado una puerta sin retorno.

Continuará…

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