Sexo en el siglo XXIII (V).

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– Marisa. Carla. – y cuando lo miramos a la cara prosiguió – Eso no es malo. No significa nada. Sólo tiene que ver con su sexualidad y no quiere decir nada más que eso. Es un deseo y lo más probable es que, si lo concretan, no les vuelva a suceder. Es como una fantasía.

– ¿Querés decir que tenemos que hacerlo? – preguntó Carla.

– No digo que “tengan” que hacerlo. No tienen por qué hacerlo. Digo que si quieren hacerlo, si tienen deseos de hacerlo, no es malo que lo hagan.

Nos volvimos a mirar con Carla y ella dijo – A mi… me gustaría probar.

Yo volví a sentir calor en las mejillas y Carla se rió nerviosa, agregando – ¡Te ruborizaste! Yo me reí y asentí con la cabeza.

– ¿Por qué te ruborizás? – preguntó ella.

Todavía tenía mis brazos cubriendo mis senos, pero los dejé caer, dejando ver nuevamente mi desnudez y le contesté con una sonrisa avergonzada – Porque a mí también me gustaría… probar – y su cara se iluminó con una sonrisa de excitación.

Ambas miramos a Andrés como pidiendo ayuda, cosa que él interpretó enseguida y nos abrazó a ambas, atrayéndonos hacia él.

Primero me besó suavemente a mi, metiendo su lengua en mi boca y jugueteando con ella. Luego la besó a ella y pude ver como sus lenguas se acariciaban con pasión.

Con una mano empezó a acariciarme los senos a mí y con la otra los senos de ella. Yo estiré mi mano hacia su verga, para acariciarla, pero me choqué con la de ella que quiso hacer lo mismo. Ambas las retiramos pero él nos pidió – Acarícienme las dos – y las dos manos volvieron a su entrepierna, tocándole la pija, acariciando una mano a la otra, jugando unos dedos con otros mientras se la tocábamos y se iba poniendo dura.

Andrés bajó su cara a mi pecho y me chupó con delicadeza un pezón. Luego fue hacia el pecho de Carla e hizo lo mismo.

– ¿Te gustan los pechos de Carla? – pregunté yo.

– Me gustan mucho – dijo él – y volviendo a besar mi pezón, agregó – y también me gustan mucho los tuyos.

– Ambas tienen los senos preciosos – agregó acariciándonos a ambas – Son distintos, pero preciosos.

– Si – dijo Carla.

– Si… ¿qué? – le preguntó Andrés.

– Que Marisa tiene senos muy lindos – respondió.

– ¿Por qué no los acariciás entonces? – dijo él con una sonrisa.

Carla extendió una mano hacia mi pecho derecho y con la punta de los dedos me acarició lentamente. De a poco se fue animando y tomando confianza, hasta que comenzó a acariciarme con toda la mano y masajear mi pezón, con lo que yo empecé a jadear de excitación.

Andrés me tomó la mano derecha y la llevó hacia el seno izquierdo de Carla. Cuando la toqué sentí como un golpe eléctrico de placer. Comencé a acariciar su seno, tomando entre dos dedos su pezón y sintiendo como crecía y se endurecía entre ellos.

Andrés puso una mano en mi espalda y la otra en la espalda de Carla y nos fue empujando una hacia la otra, mientras nos seguíamos acariciando los pechos.

Cuando nuestros rostros estuvieron separados sólo por unos pocos centímetros nos miramos fijamente a los ojos. Carla tenía una expresión mezcla de excitación y temor, y seguramente ella veía lo mismo en mi cara.

Mirándonos fijamente seguimos acercándonos, ya sin que Andrés nos empujase, hasta que nuestros labios se unieron suavemente.

Yo cerré los ojos, ya desentendida de todo, y comencé a besarla, con ternura al principio y los labios apenas entreabiertos, con pasión a los pocos segundos y luego literalmente comiendo sus labios y su lengua, que también jugaba con la mía.

Nos seguimos besando mientras nuestras manos acariciaban los pechos de la otra. De a poco nos fuimos abrazando hasta que sus tetas se juntaron con las mías y yo creí desfallecer de placer.

