Una maravillosa paja

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Hacía mucho calor y mis hormonas estaban al 100 %. La vi desde la puerta de mi casa, era una señorita hermosa, de ojos color de perla y un cuerpo aún en desarrollo. Inmediatamente me provocó una erección por lo que liberé mi enorme trozo de carne del pantalón al bajarme la cremallera. Comencé a acariciármela suavemente, sin prisas, al fin y al cabo, la joven se encontraba charlando plácidamente con sus amigas, las cuales, por cierto, no estaban nada mal. Todas ellas llevaban shortcitos de mezclilla, ajustados a sus esbeltos cuerpos de adolescentes, como invitando al pecado carnal; pero la que me gustó más, llevaba puesta una minifaldita blanca de vuelo, hecha de una tela bastante ligera y casi translúcida y un top color rosa pastel que permitía apreciar en todo su esplendor su hermoso par de tetitas rematadas con un hermoso botón en la punta de sus lindos pezones.

Así estuve buen rato reclinado en mi sofá, admirando la belleza de estas damitas, mientras acariciaba de arriba abajo y de un lado a otro mi enorme erección, así como mis turgentes testículos, presa de aquella excitación febril que me causaba el admirar esas damiselas. De pronto, la sangre se me vino a la garganta, cuando vi que tres de ellas volteaban en dirección hacia donde yo estaba y se secreteaban algo en voz baja; creí que me habían descubierto pero luego recapacité y volví a la calma ya que estaba convencido que por ser casi medio día, la luz del sol en la calle impediría que se pudiera ver hacia el interior de la puerta de mi casa, que estaba cubierta con una tela de mosquitero, así que continúe mis “labores” placenteras.

Una de ellas se sentó en la banqueta, mientras la que más me gustaba y las otras dos permanecían de pié, ofreciéndome aquella vista magistral de sus hermosos y frágiles traseros, lo que aumentaba cada vez más mi excitación por lo que tuve que disminuir drásticamente el ritmo de aquella maravillosa paja que le estaba dando a mi enorme instrumento sexual.

Ellas continuaban platicando y de cuando en cuando, la que estaba sentada en la banqueta, abría con desenfado sus lindas piernas, pudiendo apreciar casi a la perfección aquel hermoso bultito que se le formaba en su región púbica, seguramente aún sin mancillar. Aquella visión me calentaba cada vez más e imaginaba estar lamiendo esa conchita virginal, y saboreando sus jugos y aromas; pero la verdad es que deseaba en mi interior, que la muchacha que más me gustaba, también se sentara junto a su amiga, para utópicamente tener la suerte de admirar dentro de su faldita.

No pasaron más de 10 segundos de aquel pensamiento pecaminoso, cuando como por deseo celestial concedido, aquel ángel de seducción, se sentó junto a su amiga y prosiguió charlando con todas, pero en una posición muy correcta, con las piernas bien cerraditas y estiradas, para evitar mostrar lo que no debe ser mostrado en público. Yo no perdí la esperanza y continúe echando a volar la imaginación, mientras seguían platicando y yo dándome la paja más maravillosa de toda mi vida.

Nuevamente mis deseos fueron escuchados, y subió súbitamente las piernas hasta quedar prácticamente sus rodillas tocando su pecho, sin dejar de hablar y gesticular una y mil palabras que llegaban muy débiles hasta mis oídos, por lo que me era imposible entender lo que decían. En esa posición, podía admirar la parte inferior e interior de sus hermosos muslos de piel blanca apiñonada, suaves, tersos y divinamente torneados, los cuales terminaban precisamente en donde comenzaba s apreciarse lo que parecía ser una pantaleta, pero no con seguridad podría afirmar eso, ya que también se podría tratar de la parte trasera de su minifalda.

Yo acariciaba más y más mi ya adormecida erección a causa de tanta fricción, ante aquella visión, cuando de repente, abrió violentamente y casi de par en par sus piernas y ufff, ¡¡que visión aquella!! Pude observar su pantaleta blanca casi transparente, la cual permitía ver, casi sin problemas, su incipiente melenita, la cual cubría una pequeñísima rajita de tonalidad rosada. Aquello era el paraíso para mí. Me levanté del sillón y aún con los pantalones hasta abajo, caminé como pude, de forma cómica, hasta tomar mis binoculares, caminé hasta la puerta, sin importarme el que pudiesen verme esas ninfas, y así de pié, sostenía con mi mano izquierda los binoculares, mientras con la derecha continuaba agitándome mi enorme falo.

Mi excitación aumentó hasta niveles insoportables cuando pude observar en toda su magnificencia la maravillosa rajita de amor de aquella damita, hermosa, tersa, rosada y cubierta por pelitos castaños; entonces, ya no pude más y dejé que mi venosa, palpitante y dura tranca alcanzara el clímax, arrojando, prácticamente, chorros de semen hirviendo que iban a estrellarse contra la tela de mosquitero de la puerta, una y otra vez, sintiéndome en la cima del cielo en cada uno de sus espasmos.

Cuando descargué por completo aquel veneno blanco que me quemaba las entrañas, me sentí algo apenado y relajado a la vez, por lo que me acomodé mis ropas y me fui a tomar una siesta; después de todo, me la merecía.

Autor: Alfidur

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Escrito por Marqueze

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