Andrés ya no contaba. Éramos ella y yo. Boca a boca, seno a seno, nuestras manos no paraban de explorar el cuerpo de la otra.

De pronto sentí que los dedos de ella acariciaban mi concha, jugando con mis pelitos, acariciando mis labios, frotando mi clítoris…

– Mmmmmmmmm… – suspiré, desfallecida

– Si, seguí, por favor – le rogué.

Sentí entonces que yo también debía tener iniciativa y con firmeza la empujé sobre la cama, acostándome sobre ella mientras la seguía besando.

Cuando ella estuvo acostada, mis labios se separaron de su boca y fueron bajando por su cuello, acercándose a sus tetas. Fui besando ese seno grande y sedoso hasta llegar al pezón. Mi lengua salió a su encuentro y lo lamí con fruición, como si fuera un helado, como si fuera una golosina deliciosa. Y lo era. Era la más rica golosina que yo hubiese probado. Luego lo aprisioné con mis labios y un gemido se escapó de labios de Carla, inequívoca señal del goce que yo le producía con mi chupada.

Una mano me acariciaba la cabeza, aprisionándola contra su pecho como para que no parase de chuparla, gesto innecesario pues yo no pensaba soltar ese manjar de entre mis labios. Su otra mano acariciaba mi espalda y lentamente bajó por ella hasta mis nalgas, tomándome por la parte inferior y metiendo sus dedos entre ellas para acariciar mi ano.

Así estuvimos unos minutos, hasta que ella me quitó de encima y me hizo acostar boca arriba, para comenzar ella a besar mis tetas. Se deleitó y me deleitó. Me llevaba a límites de excitación que nunca creí alcanzar. Eso no tenía nada que ver con como me chupaba las tetas un hombre, talvez, solo talvez era parecido a como lo hacía Andrés, pero sus labios tenían otra cosa, una pasión distinta. Más sensual y más inocente, más salvaje y más tierna.

Luego de jugar con mis tetas un rato, las soltó y su boca fue descendiendo por mi vientre, pasando la lengua por mi ombligo y bajando a mi entrepierna.

Con dos dedos separó mis labios vaginales y dejó mi concha expuesta, indefensa y abierta para recibir su lengua, la que comenzó a lamer lentamente.

Un largo gemido se escapó de mis labios. Era maravilloso. Su lengua me acariciaba, sus labios aprisionaban mi clítoris, la lengua se intentaba introducir en mi agujerito, dilatado y chorreando líquido de la excitación.

De pronto, metió un dedo y lo dobló hacia arriba. Yo presentí lo que iba a venir. Mientras me seguía chupando, Carla estaba buscando mi punto G con su dedo… y lo encontró. No se necesitó más. Me arqueé en la cama, reclamando más labios y más lengua en mi concha, apretando con mis manos su cabeza para que no parara y acabé con un grito que debieron escuchar todos mis vecinos. El orgasmo fue explosivo. En pocos segundos creció en mi interior un placer intenso que me consumió. Quedé desfallecida en la cama, respirando agitada mientras Carla daba los últimos y tiernos besos en mi concha.

Luego ella subió por mi cuerpo, besando con suavidad mi vientre, mi ombligo, mis senos, hasta llegar a mi cara y llenarla de besos tiernos y cariñosos, que no obstante yo sentía llenos de erotismo.

Se acostó a mi lado, acariciando mis senos con delicadeza. Comprendí que ella estaba actuando con una delicadeza extrema, permitiéndome que me recuperara del impresionante orgasmo que había tenido con sus caricias y sus besos, pero yo era conciente que eso no era justo. Ella me había dado placer y yo sentía la necesidad de retribuírselo. No. Esa no era la palabra. Tenía el deseo de retribuírselo. Quería hacerla gozar como ella me había hecho gozar.

No bien se me normalizó la respiración comencé a responder a sus besos y nuestras bocas se trenzaron nuevamente. Yo escarbaba con mi lengua y buscaba la suya, lamiéndola, chupándola, a la vez que mis manos acariciaban sus tetas, mucho más grande que las mías, con los pezones duros y paraditos.

Lentamente fui bajando mi mano por su cuerpo, llegando a su pubis, totalmente depilado. La suavidad de su piel hacía evidente que se lo había depilado antes de ir a mi casa.

No sabía exactamente cómo actuar, pero pensé que lo que debía hacer era lo mismo que me hacía yo misma cuando me masturbaba. Como a mi me gustaba, esperaba que ella también lo disfrutara.

Con mis dedos busqué su clítoris y al alcanzarlo comencé a frotarlo en forma circular con la yema de los dedos índice y medio, mientras la miraba a los ojos entrecerrados, disfrutando al tiempo que su respiración se iba haciendo más y más rápida.

Mientras mis dedos jugaban en su concha, Carla abrió los ojos y

me miró. Sus ojos expresaban la excitación que sentía, pero también había en ellos ternura y amor.

Con la mirada fija en sus ojos, comencé a bajar a sus tetas y las chupé con verdaderas ganas, sin separar mis ojos de los suyos.

Carla cada vez estaba más agitada, pero yo no quería que acabase así, por lo que enlentecí los movimientos de mis dedos, extendiéndolos a toda su entrepierna y ocasionalmente deslizando dos dedos en su agujero, arrancando cada vez un gemido más de excitación y placer.

Deslicé mi boca por su cuerpo, bajando al encuentro de su concha que me reclamaba. Mi lengua fue dejando un rastro húmedo en su cuerpo llegando a su depilado pubis y abriéndose paso entre los labios para encontrar el hinchado clítoris.

Nunca había hecho esto. Nunca había siquiera pensado concientemente en hacerlo. No tenía experiencia alguna, pero actué como me gusta que me lo hagan a mí. Lamí su clítoris con mi lengua. Lo chupé con los labios. Le pasé la lengua casi desde su ano hasta más arriba de los labios vaginales y volví a pasarle la lengua al hinchado clítoris. Así, lamiéndoselo cada vez más rápido, mientras mis manos acariciaban sus nalgas y se metían entre ellas para tocarle el culito apretado, hice que Carla empezase a acabar en forma suave y lenta.

Su orgasmo no fue escandaloso como el mío. Obviamente no controlé el tiempo, pero debe haber durado tres o cuatro minutos. Fue maravilloso para mi sentir que estaba dando tanto placer con mi lengua y mis dedos.

Carla gemía entrecortadamente y movía sus caderas abajo y arriba, ayudando a mi lengua en su trabajo, hasta que finalmente, con un gritito de placer se dejó caer y se quedó quieta, aunque sus caderas continuaron moviéndose con leves espasmos.

Fue entonces que tomé conciencia de que a nuestro lado estaba Andrés, el robot que nos había impulsado a amarnos de esta forma.

Estaba de costado en la cama y su pija estaba parada.

– ¿Qué significa eso, Andrés? – le pregunté con tono de burla– ¿estás excitado por vernos? – Estoy programado para “excitarme” de acuerdo a lo que veo, igual que un humano. – respondió.

– Mmmm – ronroneó Carla con sensualidad – No podemos dejarlo así, ¿verdad Marisa? – Claro que no – le contesté sonriendo con cara de perversa – Hay que calmarlo.

– No es necesario – dijo Andrés – no hay problema en que me quede así.

– Insistimos en “calmarte” – dije yo.

– Insistimos en “cogerte” – dijo Carla.

Ambas nos abalanzamos sobre su verga endurecida y comenzamos a chuparla entre las dos. Esta vez no había problemas cuando nuestras bocas se tocaban. Incluso buscábamos esa situación, ya que más de una vez dejábamos la verga para besarnos.

Así jugamos durante varios minutos, hasta que Andrés se movió y haciendo que Carla se acostase de costado, se situó detrás de ella, poniendo su verga entre las piernas de ella, frotándosela entre las nalgas y en la concha.

– Quiero que me la chupes, Marisa – dijo.

Yo me acomodé del otro lado de ella y metí mi cara entre sus piernas. De esta manera empecé a chuparle la pija, tratando de meterla toda en mi boca..

Andrés me dejó que chupara unos segundos y luego me pidió – Ahora ayudame a metérsela en la concha.

La verga de Andrés era en ese momento de algo menos de cinco centímetros de diámetro y costaba metérmela en la boca, pero recordando lo que había visto cuando cogieron la primera vez, le dije – a Carla le gusta más gruesa.

Andrés hizo que su verga se volviera más gruesa, hasta lo que calculé serían seis centímetros de diámetro. Me la volví a meter en la boca, pero me atraganté, por lo que la tomé en mi mano, húmeda de mi saliva y antes de meterla pasé la lengua por la concha, mojándola más aún y haciendo estremecer a mi amiga. Después apoyé la pija en el agujero de Carla y Andrés empujó para meterla.

Yo estaba a centímetros de la concha de mi amiga y pude ver como ese tremendo pedazo iba entrando en su agujero sin pausa, dilatándolo hasta que entraron los dieciocho centímetros de pija en la concha de Carla.

Andrés empezó a moverse, sacando la verga casi por completo y volviéndola a meter hasta el fondo. Cada vez que la pija salía de la concha de Carla, yo aprovechaba par

a pasarle la lengua a todo lo largo, y cuando quedaba hundida hasta los testículos le chupaba la concha a mi amiga, concentrándome en el clítoris.

Carla se estremecía cada vez que la verga se le clavaba hasta lo más profundo de su concha y se volvía a estremecer un instante después, cuando mi lengua recorría sus labios y su clítoris.

Poco a poco su respiración se fue haciendo más rápida y agitada, hasta que entró en un violento estremecimiento, gimiendo y pidiendo – ¡Más, más…! ¡Sigan…! ¡No paren…! ¡Me muero de calentura…! – hasta que un largo gemido nos indicó que estaba acabando. Fue un polvo sensacional. El gemido se convirtió en un grito de placer y cada vez que la verga de Andrés salía de su concha, yo notaba, al pasarle la lengua, que salía empapada de los jugos que Carla estaba largando en su paroxismo de calentura y placer.

Por mi parte, la excitación que me provocaba el estar chupándole la concha a mi mejor amiga, sentir su calentura y cómo gozaba, y ver, a tres centímetros, como la verga de Andrés, tremendamente gruesa, entraba y salía de su concha, era excepcional.

No recordaba haber estado tan caliente en mi vida, no obstante que desde hacía dos horas estaba gozando como loca.

Por fin el polvo de Carla terminó. Cuando se comenzó a calmar, Andrés le sacó la verga de la concha y yo me la metí en la boca a pesar de lo tremendamente gruesa que estaba y de lo que me costaba que entrara.

Mi calentura aumentó, si es que eso era posible, al saborear todo lo que Carla había segregado en su calentura. La pija estaba mojadísima al entrar en mi boca. Carla se estaba recuperando de su orgasmo y dirigió su cara hacia la mía. Ambas empezamos nuevamente a chupar la pija, tal como hicimos antes, así como a besarnos, lamernos y chuparnos las lenguas con la verga de Andrés en medio de ambas. Andrés se agarraba la pija y la metía en la boca de Carla, la sacaba de allí y la metía en la mía, para volver a clavarla, cinco segundos después, nuevamente hasta la garganta de Carla.

De pronto nos dijo que paráramos. Nosotras le obedecimos de inmediato y desde su entrepierna nos quedemos mirándolo agitadas y con las caras húmedas de nuestras salivas entremezcladas.

– Quiero que te pongas en cuatro patas, Marisa – Me pidió, aunque sonó como una orden que yo obedecí con una sonrisa de excitación, anticipando lo que iba a venir. Me arrodillé en la cama, con las piernas levemente separadas y apoyé mis manos, quedando en cuatro patas.

– Carla – continuó él – ponete debajo de ella.

– Si – se apresuró a contestar ella y le obedeció de inmediato, poniéndose bajo mi cuerpo, quedando nuestras caras frente a frente. Sentí la mano de Andrés en mi nuca, que me empujaba hacia la cara de Carla. Nos empezamos a besar, lengua contra lengua, mientras las manos de Carla me acariciaban las tetas. Andrés, que se había echado a nuestro lado, le susurró a Carla.

– Bajale a tu amiga. Calentala bien para lo que voy a hacerle – y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Carla se empezó a deslizar hacia abajo, chupándome y mordisqueándome el cuello y alcanzando mis pechos. Mientras chupaba un pezón, me masajeaba el otro con dos dedos y con la otra mano me acariciaba la concha.

Después, Carla siguió su camino hacia mi entrepierna, empezando a chuparme la concha nuevamente. Era maravilloso. Nunca un hombre me había chupado así. Carla estaba acostada con la cabeza entre mis piernas. Andrés me hizo levantar las manos y prácticamente me sentó sobre la cara de mi amiga mientras él me empezaba a besar en la boca y acariciarme los pechos. Yo ya no aguantaba más. Estaba caliente como una perra y quería que me sacara la calentura como fuera. Carla seguía chupándome la concha, pero se debía de haber dado cuenta de lo que Andrés me quería hacer, porque no sólo me lamía y chupaba la concha, sino que sus labios y lengua se iban hacia mi agujero de atrás. Mi culo estaba siendo objeto de un tratamiento impresionante y yo sentía que desde mi concha salían ríos de líquido de la calentura que estaba sufriendo.

Andrés se incorporó en la cama y me ofreció su verga, colocándola frente a mi boca. Yo no me hice de rogar y me la metí hasta el fondo. El robot tuvo la delicadeza de hacer que el tamaño

de la misma volviera al que tenía la primera vez que se la vi, es decir de unos 15 o 16 centímetros de largo y de unos cinco de diámetro.

Era una sensación impresionante sentir la fiesta que Carla me hacía en la concha y el culo y la que Andrés me ofrecía por la boca, clavándome la verga hasta la garganta. Después que se hizo evidente el nivel de mi calentura, Andrés me la sacó de la boca y se ubicó de rodillas detrás de mí, empujándome para volverme a colocar en cuatro patas.

Mientras Carla seguía chupándome la concha y me metía un dedo en el ano, distendiéndolo y preparándolo para lo que vendría, Andrés apoyó la cabeza de su pija en mi culito y comenzó a empujar, con mucha delicadeza, por lo menos hasta que yo le pedí, desfalleciente, que me la pusiese.

– ¡Por favor, Andrés! ¡Metémela de una vez! – ¿Qué? – preguntó él con voz baja y algo de burla.

– ¡Que me claves ya! – insistí yo.

– ¿Cómo? – volvió a hacerse rogar él.

Yo comprendí su juego y lo acepté gustosa.

– ¡Que por favor me claves la verga en el culo! Y de un solo envión, no con brusquedad, pero sí con firmeza, me fue introduciendo la pija hasta que sus testículos me golpearon cerca de la concha.

Yo largué un gemido que empezó siendo de dolor, pero que rápidamente se convirtió en uno de placer cuando él empezó a cogerme con lentitud, haciendo que la pija saliese de mi recto casi totalmente, dejando sólo la cabeza dentro, para volverla a meter hasta el fondo.

Yo sentía como me entraba y recorría por dentro mientras Carla no paraba de chuparme el clítoris y los labios de la concha, y empezaba a meter un dedo dentro de mi vagina. Cuando ella logró lo que quería, que era encontrar nuevamente mi punto G, exploté en un orgasmo que hizo que tuviese que aflojar mis brazos, hundiendo la cara en la sábana y mordiéndola con desesperación.

Andrés no dejó de serrucharme desde atrás y su verga no paraba de entrar y salir de mi recto. Después de algunos segundos, Carla comenzó a ascender debajo de mí, subiendo con su lengua por mi vientre, llegando a mis tetas y obligándome con delicadeza a que le dejara lugar debajo de mí.

Me chupó las tetas y los pezones y subió un poco más en la cama hasta que nuestras bocas se encontraron.

Mientras nos besábamos con pasión, sus manos me acariciaban los pechos hasta que una de ellas bajó nuevamente a mi concha. Me estaban enloqueciendo entre los dos.

Carla siguió masturbándome mientras nos besábamos y Andrés me cogía por el culo, lo que hizo que empezase nuevamente a sentir que me venía otro orgasmo. Cuando acabé por segunda vez en muy pocos minutos, no pude aguantarme más apoyada en las rodillas y me dejé caer encima de ella. Andrés siguió mi movimiento y no paró de cogerme.

Yo estaba acostada encima de Carla y Andrés seguía cogiéndome el culo, pero de pronto sentí que su verga comenzaba a crecer dentro mío. Cuando ya me estaba doliendo se retiró de mi trasero, pero no se salió de encima mío, haciéndome sentir que era el jamón de un sándwich entre él y Carla.

Ella y yo nos besábamos sin cerrar los ojos, mirándonos fijamente, por lo que pude apreciar perfectamente como levantaba las cejas y abría más los ojos para enseguida entrecerrarlos con placer y dejar escapar un quejido de placer. Me di cuenta que Andrés, sin salirse de arriba mío se la estaba clavando a Carla. Las dos nos seguíamos besando y acariciándonos mientras yo sentía el movimiento que Andrés efectuaba sobre mí mientras se cogía a Carla.

Así seguimos hasta que Carla acabó, otra vez, de manera estruendosa, mientras yo le seguía comiendo la boca y la lengua. Yo alcancé a pedirle a Andrés que no acabara todavía.

– No acabes todavía, Andrés.

– Como quieras, mi amor – contestó y aunque parezca mentira, me encantó que me dijera “mi amor”.

Cuando Carla se calmó, él se salió de arriba y yo dejé de aplastarla a ella. Ambas quedamos acostadas, juntas, tratando de recuperarnos de tanto goce.

Andrés se paró al costado de la cama, todavía con su verga bien parada y del tamaño que Carla había pedido ante

s: juro que tenía por lo menos seis centímetros de diámetro. Era una pija impresionante.

Las dos nos sentamos al borde de la cama y empezamos a jugar con él. Su pija iba de una boca a otra. Cuando se la metía a Carla, yo le chupaba los testículos. Cuando era mi turno de recibirla hasta la garganta, los testículos recibían lengüetazos de parte de Carla.

Cada una la agarraba con una mano y lo masturbábamos en forma conjunta. Nuestras lenguas saboreaban un delicioso manjar y esperábamos más.

– Quiero que nos acabes en la cara – le pedí yo.

– Si – aceptó Carla – danos tu leche en la cara.

Y lo seguimos chupando.

Nuestras manos lo pajeaban y vimos como su cuerpo se tensaba como un humano real, sintiendo que se estaba acabando.

El primer chorro de leche dio en la cara de Carla, que recibió parte dentro de la boca. El segundo ella lo dirigió hacia mí y me cruzó la cara. Era evidente que esa pija no pertenecía a un hombre, pues varios y abundantes chorros siguieron saliendo hacia nosotras, que los recibíamos con grititos de placer mientras le pasábamos la lengua por la verga.

Cuando paró de darnos su leche, nuestras caras estaban empapadas por largos chorros de eso que, a todos los efectos, era semen. Fue entonces que ambas nos dedicamos a limpiarnos la cara con la lengua. Yo trataba de atrapar la mayor cantidad de leche del rostro de mi amiga y ella hacía los mismo, mientras nuestras manos no descansaban y seguían acariciando los senos de la otra.

Minutos después, Carla y yo nos acostamos abrazadas, muy cansadas, pero absolutamente satisfechas. Nos dormimos al poco rato y lo último que sentí antes de perder la conciencia fueron los labios de ella besándome los párpados cerrados.

Autor: Mikaela

mikaelafuell ( arroba ) hotmail.com

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Escrito por Marqueze

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